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La recompensa del adivino (1907), de Giorgio de Chirico. La luz que fluye sugestiva e intensa sobre el suelo y la arquería contrasta con la oscuridad de la fachada gobernada por un reloj a la izquierda. Este juego de lo luminoso revela o hace patente el perfil extraño o metafísico de las cosas mientras la estatua recostada parece meditar y complacerse en esa revelación, donde el tren y la palmeras, con su enigmática presencia fortalece la impresión de misterio del conjunto.

 

 

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  ©  Temakel. Por Esteban Ierardo