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EL CHACO IMPENETRABLE

 

    Visión área del Bosque "El Impenetrable", poderosa erupción del árbol y la hoja en el norte de Argentina (Foto de Florian Von der Flecht, publicada en Argentina. Para todo el mundo, Buenos Aires, Editorial Atlántica, importante obra fotográfica sobre la diversidad de paisajes argentinos). 

 

 

Presentación

Dos historias de nuestro Gran Chaco

 

PRESENTACIÓN

  Desde la altura, la tierra a veces parece una continua erupción de vida. Ebullición de árboles, montes y broza. Es la geografía que exhibe con furor su potencia vegetal. Es el bosque. El bosque El impenetrable que se expande en las provincias argentinas de Chaco y Formosa. A través de sus densas fortalezas verduzcas fluyen la música azulada de los ríos Bermejo y Pilcomayo.

 El Impenetrable respira con frenesí a lo largo de 4.000.000 de ha. Muy pocos caminos se adentran en lo profundo de su madera. En el oeste de la provincia del Chaco, a 43 kms de Resistencia, se alza Fuerte esperanza, la población estable más importante de la región. Entre los montes de El Impenetrable viven el tatú mulita, el puma y el yaguareté, el oso melero y el hormiguero, y entre la flora, destaca el palo santo, el urunday, el ítin, el guayacan, el algarrobo. Y el quebracho colorado, protagonista de una triste historia de explotación voraz de la madera y el hombre (ver La huella blanca sobre el Bosque Verde y el Río Colorado).

  En entre estos hermosos y espesos senos verdes brilló la existencia y la mitología de los tobas y matacos (Mito mataco de la creación).

  En este pliegue de Geografía sagrada en Argentina de Temakel, deseamos alentar el conocimiento de la historia y la geografía de esta recia floresta insondable. Para ello nos acercaremos a dos historias escritas por dos mujeres argentinas a propósito de las sombras sobre el bosque del Gran Chaco y la posibilidad de otear un futuro diferente para esta región fecunda de la tierra. 

Esteban Ierardo

 

 DOS HISTORIAS DE NUESTRO GRAN CHACO
  Estas son dos historias construidas por mujeres del norte argentino: la primera, cuenta cómo se enfermó el Gran Chaco; la segunda, son sus propuestas de historia futura. Ellas participaron en el XI Encuentro de Mujeres Multiplicadoras «Una visión ecológica desde la mujer del sector popular», convocado por el Instituto de Cultura Popular (INCUPO).

 

La primera historia

HABIA UNA VEZ... una hermosa selva que se llamaba selva chaqueña

   Se extendía desde una parte de Brasil, atravesaba la mitad del Paraguay, y en el norte de Argentina cubría al sur la Cuña Boscosa hasta el Espinal, al este el Litoral del Paraná y Paraguay, y al oeste llegaba hasta 105 Andes; la mitad de su superficie se encontraba en Argentina. Era la selva más grande del continente después de la Amazonia.

El algarrobo -que los lugareños llamaban el Arbol, con A mayúscula- era la especie más difundida junto con varias otras de la misma familia: el vinal, el chañar, el itín o palo mataco, el garabato, llamadas leguminosas. Con muchas otras especies muy variadas cubrian y protegían el frágil suelo de la región, y alimentaban a los animales y a la gente que vivía allí. En efecto, estas plantas con sus raíces desmenuzaban la tierra y la abonaban, sus hojarascas fabricaban el mantillo que protegía el suelo del calor del verano y, poco a poco, se transformaban en abono. Además, las raíces de estos árboles, a veces de 30 metros de largo, llegaban hasta la roca madre; allí chupaban los nutrientes y los encaminaban hasta las hojas, las cuales con el gas carbónico del aire fabricaban alimentos y devolvían oxígeno para purificar el ambiente.

Estaba bordeada por grandes ríos, cuyas aguas se regulaban con todo un sistema de lagunas, esteros, bañados y riachos. Y cuando venían las inundaciones, la selva con su mantillo y su tierra blanda se llenaba de agua que devolvía a las plantas a medida que la precisaban. La selva, también servía para cobijar del frío, de las heladas y del viento norte.

La región estaba llena de seres vivientes: en el suelo vivían lombrices, hormigas, bacterias; en la tierra, el puma, el guazuncho, el chancho moro, la gran bestia; en el agua, el carpincho, la nutria, toda clase de peces; y, en el aire, una gran variedad de pájaros.

Los hombres podían cultivar con facilidad, porque la tierra era tan blanda que su instrumento de labranza era un palo sencillo, con el cual hacían pocitos en el suelo para depositar la semilla que cubrían con el pie, y la sementera baja venía con abundancia gracias a la riqueza del suelo. El resto de lo que necesitaban se los proporcionaba el monte: alimentos vegetales, animales, fibras textiles, plantas medicinales y otros remedios, material para la construcción de la vivienda, etc. Y cuando los recursos se agotaban en un lugar, todo el grupo se mudaba para dejar descansar el monte y pudiera elaborar nuevas riquezas.

En fin, la selva era el alimento, la cobija para el sol, el frío, el viento norte, el lugar de esparcimiento.

Entonces, los hombres vivían en armonía con toda la naturaleza y su Creador.

Un día, llegaron los migrantes europeos a poblar el norte. Llegaron a la tierra prometida donde el pasto alcanzaba la altura de las carretas.

Empezaron a trabajar como sus padres les habían enseñado en su país de origen: limpiar el monte para cultivar, dar vuelta la tierra con el arado de vertedera, sembrar las semillas que conocían. Las primeras cosechas fueron para entusiasmarse. Pero nadie les enseñó que el suelo de los trópicos no se cultivaba como el de Europa. Allá, la roca madre está cerca, no se precisan raíces tan grandes para extraer los nutrientes; el clima es mucho más frío y poroso también, se da vuelta la tierra para que se caliente al sol.

Sobre todo, vinieron los mercaderes de la madera y de los cultivos industriales. Los primeros codiciaban la madera: el quebracho para el tanino o para los rieles del ferrocarril, el algarrobo para los muebles. Y con su topadora destruían todo lo que no les servía para su comercio, poniendo el suelo al descubierto. Los otros también empezaron a utilizar tractores y máquinas pesadas. A 20 centímetros del suelo se formó un «pie de arado», duro como ladrillo, que dificultó mucho las labores en los cultivares.

Sobre grandes superficies, cultivaron una única especie, en general híbrida, y las plagas de la misma se dieron gusto de multiplicarse ya que no tenía otras plantas al lado albergando a sus enemigas. Para combatirlas vinieron los aviones fumigadores matando toda la vida del suelo y envenenando alimentos, suelo, ríos, animales y hombres.

Los rendimientos empezaron a mermar, el suelo descubierto y sin vida se resquebrajó y siguió fundiéndose. El viento norte levantaba polvareda. Las sequías se hicieron más largas y las inundaciones más grandes, ya que no existían los montes actuando como esponjas. Los ríos se llenaron de peces muertos, muchas especies de animales desaparecieron en la tierra y en el agua. La desertificación había empezado y no se podía detener.

Al rico, la situación no le preocupaba; total vivía en la ciudad y si se le terminaba un negocio sabía iniciar otro, en otro lugar o en otro rubro. Al pobre del medio rural, le fue mal. La cosecha era cada vez menor, los precios cada vez más bajos, los gastos cada vez más altos.

Empezaron las enfermedades, el hambre, la miseria.

Unos se endeudaron y tuvieron que vender su tierra, otros se quedaron sin trabajo. Comenzó la migración a la ciudad.. para terminar en las villas miserias.

La selva chaqueña se puso muy triste y el sol se enrojeció de bronca...

 

La segunda historia

  HABRA UNA VEZ... mujeres con sus familias y sus grupos, decididas a devolver la alegría a la selva chaqueña...

   Primero, se pondrán de acuerdo para salvar todos los montes que aún existen. Preguntarán a los antiguos que les cuenten todas sus riquezas, volverán a probar la algarroba, el ñangapiry, la sacha pera, y descubrirán que se pueden resucitar las viejas recetas e inventar nuevas para preparar comidas naturales y alimenticias para sus familias.

Valorando estos recursos empezarán a defenderlos y ayudarán a los hombres que también estudian cómo manejar mejor el monte, para que crezca mejor y que sus animales encuentren más alimentos naturales.

Algunos grupos inventarán las «sacha huertas» imitando la naturaleza chaqueña: sembrando en los claros del monte las especies nativas o las adaptadas a estos ambientes, dejando hacer la naturaleza hasta la cosecha y cambiando de lugar cuando se agobie la tierra.

Otros grupos, por tenerlo alejado, decidirán recrear el monte alrededor de su casa, observando la naturaleza y reproduciendo su gran variedad de especies de plantas y de bichos, para que todos los seres vivos se sientan bien en su nuevo ambiente.

Después, todas, en las partes ya desmontadas, tratarán de recuperar la salud del suelo para que produzca de nuevo en abundancia: al comienzo sobre pequeñas superficies como la huerta orgánica, realizando aboneras, camas altas y, a continuación, parcela por parcela. Sobre esta nueva tierra llena de lombrices y otros bichos de olor agradable, dará gusto sembrar gran variedad de plantas, dejando a cada una el papel que le corresponde: repeler, atraer, abonar, guiar, dar sombra... además de producir alimentos sanos, naturales y plantas medicinales.

Para conservar la salud del suelo, con los varones elegirán las herramientas de labranza adecuadas: el arado de tracción animal con cincel, arado tatú, sembradora manual y otras que inventarán.

A la par, criarán todas clases de animales que sirvan para la familia, cuidando, en particular, la higiene de corrales caseros, la buena selección de razas, la alimentación; para ello, sabrán utilizar todo lo que el monte les ofrece para ramonear o pastorear, y para fabricar alimentos balanceados para las épocas de escasez.

A estas familias no les faltará trabajo, tampoco alimentos, salud y, por lo tanto, mucho deseo de compartir.

Saldrán a invitar a los vecinos para visitarse, realizar encuentros de intercambio, jomadas y talleres de capacitación, para mejorar todo lo que hacen e inventar cosas nuevas: alimentación y cocina, nutrición y manejo animal, manejo del monte, del río, de las islas, creación de montes frutales, conservación de todo tipo, corte y confección, y toda la gama de la medicina agradable.

Y sus pobladores, tomando fuerza, saldrán a comunicar sus experiencias para que se conozcan y compartirlas.

Pero, también, para defender sus derechos, pedirán leyes y reglamentos adaptados a sus necesidades: regímenes previsionales impositivos, bromatología, programa de vivienda rural, escuelas, hospitales... para impedir proyectos que podrían cambiar sus medios de vida: deforestación, fumigación masiva, y, sobre todo, defender su río de los enormes proyectos de represas: Corpus, Paraná Medio...

Entonces, el Gran Chaco empezará a llenarse de actividades, renacerán la alegría, las fiestas, las celebraciones de los Santos y las alabanzas a su Creador.

Tal vez, habrá cambiado el paisaje de la Selva Chaqueña, pero el sol volverá a reír. (*)

 

Panorámica de El Impenetrable, grito de vida fecunda de nuestra Tierra.

 

(*) Fuente: Editado en página maela-net.org del Movimiento agroecológico para Latinoamérica y el Caribe.

 

 

  

©  Temakel. Por Esteban Ierardo