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      LA TORMENTA

 

      

 

    El simbolismo de la tormenta

   Las tempestades, según Paracelso

 

    La tormenta: furia ancestral de los cielos.  La explicación física nos dice que la luz solar evapora el agua, especialmente de los océanos. El aire húmedo de la atmósfera recibe una energía adicional a causa de la evaporación solar de las aguas de los mares. En el aire húmedo calentado por este proceso es donde ocurren las tormentas violentas. La superficie cálida del océano es también el sitio de origen de las grandes borrascas conocidas como huracanes o ciclones en América y tifones en Asia. 

    La tormenta se provoca específicamente cuando el aire caliente se eleva y  alcanza las regiones de menor presión. Entonces, se enfría debido a la expansión. No obstante, el aire frío no puede contener tanta humedad como el aire caliente y el agua extra se concentra. Se forman nubes que, poco después, se convierten en lluvia. Liberar el agua calienta el aire, o mejor, frena su enfriamiento. De esta forma, el calor usado por el Sol en evaporar el agua pasa de nuevo al aire. Así, el aire ascendente es aún más caliente que el que le rodea y continua subiendo con energía. Libera más lluvia y forma las altas nubes de tormenta, que conocen bien los pilotos para evitarlas.

     La tormenta puede descargar su fascinante y atronadora ira en la tierra. O sobre el mar, como lo recrea el conocido film Una tormenta perfecta (a la izquierda un momento de la violenta tempestad en alta mar), basada en un hecho verídico producido durante la célebre tormenta de 1991. En este momento de Geografía celeste de Temakel, deseamos contribuir al asombro ante el tormentoso poder del cielo, acaso divino. Les presentamos así dos momentos: primero una breve incursión por el simbolismo de la tormentas; y, luego Las tempestades segunda la visión mágica de Paracelso, el gran médico, alquimista y mago suizo del Renacimiento, para quien "el principio de las tempestades no es otra cosa que la aparición de los espíritus". También para quienes deseen acceder a más aspectos sobre las furiosas tormentas, abajo incluimos un link hacia un sitio especializado en el rugir de las alturas. 

  1. EL SIMBOLISMO DE LA TORMENTA

   En la mitología y en el simbolismo, la tormenta se diferencia casi siempre claramente del soplar de los vientos y se considera la manifestación violenta de la esfera divina, así como mediadora de la divina voluntad. La acción destructora del viento tempestuoso, por ejemplo, del dios Susano-o en el Japón o de Hurakán en las altas montañas mayas (de ahí "huracán"), conduce a ritos de aplacamiento, pero la tormenta trae a menudo la necesaria lluvia, de manera que sus personificaciones resultan ambivalentes (por ejemplo, el dios babilónico del tiempo tormentoso, Adad, en siraíco Hadad, que también recibe el nombre de "Señor de la superabundancia", porque también procura la fertilidad del país). Los dioses de la tormenta son muchas veces idénticos a las deidades del rayo y el trueno. Los maruts de la antigua India, espíritus de la tempestad y la tormenta, acompañantes del dios Indra, destruyen con sus hachas de combate las fortalezas de las nubes para que de ellas pueda descender la lluvia. En el ámbito germánico, el viento tormentoso se relaciona a menudo con la hueste salvaje o furiosa (ejército de Wodan), un cortejo de espíritus posteriormente explicado como "la salvaje caza" de un impío profanador del domingo. En el ámbito alpino solía esparcirse harina y migas de pan en el viento tempestuoso para aplacarlo (la costumbre de "dar de comer al viento" condenada como servicio al diablo por los cazadores de brujas). La emblemática barroca compara la tormenta con los golpes del destino y los desastres mundanos:

 Cuando brama la tormenta,

una paloma se refugia en la oquedad de la roca.

Así, pues, cuando el mundo asalta a los piadosos,

en las llagas de Cristo se hallan seguros y resguardos (Hohberg,1675)"(*)

(*) Fuente: Hans Biedermann, Diccionario de Símbolos, Ed. Paidós.  

 

  2. LAS TEMPESTADES, según Paracelso

   Digamos cómo nacen las tempestades, de dónde vienen, cómo se van, cómo se las puede hacer ceder, cómo se pueden evitar los males que producen. Es preciso, ante todo, saber que todas las tempestades deben su origen a los cuatro vientos cardinales: Euro, Céfiro, Aquilón y Auster. Nada puede nacer en medio del aire o en el firmamento, todo se origina en estos cuatro vientos. Todos los que tratan de preservar de las heladas y el granizo su casa, sus propiedades, sus campos o sus jardines, deben conocer cómo se mantiene el equilibrio entre lo alto y lo bajo.

El  principio de las tempestades no es otra cosa que

la aparición de los espíritus. El relámpago no es, efectivamente, más que la aparición del espíritu, permitiendo saber si la tempestad va a terminar bien o mal.  He aquí cómo se puede saber: de la misma forma que un viajero no entra en una casa sin decir algo y saludar, de forma idéntica, los espíritus no se nos aparecen sin saludarnos. Su saludo es el trueno, cuando se acompaña de relámpagos y de la misma forma, que no se piensa nada bueno de un viajero que entra súbitamente en una casa, donde no conoce a nadie (porque, entonces sea quien fuere, se le persigue y se le trata de expulsar), lo mismo cabe juzgar de los relámpagos, más especialmente cuando se suceden con mucha rapidez, pues cuanto mayor sea ésta, el mal que anuncian es peor. El sonido de las campanas no impide que los relámpagos hagan su daño. De todas formas, no rechazo absolutamente este medio, se pueden hacer sonar las campanas cuando se trata de los espíritus que desencadenan la tempestad, porque estos espíritus aman el silencio. De esta forma, un gran ruido, como el que producen las campanas o los cañones, debilita las tempestades. Pero, contra los rayos, la nieve o el granizo, el ruido no sirve  para nada, si no es para agravar el mal. Los monjes y los clérigos persuadieron en otro tiempo al pueblo, que las personas rociadas con agua bendita estaban al abrigo de la nieve y el granizo.

  Según ellos, los cirios, las palmas, las hierbas, los sahumerios consagrados, tenían la misma virtud que el agua lustral. ¡Oh sacerdotes estúpidos, que nada sabéis! Deberíais enseñar lo contrario y saber que nada encanta más ni fortalece más a los espíritus, buenos o malos, que los olores suaves. En lugar del incienso y la mirra, utiliza asafétida y expulsaréis mucho mejor los espíritus, buenos o malos.

  Para preservar un lugar de la nieve y el granizo, es necesario poner el medio para evitarlo, no en la casa, el jardín o el campo, sino en los cuatro ángulos: Occidente, Oriente, Mediodía y Norte. En efecto, una casa que descansa sobre cuatro pilares es mucho más sólida que otra asentada sobre uno solo. Esta es mucho más fácilmente destruida por los vientos y los espíritus.

  Respecto al tema del material preservativo del que deberán estar hechos los cuatro pilares, hay que saber que esta materia posee su fuerza en ella misma, Dicha materia es la artemisa (o hierba de San Juan), la consuelda menor, la celedonia, la vincapervinca, la ruda y las hierbas y raíces parecidas, teniendo en cuenta que deben ser recogidas cuando Júpiter y Venus están en exaltación.

   En estas cosas está oculto un gran secreto contra los maleficios, los espectros y el propio Diablo. (*)

(*) Fuente: Paracelso, Tres tratados esotéricos, Luis Carcamo Editor, pp.122-124.

Links tormentas:

http://www.fpl.com/storm/contents/site_links_s.shtml

 

 

    

                                                   

©  Temakel. Por Esteban Ierardo