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EL OTRO 11 DE SEPTIEMBRE

La caída del gobierno de Salvador Allende en Chile el 11 de septiembre de 1973

Por Héctor Pavón 

La última foto en vida de Salvador Allende. Es el momento en que sale de La casa de gobierno donde resistió valerosamente el golpe militar encabezado por Pinochet el 11 de septiembre de 1973.

 

    Héctor Pavón, un conocido periodista argentino por su labor en la difusión cultural, realizó un intensa investigación para recuperar la memoria del otro 11 de septiembre, no el relacionado con el estrepitoso y mortal derrumbe de las dos torres norteamericanas, sino el derrocamiento del presidente socialista chileno Salvador Allende, acontecido el 11 de septiembre de 1973. Allende, de firmes principios sociales y humanísticos, resistió de manera valerosa el golpe militar organizado en su contra por el nefasto tirano Augusto Pinochet. Cuando la caída era inevitable, Allende decidió quitarse la vida como un último grito de dignidad e independencia. En la obra de Pavón, El 11 de septiembre...de 1973, se recrean los últimos instantes de la enconada resistencia de Allende, y un grupo de sus fieles, en La casa de la Moneda, en la ciudad de Santiago. La resistencia de Allende simbolizó la desesperada oposición a la marea de dictaduras y totalitarismos que ennegrecieron la realidad latinoamericana en la década del 70'. Aquí presentamos el capítulo "El día del golpe", de la mencionada obra de Pavón. Un aporte a la memoria de las heridas recibidas por las democracias en la turbulencias que siempre adquieren nuevas figuras en este mundo.

 E.I

 

EL OTRO 11 DE SEPTIEMBRE

La caída del gobierno de Salvador Allende en Chile el 11 de septiembre de 1973

Por Héctor Pavón 

Segunda parte
El día del golpe


Como ya se ha afirmado, existen diferentes versiones sobre el papel de Augusto Pinochet en la preparación del golpe. Durante el período de la conspiración le fueron informando y pidiendo al futuro dictador que plegara a sus hombres a la conjura. Muchos desconfiaban de su predisposición, ya que, increíblemente, era un hombre de confianza de Allende, quien murió sin poder creer que Pinochet estaría al frente del movimiento golpista.
Ese Pinochet indeciso había sido apodado "el burro" por sus compañeros de la escuela primaria y como tal lo llamaban sus compañeros de armas y también sus enemigos. Había obtenido ese sobrenombre, en parte, por sus bajas calificaciones escolares y también gracias a su risa semejante a un rebuzno. Esa voz acompañaría desde el poder a los chilenos durante 17 años. Era la voz que sus perseguidos y quienes lo combatían imitaban para divertirse un poco y calmar los temores.
Ese general de quienes muchos se burlaban todavía estaba indeciso horas antes del 11 de septiembre sobre qué papel jugar. De todas formas, aunque él mismo se haya adjudicado la autoría del plan en su autobiografía, es seguro, como relata Mónica González en La conjura, que Pinochet se incorporó tarde al grupo golpista, recién el 10, un día antes. El 9, había firmado la carta del almirante Merino.
Ese día se reunió en el Ministerio de Defensa con Arellano para revisar los planes del día siguiente. Pinochet le dijo que se instalaría en Peñalolén, "para aprovechar las centrales de comunicación". A las 11 Arellano citó a todos los jefes y oficiales de los Comandos de Ingenieros, Aviación y Telecomunicaciones de Peñalolén y les dijo que ante el caos reinante, las Fuerzas Armadas y Carabineros habían resuelto derrocar al gobierno marxista de la Unidad Popular y señaló: "Mañana a partir de las 8,30 horas, en Santiago y provincias con excepción de Valparaíso, donde la hora H ha sido fijada para las 6,00 horas, el Ejército y la Fuerza Aérea entrarán en acción con sus comandantes en jefe a la cabeza. La Armada será comandada por el almirante José Toribio Merino y Carabineros por el general César Mendoza". Arellano les recomendó a los oficiales que sus familias durmieran en casas de familiares o amigos, advirtiendo que "no se puede predecir la respuesta del enemigo". A las 13, en el Ministerio de Defensa, Pinochet fue consagrado como el jefe de los golpistas durante el almuerzo.
Después de la medianoche Allende continuaba en la residencia presidencial Tomás Moro. Hortensia Bussi, su esposa, estaba retornando de México junto con su hija Isabel. "Alcancé a llegar a Chile 36 horas antes del Golpe. Había viajado a México con mi hija Isabel para llevar ayuda debido a una catástrofe. Se husmeaba el Golpe. No se sabía la fecha pero se sentía su proximidad. Yo me resistí por esto a viajar, pero Salvador insistió argumentando que el presidente Luis Echeverría había enviado a su esposa para el terremoto con epicentro en la Quinta Región. Fui y al retornar, Salvador me esperaba en el aeropuerto. Lo noté muy tenso, irritable hasta en detalles. Lo dijo más de una vez: '¡A mí me van a sacar en pijama de madera de La Moneda, pero no voy a claudicar ni voy a salir arrancando del país en un avión!'" .
Esa noche los Allende no pudieron cenar en paz. Se enteraron de que camiones con tropas habían salido de la ciudad de Los Andes en dirección a Santiago y al mismo tiempo se sabía que los barcos de la Armada habían zarpado para integrarse a la "Operación Unitas", una supuesta operación ya agendada en las aguas del Pacífico con fuerzas norteamericanas. Allende todavía tenía esperanzas de lanzar al día siguiente una convocatoria a un plebiscito para ratificar o dejar el gobierno y así apaciguar las feroces voces de la oposición.
Varios años más tarde, el primer presidente democrático después de la dictadura, Patricio Aylwin, dijo a la periodista Mónica González: "Hubo una salida democrática, en septiembre de 1973, que el Golpe militar frustró; el plebiscito al cual había resuelto llamar Allende. Yo estaba muy en contacto con el gobierno en esa época, y se me comunicó que Allende había decidido recurrir al plebiscito para dirimir el conflicto que se había creado entre el Poder Ejecutivo y el Poder Legislativo. Sólo podía resolverlo un árbitro: el pueblo chileno. Y Allende decidió buscar esa solución democrática. Pero, entre la derecha golpista, apoyada por el imperialismo norteamericano, y la intransigencia de la Unidad Popular, la DC se vio envuelta. Y tiene la responsabilidad histórica de haberse dejado envolver".
En la noche del 10 al 11 nadie pudo dormir. Desde la Oficina de radiodifusión de la Moneda, la voz de René Largo Farías le transmitió a Allende un parte de la Intendencia de Aconcagua: "Se están desplazando tropas desde los Regimientos Guardia Vieja de los Ángeles y Yungay de San Felipe". Allende se lo hizo saber a Letelier, y éste llamó al general Herman Brady, comandante de la guarnición Santiago, quien le contestó que se trataba de tropas para prevenir posibles desbordes por el desafuero del senador Carlos Altamirano y el diputado Oscar Guillermo Garretón.
En Santiago, a las 4,30 del 11 de septiembre, un equipo de la Armada entraba en acción en una casa de la calle Sánchez Fontecilla, donde vivía el almirante Raúl Montero que desconocía que ya no era el jefe de la Armada. Los hombres que habían sido subordinados suyos estaban cortando sus teléfonos e inutilizando su automóvil. A esa misma hora también se estaba decidiendo que la base de Tacna se utilizaría como centro de detención.
A las 6,30 Carabineros calentaba los motores de sus patrullas para salir a la calle, quince minutos después en Concepción los aviones ya estaban listos para ser operados. El primer contingente se preparaba para salir a las 7,30 para destruir las antenas de las radioemisoras de Santiago y luego permanecer media hora sobrevolando la ciudad.
Mientras tanto, en Tomás Moro, Allende estaba despierto y ya tenía la certeza de que en Valparaíso sucedía algo. En ese momento la Armada estaba copando la ciudad portuaria. La escuadra que había partido hacia la "Operación Unitas" iba hacia el norte. Pero todo fue una puesta en escena: los cruceros Prat y O'Higgins, los destructores Cochrane, Blanco Encalada y Orella, y el submarino Simpson, habían llegado hasta la cuadra de Papudo, para regresar a su base y apostarse frente a un Valparaíso ocupado y allí recién los marineros se enteraron del proceso que se había iniciado.
A las 7,05 los pilotos de Concepción encendieron los motores de cuatro Hawker Hunter y veinte minutos después despegaron y tomaron rumbo a Santiago.
En La conjura se describe como afrontó Allende y sus camaradas la mañana del golpe: "... Allende, enfundado en un suéter de cuello alto, se puso una chaqueta de tweed y abandonó Tomás Moro junto a Augusto Olivares y Joan Garcés. Lo siguieron el jefe de escolta de Carabineros, capitán José Muñoz, y un grupo conocido como 'Carlos Alamos'. Partieron a toda velocidad hacia La Moneda. En el camino, Sotelo y Juan José Montiglio (Aníbal) fueron preparando las armas. Entre ellas, había seis ametralladoras Aka, todas regaladas por Fidel Castro al Grupo de Amigos Personales (GAP). También tomaron su lugar Oscar Balladares y Manuel Mercado, ambos del GAP; el doctor Danilo Bartulín y el doctor Ricardo Pincheira, integrante del CENOP, más conocido como 'Máximo'" .
Por su parte, Hortensia Bussi se quedó custodiada en Tomás Moro. A las 7,30 Letelier llegó al Ministerio de Defensa y se encontró con que su ayudante, el teniente coronel Sergio González, le comunicaba que ya no era ministro. Inmediatamente fue arrestado y trasladado al regimiento Tacna y se convirtió así en el primer detenido del 11 de septiembre. A las 7,40 Pinochet llegó al comando de tropas de Peñalolén.
A las 7,55 Allende habló por radio y dijo: "Lo que deseo es que los trabajadores estén atentos, vigilantes, que eviten provocaciones. Como primera etapa, tenemos que ver la respuesta, que espero sea positiva, de los soldados de la patria que han jurado defender el régimen establecido".. Prats escuchó consternado las palabras de Allende desde el departamento de su amigo, el general Ervaldo Rodríguez, agregado militar en Washington. A las 8,20 Allende habló nuevamente al país. Ilusamente esperaba que la sublevación sólo fuera de la Armada y en Valparaíso y que la concentración masiva de trabajadores en las industrias ocupadas hiciera dudar a quienes querían desatar la masacre. En ese momento la Radio Corporación desaparecía con el impacto de ocho cohetes lanzados por los Hawker Hunter.
A las 8,40 el teniente coronel Roberto Guillard habló desde las ondas de Radio Agricultura y dio la primera proclama golpista: "Teniendo presente, primero, la gravísima crisis social y moral por la que atraviesa el país; segundo, la incapacidad del gobierno para controlar el caos; tercero, el constante incremento de grupos paramilitares entrenados por los partidos de la Unidad Popular que llevarán al pueblo de Chile a una inevitable guerra civil, las Fuerzas Armadas y Carabineros de Chile..." y después continuó en forma más intimidatoria: "Primero, que el señor Presidente de la República debe proceder de inmediato a la entrega de su alto cargo a las Fuerzas Armadas y Carabineros de Chile. Segundo, las Fuerzas Armadas y el Cuerpo de Carabineros de Chile están unidos para iniciar la responsable misión de luchar por la liberación de la patria del yugo marxista y la restauración del orden y la constitucionalidad. Tercero, los trabajadores de Chile deben tener la seguridad de que las conquistas económicas y sociales que han alcanzado hasta la fecha no sufrirán modificaciones en lo fundamental. Cuarto, la prensa, las radioemisoras y canales de televisión deben suspender sus actividades informativas a partir de este instante, de lo contrario recibirán castigo aéreo y terrestre. ¡El pueblo chileno debe permanecer en sus casas a fin de evitar víctimas inocentes!"
Allende no se quedó callado y le contestó por radio Magallanes y Corporación diciendo que no se iba a ir y que iba a continuar defendiendo la Constitución. Fue entonces cuando Miria Contreras, conocida como La Payita, la fiel secretaria de Allende llegó en un auto con su hijo Enrique Ropert. Descendió velozmente y se introdujo en La Moneda, cuando se dio vuelta para ver si la seguía su hijo, vio como un grupo de carabineros lo arrastraba junto con otro amigo y se los llevaban detenidos. Ella ingresó a La Moneda por el garage presidencial. Allende pidió liberar a Ropert y a los hombres del GAP. Todo fue inútil, posteriormente el hijo de la Payita y otros diez hombres integraron la lista de desaparecidos por la dictadura.
Radio Magallanes seguía en el aire y llamaba a los chilenos a defender al gobierno y a permanecer en los puestos de trabajo y hacía sonar al grupo folklórico Quilapayún con su proclama: "El pueblo unido, jamás será vencido". Y Allende como un combatiente más continuaba disparando sin cesar por las ventanas.
Mientras tanto, las proclamas golpistas se repetían e instaban a Allende a renunciar. El último edecán que quedaba en La Moneda le transmitió el ofrecimiento a Allende de salir del país en un avión; si no aceptaba la Fuerza Aérea iba a bombardear el Palacio. El presidente contestó: "Díganles a sus comandantes en jefes que no me voy de aquí y no me entregaré. Si quieren mi renuncia que me la vengan a pedir ellos mismos aquí. Que tengan la valentía de hacerlo personalmente. No me van a sacar vivo aunque bombardeen." El edecán Sánchez relataría tiempo después la escena: "Allende tenía en sus manos una metralleta. Apuntó a su paladar y dijo: 'Así me voy a suicidar, porque a mí no me sacan vivo de aquí'. Me miró y me dijo: 'Le agradezco comandante Sánchez, el ofrecimiento, pero dígale al general Leigh que no voy a ocupar el avión ni me voy a ir del país ni me voy a rendir'. Eran como las 10 de la mañana."
De la derrota ya no había dudas, los edecanes abandonaron La Moneda y sólo quedaron Allende junto al grupo leal del GAP. Decidió que era hora de despedirse y lo hizo a través de Radio Magallanes. Allende estaba rodeado de cuarenta personas, entre las que se encontraba su hija Beatriz, quien tenía un embarazo de siete meses. Con el silencio respetuoso de sus amigos y sabiendo que estaba escribiendo una página de la historia universal dijo:

Compatriotas: es posible que silencien las radios, y me despido de ustedes. Quizás ésta sea la última oportunidad en que me pueda dirigr a ustedes. La Fuerza Aérea ha bombardeado las torres de Radio Portales y Radio Corporación. Mis palabras no tienen amargura sino decepción y serán ellas el castigo moral para los que han traicionado el juramento que hicieron, soldados de Chile, comandantes en jefes titulares, el almirante Merino, que se ha autoproclamado, el general Mendoza, general rastrero que sólo ayer manifestara su solidaridad, también se ha denominado Director General de Carabineros.
Ante estos hechos sólo me cabe decirles a los trabajadores: yo no voy a renunciar. Colocado en un trance histórico, pagaré con mi vida la lealtad al pueblo. Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que entregáramos a la conciencia digna de miles y miles de chilenos no podrá ser sosegada definitivamente. En nombre de los más sagrados intereses del pueblo, en nombre de la patria, los llamo a ustedes para decirles que tengan fe. La historia no se detiene ni con la represión ni con el crimen. Ésta es una etapa que será superada. Éste es un momento duro y difícil; es posible que nos aplasten. Pero el mañana será del pueblo, será de los trabajadores. La humanidad avanza para la conquista de una vida mejor.
Trabajadores de mi patria: quiero agradecerles la lealtad que siempre tuvieron, la confianza que depositaron en un hombre que sólo fue intérprete de grandes anhelos de Justicia, que empeñó su palabra en que respetaría la Constitución y la Ley, y así lo hizo.
Es éste el momento definitivo, el último en que yo pueda dirigirme a ustedes. Pero que aprovechen la lección. El capital foráneo, el imperialismo unido a la reacción, creó el clima para que las Fuerzas Armadas rompieran su tradición, la que señaló Schneider y reafirmara el comandante Araya, víctimas del mismo sector social que hoy estará en sus casas esperando con mano ajena conquistar el poder para seguir defendiendo sus granerías y sus privilegios. Me dirijo sobre todo a la modesta mujer de nuestra tierra, a la campesina que creyó en nosotros, a la obrera que trabajó más, a la madre que supo de nuestra preocupación por los niños. Me dirijo a los profesionales de la patria, a los profesionales patriotas, a los que hace días están trabajando contra la sedición auspiciada por los colegios profesionales, colegios de clase para defender también las ventajas de una sociedad capitalista.
Me dirijo a la juventud, a aquellos que cantaron y entregaron su alegría y su espíritu de lucha. Me dirijo al hombre de Chile, al obrero, al campesino, al intelectual, a aquellos que serán perseguidos, porque en nuestro país el fascismo ya estuvo hace muchas horas presentes, en los atentados terroristas, volando los puentes, cortando las vías férreas, destruyendo los oleoductos y los gasoductos, frente al silencio de los que tenían la obligación de proceder. Estaban comprometidos. La historia los juzgará.
Seguramente Radio Magallanes será acallada y el metal tranquilo de mi voz no llegará a ustedes. No importa, me seguirán oyendo. Siempre estaré junto a ustedes, por lo menos mi recuerdo será el de un hombre digno que fue leal con la patria. El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco debe humillarse.
Trabajadores de mi patria, tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo donde la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor. ¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores!
Estas son mis últimas palabras, teniendo la certeza de que el sacrificio no será en vano. Tengo la certeza de que, por lo menos, habrá una sanción moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición..

Continuó un gran silencio, sólo se veían ojos llorosos de los acompañantes de Allende, algunos lo abrazaron. Entretanto, los golpistas llamaban a La Moneda para exigir la renuncia del presidente que dio por terminados los contactos telefónicos de los militares, a pesar de que algunos de sus colaboradores todavía evaluaban cómo sacarlo vivo de allí.
Del otro lado, los militares se desesperaban, no pensaron que podían tener esa resistencia y la tozudez en defenderse a los tiros. Pinochet quería avanzar de una vez y arrasar con todo. Así lo entendió Leigh, que atacó Tomás Moro con aviones bombarderos. Allí estaba Hortensia Bussi, que entonces decidió abandonar la residencia. Y a las 11,50 fue el turno de La Moneda. Explotaron las primeras bombas lanzadas por el avión "1", que pasó por el frente de la Estación Mapocho y dio contra el frente norte destruyendo las puertas y las dependencias de los costados e interiores. Los ataques continuaron, el Palacio se incendiaba, lanzaban bombas lacrimógenas y el agua corría por las escaleras. Allende gritaba: "¡Que nadie se rinda! ¡Que la gente dispare donde pueda!"
Un avión que se dirigía a bombardear la residencia presidencial Tomás Moro confundió su blanco y sus cuatro primeros cohetes cayeron en el Hospital de la FACH. Debido a las consecuencias del "fuego amigo" se decidió suspender el ataque sobre la residencia.
Mientras tanto, el Palacio estaba en llamas, el gigantesco humo lo envolvía en una nebulosa fatídica. A las 13,30 llegaron las tropas del general Palacios, los GAP combatían ferozmente pero también eran acribillados o caían devorados por el fuego. Finalmente los carabineros arrojaron gases lacrimógenos al interior de La Moneda. El final era inminente. Allende vio cómo se quemaba el salón Carrera y estallaba la vitrina con el original del acta de la Independencia de Chile, un pergamino firmado por O'Higgins, Zenteno y la Primera Junta de Gobierno. Afortunadamente alguien lo tomó y se lo entregó a Allende, que se lo hizo llegar a la Payita para que lo guardara, aunque finalmente no pudo cumplir con esa misión. Allende también pidió a su asesor el abogado Joan Garcés que se fuera porque "alguien tiene que contar lo que aquí ha pasado, y sólo usted puede hacerlo, ¿no es cierto?". El presidente no se equivocó: veinticinco años después, desde Madrid, Garcés iba a facilitar el trabajo del Juez Garzón para la detención de Pinochet.
Del otro lado, las comunicaciones entre los golpistas dan cuenta del desprecio por la vida del todavía presidente. La investigación de la periodista Patricia Verdugo refleja el tono de esas conversaciones entre Pinochet y el vicealmirante Patricio Carvajal, a cargo del Puesto Cinco instalado en el Ministerio de Defensa:

-PINOCHET: Rendición incondicional, nada de parlamentar... ¡Rendición incondicional!
-CARVAJAL: Bien, conforme. Rendición incondicional y se le toma preso, ofreciéndole nada más que respetarle la vida, digamos.
-PINOCHET: La vida y se le... su integridad física y enseguida se le va a despachar para otra parte.
-CARVAJAL: Conforme. Ya... o sea que se mantiene el ofrecimiento de sacarlo del país.
-PINOCHET: Se mantiene el ofrecimiento de sacarlo del país... pero el avión se cae, viejo, cuando vaya volando.
-CARVAJAL: Conforme, je, je (se ríe)... conforme. Vamos a procurar que prospere el parlamento.

En La Moneda, Augusto Olivares, asesor y amigo del Presidente, director de prensa de Televisión Nacional, se anticipó a su jefe, no quiso que los militares lo agarraran vivo y se suicidó con un tiro en la sien. Después vino la rendición del grupo de sobrevivientes obligados por Allende. Sólo quedaron tres acompañándolo. En el momento en que su gente iba saliendo, Allende se introdujo sigilosamente en el salón Independencia sin que nadie lo notara, cerró la puerta, se sentó en un sofá, dejó en el suelo su mascara antigás, su casco, los anteojos y gritó: "¡Allende no se rinde, mierda!". Fue entonces cuando el médico de La Moneda, Patricio Guijón, desesperado, alcanzó a ver por la puerta entreabierta como el presidente se disparaba en el mentón: "¡Fue desconcertante! Porque se estaba sentando en el momento de dispararse. En realidad lo que vi fue la levantada que le produjo el impacto. Entré inmediatamente y le tomé el pulso: estaba muerto. No tenía bóveda craneana... Había volado. Me senté al lado de él y me quedé pensando. Sabía que tendría que llegar alguien. Pensé: si no fui capaz de honrarte en vida por lo menos te acompañaré ahora que estás muerto" .
Después ingresaron los golpistas encabezados por el general Palacios, que no identificó a simple vista al cadáver de Allende sino por su reloj. De inmediato envió un mensaje al general Nuño: "Misión cumplida. La Moneda tomada..."
Los sobrevivientes de la Moneda salieron por la calle Morandé 80 y fueron maltratados por los soldados. Uno de ellos le exigió a la Payita que se sacara el abrigo que llevaba y rompió el pergamino que ella llevaba sin escuchar que le gritaba que no lo hiciera porque se trataba del Acta de la Independencia.
"Que lo metan en un cajón y lo embarquen en un avión, junto con la familia. Que el entierro lo hagan en otra parte, en Cuba. Si no, va a haber más pelota pa'l entierro. ¡Si éste hasta para morir tuvo problemas!", dijo Pinochet al enterarse del desenlace con una sensación ambigua entre triunfalista y decepcionado porque Allende había tomado decisiones trascendentales hasta el último minuto y porque nunca se había rendido. Años después el general Palacios dijo en una entrevista periodística: "Se suicidó con la metralleta que le había regalado Fidel Castro. Yo la tuve entre mis manos. Fue muy valiente, muy varonil. Hay que reconocer las cosas. Él dijo que no entregaba el mando y que estaba dispuesto a cualquier cosa. Era excelente tirador. Antes de entrar, lo veía desde la calle cuando se asomaba; de vez en cuando, sacaba la metralleta y disparaba. Creo que no le quedaba otra salida. Se le ofreció incluso un avión, pero él no quiso salir. Es lo mejor que pudo haber hecho. Entre los socialistas pasó a ser héroe. Además ¡la papa caliente que habría significado para el gobierno militar! ¡Qué se hacía con este caballero! ¡Dónde lo mandaban! ¡Habría formado un gobierno en el exilio!".
El general Arellano le dijo que había llamado a los bomberos para apagar el incendio de La Moneda y así poder salvar la Cancillería y los cuadros muy valiosos y objetos de arte que allí había y Pinochet le recriminó: "¡Por qué llamas a los bomberos! ¡Deja que se queme toda La Moneda para no quede ni rastro de la Unidad Popular!".
Los soldados tomaron prisioneros y los pusieron en el suelo y empezaron los maltratos, hasta los bomberos se ensañaban con ellos y los pateaban al pasar. Entonces uno de ellos, según el testimonio del sobreviviente David Garrido: "Desde el suelo, vi venir un tanque. Al oficial que iba en la torreta le escuché decir: '¡Permiso mi general para pasarle el tanque por encima a estos huevones!'. Di vuelta la cabeza y vi al general Palacios, con su mano izquierda vendada y un fusil en la derecha. El tanque se movió y puso una oruga en la vereda..." Allí se suma el testimonio de otro detenido que pudo salvar su vida, Luis Henríquez: "Entonces, una mujer, desde las oficinas del Ministerio de Obras Públicas, a escasos metros, llamó al general Palacios por su nombre. Le pidió ayuda para sacar de allí a la gente que se había refugiado durante el bombardeo. Surgieron voces alrededor de Palacios. Éste ordenó que dejaran salir a la gente del Ministerio y nosotros seguimos vivos..." La Payita estaba tendida en el piso también. Entonces un hombre le preguntó su nombre, era Jaime Puccio, dentista de La Moneda y del Ejército, y primo del secretario privado del Presidente. La reconoció y le indicó a un soldado que estaba herida y que la llevase a la ambulancia. Así la Payita logró sobrevivir a la muerte segura.
Sobre el destino de la Payita también se conoció una versión sobre su salida del hospital. La revista chilena The Clinic entrevistó en mayo de 2003 a Álvaro Reyes, médico traumatólogo de la Asistencia Pública y funcionario del gobierno de Allende, quien relató lo siguiente: "Yo estaba en el primer piso, en Urgencias, y después subí al cuarto, a Traumatología, donde trabajaba. Pasado el mediodía, Marta, una auxiliar que entonces era mi pareja, me avisó que en el primer piso una persona le dijo que necesitaba comunicarse conmigo. Esa persona se identificó como 'la Payita'. Era la compañera de Salvador Allende y yo la conocía. Ella sólo me había visto el año anterior, la vez que fui a La Moneda a atender a Allende, quien había sufrido un esguince de ligamento medial, por lo que le inmovilicé una rodilla. Bajé de inmediato y encontré a una mujer revolcada, sucia y con un cuadro de angustia terrible. Me contó que el 'Perro Augusto' Olivares, periodista asesor del Presidente, se había suicidado y que Allende estaba muerto. Esto último se lo había dicho el médico Patricio Guijón. La saqué de Urgencias, la subí y llené con un nombre cualquiera la tarjeta de ingreso. Estuve con ella un buen rato, le tomé una radiografía de rodilla y le puse una bota de yeso hasta la cintura. Cuando levantaron por tres horas el toque de queda para que la gente pudiera ir a sus domicilios, enviamos a la Payita a una residencial donde vivía mi pareja, a un par de cuadras de la Posta. Allí había un dormitorio, un baño y un teléfono. Un chofer y un auxiliar comunistas eran los únicos que sabían que se trataba de la Payita. Se quedó varios días, hizo los contactos y le avisó a Marta que se iba. Después supimos que se había asilado en la Embajada de Cuba, que estaba bajo bandera de Suecia."
Por amparar a la Payita, Reyes fue torturado y pasó once meses en la cárcel.
Isabel, la hija de Allende, en una entrevista con la periodista Mónica González relató cómo fueron las horas siguientes: "Cuando salimos de la Moneda éramos seis mujeres. Además de Beatriz y yo estaba Nancy Julien, la esposa de Jaime Barrios, que había permanecido junto a mi padre, y las periodistas Frida Modak, Verónica Ahumada y Cecilia Tormo. Algo pasó en un minuto que Verónica y Cecilia se fueron por otro camino. Nosotras fuimos por calle Moneda, en dirección al Cerro Santa Lucía. Se oían tiroteos aislados. Tratamos de entrar al primer edificio que encontramos, pero el cuidador nos lo impidió. Llegamos a un hotel. En la recepción, un tipo escuchaba radio. Le pedimos dos habitaciones. Accedió. Nos sentamos, estábamos agotadas y en ese momento la música se interrumpió abruptamente y un flash noticioso anunció que, ante la resistencia presentada en La Moneda, la Fuerza Aérea se había visto obligada a bombardearla. ¡No lo olvidaré jamás! Me desarmé. Fue imposible evitarlo... Al verme así, el hombre de la recepción cambió de parecer y nos anunció que no nos rentaría las habitaciones. Nos dimos media vuelta y salimos... Beatriz estaba conmocionada... Su reacción fue sacar un cigarrillo... Trató de contener su intensa emoción fumando... ¡Y tenía un embarazo de siete meses y un poco más! Seguimos caminando... Hacia el Cerro Santa Lucía, sin lógica ni racionamiento... Lo único que nos movía era el instinto: salir de allí. Llegamos a la calle Santa Lucía y decidimos hacer un auto stop a los pocos autos que pasaban. Nos pusimos de acuerdo en decir que éramos secretarias asustadas. Un auto grande paró, y sin hacer preguntas, su conductor nos instó a subirnos. En la plaza Italia, soldados armados frenaban a todo el mundo. Vimos a los primeros detenidos manos en la nuca... Un soldado se acercó al auto y nos pidió los documentos. En ese momento Beatriz comenzó a sentir contracciones. Mejor dicho las fingió. Y eso fue lo que nos salvó, porque otro soldado llegó a mirar y después de consultarse entre ellos nos dejaron pasar. Seguimos por Providencia y a la altura de Seminario, de repente le pedí al conductor que parara. Nos bajamos ante la mirada desconcertada de Beatriz y Frida. El conductor del auto nunca preguntó ni dijo nada. Nunca sabremos quién era. No me pregunte por qué decidí que nos bajáramos allí, salió así, porque recordé que una compañera de trabajo vivía en ese sector con su madre. Era una casa blanca, bajita, pareada... Entramos por Seminario buscando esas dos casas iguales. Al encontrarlas, tocamos el timbre. Vimos salir a mi compañera corriendo. Nos abrió su casa y allí nos quedamos. Ella se portó de manera maravillosa. Allí empezaron los contactos telefónicos. Tratamos de hablar con Tomás Moro para ver qué había sucedido con Tencha. Beatriz llamaba a la Embajada cubana para comunicarse con su marido y, finalmente, a través de Olga Corsen, amiga de toda la vida de la familia, supimos que Tencha estaba bien, que había escapado del bombardeo y que estaba sana y salva en casa de Felipe Herrera. Beatriz se comunicó más tarde con Danilo Bartulín, quien había logrado salir de La Moneda. Fue él quien le dijo que Salvador Allende había muerto y Augusto Olivares también... Yo estaba a su lado. Era como hablar juntas... Recuerdo nítido cuando dijo: '¡Todo ha terminado!'"
Cuando los peritos examinaron el cuerpo de Allende, lo llevaron en ambulancia al Hospital Militar bajo estrictas instrucciones de Pinochet: había que certificar la causa de la muerte y que no quedaran dudas del suicidio, es decir que los militares quedaran limpios de toda sospecha de asesinato. A las 20 se inició la autopsia y redactaron un informe que indicaba lo siguiente: "La causa de la muerte es la herida a bala cérvico-buco-cráneo-encefálica reciente, con salida del proyectil... El disparo corresponde a los llamados 'de corta distancia' en medicina legal... El disparo ha podido ser hecho por la propia persona".
La ametralladora con la que se mató Allende, aquella que le regaló Fidel Castro, no pudo ser hallada jamás. Según testificó el general Ernesto Baeza, el arma quedó en manos del general Javier Palacios. El 1° de octubre, el agregado naval de la Embajada de EE.UU. en Santiago, Patrick Ryan, informa sobre los hechos: "El golpe de Estado en Chile fue cercano a la perfección". Su párrafo final lo dedica a la muerte de Allende: "Fue encontrado solo y muerto en su oficina. Se había matado colocando una escopeta bajo su mentón y apretando el gatillo. Feo, pero eficiente. El arma yacía cerca de su cadáver. Una placa de metal engarzada en el caño decía: 'A mi buen amigo Salvador Allende de Fidel Castro'". El general Arturo Yovane, a cargo de Carabineros, anotó en lo que consideró el día más importante de su vida: "La guerra terminó en el preciso instante en que los vencedores detienen a los vencidos y los fusilan".

Recuerdos de la muerte
En diciembre de 2002, cuatro ex militares chilenos, amparados en el anonimato, confesaron al diario La Nación de Santiago haber participado del fusilamiento de 20 colaboradores de Allende, dos días después del golpe militar. Luego de describir por primera vez cómo se produjeron las ejecuciones, los informantes contaron que los cadáveres de las víctimas fueron enterrados en una fosa común, de donde se los removió años después para arrojarlos al mar.
De acuerdo con los testigos, quien ordenó los fusilamientos fue el ex general Joaquín Ramírez Pineda, detenido tres meses antes en la Argentina por Interpol. Un tribunal de Francia lo acusaba de ser el responsable de la muerte del médico francés Georges Klein Pipper, en el regimiento Tacna que él comandaba.
El 13 de septiembre de 1973, Pipper fue trasladado junto a otros 19 prisioneros al campo militar de Peldehue, en las afueras de Santiago. Allí fueron fusilados junto a un pozo profundo al que caían muertos.
Al regresar al regimiento, el grupo que había ejecutado a los prisioneros oyó de boca de Ramírez: "Esto es lo que había que hacer con esta gente, todos peligrosos marxistas. A ustedes no les pasará nada porque todos ellos fueron condenados en un rápido juicio por un tribunal militar", recordó uno de los testigos, que entonces tenía 21 años. Durante la entrevista con el diario, ese ex militar de 50 años lloró en varias oportunidades y pidió que su nombre no fuera revelado porque ni su esposa ni sus hijos saben que participó en esos hechos.
En julio de 2003 Juan Carlos Molina, un suboficial del Ejército, declaró ante la Televisión Nacional de Chile que había participado de vuelos en los cuales se había arrojado cuerpos de desaparecidos al mar: "Los cuerpos que me tocó ver a mí iban envueltos y se les amarraba unos rieles de tren para que se hundieran en el mar. Un cuerpo por riel, y los tapaban con un saco. (*)

 

Allende, izquierda, junto a Pinochet, pocos meses antes del trágico derrocamiento.

 

(*) Fuente: Héctor Pavón, "El día del golpe", en El 11 de septiembre...de 1973, Ediciones Libros del Zorzal, Buenos Aires, 2003.

 

 

 

 

 

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