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KAMIZAKES 

El trágico viento divino

 

Pilotos japoneses hacen su reverencia en dirección a Tokio antes de su último vuelo. En Tokio residía el emperador, la divinidad encarnada por la cual los jóvenes se sacrificaban.

 

Presentación

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Presentación

   El cielo muestra un desnudo azul. Apacible, el sol pasea su corona de luz en la altura. El barco surca lento las aguas, habitadas por olas y espumas. Un sonido agudo comienza a taladrar el aire. Un punto que vuela crece. Se acerca. Adquiere nitidez. Desde la embarcación se inicia un desesperado cañoneo de artillería para contener al punto susurrante. Que sigue creciendo. Se acerca más. Las alas rodean un pico salvaje, y unos ojos que parpadean con una última y desesperada furia. Es el kamikaze. Es el fuego que muerde la cubierta de la nave y quema hierros y corazones.

 En la segunda guerra mundial, los japoneses sostenían una lucha titánica con Estados Unidos; a largo plazo, la victoria japonesa era imposible. Los recursos materiales del país del norte eran muy superiores. Además, el suelo norteamericano no era alcanzado por las bombas enemigas. En diciembre de 1941, mediante el golpe sorpresa en Pearl Habour, Japón intentó destruir la flota norteamericana en el Pacífico. No lo consiguió. Luego, la armada imperial nipona sufrió una irrecuperable derrota en la batalla naval de Midway. En el ejército del alicaído Imperio del Sol naciente surgió lentamente la dolorosa convicción de que sólo acciones desesperadas podrían acaso compensar las inmensas diferencias con su rival. Así nació el plan del ataque de los pilotos suicidas. Los kamikazes, palabra que significa "viento divino", el nombre que adquirió un tifón que destruyó en 1570 una flota mongola que amenazaba con invadir la isla del Japón.

  Pequeños escuadrones de jóvenes pilotos voluntarios se lanzaron con sus zeros en picada mortal sobre los barcos norteamericanos. Cerca de 5.000 pilotos murieron en esta trágica acción. Tras la conclusión del conflicto, el ejército norteamericano realizó una investigación para determinar si los temerarios pilotos kamikazes habían sido obligados a actuar de forma suicida. El resultado sorpresivo de esta pesquisa oficial fue que los jóvenes pilotos eran voluntarios. Nadie los obligó a su acción final.

  En la trágica historia de los kamikazes se unen el heroísmo y la infausta degradación de la guerra. Seguramente con noble pasión, los jóvenes pilotos japoneses abrazaron lo que creían era la lucha por la dignidad de su patria. Sin embargo, la juventud japonesa masacrada en los mortales vuelos en el Pacífico fue una nueva víctima del exterminio bélico, donde las cúpulas poderosas apelan a los jóvenes como instrumentos para el combate, como medio para cristalizar, por sangrientos caminos, sus ambiciones políticas o económicas. Es la repetida historia de la manipulación de la vitalidad juvenil en la guerra que destruye a muchos y beneficia a minorías poderosas. Un arco oscuro que se extiende desde las culturas antiguas hasta la más inmediata actualidad de la guerra en Irak. 

  Legado ambiguo y contradictorio el de los kamikazes. El joven que muere víctima de la fiebre belicista y la ambición exaltada de una minoría militarista. Y, a su vez, el valiente sacrificio para proteger lo que se cree es el altar de los valores más dignos de la propia nación.

Esteban Ierardo   

 

 

En Temakel, pueden hallar un texto que desarrolla el origen, desesperado auge y la caída de los pilotos suicidas japoneses:

 Historia de los kamikazes

 

 

 

GALERÍA DE IMÁGENES

(Todas las imágenes con fondo negro puede ser ampliadas por un clik)

Antes de ascender a su avión por última vez, un compañero le coloca en la cabeza una cinta con la bandera nipona.

Un kamikaze es alcanzado por la defensa de un navío norteamericana cae en picada.

El momento de ofrecimiento del "sake", la bebida tradicional japonesa, antes de su misión mortal.

 

 

 

Una histórica imagen captada desde un nave norteamericana cuando es atacada por un kamizake. El piloto japonés intenta, inútilmente, encontrar un hueco en la barrera antiaérea para lanzarse contra la nave enemiga.

En la batalla de Leyte, los norteamericanos sufrieron por primera vez el vuelo destructor de los kamikazes. En la imagen, el portaviones "Saint-Lo" vuela tras ser alcanzado por un avión japonés.

Miembros de un portaaviones japonés despiden a los kamikazes mientras éstos se aprestan despegar hacia su misión final.

 

Histórica fotografía que muestra el impacto de un avión kamikaze en la cubierta del portaviones USS Bunker Hill el 11 de mayor de 1945.

 

Una columna de humo asciende desde el mar que acaba de convertirse en la tumba de un piloto kamizake.

Otra imagen de la explosión del  portaviones "Saint-Lo", herido mortalmente por un ataque kamikaze. 

 

Un grupo de jóvenes kamikazes en un momento de relajada ternura. Algo que evidencia que, a pesar de toda su aura de trágicos guerreros, estos pilotos eran, en último término, jóvenes desbordados por las desgraciadas circunstancias de la guerra. 

 

  

 

Imagen del vicealmirante Onishi en el momento en que se dirige a algunos voluntarios kamikazes. Onishi luego se practicaría el harakiri.

 El Bunker Hill en el momento de su explosión tras ser atacado por dos kamikazes. Este barco tuvo 346 marinos muertos, 43 desaparecidos y 246 ahogados.

 

 

 

 

   ©  Temakel. Por Esteban Ierardo