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   LA EXPEDICIÓN MALASPINA Y LAS DOS REDES DE LA ARAÑA

 

Por Esteban Ierardo

   

La corbeta  Atrevida de la expedición Malaspina navegando entre bancos de hielo.

  

   Entre 1789 a 1794, el marino italiano Alejandro Malaspina dirige una expedición científica enviada por la corona española. Su propósito es aumentar el conocimiento de la flora y la fauna y de los pueblos que habitan las colonias hispanas. En las naves de la expedición, la Descubierta y la Atrevida, se embarcan más de 200 hombres. Junto a los marinos profesionales, se encuentran pintores y naturalistas. El viaje exploratorio los lleva hacia el Río de la Plata, las costas patagónicas, las Islas Malvinas, la Isla de Guam, las Filipinas y la Polinesia. A su regreso, la expedición trae el conocimiento de 14000 especies botánicas nuevas, 900 ilustraciones y el estudio de 500 especies zoológicas de tres continentes. La exploración de Malaspina alcanza el mismo brillo que las exploraciones de James Cook o Bouganville; pero su estrella fue injustamente apagada por las intrigas de Manuel de Godoy, el hombre más influyente en la corte de Carlos IV, quien, temeroso del prestigio de Malaspina y de su posible amenaza para su propio poder político, convence al rey para ordenar su destitución y prisión. Esta poderosa e ilustrada expedición fue así olvidada por casi un siglo. Hoy existen más de 600 publicaciones relacionadas a los aportes científicos y artísticos de la expedición Malaspina. En este momento de Temakel, realizaremos una ponderación del legado de este fundamental viaje explorador mediante dos movimientos. Primero, recordaremos los principales momentos de la navegación de Malaspina y sus hombres. Luego, desarrollaremos una interpretación simbólica de la destrucción por Manuel de Godoy de la gloria de la expedición. Veremos en esta acción dos figuras simbólicas de la araña y sus hilos. 

 

Luego de la conquista militar surge la necesidad del conocimiento científico de lo conquistado. Así ocurre en el s. XVIII a propósito de la relación entre España y las colonias que constituyen su vasto imperio. En las tierras hispánicas reverberan innumerables especies de flora y fauna aún desconocidas. El progreso material se asocia entonces de manera ineludible con la expansión del saber  de las ciencias naturales. La corona española advierte que la botánica, la zoología, la geología y también la cartografía deben ser fuertemente impulsados. Una actitud que se manifiesta, por ejemplo, en un cuadro de la época que muestra a un Carlos III niño estudiando botánica y sosteniendo con delicadeza una flor. La ampliación de saberes consolidaría la posesión física y política de los territorios del todavía inmenso imperio español.

   En el comienzo, fue un navegante genovés, Cristóbal Colón, quien guió las proas hispanas hacia el primer descubrimiento del continente americano en tiempos modernos. Ahora, será otro marino itálico el destinado a conducir una vasta expedición española de descubrimiento geográfico y etnográfico.

    Alejandro Malaspina será el responsable de este acontecimiento. Sus ojos reciben por primera vez los rayos de sol de este mundo el 5 de diciembre de 1754 en Parma, en el pueblo italiano de Mulazzo. Ya en 1774, es cadete de la Escuela de Guardia Marinas de Cádiz. Participa luego en combates navales donde refulge su valor. Entre 1777 a 1779 da la vuelta al planeta azul en la fragata Astrea. Entre 1776 y 1788 capitanea ahora la embarcación recién mencionada y, quizá entonces,  brota en su mente la idea de una prolongada y amplia expedición científica. En 1778, Carlos III  lo asciende a capitán de navío. Sus méritos son reconocidos. No sólo su competencia en el arte de la navegación, sino también su valor como guerrero del mar y su cultura general.

   Malaspina propone entonces a Carlos III una expedición científica alrededor del mundo. Su proposición es raudamente aceptada. El objetivo del viaje es múltiple. El relevamiento de información científica, geográfica e histórica sobre las tierras a visitar. Las curiosidades que pudieran hallarse, desde especies naturales hasta objetos nacidos del ingenio humano, serán alojados en el Real Gabinete y en el Jardín Botánico de Madrid. La expedición, que será conocida como "Expedición Malaspina", también persigue la confección de cartas y derroteros de América, y la observación de la situación política de los virreinatos americanos.

   Para la efectiva cristalización de la expedición, son construidas especialmente dos corbetas: la Descubierta y la Atrevida. Serán conducidas por Malaspina y José de Bustamante y Guerra respectivamente. Poseen 33,5 metros de eslora y desplazan 306 toneladas. Las naves servirán como el hogar flotante  por cinco años de más de 200 hombres que integran su tripulación.

   Los oficiales de la expedición, luego de su conclusión, lograrán destacadas posiciones políticas. El capitán de fragata José Bustamante y Guerra actuará como gobernador político y militar de Montevideo en 1796  y, en 1809, recibirá la presidencia de la Real Audiencia de Charcas. Juan Gutiérrez de la Concha combatirá con valor durante las invasiones inglesas de Buenos Aires. Luego, ocupará el cargo de último gobernador intendente de Córdoba. Será fusilado en 1810, junto a Santiago de Liniers. El teniente de fragata Francisco Xavier de Viana descollará como teniente general de la República Argentina. Se desenvolverá como Ministro de Guerra y Mariana del Director de las Provincias Unidas del Río de la Plata, Gervasio de Posadas. Desde este cargo, contribuirá a la creación de la escuadra naval encomendada al famoso Almirante Brown.

   Junto al selecto personal militar, en las corbetas se embarcan el profesor de pintura José del Pozo, el pintor José Guío, el botánico Luis Née. Antonio Pineda oficiará de "Encargado de los ramos de la Historia natural". Luego, en Valparaíso, se sumará a la expedición el célebre naturalista Tadeo Haenke. 

   Durante la preparación de la expedición, Malaspina se muestra exhaustivo y riguroso en cada detalle. A pesar  de su apasionamiento por el sesgo científico de la empresa, no desatiende el beneficio económico. Así, en una carta al teniente general de la Armada Antonio Ulloa le destaca la importancia de atender a "la abundancia de cetáceos en la costa patagónica, cuya pesca y exclusivo beneficio pudieran ser de mucha utilidad a la monarquía". También manifiesta interés por el estudio de los patagones y sus costumbres, pero sin liberarse de las anteojeras epocales respecto a la condición del indio, pues no duda en afirmar que el modo de vida de los naturales de la Patagonia los convierte en "los más infelices de la especie humana".

  Luego de su intensa preparación, la expedición zarpa poco días después de la toma de la Bastilla y de la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano de la Revolución Francesa. El 30 de julio de 1789 la Descubierta y la Atrevida se alejan sobre un plácido lecho de agua del puerto de Cádiz. Su primer destino es el Río de la Plata. Tras 51 días de navegación, las naves arriban a Montevideo. Durante la travesía previa, Pineda estudia con su microscopio una galleta parasitada hallada en la reserva de pan de las naves. La clasifica dentro del género tecnes. Al desembarcar en la actual capital uruguaya, los miembros de la expedición inician una actitud luego repetida en cada nueva escala del viaje: el inmediato establecimiento de contactos con las autoridades locales y eventuales científicos para consumar las tareas de investigación. Al llegar a Buenos Aires, lo mismo que en Montevideo, instalan un observatorio astronómico. En el Río de la Plata, Pineda recogen numeroso material botánico y zoológico; estudia garzas, chorlitos, patos, cigüeñas, caranchos, gaviotas, lechuzas, búhos, buitres. También encuentra restos fósiles enviados al Colegio de Cirujanos de Madrid donde se advierte su semejanza a los encontrados en 1787 por el padre Manuel Torres y que el naturalista Cuvier denominó  megaterio (animal grande). Née herboriza con fruición y recolecta numerosas semillas de los alrededores de Buenos Aires. 

     Luego de la primera incursión por las costas e inmediaciones del Río de la Plata, la expedición continúa la navegación hacia el sur, hacia las tierras patagónicas. El 2 de diciembre arriban a Puerto Deseado. Allí, se produce el encuentro con los patagones. Sobre un alto de la costa, se recorta la estampa de un patagón a caballo. Pineda y otros tres tripulantes se dirigen a tierra. Llevan consigo numerosas bagatelas para obsequiar a los viejos habitantes de la estepa patagónica. En su diario de abordo, Malaspina recrea el encuentro:

   "...fueron poco a poco aproximándose todos a caballo, y últimamente enviaron en busca de las mujeres, que no tardaron en reunirse y echar pie a tierra. Se componía entonces la tribu de unas 40 personas, de las cuales eran 10 las mujeres y 12 los niños, entre ellos tres o cuatro aun de pecho; dos mujeres solas eran ancianas, y a pesar de esto sumamente ágiles. Entre el restante número de hombres, el cacique y otro eran ancianos, y habría otros cinco cuyos años podían más bien responder a la pubertad que a la virilidad. En general, eran todos (incluso mujeres y niños) de una cuadratura agigantada, la talla era inferior a aquella proporción, pero naturalmente alta. El cacique Junchar, medido escrupulosamente por don Antonio Pineda, tenía de alto seis pies y diez pulgadas de Burgos. La anchura de hombro a hombro era de 22 pulgadas y 10 líneas". Un pie de Burgos equivale a 27,89 cm, por lo que Junchar exhibe una altura aproximadamente entre 1,91 cm y un ancho de hombros de 70 cm. El nativo es alto y corpulento. Sin duda, pero no un "gigante patagón" como los referidos por Antonio Pigafetta en su famosa narración del viaje alrededor del globo de Magallanes y Elcano.

  Mediante  sus hábiles trazos, José del Pozo inmortaliza una panorámica del Puerto Deseado, la primera representación en colores de un lugar del territorio argentino. Durante la estadía en aquel pionero puerto patagónico, los expedicionarios hallan numerosos mariscos y practican una abundante pesca. Malaspina escribe: "Más felices en sus tareas los señores Pineda y Née, habían aprovechado todos los instantes para aumentar sus respectivas colecciones científicas; el primero, adicto particularmente al examen de piedras, de las conchas, de los cuadrúpedos y de las aves, encontró tan crecido número de curiosidades que podían muy bien suministrarle material de estudio en la siguiente campaña algo dilatada alrededor del Cabo de Hornos. Don Luis Née, con su acostumbrada perspicacia, constancia y asiduidad, logró, a pesar del semblante árido que tenían aquellos contornos, recoger muchas plantas de una rareza y méritos singulares". 

 

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   Tres ilustraciones de José del Pozo durante el viaje de la Expedición Malaspina en la Patagonia. En el centro, imagen del cacique Junchar. Arriba, ilustrando el texto, desde arriba hacia abajo: retrato de Alejandro Malaspina; la marina científica española. Alegoría en el Tratado instructivo y práctico de maniobras navales, de 1776; Vista de Buenos Aires desde el camino de las carretas, de Francisco Brambila. 

    Tras la conclusión de las tareas estipuladas con antelación, la expedición parte el 13 de diciembre hacia las Islas Malvinas. Luego del arribo a Puerto Egmont, se realizan las habituales observaciones geográficas y de ciencias naturales. Se encuentra un apio silvestre muy eficaz como antiescorbútico. Née herboriza nuevamente con entusiasmo. Pineda descubre que las costas de las islas albergan extensos criaderos de moluscos de los mejillones y almejas, lo que motiva una ingente población de aves marinas, como patos, pingüinos, albatros, petreles, cormoranes. En el próximo mar la vida también resplandece con nitidez. Por eso, Malaspina asegura: "Ni es menos entretenida la vista del mar, en donde los peces, los anfibios y a veces las mismas ballenas, ignorante de su propio poder y del genio destructivo del hombre, se presentan casi con emulación para saludarle y no imaginan jamás que esto baste para ser destruidas". El alegre y expansivo mostrarse de los peces y aves es peligro de destrucción porque ya hace más de dos siglos que los mares del sur son asolados por barcos depredadores.

   En el día de nochebuena, la expedición pone proa al Cabo de Hornos. Navegan la costa este de la Isla Grande de Tierra del Fuego. Advierten lo fértil de las tierras, y la numerosa población de aves y leones marinos. Comprueban la notable exactitud de los mapas que James Cook ha trazado de esas costas hace 20 años. Visitan la Isla de los Estados donde, lo mismo que en muchos otros lugares de la costa patagónica, se reitera la presencia de lobos marinos de uno o dos pelos, de elefantes marinos, cormoranes y pingüinos. Luego deciden retomar la dirección sur y enfrentarse al fatídico Cabo de Hornos. La navegación es exitosa. Pero Malaspina observa: "La situación del navegante en aquellos mares y en unas regiones tan distantes de las que vieron nacer es sin duda alguna de las más extraordinarias que puedan acontecerle. La incertidumbre le rodea a cada instante; una mirada hacia las costas más cercanas le recuerda en una complicada perspectiva el naufragio, el frío, el hambre y la soledad". 

   Luego de la meditación de la desolación que siempre merodea a los hombres, arriban a Valparaíso. Allí, como ya comentamos, sube a bordo el destacado naturalista checo Tadeo Haenke. Las velas de la Descubierta y la Atrevida flamean después entre los vientos de los puertos de Callo, Guayaquil y Acapulco. Luego de dos meses de reparaciones y aprovisionamiento en el puerto mexicano, las proas de la expedición se enfilan hacia el Pacífico Oeste, el 20 de diciembre de 1792. Luego de 55 días de navegación, los ojos de los exploradores acarician las verdes cabelleras de selva y rocas de la isla de Guam. Poco después, también los entusiasma la visión de Manila, en la colonia de las Filipinas. Tras visitar Nueva Zelanda y Nueva Holanda (antiguo nombre de Australia) los navegantes aspiran las encantadas brisas de la Polinesia. En este paraíso aún virgen, deciden no continuar la travesía hacia el Cabo de la Buena Esperanza en Sudáfrica para, desde allí, completar la circunnavegación alrededor del globo. Optan por regresar a la Patagonia. 

   La primera escala del regreso será en Islas Malvinas. Algunos tripulantes seguirán su viaje por tierra para conocer la realidad interior del Virreinato del Río de la Plata. Luis Née viajará desde Concepción del Chile hasta Buenos Aires. En el viaje, conoce a los pehuenches, pero sin nunca dejar de herborizar y de consumar nuevos estudios botánicos. Tadeo Haenke también plasmará una exploración terrestre. El plan originario es que los viajeros por tierra se encuentren en Montevideo. Haenke no podrá cumplir este objetivo porque permanecerá en Bolivia hasta su muerte, acaecida en 1816.

   En las Islas Malvinas, Malaspina desaloja a marinos ingleses que se dedican a la matanza de lobos marinos. También descubre a loberos norteamericanos que, en dos años, han ultimado a 20.000 lobos marinos. Este desalojo no es resistido, lo que demuestra que, en aquel entonces, se acepta la soberanía española sobre las islas. 

   La expedición se dirige después a Montevideo. Múltiples apremios deben sortear los marinos por la gran cantidad de témpanos que encuentran en su camino. Ya en la ciudad a orillas del Río de la Plata, Malaspina juzga que los objetivos esenciales de la expedición están cumplidos. En ese entonces, ha estallado la guerra con Francia. Por eso, en su último trayecto de regreso, la Atrevida y la Descubierta escoltan a un convoy de barcos mercantes. Parten de Montevideo el 21 de junio  y arriban a Cádiz en el nacimiento de la primavera de 1794. La expedición regresa después de cinco años de exploración. La vuelta se consuma en el inicio de la estación primaveral. En la primavera en la piel de la materia rebulle nueva vida. La naturaleza vuelve a iniciar su respiración fecunda. El tiempo de la llegada insinúa ya un resplandor simbólico porque el nuevo comienzo en el conocimiento que pudo significar la expedición Malaspina será sofocado por un red depredadora y de extendidos hilos filosos...

 

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Reunión amistosa con los patagones

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En las Filipinas

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Malaspina y Bustamante en un momento de descanso

 

 LAS DOS REDES DE LA ARAÑA

   El destino simbólico de la Expedición Malaspina se anuncia luego de su regreso a Europa. En un comienzo, el viaje del marino de Parma y su tripulación les depara el reconocimiento y el prestigio. Carlos IV, el monarca español, ve en Malaspina un émulo local de James Cook. Malaspina  comienza entonces a redactar una exhaustiva memoria de la navegación. El proyecto inicial comprende tres volúmenes.   

  La expedición Malaspina trae 17 cartas y planos que mejoran el conocimiento del litoral atlántico. Las mapas sistematizan las representaciones del territorio físico y el contorno irregular de sus costas. Un mapa es una red de contornos. Un cúmulo de relaciones entre accidentes geográficos y playas de las tierras representadas. Pero Malaspina, y sus pintores y naturalistas, descubren inéditas presencias y relaciones no directamente observables como las líneas sinuosas de una playa. El verdadero mapa que forja la expedición es un  determinado devenir entre los meandros de la biodiversidad botánica, geográfica y humana. Este mapa no consiste ya en una representación genérica de un territorio, sino en una clasificación y exposición visual de las formas particulares de la vida. 

    Las colecciones botánicas labradas por las diligentes observaciones de Pineda, Neée y Haenke son las más completas de la época. Consisten en el inventario de alrededor de 14000 plantas. Se realizan también estudios anatómicos y fisiológicos de más 500 especies de América, Asia, y Oceanía. Botánica y zoología precisan del lápiz y pincel para brindar un testimonio, la expresión visual, del carácter y aspecto de las especies estudiadas. La pintura oficia como fuente de documentación de la vida descubierta. José Guío se aboca a la  recreación de los animales, especialmente aves. José del Pozo es quien pinta parte de la biodiversidad que la expedición halla a nivel geográfico y humano. Sus principales aportes son La vista del Puerto Deseado, un croquis al natural de Pineda junto a los patagones, el retrato del cacique Junchar, y el de una joven tehuelche. La red de la biodiversidad etnográfica y paisajista también es trazada por otros artistas de la expedición: Juan Ravenet, José Cardero, Fernando Brambila. Este último, natural de Milán, es el primero en representar la ciudad de Buenos Aires desde el Río de la plata. Plasma también una segunda imagen de la entonces capital del virreinato llamada Vista de Buenos Aires desde el camino de las carretas.

  La expedición consuma alrededor de 900 ilustraciones en las que bullen los pobladores, plantas, animales, paisajes y ciudades de las regiones visitadas. Imágenes que completan el mapa de la biodiversidad.

    El imperio español de fines del siglo XVIII es una inmensidad territorial sustentada en un poder militar vigilante. El poder es siempre expansivo. Desde el centro en Madrid, la voluntad de dominación imperial española se  propaga hasta los confines de sus dominios. La expedición Malaspina nace en parte como búsqueda de saber destinado a la consolidación del poder hispano sobre sus posesiones ultramarinas. Pero el fervor de la expedición por la especificidad de la investigación científica y la luminosa recreación artística de los paisajes geográficos y humanos, la apartan de una mera contribución a la afirmación de la soberanía imperial. La red del conocimiento de la biodiversidad que surge de la iniciativa de Malaspina adquiere cierta independencia respecto a los designios de la sujeción colonial. El placer por la amplitud del saber se superpone a la lógica política del imperium y a los mapas reconstructivos de costas y continentes. El entusiasmo por el conocimiento de la Expedición Malaspina respira en otra cartografía: la de la curiosidad humana que anhela  diseminarse cada vez más en la amplitud de la vida natural.

   Pero el despliegue de la red del saber biodiverso de Malaspina será replegada, reabsorbida, por otra clase de tejido...

   Cuando la expedición regresa a España, luego del rey Carlos IV, el hombre de mayor influencia política es Manuel de Godoy. Godoy procede de una familia hidalga de capa caída. Se inicia en la carrera militar y, a los 17 años, ingresa en la Real Compañía de Guardias de Corps. Auxilia al entonces Príncipe de Asturias, Don Carlos, luego de un accidente de caballo. Comienza  entonces su vertiginosa ascensión a las cumbres del poder. Recibe su primer  ascenso: cadete supernumerario de brigada. Luego es nombrado Duque de la Alcudia. Se destaca en las reuniones del Consejo de Estado. Dirige la política exterior española en el contexto de la delicada situación de la revolucionaria asamblea nacional francesa. Godoy decide establecer una alianza con la Francia de la revolución en contra de Inglaterra, candente amenaza para las posesiones coloniales españolas. Así, en 1795, firma la paz de Basilea con los franceses. Entonces, es llamado Príncipe de la Paz. Pero el aura de nobleza y política triunfante de Godoy se extinguirá cuando en el futuro caiga en desgracia. El nuevo rey Fernando VII lo someterá al destierro y la humillación por su menoscabo de la soberanía española en beneficio de Napoleón y su hermano José.

    Pero, antes de su desmoronamiento, Godoy aun puede oficiar como dueño de la red del poder, del tejido de la araña en su faz depredadora... Los hindúes asocian la naturaleza visible con la red de hilos de un arácnido. La materia es la telaraña de cosas y seres extendidos en el espacio. En los hilos de las formas materiales festonea la amplitud, la palpitación de la vida universal. Pero el mundo material puede ser también maya, ilusión. La red de araña que despliega la materia visible es también centelleante ornamento cuyo principal peligro es inducir el olvido de la fuerza invisible que crea a la araña y su tejido. La araña sólo abocada a desplegar y controlar sus hilos no medita en ninguna fuerza previa a su propio tejido. Es la red del poder, la densa telaraña, que nunca se interroga por el origen del mundo físico y humano que busca controlar. El arácnido obsesionado por controlar  lo que existe dentro de su propia red, no medita tampoco en su propia fragilidad y finitud.

   Tras su regreso, la popularidad de Malaspina es amplia y en continua propagación. En la corte, algunos suponen que el culto y exitoso marino quizá sea más idóneo para conducir el timón de la política española. La red del conocimiento de la biodiversidad ya brilla como tejido capaz de sustituir la textura de poder político que Godoy aún domina. Pero Godoy sabe que la fuerza en un contexto monárquico, la tela de la araña del poder, deriva de la habilidad para manipular el favor real. Godoy convence entonces a Carlos IV de que el marino de Parma alienta ideas demasiado progresistas y liberales, que promueve una velada conspiración contra la integridad de la Corona. Malaspina es así encarcelado el 23 de noviembre de 1795 en el cuartel de la Guardia de Corps, y  luego es trasladado al Castillo de San Anton, en la Coruña. Es destituido de todos sus grados, empleos y propiedades. Se prohibe la publicación de las memorias de su viaje. Su nombre y su obra deben ser proscriptos, olvidados. Recién en 1885, casi un siglo después, el contralmirante de la Armada española, Pedro Novo y Colson, publica Viaje de las corbetas Descubierta y Atrevida alrededor del mundo. Se comienza así la divulgación de la expedición Malaspina.     

   Luego de 7 años de cautiverio, Malaspina es liberado por mediación del vicepresidente de la República italiana. El gran hombre de mar y explorador regresa entonces a su tierra natal donde muere en 1810.

   Sin saberlo, Malaspina y Godoy corporizan el doble movimiento de la araña simbólica y universal. El arácnido, en su fase creadora y saludable, despliega los hilos donde el espacio ya no es vacío sino la diversidad de la vida. Es tejido, filigrana de la biodiversidad. Pero el arácnido también emana sus hilos para devorar víctimas y reticular un espacio de constante sujeción y vigilancia. El arácnido poderoso fagocita intrusos y traza redes para sofocar y agrupar lo diverso en un solo punto de control. La araña de la depredación y la dominación de los hilos sólo admite el placer del conocer como signo de ostentación o consolidación de la propia fuerza. Así, Godoy se desplaza también en la historia como aparente propiciador de la cultura: crea el Real Colegio de Medicina, el Cuerpo de Ingenieros y Cosmógrafos, las escuelas de Veterinaria, Sordomudos, Relojería, etc. Pero para la telaraña de la depredación y la retención todo es en tanto que posición ventajosa para la captura y manipulación de las voluntades. Para la araña depredadora el verterse del conocimiento en las cosas, como acto de alegría y celebración de lo que existe, es vida inútil.   

  En el conflicto entre Godoy y Malaspina se enredan dos redes opuestas, el movimiento de disímiles telarañas. Choque de redes, tejidos. Puja donde suele prevalecer el entramado de la araña que estrangula y desprecia los hilos que celebran la diversidad del mundo. 

 

BIBLIOGRAFIA

 Novo y Colson, Pedro, Viaje al Río de la Plata en el siglo XVIII, con prólogo y notas de H.R. Ratto, Buenos Aires, La Facultad, 1938.

 Del Carril, Bonifacio, "La expedición Malaspina en los mares americanos del sur", Boletín Centro Naval, número 635, Buenos Aires, 1957.

Idem, Los inicios en la Argentina, Buenos Aires, Emecé, 1982. 

 Torre Revello, José, Los artistas pintores de la Expedición Malaspina, tomo II, Facultad de Filosofía y Letras Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires, 1944.

 

 

 

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