Inicio Temakel Volver Geografia celeste   Contacto   Mapa del sitio 

 

 

 

 EL SIMBOLISMO DEL RAYO Y EL TRUENO

   

                                                            

 

    El rayo: fervor resplandeciente en la geografía celeste; el trueno: la antigua voz de los dioses. Lenguaje enigmático de luz y sonido del cielo conmocionado por los tambores de la tormenta. En esta palpitación de Temakel, nos acercaremos al antiguo simbolismo de rayo fulgurante. Y el trueno rugiente...
   

     El rayo, como impresionante descarga de electricidad «celeste» que trae a la tierra fuego y destrucción es, en todas las culturas antiguas, expresión y símbolo de poder sobrenatural. Casi siempre es el dios del cielo o el rey de los dioses el que, con la ayuda del hacha o martillo, aniquila a criaturas hostiles en la tierra o castiga a humanos rebeldes. A causa del origen celeste, el rayo desempeña también un papel como símbolo de la iluminación supraterrenal. 

    En regiones secas que dependían de los aguaceros, se relacionó el rayo también con la fertilización de los campos y se consideró como símbolo de vitalidad masculina. Entre los etruscos, la contemplación de los rayos (brontoscopia) era una importante ayuda para el oráculo; los relámpagos en el este se consideraban favorables; en el oeste desfavorables; en el oeste óptimos; los del noroeste eran señales de desgracia. Esta manera de interpretación fue adoptada por los sacerdotes de los oráculos romanos. El rayo o relámpago era obra de Zeus Keraunos (lat. Jupiter Fulgur), como también del dios eslavo del trueno Perun (en letón Perkos, en lituano Perkunas) o, en épocas más antiguas, del oriental Hadad.

    Las personas muertas por un rayo se consideraban a menudo marcadas por la divinidad y eran enterradas en el mismo lugar de su muerte. En época cristiana, el rayo y los relámpagos en la iconografía simbólica son la expresión de la presencia inmediata de Dios (revelación de los mandamientos en el monte Sinaí) o de su castigo (en el día del Juicio final). En la emblemática del Renacimiento se convierte el rayo para el hombre en signo de advertencia de la inescrutable providencia. («De qué sirve la construcción de una fortaleza, la circunvalación, muros y foso/ Cuando Dios lo enciende desde arriba. De poco valen el cuidado y diligencia del vigía! Sólo el cuidado divino puede impedir la desgracia») (Hohberg, 1675). 

    Entre los indios norteamericanos, el rayo procede de sobrenaturales «pájaros del trueno»; también ellos lo reproducen con el dibujo en zigzag corriente entre nosotros. Entre los aztecas de México, el rayo estaba representado por el dios Xolotl en figura de un pero, que al mismo tiempo era acompañante de los muertos. El rayo hiende la tierra, y hace con ello, para dioses y humanos, expedito el camino del mundo subterráneo. 

   En el antiguo Perú de la época incaica, rayo y trueno se designaban con el mismo nombre común, illapa, nombre que también daban los indios a la bombarda de los conquistadores españoles. Sin embargo, según Garcilaso de la Vega (1539-1616), el rayo y el trueno no eran honrados como divinos, sino que eran tenidos como servidores del sagrado sol que no habitan en el cielo, sino en la región aérea. En el simbolismo de la psicología profunda, el rayo y el trueno se relaciona sobre todo con la vitalidad masculina. El «fuego» por él encendido «de la pasión, así como la conmoción de las ideas, sin embargo, es también llama en la que uno puede arder... El rayo de fuego puede descender poderosamente desde un cielo sereno como desde un cielo oscurecido» (E. Aeppli). 

   En muchas culturas, se ha considerado al rayo también como una serpiente que baja impetuosamente del cielo. En el antiguo México, hay que mencionar aquí -junto al referido perro Xolotl- la «serpiente de obsidiana» Itzcóatl; y en la antigua mitología finlandesa una «serpiente de colores». De ella se refiere que cayó en las profundidades del mar, donde se tragó el salmón y de su vientre sacaron los hombres las refulgentes chispas del fuego del cielo. 

   La naturaleza de los dioses celestes, superior a toda fuerza humana, se simbolizó mediante el mito de la princesa griega Semele, en el que Zeus, el padre de los dioses, se manifiesta como rayo procreador. «Al prometerle Zeus satisfacerle todos sus deseos, Semele le pidió que fuese a ella como pretendiente tal como se había acercado a Hera. Zeus no pudo hacerse atrás en lo prometido, y montado en un carro, con relámpagos y truenos, entró en el aposento de ella y lanzó su rayo. Semele, aterrada, perdió el conocimiento; trajo al mundo un niño de seis meses que arrebató a Zeus el fuego por éste atizado y lo cosió en su muslo» (Biblioteca de Apolodoro, 26 s.); el niño era el dios de la borrachera Dionisos, al que Zeus transformó en un chivo para protegerle de su celosa esposa. 

    Pasemos al simbolismo específico del trueno. En muchas culturas antiguas, el trueno es poderosa expresión sonora de seres celestiales -generalmente dioses-, a los cuales también se atribuye el origen del rayo. El retumbar celeste del trueno se entiende como manifestación del poder desde arriba, así como también de la voz de Dios en la Biblia (Job 37, 2-5: «Escucha con atención el retumbar de su voz y el trueno que sale de su boca. Lo suelta por debajo del cielo entero y su relámpago llega hasta los lindes de la tierra. Detrás de él retumba el trueno, retumba con sublime voz y no lo retiene..»). A menudo se considera el trueno como expresión de la ira divina por una perturbación del orden cósmico; entre los indios de la América del Norte, como un aletazo de los pájaros del trueno; entre los germanos, como ruido del martillo Mjólnir (es decir, Triturador) que el dios del trueno Thor lanza contra los gigantes. La antigua China experimentó el trueno en forma diversa: como «risa del cielo», como redoble de tambores sobrenaturales, como manifestación de un demonio celeste pelirrojo, o como el rodar del carro que las almas de los muertos conducen a través del cielo. Ocasionalmente se imaginan los celestes dioses del trueno con una sola pierna (Tezcatlipoca, en azteca; Hurakán, en maya-quiché, de ahí hurricane, huracán). En Europa central se consideran «piedras del rayo» un tipo de restos fósiles de moluscos -belemnitas-; en algunas regiones también (se relacionan con el rayo) unas hachas perforadas del neolítico, que el padre de familia guarda bajo el remate del tejado como protección contra los daños causados por el mal tiempo. 

   Muchas veces el dios del trueno, rayo y tiempo atmosférico es al mismo tiempo soberano del cielo, como por ejemplo Zeus Keraunos en la antigua Grecia o Perun entre los pueblos eslavos, cuyo símbolo es la clava. Como «piedra del rayo» se utiliza como objeto simbólico y de ritual en la India y en el Tíbet (ind. vajra, tibet. dorje), conocido también como «cetro de diamante» y usado en el budismo tántrico para escindir la ignorancia y liberar el conocimiento (originalmente arma del védico dios del cielo Indra con la que dividía las nubes y con ello producía el agua de la lluvia). 

   En la iconografía japonesa el dios del trueno se reproduce como figura pintada de rojo del dios Raujun, que está rodeado de una corona de ocho tambores parecidos a panderetas. En general, el trueno se considera como manifestación de poder impresionante y realmente experimentable de la región del cielo, que en parte amenaza al hombre, en parte también le protege contra entidades hostiles. (*)

  (*) Fuente: Diccionario de Símbolos, de Hans Berdemann, Ed. Paidos.  

 

                                           

©  Temakel. Por Esteban Ierardo