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LA ILUMINACIÓN DE ROUSSEAU EN VINCENNES

Por Joaquín Meabe

 

 

Jean Jacques Rousseau (1712-1778)

   

   En 1749 Jean Jacques Rousseau, el autor de El contrato social o el Emilio, experimentó una viva iluminación en Vincennes, en camino hacia el castillo donde Diderot, el gran pensador ilustrado de La enciclopedia, padecía prisión. Según la lúcida tesis de Joaquín Meabe, esta fulgurante y emotiva experiencia trascendió el ámbito psicológico. Su efecto o poder esencial fue prefigurar los caminos esenciales de la crítica cultural que ensayaría Rousseau en su célebre Discurso sobre las ciencias y las artes.

  Mediante este texto de Meabe, investigador de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales y Políticas de la Universidad Nacional del Nordeste, Argentina, accedemos a una experiencia simbólica de poderosos aunque desapercibidos efectos en la historia. Muchas de las grandes ideas o doctrinas son prolongación de una previa fulguración inconciente, una repentina iluminación que enciende la activa mente de los pensadores.

E.I

 

LA ILUMINACIÓN DE ROUSSEAU EN VINCENNES

Por Joaquín Meabe

 

    Algunos acontecimientos, que exhiben en el registro histórico más de una versión, con oscuras o dudosas variaciones de detalle, que de ordinario tienden a ocultar su verdadero sentido, a veces pueden resolverse, en el plano de la teoría, recurriendo a la obra del autor al que los sucesos involucran en aparente contradicción.

  Pero, como una obra o un sistema de pensamiento no es un dato empírico, salvo en lo que hace al texto -acerca de lo cual tampoco suele ser pacífico el criterio adoptado para determinarlo-, el procedimiento para comparar las ideas y los procesos singulares exige la selección previa de un punto de vista.

  Desde ya que la elección de un punto de vista adecuado no es una tarea sencilla; y, por cierto, no supone ejercicios de ensayo y error, sino más bien un acotamiento temático, una definición todo lo precisa que permita la inteligencia del asunto en cuestión.

  En la vida de Rousseau encontramos uno de esos acontecimientos, que tendría mayor vínculo con el conjunto de su obra que con los aspectos biográficos o psicológicos de su atormentada personalidad. Se trata de un hecho aparentemente simple que ocurrió en el verano de 1749 camino a Vincennes. Rousseau había salido de Paris para visitar a Diderot que estaba preso en el castillo de Vincennes. En su bolsillo llevaba un ejemplar del Mercure de France. En un alto de la larga caminata se detiene a hojear el periódico y en una de sus páginas encuentra el tema propuesto por la Academia de Dijon para su concurso de 1750: Si el restablecimiento de las ciencias y de las artes ha contribuido a depurar las costumbres (moeurs).

  De acuerdo a su propia versión el tema le produce a Rousseau un impacto fulminante. "Si alguna vez algo se ha parecido a una inspiración súbita, fue el movimiento que en mí se produjo ante aquella lectura: de golpe siento mi espíritu deslumbrado por mil luminarias: multitud de ideas vivas se presentaron a la vez con una fuerza y una confusión que me arrojó en un desorden  inexpresable..." (Segunda carta a Malesherbes, 12 de enero de 1762). Rousseau se ocupa luego de describirnos los detalles con toda intensidad: aturdimiento, agitación, llanto. La pregunta ha uniformado sus conocimientos y sus experiencias. "Oh, señor -continúa la carta a Malesherbes- si alguna vez hubiera podido escribir la cuarta parte de lo que vi y sentí bajo aquel árbol, con que claridad habría hecho ver todas las contradicciones del sistema social, con qué fuerza habría expuesto todos los abusos de nuestras instituciones, con qué sencillez habría demostrado que el hombre es naturalmente bueno y que sólo por las instituciones se vuelven malvados los hombres".

  En las "Confesiones" agrega que "se abrieron a mis ojos nuevos horizontes y me volví otro hombre".

  Si detenemos aquí nuestro examen de los hechos salta a la vista la limitación de nuestras fuentes. Sólo contamos con Rousseau, y no tenemos más que dos posibilidades: que todo haya ocurrido como Rousseau nos cuenta o que haya tendido a exagerar para afirmar la originalidad de sus ideas ante la posible influencia de Diderot que quedaría desdibujada.

  Prescindiendo de la ulterior conversación con Diderot en la que éste lo impulsa a concurrir al certamen el hecho que tomamos en cuenta puede impresionar como una simplificación y una parcialidad. Ahora bien, ¿se trata sólo de un hecho psicológico? Si nos atenemos a la experiencia de Rousseau, sin duda. En primer lugar la propia pregunta de la Academia de Dijon. Y después toda la obra de Rousseau que el autor vincula a la iluminación provocada por la lectura del Mercure.

  Hemos reunido cuanto menos tres elementos para construir nuestro punto de vista: 1) la experiencia psicológica de Rousseau, tal como el nos cuenta en su Carta a Malesherbes y en las "Confesiones"; 2) el interrogante propuesto por la Academia de Dijon; y 3) la obra de Rousseau.

 El primer elemento tiene dos series de componentes que se puede encolumnar, tratando de encontrarle cierto paralelismo:

 

a) La experiencia interior de Rousseau.

Un nuevo horizonte

Mi espíritu deslumbrado

por mil luminarias.

Fuerza y confusión.

Aturdimiento.

Violenta palpitación.

Imposibilidad de respirar.

Caída.

Llanto.

Despertar; Me volví

otro hombre.

Todo cuanto pude retener

ha sido débilmente esparcido

en mis tres escritos

principales.

 

 

 

b) El mundo exterior

que registra.

Las contradicciones del

sistema social.

Una multitud

de grandes

verdades.

Todos los abusos.

Un desorden inexpresable.

Las instituciones vuelven

malvados a los hombres.

Sencillez para ver al hombre.

El hombre naturalmente bueno.

Discurso de 1750.

Discurso

sobre la Desigualdad.

Tratado de la Educación.

 

  En la primera columna figuran los datos psicológicos tal como el propio Rousseau los relata en la Carta a Malesherbes y en las "Confesiones"; y en la segunda los datos del mundo externo que fueron efectivamente mencionados en relacion a su experiencia en ambos textos.

  En la citada carta a Malesherbes Rousseau formula un balance de su vida intelectual y de sus experiencias que resumen su propia opinión del caso: "Después de haber pasado cuarenta años de mi vida así, descontento de mí mismo y de las demás, buscaba inútilmente romper los lazos que me tenían atado esa sociedad que tan poco estimaba, y que me encadenaban a las ocupaciones menos de mi gusto por necesidades que yo estimaba de la naturaleza, y que no eran más que las de la opinión. De pronto un feliz azar vino a iluminarme sobre lo que tenía que hacer para mí mismo, y lo que tenía que pensar de aquellos de mis semejantes sobre los cuales mi corazón se hallaba sin cesar en contradicción con mi espíritu, y a los que yo me sentía inclinado a amar con tantas razones para odiarlos".

  Si el primer elemento seleccionado para formar nuestro punto de vista se apoya en un registro sospechoso de parcialidad, y además elaborado después de ochos años de ocurrido el hecho, el segundo elemento es de una objetividad irrecusable.

 En sí mismo no parece haber llamado la atención de los estudiosos y, sin embargo, es algo más que la chispa que desencadena un ejercicio de destreza intelectual.

 ¿El restablecimiento de las ciencias y de las artes ha contribuido a depurar las costumbres?

   Para Rousseau es una de las "grandes y bellas cuestiones que jamás se han discutido" ("Voici une des grandes et belles questions qui ajent jamais été agitées").

  Hay, por cierto, mucho más que un retórica es la cuestión propuesta por la Academia de Dijon.

  En primer lugar se convoca a revisar una secuencia histórica progresiva. El restablecimiento de las ciencias y de las artes marca esa secuencia progresiva, ya que las ciencias y las artes restablecidas (por el Renacimiento) aparecen como recuperadas después de haber decaído. Las ciencias y las artes vuelven a ser, pero hay todo un intermedio oscuro, una caída o un abandono. Para el moderno allí está la idea de progreso, la secuencia encadenada hacia el futuro optimista  y hasta jactanciosa.

  Anotemos de pasos algunos sinónimos de retablir, del que deriva retablissement. Relever (levantar), restituer (restituir), restaurer (restaurar), replacer (colocar de nuevo), remettre (volver a poner), rehabiliter (rehabilitar), reitegrer (reintegrar). El restablecimiento no es sólo un hecho. En forma implícita, contiene un juicio de valor acerca de sus posibilidades, y por eso la Academia pregunta si ha contribuido a depurar las costumbres. Bella en su aparente simplicidad, la cuestión es grande y compleja, y lo habrá sido aún más en 1749. Allí estaba el progreso emparentado con la moral y la moral con los moeurs (costumbres en tanto repetición de desempeños en los que se reconoce la modalidad del comportamiento por lo que es, o en otras palabras la costumbre entendida como costumbre virtuosa).

    Y por otra parte si las ciencias y las artes tenían aptitud para depurar los moerurs se reconocía en la cuestión propuesta por la Academia un horizonte cultural en la que el desplazamiento progresivo del orden de rangos colocaba a la razón (ciencias y artes) en una posición disciplinaria respecto de los moeurs, perspectiva que luego el positivismo va a transformar a partir del siglo XIX, paradigma funcional de las ciencia morales y que en el terreno del derecho se va a traducir en el vaciamiento de la eticidad de la ley. La sola idea de depurar al moeurs por medio de las ciencias y de las artes pone en entredicho la ética y desplaza su eje de la virtud al talento, incluso en el terreno de las virtudes dianoéticas (intelectuales). En la perspectiva de la cuestión propuesta por la Academia se conectaba la idea de progreso con el ámbito de la moralidad practica sometiendo a debate el punto relativo a la capacidad preceptiva de las ciencias y de las artes. Crucial a la cuestión era entonces saber si las ciencias y las artes pudieron depurar los moeurs, purificándolo bajo sus patrones, eliminado o purgando lo incompatible a las mismas.

  Para el que la quisiera mirar atentamente la cuestión proponía una división de aguas en la propia modernidad y no sólo respecto de la tradición frente a la modernidad.

  Esta doble divisoria de aguas era el verdadero desafío que el discurso de Rousseau va a encarar. De un lado la oposición entre modernidad y tradición que la primera se embandera con la idea de progreso y la segunda se apoya en el tremendo peso de la autoridad; y de otro lado, en un nivel más profundo la colisión misma dentro de la modernidad entre el optimismo racionalista de la ilustración que tendía a uniformarlo todo bajo el patrón disciplinario de las (ciencias y artes) y el espíritu crítico de una modernidad antiutilitaria en el que la conquista de una moralidad inmanente y secular remarcaba su radical autonomía.

  Nuestro punto de vista necesita por último de un tercer elemento: la obra de Rousseau. A ese fin no la consideramos sino como un sistema cuyo eje discurre en torno a la reconstrucción crítica del mundo moral, que comprende el comportamiento y la adaptación (virtud y educación negativa) tanto como los procesos de sostén y validación (regla de administración legítima y duradera) de la vida social edificada sobre la igualdad y la libertad.

  Si nuestra descripción del sistema roussoniano es correcta, la correspondencia entre el segundo y el tercer elemento de nuestro punto de vista que la experiencia de Rousseau no sólo concuerda, y hace inteligible el conjunto, sino que sugiere que lo que se sigue lógicamente de la iluminación de Vincennes nos es otra cosa que dicho sistema.

  La cuestión lo ha colocado frente a las contracciones del sistema social y Rousseau ha captado un nuevo horizonte en el que los abusos no impiden ver al hombre con sencillez, ver sus bondad natural,  y ver también que las instituciones lo vuelven malvado. El impacto es enorme, pero cuando se recupera ya ha cambiado, es otro hombre.

  La mejor prueba de ello es su propia obra.

  El enfoque teórico nos ha permitido trascender el suceso singular; y cualquiera que sea el valor efectivo de nuestra reconstrucción en punto a la verdad teórica, en el plano más modesta de lo meramente verosímil hemos podido descubrir la notable coherencia roussoniana que la retórica autobiográfica del autor tiende a desdibujar.

  Aún así es posible que nuestro punto de vista adolezca de cierta parcialidad o de alguna exageración. En ese caso podrá valer como una utopía en el sentido weberiano, un tipo ideal de un individuo histórico (la iluminación de Vincennes), cuya utilidad dependerá de su aptitud comparativa respecto del hecho real que pone en marcha el cambio crítico de la modernidad. (*)

 

El castillo de Vincennes, donde permaneció prisionero Diderot. En camino hacia este lugar, para visitar al autor de La Enciclopedia, Rousseau experimentó su célebre iluminación, preñada de consecuencias en su pensamiento.

 

(*) Fuente: Joaquín Meabe, "La iluminación de Vincennes", en Derecho y Filosofía Social en Rousseau, Ciudad de Corrientes de Corrientes, edición de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales y Políticas de la Universidad Nacional del Nordeste, Argentina, pp. 5-9.