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LO QUE GRITA STALINGRADO

 

 

Soldados rusos combaten entre las ruinas de Stalingrado

 

  Presentación

  Galería de imágenes

  Lo que grita Stalingrado

 

 

PRESENTACION

   En diciembre de 1941 Hitler inició la invasión de Rusia. Cientos de jornadas fatídicas llegarían luego. Algunas de las más simbólicas y aniquiladoras fueron las acontecidas en Stalingrado, una importante ciudad a orillas del Volga. En agosto de 1943 el IV Ejército alemán de Von Paulus rodeó Stalingrado. Tras seis meses de salvaje combate en casas, calles y fábricas, los alemanes se rindieron. El 99 por 100 de Stalingrado fue despedazado. Fueron aniquiladas 41.000 casas, 300 fábricas y 113 hospitales y escuelas. Stalingrado se convirtió en la mayor matanza militar de la historia. En su negro vientre murieron casi dos millones de hombres y mujeres. Casi 400.000 vidas alemanas se apagaron. Lo mismo que más de 130.000 italianos, y cerca de 320.000 húngaros y rumanos. El ejercito ruso sufrió 750.000 bajas entre muertos, heridos y desaparecidos. Antes del inicio de la batalla, vivían en la ciudad del Volga alrededor de 500.000 habitantes. Luego del final de la hecatombe, un censo hablaba de sólo 1.500 sobrevivientes.

   En este momento de Historia y simbolismo de Temakel queremos volver sobre este hecho dramático de la historia con el propósito de entender, al menos parcialmente, y no olvidar, la siniestra capacidad humana para generar horror. Aquí encontrarán una galería con imágenes históricas de la desgraciada ciudad-batalla, y un poema personal sobre el sufrimiento y los oscuros vientos que asolaron a la urbe rusa. En la sección específica de Textos sobre Historia y simbolismo podrán hallar un texto donde ensayó una aproximación histórica a los modos y efectos de la destrucción y, luego, una libre incursión simbólica-filosófica sobre un posible sentido no evidente, y aún actual, presente, de la infernal urbe rusa ( Stalingrado y la aniquilación en lo finito )

   E.I

 

 

GALERÍA DE IMÁGENES

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Soldados rusos bajo el paso de un tanque

 

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El general Chukov y su Estado Mayor

 

 

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Un edificio tomado por los alemanes en Stalingrado

 

 

 

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Alemanes entre las ruinas

 

 

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En las trinchera rusas

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  El general Chukov

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Edificio destruido por las bombas

 

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Prisioneros alemanes luego del fin de la batalla

 

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Ruinas de las fábricas mecánicas Dzerzhinski

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Francotiradores rusos

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Un ruso junto a un panzer en llamas.

 

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El General Von Paulus en el momento de su rendición

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 El famoso francotirador Zailly Zaitev, el primero a la izquierda.

 

 

 

LO QUE GRITA STALINGRADO 

            Por Esteban Ierardo

 

 

 

 

 

 

En el barranco un escarabajo se mueve.

Sobre el agua meditabunda del Volga

flota una hoja. Y pastos suaves de las riberas.

El viento trae endulzadas brisas.

Un caballo viejo busca donde descansar.

Una vaca muge cerca de la granja abandonada.

 

Y el primer gemido de la Tierra 

perturba

el aleteo lejano de los pájaros.

La artillería ya envenena el día.

La voz ronca de los panzers

aceita su tenaza sobre barrancas y suburbios

de la ciudad de la cercana pesadilla.

 

Las miles de botas germanas

del 6 ejército de Von Paulus

oprimen los escarabajos y las granjas.

Y luego de las dentelladas violentas de la Luftwaffe

corren por las calles,

entre los penachos grotescos de las ruinas.

Corren entre el fétido testamento de los muertos;

entre el cielo desplomado de las casas.

Entre los decapitados girasoles de la primavera.

 

Sin demora, el cañón y el fusil alemán

deben ocupar el Mamayev Kurgan (1),

el tártaro túmulo funerario

preludio de la sanguinaria lucha

cuerpo a cuerpo que se avecina.

Desde allí, el ojo recio

del estratega y el artillero

columbran la urbe gimiente

en la que única majestad sobreviviente

es la emanada por fábricas ametralladas.

La acería del Octubre Rojo.

Barrikady, la fábrica de municiones.

Dzerzhinsky, la fábrica de tractores.

Los sitios

del inminente huracán de la muerte.

 

Chukov, futuro brujo y mago para sus enemigos.

Es el general del 62 ejército

el que ordena

la primera defensa sin retroceso

en un silo de hormigón.

Cincuenta hijos de la vasta Rusia

luchan

con el colérico brío de dragones

e indiferentes al dolor.

En el nombre de Stalingrado,

todos los campanarios

de los sueños y la hermandad

ya se desploman en la nada apuñalada.

Sólo a partir de ahora será:

La bala.

La sangre en la luna.

La sentencia final de la granada.

El perro que huye del tufo del horror.

El ojo que despedazado vuela

hasta las alcantarillas sanguinolentas.

El brazo con bayoneta

que despedaza el otro vientre

bajo el uniforme diferente.

Soldado, a cada paso, la daga te encuentra.

Soldado, la rata ya saborea

los finales despojos de tu amargura.

 

Una calma renace

en una noche de estrellas.

Es un error. La brisa exigua ya se aleja.

Ya regresa, ruso o alemán,

detrás de ti,

las jaurías de navajas

que polvo del tiempo inventa

para mutilar la ingenua esperanza.

 

Una ciudad en ruinas

se entrega como el símbolo

mejor imaginado 

por la guerra infinita.

En el pecho estrecho de la urbe

el hombre que ambiciona

destruir su insignificancia

no tiene dónde ocultar la infamia.

 

Hay que destruir el miedo

mediante la metralla en el enemigo.

Hay que crear la ciudad de combate bestial,

para que allí estalle el mejor grito

del poder y su alma putrefacta.

 

Pero el pequeño individuo en Stalingrado

aún puede aullar con grandeza

a pesar de su aplastado destino.

En el tornado de la agonía y el llanto

el ruso resiste

con  todos los rayos de las estepas

restallando

entre el temblor de las balas y metralletas.

 

Zailly Zaitev (2)

con ojo de lince entrega

a varios cientos de huellas germanas

al vaho de las tumbas.

Sin temor de los puñales de los stukas

la improvisada flota de Rogachev (3)

una y otra vez besa el Volga

para dar a la batalla

nuevos soldados y vituallas.

En escuadrones de doce halcones

enviste la bravura soviética

sobre las colmenas enemigas.

Otros doce vendrán para caer de nuevo.

Y luego levantarse y seguir.

Seguir hacia el estruendo

donde los trozos chorreantes

del invasor y el invadido se encuentran.

Seguir

con el cuerpo que tanto horror suda.

Seguir

con el llanto contenido

en los rostros caídos y callados.

Seguir

sobre selvas de las venas muertas

hasta que el girasol 

quizá reaparezca al desvanecerse 

los aullidos solitarios en la bruma. (*)

 

(1) Durante la batalla de Stalingrado, el túmulo de Mamayev Kurgan fue testigo de cruentos combates por su posesión porque, desde allí podía verse toda la ciudad. La acería del Octubre Rojo; la fábrica de municiones Barrikady, y la fábrica de tractores Dzerzhinsky, también fueron escenario de sangrientas y legendarias luchas.

(2) Famoso francotirador que mató, con sus disparos precisos, a varios cientos de alemanes.

(3) La acción de la flota de Rogachev fue fundamental para el triunfo ruso en la batalla. Fueron sus temerarias navegaciones a través del Volga las que permitieron el reaprovisionamiento de hombres y alimentos del ejercito soviético. 

 

 

 

 

 

 

Un soldado ruso agita una bandera en Stalingrado, en señal de victoria, en febrero de 1943.

 

(*) Poema perteneciente a mi obra poética El devenir de las aguas, editada en la Biblioteca Virtual Temakel.

 

 

 

 

         ©  Temakel. Por Esteban Ierardo