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EN EL RÍO NAM OU 

Por Juan Carlos Queirolo

 

El río Nam Ou en Laos, en uno de sus tramos de serenidad. Luego se convertirá en rápidas aguas (foto abajo). El río de furioso torrente, una de las manifestaciones más intensas de la naturaleza. 

 

     Para comenzar con este relato nos debemos ubicar geográficamente en la misteriosa e intrigante región del Sudeste Asiático. Allí, hay un pequeño país llamado República Popular Demócrata de Laos, país con una historia golpeada y sufrida ocasionada por la gran cantidad de invasiones que debió soportar. Guerras donde de una manera u otra, siempre se vio involucrado debido a su ubicación geográfica.

En este país tan particular se encuentran los protagonistas de nuestra historia, ellos son tres jóvenes sudamericanos, quienes andan de aventura en aventura por aquellas tierras tan lejanas como cautivantes para sus ojos de niños exploradores. Sus nombres son Pepe, Nikima y Juan, tres adolescentes dueños de sus vidas, a los cuales les fascina verse envueltos en extrañas aventuras durante su viaje por Asia.

Un día, mientras recorrían un pueblito al norte de Laos llamado Phongsali, dieron con un mapa de la región. Le echaron un vistazo y de repente sus ojos se centraron en una pequeña línea que zigzagueaba por el mapa subiendo y bajando hasta perderse en el borde del mismo. Enseguida fueron a consultar cual era ese rió que había cautivado su atención. El descubrimiento era importante ya que se estaban refiriendo al Nam Ou, río muy conocido por aquellas zonas porque se lo utiliza como medio de transporte fluvial. Al enterarse de esto nació en sus cabezas la idea de llevar a cabo otra de esas locas aventuras que los caracterizan. La suerte ya estaba echada, nada ni nadie impediría que lleven a cabo su última gran aventura del viaje.

Ese mismo medio día, durante el almuerzo, ataron los últimos cabos correspondientes a la organización de su expedición por el Nam Ou. Su plan era navegar el rió en una balsa, armada por ellos mismos con cañas de bambú, desde una aldea ubicada bien al norte hasta otro aldea cercano a Phongsali. Durante la tarde se encargaron de comprar los elementos que les serían necesarios para construir la balsa, como por ejemplo, serrucho, machete, sogas y cuerdas, etc. Luego de hacer las averiguaciones pertinentes de cómo llegar hasta las orillas del río, llenaron las mochilas con la comida, las herramientas y las bolsas de dormir.

La mañana siguiente tomaron un ómnibus, luego de tres horas arribaron a un pueblito donde nace el camino hacia el río. Aquí se enfrentaron contra su primer traspié, no había ningún medio de transporte que los pudiera acercar a su tan preciado objetivo. No les quedó otro remedio que ponerse a caminar. Caminaron y caminaron por horas. De repente se encontraron con un grupo de obreros quienes estaban arreglando el camino, ellos les comentaron que este camino estaba en construcción y que probablemente algún camión de la constructora los podría alcanzar por lo menos unos kilómetros, ya que todavía les faltaban alrededor de 50 hasta al río. Contentos por la noticia, siguieron caminando hasta que comenzó a caer la tarde y con ella el cansancio por la larga caminata se hizo presente entonces decidieron parar en la próxima aldea para pedir hospedaje y alimento.

La ruta en construcción se escabullía entre pequeñas sierras cubiertas por una gran vegetación e incontables terrazas de cultivos donde se podían ver a los campesinos con sus búfalos arando la tierra para una nueva siembra, y de tanto en tanto se asomaba ante él un pueblito o caserío con esas típicas casas hechas en madera incrustada y paja.

Pepe ya cansado por el peso de su mochila decide que es hora de parar la marcha, apunta hacia uno de los caseríos que se divisan en la cercanía y dice: ..."Allí es donde vamos a pasar la noche, vamos a pedir hospedaje y comida"... En efecto, se dirigieron a éste, pero al ingresar notaron que la gente se ocultaba al verlos, especialmente los niños y mujeres. Ya en el centro del grupo de casas intentaron hablar con un señor en un "lao" muy precario. Le pidieron amablemente si podían pasar la noche en alguna casa. El señor, luego de un momento, comprendio lo que estos tres "blancos" querían e hizo llamar a un hombre muy anciano. Este se acercó a ellos, y con una paz ostensible, los saludo en francés: "Bonjour, Ca va?", los tres se quedaron atónitos, y respondieron en "lao" que deseaban pasar la noche y comer en la aldea. El anciano, con la hospitalidad característica de este país, los invitó a pasar a su casa y enseguida les invitó una taza de té.

Totalmente agradecidos, Pepe, Nikima y Juan pasaron la noche acompañados por el amable anciano quien los entretuvo toda la noche con historias y recuerdos de la invasión francesa en Laos tiempo atrás, razón por la cual él conoce el idioma.

A la mañana siguiente, continuaron su caminata. Esta vez contarían con mejor suerte, ya que un camión lleno de obreros se ofreció a llevarlos, al verlos caminar sombriamente por el camino polvoriento. La felicidad era total, el camión los acercó decenas de kilómetros. Es más, los llevo hasta el fin del mismo. Nikima grita desesperado: "... El camino todavía no ha sido terminado, y ahora que hacemos...", los tres completamente desolados se sientan al costado. Juan está enteramente desmotivado y quiere dar por finalizado el intento de llegar hasta el río. Él propone comenzar la aventura en balsa desde el pueblo que habían fijado como meta, ya que allí era fácil llegar y estaban seguros de que esa parte del río era navegable. Pepe y Nikima no sabían qué hacer, todavía están medio atareados por la cruel y repentina realidad en la que se ven envueltos. Luego de sacar un par de deducciones lógicas concluyen que sería mejor preguntar cómo se llega hasta el río ya que algún camino tiene que haber.

Consultan en un puesto de mercancías para los obreros, y allí conocen a un señor que también se estaba dirigiendo hacia el río. Él se ofrece guiarlos por el antiguo sendero que está siendo reemplazado por la ruta. Nuevamente logran superar otro obstáculo en vía al Nam Ou. Deben caminar toda la tarde entre las sierras, aunque suponen que les faltan pocos kilómetros para llegar. Sus cálculos son erróneos, deben pasar la noche en otra aldea y continuar viaje la mañana siguiente. Esta aldea era distinta a la anterior, se trataba de otra tribu, los "Yao". La gente se siente muy curiosa frente a los visitantes y los rodean curioseando sus atuendos y pertenencias. Parecen más confianzudos ante la presencia del extranjero. Enseguida guiaron a los tres valientes a una casa. La aldea era antiquísima, muy pintoresca y autóctona, la arquitectura de las casas era muy particular, sin duda esta tribu tiene sus costumbres y tradiciones muy arraigadas. Juan exclama con notorio entusiasmo: "... ¡Esta aldea se parece a las que salen en los documentales de National Geographic! ¡Es increíble donde estamos...!"

Aunque, lamentablemente, durante el transcurso de la noche advertirán que la gente de esta tribu no era nada increíble, todo lo contrario, bastante soez. La gente no paraba de curiosear entre sus pertenencias y cuando encontraban algo que les interesaba les pedían que se lo regalasen. O por ejemplo, las ancianas se hacían las enfermas para que se les den medicamentos, cosa que ellos no hacían por no poseer conocimientos médicos. Así fue toda la noche, una tensión constante.

Bien temprano por la mañana continuaron viaje, queriendo olvidar lo antes posible esa desagradable noche que debieron soportar. Al mediodía, finalmente arribaron a las costas del río y lo primero que notaron fueron unas canoas. Estas eran de los habitantes de una aldea cercana. Enseguida pasaron a preguntar si podían comprar una para emprender su travesía. Al principio la gente no entendía muy bien lo que estos tres extraños querían, primero pensaban que buscaban tan sólo un paseo, pero luego de un intenso esquema explicativo, el representante de la aldea por la canoa comprendió y, sin problema, llegaron a un precio justo por la embarcación. Los tres jóvenes pagaron lo correspondiente y comenzaron a remar río abajo. Nombraron a la canoa "El Caimán" debido a su longitud, unos siete u ocho metros.

No antes de haber recorrido los primeros quinientos metros se les cruza una primera serpiente ante sus ojos. Pepe un poco más asustado que los demás se asegura de sentarse bien en el medio de la canoa por si la serpiente se pone más amigable de lo esperado. Dejado atrás este primer visitante, se aproximan a otro un poco menos esperado. Un pequeño "rápido", más que un rápido se trataba de una zona de gran correntada. Lo atraviesan sin problemas y con muchas energías siguen remando. Los tres coinciden que esto de los rápidos es algo que no esperaban, pero es bienvenido para darle un toque extra de adrenalina al paseo. También se dan cuenta que esta parte del río no es para nada navegable, producto de los pequeños rápidos y las aguas poco profundas.

Continúan remando cuando de repente divisan una aldea sobre la costa del río era aun más pintoresca que las otras que habían visto, las casas en su mayoría estaban hechas de bambú y paja, rodeadas de una follaje verde fluorescente y mil distintos tipos de plantas y árboles. Para no ser menos, la impresión de la gente al ver a Juan, Pepe y Nikima remando río abajo, no podía ser de otra manera. Todos salieron corriendo a verlos y a saludarlos como si fueran familiares que se van a la capital a ver al doctor o a hacer algún tramite burocrático de esos que sólo hay que hacer en las ciudades. Los aventureros tenían en la cara dibujada una sonrisa que recorría todo su ancho, y en el corazón una sensación de riqueza y alegría que solo experiencias de este tipo te pueden llegar a dejar. Disfrutando del paisaje siguieron avanzando paletazo a paletazo por un rió mágico, por su gente, su forma, su fauna y flora que llegaba hasta el límite mismo que divide la tierra firme y el agua. Era un paraíso natural captado por todos los sentidos de los tres muchachos, quienes, solos, se sumergían por aquel manantial de vida.

Ya varias horas habían pasado desde la partida y el ritmo de paleteo era bueno, aunque Pepe con su remito de bambú, mucho no hacía, y de paso se burlaba de Nikima, quien estaba en la proa y protestaba porque sus manos comenzaban a sentir el esfuerzo hecho durante todo el día. Juan, por su parte, estaba en popa, cómodo y con una buena perspectiva de lo que acontecía en la canoa. Pero no todo es de color de rosa en este río. Comienzan a escuchar un leve sonido a aguas turbulentas o más especifico a un rápido de importancia considerable. "...¡Más nos vale que nos concentremos en lo que viene...!", les dice Juan desde atrás. Cuando salen de una curva del río ven que se están aproximando a gran velocidad a un rápido, los remos se levantan y se comienza a analizar la situación. Es decir, por dónde convenía pasar. Después de un corto intercambio de opiniones se llega a una decisión razonable. Debían pasar por la derecha donde habían menos rocas. Encaran el conflicto con precaución pero también con un poco de ese entusiasmo irresponsable típico en todo joven atraído por las aventuras. El rápido era corto pero arriesgado, los chicos lo atravesaron con agilidad en el manejo de las paletas y lograron dirigir la canoa por un sendero seguro. El resultado fue unos gritos de euforia descontrolada mezclada con un éxtasis total por la adrenalina que corre por sus venas cuando han pasado su primer rápido sin haber tumbado la embarcación, sólo se les había llenado de agua, inconveniente mínimo.

Igualmente algo aprendieron de esta primera experiencia, ya que cuando se enfrenten con el siguiente gran rápido tomaron la precaución de parar y observarlo detenidamente. Resuelven pasar la canoa sin las mochilas adentro. Pepe se encarga de llevarlas al otro extremo del rápido mientras Nikima y Juan prueban su suerte con la canoa. Todo salió bien. La canoa salió ilesa tal como sus marineros. Se cargó todo el equipo nuevamente y siguieron adelante.

Cuando cayó el sol, acamparon en la orilla del río, hicieron un fuego para calentarse, luego comieron abundante arroz con salsa picante y a dormir. A medianoche comienza otro inconveniente, se larga a llover, faltaban meses para que finalizara la época de sequía y nuestros hombres habían confiado en que no iba a llover. Rápidamente debieron refugiarse debajo de un tronco caído ya que no estaban equipados con carpa o algún nylon para hacer un refugio. Como consecuencia se les mojó gran parte de sus ropas y sus bolsas de dormir. No se sintieron desmoralizados porque sabían que en esa época del año abundan los días soleados así que el sol se encargaría de resolver el percance.

Amaneció nublado, como el día que se les avecinaba, remaron toda la mañana sin problema alguno. Al medio día se cruzaron con otra canoa. Eran pescadores y cazadores estaban remontando el río, probablemente vivían en alguna de las aldeas río arriba. Su asombro cuando vieron a los tres occidentales en esa situación se vio reflejado en el comentario que les hicieron: "¿Tienen cigarrillos?". Se mostraron alegres al recibir un par de cigarrillos y siguieron su camino. Dejando atrás a los únicos navegantes que verían en ese río siguen adelante preguntándose por qué esos pescadores habían sido tan parcos. A media tarde, reconocen nuevamente ese sonido característico de los rápidos. Definitivamente se estaban acercando a uno. Sin tomar las medidas de precaución habituales se lanzan a la boca del lobo; aparentaba un rápido sin mayores dificultades para sortear, pero muchas veces las apariencias engañan y ésta es una de esas ocasiones. Cuando se internaron en el rápido no se dan cuenta que de éste era mucho más largo que los anteriores y ese fue su problema. Durante toda la excitación que el rápido les significaba cometieron un error, se distrajeron, y eso provocó que el choque contra una roca no fue gran cosa. Sólo los detuvo; la correntada hizo presión contra el casco y provoco que la canoa gire y se cruce perpendicularmente al río. Se produce un nuevo choque contra otra roca y en cuestión de milésimas de segundos la canoa se tumba y todo comienza a flotar y a ser arrastrado por la corriente. Los tres remeros caen instantáneamente al agua. Nikima, en la proa no es capaz de atajar las cosas que se van con la corriente. Sólo se resigna a verlas alejarse, Pepe que estaba en el medio, entra en shock y no reacciona, sólo le preocupa su cámara de fotos la cual se fue flotando y, por ultimo, Juan, lo único que fue capaz de salvar fue la bolsa impermeable donde estaban los documentos y la plata de todos. Juan decide llevar la bolsa a la orilla ya que, si eso se pierde, están fritos.

Todos juntos nuevamente al lado de la canoa tratan de calmarse y ver cómo solucionar el problema. La canoa está atascada y la fuerza del agua contra ella marca su inexorable "in extremis". Los tres hacen varios intentos para sacarla de esa situación pero todo es inútil. Deciden ir a la orilla y buscar un palo para usar de palanca de esa forma ejercer mayor fuerza contra el agua. Regresan a la canoa con el palo. A pesar de los riesgos que eso significaba, hacen varios intentos por mover la canoa, pero ésta casi ni se mueve. La presión del agua sobre ella es sorprendente. No hay otra solución debían abandonar la canoa y comenzar la búsqueda de sus pertenencias que debían estar río abajo. Luego de una intensa búsqueda sólo se halla la mochila grande y la chiquita de Pepe. Todo el resto de las cosas se habían perdido en las aguas de aquel hermoso río. Entre las cosas más importantes que se habían ido estaba la mochila de Juan con comida y útiles de cocina y todos los calzados que poseían. "Estamos sin nada en medio de la selva", dice Pepe un poco agobiado por las circunstancias. "No es tan grave, podríamos estar peor", comenta Mikima siempre positivo; y Juan replica: "Necesitamos encontrar un lugar donde pasar la noche". 

Gracias a Pepe encuentran una pequeña choza a pocos metros del lugar del accidente. Estas son utilizadas por los campesinos durante la época de siembra y cosecha. Pernoctaron allí tratando de recuperar fuerzas para el difícil día que les esperaba.

Luego de una mala noche de sueño por el frió y las ratas que abundan en este tipo de chozas, los muchachos comienzan el día con un desayuno caliente. Les queda muy poca comida, deben hacer algo rápido antes de que las cosas empeoren. Toman la determinación de construir una balsa de bambú. Para ello trabajan sin parar toda la mañana. Construyen una gran balsa de unos siete metros de largo por uno y medio de ancho. Nuevamente cometen otro horror, la balsa fue hecha de bambú verde y el bambú verde no flota (detalle que notan al pararse sobre ella). Ahora sí que se sienten en aprietos, es hora de ponerse a caminar hasta encontrar una aldea o a alguien que los ayude. La pregunta que se hacen es hacia dónde deben caminar, deben bordear el río o seguir el sendero que se dirige hacia las sierras. Bordeando el río es probable que haya una aldea pero entre las sanguijuelas de agua y las rocas cortantes esa opción se vuelve menos atractivas que el sendero por la selva. Finalmente deciden tomar la senda que nace en la choza que habían habitado la noche anterior. Caminaron descalzos toda la tarde por el sendero que los paseaba por valles bellísimos llenos de terrazas de cultivos y de pequeñas chozas. Ahora se sienten alegres de haber tomado la decisión correcta al elegir el sendero para caminar, aunque sanguijuelas haya igual, les levanta el ánimo saber que en las cercanías debe haber gente que cultiva todos estos valles.

Así fue como lograron salir de esa aventura con complicaciones. Luego de un día y medio de caminata por el senderos arribaron a una aldea donde, impresionada su gente por el aspecto de estos tres extranjeros, fueron tratados con especial cordialidad, luego de una buena comida, se les ofreció traslado a un pueblo cercano donde podrían conseguir un bus que los llevara a su querido Phongsali. Lugar donde esta historia fue contada una y otra vez a todo extranjero que se acercaba. Para que los visitantes descubran que al pueblo de Laos no les interesa su dinero, material totalmente baladí para ellos, sino su amistad y respeto.

 

Fotos Juan Carlos Queirolo y otros integrantes de la expedición de Laos narrada arriba

 

 

   ©  Temakel. Por Esteban Ierardo