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EN EL CAMPO DEL CIELO  

 

 

El meteorito "Chaco", una de las mayores piedras del cielo que se han precipitado sobre la tierra. 

 

  Hace 5000 años, sobre la provincia del Chaco, en un paraje llamado picuen nonralta, " campo del cielo", se precipitó una gran lluvia de meteoritos. Una de las más intensas de la historia conocida. Una lluvia de piedras del cielo, sagrados desprendimientos del sol para los tobas. A continuación intentaremos recrear aquel fundamental momento cuando el cielo, invadido por  los meteoritos-estrellas, pareció descender para fundirse con la tierra.  

 

    Un texto muy recomendable, por ser una rigurosa investigación histórico-científica sobre los meteoritos del Chaco, es "Los meteoritos del Campo del cielo y las culturas aborígenes del Chaco" editado en Revista digital Ciencia Hoy.: 

www.cienciahoy.org/hoy68/campo.htm

 

EN EL CAMPO DEL CIELO

Por Esteban Ierardo

 

     Hace 5.000 años, en la atmósfera del planeta azul, penetra una gran roca viajera. La fricción, y el aumento de la temperatura, provocan su estallido. Entonces la lluvia de fuego nace. Nace otra vez...

  Los tobas caminan entre la selva. La mañana es acaso diáfana. El aire, de lo alto, es el primero en saber, en sentir, la llegada de una inmensa piedra del cielo. La roca aérea pronto estalla en fragmentos ardientes. Entonces, una lluvia de gotas incendiadas inicia una avalancha de fuego.

  En la piel de los inmóviles tobas que contemplan, corren serpientes chispeantes de luz. La mañana antes de puro celeste, se tiñe ahora de fulgores rojos y amarillos. 

  Y toda la selva chaqueña, con su denso torso de árboles y maleza, contempla la cascada hirviente que desciende por el cuello del cielo.

 Y, entonces, las llamaradas se transforman en puntas de flechas que hunden sus cabezas incandescentes en la tierra. Que ya tiembla. Gime. Se abre en anchos cráteres. 25 o más meteoros hunden su cuerpo caliente en el suelo. 

  Luego de un largo rato, el bosque, los animales y los tobas, suspenden su asombro. Y, con sigilo, con temor y veneración, se acercan hasta donde las recientes hendiduras aún humeantes.

  Y hallan una  de las piedras calientes, una de las cabezas de flecha ardientes; otras, se enfrían, ocultas en la entraña oscura de la tierra.

  Y, con la sucesión de los días y las noches, los tobas meditan en el evento mágico, divino, que presenciaron. Y, al lugar donde la lluvia de fuego mordió y horadó la tierra, lo llaman picuen nonralta, "campo del cielo".

  Y abrigan la creencia de que la piedra del cielo es una parte desprendida del sol. Peregrinan entonces, con regularidad, hasta el lugar donde respira la piedra para venerarla como a un dios solar (1). Y creen también que la roca celeste es un árbol melodioso y radiante. Un día por año, el meteorito, la piedra del cielo, la gota de sudor del sol, se transforma en árbol al recibir los primeros rayos solares de la mañana. El ser vegetal exuda una luz fulgurante y resuena como cien campanas.  

  Así, de la caída piedra del sol nace el árbol de la luz y la melodía.

  Otros habitantes de la región de picuen nonralta, los matacos, creen que la Luna brillante fue atacada una noche por jaguares. Y, entonces, en la mañana, fragmentos encendidos de la Diosa plateada cayeron sobre la tierra.

  Surgen también numerosos relatos cataclísmicos. La lluvia de meteoros es la catástrofe del fin del mundo; es tiempo de muerte donde los seres humanos se convierten en animales, y la tierra es arrasada por los dioses primigenios como castigo al olvido humano de lo divino. 

  Cuando los españoles arriban por primera vez a las cercanías de El Campo del Cielo les sorprende encontrar indios armados con puntas de flechas de piedra en una región donde sólo pulula la madera del quebracho.

  Durante un muy largo periodo, el Campo del Cielo permanece solitario; sólo atravesado, de manera ocasional, por indios o criollos del lugar. 

  Durante la dominación hispánica, las principales expediciones al área fueron las de Hernán Mexía de Miraval (1576), Bartolomé Francisco de Maguna (1774 y 1776), Francisco de Ibarra (1779), Rubín de Celis (1782), Diego de Rueda (1803) y Fernando Rojas (1804). La expedición de Rubín de Celis es promovida por el virrey Vértiz y es la más numerosa. Celis descubre el meteorito que actualmente lleva su nombre y que es el más profundo, con 5,5 mts.

  Luego, recién en 1926, se edita una investigación con sustantiva documentación sobre el paraje meteórico chaqueño. En 1925, la provincia argentina de Santiago del Estero es invitada al Congreso Sudamericano de Química que se celebraría en Buenos Aires, en 1924.  Entonces, el interventor federal, doctor Rogelio Arayan, encarga al doctor Altenor Alvarez la realización de una monografía. Alvarez escribe así Meteorito del Chaco (Buenos Aires, Peuser, 1926) (2),  una investigación que, aún hoy, es fuente esencial de consulta. El trabajo incluye consideraciones históricas y explora la morfología de los meteoritos dispersos en El Campo del Cielo.

   En 1965, William Cassidy, un reconocido investigador estadounidense, realiza una exhaustiva investigación de los meteóricos parajes chaqueños. Identifica 20 de los 25 cráteres descubiertos. En 1972, un habitante del Paraje de las Vívoras, llamado Raúl González, halla un gran cráter donde dormía una roca meteórica de notables proporciones. Este meteorito es extraído del oscuro vientre terroso en 1980. Se hallaba sepultado a 6 metros de profundidad. Su peso estimado es de 33.400 kilos. Es bautizado con el nombre Chaco (3), y es  el mayor meteoro que haya caído alguna vez en suelo argentino. Y el tercero a nivel mundial. En el área se halla también el Mesón de Fierro, de 20 toneladas, investigado por Celis. Y, otras piedras extraídas, oriundas del cosmos inabarcable, son: el Toba, de 4.210 kilos, el Hacha, de 2.500 kilos, y el Mocoví, de 732 kilos.

  En El campo del Cielo ocurrió una de las mayores lluvias de fuego en la historia conocida del planeta. El meteorito puede ser reducido a un objeto físico, cuyo estudio de manera exclusiva pertenece a la astronomía, la historia y la arqueología. 

   Pero las piedras llegadas del firmamento también arden en la mitología, y en la historia de las religiones.

  En la antigüedad, los meteoritos más célebres son la Ka'aba de La Meca y la negra piedra de Pessimonte, expresión visible de la diosa Cibeles de la región de Frigia (4). Esta última roca de los cielos es llevada a Roma durante la última guerra púnica entre los romanos y los cartagineses.     

   Los meteoritos son sagrados porque han arribado, entre una estela chisporroteante de luz, del cielo. 

  El meteoro sagrado de Cibeles late en el esquema mítico de las "piedras del rayo". Estas piedras caen del cielo porque son perseguidas por el rayo, símbolo del dios celeste. Y lo que persigue el dios es a la Diosa. La Diosa que concentra su presencia en la piedra. Y que, tras la persecución del rayo, cae en la tierra.

  La otra creencia que convierte al meteoro en sagrado o divino es su identificación mítica con el centro del mundo. Este es el caso de la Ka'aba, la piedra que palpita en el santuario fundamental de los musulmanes.

  La piedra-meteoro-árabe representa al axis mundi, el centro simbólico de la realidad donde se comunican la tierra con el cielo, los dioses con los mortales. 

 

    En El campo del cielo, en el Chaco argentino, se precipitaron piedras sagradas, fragmentos encendidos del dios solar. Pero también aconteció otro hecho. Menos nítido, más silencioso y olvidado. La deslumbrante lluvia de fuego en el Chaco fue un raro episodio de "descenso de la altura", de caída del cielo sobre la tierra. Antes de hundirse con violencia en sus cráteres, los incendiados meteoros simulaban estrellas que caían, pequeños soles, cuerpos celestes, salidos de sus órbitas y de su altura.

  La lluvia de meteoros fue un acercamiento del cielo que brilló con un fuego de estrellas. Un acercamiento que fue también un breve evento de fusión de lo celeste con la tierra.  En los meteoritos que caían ante la mirada estupefacta de los indios, el cielo se adentró en un suelo conmocionado.

  Extraño acontecimiento por el que el cielo, sustancia sutil de lo divino, se unió con la tierra. En un campo del cielo se convirtió así la tierra. Esa tierra sobre la que nuestros humanos y mortales cuerpos proyectan sus sombras.

 

Primer plano del fragmento de uno de los meteoros que se precipitaron hace miles de años en El Chaco.

 

 

Citas:

(1) Las informaciones  sobre el posible culto solar del meteorito provendrían de algunos pasajes de ‘Historia del Paraguay, Río de la Plata y Tucumán’, del jesuita José Guevara, que integra la recopilación de Pedro De Angelis. (Colección de obras y documentos relativos a la historia antigua y moderna de las provincias del Río de la Plata, Buenos Aires, 1836.)

(2) Además de la clásica obra de Alvarez, para la ampliación del estudio sobre los meteoritos del Chaco son recomendables:
- CASSIDY WA, VILLAR LM, BUNCH TE, KOHMAN TP Y MILTON DJ, ‘Meteorites and Craters of Campo del Cielo, Argentina’, Science, 149, 1965.

- VILLAR LM, ‘La dispersión meteorítica en la Argentina y Chile’, Ciencia e Investigación, julio de 1968.

(3) El meteorito Chaco puede ser contemplado en el lugar de su descubrimiento. El primer paso para llegar hasta él, es trasladarse a la localidad de Gancedo, a 342 kilómetros de Resistencia, en la provincia de Chaco, Argentina. Desde Gancedo se extiende un camino de tierra; y tras algo más de 12 kilómetros se arriba a un cartel de madera que anuncia el sitio del paraje donde se exhibe el meteorito.

(4) Cf. Mircea Eliade, Tratado de Historia de las religiones, México, Biblioteca Era, 1995, pp. 211-213. 

 

 

 

 

 

 

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