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   MARCAS SIMBÓLICAS DEL TOTALITARISMO

      Por Verónica Baston


 

El hombre sometido a la lógica de las guerras destructoras que tanto promovieron los totalitarismos. Imagen de Giger.

  

   En un extenso y fecundo trabajo, Verónica Baston estudia la historia del aciago totalitarismo nacionalsocialista desde la teoría psicoanalítica, y el mundo de simbolismo mítico y esotérico. Por su extensión, lo hemos dividido en dos entradas. 

Aclaración: en algunos tramos de su escrito, la autora alude a la ejemplificación de ciertas imágenes que no hemos podido incluir aquí.

                  E.I 

 

Introducción

El objetivo de este trabajo es presentar una visión del totalitarismo, haciendo hincapié en el caso nacionalsocialista alemán, a partir del análisis del fenómeno, relacionándolo a algunos conceptos fundamentales formulados por la teoría psicoanalítica. Asimismo, habrá un apéndice a título informativo sobre el mito nazi pero en un plano simbólico, mitológico y esotérico. 

El análisis será efectuado en diferentes secciones, partiendo de una explicación del concepto de totalitarismo como tipología específica de un determinado sistema político; luego serán introducidos los conceptos freudianos con la debida articulación de los mismos con los del nazismo, estableciendo como pilares la dimensión ideológica y ciertos mitos como la guerra.
La última parte estará destinada a las conclusiones.

     En las leyendas nórdicas y centroeuropeas que han surgido de las religiones paganas, cuentan el mundo había sido creado por el Dios Wotan (1) quien residía en Asgard, el hogar de los dioses. La leyenda dice que Wotan se sacrificó durante nueve días y nueve noches colgándose del árbol Ygdrasil, situación durante la cual alcanzó la iluminación e inventó las runas. Wotan es simultáneamente un dios amable y bueno pero también cruel, ya que representa la naturaleza humana.

Este dios todopoderoso ha creado el Valhala, que es un paraíso destinado para los soldados caídos en la batalla. Estos héroes eran transportados hacia el Valhala por Valquirias, seres mitológicos femeninos, algunas de ellas hijas de Wotan, que los asistían y les otorgarían la redención para que puedan regresar con Victoria.

Los héroes montados en caballos vuelan hacia una especie de lugar iluminado que está más allá de las nubes (supuestamente el Valhalla), mientras que en tierra hay dos mujeres que toman en sus brazos a hombres que yacen luego de una batalla.

A este mito de los héroes, las hadas salvadoras y el paraíso de redención como el Valhalla, recurrieron los nazis, claro está, acuñando su propia versión de la leyenda, para fundamentar su ideología en pilares de la tradición europea, tomando un paralelismo entre el dios todopoderoso, que redimía a sus soldados y los honraba con gloria, y el führer prinzip.

El que esta visión psicoanalítica se desarrolla en tres dimensiones se debe a que durante la investigación del trabajo me ha motivado cierta música y ciertas imágenes artísticas, hasta llegar a la conclusión de que todo ello podía representar de alguna manera, las ideas aquí expuestas. Aún sabiendo que la forma de evaluación de este seminario es una monografía o trabajo escrito, me tomé la atribución de entregar estas imágenes y el disco compacto que adjunto. 

Claro está, que la dimensión del trabajo la parte escrita, pero las ejemplificadoras y siniestras creaciones, del diseñador industrial y artista plástico suizo Giger, tienen un valor representativo para relacionar con cada uno de los conceptos aquí planteados.

A su vez, aparecen otras imágenes extraídas de otros libros pertenecientes a la temática de la mitología nórdica, tan recurrentemente utilizada por el romanticismo tradicionalista característico del totalitarismo.

   Beethoven y Wagner (2) son representantes álgidos del romanticismo alemán en su expresión artística, y sus obras monumentales, dentro de las que aparece la idea de los sublime, lo heroico y místico, brindan un aporte especial que puede relacionarse con los temas en cuestión.

Holst, interpretado por Elgar, con su obra Marte, el portador de la Guerra, ilustra claramente el mito de la guerra.

Uno de los grupos elegidos son los Kraftwerk, padres de la música tecnológica y computadorizada ("Música Tecno"), en cuyos temas aquí presentados encuentro particularmente interesante la idea de la Radio y del Hombre Máquina y Robotizado. 

Blind Guardian, grupo Heavy alemán, en su estilo representa el romanticismo alemán porque toma mitos y leyendas tradicionales, cuentos de brujos y guerreros.

El Totalitarismo


El totalitarismo no es una invención del siglo XX, aunque probablemente haya sido en nuestra época cuando tuvo lugar, más que en cualquier tiempo pasado, su perfeccionamiento y desarrollo. Fue en la antigua Grecia donde aparecieron virtualmente la mayoría de los conceptos y teorías políticas, pero no sólo eso sino que también se las llevó a la práctica. Así como Atenas ofrece el clásico modelo de la democracia en la historia occidental, así también Esparta es la primera en tratar el clásico modelo del totalitarismo. La vida de los espartanos estaba sujeta, de la cuna a la tumba, a una férrea disciplina que regulaba todos sus pensamientos y acciones. No había ninguna consideración humanitaria por los débiles de cuerpo o espíritu; el incapaz de llegar a ser un servidor o soldado del Estado, no tenía derecho a vivir. La felicidad del individuo no significaba nada; el poder del Estado lo era todo. El valor militar y la capacidad combativa eran consideradas las más altas dotes del hombre y los valores clave de la vida eran los típicamente totalitarios de la autonegación indisputable, la disciplina, la obediencia y el autosacrificio. Se pueden hallar ejemplos totalitarios similares en la historia del antiguo Egipto, de la antigüedad romana y del imperio incaico anterior a la conquista española.

A comienzos de la década iniciada en 1930, el totalitarismo cobra importancia como problema para el análisis científico y la comprensión del público, específicamente ante el triunfo del partido nazi en Alemania en 1933. Muchos especialistas en ciencias políticas y publicistas alemanes proclamaron abiertamente que el Estado totalitario (der totale Staat) era la forma más elevada de la evolución política y la única adecuada para el pueblo alemán. Los arrestos arbitrarios efectuados por la policía secreta, el recurso frecuente de la tortura y el asesinato y la instalación de campos de concentración, poco después del nombramiento de Hitler como canciller del Reich, demostraron al mundo que los nazis estaban dispuestos a todo y no iban a perder tiempo en llevar a la práctica la teoría totalitaria. Algunos años más tarde, a mediados de la misma década, las depuraciones en masa en la Unión Soviética junto a las primeras informaciones sobre los campos de trabajo esclavo, llevaron pronto al ánimo de todos que tanto el nazismo como el comunismo eran fundamentalmente totalitarios. Finalmente, el pacto germano-soviético de agosto de 1939 y junio de 1941, dieron pábulo a la expresión popular de que el comunismo no era sino una suerte de "fascismo rojo".

El totalitarismo como forma de gobierno y como sistema de vida se caracteriza por un propósito fundamental: el control total del hombre por el Estado. El objetivo es máximo poder del Estado, conquistable únicamente mediante la represión máxima de la libertad individual. El Estado es el amo, el individuo el servidor. Como resultado de ello, el sistema totalitario no reconoce derechos "inalienables" al individuo.

En espíritu y en sus intenciones, el totalitarismo moderno está emparentado con gran número de tiranías del pasado. El único aspecto novedoso del totalitarismo moderno es su maridaje con la ciencia y la tecnología del siglo XX. La radio, la televisión y la prensa permitieron al moderno jerarca totalitario llegar directamente al interior de cada hogar mucho mejor que los dictadores y tiranos de otrora.

Hay un elemento adicional en los totalitarismos del siglo XX que los distingue de formas anteriores: un antecedente de experiencia y participación política popular. Fue sólo a partir del siglo XVIII que las masas adquirieron en muchos países la característica de factor importante y hasta decisivo en el proceso político. Allí donde no ha habido absolutamente ninguna experiencia política democrática o popular, el gobierno no democrático asumirá por lo general la forma del autoritarismo tradicional o despotismo personal basado en un ejército y una policía leales. Allí donde ha habido poca - aunque no suficiente - experiencia en materia de participación popular en la política el totalitarismo encuentra su campo más fértil.

Según Hanna Arendt (3), el totalitarismo es una forma de dominación radicalmente nueva, porque no se limita a destruir las capacidades políticas del hombre aislándolo en relación con la vida política, como lo hacían las viejas tiranías y los viejos despotismos, sino porque tiende a destruir también los grupos y las instituciones que forman la urdimbre de las relaciones privadas del hombre, sacándolo de esta manera del mundo y privándolo hasta de su propio yo. En este sentido, el fin del totalitarismo es la transformación de la naturaleza humana, la conversión de los hombres en "haces de reacción intercambiables" y tal fin se persigue por medio de una combinación específicamente totalitaria, de ideología y terror. La ideología totalitaria pretende explicar con certeza absoluta y total el curso de la historia; se vuelve por lo tanto independiente de todas experiencias o afirmaciones empíricas, y construye un mundo ficticio y lógicamente coherente, del que se derivan directivas de acción cuya legitimidad está organizada por la conformidad con la ley de la evolución histórica.
Esta lógica coactiva de la ideología pierde todo contacto con el mundo real, con la tendencia a oscurecer el mismo contenido ideológico y a generar un movimiento arbitrario y permanente. El otro ingrediente especial, el terror totalitario, sirva para traducir en realidades el mundo ficticio de la ideología, para confirmarla tanto en su contenido como en su lógica deformada. Afecta a los enemigos reales (esto sucede cuando el régimen se instaura) y también a los enemigos "objetivos", cuya identidad está definida por la orientación político-ideológica del gobierno más que por el deseo de trastocarlo, y en su fase más extrema, golpea también a víctimas elegidas completamente al azar. Instrumento permanente de gobierno, el terror total, establece un control en las masas de individuos aislados manteniéndolas en un mundo que se ha convertido para ellas en un desierto: el terror constituye la esencia misma del totalitarismo, en tanto que la ideología es su lógica de acción y principio que lo hace mover.

Continuando con esta postura, en el plano organizativo la acción de la ideología y del terror se manifiesta a través del partido único, cuyas formaciones elitistas cultivan una creencia fanática en la ideología y la propagan incesantemente y cuyas organizaciones funcionales llevan a cabo la sincronización ideológica de todos los tipos de grupos y de instituciones sociales y la politización de las áreas más alejadas de la política (deporte y diversiones), y a través de la policía secreta , cuya técnica de operación transforma toda la sociedad en un sistema de espionaje omnipresente, en que cada persona puede ser un agente de la policía y todos se sienten constantemente vigilados. Asimismo, toda esta organización se caracteriza por una falta de estructura, ya que de acuerdo con el movimiento e imprevisibilidad que caracterizan al totalitarismo, es la voluntad del jefe quien marca su ritmo. El jefe es el depositario de la ideología, saber que únicamente él puede interpretar o corregir. Entonces, según este enfoque, la personalización del poder es el aspecto capital de los regímenes totalitarios. 

El totalitarismo se complace en apropiarse de símbolos, métodos, instituciones y hasta de la política de un gobierno democrático, con la doble finalidad de enmascarar y promover sus designios. Expresiones tales como "libertad", "democracia auténtica", "derechos de los trabajadores", "la voluntad del pueblo" y otras similares, abundan en el lenguaje tanto del fascismocomo del comunismo. Análogamente, los Estados totalitarios denominan hipócritamente "partidos" a sus organismo políticos monopolizadores -contradicción, ya que es un partido único que como tal sólo constituye una parte del cuerpo político, el que asume la existencia de los restantes partidos.

Tanto el comunismo como el fascismo rechazan el tradicional concepto occidental de la forma de gobierno que implica elecciones libres, prensa libre, libertad de asociación política, libertad de religión, de pensamiento y de palabra, derecho de viajar y emigrar al extranjero y libertad -en el más amplio sentido de la palabra- bajo el imperio del derecho. El totalitarismo rechaza esta concepción como meramente formal y desprovista de contenido y significación. Para el totalitarismo la forma de gobierno autónoma no significa el gobierno de y por el pueblo, sino el gobierno para el pueblo, o sea que los intereses del pueblo son interpretados por el líder y el partido gobernante. En el totalitarismo la forma nazi se identificaba al pueblo con la "raza", de modo que el gobierno que actuaba en el mejor interés de la "raza" alemana era el que verdaderamente actuaba en el interés del pueblo. El comunismo soviético identificaba al pueblo con el proletariado, es decir, que para él la democracia significaba un gobierno que promovía los intereses de lo clase trabajadora mediante la propiedad pública de los medios de producción.

Para el comunista no puede haber democracia en tanto en una nación exista un sistema económico capitalista. Para el fascista no puede haber democracia hasta que valores tales como la grandeza racial y la expansión imperialista sean los determinantes de la política oficial. Alemania nazi pretendía asimismo que su gobierno era auténticamente popular (Volksgemeinschaft o "comunidad del pueblo"), al revés de las democracias occidentales que a su juicio no lo tenían por haber descuidado el dogma de la pureza de sangre y de raza. 

En una sociedad totalitaria el individuo sólo puede hacer lo que el Estado le permite o quiere que haga. Además, se le puede penar por acciones no definidas como ilegales en ninguna ley o decreto, por consideradas punibles por un funcionario policía basado en generalidades tan vagas como "el interés basado del Estado" o "el interés de los trabajadores".

En una sociedad libre, la ley favorece al ciudadano con respecto al gobierno. En la sociedad totalitaria favorece invariablemente es el Estado el que se favorece y los sujetos son arrebatados de su categoría de ciudadanos.

Los caracteres específicos y únicos del totalitarismo son la unión de la penetración total del cuerpo social con una movilización permanente e igualmente total, que envuelve a toda la sociedad en un movimiento incesante de transformación del orden social y la intensificación al grado máximo y sin precedente en la historia de esta penetración-movilización de la sociedad. Estos caracteres se encuentran tanto en la versión antigua (Esparta y Roma) del totalitarismo como en la versión moderna con la formación de la sociedad industrial, en la persistencia de un panorama mundial dividido y en el desarrollo de la tecnología. Ya que la industrialización tienda a producir la desvalorización de los grupos primarios y de los intermedios y la atomización de los individuos (y por qué no la "robotización" de los mismos), y por este medio se hace posible un incremento decidido de la penetración política. Por otra parte, se produce la urbanización, la alfabetización, la secularización cultural y el ingreso de las masas a la política y por este medio impone un incremento decisivo en la movilización política. Por tal motivo, debe crearse de manera coercitiva un apoyo masivo que se extiende virtualmente a toda la sociedad. Así, en el último tramo de su auge, el totalitarismo tiende a comprometer en la guerra y en la preparación bélica a fracciones cada vez más grandes de los recursos y actividades de la nación, hasta el punto de transformar al país en una enorme máquina de guerra. Según el diccionario de Bobbio, la anarquía internacional favorece un acrecentamiento explosivo de la penetración - movilización en los países más expuestos a peligros externos.

Haciendo hincapié en el tipo de totalitarismo fascista como es el Nazi (en oposición a otros tipos de totalitarismos como el comunista staliniano), la ideología sobre la que se fundamenta es organicista, irracionalista y antiuniversalista; su punto de partida es la raza, concebida como una entidad absolutamente superior a los hombres individuales, y asume la forma de un credo racista que trata con desprecio, como una fábula, la idea ética de la unidad del género humano, presuponiendo la corrupción del hombre y con el propósito de instaurar el dominio absoluto de una supuesta raza superior sobre las demás; la dictadura, el führer prinzip y la violencia son principios permanentes de gobierno indispensables para mantener sujetas o para exterminar a las razas inferiores.

Ideología heredera de las tendencias más extremistas del pensamiento contrarrevolucionario gestado en Europa en el Siglo XIX, que se ha nutrido de sus componentes irracionalistas y radicalmente antidemocráticos; y en ciertos aspectos como los mitos teutónicos, el juramento personal al jefe, el énfasis puesto en el honor, la sangre, la tierra, y la vuelta de su mirada hacia atrás hasta un orden pre-burgués.

Es característica del totalitarismo que se establezca en sociedades en que el proceso de industrialización y modernización ya está adelantado y a buena altura, teniendo como objetivo la movilización y subordinación de una sociedad ya industrializada y modernizada para sus propios fines. Los apoyos al régimen serán proporcionados por la pequeña burguesía resentida y la gran industria. El fascismo deja en gran parte con vida la antigua clase dirigente, tanto económica como burocrática y militar, tratando primero de hacerla su aliado y luego convertirla en un instrumento de su propia política.

La ideología nazi, si bien no requiere una transformación total de la estructura económica-social, impone una transformación radical del orden político-social: se proponía revolucionar el mapa racial de Alemania y de Europa mediante el exterminio de las razas consideradas por ellos inferiores y estableciendo el dominio de la raza superior (aria) sobre las inferiores. 

El totalitarismo se propone llevar a cabo la destrucción de todas las líneas estables entre el aparato político y la sociedad.

Para el sistema nazi la violencia (pulsión de destrucción y agresividad que se manifiesta) es un principio de gobierno permanente para conseguir y conservar el dominio de la raza superior sobre las inferiores. 

El Malestar en la Cultura


Al observar esta imagen, he interpretado que la figura central: el rostro femenino con el ojo y el alfiler de gancho atravesándolo podía ser la representación de la cultura cargada tanto de sensualidad y poder de seducción como de represión y malestar. Este se manifestaría en forma del humo volátil que invade el dibujo, como la insatisfacción que trae consigo la represión, dado el sentimiento de culpa provisto por el padre del psicoanálisis toda cultura exige para su supervivencia el sacrificio de las exigencias pulsionales, e impone un monto de insatisfacción a los sujetos que la habitan. Condición de estructura, por lo tanto insensible a las diferentes promesas de felicidad que las variadas propuestas históricas podrían ofrecer. La pulsión de destrucción, la agresividad, la culpa y la eficacia del Superyó serían inherentes a la condición humana misma, y se jugarían en el campo de lo social a partir de la articulación antagónica entre pulsión de vida y pulsión de muerte.

Si el malestar en la cultura es intrínseco a toda forma cultural, no hay época que no produzca sus propias formas de sufrimiento. De esta manera, la brecha inevitable entre aspiraciones pulsionales y sus posibilidades de realización genera en su misma discordancia un movimiento de búsqueda y avance. Motor de una dimensión creativa que acontece a partir de lo faltante, el malestar y el deseo son compañeros de ruta dado que se constituyen en causa de un recorrido incesante.

Cada época genera formas específicas de malestar. En la modernidad, los ideales totalizadores engendraron sus secuelas de totalitarismos, fenómenos de masas y violencias múltiples. El lazo social devino masificación alienante y tanática.

A su vez, el sujeto es el producto mismo del mundo sociocultural a la vez transmisor y generador de cultura. La cultura se inscribe en el sujeto a través de los grupos e instituciones. 

La ideología germánica nacida a principios del s. XIX era ante todo la expresión de un profundo deseo de reencontrar sus raíces (deseo de reconocimiento), su identidad. Se trataba de una suerte de fundamentalismo opuesto a las ideas y a los modos de vida provenientes del exterior. En su esencia, ese movimiento constituía una verdadera "revolución cultural" contra el mundo occidental de obediencia judeo-cristiana, que había engendrado las Luces, La Revolución Francesa, la revolución industrial. De allí la exaltación del mundo agrario, pero también el rechazo al judío, que encarnaba a la vez el poder voraz del capitalismo financiero y la incapacidad de cultivar su propia tierra. 

Efectuando el estudio del caso alemán, el análisis precedente puede servir de molde al mismo, dado que podemos decir que el malestar ya estaba presente en Alemania, mucho tiempo antes del surgimiento del nazismo debido que antes de convertirse en una Estado - Nación (Staatnation), Alemania debía reconocerse en una cultura común, que no habiendo realizado su unidad nacional hasta 1871, el vehículo del sentimiento nacional fue el idioma, ya que la aristocracia y las personas cultas se expresaban en francés y era esa la "dominación cultural" que había que vencer, debía convertirse en una Kulturnation. Tal habría sido la misión de los poetas que despertaron la conciencia nacional, dispersa en una multitud de pequeños centros. A Höldering le preocupaba ese "desgarramiento", y Schiler se preguntaba dónde estaba Alemania: "No puedo encontrar a este país. Allí donde comienza la Alemania intelectual, termina la Alemania Política". Goethe comprobaba que no existía ninguna ciudad, ninguna comarca de la que pudiera decirse: esto es Alemania. Fue necesario el impacto de las conquistas napoléonicas para dar un giro más político al nacionalismo. Para hombres como Jahn, Arndt, y Fichte, el concepto de pueblo debía adquirir una dimensión más heroica. La profundidad del alma y la esencia (del Geist) alemanas debía oponerse a la civilización racionalista y superficial de los franceses. A principios del siglo XIX aparecen las primeras expresiones de esa ideología völkisch (indicaría algo así como "nacionalismo racista", aunque es insuficiente ese significado) que formaría el núcleo central de la doctrina nazi. Debido a la falta de políticos, publicistas y organizaciones poderosas, esa ideología no resurge con fuerza hasta fines de siglo.


El Reich de Guillermo II constituyó un verdadero caldo de cultivo para la eclosión de ideas nacionalistas, racistas e imperialistas, de un modo cada vez más virulento. Estas ideas fueron difundidas por políticos, economistas, universitarios, sostenidas por asociaciones nacionales, con la intención de solucionar problemas planteados por una sociedad muy diversificada, como también la difusión de dichas ideas a través de novelas y folletos, asimiladas, convirtiéndose en propiedad común de muchos alemanes, a tal punto que se vulgarizaron y dejaron de chocar. Desde antes de 1914, existía en Alemania una propensión a un amplio consenso prefascista, pero hasta ese momento sólo en forma verbal. El malestar tendría su viraje tanático y se plasmaría en el surgimiento del sistema totalitario nazi.

El desarrollo de esas ideas etnocéntricas (narcisismo) fue favorecido por el carácter inestable y megalómano de Guillermo II, por debilidad de los gobiernos y por la inexperiencia de los políticos. Ese ambiente de puja nacionalista se hizo peligroso cuando pudo ser explotado por los militares que tenían acceso directo al trono. Su influencia marcada se sintió sobre todo durante la crisis de julio de 1914 y 1917 y también, de forma general, en las mentalidades populares: no sólo era inmenso su prestigio, sino que muchos alemanes consideraban la guerra "como el criterio supremo del carácter de los hombres y de la fuerza vital de una nación". Finalmente fue el impacto de la Gran Guerra, de las revoluciones y de personalidades como Mussolini y Hitler, lo que transformó esa amalgama de ideologías y de fuerzas políticas en nuevos fenómenos : fascismo y nazismo. 

Asimismo, Marlis Steiner (5), analizando el contexto austríaco argumenta que en Austria - Hungría se dieron las condiciones de existencia de la aparición de los movimientos "prefascistas" y nacionalsocialistas. Al observar el clima de fines del Siglo XIX , se puede ver que Hitler es un producto de la cultura ambiente. El mismo describe la Austria-Hungría de entonces, como un Estado fantoche gobernado por Hasburgos incapaces de proteger a la población alemana contra el "veneno" de la mezcla con las otras nacionalidades. El asesinato de Francisco Fernando en Sarajevo en 1914, es presentado en Mein Kampf como un acto providencial contra un hombre partidario de la "eslavización" de Austria.

Austria-Hungría contaba con 10 nacionalidades principales: 9,1 millones de austríacos de habla alemana; 6,7 millones de checos; 5,1 millones de húngaros; 3 millones de rutenos; 2,9 millones de rumanos; 2,3 millones de polacos; 1,5 millones de servios; 1, 4 millones de croatas; 1,2 millones de eslovenos y 0,6 millones de italianos (6). En la parte austríaca, Cisleitania, las minorías eran tratadas correctamente; el alemán seguía siendo el idioma de las administración central y del comando de los ejércitos, pero las administraciones locales y regionales utilizaban el checo en Bohemia, el polaco en Galitzia, el italiano en Trieste. Para la educación primaria y secundaria, las minorías podían desarrollar su enseñanza en sus idiomas. Esta política cultural liberal fue sentida por los austríacos alemanes como un peligro para su germanidad. En Hungría, Transleitania, se ejecutó una magiarización forzada. Junto a esas nacionalidades reconocidas como tales, existía una minoría que una historia oficial de la monarquía publicada en 1883, no reconocía: "Los judíos no forman una nación, pues ninguno de los vínculos habitualmente considerados característicos de una comunidad nacional une unos a otros." Representaban entonces alrededor del 10 % de la población vienesa, pero sólo el 1.5 % de la del imperio. En 1910, son unas cien mil personas que se agrupan visiblemente en la capital; cerca de la mitad viven en Leopoldstadt, entre el centro y el Prater, donde representaban el 34% de la población. Además, la burguesía judía desempeña un papel decisivo en las finanzas y en el periodismo. El control de los grandes bancos y de la prensa "se conjuga con la lógica de las carreras periodísticas". Bajo la dirección de Backer y de Benedict, el diario la Neue Freie Presse se convierte en el portavoz del liberalismo. Un equipo semejante se encuentra en el otro órgano del liberalismo, el Fremdenblatt, dirigido por el barón Gustav Heine, judío ennoblecido y hermano del escritor Heinrich Heine.

Esa posición en dominios claves (finanzas e información) para el funcionamiento del Estado, unida a las aspiraciones sociales de la burguesía ennoblecida -el cumplimiento más perfecto del sueño de asimilación- hicieron de la vieja comunidad judía vienesa la fracción más leal de esos liberales convertidos a la fidelidad de los Hasburgos. Desde esa época, entre todos los grupos que componen la monarquía, los judíos pasan por ser los que sostienen más calurosamente al Estado multinacional, el Staatvolk por excelencia. Por lo tanto, ya existían rasgos antisemitas en la ideología germánica, sólo que Hitler y el nazismo fueron capaces de tomar los elementos que hacían resurgir sentimientos profundos para movilizar a las masas y generar apoyos de las fracciones más resentidas del pueblo alemán que lo lleven a la toma del poder.

El sujeto humano nace y se constituye como tal en el seno del vínculo primordial (la familia). Este requiere la asistencia específica materna para estar vivo y configurar su humanidad. Esta extrema y vital dependencia imprime en su aparato psíquico una marca estructural que lo condena a la investidura de algún otro y a un interjuego deseante en el que anhelará la imposible saturación de la falta primordial.

Freud formula el concepto de desamparo, definido por Laplanche y Pontails como el estado del lactante que, dependiendo por completo de otra persona para la satisfacción de sus necesidades, no puede realizar por sí mismo la acción específica adecuada que ponga fin a la tensión interna. Esto implica para el niño la omnipotencia de la madre. Así el factor biológico de la etapa prematura de lugar a las primeras situaciones de peligro y a la necesidad de ser protegido y amado, que ya nunca abandonará al hombre, llevándolo en forma constante e inevitable a la búsqueda del otro.

En el momento constitutivo, madre e hijo conforman una unidad que semeja inseparable; la operación diferenciadora y singularizante de la separación confronta al sujeto con la falta. A partir de allí, el ser humano intentará su recubrimiento, ilusionando recuperar una mítica completud perdida. Al mismo tiempo, la angustia ligada al desamparo inicial constituye el prototipo de toda angustia posterior.

El niño se anticipa como ser pleno a partir del proceso de narcisización, que promueve su unificación libidinal y anticipa su constitución yoica, que es por otra parte una de las salidas del estado de desamparo. De esta manera, el yo se conforma como producto de una relación identificatoria de naturaleza especular, en la que él mismo se reconoce a partir de la alienación en la mirada y el discurso del otro. Este yo, resultado del fenómeno identificatorio, es coextensivo a la constitución del narcisismo, estructura fundante, e interiorización de una relación en la que algo del orden del yo ideal parental encuentra su posibilidad de encarnarse.

El vínculo incluye las subjetividades en juego y en él se despliegan tres dimensiones: una, narcisística, marcada por la fusión y la ilusión de plenitud, ineludible en el encuentro con el otro por la marca del desamparo primordial. Otra, simbólica, campo del deseo y del lenguaje, marcada por la castración y el reconocimiento de la alteridad; y la tercera dimensión, el orden de la satisfacción pulsional fuertemente enraizada en la corporeidad.

Las formas de narcisización del nuevo ser, el proyecto identificatorio con los padres y el baño de lenguaje desde el encuentro en el cual el niño se sumerge desde el encuentro inicial, se modifican con las condiciones sociohistóricas: las variaciones en las costumbres de la crianza del niño (edad del destete, la costumbre de acunar al bebé en brazos, etc.) inciden sobre la constitución subjetiva.

Siguiendo a Freud, el precio de la humanización ligado a la inclusión en la cultura, parece insoslayable. Quizá sea la exigencia superyoica, vinculada al masoquismo y al sentimiento de culpa, la que sostiene precisamente dicho costo estructural.

La ilusión en la cultura nazi, no está encarnada en la religión como observaba Freud en El porvenir de una ilusión y en El malestar en la cultura, sino que las ilusiones que prometen la satisfacción y el aplazamiento del sufrimiento y son las provistas por la ideología nazi: Alemania potencia, raza germana superior, sangre, suelo y patria, con el partido nazi como templo que alberga al jefe, führer salvador otorgará la felicidad al pueblo alemán: el triunfo de Alemania sobre el mundo.

La adicción al líder como fenómeno masivo muestra una elevada correlación con la promesa social de saciar lo imposible a partir de la sumisión a la liturgia nazi. El líder como organizador social, sienta por lo tanto las bases para una cultura adictiva en la cual él es e padre protector que saciará la falta. Cumplimiento alucinatorio y escenificación social de una voracidad satisfecha al ritmo del nazismo en su unidad totalitaria.

En todas las épocas la cultura propone estrategias para paliar un malestar ineludible, anclado en la imposibilidad de la satisfacción plena según el psicoanálisis el sujeto humano no es un mero sujeto de necesidad. La condición deseante, propia de la humanización, implica el intento permanente y fallido a la vez de saciar lo insaturable. Por ello, el deseo como causa y motor de toda búsqueda y creación, se halla tan ligado a la angustia, dado que ésta confronta con lo que falta. La castración, en tanto remite a una falta imposible de saturar, es el horizonte sobre el cual el eje angustia-deseo se despliega.

En lo social se halla también el despliegue del deseo y su imposibilidad de realización plena, observación que Freud realizó en El Malestar en la Cultura: la Alemania de posguerra (primera guerra mundial de 1914), al sentir su fracaso, deseaba despertar de esa pesadilla, borrar el sentimiento de culpa que le habían impuesto y asimismo, salir de la etapa neurótica en la que había entrado esa sociedad en crisis. Su deseo, el deseo del "pueblo alemán" era convertirse en la Gran Alemania Potencia. Alemania, despierta!!! El príncipe que salvaría a esa bella durmiente otorgándole su amor sería Hitler y su caballo y armas el partido y la ideología nazi. En ese contexto, la figura de Hitler y la propuesta del nacionalsocialismo sedujo a las masas que lo llevaron a la toma del poder y a erigir el gran castillo que se edificaría como el sistema totalitario.

De acuerdo con Rojas y Sternbach: " Los seres humanos somos sujetos ideológicos, proclives a la seducción de discursos que nos fascinan en una operatoria que toca los resortes del narcisismo, la idealización y el goce." (7)

En términos de base psicológica implícita, lo que el nazismo buscó en los grupos sociales fue ese, gran denominador común de la frustración, el resentimiento y la inseguridad que encarnan la falta. Estos sentimientos se pueden trocar fácilmente en odio y agresión contra "los chivos emisarios" internos y los "enemigos" externos. Debido a que tales actitudes sociales y psicológicas no son patrimonio exclusivo de una clase social determinada, el fascismo logra obtener resonancia entre grandes masas de población. Cuando Adolfo Hitler se incorporó al partido nazi en 1919, le correspondió el número 7 de afiliado. Y sin embargo, en el término de catorce años el nazismo llegó a ser el movimiento de masas más grande de la historia alemana, incluyendo en sus filas a todos los sectores de la sociedad alemana, desde los vagabundos hasta los integrantes de la familia imperial y las casas reales de los Estados alemanes. Hacia 1932 el voto nazi sumaba catorce millones y en marzo de 1933 diecisiete millones (casi la mitad del total de sufragios); varios millones más votaron por agrupaciones nacionalistas y militares que eran nazis en todo menos en el nombre. Más de la mitad de los votantes podían ser banqueros e industriales acaudalados y que únicamente un partido con atractivo nacionalista más bien que de clase, podía obtener tanto apoyo en masa. En ningún otro país ha sido el fascismo tan popular como en Alemania, pero ningún régimen fascista ha podido existir sin cierta dosis de apoyo del pueblo.

Según el análisis de Ebestein (8), se aduce frecuentemente que la depresión económica es una de las causas, sino la principal, de la aparición del fascismo. Los marxistas sostienen que el fascismo no es sino una suerte de "capitalismo avanzado en decadencia". Esta teoría es más que una simplificación, y, en el mejor de los casos, una verdad a medias. Las crisis económicas producen en los sistemas económico-industriales avanzados una variedad de consecuencias políticas: en sociedades en las que la tradición democrática y la depresión económica suele con frecuencia reafirmar la tendencia democrática existente, como ha sido el caso de los países escandinavos, Estados Unidos, Australia, Nueva Zelandia y otras naciones , durante la década del 30. Por contraste, cuando la tradición dominante es antidemocrática o autoritaria, la crisis económica va en aumento y acrecienta su influencia, como ocurrió en Alemania y Japón en el mismo período. En tales sociedades el temor y la frustración cercados por una crisis económica socavan la fe en los procesos democráticos y cuando la fe en la democracia y en sus métodos racionales se debilita, el fascismo puede entronizarse fácilmente. El comercio minorista imputa sus dificultades a las altas finanzas; las grandes empresas adjudican la culpa a los sindicatos obreros que no atienden a sus razones; los sindicatos a su vez estiman que la única salida es exprimir a los ricos; los campesinos, por su parte, creen que no se les paga bastante por sus productos y que se les imponen precios exorbitantes por los bienes de consumo que están obligados a adquirir, y lo peor de todo, es el descontento reinante de la gran masa de desocupados.

De acuerdo con Ebenstein, lo que las naciones democráticas han sido incapaces de entender bien es que el peor aspecto de la desocupación no es el sufrimiento económico, sino la sensación de inutilidad e indeseabilidad que invade a la gente, de estar al margen de las filas respetables de la sociedad. Es entre estos desarraigos espirituales donde el fascismo hace sus mayores estragos al producirse una depresión: el uniforme fascista le produce a un desocupado el efecto de sentirse "pertenecer a algo" y cuando se le asegura que es integrante de una raza o nación superior se le reintegra cierta dignidad.

Esta sensación de no pertenecer es característica de la vida de la sociedad industrial moderna en general. La industrialización y la urbanización ha debilitado y hasta destruido frecuentemente el sentido de arraigo y situación así como los valores tadicionales, sin reemplazarlos adecuadamente. La desorientación, frustración y confusión resultantes de los rápidos cambios en áreas tan vitales como el trabajo y la familia, crean el clima psicológico y social necesario para el surgimiento del fascismo cuya finalidad es restaurar en una nación moderna el espíritu del antiguo sistema de vida de la era preindustrial.

Las confesiones de un testigo privilegiado del III Reich, Baldur von Schirach (9), son significativas al respecto : "La catástrofe alemana no proviene solamente de aquello que Hitler ha hecho de nosotros, sino de aquello que nosotros hemos hecho de Hitler. Hitler no ha venido del exterior, no era como muchos lo imaginan hoy, una bestia demoníaca que ha tomado el poder a solas. Era el hombre que el pueblo alemán demandaba y el hombre que hemos hecho dueño de nuestro destino glorificándolo sin límites. Porque un Hitler no aparece sino en un pueblo que le desea y tiene la voluntad de tener un Hitler." 

Con todo ello, quiero reflejar que si bien el totalitarismo, y específicamente el nazi, se ha impuesto en la sociedad alemana de esa época (1933-1945) sirviéndose de los medios más terribles para entronizarse en el poder, como el terror, la persecusión y la muerte, entre otros, el proceso que hizo posible su surgimiento y acceso al poder no vino de afuera, el malestar se hizo notorio, la abdicación de las autoridades ante la imposibilidad de resolución de los problemas y los factores de manipulación de las masas con mitos y leyendas que los ha conquistado revistieron la bandera alemana de cruces gamadas bajo un escenario monopólicamente dominado por una omnipotencia autocrática no limitada por los mismos que legitimaron e hicieron posible el poder del dictador. 

El malestar en la cultura alemana estaba presente y cobró su forma tanática erigiéndose bajo las vestiduras del Nacionalsocialismo quien se creyó capaz de satisfacer la falta imponiendo la adhesión a su movimiento, llevando a Alemania a una frustración extrema.


La Lucha de las Pulsiones: Eros y Tánatos


El motivo por el cual escogí esta imagen para representar a Eros, la pulsión de vida, y Tánatos, la pulsión de muerte, se debe a que quise recurrir a la representación gráfica de los mitología nórdica de las Valquirias, en lugar de los mitos griegos.

En la imagen, la Valquiria que está parada portando una espada, es la que vence, su actitud es paralizante, a la vez silenciosa como la pulsión muda (de muerte), y en este caso ha vencido a la valquiria que está tirada en el bosque, quien es contemplada por un hombre que representa al ser humano que es, sin saberlo conscientemente, presa de la lucha de ambas.

Según el Diccionario de Laplanche, Freud define el término pulsión como un proceso dinámico consistente en un empuje (carga energética, factor de movilidad) que hace tender al organismo hacia un fin. Una pulsión tiene su fuente de excitación corporal (estado de tensión); su fin es suprimir el estado de tensión que reina en la fuente pulsional; gracias al objeto, la pulsión puede alcanzar su fin. Es bastante compleja la teoría de las pulsiones y sus diferentes tipificaciones como para tratarla aquí. Mas bien, trataré de focalizar en esta mitología creada por el psicoanálisis de Eros y Tánatos en la medida que aporten al análisis del totalitarismo nazi.

Freud se pregunta ¿cómo situar esta fuerza que ataca al organismo desde el interior y lo empuja a realizar ciertos actos susceptibles de provocar una descarga de excitación? Traspolando la cuestión al problema del surgimiento del nazismo en Alemania, la pregunta sería ¿qué fuerzas se ubicarían de tal manera que hicieran posible tan nefasto destino? 

El padre del psicoanálsis tomó de la mitología griega (10) el nombre Eros para designar a las pulsiones de vida, dada su base sexual, hacia lo erótico, y recupera el mito del amor planteado por Platón en El Banquete; mientras que Tánatos (la Muerte) ha sido introducido en la literatura psicoanalítica por Federn, en contraposición al concepto de Eros (el Amor), ya que Freud la denominó pulsión de muerte. 

La teoría psicoanalítica designa como pulsión destructiva a las dirigidas hacia el exterior, teniendo como fin la destrucción del objeto. Estas operan fundamentalmente en silencio y no pueden reconocerse más que cuando actúan en el exterior. 

En el desarrollo libidinal del individuo, Freud describió el juego combinado de la pulsión de vida y la pulsión de muerte, tanto en su forma sádica como en su forma masoquista. Las pulsiones de muerte se incluyen en un nuevo dualismo, en el cual se contraponen a las pulsiones de vida (comprendiendo pulsión de vida, pulsión sexual, pulsión de autoconservación y pulsiones del yo). En la pulsión de muerte, este autor, ve la pulsión por excelencia.

En Tres Ensayos… "estos seres míticos" que Freud ve enfrentarse como en una lucha que va más allá del individuo humano, puesto que se encuentra velada en todos los seres vivos "las fuerzas pulsionales" que tienden a conducir la vida hacia la muerte muy bien podrían actuar en ellos desde el principio; pero sería muy difícil efectuar la prueba directa de su presencia, ya que sus efectos están enmascarados por las fuerzas que conservan la vida.

La oposición entre las dos pulsiones fundamentales estaría relacionada con los grandes procesos vitales de asimilación y desasimilación en último extremo, desembocaría "en el par antitético que impera en el reino inorgánico: atracción y repulsión."

Se intenta designar pulsión de muerte a lo que hay de más fundamental en la noción de pulsión: el retorno a un estado anterior, y, en último término, el retorno al reposo absoluto de lo inorgánico. Esto se hallaría en el principio de toda pulsión. En una primera instancia, Freud propuso que el principio del placer parecería hallarse al servicio de Tánatos, pero luego se sirvió del principio de nirvana como principio económico de la reducción de todas las tensiones a cero, el cual sí estaría al servicio de este tipo de pulsiones.

Esta tesis puede verse, según el Diccionario de Laplanche, como una reafirmación de lo que Freud consideró como la esencia misma del inconsciente en lo que éste ofrece de indestructible y de arreal. Eros, a partir de aquí, sería definida ya no como una fuerza disruptora y perturbadora, sino como principio de cohesión: "El fin de Eros consiste en crear unidades cada vez mayores y mantenerlas: es la ligazón; el fin de la pulsión destructiva es, por el contrario, disolver los conjuntos y, de este modo, destruir las cosas.

Así, las pulsiones de muerte tienden a la destrucción de unidades vitales, a la nivelación radical de las tensiones y al retorno al estado inorgánico, que se considera como el estado de reposo absoluto. En contraste, las pulsiones de vida tienden no sólo a construir a partir de éstas, unidades más amplias. Se oponen unas a otras como dos grandes principios que actuarían ya en el mundo físico atracción - repulsión y que se hallarían sobre todo en la base de los fenómenos vitales. El principio subyascente a las pulsiones de vida es el principio de ligazón. 

Con este dualismo pulsional, Tánatos pasa a ser la fuerza "primaria", "demoníaca" propiamente pulsional, mientras que Eros (la sexualidad), pasa del lado de la ligazón.

Si representamos como organismo a la sociedad alemana de la época del surgimiento del nazismo, podríamos aplicar en cierto grado el mito de la lucha pulsional focalizándolo dentro de ella acompañando al estallido del malestar.

En un primer momento, ante el fracaso de la Primera Guerra Mundial, sólo se deseaba una cosa: volver al estado inicial, nirvánico, al origen, al punto cero, y allí entra Tánatos; un pueblo totalmente desvastado, inseguro, huérfano, sin padre, un Estado que caía y una nación totalmente dividida (la unidad nacional no se había realizado totalmente). Alemania debía despertar, resurgir, revivir. Sólo había dos alternativas: la comunista o la nacionalsocialista. Sólo la segunda evocaba los ideales de la unión del Volk y la Nación, ya que el comunismo tenía la pretensión de universalizarse, fase que suponía tener lograda una madurez en relación a la superación del estado nacional, pero prendio, como pulsión de vida y resurgimiento, el discurso nazi que prometía glorificar a su tierra, su sangre y su raza, crear la sociedad de un hombre nuevo, vital, un superhombre, y dando dignidad a sus héroes. Quien proporcionaría toda esa gloria sería su Führer que penetraría a las masas alemanas otorgándoles un orgasmo victorioso y devolvería salud y bienestar a su "amado Volk".

Tánatos disfrazado de Eros sedujo al pueblo alemán y convenció a los sectores de poder para entablar la alianza que coronaría al nazismo. Si bien al comienzo Alemania Esta portada muestra una imagen fantasiosa, similar a un sueño, donde aparecen criaturas deformes, mitad humanas mitad fantásticas, siniestras. El triángulo que contiene el ojo, el símbolo de Dios, que se relaciona con el planteo freudiano que supone que el hombre inventa a Dios para no perder ese Padre de la infancia y además necesita creer en una existencia que todo lo pueda y que detenta un saber supremo, el cual pueda protegerlo y satisfacer su falta.

Luego están presentes las banderas fascistas, la negra evoca el fascismo italiano y la roja con la svástica al nazismo (estas banderas no pertenecen a la obra original, han sido superpuestas para darle un mejor sentido a la imagen). 

Figura tal que evoca aquel submundo casi impenetrable pero que sí nos penetra y traspasa a todos que es el plano de lo ideológico, a veces fascinante y otras tétrico y fantasmal que nos seduce y aliena, transformándonos de sujetos a objetos.

Rojas y Sternbach consideran a las ideologías como discursividades totalizantes propias de la era moderna, por ende, podemos partir de que lo ideológico es un discurso en el que lo social ha dejado sus huellas.

Desde una perspectiva que lo sitúa como inherente a cualquier discursividad social, la consideración de lo ideológico ofrece un punto de articulación entre lo subjetivo, lo vincular y lo social.

Siendo propio de todo discurso cultural, lo ideológico cohesiona a los sujetos y es uno de los soportes del lazo social. No es entonces pasible de desaparecer en virtud de modificaciones socioculturales. Situado, así, en una dimensión al lazo social mismo, cumple una función de sostén imprescindible en el plano de lo subjetivo y a nivel social.

Si bien lo ideológico es inherente a cualquier enunciado social, en ciertas discursividades cobra una pregnancia tal que podemos hacer referencia a ellas como discurso ideológico propiamente dicho.

Lo ideológico, como una cierta modalidad de discurso, en la que éste se presenta como absoluto, oculta las condiciones de producción en que se halla sustentado, y promueve un efecto de creencia.

Según Eliseo Verón, no se trata de determinados contenidos que pudiéramos calificar de ideológicos, sino de ciertas modalidades en la enunciación.
La dimensión ideológica impregna, entonces, al discurso de ese caráter de racionalidad y nitidez en los enunciados que le otorga la apariencia de simple testimonio de una verdad supuestamente impresa en la realidad empírica.

Dimensión de lo ahistórico y de los autoevidente, naturaliza sus enunciados y oculta su genealogía. Por lo que el discurso ideológico es básicamente afirmativo, no dando lugar a la negatividad o a la interrogación, dimensiones de la falta a nivel discursivo. En este sentido, el nazismo y su führer van a tratar de alentar, de movilizar, no de inspirar frustraciones: ALEMANIA, DESPIERTA!!!

Al pretender objetividad y univocidad, el discurso ideológico es un discurso sin sujeto. Al ocultar las condiciones de su propio engendramiento, es un discurso sin memoria, y en el cual el futuro parece despojado de imprevisibilidad.

Si el lenguaje, por definición, es ausencia y en tanto tal, deslizamiento permanente, la dimensión ideológica pretende conjurar la amenaza de la incertidumbre de la palabra a través de la cristalización de sentidos, en una imposible pretensión de coincidencia de la palabra consigo misma y con aquello que se denomina realidad.

No se trata de contenidos más falsos o verdaderos; sino de un posicionamiento en la enunciación referido, sobre todo, al plano de la falta en relación al saber. El discurso ideológico enuncia un saber al que pretendidamente nada le falta: afirmativo, atemporal, generalizador, autogenerado, es, en última instancia, un saber en que la castración es desestimada (Alemania : pueblo perdedor en la guerra), la diferencia suprimida (el pueblo germano: no hay diferencias de clases), la alteridad ignorada (sólo Alemania es la gran potencia). Este saber de la unicidad y de la mismidad enlaza a los sujetos en una trama no ajena a la economía del narcisismo y del goce.

¿Por qué fascina lo ideológico?¿Cuáles son las raíces subjetivas que dan cuenta de su efecividad? Freud, hacia 1927, sentaba tal vez las bases para una teorización al respecto, al localizar la eficacia de las representaciones religiosas en la añoranza de un padre no castrado. Así, en la Alemania nazi, Hitler viene a protagonizar ese Padre no castrado, salvador de la nación, en oposición a los representantes de la República de Weimar, que sí estarían castrados y serían los responsables del fracaso de Alemania, (comunistas y socialistas, y además de los judíos, los enemigos de la raza germana fuerte y viril).

La perspectiva del psicoanálisis observa que los sujetos humanos estamos inexorablemente sujetados a una falta estructural, condición de represión, desmentido o forclusión. El amplio espectro de la psicopatología individual, al igual que el psicoanálisis de lo vincular, lo institucional o lo social, abren visibilidad sobre los múltiples modos en que los sujetos intentamos recubrir esta falta tan fundante como intolerable.

Castración, la propia y la del otro, bajo las categorías de lo prohibido y de lo imposible, encarnadas en los planos de la diferencia (sexual, generacional y cultural) y de la alteridad, nos enfrenta a una verdad que nos localiza como sujetos deseantes a la vez que resulta casi inaceptable. (Aquí también el postulado hitleriano, para suprimir la castración u ocultarla del pueblo alemán, muestra la raza aria como viril y fuerte en contraposición a los judíos castrados, débiles, impotentes e incapaces).

En este lugar es donde anida la dimensión ideológica. Nuestra añoranza de saber nos coloca en la que Käes define como "posición ideológica": sujeción a una idea, a un ideal, a un ídolo, que nos proteja ilusoriamente de la castración(Alemania castrada ante el mundo, su único salvador de esta vergüenza: el Führer, Adolf Hitler).

La posición ideológica echa sus raíces en el terrreno fértil de la ilusión. Ilusión de un padre no castrado: lo absoluto de la dimensión ideológica es, sobre todo, ilusión de un enunciador omnipotente en tanto dueño de un saber que pudiera encerrar todos los sentidos. ese otro absoluto, lugar autoengendrado e inmortal, puede enmarcarse en un sistema de ideas, en un texto, en determinadas representaciones sociales o en el imaginario social compartido cuando se pretende soslayar la incompletud.

Lugar de lo absoluto:¿no evoca esto, acaso, ese lugar anhelado de goce ilimitado que Freud denominara "sentimiento oceánico" y que describiera como "ser uno con el todo"? en este sentido la posición ideológica, efectivamente no es ajena a una economía del goce, centrado en aquel anhelo fusional ilimitado, ligado a la vertiente mortífera del narcisismo, que tiende a la suspensión de todo deseo en una reducción nirvánica (11). 

Si bien el hecho mismo de la palabra invalida la posibilidad de goce ilimitado, consideramos que, en tanto el discurso siempre es conflicto, la dimensión ideológica es aquella vertiente discursiva en que este goce, tan imposible como eficaz, intenta hacerse oir. Es así que la creencia ideológica, anulando la diferencia y la singularidad del deseo, proporciona goce; y es, en última instancia, creencia en la ausencia de castración.

El discurso ideológico es un discurso sin memoria, pretendidamente atemporal, que oculta las determinaciones que lo han constituido.

Desde el psicoanálisis, recuerdo y olvido son dos resultados posibles de toda operación mnémica. Recobrar trozos del pasado, darles un sentido, establecer nexos causales, son funciones necesarias para el yo. No hay elaboración sin memoria, y aquí interviene Freud con un supuesto enunciado en El malestar de la cultura:
" … lo pasado puede persistir conservado en la vida anímica, que no necesariamente se destruirá. Es posible, desde luego, que también en lo psíquico mucho de lo antiguo -como norma o por excepción- sea eliminado o consumido a punto tal que ningún proceso sea ya capaz de restablecerlo y reanimarlo, o que la conservación, en general, dependa de ciertas condiciones favorables. Es posible, pero nada sabemos sobre ello. Lo que sí tenemos derecho a sostener es que la conservación del pasado en la vida anímica es más bien la regla que una excepción."

La posibilidad de simbolizar y resignificar nuestra historia y sus condiciones de posibilidad nos abre a la subjetivación de nuestra propia experiencia y nos permite singularizarnos en nuestra continuidad y nuestras diferencias con nosotros mismos en el devenir del tiempo. También a nivel social, la memoria o la amnesia son dos destinos posibles de la elaboración de las experiencias colectivas. Interrogar los discursos sociales en sus condiciones de posibilidad, he-historizarlos, dar cuenta de las determinaciones de sus enunciados, nos permite situar a la historia y dar sentido a enunciados que, de otro modo, estamos condenados a repetir (sentimiento de culpa del pueblo alemán).

El psicoanálisis ha dado cuenta de la relación entre temporalidad y castración. La temporalidad está profundamente ligada a la aceptación de lo faltante; en última instancia de la muerte. La dimensión ideológica, congelando al discurso en el tiempo, tapona la pérdida intrínseca al plano de lo temporal en una eternización del discurso ligada al goce de una fusión sin límites, océano mortífero de acceso a un supuesto paraíso.

Los seres humanos somos sujetos ideológicos, proclives a la seducción de discursos que nos fascinan en una operatoria que toca los resortes del narcisismo, de la idealización y del goce.

El discurso ideológico, de un modo incestuoso y endogámico, provee al decir de Finkielkrant, el calor materno del prejuicio y los preceptos mayoritarios. Lo cual, en un extremo, desemboca con facilidad en formas más o menos visibles de violencia; las que, en aras de afirmación narcisista, niegan cualquier vestigio de alteridad. 

En "Un Mundo Feliz" Aldous Huxley nos recuerda que "un Estado totalitario realmente eficaz sería aquél en el cual los jefes políticos todopoderosos y su ejército de colaboradores pudieran gobernar una población de esclavos sobre los cuales no necesario ejercer coerción alguna por cuanto amarían su servidumbre".

Tal vez, justamente el fenómeno del totalitarismo, en su necesaria justificación ideológica ejenplifique bajo un modo extremo la articulación entre PODER, CREENCIA Y GOCE. Cualquier régimen con pretensión totalitaria debe asentarse en discursividades ideológicas que aniden en el goce a la sujeción a una gran maquinaria, de la cual los sujetos serían meros engranajes; las violencias múltiples ejercidas en nombre de obediencias debidas de turno dan cuenta de aspectos de esta articulación: PODER-CREENCIA-GOCE.


La cuestión de los ideales


La posición ideológica se define como sujeción, ignorada a la idea, al ideal y al ídolo.

La ideología incluye la dimensión de los ideales, aún cuando no sea reductible a ella. Los ideales de la cultura, que forman parte de lo ideológico, son incorporados a nivel subjetivo en estrecha articulación con las dimensiones del YO IDEAL y del Ideal del yo. Bajo la primera de estas vertientes ejercen un poder alienante que anida en el yo especular narcisista. En la segunda dimensión, motorizan la circulación deseante, y ofrecen una pertenencia e identidad que no obtura el despliegue de la singularidad y el pensamiento propio.

Si bien es cierto que en todas las épocas los ideales promovidos por la cultura impregnan las subjetividades y los vínculos, hay momentos y lugares en que el conjunto de los ideales es más restrictivo y adopta carácter totalizante, hasta llegar a aparecer como si formase parte de una supuesta naturaleza humana. Los ideales devienen, entonces, en absoluto incuestionable. Ligados en tal caso a las vertientes narcisistas del YO IDEAL, unifican y homogeinizan a los sujetos sociales, a la vez que condenan a la exclusión y marginalidad cualquier desestimación de sus enunciados. Así, cuando la fe cristiana en la Edad Media deviene persecución y matanza de herejes o los baluarte del nazismo en el siglo XX, con su destrucción de todo aquello no coincidente con sus creencias e ideales.

Espíritu potencialmente totalitario del ideal; que engendra, cuando deviene tal, alguna forma de violencia; ésta sólo cede cuando su carácter absoluto se atenúa en un funcionamiento más cercano al del Ideal del Yo. En la mayor parte de las sociedades coexisten, en una tensión dialéctica, las vertientes más dogmatizantes con las menos restrictivas.


Alienación (12)


Rojas y Sternbach consideran la alienación como una condición estructural, tanto si la enfocamos desde la cultura como desde una mirada puesta en la subjetividad. Tan irreducible como el malestar propio de la cultura admite a sus diversos revestimientos, siendo inherente al lazo social.
Desde el punto de vista psicoanalítico, la alienación es una operación propia de la constitución subjetiva. Según formulaciones de Lacán, el sujeto adviene en relación con un Otro a través de dos operaciones estructurales: Alienación y Separación. La segunda conlleva a la emergencia subjetiva a partir de un trazo singular y es posible sólo en tanto torsión sobre la alienación primordial. No hay pues, emergencia del sujeto sino a partir de una alienación constitutiva, condición necesaria y propiciatoria para la construcción de un ser humano cuyos andamiajes de sentido se fundan invariablemente en el campo del Otro. A lo largo de la vida, esta operatoria, alienación-separación, continúa reproduciéndose en una insistencia sin fin. Piera Aulagnier, desde otra perspectiva, se ha referido a la alienación como uno de los destinos posibles del yo y a sus consecuencias en tanto tendencia tanática a la abolición del pensamiento y la singularidad. Para esta autora la alienación no es reductible al campo de la psicosis, de la perversión o la neurosis e implica la adhesión masiva e incondicional al pensamiento ya pensado por otro - sea este un texto, una persona o una institución. La alienación no sería solamente un determinante intrapsíquico, sino que daría a la vez cuenta de una modalidad vincular basada en la identificación y la idealización masivas. Así, la tendencia a matar el pensamiento, presente al mismo tiempo en dos o más sujetos, propendería a la desaparición de todo conflicto y a anular el sufrimiento que conlleva al pensamiento singular. De esta manera, la aniquilación del propio pensamiento se hallaría al servicio de un estado fusional, que, si bien objetaliza al sujeto, lo preserva al mismo tiempo del dolor de la diferencia y la soledad. En este sentido, los alemanes sufren como perdedores en la primera guerra, Hitler les calma el dolor con la sumisión a él. Esta situación sólo es observable para un observador extremo, ya que los participantes no la detectan: alienador y alienado no saben que lo están.

Se trata de una tendencia universal que se manifiesta en distinta medida y da cuenta en ciertas modalidades vinculares, a la par que ilustra modos de ligazón del sujeto a las instituciones y a la cultura en general.
La alienación constituye una dimensión de la vida humana en la cultura y es una de las formas posibles que adopta, con distintos contenidos y gradaciones, el lazo social. La alienación en discursos que dan cuenta del mundo y sus cuestiones, por lo tanto, excede la singularidad y es una vertiente en algún grado ineludible del ser humano; el que por tanto, es "alienus", o sea, "eso que no se pertenece".

El hombre de la época se alienó en las utopías, cantadas o criticadas, caducas o perennes. Por otra parte, alguna de ellas adquirieron en momentos críticos, un corte totalitario, un autoritarismo implacable que, en algunos casos, implicó la acción casi pura de la pulsión de muerte. La guerra, los ataques nucleares, la carrera armamentista, el fracaso de algunos regímenes considerados utópicos y la violencia y represión ligadas a las luchas sociales.

Con los totalitarismos, la utopía moderna devino discurso total y autoritario y adquirió así carga tanática.

Así el autoritarismo irracional, expresión extrema y patológica de concepciones modernas, engendró guerras y violencia de Estado, modos de destrucción no privativos de tal fase de la historia.


La ideología totalitaria


"Habla el desengañado: Busqué grandes hombres,
pero siempre encontré, únicamente, lacayos de su ideal." (13)


La ideología totalitaria posee las siguientes características:

1) Comprende todas las fases del pensamiento, la acción y los sentimientos humanos.

2) No admite ningún conjunto de creencias o valores que rivalice con ella.

3) Simplifica al máximo los problemas humanos y su solución, reduciéndolos de conformidad con un principio único monolítico: el de la "raza" en el nazismo y el de la "clase" en el comunismo.

4) Es sentimiento fanático, pues exige la adhesión total, incondicional y sin reservas de sus súbditos, y justifica el empleo de cualquier medio para asegurar su prevalecimiento, hasta el asesinato en masa y la esclavización de naciones o núcleos sociales enteros.

En particular, la ideología totalitaria trasciende los límites de lo político y económico y aspira a alcanzar el dominio sobre la vida y la mente del hombre en su totalidad. De ahí que la doctrina del marxismo-leninismo, según está expuesta en la "línea del partido", se extiende a todos los terrenos de la actividad y el conocimiento humanos. 
Un comunista aplicado encuentra en ella prescripciones relativas a la actitud "correcta" frente a la pintura, la poesía, la música, la arquitectura, la vida doméstica, la religión, la biología, la psicología y así sucesivamente. La pintura abstracta y la arquitectura moderna, por ejemplo, se consideran "incorrectas" según la ideología soviética. Ambas son síntomas de "capitalismo decadente". Por eso, todo artista que pintara un cuadro abstracto tendría que mantenerlo oculto. No sólo le sería imposible exponerlo en una galería de arte sino que lo denunciarían, con toda probabilidad como "lacayo de Wall Street".

Análogamente, en Alemania el nazismo desplegaba una ideología basada en el concepto de la raza, que lo abarcaba todo. Según dicha teoría las concepciones científicas de Einstein, por ejemplo, tenían que estar equivocadas porque Einstein era judío. Del mismo modo que para Marx y Lenin la historia mundial era una lucha entre clases económicas, para los nazis la misma aparecía como un eterno conflicto entre razas "superiores" e "inferiores".

La ideología totalitaria, comunista o fascista no respeta el misterio de la existencia humana y, por ello, tampoco al hombre ni sus innumerables posibilidades. Para llegar a monopolizar todos los aspectos de la vida del hombre, el totalitarismo debe necesariamente ignorar la complejidad de los pensamientos y las acciones humanas. En materia política sólo hay amigos y enemigos. En otros terrenos, únicamente lo correcto y lo incorrecto.

La ideología totalitaria es monopolista ya que no permite competencia en ninguna esfera de la vida, y ello se refleja en sus prácticas políticas: el Estado totalitario, comunista o fascista, sólo permite un partido, no puede tolerar intereses de grupo alguno, sino únicamente los que son del dominio del gobierno. Cualquier tentativa de formar un nuevo partido político constituye un serio delito, que generalmente se castiga con la muerte. El partido político totalitario es una dependencia del gobierno con similar autonomía que el ejército o la policía.

La ideología totalitaria se basa en diferentes instrumentos para ser difundida, y ellos son, el principio del líder y éste en relación a las masas, el partido político, los medios de control social y los mitos y símbolos.


Medios de Control Social


El principal propósito de un "partido político" de esta especie es establecer un medio de control entre la maquinaria burocrática del Estado y las masas de súbditos que no tienen parte decisiva en el gobierno. Uno de sus instrumentos favoritas es la propaganda. Los nazis recurrían a ella constantemente, en un esfuerzo por convencer al pueblo alemán de que era una "raza de amos" y que los judíos tenían la culpa de todos los males que padecía Alemania. El partido nazi pudo así erigirse en salvador de la nación. Persiguiendo una política de conquista en el exterior y una política antijudía en el interior, los nazis pretendían favorecer los intereses y los más elevados ideales del pueblo alemán.

Si falla la propaganda, toma su lugar la fuerza bruta. Los campos de concentración y exterminio de Alemania nazi . El tormento, los apaleamientos, la muerte por hambre y las enfermedades, son la regla. Estos sitios no están destinados únicamente al castigo de los opositores políticos, sino a ser un instrumento de dominio total. Y son expuestos al pueblo como ejemplo de lo que les ocurre a los que no se someten al gobierno. 

Hasta 1945, año de su derrota final, Alemania nazi había alcanzado a asesinar a doce millones de civiles en Europa. Así se establece el control por medio de ilusiones:
"ante todo, procurad que haya mucha acción…Haced desfilar muchas cosas ante los ojos, de suerte que el público se quede embelesado" Goethe.

§Relación Líder - Masas: "Un sólo Jefe, un sólo Pueblo, un sólo Estado"

Unir el gesto a la palabra: esa fue la receta de Hitler para enardecer a las multitudes. En relación a la articulación líder - masas Freud establece lo siguiente:
"En la cima del enamoramiento amenazan desvanecerse los límites entre el yo y el objeto. Contrariando todos los testimonios de los sentidos, el enamorado asevera que yo y tú son uno, y está dispuesto a comportarse como si así fuera… el sentimiento yoico está expuesto a perturbaciones, y los límites del yo no son fijos."
"Es que un sentimiento sólo puede ser una fuente de energía si él mismo constituye la expresión de una intensa necesidad. Y en cuanto a las necesidades religiosas, me parece irrefutable que derivan del desvalimiento infantil y de la añoranza del padre que aquel despierta, tanto más si se piensa que este último sentimiento no se prolonga en forma simple desde la vida infantil, sino que es conservado duraderamente por la angustia frente al hiperpoder del destino. No se podría indicar fuerza equivalente en la infancia a la de recibir protección del padre. De este modo, el papel del sentimiento océanico, que -cabe conjeturar- aspiraría a restablecer el narcisismo irrestricto, es esforzado a salirse del primer plano. Con claros perfiles, sólo hasta el sentimiento del desvalimiento infantil uno puede rastrear el origen de la actitud religiosa."

"…el sentimiento océanico ha entrado con posterioridad en relaciones con la religión. Este ser-Uno con el Todo, que es el contenido de pensamiento que le corresponde se nos presenta como un primer intento de consuelo religioso, como otro camino para desconocer el peligro que el yo discierne amenazándole desde el mundo exterior."
En El Porvenir de una ilusión Freud trata el tema de lo que el hombre común entiende por su religión: el sistema de doctrinas y promesas que por un lado le proporcionan el esclarecimiento de los enigmas de este mundo y por otro, le asegura que una cuidadosa Providencia vela por su vida y resarcirá todas las frustraciones padecidas en el más acá. "El hombre común no puede representarse esta Providencia sino en la persona de un Padre de grandiosa envergadura. Sólo un Padre así puede conocer las necesidades de la criatura, enternecerse con sus súplicas, aplacarse ante los signos de su arrepentimiento. Todo esto es tan evidentemente infantil, tan ajeno a toda realidad efectiva, que quien profese un credo humanista se dolerá pensando en que la gran mayoría de los mortales nunca podrán elevarse por encima de esa concepción de la vida." Hitler sería ese padre providencial que redimiría al pueblo alemán. 

El vínculo de unión entre el líder y la masa es denominado por la psicología de las masas como lazo libidinal, ya que es de origen sexual, las masas aman al líder y el líder ama a las masas, pero con la particularidad de que la meta de la pulsión sexual está inhibida: el elemento sexual se reprime, y el vínculo queda fundamentado por las fantasías: "el líder está enamorado de la masa". Esta fantasía no es comunicable, se reprime, y sobre esto opera la manipulación psicológica, sobre lo reprimido. Está sostenida en la creencia de que el líder ama a todos y es amado por todos. El líder es alguien completo e inmortal que asegura en y por amor contra la muerte y la castración. Las masas adhieren a alguien que viene a salvarlas.

Además, en la masa ha habido un gigantesco renunciamiento narcisístico, donde se acepta una situación de igualación como es la de compartir el amor del líder. Todas las diferencias en la masa son borradas: somos todos hermanos, camaradas, compañeros. Este amor por el líder me iguala a los demás. Por amor a ellos dejo a un lado mis diferencias, me fusiono con la masa.

De esa manera se ven claramente dos posiciones definidas, la del líder como el Padre y la de la masa como Hija, entablando las bases para una relación edípica. El lazo libidinal fundamenta la necesidad de protección, donde se da una relación de tipo amorosa, siendo el líder, el activo (jugando papel masculino) y la masa, la pasiva (rol femenino).
El líder actúa como hipnotizador, ya que el hipnotizado supone que el hipnotizador le resolverá sus problemas porque este líder posee un saber y tiene un poder que proporcionará el goce al hipnotizado (masa).

A su vez, aparece la cuestión de la identidad. Este líder, al cumplir la función del Padre, es el único capaz de otorgar un nombre, una identidad a quienes se masifican. De esta forma, se redefine un nuevo lazo de parentesco (y aquí es importante resaltar que se da esta necesidad, tomando como ejemplo que luego de la primera guerra Alemania había quedado tan desvastada que los vínculos familiares estaban quebrados: huérfanos, pérdidas de hermanos, viudas, etc. Era necesario redefinir un nuevo lazo parental, que ahora sería encarnado en la "Unión del Volk" o resuelto dentro del Partido Nazi). Así como este líder tiene la capacidad de nombrar, también posee la atribución de borrar nombres y redefinirlos como enemigos a quienes son sus opositores o a quienes directamente persigue: Partido Comunista y judíos, por ejemplo.

Quien puede dar nombre tiene poder sobre los cuerpos: Poder Absoluto. Entre el nominador y el nominado existe una asimetría en esa relación absoluta, y es allí donde se definen las posiciones de Master and Servant (Amo y esclavo): "soy esclavo de las nominaciones que cayeron sobre mí". Ya que esta operación de nominar es impuesta por el discurso del Otro, en esta identificación imaginaria que opera por sugestión y contagio el yo asume los atributos del Otro.

El totalitarismo presenta como sublime aquello que es renuncia de los instintual. La subsunción a un orden totalitario es mostrada como el honor y la honradez para el hombre nuevo que surgirá del Volk Nacionalsocialista.

El líder también tiene ilusiones, ya intenta reparar la figura de ese Padre perdido, que sería encarnado en la figura del füher, que deviene como padre real, pero oponiéndose como enemigo y tratando de superarlo. Así, Hitler se puso en la posición de Moisés, creyendo tener un pueblo elegido y una tierra prometida. En este caso hay dos yo en competencia, y dado que alguno de los dos debe desaparecer, se entabla una relación especular determinada por una lucha a muerte por el deseo de reconocimiento. Pueblo Ario vs pueblo judío, proclama el nazismo, tratando de fundamentar una mitología paralela y con pretensión de superioriodad al de su "enemigo". 

Existe un sólo discurso, el discurso del líder, de ese Otro que todo lo puede y lo sabe, quien posee una "verdad divina", "revelada", que no falla, ya que Dios no está afectado a discusión, es Uno, no hay división o alteridad posible. Este discurso único se propone barrer todo un poder interpretativo del oyente, no hay conflicto, hay masa y todos están bajo la verdad sagrada del Führer.

Acerca de la base social que apoyó a Hitler y la aplicación de los conceptos psicoanalíticos se puede decir que, En su orientación social, el fascismo ejerció particular atracción en dos grupos. Uno de ellos es el numéricamente reducido de los industriales terratenientes dispuestos a financiar los movimientos fascistas en la esperanza de librarse de los sindicatos obreros libres y de otras influencias radicales. No es que los industriales estén más inclinados la fascismo que otras clases sociales, pues en realidad en los países modernos con acentuadas tradiciones democráticas y liberales, es a ellos precisamente a quienes más preocupan los derechos civiles y la libertad; pero cuando la democracia es débil, como ocurría en Alemania, Italia y Japón, se lanzan a financiarlos ampliamente.
La segunda fuente primaria del apoyo al fascismo -y con mucho la más importante por su magnitud numérica- proviene de la clase media inferior, en su mayor parte de trabajadores no manuales. A muchas personas de este grupo les atemoriza la perspectiva de incorporarse o reincorporarse al proletariado, y ven el fascismo como una salvación de su status y prestigio. El empleado asalariado tiene celos de las altas finanzas, a cuyas escalas más elevadas les gustaría ascender, y al mismo tiempo teme a la clase trabajadora, a cuyas filas proletarias le repugnaría descender. Muy inteligentemente el fascismo utiliza estos celos y temores de la "clase asalariada", sin dejar de asaetear simultáneamente a las altas finanzas y al sindicalismo.
Paradójicamente, el sindicalismo organizado a su vez contribuye con frecuencia la incertidumbre y desmoralización de las clases asalariadas. Los trabajadores no manuales se muestran por lo general poco dispuestos, por razones psicológicas, agruparse en sindicatos. Como resultado de ello sus ingresos no aumentan con el mismo ritmo que los de los trabajadores afiliados. A medida que se ahonda la diferencia, aumentan sus resentimientos por la pérdida del sitio que a su juicio les corresponde en la sociedad y quizá los impulsen a volcarse al fascismo, el cual les permite fiscalizar estrictamente los sindicatos y otros organismos descentralizados.
  En Alemania una parte considerable de los obreros aceptó y hasta fue leal al partido nazi. Es frecuente que los regímenes fascistas concedan a la clase de los trabajadores manuales un sentido de seguridad mayor del que tuvieran hasta entonces. Algunos, por lo menos, están dispuestos a aceptar el autoritarismo político y hasta la opresión del fascismo, en tanto reciban a cambio beneficios materiales de consideración.
Otro grupo social importante que se ha mostrado vulnerable a la propaganda fascista es el de los militares. Hasta en un Estado democrático fuertemente establecido, los militares de carrera tienen tendencia a sobrestimar las virtudes de la disciplina y la obediencia; cuando la democracia es blanda, este sesgo de los militares llega a constituir una amenaza política. De ahí que en las primeras etapas del nazismo en Alemania la clase militar de la nación, o bien apoyaba abiertamente a Hitler o, en el mejor de los casos, mantenía una actitud de benevolente neutralidad. Los altos jefes militares alemanes sabían que una gran proporción de los dirigentes nazis eran criminales y hasta psicópatas, y no obstante apoyaron el movimiento nazi como un paso hacia la militarización del pueblo alemán.

A partir de lo antedicho, se presenta el argumento de Erich Fromm:

Al considerar la base psicológica del éxito del nazismo es menester formular desde el principio esta distinción: una parte de la población se inició en el régimen nazi sin presentar mucha resistencia, pero también sin transformarse en admiradora de la ideología y la práctica política nazis. En cambio, otra parte del pueblo se sintió hondamente atraída por esta nueva ideología, vinculándose de una manera fanática a sus apóstoles. El primer grupo estaba constituido principalmente por la clase obrera y por la burguesía liberal y católica. A pesar de su excelente organización -de modo especial en lo que se refiere a los obreros- estos grupos, aunque nunca dejaron de ser hostiles al nazismo desde sus comienzos hasta 1933, no dieron muestras de aquella resistencia íntima que hubiera podido esperarse teniendo en cuenta sus convicciones políticas. Su voluntad de resistencia se derrumbó rápidamente y desde entonces causaron muy pocas dificultades al nazismo (con la excepción, por supuesto, de la pequeña minoría que combatió contra la tiranía durante todos estos años). Desde el punto de vista psicológico, esta disposición a someterse al nuevo régimen parece motivada por un estado de cansancio y resignación íntimos, constituye una característica del individuo de la era presente, característica que puede hallarse hasta en los países democráticos. En Alemania, además, existía otra condición que afectaba a la clase obrera: las derrotas que ésta había sufrido después de sus primeras victorias durante la revolución de 1918. El proletariado había entrado en el período posbélico con la fuerte esperanza de poder realizar el socialismo o, por lo menos, de lograr un decisivo avance en su posición política, económica y social; pero cualesquiera sean las razones, debió presenciar, por el contrario, una sucesión ininterrumpida de derrotas que produjo el más completo desmoronamiento de sus esperanzas. A principios de 1930, los frutos de sus victorias iniciales se habían perdido casi por completo, y como consecuencia de ello cayó presa de un hondo sentimiento de resignación, de desconfianza en sus líderes y de duda acerca de la utilidad de cualquier tipo de organización o actividad política. Los obreros siguieron afiliados a sus respectivos partidos y, conscientemente, no dejaron de creer en sus doctrinas; pero en lo profundo de su conciencia muchos de ellos habían abandonado toda esperanza en la eficiencia de la acción política.

Después que Hitler llegó al poder surgió otro incentivo para el mantenimiento de la lealtad de la mayoría de la población al régimen nazi. Para millones de personas el gobierno de Hitler se identificó con "Alemania". Una vez que el Führer logró el poder del Estado, seguir combatiéndolo hubiera significado apartarse de la comunidad de los alemanes; desde el momento en que fueron abolidos todos los demás partidos políticos y el partido nazi llegó a ser Alemania, la oposición al nazismo no significaba otra cosa que oposición a la patria misma. Parece que no existe nada más difícil para el hombre común que soportar el sentimiento de hallarse excluido de algún grupo social mayor. Por más que el ciudadano alemán fuera contrario a los principios nazis, ante la alternativa de quedar aislado o mantener su sentimiento de pertenencia a Alemania, la mayoría eligió esto último. Pueden observarse muchos casos de personas que no son nazis y sin embargo defienden al nazismo contra la crítica de los extranjeros, porque consideran que un ataque a este régimen constituye un ataque a Alemania. El miedo al aislamiento y la relativa debilidad de los principios morales contribuye a que todo partido pueda ganarse la adhesión de una gran parte de la población, una vez logrado para sí el poder del Estado.

Estas consideraciones dan lugar a un axioma muy importante para los problemas de la propaganda política: todo ataque a Alemania como tal, toda propaganda difamatoria referente a "los alemanes", tan sólo sirven para aumentar la lealtad de aquellos que no se hallan completamente identificados con el sistema nazi. 

En contraste con la actitud negativa o resignada asumida por la clase obrera y la burguesía liberal católica, las capas inferiores de la clase media, compuesta de pequeños comerciantes, artesanos y empleados, acogieron con gran entusiasmo la ideología nazi.

En estos grupos, los individuos pertenecientes a las generaciones más viejas constituyeron la base de masa más pasiva; sus hijos, en cambio, tomaron una parte activa en la lucha. La ideología nazi -con su espíritu de obediencia ciega al líder, su odio a las minorías raciales y políticas, sus apetitos de conquista y dominación y su exaltación del pueblo alemán y de la "raza nórdica"- ejerció en estos jóvenes una atracción emocional poderosa, los ganó para la causa nazi y los transformó en luchadores y creyentes apasionados. La respuesta a la pregunta referente a los motivos de la profunda influencia ejercida por la ideología nazi ha de buscarse en la estructura del carácter social de la baja clase media. Este era marcadamente distinto del de la clase obrera, de las capas superiores de la burguesía y de la nobleza anterior a 1914. En realidad hay ciertos rasgos que pueden considerarse característicos de esa clase a lo largo de toda su historia: su amor al fuerte, su odio al débil, su mezquindad, su hostilidad, su avaricia, no sólo con respecto al dinero, sino también a los sentimientos, y sobre todo, a su ascetismo. Su concepción de la vida era estrecha, sospechaban del extranjero y lo odiaban; llenos de curiosidad acerca de sus amistades, sentían envidia hacia ellas y racionalizaban sus sentimiento bajo la forma de imaginación moral: toda su vida estaba fundada en el principio de la escasez, tanto desde el punto de vista económico como del psicológico.

Es cierto que el carácter social de la baja clase media había sido el mismo desde mucho antes de 1914, pero también era verdad que los acontecimientos posbélicos intensificaron aquellos mismos rasgos que eran susceptibles de recibir la más profunda atracción de la ideología nazi: su anhelo de sumisión y su apetito de poder.

En el período anterior a la revolución de 1919 la posición económica de los estratos inferiores de la vieja clase media, los pequeños comerciantes independientes y los artesanos, se hallaba en decadencia, pero no era desesperada y subsistía cierto número de factores que contribuían a su estabilidad.

La autoridad de la monarquía era indiscutible, y al inclinarse ante ella, al identificarse con ella, el miembro de la baja clase media adquiría un sentimiento de seguridad y orgullo narcisista.

Por otra parte, también la autoridad de la religión y la moralidad tradicional se hallaba todavía firmemente arraigada. La familia no había dejado de constituir un seguro refugio contra el mundo hostil, y permanecía inconmovible. El individuo experimentaba el sentimiento de pertenecer a un sistema social y cultural estable en el que poseía un lugar bien definido. Su sumisión y lealtad a las autoridades existentes constituían una solución satisfactoria para sus impulsos masoquistas; sin llegar no obstante, a la rendición total y conservando cierto sentido de la importancia de la propia personalidad. Lo que le faltaba en seguridad y agresividad como individuo, lo hallaba compensado por la fuerza de las autoridades a las que se sometía. En suma, su posición económica permanecía todavía lo bastante sólida como para proporcionarle un sentimiento de respeto a sí mismo y de relativa seguridad, las autoridades hacia las que se inclinaba eran lo suficientemente fuertes como para proporcionarle aquella confianza adicional que no hubiera podido extraer de su propia posición como individuo.

Los factores psicológicos que incidieron son los siguientes: la derrota sufrida en la guerra y en la caída de la monarquía. Como el Estado y el régimen monárquico habían constituido, por así decirlo, la sólida roca que la pequeña burguesía había convertido en la base psicológica de su existencia, su fracaso y derrota destrozaron el fundamento de su vida misma. 

También la inflación ejerció efectos psicológicos, además de los económicos. Constituía un golpe mortal contra el principio del ahorro contra la autoridad del Estado. Si los ahorros de tantos años, que habían costado el sacrificio de muchos pequeños placeres, podían perderse sin ninguna culpa propia, ¿para qué ahorra? Si el Estado podía romper sus propias promesas estampadas en sus billetes y en sus títulos, ¿en qué promesas podría confiarse de ahora en adelante?
En el período de la posguerra esa clase no sólo sufrió una declinación económica sino también su prestigio social. Antes de la guerra esa clase podía sentirse en una posición superior a la del obrero. Después de la revolución, en cambio, el prestigio social del proletariado creció de manera considerable y, en consecuencia, el de la baja clase media disminuyó correlativamente. Ya no había nadie a quien despreciar: privilegio que nunca había dejado de representar el elemento activo más sustancial del pequeño comerciante y sus congéneres.

El último baluarte de la seguridad de la clase media -la familia- también se había quebrado.

Esta creciente frustración social condujo a una forma de proyección que llegó a constituir un factor importante en el origen del nacionalsocialismo: en vez de darse cuenta de que su destino económico y social no era más que el de su propia clase, la vieja clase media, sus miembros lo identificaron conscientemente con el de la nación. La derrota nacional y el tratado de Versalles se transformaron así en los símbolos a los que fue trasladada la frustración realmente existente, es decir, la que surgía de su decadencia social.

Hitler resultó un instrumento tan eficiente porque combinaba las carcterísticas del pequeño burgués resentido y lleno de odios -con el que podía identificarse emocional y socialmente la baja clase media-, con las del oportunista dispuesto a servir los intereses de los grandes industriales y de los junkers. Al principio representó el papel de Mesías de la vieja clase media, prometiendo la destrucción de los grandes almacenes con sucursales, de la dominación del capital bancario y otras cosas semejantes, promesas que nunca fueron cumplidas. El nazismo no poseyó nunca principios políticos o económicos genuinos. Hay que darse cuenta de que en su oportunismo radical reside el principio mismo del nazismo. Lo que importaba era que centenares de millares de pequeños burgueses que en tiempos normales hubieran tenido muy pocas posibilidades de ganar dinero o poder, obtenían ahora, como miembros de la burocracia nazi, una considerable tajada del poder y prestigio que las clases superiores se vieron obligadas a compartir con ellos. Los que no llegaron a ser miembros de la organización partidaria nazi, obtuvieron los empleos quitados a los judíos y a los enemigos políticos; y en cuanto al resto,si bien no consiguió más "pan" logró más "circo". La satisfacción emocional de estos espectáculos sádicos y de una ideología que le otorgaba un sentimiento de superioridad sobre todo el resto de la humanidad, era suficiente para compensar el hecho de que sus vidas hubiesen sido cultural y económicamente empobrecidas.

La esencia del carácter autoritario ha sido descrita como la presencia simultánea de tendencias impulsivas sádicas y masoquistas. El sadismo fue entendido como un impulso dirigido al ejercicio de un poder ilimitado sobre otra persona, y teñido de destructividad en un grado más o menos intenso; el masoquismo, en cambio, como un impulso dirigido a la disolución del propio yo en un poder omnipotente, para participar así de su gloria. Tanto las tendencias masoquistas como las sádicas son debidas a la incapacidad del individuo aislado de sostenerse por sí solo, así como a su necesidad de una relación simbiótica destinada a superar esta soledad.

El anhelo sádico de poder halla múltiples expresiones en Mein Kampf. Es característica de la relación de Hitler con las masas alemanas, a quienes desprecia y "ama" según la manera típicamente sádica, así como con respecto a sus enemigos políticos, hacia los cuales evidencia aquellos aspectos destructivos que constituyen un componente importante del sadismo. Habla de las satisfacción que sienten las masas en ser dominadas. "Lo que ellas quieren es la victoria del más fuerte y el aniquilamiento o la rendición incondicional del más débil." (Mein Kampf)
Como una mujer que prefiere someterse al hombre fuerte antes que dominar al débil, así las masas aman más al que manda que al que ruega, y en su fuero íntimo se sienten mucho más satisfechas por una doctrina que no tolera rivales que por la concepción de la libertad propia del régimen liberal; con frecuencia se sienten perdidas al no saber qué hacer con ella u aun se consideran fácilmente abandonadas. Ni llegan a darse cuenta de la imprudencia con la que se las aterroriza espiritualmente, ni se percatan de la injuriosa restricción de sus libertades humanas, puesto que de ninguna manera caen en la cuenta del engaño de esta doctrina. (Mein Kampf). 

El deseo de poder sobre las masas es lo que impulsa al miembro de la élite, al líder nazi. Aunque si bien son los "líderes" quienes disfrutan del poder en primer lugar, las masas no se hallan despojadas de ningún modo de satisfacciones de tipo sádico. Las minorías raciales y políticas dentro de Alemania y el pueblo de otras naciones , descritos como débiles y decadentes, constituyen el objeto con el cual se satisface el sadismo de las masas. Al mismo tiempo que Hitler y su burocracia disfrutan del poder sobre las masas alemanas, estas mismas aprenden a disfrutarlo con respecto a otras naciones, y de ese modo ha de dejarse impulsar por la pasión de la dominación mundial.

El amor al poderoso y el odio al débil, tan típicos del carácter sadomasoquista, explican gran parte de la acción política de Hitler y sus adeptos. Mientras el gobierno republicano pensaba que podría "apaciguar" a los nazis tratándolo benignamente, no solamente no logró ese propósito, sino que originó en ellos sentimientos de odio que se debían justamente a esa falta de firmeza y poderío que mostraba. Hitler odiaba a la República de Weimar porque era débil, y admiraba, en cambio, a los dirigentes industriales y militares porque disponían de poder. Nunca combatió contra algún poder fuerte y firmemente establecido, sino que lo hizo siempre contra grupos que consideraba esencialemente impotentes. La "revolución" de Hitler, se llevó a cabo bajo la protección de autoridades existentes, y sus objetos favoritos fueron los que no estaban en condiciones de defenderse. 

También existe un aspecto masoquista al lado del sádico. Existe el deseo de someterse a un poder de fuerza abrumadora, de aniquilar su propio yo, del mismo modo que existe el deseo de ejercer poder sobre personas que carecen de él. Este aspecto masoquista de la ideología y práctica nazis resulta evidente sobre todo con respecto a las masas. Se les repite continuamente: el individuo no es nada y no significa nada. El individuo debería aceptar su insignificancia personal, disolverse en el seno de un poder superior, y luego sentirse orgulloso de participar de la gloria y fuerza de tal poder. 
CONTINÚA