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       LA LAGUNA DEL PESCADO

 

                                                

   No sólo la humanidad arcaica sacralizaba los paisajes, sus ámbitos geográficos de existencia. El hombre moderno  también puede constituir un sitio como lugar de emergencia y manifestación de lo extraño, lo sagrado. Generalmente, este proceso es desencadenado por algún hecho de naturaleza inexplicable. Esto es lo que ocurrió en la Laguna del Pescado, en la localidad de Victoria, en la provincia de Entre Ríos, Argentina. A comienzos de la década del 90, durante dos semanas, de las aguas de la laguna entrerriana emergieron enigmáticas y nocturnas luces. La rara luminosidad luego desapareció. Pero fulguró lo suficiente como para refundar, resignificar, la Laguna del Pescado. La laguna dejo de ser únicamente escenario de pescadores y cazadores de aves acuáticas, para convertirse en sitio singular. Espejo de agua misteriosamente vinculado con la develación de algo sobrenatural, sagrado, quizá ajeno a nuestra Tierra.

   Por eso, ahora en Temakel, les presento este breve artículo sobre la sacralización contemporánea de una laguna argentina.

   LA LAGUNA DEL PESCADO Y EL DESEO DEL PUENTE MITICO

                                                                                                         Por Esteban Ierardo
   A partir de 1991, Victoria renace. Victoria es una pequeña localidad
enterriana ubicada en las márgenes del Río Paraná. Lugar abrazado por la
típica tranquilidad campestre. Vida reposada, gobernada por las rutinas de
la vida de campo y el lento ritmo de las aguas del Paraná. Pero Victoria
escucha los murmullos de vientos extraños en los albores de la pasada década
del 90. Durante varios días, de los helechos ribereños emergen decenas de  luces que hechizan al pueblo. Todos pueden verlas. Asociadas con el fenómeno OVNI, la noticia de aquellos raros fenómenos lumínicos rápidamente se  esparcen por el planeta. La hasta entonces tranquila Victoria es visitada por cientos de extranjeros que emplazan sofisticados equipos de observación en una estancia, La Pepita,  junto a la Laguna del pescado.
   Durante algunas semanas las repetidas apariciones lumínosas en la región despiertan en el mundo una fantasía dormida: el deseo de que, en algún sitio de la tierra, exista una mágica entrada a un nivel superior de la realidad. La tierra dejaría de ser así un mapa de colores repetidos y esperables. Un mapa donde lo real siempre se despliega como una misma sucesión de cosas: tierra, bosques, ciudades, pueblos, mares. Pero en secreto, en silencio, la humanidad siempre anhela que en esa cartografía del mundo conocido y repetido exista una abertura, un túnel que perfore el mapa y nos sitúe ante un puente que nos guíe hacia otro lugar henchido de magia, sorpresa y enigma.
   
Ese lugar que abre un puente a otro nivel de existencia, es un sitio que se enlaza con un viejo esquema mítico: el del lugar sagrado, lugar mágico donde los mortales se comunican con lo divino y desconocido. Así una montaña, un río, o una cueva, pueden convertirse en puente mítico entre dos mundos. Y ese puente también puede ser un contemporáneo espejo de agua. Tal es el caso de la Laguna del Pescado.
   Las luces se han desvanecido en el cielo nocturno. Pero en la imaginación colectiva Victoria y su cercana laguna ya se han cristalizado como escenografía mítica donde los hombres satisfacen el deseo primario de transitar por un libre puente que los comuniquen con un misterioso más allá.
Los signos que preanunciaban el destino de la Laguna del Pescado como puente mítico, ya se manifestaron a comienzos de siglo a través del testimonio de unos isleños que manifestaron haber contemplado una extraña luz que, durante la noche, se sumergió en las aguas de la laguna. Esta historia fue recogida por el padre Gregorio Spiazzi, monje de la importante comunidad benedictina de la Abadía del Niño Dios, situada en las afueras de Victoria. En los años cincuenta, Spiazzi escribió El país de los Chajás donde transcribió el misterioso incidente arriba mencionado.
   Luego las luces enigmáticas vuelven a encenderse. Hoy parece que se han apagado o, al menos, son pocas, o ninguna, las observaciones que se difunden a través de los medios. Pero que las luces vuelvan a brillar o que se desvanezcan quizá definitivamente, ya no modifica la impronta simbólica de La Laguna del Pescado. Lugar no sólo para el vivir de los hombres o los animales. Sitio también donde un sutil puente se despliega para que en el mapa de lo conocido pueda aflorar algo extraño, recóndito, poco conocido. La satisfacción del antiguo deseo humano de reencontrarse con una realidad que baila entre las fogatas del misterio.

                       

 

                                                  

  ©  Temakel. Por Esteban Ierardo