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   EL SAGRADO FUJI YAMA 

 

 

El nevado pico del volcán Fuji Yama, la venerada montaña sagrada del Japón.

 

    En esta sección de Geografía sagrada de Temakel buscamos recuperar el paisaje como estallido de belleza y trascendencia. En la tierra y en el cielo el hombre siempre halló las huellas de una fuerza sagrada. Uno de los ejemplos máximos de la percepción de lo sagrado en la geografía es el Fuyi Yama, la montaña divina por excelencia en la cultura japonesa. Desde siglos es reverenciada como "la Diosa del fuego", o "la morada del fuego". Se encuentra en la región centrosur de Honsu, la isla principal de Japón, a 100 kilómetros al suroeste de la capital, Tokio. Su contemplación y ascenso son momentos en la preparación del vuelo del alma hacia lo alto. Aún hoy existe la secta religiosa de los Fujikos, fundada en 1558 por Takematsu, quien escaló 120 veces la montaña. Al arribar a la cima del sagrado pico se celebra una nueva y divina salida del sol, llamada goraiko, y se medita en la serenidad del lago Yamanaka (ver abajo).

 El Fuji es el volcán, la montaña de fuego, más elevada del Japón. Su cráter es de 503 metros de diámetro y 221 metros de profundidad. Ocho crestas se erizan en los márgenes del cráter. Se los conoce como "los ocho pétalos del Fuji".

   Durante siglos, poetas, pintores y escritores japoneses intentaron aprehender el espíritu de la bella montaña venerada. Las Treinta y seis vistas del Fuji, del pintor Katsushika Hokusai (1760-1849), constituyen las más famosas representaciones pictóricas del Fuji Yama (una de  sus imágenes abajo). 

  Fuji Yama: un fuego de roca y nieve en la inagotable geografía sagrada. 

E.I 

 

 EL SAGRADO FUJI YAMA

   La perfecta simetría de la silueta del Fuji Yama ha sido, desde hace mucho tiempo, el símbolo definitivo de la belleza japonesa. Este reverenciado pico volcánico permanece vestido de nieve la mayor parte del año, mientras que sus laderas más bajas yacen cubiertas de exuberante vegetación o bruñidas de brezales. El viajero y cronista de radio inglés John Morris (1895-1980), que visitó el Fuji Yama inmediatamente antes de estallar la II guerra mundial, declaró que el pico se veía mejor desde el mar y al amanecer: "En esos momentos parece dominarlo todo; su perfecto cono coronado de nieve, de un verde purpurino a la primera luz de la mañana, semeja hallarse suspendido del cielo.»

El pueblo aborigen ainu adoraba a la montaña siglos antes de que los japoneses colonizaran la región, hace aproximadamente 2.000 años. Las tribus ainu todavía sobreviven en Hokkaido, Sajalín y otras islas del Pacífico, hacia el norte de Japón. Fueron ellas quienes llamaron Fuji al pico, que ha sido traducido como "vida perdurable" o, alternativamente, como "diosa del fuego". Los japoneses conservaron el nombre y mantuvieron la tradición santa de la montaña. Según las enseñanzas budistas que llegaron a Japón hacia el 550 después de Cristo, el Fuji Yama fue creado cuando un poderoso terremoto sacudió la tierra, una noche del año 286 antes dc Cristo. Los mismos movimientos sísmicos abrieron la tierra  y formaron el lago Biwa, la mayor masa de agua del interior de Japón, situado a unos 280 km al oeste.

El volcán que es el monte Fuji tuvo una primera erupción hace unos 300.000 años, en el seno de una gran llanura, las efusiones de varios conos han ayudado a conformar la actual forma del Fuji, construyendo capas alternadas de lava solidificada y un conglomerado compuesto de ceniza, carbonilla y lava.

Las capas representan las secuencias de erupción del volcán, conocido por los geólogos como un volcán estratificado. Grandes volúmenes de lava fundida se extendieron equitativamente sobre las laderas de la montaña. Siguieron violentas explosiones, en las que nubes de carbonilla, ceniza y gránulos de lava fueron violentamente expulsados a lo alto.

Desde la primera erupción  que se recuerda del Fuji Yama, en el año 800 después de Cristo, volcán descargó lava en diez ocasiones de las que se tenga memoria. Cada vez, las efusiones encubrían los restos de dos antiguos cráteres, conocidos como Fuji Antiguo y Komi Take. Las nubes de ceniza y carbonilla de la última erupción del Fuji, en 1707, llegaron tan lejos como Tokio, 100 km hacia el este, donde las calles quedaron bloqueadas y dañados los edificios.

El normalmente dormido volcán es el pico más alto de Japón, elevándose a una altura d 3.776 m. Desde su cráter, que mide casi 700 m de diámetro, las pendientes del Fuji bajan formando un ángulo de 45 grados, estabilizándose gradualmente antes de alcanzar la llanura. La base de la montaña traza un círculo casi perfecto, de 40 km de diámetro y 125 km de circunferencia.

 

El ascenso a la montaña simbólica

Como la montaña santa del sinto (la religión oficial del Japón), el Fuji Yama fue lugar prohibido para las mujeres hasta l868. La primera que se recuerda por haber alcanzado la cima, la esposa del embajador británico en Japón, de hecho había completado el ascenso el año anterior. Hasta el final de la II guerra mundial, la cima ha sido la meta de todo devoto seguidor del sinto. Y siempre se esperaba que cada escalador transportase  una roca para aliviar las almas de los pecadores.

Desde la II guerra mundial, la montaña sagrada ha perdido en cierta medida su aspecto espiritual, siendo reemplazado por los profanos deseos del turismo. Por los años 1980, unos 300.000 visitantes realizaron la ardua escalada anualmente. Esta cifra parece tanto más notable cuanto que los cinco  senderos hasta la cima sólo están abiertos en julio y agosto. El resto del año la montaña está cubierta de nieve. A lo largo de los cinco senderos hay refugios que ofrecen camas y refresco a los peregrinos y turistas que desean ver el goraiko, la salida del sol única que puede presenciarse desde la cima del Fuji Yama. La agotadora y particular naturaleza del viaje se refleja en el proverbio japonés: «Tan tonto es no escalar el Fuji-san como escalarlo dos veces en la vida.»

John Morris, como todo visitante que alcanza la cima, quedó profundamente conmovido

"La vista desde la cumbre la asombrosa: sobre un laberinto de oscuros lagos y valles vimos entre nosotros, a través del Pacífico, la línea de la costa débilmente visible, como una mancha serpenteante repasada con tinta purpura".

El goraiko es una salida de sol especial porque, inmediatamente antes de que éste aparezca encima del horizonte, su disco se refleja en lo alto de las capas de cielo de la atmósfera, creando un espectro de colores que se desvanecen momentos después, con los primeros rayos de luz directos.

El Fuji Yama es adorado como la morada de los dioses, el simbólico lazo entre los misterios del cielo y las realidades de la vida cotidiana. Más que cualquier otra característica de la cultura de la nación, el Fuji Yama es el emblema de Japón. Durante doce siglos, poetas, pintores y escritores de la región intentaron captar su inherente belleza y caprichoso aspecto. Las Treinta y seis vistas del Fuji, del pintor Katsushika Hokusai (1760-1849), se han convertido en el arquetipo de las representaciones pictóricas del lugar (imagen abajo, izquierda).

Durante los siglos XIII y XIV, el Fuji Yama representó un importante papel en el desarrollo del zoen, el arte del paisaje. Este arte estaba influido por los pensamientos del zen budista, que daban un énfasis especial a la contemplación de la esencia de la naturaleza. La idea consistía en crear un escenario que, cuando se contemplara desde una casa o punto ventajoso, no mostrase señales de interferencia humana y lo combinase todo en urna armonía absoluta. En torno al Fuji Yama, la mayoría de los paisajistas utilizaron el pico como un foco distante. La quintaesencia del paisaje zoen puede contemplarse desde el monte Tenjo, hacia el norte, cuando en días claros el Fuji Yama se refleja por completo en las aguas del lago Kawaguchi, que se encuentra abajo. (*)

 

Dos fujikos contemplan, desde el pico del Fuyi Yama, el cercano lago Yamakana y meditan en su serena belleza.

 

  (*) Fuente: Fuji Yama. Sagrado pico de perfección, en Prodigios de la naturaleza, Volumen I, Atlas de lo extraordinario, Ediciones del Prado, pp. 112-115.

 

 

 

 

   ©  Temakel. Por Esteban Ierardo