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LA GUERRA DEL CONTRABANDO EN LA CIUDAD DEL GRAN RÍO

 

Por Orlando Horacio Yans

 

"Yo, Juan de Garay...estando en este puerto de Santa María de los Buenos Aires (...) hago y fundo en el dicho asiento y puerto una ciudad (...) y mando que se intitule la Ciudad de la Trinidad...

 

 

 El primer Buenos Aires, fundado por Don Pedro de Mendoza en 1536. Dibujo de Levino Hulsio para la edición príncipe de Ulrico Schmidl de La Admirable navegación realizada por el Nuevo Mundo entre Brasil y el Río de la Plata entre los años 1534 al 1554.

  

 

  

   Grandes ciudades han nacido a la vera de los ríos. Algunas son atravesadas por las aguas. Este nacimiento de lo líquido no es olvidado. La ciudad, mediante sus puentes, puertos y  costaneras, continua nutriéndose y fundiéndose con el río. Pero hay una ciudad en especial, la que se levanta sobre el más ancho río del planeta, que olvida las aguas. Y vive a espaldas de ella. Es el caso de la Ciudad de Buenos Aires. En el ensayo que le ofrecemos en este nuevo instante de Historia y simbolismo de Temakel, Orlando Horacio Yans desliza esta tesis fundamental:  "Buenos Aires no mira al río porque sus habitantes no lo observan para no ver que el delito le ha dado riquezas y esplendores". Durante la época de la dominación española, Buenos Aires se enriqueció mediante el contrabando. Un tráfico ilegal que incluía mercaderías y esclavos. A pesar de la prohibición legal, el contrabando era aceptado de hecho. Se plasmó así una cultural dual que cultivaba aquello mismo que negaba. Esa contradicción se alimentaba de los cargamentos ilegales que llegaban a través de las aguas. El río entonces debió ser negado, olvidado, para no recordar la propia duplicidad e hipocresía. La separación de Buenos Aires respecto a su río creador, asume dimensiones simbólicas. La ciudad ( y acaso un país) se condena a vivir encerrada dentro de sí misma, en un círculo ficticio, como una forma de olvidar su nacimiento de las aguas, de la naturaleza, y de una realidad distinta a las propias ficciones. 

Esteban Ierardo

 

   

    LA HISTORIA EN LA MODERNIDAD

La modernidad intenta romper con lo sagrado, con lo divino y con lo natural. Una vez realizado el quiebre intenta contraponerlo con la razón. La historia, entonces, se presenta como una abstracción. La modernidad ha nacido como divorcio entre lo que vendrá y lo vivido anteriormente. De acuerdo a esta premisa, dejamos de ser parte del ayer y nos lanzamos hacia la prosperidad del mañana. El ayer implica tradición, continuidad del pasado en el futuro. El mañana, en cambio, sugiere ruptura, el nacimiento de un hombre nuevo.

En ese sentido, la historia debía ser tomada con una suerte de indiferencia porque remitía hacia el lugar en que no había que volver. Como la única constructora de un pasado trasladado hacia un presente. Sin embargo puede existir un hecho no tomado por la historia que, sin negarlo, demuestra la elección sobre los temas a escribir. La historia es un hecho que ha sucedido, un acontecimiento que abrió muchas puertas hacia un futuro, una acción que condiciona lo que vendrá. Sin embargo pueden existir historias no contadas que, por desconocidas, suelen determinar las conductas.

Quizá no haga falta ocultar los defectos o la historia. La sobre abundancia de información suele tener el mismo efecto que la falta de información. Un elefante en la calle Florida se oculta largando cientos de elefantes por la misma calle y a la misma hora. Bajo los mismos preceptos, si la historia se para ante nosotros y nos arroja incontables datos, "el dato" necesario para realizar una ruptura con la tradición aparece diluido e indetectable. En este esquema no existe el quiebre y sobrevive la tradición.

"En la mayoría de los campos de la cultura intelectual y artística, tanto en Europa como en Estados Unidos, se aprendió a pensar sin la historia en el siglo XX. La propia palabra "modernidad" surgió para diferenciar nuestras vidas y nuestro tiempo de lo que había ocurrido anteriormente, de la historia en su conjunto como tal. [...] La mente moderna se ha vuelto indiferente a la historia, ya que la historia, concebida como una tradición que la nutre constantemente, no le era útil en sus proyectos." (1) La historia nos es indiferente. No obstante, ha llegado a un punto que, sin llegar a cuestionarla, mantiene ciertas conductas a partir de la tradición que las nutre y al mismo tiempo les da sentido.

La historia posibilita la memoria para producir un cambio, en el caso del pensamiento moderno, o para la continuidad en función de aquello que dictamina el hábito y la costumbre. Puede que una sociedad se sienta conforme y satisfecha por sus raíces y busquen su prolongación. Puede que otras se avergüencen de su pasado y busque el alejamiento de su ayer. Pero para buscar cualquiera de estas dos opciones resulta imprescindible el conocimiento, saber en qué lugar se está parado, tener la mirada hacia atrás, reconocer entre las sombras del pasado el semblante del presente.

Dentro de este esquema en el cual se plantea una no necesaria guerra entre un tiempo y otro, algunos interrogantes cruzan con la finalidad de introducir el tema en cuestión y el posterior desarrollo. ¿Buenos Aires observa a su pasado? De hacerlo ¿bajo que preceptos lo hace? ¿Desea quebrar la tradición o busca la continuidad en clave histórica?

Podemos sostener que Buenos Aires tiene demasiadas historias conocidas. Como una abundancia informativa que termina diluyendo la gravedad del asunto y atenta cualquier posibilidad de cambio. Parece poseer una sobre información de su historia y una subevaluación de los detalles que culminan con un orgullo por lo ilícito y por la perseverante ruptura de las normas.

¿Qué confrontación existe entre el hombre moderno de Buenos Aires con el antiguo? Tal vez la vestimenta, ciertos divertimentos, determinadas comidas o algunos gustos puntuales. Pero en cuestiones relacionadas con la conducta, ambos hombres se aprovecharon de las debilidades del sistema político, de las ventajas que obtenían gracias a las redes de corrupción que cruzaron sistemáticamente a la ciudad y a sus habitantes.

Llega hasta hoy la conducta porteña que asomaba en la antigüedad: el orgullo de sentirse mejores que el resto; el salto a cualquier tipo de normas; su apego al ego; la responsabilidad atribuida siempre a elementos exógenos. Todos estos atributos no fueron por generación espontánea. Llegan resbalando desde la profundidad de los tiempos, cruzando pensamientos, conductas, idiosincrasias hasta llegar a la actualidad de este sujeto inacabado pero con perfil fácilmente detectable.

Hegel (2), refiriéndose a la historia dice "...nuestro tiempo es un tiempo de nacimiento y de tránsito a un nuevo período..." El sujeto piensa. Por medio del pensamiento, conoce. Porque conoce tiene la posibilidad de ruptura. Si rompe intenta escindir el tiempo para reinaugurar otro, el nuevo período al decir de Hegel. Pues bien, el sujeto porteño piensa, pocos pueden dudar de ello. De acuerdo al esquema planteado, luego conoce. Conoce parte de la historia de su ciudad, por ejemplo, su nacimiento gracias al contrabando, por lo tanto nadie duda de las formas ilegales de su período inaugural. Luego debería romper, de acuerdo a la conformación intelectual ilustrada que cruza a cada uno de los habitantes de occidente. Pero no rompe, no quiebra, no escinde. No inaugura períodos. Comienza la historia con el contrabando sistemático de mercancía y se cierra con el contrabando de armas de un ex Presidente de la Nación.

ANTECEDENTES HISTÓRICOS DE AQUÍ

Buenos Aires, a diferencia de las antiguas ciudades europeas, ha nacido sin antiguos ritos y sin un nombre secreto que la proteja de sus enemigos. Se fundó con una espada en alto y como propiedad de un rey lejano y desconocido.

Abandonada al hambre, ante la presencia de un río sin oro ni plata, los primeros conquistadores sucumbieron a la tentación de devorarse entre ellos. Pedro de Mendoza había traído a estas tierras la fiebre del oro, la plata y una sífilis terminal (3).

Reconquistada luego, Buenos Aires se convirtió en un territorio periférico y de poca importancia comercial y militar para la corona. Era una aldea pobre y marginada para España. Toda la extensión americana dependía del Virreinato del Perú con asiento en Lima, región de suma importancia por el oro y la plata que guardaba en sus entrañas.

La enorme distancia que separaba la cabecera del Virreinato con Buenos Aires, la incapacidad de la corona en el abastecimiento debido a la creciente demanda de la población de la Ciudad, la presión de las otras potencias europeas (Inglaterra, Portugal y Francia) por imponer sus productos manufacturados, sumado a la situación portuaria, jugarían un rol fundamental en la búsqueda de un motor de crecimiento económico: el contrabando.

Así como el uso y la costumbre fue desdibujando el título de la Trinidad en los documentos oficiales posteriores a la fundación, el mismo mecanismo pudo ser utilizado para quitar el mote de delito al contrabando. El uso y la costumbre puede transformar y estirar las normas hasta convertirla en letra muerta por el supuesto beneficio común que otorga el salto a la ley.

En otro plano, Buenos Aires tuvo un principio de planificación urbana un tanto caótico. Por ejemplo, la construcción de la plaza central estuvo signada por el desorden. En un principio debía emplazarse en el centro mismo de la ciudad. Sin embargo, por presiones de los comerciantes se vio obligada a ver el sol muy cerca del puerto. El fuerte (lugar en que actualmente se encuentra la casa de Gobierno) miraba hacia la plaza mientras que sus modificaciones y ampliaciones no se debían a una planificación edilicia anticipatoria a sus necesidades, sino que las únicas razones se encontraban a partir de la cantidad de oficiales reales y funcionarios que llegaban desde España o del Virreynato. La aduana, además, y como un símbolo de lo que sucedía, le quitaba la visión del río al poder político de entonces.

Por otra parte, y para demostrar la importancia del Río de La Plata en la Ciudad de Buenos Aires, las autoridades mandaron a diseñar un escudo de armas que remitía al río mencionado como elemento sustancial para la vida de la ciudad. En 1645 se aprobó el sello de armas que contenía una paloma volando sobre el Río de La Plata. Desde el lecho se asomaba un ancla y un brazo. Cien años después se agregaron dos barcos sin explicar con qué propósito. Buenos Aires había nacido gracias al río y sus autoridades así lo hacían constar en sus símbolos, más allá de los cambios sufridos durante su historia.

Por entonces, el puerto de la Ciudad estaba catalogado como "puerto anulado". Es decir, que no estaba permitido el arribo de embarcación alguna salvo la de frutos y cosechas que no podían superar la cantidad de uno por año. No obstante, como todo río que se precie tiene sus tormentas y tempestades propias, el puerto podía albergar a los barcos en condición de peligro. Así, con la excusa de recibir a las naves en peligro de naufragio, llegaban para introducir la mercadería luego rematada en la plaza pública. Sin servicio meteorológico y con poca información por parte de la Corona, las tormentas en Buenos Aires se sucedían interminablemente y la palpable fortuna para los funcionarios y comerciantes crecían con el ritmo de las ficticias tempestades.

Con el contrabando llegó también el tráfico de esclavos. Las costas del territorio del Delta hasta la Bahía de Samborombón fueron testigos de una modalidad: los barcos salían de Portugal y de la misma España ocupando la mitad de la bodega de mercadería y la otra de mano de obra esclava. La mercancía era desembarcada por partes en lugares establecidos previamente en la franja que separa a la ciudad del río. Luego llegaban los negros al puerto como únicos pasajeros (4) Según Juan Carlos Coria, en su artículo Pasado y Presente de los Negros en Buenos Aires, estas naves se diferenciaban claramente de las otras por "el olor a materia descompuesta que se desprendía de él y que el viento llevaba a la ciudad sirviendo de heraldo".

Si bien el control aduanero hacía la vista gorda en lo que respecta a la mercancía ingresada, con el tráfico de esclavos hacía otro tanto. 6000 negros entraron en el marco de la legalidad y es imposible rastrear o reconstituir una información confiable sobre aquellos que eran introducidos bajo los preceptos del contrabando.

El estado sanitario de la Ciudad era deplorable. El método de potabilidad del agua de las capas subterráneas tenía un tratamiento deficiente. Además era común ver animales muertos en las calles que atraían a moscas, perros sueltos (algunos rabiosos) y ratas. Todo esto se vio agravado por el ingreso de los esclavos que contribuían a propagar enfermedades como la viruela, la escarlatina o la sirigonza (llamada vulgarmente diarrea de los negros bozales) (5). También hubo un intento de establecer la Santa Inquisición en Buenos Aires. Dentro de las mercaderías ingresadas por medio del contrabando llegaban, también, libros e imágenes paganas prohibidas en el distrito por la inquisición (6). Las obras de Carlos Molineo, de Castillo Bobadilla, un tomo de las Obras de Suárez (7) constituían libros profanos contrarios a la doctrina de fe católica que fueron detectados en la Ciudad de la Santísima Trinidad. Incluso la yerba mate fue condenada por el Santo Oficio como un producto "inventado por el demonio"

Con el contrabando comienza una nueva etapa política en Buenos Aires. Corrompidos los antiguos funcionarios, los nuevos eran nombrados en una suerte de "subasta pública" de acuerdo al monto establecido para ocupar el cargo. Un negocio de continuidad para satisfacer la dinámica establecida por los actos ilícitos. Esta costumbre era denominada oficialmente como "donativo gracioso" (8) .A los tres meses del nombramiento, el funcionario designado por el término de cinco años debía pagar la gracia sin atraso.

No existían voces de oposición. Para continuar con esa política silenciosa y consensuada se decide que Buenos Aires no tenga abogados. En 1613 se aplicó una Ordenanza del Virrey Francisco de Toledo que decía que "...en los asientos de minas, fronteras y nuevas poblaciones no haya abogados (...) salvo licencia de su Majestad y la Real Audiencia..."

Para efectivizar una política casi institucionalizada y consensuada del contrabando como un factor fundamental de crecimiento, fue necesario crear una intrincada red de corrupción que permitiera el ingreso irrestricto de mercancía ilegal con el cual se vería beneficiada la población en su conjunto, siempre, claro está, al margen de la ley. Funcionarios, comerciantes y población en general gozaron de las bondades de los actos ilícitos. El contrabando fue, incluso, aceptado socialmente (9).

Podríamos decir que la Ciudad de Buenos Aires encontró su desarrollo económico y social en actos ilícitos para el mundo moderno. Y si bien todas las ciudades portuarias han sufrido de una manera u otra el contrabando, resulta difícil encontrar antecedentes de ciudades importantes que hayan nacido, crecido y progresado sobre el pilar de un delito asimilado socialmente.

Según Félix Luna, la independencia no fue solo obra del nacimiento de un espíritu nacional sino que se debió a la convergencia de una serie de procesos. El mas notable fue que había un profundo desencanto dado en el campo comercial "donde el monopolio español no estaba en condiciones de responder las necesidades del mercado"(10). Esta situación hizo crecer la convicción popular de que no existían ventajas comparativas en el aspecto económico para seguir en la condición de colonia. El contrabando, según esta visión, podía hacerse con España o sin ella La Ciudad de Buenos Aires fue creciendo en forma progresiva. Se multiplicaron sus viviendas y la "benefactora" actividad del contrabando elevó el ingreso per cápita de sus habitantes. En ese contexto las construcciones abandonaron sus techos de paja y comenzaron a construirse los de tejas que hoy podemos apreciar en las zonas más antiguas de la Ciudad. Proliferó la burocracia y con ella los funcionarios. Se multiplicaron también los comerciantes que se dedicaban a la exportación e importación como una actividad paralela a los negocios legales pero que contaban con la anuencia de la población. Los prósperos contrabandistas se convertían en sujetos dispuestos a ocupar los primeros rangos de la jerarquía social. El contrabando parecía ser una actividad aceptada de buen modo y la sanción era reemplazada por un premio en términos sociales.

Así, Buenos Aires fue cambiando su fisonomía. De la pobreza y el descuido pasó a ser una ciudad prospera y acaudalada para su tiempo. La población creció, se diversificó, armó sus jerarquías sociales, alteraron las costumbres y la manera de pensar. La repercusión del puerto, y en consecuencia del contrabando, modificó las formas de su economía.

Con la actividad ilegal que permitía el contacto con la mercancía inglesa, la sociedad fue renovando sus costumbres cotidianas y consolidó la creciente tendencia de imitar formas de vida que prevalecían en las grandes ciudades de Europa. El pasado colonial y patricio fue quedando relegado a la vida social provinciana (11).

En cualquier tiempo y espacio se encuentra una explicación para todo. Decían por entonces que la corrupción era la válvula de escape a las contradicciones de un sistema injusto y abandónico por parte de la Corona española hacia Buenos Aires; que había que subsistir de alguna manera aunque se recurriera a determinados actos ilícitos o que los funcionarios y la sociedad entendieran que con el contrabando no eran desleales al rey, sino que solamente a algunas leyes (12). La eterna búsqueda de explicaciones que intentan vanamente de justificar supuestas inocencias parece un habitual ejercicio de los habitantes de Buenos Aires. De hecho, con consignas similares y cegueras semejantes se ha convertido en la gran metrópoli que hoy podemos apreciar.

Doña Josefa Escurra, una mujer que manejó parte de las riendas políticas del país, poseía lozas traídas de Inglaterra por medio del contrabando. Las personalidades más prominentes de Buenos Aires eran concientes de que la ciudad vivía gracias a determinados actos ilícitos. Es más, utilizaban los servicios del contrabando para su beneficio personal. El Arquitecto Daniel Schavelzon, creador del Centro de Arqueología Urbana, mencionó en un reportaje relacionado a excavaciones en la casa de Doña Escurra lo siguiente "...hay una vajilla de la cual hay mucha y muy entera, un tipo de loza que se llama Cre lozas crema que son las primeras lozas traídas de Inglaterra cuando Argentina es colonia y solo llegaban a través del contrabando. No podían ingresar legalmente porque eran productos ingleses. Lo interesante es que en la casa hay una enorme cantidad de esta lozas que dejan de fabricarse cerca del mil ochocientos..." (13) El usufructo del contrabando de la época buscaban la satisfacción personal por entonces y en la actualidad. Los funcionarios antiguos compraban lozas con la finalidad de pertenecer a una jerarquía social determinada. Los actuales dieron algunos pasos más hasta concluir con contrabandos de armas y oro para continuar con la tradición fundadora de la sociedad argentina.

El contrabando fue una práctica aceptada. Para mejor decir, este acto ilícito tenía pleno consenso en la población y fue usufructuado tanto por la elite social como por las masas. Quien traía, quien vendía y quien compraba formaban el círculo perfecto para perpetrar el delito. No obstante, parecía un acto corriente, justificado por intereses particulares antepuestos a los de la Corona española. Podría, en ese sentido, deducirse que no había predisposición política contra el virreinato en el tema del contrabando. No era esta una acción tendiente a socavar la economía de España. Puede decirse que la supervivencia de esta ciudad estaba determinada por los ingresos que percibía de la acción ilícita, por la corrupción de sus funcionarios y el provecho de la población de estas circunstancias.

La fiebre consumista de la mercancía importada ganó pronto la ciudad. Sin el monopolio español, los productos de las otras potencias ( de mejor calidad y de menor precio) desplazaron a la producción artesanal criolla. Sin embargo pronto ese monopolio fue reestablecido por las autoridades españolas ante el descontento de la población (14). Las políticas de apertura asimétrica del mercado, y la algarabía general por poseer artículos importados parecen no haber sido acuñados en estas tierras por José Alfredo Martínez de Hoz y nuestros vecinos contemporáneos sino por nuestros antepasados que caminaban las plazas en busca de mercancía "made in..." para saciar la fiebre consumista de entonces tan similar a la de ahora.

Pronto el comercio ilegal fue ganando territorio. Ya no abastecía solamente a la zona portuaria, sino que, ante la demanda del interior, esta actividad ilícita fue avanzando tierra adentro. Incluso la corona llegó a imponer una aduana seca en la Ciudad de Córdoba con la finalidad de detectar la mercancía contrabandeada sin demasiada suerte.

La ciudad crecía, los edificios públicos florecieron, las casas de familia se incrementaban. Sin embargo, una franja importante de tierra separaba a la ciudad del río como un territorio fangoso de acceso restringido. No hay datos fehacientes que determinen los motivos de ello. Es por eso que se intentará dar una explicación meramente especulativa del tema en cuestión para intentar desentrañar algunos interrogantes al respecto.

ANTECEDENTES HISTÓRICOS DE ALLÁ

Resulta sobradamente sabido que las ciudades no son continuidades de la naturaleza. Buenos Aires puede resultar un cabal ejemplo de ello.

Toda ciudad violenta a la naturaleza, cubre su suelo con asfalto, envenena sus aguas y contamina su aire. Existe una confrontación entre la ciudad y la naturaleza. Inevitablemente la ciudad nace, vive y se desarrolla sobre la base del poder económico y en sentido contrario que la naturaleza.

Sin embargo, por lo general, la ciudad está integrada a un elemento fundamental para su creación y asentamiento futuro. Toda ciudad fundada en la margen de un río lo observa atentamente. Su color, su ritmo, su energía, sus visitantes. Todos estos elementos parecen contagiar a la ciudad, las envuelve en su dinámica, las impulsa al crecimiento. Por esos motivos mira al vital elemento, porque agradece su desarrollo, su vida y su seguridad. No obstante, existe una excepción que tal vez confirme definitivamente esta regla universal: Buenos Aires.

Sobran los ejemplos para demostrar que la integración ciudad-río conforman una suerte de unión sagrada para alcanzar la plenitud de la urbe. Durante el cuarto milenio antes de cristo, la región mesopotámica (a lo largo del río Tigris y el Eufrates) fue invadida por los Sumerios. Este territorio fue poblado en función de haber conseguido detener (mediante diques) las aguas que bajaban del deshielo de la alta montaña convirtiéndola en un espacio habitable. Una vez controladas las inundaciones crearon un sistema de canales de riego que le permitían la irrigación de los campos convirtiendo a las llanuras en fértiles huertas (15).

Una vez consolidados estos aspectos esenciales para el asentamiento poblacional, fundaron la ciudad como Estado independiente que fue el antecedente más antiguo de las civilizaciones modernas.

El agua tenía de positivo la vida para la cultura sumeria, sin embargo podemos suponer el respeto y hasta el temor hacia ella en algunas leyendas que luego fueron incorporadas a la Biblia (16).

   La prosperidad se la debían al río y los hombres vivían gracias al elemento vital. El agua había regalado a esas tierras la fertilidad y la riqueza. Por ese motivo, por la fertilidad de las tierras, varias tribus nómades invadieron ese territorio.

El río Nilo dio nacimiento a una ciudad de suma importancia para la historia de la civilización. El río fue la columna vertebral de la prospera ciudad de las pirámides.

"Egipto es un don del Nilo" aseguraba Heródoto para graficar la importancia suprema que tenía un río sobre una ciudad. El río como madre, como hacedora de vida. Sin el Nilo no hubiese existido Egipto.


"Hay una ciudad junto al río de la que este parece extraer su existencia.
Se llama la Ciudad del Principio, y es por allí, lejos, muy lejos,
donde esta el sur, el país cuya tierra fue creada
antes que todo lo demás.
Allí reina el dios Ra, donde reposa
después de crear al primer hombre,
y de allí surge nuestro gran río,
el que fertiliza nuestros campos y nos concede la gracia de la vida" (17).

Platón atribuyó a los sacerdotes egipcios la leyenda de la Atlántida, pues narraban historias sobre nativos de unas tierras, situadas en el oeste lejano, de una civilización muy avanzada que les había precedido. Aquel país se hundió en el océano, pero los "atlantes" que sobrevivieron a la catástrofe se trasladaron a las tierras del Nilo y allí sometieron a sus primeros habitantes, iniciándose, entonces, la civilización egipcia. Nunca sabremos si Platón inventó esta historia, si la Atlántida existió realmente o si la leyenda perteneció a la cosmografía egipcia donde lo familiar y lo fantástico se mezclan con inigualable encanto.

Sin embargo, queda claro que estas ciudades antiguas fueron el antecedente más lejano de las modernas civilizaciones y todas estuvieron relacionadas de manera inseparable e indispensable con sus ríos. A nadie en su sano juicio se le hubiese ocurrido levantar una ciudad de envergadura en medio de un desierto y mucho menos convertirla en una metrópolis prospera. La ciudad, sin agua, sin canales de riego, sin pozos, inclusive, de haber sido construida, no hubiese sobrevivido por mucho tiempo en estas condiciones.

Todas estas ciudades se construían de frente al río porque este le ofrecía la vitalidad necesaria para su prosperidad. Permitía que sus campos fueran fértiles, que sus árboles dieran frutos y que los animales vivieran en los alrededores. De la misma manera que los alimentaba, el río les daba la posibilidad de intercambio comercial. Por él llegaban los comerciantes con sus mercancías para intercambio y también los guerreros para la invasión.

Esta posibilidad era otro agregado para observar atentamente las aguas. No todos los barcos y barcazas que despuntaban en el horizonte traían paz, prosperidad o comercio, algunas podían traer la guerra en sus oscuras bodegas.

Luego llegaron los Imperios, los Estados modernos y las leyes para ser respetadas. Las ciudades portuarias continuaron el proceso de prosperidad, modificaron su fisonomía edilicia y sus sociedades simples se transformaban en una "gran aldea" con su conglomerado heterogéneo y confuso. No obstante, el trazado edilicio continuaba bajo la órbita de la antigüedad: no dejaba de observar agradecida al río o al mar que las concibió.

Sin embargo, existe una ciudad que desconoce estos preceptos básicos de reconocimiento al río y de respeto a la ley en, por lo menos, lo concerniente al contrabando: Buenos Aires.

  ¿POR QUÉ SOMOS LO QUE SOMOS ?

Basta caminarla, andarla de este a oeste o de norte a sur para advertir que esta ciudad abraza un viejo esplendor interno pero siempre de espaldas al Río de La Plata. No posee edificios en su costanera como ostentan sus ciudades vecinas. Ni la casa de Gobierno, ni la Dirección General de Aduanas mira hacia el río sino hacia su interior, como si se hiciera la desentendida, como si le diera la espalda. La catedral, para confirmar su larga historia y permanencia, mira de costado.

Los libros referidos a nuestra historia, sobre todo al momento de analizar y recabar datos objetivos sobre nuestros comienzos, coinciden en señalar que el contrabando fue uno de los motores fundacionales de la Ciudad de Buenos Aires. Algunos señalan que estos actos ilícitos sucedieron con la finalidad de subsistir. Otros van más allá y contemplan la corrupción generalizada que desató ese hecho casi fundacional de la historia Argentina. El Dr. Mario Das Neves, incluso, llegó a señalar que resultaba extremadamente difícil ser Director General de Aduanas en un país que no siente al contrabando como un delito sino que lo toma como una forma más de las diversas ramas de la viveza criolla.

Existe innumerable bibliografía que consignan los hechos de contrabando en este país. Inútil sería enumerarlos por la cantidad de acontecimientos. Haciendo honor a la tesis de Nietzsche, Buenos Aires parece incentivar el "eterno retorno" hasta hacer de una práctica constante un paradigma nacional que no ha decaído con el tiempo. El caso del oro que involucra al ex Ministro de Economía Domingo Felipe Cavallo o el de las armas cuyo principal sospechoso es el ex Presidente Carlos Saúl Menem parecen darle la razón al filósofo alemán.

Siempre, detrás de un hecho resonante de contrabando aparece una autoridad que permite, que sospechosamente no hace, que le facilita los elementos para que el acto se vea consumado. El contrabando de carne denunciado durante la década del 30 que culmina con el suicidio del Senador de la Nación Lisandro de la Torre, demuestra la connivencia entre quien hace y quien deja hacer como una réplica recurrente de los orígenes de Buenos Aires.

El riachuelo siempre fue un lugar de acceso interesante para el ingreso de mercadería de contrabando. El largo y angosto tramo, cruzado por 4 puentes (Nicolás Avellaneda, Pueyrredón, V.Sarsfield; y Alsina) albergaba en su margen ribereña del sur 4 frigoríficos: el Anglo, La Blanca, La Negra (después C.A.P) y La Colorada, ubicadas en este orden y en sentido Este a Oeste. Estos frigoríficos contaban con flotillas de barcos propios y que, por el lugar estratégico que se encontraban, llegaban directamente de Europa y salían de allí sin ningún tipo de control aduanero. Sus bodegas podía contener carne, como era de presuponer, o cualquier otra mercancía.

La coincidencia sobre el contrabando en estas tierra es casi total por la comunidad de historiadores vernáculos. El acuerdo social en términos de aceptación del contrabando puede ser, también, un motivo de coincidencia colectiva. Por lo menos parece no existir documentación colonial que acredite una profunda discusión sobre la gravedad del tema desarrollado por parte de la población o, al menos, en una porción de ella. Podría suponerse que esta acción ilícita era apenas un pecado de juventud que se justificaba por el abaratamiento de precios, por la subsistencia o por la acumulación de riqueza para escalar en la jerarquía social. Tanto la compra de artículos contrabandeados como la venta están candorosamente ligadas a un cuasi delito, es decir, un delito de baja estrofa que se produce por una necesidad económica de supervivencia ante la falta de trabajo que a un acto delictivo tal como se lo considera en el Código Penal.

Para que un delito tome la forma de permanencia en el tiempo y en el espacio, necesita de un Estado que no observe o que se desentienda del control y por consecuencia, no penalice a quienes hagan uso de la acción. En este sentido y a esta altura del texto, cualquier desprevenido puede atender que el contrabando ha sido la columna vertebral de la economía de Buenos Aires en sus orígenes. No obstante, la opinión pública actual, sobre la base de sentirse parte de los preceptos de la modernidad y el apego a las normas, abandona por la superficie esta idea de consolidación del ilícito pero encuentra, en muchos de los casos, una disculpa al hecho. Quien vende mercadería de contrabando lo hace con la finalidad de sobrevivir en los tiempos difíciles, pueden justificar. De la misma manera que la evasión y la elusión de impuestos es un deporte nacional y nadie es acusado socialmente por defraudación al contribuyente que acepta la carga pública y abona, el contrabando goza de una benevolencia tal que lleva a pensar que el "uso y costumbre", la repetición en el tiempo de un mismo acto sin condena social puede ser parte de nuestra idiosincrasia y aceptarlo como tal.

Si bien hay coincidencia generalizada en términos de contrabando, existe un dato llama la atención. Para ser más preciso, la falta de un dato es la llamada que obliga a detenerse sobre aquello que no está. No existe antecedente alguno que reconstruya la decisión política de dejar la franja de, aproximadamente, 600 metros que separa al río de La Plata de la edificación de la Ciudad de Buenos Aires.

Pocos historiadores argumentan que podría ser parte del "Camino de singa". Esta teoría colisiona con el Código Civil que permite al Estado expropiar una franja de tierra lindera al río pero sólo de 35 metros sobre la margen para el desembarco. 35 metros distan bastante de los que divide actualmente a la ciudad de su río.

Si bien esta "lengua" fue ganada al río, ya que la aduana vieja terminaba justo en la escollera del río, en la cual actualmente se puede observar su estructura edilicia, la decisión de no habitarla, es más, de separarla deliberadamente por medio de un enrejado con sólo 5 portones de acceso, demuestran la actitud de las autoridades al momento de la planificación urbana de la Ciudad. Hubiese resultado odioso levantar un muro que los separe.

Podría suponerse que el habitante no debía mirar para allá. Podría, incluso, ir más allá y arrojar que no desea mirar el lugar oscuro de su fortuna. En un ejercicio hipotético, Buenos Aires no mira al río porque sus habitantes no lo observan para no ver que el delito le ha dado riquezas y esplendores. Para trazar un paralelismo entre una ficción caribeña y la realidad porteña, se remite a una novela de García Márquez. "El amor en los tiempos del cólera" tiene a una protagonista (Fermina Daza) que no quiere siquiera sospechar cuál era el misterioso comercio de su padre. Sólo disfrutaba de los beneficios del contrabando sin pretender enterarse de esta condición. En idéntico sentido, los habitantes de Buenos Aires se separan extrañamente del río que vio nacer a su ciudad y que ayudó, como parte fundamental, a convertirse en una gran urbe. Tal vez nunca se ha querido ver la condición ilícita que desarrolló nuestra Capital.

Basta andar por otras ciudades portuarias (por ejemplo Montevideo) para entender si una ciudad mira al río o se esconde de él. Montevideo se alza orgullosa hacia las aguas del mismo río en que, desde el lado opuesto, se oculta Buenos Aires. Su avenida costera, sus edificios de cara a las aguas, sus playas, corroboran sobradamente la vieja tradición de las ciudades portuarias que fuera mencionado en el capitulo anterior. Buenos Aires, en cambio, se desentiende de su río, rechaza a aquello que le dio vida y esplendor.

Este ejercicio lleva a pensar, como un hecho plenamente subjetivo y especulativo que Buenos Aires vivió como "la capital de un imperio que nunca existió" gracias, entre otras situaciones no más claras que esta, al contrabando. No deberíamos olvidar que las jerarquías sociales del puerto de la colonia estaban ligadas fundamentalmente por las violaciones sucesivas a la ley de contrabando. Y estas jerarquías, alcanzadas a la luz del delito, eran quienes finalmente formaban el ángulo superior de la pirámide de las fuerzas vivas, que fueron nuestros cabildantes, nuestros funcionarios o nuestros diputados. Por decirlo de otra manera, tanto las leyes como la ausencia de ellas, partían de los actores sociales directamente involucrados en los hechos. No había que esperar, entonces, otra situación más que ubicar a unos cuantos lobos jerarquizados vigilando a un rebaño de ovejas.

Sin embargo, no es pretensión caer en la facilidad de sentenciar a esos cuantos lobos y plantear la inocencia y el candor al rebaño en su conjunto. Se entiende que los lobos actuaban de común acuerdo con las ovejas en función de la sospecha subjetiva de que ambos se veían beneficiados por la confección de unas cuantas leyes que jamás se cumplían.

El contrabando del oro, del cobre, de combustibles, de armas, etc. involucran al poder político actual. Cruza en el tiempo idéntico delito. Ministros e incluso un ex Presidente democrático de la Nación están involucrados en una causa de contrabando. La causa del oro tuvo connotaciones políticas en función de un Estado que rearmó normas para que el delito fuera realizado mientras encubrían el hecho bajo una madeja de desentrañables decretos.

Achicar un Estado puede responder a una ideología. Expulsar al Estado del control significa, sin lugar a dudas, dejar el campo orégano para la consumación de un ilícito que convoca, mal que nos pese, a la complicidad entre corrupto y corruptor que cruza y cruzó la historia desde su postrimería. (*)

(*) Fuente: Trabajo realizado por Orlando Horacio Yans en el contexto de la materia Principales Corrientes del Pensamiento Contemporáneo de la Carrera de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Buenos Aires en el año 2002.

CITAS:

1. "Pensar con la historia"; Carl Schorske; Ed. Tarkus; 1998

2. Itinerarios de la modernidad; Nicolás Casullo; Ed. Eudeba; pag. 230

3 Jorge Lanata; Argemtinos; Pag 27; 7º edición 2002; ediciones B

4. www.geocities.com/

5. Los negros bozales eran aquellos que entraban en la franja etaria de 7 a 10 años.

6. José Toribio Medina; La Inquisición en Lima; tomo I;Fondo Histórico y Bibliográfico; 1956

7. Carta de los inquisidores; 8 de enero de 1609

8 . Argentina: Historia de negocios lícitos e ilícitos; tomo I y II; León Pomer, Centro Editor de América Latina, 1993

8. Corrupción y Contrabando; Sánchez Barba; 1961; pag. 182 

9. www.caletao.com.ar; "no fue una revolución popular"; Félix Luna

10. Romero José Luis; "Las ciudades burguesas"

11. Jorge Gelman y Zacarias Moutokias; "La lucha por el control del Estado: Administración y Elites coloniales en Hispanoamérica"

13. www.naya.org.ar

14. www.todo-argentina.net/historia

15. www.icarito.tercera.cl/icarito

16. "...cinco ciudades, ocho reyes reinaron durante 241200 años. Luego el diluvio barrió la tierra..."

17. Palabras pronunciadas por el Virrey Meten ante su soberano Zoser - Tercera dinastía

 

 

     ©  Temakel. Por Esteban Ierardo