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KRAKATOA, LA MAYOR ERUPCIÓN

 

Por Andrés Manrique

 

El Cabo Layar, en una de las costas del Parque Ujung Kulong donde se encuentra la isla de Krakatoa. Luego de la gran erupción, este sitio fue arrasado por las olas. Ahora, la vida exuda plenitud. Testimonio de la recreación de la geografía sagrada tras la ira del volcán.

 

  Esta nueva turbulencia en la sección de Temakel nos sacude con el temblor más potente que estremeció a la tierra. Regresamos al día en que la isla de KRAKATOA despertó de su letargo, a ese agosto de 1883 en el que la erupción volcánica más fuerte que el hombre haya conocido abrió una fosa submarina de 275 metros de profundidad que provocó un maremoto con olas de 30 metros de altura propagadas a una velocidad de 1120 kilómetros por hora. Aquel día que alguno llamó el del “Juicio Final”, momento en que lo profundo irrumpió a la superficie modificando totalmente el ambiente y que, a falta de más largo entendimiento, fue considerado como devastador. Asimismo, volvemos a esa región unos años después de la explosión para observar desde una perspectiva histórica más amplia la prueba de que la naturaleza es continua creación. Esta crónica es acompañada por CICLOS, un relato que narra el surgimiento de un ser que sufre la condición de destruir el entorno por la sobreabundante energía que lo obliga a crear y recrear eternamente.   

 A.M.

 

 LA MAYOR ERUPCIÓN

    A comienzos de 1883 Krakatoa era una más de las islas volcánicas del planeta. Situada en el estrecho de la Sonda, entre Java y Sumatra (entonces Indias Orientales Holandesas), actual Indonesia, cubría un área de 28 kilómetros cuadrados, dominados por un pico central de 820 metros de altura. Los isleños no se preocupaban por el volcán, pues la última erupción había sido en 1681 y algunos hasta pensaban que estaba extinguido. El 20 de mayo de 1883 el cono de la montaña ardió con vida, lanzando al cielo una ceniza caliente. Sin embargo, los meses siguientes, manifestó unas pequeñas erupciones solamente. Todavía eran pocos los preocupados. Los nativos estaban acostumbrados a las erupciones de escasa magnitud. Ese mismo año, a fines de agosto, se oyeron fuertes estruendos subterráneos, como si una bestia gigante despertase, y el 26 por la tarde la isla fue sacudida por una ensordecedora explosión. El cono central entró en erupción violenta y lanzó una columna de humo y cenizas que alcanzó los 27 mil metros de altura. Al día siguiente, temprano, muchos isleños se habían hecho a la mar. 

    Un inglés que logró escapar recordó a las multitudes incapaces de salir: "Los pobres nativos, pensando que era el fin del mundo, se reunieron como un rebaño y vivieron escenas realmente catastróficas entre desesperados gritos."A las diez de la mañana del día 27 la explosión desgarró a Krakatoa y disolvió dos tercios de la isla en más de 19 kilómetros cúbicos de roca que lanzó al aire. Las piedras fueron catapultadas 55 kilómetros hacia arriba, pasando a la estratósfera. Por unos minutos, el cielo se oscureció y, poco después, un área de 280 kilómetros a la redonda se sumió en total oscuridad. En Yakarta (Java), a 160 kilómetros de distancia, el estruendo ensordeció a los pobladores temporalmente, mientras que a más de 4800 Km. hacia el oeste, sobre el océano Índico, la gente imaginó que una gran batalla naval se estaba desarrollando tras el horizonte.Un cráter de 6,4 Km. de diámetro, gigantesca boca, abrió las fauces a un abismo de 275 metros de profundidad socavados por la explosión. Las aguas se precipitaron con tal fuerza que crearon un maremoto con olas que llegaron a los 1120 Km. por hora de velocidad, superando los 30 metros de altura. Tierras e islas fueron literalmente barridas. 36.000 personas murieron ese día. Las casas, en un radio de 160 kilómetros, borradas. Trescientos pueblos arrasados. La onda expansiva recorrió el aire alrededor del globo siete veces y el sonido se propagó miles de kilómetros. 

     Casi la mitad de la tierra recibió sus efectos. Junto a la ciudad de Anjer (Java), a 24 kilómetros, un holandés llamado De Vries se refugió en lo más alto del terreno y desde la copa de un árbol observó: "Una enorme masa de agua de la altura de una montaña. Una pavorosa visión se ofreció a mis ojos y donde se alzaba Anjer no vi más que un precipitado torrente espumeante." El día posterior a la catástrofe el capitán T. H. Lindeman, quien piloteaba su buque hacia Batavia, describió en su cuaderno de bitácora la consecuencia del maremoto: "Por todas partes dominaba el mismo gris y lúgubre color. Los pueblos y los árboles habían desaparecido; ni siquiera pudimos ver sus ruinas, porque las olas habían demolido y tragado habitantes, casas y plantaciones. Realmente era una escena del Juicio Final." El polvo suspendido en la atmósfera creó tonalidades de luz únicas, lunas azules; matices rojos, púrpuras y rosas que iluminaron los cielos nocturnos de todo el globo hasta que, después de tres años desde la erupción, el polvo se asentó por completo. El acontecimiento fue considerado como la mayor explosión natural de toda la historia de la Tierra. Sin embargo, lo que nosotros interpretamos y juzgamos como destrucción, para la naturaleza no fue más que otro paso -casi inexplicable a nuestro corto entender- para la renovación cíclica de la vida. En principio, de lo que había sido Krakatoa, quedaron pequeñas islas e islotes yermas, pero en 1927 se descubrió una renovada actividad volcánica que comenzó a construir otra isla bajo el lecho marino. Veinticinco años después, una explosión la alzó a la superficie y en 1952 nació Anak Krakatau, "hija de Krakatoa". Esta activa y pequeña isla, también volcánica, mide 150 metros de altura y está situada en el centro de otras cuatro cuyos perfiles dentados se hunden en el mar. (*) 

    A pesar de la supuesta esterilidad la explosión pareció dejar, nuevos seres se pusieron en actividad y, vertiginosamente, comenzaron a brotar. Tan es así, que actualmente la zona está protegida, en su mayor parte, por varios Parques Nacionales, pues alberga especies únicas. El Parque Nacional de la península de Ujung Kulong protege las islas de Panaitan, separadas por un canal de 500 metros donde se encuentra la isla coralina de Peucang y la Reserva nacional de Krakatoa, situada más al norte. La mitad del parque está ocupado por bosques lluviosos tropicales de las sierras bajas, un ecosistema casi único en la isla de Java. Las otras formaciones vegetales son el bosque de playas, comprendido por amplias extensiones costeras de manglares, el bosque pantanoso de agua dulce y otros de palmeras y pastizales. Se han censado 58 rarezas botánicas, mientras la joya de la fauna es una especie de rinoceronte que sólo habita Java y cuenta con una población de 60 ejemplares. Otras especies exóticas son el banteng, el ciervo susa, el perro salvaje, el gibón y el mono de Java. Se han inventariado un total de 35 especies de mamíferos, 250 especies de aves y 54 especies de anfibios y reptiles. (**)

   Todo esto indica que la explosión no fue mera anulación, como podría dictarnos un análisis mezquino y acotado temporalmente, sino que fue un proceso más de la naturaleza que, como eterna creadora, empleó para forjar nuevas existencias con los mismos elementos. Hoy en día, Anak Krakatau parece estar dando señales de que un nuevo ciclo volcánico ha comenzado.

(*) Reelaboración del texto publicado en el ATLAS DE LO EXTRAORDINARIO, Prodigios de la naturaleza, Volumen I, DEBATE, ediciones del Prado, 1988. 

(**) Reelaboración del texto publicado en MARAVILLAS Y TESOROS DEL PATRIMONIO DE LA HUMANIDAD, Nº: Extremo Oriente, Ediciones Tiempo, S.A. 

 

 CICLOS

                                                                                                      Por Andrés Manrique

    Luxo, el gigante de luz, ascendió desde el centro de la Tierra. Solo, desde milenios atrás, acumulaba energía en grutas subterráneas. Harto del aburrimiento, trepó por una de las columnas de piedra que sostenían al templo. Escaló una, la más gruesa, que fue quebrándose por el calor extremo. Bajo su tacto las piedras iban partiéndose como si fueran de hielo. Asomó la cara por el horizonte con tal fosforescencia que encandiló al planeta. Se aferró de un borde de la meseta patagónica e irguió en Sudamérica. Avanzó lento por la estepa que fue tornándola negra, costra de arbustos achaparrada, plantas de carbón, yerma. Un que otro bosque por ahí salpicado en rescoldos quedaba cuando sentía sus pasos. Luxo buscaba algo y dirigió su masa hacia la Pampa, pero al avanzar los árboles: ombúes, lapachos, plátanos, lo verde entero fue marchitándose. El pasto volvía a las cavernas de la semilla que se hundía bajo el páramo, mientras los animales desenfrenados seguían a sus quejidos de cerca. Necesitaba compañía, alguien con quien vivir su historia sin inflamarlo; sin modificarlo con el más tenue contacto. Buscaba aquel, tal vez aquello que no cambiara ante su presencia, algo que se mantuviera auténtico sin que su curiosidad lo obnubilara. La vida huía achicharrada: los lagos, charcos e hilos de agua rociaban al cielo y empapaban a pájaros que chorreaban en bandadas por el aire, bajo el peso del mojado plumaje. Las nubes engordaban al cielo que pesaba sobre los tejidos de cemento, moles geométricas de encierro que sofocaban a hombres adentro. Luxo siguió avanzando inquieto. Caminó hasta un círculo grande, bordado metálico sobre el tejido de asfalto que brillaba a lo lejos, a orillas de un cuerpo marrón que hervía revuelto. No llegó a ver los cilindros de espejos que rascaban el cielo, al acercarse nomás, las estructuras de vidrio y hierro se derruyeron como cascadas líquidas de acero. Pasó por encima de muertes sin verlas, chapoteando en charcos de piedras hacia la humedad marrón que borbotaba tras esos cerros de restos. Caminó unos pasos y el puente metálico Capital-Avellaneda chorreó dentro del río, ya vapor humo niebla. Chapoteó por el limo un tiempo, entre peces que chasquearon­ agónicos las últimas gotas de brío. Ahora las percas y bagres, apenas chispazos fugaces. El lodo se resecó y sus pies quedaron presos. Se sentó inmóvil, quiso encontrar algo, aunque fuera lejos. Poco a poco, el furioso fervor dejó al entorno yermo. La esterilidad se propagó con el paso del tiempo y las selvas fueron cubiertas por desiertos de polvo. Las cataratas del mundo se zambulleron por última vez dentro de las resecas grietas que cubrían, como arrugas, la piel del planeta. El sol radiante de furia se cubrió con el cielo para que no lo cegara, huyó más allá de Urano, asomando la cabeza desde Neptuno y acercándose cada tanto a Plutón para que lo enfriara. El tiempo se detuvo y Luxo se quedó sentado sobre la soledad más desolada. Sin más rumbos, sin caminos. Afuera, vacío. Todo proyecto, proyección de desierto. Y adentro. ¿Avanzar para qué? Si sabía que tan sólo el eco de su acercamiento disolvería al mundo que él había muerto. Imposible conocer sin absorber una parte de eso. Bastaba arrimarles el calor para que los tonos se mezclaran, espantados, en grisáceo color. Sobre lo que observaba echaba el aplanador velo que sumergía al contraste en indiferente estanque. Por afuera no quería andar, desgastado por el gris con que teñía lo total. Dónde saciar su interés, por qué territorio ambular. Había dejado la tierra solitaria para llegar a otra igual. De su lugar de origen conocía cada rincón: las 52 columnas de siete rocas cada una, polígono de 24 vértices y 1440 metros de altura, repleto de gas y bruma. Y ahora había empañado esta otra cobertura, de la que ni siquiera había logrado ver el cascarón superficial detrás del cual el mundo se había replegado temeroso de su incisiva curiosidad. Cómo iba a hacer para virar ahora con sus pies de barro. Hacia qué lugar emprender, hacia dónde. Hacia adentro. ¿Y si ahí también lo ajaba todo, alborotando los elementos que sacarían las garras para aferrarse a las paredes del estómago, treparle por la garganta, colgársele de la campanilla y rasguñarle la boca; o resbalar por la lengua haciéndole saltar algún diente; o limarle los tímpanos, en desesperación por el afuera; o quemarle los ojos huyendo de la enorme ambición? Cómo soportar la introspección, cómo tolerar intolerables memorias de tan larga historia, acumuladas unas encima de otras. Cómo hacerse capaz de enfrentar la imagen propia que saldría deformada por la mezcla, collage de imágenes, ruidos, palabras y olores. De a poco, muy de a poco, tardó tanto en escarbar adentro que la tierra se hizo pómez, ingrávida esponja que flotó en la oscuridad hermética. Acercó una mano y otra a la fuente de aguas negras que descansaban adentro del hondo silencio. Asomó la cara y su curiosidad brilló de nuevo, lo encegueció el reflejo y no pudo ver nada. Rozó con un pie la superficie magmática, el centro luminoso estalló como un espejo que le cortó el rostro en fragmentos. Metió las manos y sacudió el líquido, mercurio denso. Se acercó un poco más y cayó adentro. Hundiéndose al sótano de pálidos recuerdos recreó un espacio extraño con un ombligo, luz del centro, en torno del cual giraban astros con vida, hasta uno acuático, dónde abundaban praderas bosques y selvas habitadas por efímeros seres de cera. Flotando en medio del líquido, repleto de difusos restos, Luxo encontró al centro propio desde el cual regir preciso, velocidad y movimiento. Halló la exacta medida del tiempo con la que creó un nuevo universo. Desde ahí gozó el espectáculo de seres que, sin saberlo, viven afiebrados por pesares que le hunden la cabeza sin animarse a ver de frente la raíz de luz plena. Así es que Luxo los hace bailar alrededor suyo, cíclicamente, en un trozo de tiempo que no es más que muerte-renacimiento, hasta que harto de obtener austeridad, resignación, dudas, terror de todos esos; justo antes de que lo empiecen a venerar por miedo, los derrite y refunde, ensayando para encontrar aquel que se desprenda de él, el que se subleve para recrear una realidad distinta, más rica que ésta.

 

Cierva rusa en el Parque Ujung Kulong. Otro testimonio de la hermosa vida que hoy florece a la sombra de la pasada furia de la lava.

 

                                     

©  Temakel. Por Esteban Ierardo