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   Continuación de Marcas simbólicas del totalitarismo. Por Verónica Baston

  

Simbología y Mitos



Una frase de Goethe, escogida por Freud en El malestar el la Cultura dice: 
"Quien posee ciencia y arte, tiene también religión; 
y quien no posee aquellos dos, pues que tenga religión!"

El nacionalismo en su variante alemana en el siglo XIX se distingue principalmente por el acento que pone en el concepto de VOLK, el "pueblo" que se desarrolla en su medio natural y que aparece como la expresión de todas las fuerzas vivas que lo componen. Por él, el individuo está unido a la vez a la naturaleza y a una "realidad 
superior". Dentro de ese concepto panteísta -heredado del romanticismo-, el pueblo representa una unidad histórica que hunde sus raíces en un pasado muy lejano. Sus propagandistas evocan las "cualidades intrínsecas" de los germanos y oponen la sociedad medieval a la civilización industrial y urbana. La Edad Media mítica, con su sociedad jerárquica y rural, simboliza la unidad entre el pueblo y su tierra.
Muchos mitos inspirados en la historia del Sacro Imperio dejaron huellas en la imaginación colectiva y mantuvieron la conciencia de unidad nacional. El mito de la misión imperial dejó profundas huellas en la memoria colectiva. A menudo se lo asoció a la noción de Wahlkaiser, el emperador surgido del pueblo y elegido por él. Kohn señala que la transferencia del centro político de Alemania de Suavia (en el sudoeste) a Prusia, hizo surgir otros mitos, como el de la vida espartana, con el sentido del deber y de la voluntad de acero de Federico el Grande: éste transformó un pequeño país pobre en un poderoso Estado Militar.
Los ideológos völkisch de la tradición romántica hacían particular hincapié en una nostalgia por un pasado preindustrial, pero erraríamos si tratáramos de definir el romanticismo alemán primordialmente como un movimiento orientado hacia atrás. El romanticismo alentaba una preocupación por un mundo de fuerzas ocultas y poderosas, más allá o por debajo del mundo de las apariencias. Ésta era una tradición con visiones apocalípticas donde una transformación total de un Zivilisation degenerada ocurriría mediante un cambio repentino y violento. La Kulturnation surgiría a través de un proceso purificador de muerte y transfiguración. Los mitos de la raza, la patria y la sangre unidos a la guerra y la virilidad de los germanos, fueron parte de la ideología que Hitler estableció en su movimiento para atraer a las multitudes, además de los rituales en actos políticos.
Los mitos del suelo y la sangre, tan fervientemente evocados por el nazismo en sus liturgias, eran empleados para generar la adhesión de los campesinos con la imagen de su entorno natural. Ellos son valores centrales que están arraigados en el inconsciente colectivo, el cual ha sido muy bien manipulado por el führer y su maquinaria de poder, donde era imprescindible tocar los sentimientos inconscientes del pueblo.
La tierra evoca la figura materna. El intento simbólico de restitución de un universo perdido donde la sociedad se transforma en un útero social, en el cual se da de una manera patológica en el totalitarismo. 
El totalitarismo busca la fusión entre el objeto y el sujeto. En relación a este mito de la tierra y la sangre, pretende reintroducir al hombre en la Madre naturaleza de la cual proviene. Escena romántica pero que representaría una "relación incestuosa" ya que sugiere que el "hijo" se acueste con la "madre". Relación edípica, que pretende la vuelta hacia el lugar donde provenimos. He aquí otra relación con la pulsión de muerte y el principio de nirvana: volver al estado de calma, al punto cero, a lo inorgánico.
Me gustaría hacer aquí una reseña histórica del símbolo de la svástika y luego relacionarla con el nazismo.
Para tomar este tema es preciso hacer algunas referencias a la idea de "centro del mundo" y sus diversas representaciones simbólicas, ya que esta idea del centro reviste gran importancia en todas las tradiciones antiguas.
El centro, es ante todo, el origen, el punto de partida de todas las cosas. Es el punto esencial, sin forma ni dimensiones, por lo tanto indivisible y, en consecuencia, la única imagen que puede darse de la unidad primordial. De él, por irradiación, emana todo lo creado, al igual que de la unidad derivan todos los números, sin que por ello su esencia quede modificada o afectada en modo alguno. El punto central es el Principio, el ser puro. El espacio que llena con su irradiación es el mundo en el sentido más amplio del término: el conjunto de todos los seres y todos los estados de existencia que constituyen la manifestación universal.
El centro y la circunferencia conforman una rueda, la cual realiza una rotación que es la imagen del cambio permanente al cual están sujetas todas las realidades manifiestas. En dicho giro, sólo hay un único punto que permanece fijo e inmutable: el centro. Esto hace referencia a la noción de equilibrio, en el orden de lo manifestado, ya que no es más que el reflejo de la inmutabilidad absoluta del Principio. La fijeza del centro es imagen de la eternidad, donde todas las cosas están presentes en absoluta simultaneidad. Así como la circunferencia no puede girar sino alrededor de un centro fijo, así también el movimiento, que no se basta a sí mismo, necesita un principio situado fuera de él: es el "motor inmóvil" de Aristóteles, también representado por el centro. El Principio inmutable, por el hecho de que todo cuanto existe y todo cuanto cambia o se mueve, no tiene consistencia sino por él y de él depende, da al movimiento su impulso primero y también lo que a continuación gobierna, dirige y legisla, porque el mantenimiento del orden del mundo es, en cierto modo, una prolongación del acto creador.
El Principio, al dirigir todas las cosas desde el interior es, según la expresión hindú, el "ordenador interno" (anartayâmî), y reside él mismo en el punto más íntimo de todos: en el centro.
En lugar de la rotación de una circunferencia en torno a su centro, puede también contemplarse el giro de una esfera alrededor de un eje fijo. El significado simbólico es exactamente el mismo. Por eso las representaciones del "eje del mundo" son tan frecuentes y tan importantes en todas las tradiciones antiguas. El sentido general es en el fondo el mismo que el de las figuras del "centro del mundo". Cuando la esfera, terrestre o celeste, termina su rotación en torno a su eje, tiene dos puntos fijos permanentes: los polos, los extremos del eje o sus puntos de contacto con la superficie de la esfera; por ello la idea de polo es también un equivalente de la idea de centro. El simbolismo referido al polo, que reviste a veces formas complejas, se encuentra también en todas las tradiciones, ocupando incluso un lugar prioritario. Las ideas que acabamos de exponer se resumen en una figura clave: la svástika, que es esencialmente el "signo del polo"(14). Se ve en la svástika un símbolo del movimiento, pero esta interpretación es aún insuficiente, pues no se trata de un movimiento cualquiera, sino de un movimiento de rotación en torno a su centro y a un eje inmutable. Precisamente el punto fijo es el elemento fundamental, representado directamente por el símbolo en cuestión. Los demás significados que conlleva la figura derivan de él. El centro imprime a todas las cosas el movimiento, y como el movimiento representa la vida, la svástika se convierte por ello mismo en símbolo de vida o, más exactamente, del papel vivificador del Principio con respecto al orden cósmico.
La svástika no es un símbolo del mundo, sino de la acción del movimiento del Principio en el mundo. Está lejos de ser un símbolo exclusivamente oriental, como a veces se cree. En realidad, es uno de los más difundidos, lo hallamos prácticamente en todo el mundo, desde el Extremo Oriente hasta el Extremo Occidente, existe incluso en ciertos pueblos indígenas de América del Norte. Actualmente, se conserva en la India, en Asia Central y Oriental, posiblemente sólo en estas regiones se sabe todavía lo que significa. En Europa todavía no ha desaparecido del todo: no se alude aquí al arbitrario uso de la svástika por parte de determinados grupos políticos alemanes (Nazis), que lo han convertido en un signo de antisemitismo, so pretexto de que ese emblema sería patrimonio de la sedicente "raza aria"; todo esto es pura fantasía, sino que se quiere hacer referencia a lo ocurrido en Lituania y Curlandia, donde los campesinos siguen trazando este signo en sus casas: ciertamente ya no conocen su sentido y no ven en él sino una especie de talismán protector. Lo que quizá es más curioso todavía es que le dan su nombre sánscrito de svástika. En la antigüedad descubrimos este signo concretamente entre los celtas y en la Grecia prehelénica. Incluso en Occidente, según L. Chabonneau-Lassay, constituyó antiguamente uno de los emblemas de Cristo y permaneció en vigor como tal hasta fines de la Edad Media. Como el punto en el centro del círculo y como la rueda, este signo se remonta indudablemente a épocas prehistóricas. René Guénon ve en él, sin el menor asomo de duda, uno de los vestigios de la tradición primordial.
Si en primer lugar el centro es un punto de partida, es también un punto de llegada; si todo ha salido de él, todo debe al final retornar a él. Puesto que todas las cosas sólo existen por el Principio, sin el cual no podrían subsistir, debe haber entre ellas y él un vínculo permanente, representado por los radios que unen todos los puntos de la circunferencia hacia el centro. Son como dos fases complementarias: la primera está representada por un movimiento centrífugo y la segunda por un movimiento centrípeto. Dichas fases pueden compararse a la de la respiración, siguiendo un simbolismo al cual se refieren con frecuencia las doctrinas hindúes. Por otra parte, se da también una analogía no menos llamativa con la función fisiológica del corazón. En efecto, la sangre parte del corazón, se distribuye por todo el organismo, lo vivifica, y al final retorna. La función del corazón en cuanto centro del organismo es verdaderamente crucial y se corresponde por entero con la idea que debemos formarnos del centro en su más pleno sentido.
Todos los seres, que en esencia dependen de su principio, consciente o inconscientemente han de aspirar a retornar a él. Esta tendencia de vuelta hacia el centro posee también, en todas las tradiciones, su representación simbólica. Guénon se refiere aquí a la orientación ritual, que es propiamente la dirección hacia un centro espiritual, imagen terrestre y sensible del verdadero "centro del mundo". La orientación de las iglesias cristianas no es, en el fondo, sino un caso particular de ese simbolismo, y se refiere esencialmente a la misma idea, común a todas las religiones. En el Islam, esa orientación (qibla) es como la materialización, por así decirlo , de la intención (niyya) por la cual todas las potencias del ser deben ser dirigidas hacia el Principio divino. (René Guénon; Símbolos fundamentales de la Ciencia Sagrada, CapVIII; Paidós, Orientalia, 1995).
Miguel Serrano, iniciado en el Hitlerismo Esotérico, chileno, relata el simbolismo del saludo nazi:
   "Nadie sabía que el saludo nazista era una Runa y que al extenderse el brazo derecho, proyectaba la energía del Arquetipo, del Dios, del Avatar, energía que fuera recibida en el plexo solar (en el Chakra Manipura) por el brazo izquierdo. La energía se proyectaba sobre el pueblo, sobre los partidarios, sobre la "Orden". La posición de ambos brazos conforman la Runa SIEG y también la Runa UR, del origen de los tiempos, del regreso a la Hiperbórea Polar y a la Edad Dorada. Hitler, sin duda, conocía bien esto…Todos estos símbolos mueven fuerzas no humanas."(15)

Wihelm Reich, hace un análisis psicoanalítico de la cruz gamada en el nazismo:

"En las SA, el nacionalsocialismo había agrupado a su tiempo a los trabajadores con mentalidad vagamente revolucionaria, en su mayoría parados y jóvenes, no menos partidarios del principio autoritario. Por esto, la propaganda era contradictoria, diferente según las capas populares a las que se dirigía. Sólo en la utilización de la sensibilidad mística de las masas era coherente y lógica.

Bastaba con conversar con los partidarios del nacionalsocialismo, especialmente con los miembros de las SA, para darse cuenta de que la fraseología revolucionaria era el factor decisivo a la hora de ganarse a las masas. Así, ciertos nacionalsocialistas negaban que Hitler representara al capital. Otros ponían a Hitler en guardia contra las traiciones a la "revolución". 
Entre los medios simbólicos puestos en juego, asombra el simbolismo de la bandera:
"Somos el ejército de la cruz gamada.
Elevad las rojas banderas.
Queremos allanar el camino
del trabajo alemán hacia la libertad" (pág. 136)

"Si se considera su orientación emocional, este texto es netamente revolucionario. Los nacionalsocialistas utilizaban a sabiendas melodías revolucionarias con letras reaccionarias. A esta práctica hay que añadir ciertas fórmulas, como las que se encontraban a centenares en la prensa de Hitler:
"La burguesía política está a punto de abandonar la escena donde se representa la historia, y está siendo reemplazada por la clase, hasta ahora oprimida, de los trabajadores manuales e intelectuales, por las masas trabajadoras, llamadas a cumplir su misión histórica."

Esto tiene un claro acento comunista. La bandera, compuesta hábilmente, señalaba a los ojos de las masas, el carácter revolucionario del movimiento. Hitler escribe a propósito de la bandera:

"En nuestra calidad de nacionalsocialistas vemos en nuestra bandera nuestro programa. En lo rojo vemos la idea social de nuestro movimiento; en lo blanco, la idea nacionalista; en la cruz gamada, nuestra misión de combatir por la victoria del hombre ario, que será también la victoria de la eternidad que ha sido antisemita…" 

"El rojo y el negro evocan la estructura contradictoria del hombre. Pero aún no se conoce bien la significación, en el plano emocional, de la cruz gamada. ¿Por qué suscita tan fácilmente sentimientos místicos este símbolo? Hitler pretende que es el símbolo del antisemitismo. En realidad, la cruz gamada ha tomado tardíamente este sentido(…) (pág 137)

Hay que decir, en primer lugar, que la cruz gamada se ha encontrado también entre los semitas, en el patio de los mirtos de la Alhambra de Granada. Herta Heinrich la ha observado en las ruinas de la sinagoga de Edd-Dikke, al este de Jordania, al borde del lago Tiberiades. (…)(pág 137).

La cruz gamada se encuentra a menudo junto a un losange representando entonces la primera el principio masculino y el segundo el femenino. Percy Gadner la ha encontrado entre los griegos bajo el nombre de "Hemera"; símbolo solar, que representa igualmente el principio masculino. Löwenthal describe una cruz gamada del siglo XIV sobre un altar en la iglesia de María zur Wiese (Nuestra Señora de la Pradera) en Soest, allí la cruz gamada surge de una vulva y de una cruz doble travesaño. La cruz gamada simboliza aquí el cielo huracanado y el losange, la tierra fértil. Smigorski ha encontrado la cruz gamada bajo la forma de la svástica india, un relámpago de cuatro direcciones con tres puntos al final de cada rama (…) Lichtenberg ha encontrado una cruz gamada con una cabeza en lugar de los tres puntos. La cruz gamada, por lo tanto, es un símbolo sexual primitivo que, en el curso del tiempo, ha tomado diversos significados, al simbolizar una rueda de molino, también representaba el trabajo. Si se tiene en cuenta que en la esfera de lo afectivo, trabajo y sexualidad se identificaban en el origen, resulta posible interpretar el descubrimiento que Bilmans y Pengerot han realizado en la mitra de santo Tomás Beckett: la cruz gamada originaria de la protohistoria indoeuropea lleva la inscripción siguiente:
"Te saludo, oh Tierra, crece bajo el abrazo de Dios, repleta de fruto para la salud de los hombres."

La fecundidad se representa aquí sexualmente como unión sexual de la Tierra madre con el Dios padre. Los léxicos de la India antigua, según Tselenin, llaman con el mismo nombre al gallo y al libertino: svástica, es decir "cruz gamada" como alusión al instinto sexual.

…las cruces gamadas…se nos revelan como la representación de dos figuras humanas enlazadas, esquematizadas, pero fáciles de reconocer como tales. La cruz gamada… representa un acto sexual. La cruz gamada simboliza, pues, una función fundamental de la materia viva.

Esta incidencia de la cruz gamada sobre la vida afectiva inconsciente no explica, evidentemente, la razón del éxito de la propaganda fascista entre las masas, pero ha contribuido a ella poderosamente…Se puede suponer, pues, que este símbolo, que representa dos personas enlazadas, ejerce una gran atracción sobre las capas más profundas del organismo, atracción tanto más intensa cuanto que se trata de individuos insatisfechos, sexualmente frustrados. Si, además, se convierte a la figura en el símbolo del honor y la fidelidad, refleja entonces los movimientos de defensa del Yo moralizador y será tanto más fácilmente aceptada. (págs 138-140).

Por lo antedicho, podemos sacar la conclusión que el nazismo utilizó este símbolo con fines "esotérico-mágicos" para "imponer su poder", además de otorgarle un sentido antisemita y de propaganda de legitimación basado en relación a la creencia de que en el pasado ya se anunciaría su llegada.

George Mosse, historiador judío alemán, hace un análisis del fascismo, el cual se puede relacionar con el tema mencionado. En su visión, el fascismo fue "una postura frente a la vida", asentada sobre una mística nacional, que podía variar de una nación a otro pese a nutrirse de los valores de la clase media temerosa de las consecuencias disgregadoras de la modernidad, fue un movimiento en gran medida policlasista, en tanto se apropió de elementos provenientes del romanticismo, del liberalismo y también del socialismo. Asimismo, destaca su carácter revolucionario, sostenido en el intento consciente de buscar una "tercera vía", fuera del marxismo y del capitalismo, si bien la misma no apuntaba a un cambio económico y social sino fundamentalmente ideológico (una "revolución del espíritu", en palabras de Mussolini). Inexplicable sin la experiencia de la guerra, hace falta ir más atrás. Sostiene que el fascismo debe ser analizado a partir del conocimiento de ciertas formas de participación política ya existentes en Europa desde el siglo XIX. La expresión "nueva política" es utilizada para designar un estilo de acción política cuyo momento culminante fue justamente la irrupción del fascismo después de la Primera Guerra Mundial, pero que surgió mucho antes bajo la forma de una "religión laica" que, por medio de "ritos y ceremonias, mitos y símbolos", se constituyó en un aglutinante político de la nación, entendida ésta como el conjunto del pueblo, en el concepto rousseauniano de voluntad general, pero que se apartaba del parlamentarismo y de la democracia representativa apelando a la participación de un marco litúrgico y de culto. Centrándose en el caso específico de Alemania, Mosse defiende la existencia de "una continuidad que va desde la resistencia a la invasión napoléonica hasta la elaborada liturgia del Tercer Reich. Como una sólida base de religiosidad popular y, sobre todo en Alemania, sobre un milenarismo que emergía rápidamente en momentos de crisis". El Führer, canalizando en escenarios estudiados y en ceremonias cuidadosamente elaboradas -de las que él mismo formaba parte integrante- esa característica de las masas logró una amplísima adhesión que no puede explicarse apelando exclusivamente al terror (que por supuesto existió), a la propaganda o a la manipulación. (Saborido, Interpretaciones del fascismo, Biblos, Bs As, 1994, págs 95y 96).

"El mantenimiento del alfabeto gótico en lugar del latino es una revancha simbólica contra el curso del mercado mundial." (Saborido, pág.55).


De Guerra y Muerte


El arma contiene balas que cobran forma humana con rostros y cuerpos desnutridos, degradados, siniestros, mortuorios. En esta imagen hallé la representación de la pulsión destructiva, evocando la guerra.

ª Tánatos: La pulsión de muerte y el concepto de la guerraª

La pulsión de muerte se manifestó en el hombre moderno en su alienación a las utopías, sistematizadas en ideologías de corte totalitario y autoritarias. La expresión de la pulsión tanática se tradujo en guerra y totalitarismo. Y en relación a esto Hitler se manifiesta en favor de la 1º Guerra Mundial de esta manera: "… Aquella fue para mí la época de mayor elevación espiritual que haya vivido jamás…" (16)

" La puerta principal del panteón de la Historia debe estar reservada a los héroes y no a los que se arrastran."(17)

"Dios es testigo de que la guerra de 1914 no fue en absoluto impuesta a las masas, sino, en cambio, deseada por el pueblo"(18). Este es el mito que de la guerra como un fin bueno que alzó el nacionalsocialismo para levantar a las masas.

Se debe hacer una relación que está presente en Freud para analizar la pulsión de muerte. A propósito de situar al sentimiento de culpa como el problema más importante del desarrollo cultural" y aparece así una cuestión colateral a este tema: la pulsión de destrucción.

En un comienzo la analizó en el contexto del sadismo: en Tres Ensayos… aparece como una de las "pulsiones parciales" que componen la pulsión sexual. " El sadismo respondería, entonces, a un componente que se ha vuelto autónomo, exagerado, elevado por desplazamiento al papel principal". (pág143) En el Segundo ensayo
reconocía la primitiva independencia de las mociones agresivas: "Tenemos derecho a suponer que las mociones crueles fluyen de fuentes en realidad independientes de la sexualidad, pero que ambas pueden entrar en conexión tempranamente…"

Desde el comienzo se pensó que las mociones de agresividad, y también de odio, pertenecían a la pulsión de autoconservación, y como esta era ahora subsumida en la libido, no hacía falta suponer ninguna pulsión agresiva independiente. Y ello pese a la bipolaridad de las relaciones objetales, las frecuentes mezclas de amor y odio y el complicado origen del odio mismo. 

Hasta que Freud no estableció la hipótesis de una "pulsión de muerte" no salió a la luz una pulsión agresiva realmente independiente, esto ocurrió en Más allá del principio del placer, cap. VI y en obras posteriores como el cap IV de El yo y el ello, la pulsión agresiva era aún algo secundario, que derivaba de la primaria pulsión de muerte, autodestructiva. 

Según una carta que Freud dirigió a la princesa Marie Bonaparte el 27 de Mayo de 1937, en la que parece sugerir en un fragmento que , en sus orígenes, la agresividad volcada hacia el mundo exterior poseía mayor independencia: "El vuelco de la pulsión agresiva hacia adentro es, desde luego, la contrapartida del vuelco de la libido hacia afuera, cuando esta pasa del yo a los objetos. Se podría imaginar un esquema según el cual originalmento, en los comienzos de la vida, toda la libido estaba dirigida hacia adentro y toda la agresividad afuera, y que esto fue cambiando gradualmente en el curso de la vida. Pero quizás esto no sea cierto."

" La guerra se apoderó de nosotros como una exaltación. Partimos bajo una lluvia de flores, embriagados de rosas y de sangre. No dudábamos de que la guerra nos ofrecía la grandeza, la fuerza, la madurez. Se nos aparecía claramente la acción viril: alegres combates de tiradores, en prados donde la sangre caía como un rocío sobre las flores. La muerte más bella del mundo (19). Este trozo extraído del Diario de Guerra de Jünger, muestra bien el estado de ánimo en que se hallaba inmerso Hitler y que lo hizo caer de rodillas "arrastrado por un entusiasmo tumultuoso", para agradecer "de todo corazón al cielo él haberle brindado la dicha de poder vivir en semejante época". No había querido combatir por los Hasburgos, pero estaba dispuesto "a morir en cualquier momento por (su) pueblo y por el imperio que lo personificaba. 

En este sentido corresponde hacer algunas reflexiones al tema de la guerra. Desde hace tiempo se ha enunciado ya la idea esencial: el hombre, librado a sí mismo, instaura el principio de bellum omniun contre omnes (la guerra de todos contra todos). Esta visión formulada por el realismo presupone que la violencia es parte integrante de la vida, del orden social y de las relaciones entre los hombres.

La aparición de la violencia es más una condena del orden social que su justificación; su presencia deja al descubierto los puntos débiles del sistema.
¿Por qué motivo, en tiempos de guerra, un gran número de personas, habitualmente pacíficas e inofensivas, se dejan dominar por el odio y participan en atropellos y matanzas con un ensañamiento y una violencia aterradores?

El psicoanálisis freudiano sitúa la raíz de esa agresividad, que se manifiesta y generaliza sobre todo en situaciones de guerra, en el inconsciente del individuo. Podría compararse el inconsciente a una caja de Pandora donde se reprimen y encierran las pulsiones de agresividad cuyo origen se remonta al primer contacto con los demás. Freud lo define como el lugar "donde están almacenados los gérmenes de todo lo malo que hay en el alma humana". Es pues la barbarie presente en nuestro inconsciente la que hace posible esa regresión a la barbarie de la guerra. El pensamiento freudiano coincide aquí con la demonología cristiana, cuyo postulado fundamental podría resumirse con la frase del escritor suizo Denis de Rougemont: "El enemigo está siempre dentro de nosotros."

De ahí, podemos elaborar dos conclusiones. En primer lugar, en la guerra el hombre no renuncia a su individualidad para dejarse invadir por un sentimiento colectivo de agresividad, cuya cualidad psíquica sería diferente de la que caracteriza la vida psíquica individual. El hombre "normal", sólo toma parte en las atrocidades de la guerra incitado por la participación masiva de otros miembros de su comunidad. Pero participa, sin embargo, a título personal, y tiene para hacerlo una motivación subjetiva inconsciente. 

Si el origen de la agresividad se encuentra en el inconsciente de cada individuo, la belicosidad es, por tanto, una disposición universal y no la característica innata de una etnia o una nación determinada. "Todos los pueblos, precisa la célebre psicoanalista francesa Marie Bonaparte, incluso los que en tiempos de paz tienen un comportamiento particularmente humano son susceptibles de recaer en la barbarie original."

Así, esa agresividad inconsciente, que trata de descargarse en objetos externo para no transformarse en una fuerza autodestructora, predispone al hombre a la guerra. Sin embargo, dicha agresividad no es la causa primordial de las guerras, sino más bien, su principal arma, o mejor dicho, el "recurso natural" e irremplazable para que la economía bélica funcione correctamente.

"Para los nacionalistas derechistas de Weimar, la violencia de los campos de batalla, la eficiencia y el poder de los tanques y los barcos, y las explosiones de las granadas, eran la expresión de extrema de los impulsos internos hacia "la vida" (20).

" La experiencia bélica del pasado reciente, no de un pasado remoto, se había convertido en la utopía concreta de la derecha, un tesoro perdido que esta tradición trataba de recapturar." Los adeptos a las ideas nacionalistas, al romanticismo germano y a la postura nazi, sentían la pulsión tanática como erótica, la guerra, los seducía, la guerra los inmortalizaría como héroes llevados por valquirias hacia el Walhala, tomando la tradición nórdica.

Ahora bien, en relación a la violencia y la guerra, al Estado le interesa muy especialmente controlar y monopolizar para él este recurso que reviste para él una importancia estratégica fundamental. "Cada ciudadano, escribe Freud en sus Consideraciones actuales acerca de la guerra y la muerte (1915), puede en esta guerra, constatar con pavor (…) que el Estado ha prohibido al individuo el empleo de la injusticia, no porque pretenda abolirla, sino porque quiere monopolizarla, como la sal o el tabaco." Este paralelo entre el odio y el capital aparece con el mismo sentido en los escritos de Marie Bonaparte: "El odio, en el corazón del hombre, es un capital que hay que invertir en alguna parte."

¿Que procedimientos emplea el Estado, que él controla, de la agresividad de sus ciudadanos y hacer fructificar el capital del odio? Esos procedimientos están marcados por la contradicción y la ambigüedad. No se trata simplemente de levantar la prohibición de saquear, torturar y matar. Es posible que el hombre desde siempre, como afirma Freud, "haya sentido la tentación de satisfacer su necesidad de agresión a expensas de su prójimo (…), de martirizarlo. Pero a esta tentación se opone el superyó al yo (…), que es el asiento psíquico de los modelos y los tabúes."

Rojas y Sternbach aducen en relación al Superyó: " En cuanto al Superyó, Freud dirá que, en el antagonismo irremediable entre exigencias pulsionales y cultura, ésta última logrará interiorizar sus restricciones por la vía del mismo. En un plano indisociable del relativo a la función del ideal, el Superyó será un articulador privilegiado entre lo individual y lo social. A través de la internalización de los preceptos culturales disminuirá la necesidad de la compulsión externa, las restricciones de la cultura serán efectivizadas y se logrará la cohesión de los sujetos y su ajuste al engranaje social." (21)

Gran número de documentos y testimonios demuestran que en Alemania el entusiasmo se hallaba más difundido y que la guerra fue acogida por muchos como una "liberación", "pues desde hacía tiempo la gran mayoría estaba cansada de la perpetua inseguridad". Por un momento, los alemanes pudieron olvidar sus fracturas internas, sobre todo desde que el Káiser dijo: "Ya no conozco partidos, sólo conozco alemanes", lo que equivalía a la "unión sagrada" francesa y conducía paz social (Burgfrieden). Pero aunque el adoctrinamiento para el heroísmo patriótico era muy intenso en las escuelas, aunque la noción de una "guerra fresca y alegre" estaba ampliamente difundida, parece poco probable que el obrero o el campesino alemán hayan partido contentos a la guerra. Todo estaba bien orquestado para que el Hurrapatriotismus (Viva el Patriotismo) se impusiera, sabiamente apoyado por la prensa, los discursos y las manifestaciones. Ese adoctrinamiento insistía en el deber de cada uno en momentos en que se trataba "de la existencia o del fin de la nación alemana": El amor a la patria se impuso a cualquier otra fidelidad, sobre todo a la solidaridad obrera
La cohesión social se ve favorecida a través de la identificación de los ideales de la cultura, cuya contracara sería la conciencia de culpa y la percepción del propio yo como deficitario en relación al ideal (esto, vía Superyó). Esta situación sucede en todas las épocas con sus especificidades propias.
Para que el individuo normal se entregue a las atrocidades de la guerra y dé rienda suelta a su agresividad reprimida, es necesario que engañe a su superyo. No se trata de neutralizar o eliminar la presión de la censura moral, ni de aumentar esa presión, de inflar el superyo. Para un soldado movilizado, matar en la guerra no es una prerrogativa o la satisfacción de un deseo oculto; es un deber, un sacrificio, un acto heroico. Al mismo tiempo, el papel despreciable de los que, de una manera irresponsable, no piensan más que en su propio placer recae en las personas que se niegan a participar en la guerra.
Esa paradoja aparente se explica por el proceso de identificación que Freud describe como " la asimilación de un yo a otro, con el resultado de que el primer yo se comporta como el segundo, en ciertos aspectos, lo imita, y en alguna medida lo acoge dentro de sí " a otro se afirma en primer lugar como interiorización del modelo paterno, es decir como formación de una imagen ideal a través de la cual el individuo procura afirmarse.
Esa ambigüedad reaparece también cuando se proyecta la relación padre-hijo en el plano social y político. En el niño que se convierte en adulto, escribe Fornari en su Psicoanálisis de la guerra, "la lealtad que profesa a su jefe, o el grupo que personifica su ideal, se equilibra con el odio que siente por otro jefe u otro grupo. Así está predispuesto a combatir (…) Otro efecto de la división de la imagen del padre en dos figuras: los dioses de un pueblo son los demonios de otro."
El individuo, por su estructura psíquica y la naturaleza de las relaciones que establece con otros individuos en la sociedad, está preparado para transgredir la prohibición de matar. Para que llegue a violar efectivamente esta ley -lo que hace en tiempos de guerra- sin caer en la locura y el crimen de ordinario, el recurso a la violencia extrema debe justificarse adecuadamente.
Hay diversas maneras de conseguirlo. En primer lugar, dando a los actos bélicos, en particular a la destrucción del enemigo, un valor extraordinario, incluso sagrado. La importancia de la victoria por las armas se vuelve primordial: de ello depende la supervivencia de la nación, la integridad física de un pueblo. A los valientes soldados incumbe el deber de perseguir, derrotar y matar a todo aquel que represente una amenaza.
La guerra, siempre impuesta, y por tanto defensiva, nos opone a uno o varios enemigos concretos. Pero se la presenta también como la reanudación y continuación de guerras precedentes que nuestros antepasados han librado contra nuestros adversarios, lo que confiere a la contienda actual una dimensión mítica. El yo no sólo participa de un nosotros presente en el escenario histórico, sino que forma parte de una entidad colectiva in illo tempore. La guerra le brinda la oportunidad de identificarse con sus antepasados, de vivir el tiempo de la epifanía de los héroes míticos.
En esa misma perspectiva mítica, el prestigio del jefe (de la nación, del ejército), que en un plano psicológico es una proyección del amor al padre, se acrecienta en la medida en que aparece como la encarnación del héroe fundador de la comunidad. "El carisma, recuerda Moscovici, tiene los rasgos de una evocación del pasado…"
A la valoración mítica de las acciones guerreras y a la divinización del jefe corresponde, en el extremo opuesto, la satanización del enemigo. Una etapa decisiva que abre la vía a la transgresión de la prohibición de matar, pues la satanización expulsa al enemigo del universo humano. No sólo ya no está prohibido matarlo, sino que su eliminación se convierte en un acto de heroísmo altamente apreciado. El enemigo deshumanizado representa una amenaza para nuestra humanidad; así, oponerse a él es luchar en favor de valores humanistas universales.
A modo de conclusión de esta parte, expongo la siguiente cita de Nietzsche: 
"La humanidad no supone una evolución hacia un tipo mejor, más fuerte o elevado, en la forma como se lo cree hoy día. El `progreso´ no es más que una noción moderna, vale decir, una noción errónea (…)la evolución no significa en modo alguno y necesariamente acrecentamiento, elevación, potenciación" (22).

Para finalizar recurro al mito expresado en la leyenda nórdica de El Ocaso de los Dioses ilustra el viraje tanático que dio el supuesto sistema que mediante su jefe redimirían a una Alemania fracasada y en plena crisis social.

La Juventud, la ternura y la poesía habían desaparecido del Asgard.
Los dioses que quedaban veían perdida su gloria y el frío del invierno parecía cubrir sus corazones.
También la Tierra yacía desolada por los fríos vientos.
Los hombres tenían helado el corazón y las mujeres olvidaban hasta el amor que debían profesar a sus hijos.
Los hermanos reñían entre sí y se daban muerte como si se tratara de los más encarnizados enemigos.
Al ver todo esto, el corazón de los gigantes se henchía de gozo y no tardaron demasiado tiempo en ser los dueños todopoderosos del Asgard.
Desaparecido el Sol del universo, las estrellas empezaron a caer una por una.
La oscuridad se hizo más densa y un extraño sonido rompió el silencio que pesaba sobre los mundos.
Mientras tanto, el malvado Loki había hecho saltar los hierros que le encadenaban desde que diera muerte a Balder y tenía el pecho rebosante de odio y deseos de venganza. Inmediatamente corrió a reunirse con demonios y gigantes, enemigos irreconcialiables de los ases, y la lucho no tardó en comenzar.
También el terrible lobo Fenris quebró, por fin, el cordón encantado que lo tenía sujeto a la roca.
Y la serpiente Yormungardur asió con más fuerza a la Tierra entre sus anillos, intentando sepultarla entre las aguas.
Entonces se oyó sobre el puente del Arco Iris el grito de guerra de Heimdal, llamando a los dioses al combate. Tan pronto como lo escuchó Odín, fue a ver a las Normas para preguntarles cómo debía conducir la batalla.
Las tres Normas estaban cubiertas con un velo, silenciosas, sin hacer nada.
Porque su trabajo ya había terminado.
También el gran fresno Ygdrasil temblaba como si tuviera las raíces carcomidas.
Tan pronto como Odín terminó de hablarles, pudo escucharse la segunda llamada de Heimdal.
Entonces Odín regresó al Asgard, convocó a los dioses y salieron dispuestos a lucha con brillante armadura y dorados yelmos.
Al frente de los combatientes celestes iba Odín, blandiendo en su poderosa mano la espada de Gungnor.
Detrás de él iban sus guerreros, que salían como un torrente incontenible del Walhala. Sobre sus caballos resplandecientes, las valquirias, como un enjambre espantable los rodeaban.
Los infernales iban capitaneados por los Loki, seguido de cerca por el feroz y siniestro Fenris, cuyas fauces chorreaban sangre. Tras ellos avanzaba un ejército innumerable de gigantes de fuego.
Chocaron las armas ferocidad inusitada.
Los gigantes parecían derretirse al tocar las brillantes armaduras de sus enemigos.
El lobo Fenris aullaba sin cesar.
Pero al ver al dios Odín se abalanzó sobre él y , tras dura lucha logró vencerle y acabó devorándolo.
Vidar, el hijo de Odín, corrió a vengarlo, lo que consiguió al hundir su espada en el corazón de la fiera.
Thor quiso combatir a su vez contra la serpiente, odiosa bestia Migdard, logrando aplastarla con su martillo.
Pero el venenoso monstruo, antes de fenecer, haciendo un esfuerzo supremo, envolvió con sus anillos al dios y le escupió todo el veneno que llevaba.
Thor cayó muerto en el acto.
Entre tanto, dioses y monstruo, sin olvidar los gigantes luchaban a muerte.
Loki y Heimdal se mataron el uno al otro en feroz y encarnizada lucha.
Tyr, el último de los grandes ases que quedaba vivo, murió también, después de haber acabado con la existencia de el perro de los infiernos, Garm.
Cuando ya habían desaparecido los más grandes de uno y otro bando, se generalizó la catástrofe.
Hasta que, de pronto, se hizo un profundo silencio, un silencio absoluto, al que siguió una rápida precipitación de aire.
Entonces se extendió por todas partes un calor de muerte y todo el universo estalló en una potentísima llamarada.
El fuego devoró todos los mundos.
La Tierra fue tragada por el mar.
Ya no había Sol, Luna ni estrellas.
Cielos e infiernos habían desaparecido también.
Todos los dioses, los gigantes, los monstruos y, por supuesto, los hombres habían muerto.
Nada quedaba.
Absolutamente nada.
Sólo el abismo infinito lleno de rugientes aguas, de aguas que envolvían la soledad y el silencio.
Había llegado el temido fin de todas las cosas.
Y con ello, EL OCASO DE LOS DIOSES. 


A modo de conclusión: el totalitarismo de lo efímero


Con la imagen de esta portada quiero mostrar una representación de lo que estaría de de sucesos o ideas imperantes a lo largo de todo el siglo XX, resaltando la guerra, las masas, el malestar en las diferentes épocas, y haciendo alusión al vacío que se genera en este fin de siglo, donde la caída de los grandes relatos es representada por el desquicio o desorden impernate en el dibujo y la pérdida del sentido. Visión quizás fantasmal del porvenir, las ilusiones quedaron atrás (esta es otra ilusión).

Grandes mitos son los que actualmente atrapan al individuo y lo controlan: el consumo donde su liturgia reside en el Shopping como templo, la comunicación está mediatizada cada vez más por la cibernética (la conversación pasa a un segundo plano, ahora lo que gusta es "chatear") mientras la vida se vuelve cada vez más transparente al decir de Gianni Váttimo, el tiempo y el espacio son compactados en grandes urbes. El hombre, ingresa a la sociedad tecno, nunca antes fue tan prótesis. En la era nazi el individuo era cooptado y controlado por los terroríficos aparatos burocrático-estatales, la propaganda y debía morir por la figura de un líder: Hitler. Actualmente el hombre supone que tiene más libertad, más derechos, cuando en realidad, está siendo absorbido por la virtualidad y el mercado. El hombre masa del nazismo formaba parte de un todo. Ahora el hombre se masifica aislándose. Tánatos en una y otra etapas, eros sólo parecería ser solo un personaje mitológico que nunca termina de plasmarse.

Masa, siempre, masa, el hombre no puede escapar de los límites que él mismo se ha impuesto, remitiéndonos a Freud, el hombre nunca podrá satisfacer su falta, su superyó lo condena y su yo cada vez se volatiliza más. Esclavo del presente, del aquí y del ahora, no proyecta, sólo vive el momento. Sociedad de masas: Para Lipovetsky: " El Narcisismo, nueva tecnología de control flexible y autogestionado, socializa desocializando, pone a los individuos de acuerdo con un sistema social pulverizado, mientras glorifica el reino de la expansión del Ego puro."(23)

Se trata del consumo entendido como una lógica reguladora de lo social, vigente y eficaz, más allá de las posibilidades concretas de acceso a los bienes en circulación. Dicha lógica se constituye en uno de los organizadores centrales de las sociedades posmodernas sustentándose en el supuesto implícito de que el consumo sería la via para el acceso a la satisfacción. En la sociedad flexible, opcional, posmoderna, informatizada, el homo politicus deviene en homo psicologicus, ya que la conciencia social transmuta en autoconciencia. El conocimiento de sí reemplaza al reconocimiento del otro. En palabras de Lipovetsky: " Sólo aparentemente los individuos se vuelven más sociables y cooperativos; detrás de la pantalla del hedonismo y de la solicitud, cada uno explota cínicamente los sentimientos de los otros y busca su propio interés sin la menor preocupación por las generaciones futuras"(24). El amaestramiento social ya no se realiza por imposición disciplinaria ni tan sólo por sublimación, se efectúa por autoseducción"(25). 

La esfera socio-política se encuentra atravesada por el proceso de personalización narcisista y massmediatizada, lo cual debilita los lazos sociales y confunde la realidad con la virtualidad de las imágenes y ruidos. 

La sociedad actual presencia la casi desaparición del espacio de lo privado, ya que los medios parecen exhibirlo todo y donde la imagen se propone como la 
única realidad. Exhibición que tiende a la anulación de los enigmas para el hombre posmoderno.

Se produce la caída de la movilización de las masas mediante un líder, una ideología, un partido político o desde el Estado al estilo de los populismos, totalitarismos o autoritarismo que conoció la modernidad, ya que con la expansión de los medios de comunicación y la elección a la carta el sujeto posmoderno es movilizado por la publicidad que genera pérdida de voluntad de elección y satura al yo, por la política espectáculo y el discurso de la libertad que en realidad es una no identidad que se esconde a través de los signos del mercado: las marcas. La manipulación mediática ejerce la pasividad en el accionar del hombre flexible y cool proporcionándole a partir de la oferta consumista la adaptación a esta nueva fase del sistema capitalista.

De acuerdo con Eagleton: " Que los gobernantes no tengan necesidad de nombrarse o desplegar ideologías es un índice de su poder" (26).

El hombre alienado al presente: necesidad de ser ahora, ya o nunca. La imprevisibilidad es la pauta que marca la acción en presente. 
La incertidumbre trajo la violencia, y ello degeneró en el III Reich. Qué trae consigo lo efímero y volátil?

Sin duda, existió un vínculo entre la sociedad, la ideología, la cultura política de Alemania y la persona de su jefe. Hitler fue el producto de las convulsiones y de las frustraciones de la historia austro-alemana, de la historia de un pueblo que le costaba integrarse. Sin ellas, ese representante por excelencia de la "trivialidad del mal", acuñando la expresión de Hanna Arendt, jamás podría haberse elevado a la cabeza de la nación. A su vez, Hitler marcó con su sello a la sociedad y a la cultura política del III Reich. Al carácter polimorfo de ese hombre respondía una ideología heterogénea, un Estado compartimentado, un pueblo atomizado.


Apéndice: El Mito Esotérico


En relación a este tema, durante el tiempo que me llevó realizar la investigación, dado a las entrevistas realizadas, la búsqueda de la bibliografía en bibliotecas y librerías, y mi particular interés por los temas esotéricos, he obtenido información pertinente al Hitlerismo Esotérico. Si bien desde la caída del nazismo se difundió una cierta idea acerca de este tema, fue de carácter mas bien sensacionalista y tratados con algún nivel de desconocimiento. 
En esta sección mi objetivo es hacer brindar a título informativo este tema basándome en los testimonios de Miguel Serrano, diplomático chileno e iniciado en el Hitlerismo Esotérico, cuyas argumentaciones, a mi entender, muestran la otra cara totalitaria de este movimiento, la que tiene pretensiones de dominio no sólo terrenal sino en el mundo espiritual, astral, "más allá", fundamentándose una mitología, mística y magia, así como lo hiciera el Antiguo Egipto, Grecia y los pueblos prehistóricos.
No es mi intención avalar esta postura siniestra, sino que mi motivación es la de hacer conocer esta otra visión que también puede contribuir a mostrar que más allá de la caída del nazismo, todavía hay vestigios de adoradores y adeptos a su idea, y no solamente en un plano eminentemente político o ideológico sino también "religioso". 
Miguel Serrano ha escrito numerosos libros en torno a este tema, entre ellos, Adolf Hitler, el último avatara y El cordón Dorado. En cuanto al primero, su título hace alusión a la concepción hindú sobre la encarnación de una divinidad o deidad, especialmente el Vishnú, el Preservador dentro de la Trilogía del Hinduísmo : siendo Brahma el Creador y Shiva el destructor, Vishnú es un antiquísimo Dios védico, ario, blanco y rubio cuya residencia se encuentra en el Polo Norte. Avatara es palabra sánscrita. Y el argumento es que hasta ahora se han producido nueve encarnaciones en las grandes divisiones del tiempo hechas por el hinduismo; las tres últimas conocidas son heroico-religiosas y corresponden a Rama, Krishna y Buddha. La décima, la de Khalki, sobre el caballo blanco, cerrará el Khali-Yuga, la época de hierro de los griegos, la Edad Más Oscura: es decir, el tiempo actual. Aparecerá en el vértice de la catástrofe final y vendrá a juzgar. El autor de este libro sostiene que esta encarnación de la divinidad de Vishnú - Wotan, es anunciada por Adolf Hitler (cuando hace referencia al "hombre que vendrá"), quien ya hizo su aparición fulgurante y deberá retornar junto a su Ultimo Batallón (la Wildes Heer, la Orda Furiosa de Wotan-Odin) en el filo de la catástrofe, a salvar a los suyos y a juzgar a sus enemigos. A su vez, este argumento pretende explicar los acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial, como así también algunos ocurridos en Chile como el golpe de 1973. 
El libro El Cordón Dorado, que es anterior al primero, el autor realiza una vinculación del hitlerismo a una tradición milenaria, necesariamente esotérica. Gnósticos, cátaros, rosacruces, caballeros de la Orden de la Thule, jerarcas ocultos del nacionalsocialismo peregrinan por las páginas de este libro encontrándose en insospechados monasterios y castillos librando batallas astrales cuyos ecos recoge la historia y que se deciden según el giro rotatorio de la svástika, símbolo que aparece inexplicablemente en épocas y culturas aparentemente ajenas entre sí.
La carátula de este apéndice evocaría la supuesta reencarnación de Hitler tomando como forma corpórea la del Dios Wotan haciendo el saludo nazi y regresando del Mas allá para concretar su profecía prometida. 
La portada final es un collage de imágenes sobre una superficie metálica, oscura, densa, laberíntica, industria, tecnológica y "dark", híbrida; los íconos que aparecen representan una síntesis visual de los conceptos aquí desarrollados. La noche terrorífica; el monstruo que se apodera del árbol de la vida que yace ante el auge del estandarte nazi; unos guerreros con sus espadas mágicas aparecen en comunidad dentro de ese mismo bosque, representan el mito del héroe romántico que es evocado por el nazismo. La raza superior venciendo en el hombre ario que apoya su sobre su enemigo derrocado. Abajo la promesa de un pasado mítico fantástico y maravilloso que devendría en terror transforma a ese héroe en un monstruo, detrás de todo este plan, subyace el líder malévolo que lo único que lleva a cabo es la total destrucción. (*)

(*) Fuente: Este trabajo de Verónica Baston es publicado originalmente aquí.

 Notas: 
1.Este dios es conocido en el norte europeo, específicamente en los países escandinavos, con el nombre de Odín, pero tanto en esa parte como en Alemania, se sigue la misma tradición en base a la misma leyenda.

2.Es conocido la predilección de Hitler por la música wagneriana, que lamentablemente la ha interpretado en relación a sus propios fines.

3.En Bobbio, Diccionario de Política, Siglo Veintiuno Editores, 1995, págs. 1574-1588.

4.El modernismo reaccionario, J. Herf, pag. 47

5. Steiner, Marlis, Hitler, Javier Vergara Editores, págs. 33 y 34.

6. Ibid, cita pág. 62.

7. Rojas y Sternbach, Entre dos siglos, 1997.

8. Ebenstein, William, El Totalitarismo, Paidós, 1965.

9. Citado en Tradicionalismo y Fascismo Europeo, María Victoria Grillo (compiladora), Eudeba, 
1999, pág. 136.

10. Eros es el dios Amor de los griegos, hijo de Afrodita. Es la virtud atractiva que lleva las cosas a juntarse y crear la vida, es una fuerza fundamental del mundo, que no sólo asegura la continuidad de las especies sino también la cohesión interna del cosmos. En El Banquete de Platón, Eros aparece como un "jaimón" (fuerza espiritual misteriosa) intermediario entre los dioses y los hombres. Lejos de ser un dios satisfecho de su poder, es una fuerza siempre insatisfecha e inquieta. Nació de Pobreza (Penía) y Abundancia (Poros). Tánatos, genio masculino que entre los griegos personificaba a la muerte; hijo de la Noche y hermano del Sueño. (Diccionario Mitológico Greco-Romano).

11. Para ilustrar estos conceptos expongo, según el Diccionario de Laplanche de Principio de Nirvana: Término propuesto por Bárbara Low y recogido por Freud para designar la tendencia del aparato psíquico a reducir a cero o, por lo menos, a disminuir lo más posible en sí mismo toda cantidad de excitación de origen externo o interno.
El término "nirvana", difundido en Occidente por Schoppenhauer, está tomado de la religión budista, en la cual designa la "extinción" del deseo humano, la aniquilación de la individualidad, que se funde en el alma colectiva, un estado de quietud y felicidad perfectas.
En Más allá del principio del placer, Freud enuncia el principio de nirvana como "(…) tendencia a la reducción, a la constancia, a la supresión de la tensión de excitación interna". Esta formulación es idéntica a la que Freud da, en el mismo texto del principio de constancia, e implica, por consiguiente, la ambigüedad de considerara como equivalentes la tendencia a mantener constante un cierto nivel y la tendencia de reducir a cero toda excitación.
Con todo, no es indiferente observar que Freud introduce el término "nirvana", con su resonancia filosófica, en un texto en el que se adentra en un camino especulativo; en el nirvana hindú o schopenhaueriano Freud ve una correspondencia con la noción de pulsión de muerte. Esta correspondencia se subraya en El problema económico del masoquismo(1924): "El principio de nirvana expresa la tendencia de la pulsión de muerte". En este sentido, el "principio de nirvana" designa algo distinto a una ley de constancia o de homeostasis: la tendencia radical a llevar la excitación al nivel cero, como Freud la había ya anunciado con el nombre de principio de inercia.
Por otra parte, la noción de nirvana sugiere una profunda ligazón entre el placer y la aniquilación, ligazón que Freud consideró siempre problemática.

12. La relación que encuentro con esta sección y la portada es la siguiente: el ser central, de apariencia poderoso, que toma entre sus manos, al parecer, un cerebro humano, de un hombre de estaría cabeza hacia abajo, como que ha sido absorbido por esta mujer que representaría la alienación, tiene en su rostro la expresión de sufrimiento y opresión. La cabeza de Alienación está siendo tomada por un demonio que representaría el papel de quien tiene el poder de imponer su ideología. Aquí también el clima es denso, oscuro, "dark", asfixiante. Los preservativos con cabezas y rostros representarían la maquinaria de servidumbre de la que se rodea el diablo que tienta a los sujetos para perderse en ese vínculo macabro que deviene en los sistemas totalitarios.

13. Nietzsche, Cómo se filosofa a martillazos, Edaf, 1985.

14. Según René Guénon: "Si la mayoría de los científicos modernos no han ca?do en la cuenta, es porque carecen por completo de la auténtica comprensión de los símbolos (…) Pensamos que, en la Europa moderna nunca se ha conocido hasta ahora su verdadero significado. Inútilmente se ha pretendido explicar este símbolo por medio de teorías muy fantasiosas; incluso se ha llegado a ver en él el esquema de un instrumento primitivo destinado a encender fuego. Ciertamente, si existe en efecto algún tipo de relación con el fuego, es por razones muy diferentes". Símbolos fundamentales de la Ciencia Sagrada, Paidós Orientalia, 1995, Pag 57. 

15. Serrano, Miguel, Adolf Hitler, El último Avatâra, pág. 37

16. Giusseppe Mayda, Hitler, documental period?stico, 1990.

17. Hitler, Main Kampf, pág 100 cit.Marlis Steinert, Hitler, Vergara

18. Hitler, Main Kampf, pág 100 cit.Marlis Steinert, Hitler, Vergara

19. Steinert, cita 6 pag.69 .

20. Herf, J., El modernismo reaccionario, FCE, México, 1993, pág. 83.

21. Op. cit, pág. 72.

22. Nietzsche, F: El anticristo, Edaf, Madrid, 1985, pág.23.

23. Lipovetsky, Gilles, La era del vacío, pág. 55.

24. Op. cit., pág. 69.

25. Ibid, pág. 55.

26. Eagleton, Terry, pág. 108

Bibligrafía Consultada

-Diccionario Mitológico Greco - Romano.

-Eagleton, Terry: Las ilusiones del posmodernismo, Paidós, Bs As, 1997.

-Ebenstein, William, El totalitarismo, Paidós, 1965.

-Freud, Sigmund: Obras Completas, Amorrortu Editores:
-Psicología de las Masas y análisis del yo, Tomo XVIII.
-El porvenir de una ilusión, Tomo XXI.
-El malestar en la cultura, Tomo XXI.
-Moisés y la Religión Monoteísta, Tomo XXIII.
-Totem y Tabú, Tomo XIII.
-Tres ensayos de teoría sexual, Tomo VII.
-El yo y el ello, Tomo XIX.

-Guénon, René, Símbolos fundamentales de la Ciencia Sagrada, Paidós Orientalia, 1995.

-Herf, Jeffrey, El modernismo reaccionario, FCE, México, 1993.

-Hitler, Adolf, Mi Lucha, Solar, Santa Fe de Bogotá, Colombia, 1995.

-Laplanche, Pontalis, Lagache: Diccionario de Psicoanálisis, Edit. Paidós.

-Lipovetsky, Gilles: La era del vacío, Anagrama, Barcelona, 1998.

-López Gil, Marta: Filosofía, modernidad y posmodernidad, Editorial Biblos, Bs As, 1996.

-Lyotard, Jean François: La condición posmoderna, Rei, Bs As, 1997.

-Nietzsche, F.: El Anticristo, Editorial Edaf, Madrid, 1985.

-Reich, Wilhelm, La psicología de masas del fascismo, Paidós, 1973.

-Rojas, María Cristina y Sternbach, Susana: Entre dos siglos, una lectura psicoanalítica de la posmodernidad, Lugar Editorial, Buenos Aires,1997.

-Saborido, Jorge, Interpretaciones del fascismo, Biblos, 1994.

-Serrano, Miguel, Adolf Hitler, El último avatâra, Solar, 1995.

-Serrano, Miguel, El Cordón Dorado, Solar, 1995.

-Steinert, Marlis, Hitler, Javier Vergara Editor, 1996.

-Vattimo, G. y otros: En torno a la posmodernidad, Editorial Anthropos, 1994.


Y Filmografía consultada

c Ascenso y Caída del Tercer Reich, un film de Shirer, Metro Goldwin Mayer.
c El Triunfo de la Voluntad, un film de Leni Rienfenstahl, Valhalla.
c La guerra de Hitler, un film de Reginald Pulh.

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