Inicio Temakel  Volver índice mitos y leyendas ancestrales  Contacto Mapa del sitio  Foro de opinion

 

  

 

 

LA LEYENDA DE LA PIEDRA EL CENTINELA, EN  TANDIL, ARGENTINA.

 

   Una piedra. Piedra que es en realidad un indio que espera en lo alto de una colina el regreso de la mujer amada. Este es el centro de la leyenda argentina que ahora le presentamos. Legendaria historia fundida con la dureza de la roca que nos hace recordar otra piedra y su respectiva leyenda, la piedra de Tandil, también ofrecida aquí, en Temakel

 

LA LEYENDA DE LA PIEDRA EL CENTINELA

      Eran los primeros tiempos del Fuerte Independencia, que había incrustada su avanzada civilizadora entre los ricos valles y serranías de la hoy floreciente TANDIL. Algunos soldados que se aventuraban, en vespertinas cacerías hacia los inexplorados rincones de las serranías, habían traído la noticia o la leyenda de una extraña jovencita, de piel blanca, de hermoso porte. Que como una gacela sorprendida, desaparecía con habilidad en cuanto se apercibía de ser observada, siendo inútil después cuanto se hiciera para volver a encontrarla. AMAIKE era una extraña flor de la región. Su madre, india, había muerto cuando ella era muy niña. Vivía junto al cariño de su padre, un hombre ciertamente curioso en su aspecto y que, por otra parte, denunciaba su ascendencia extranjera, y puede ello admitirse, que era hijo de la cautiva de un gran Cacique. AMAIKE había heredado la fortaleza de la raza aborigen y una belleza asiática que contrastaba con la rusticidad de las hijas del lugar. Su vida natural, en constante ejercicio y a plena luz y sol, había dado a su cuerpo de moza una esbeltez y flexibilidad que unidas al tinte claro de su piel y a la extraña belleza de su rostro y de sus ojos, la habían convertido en una especie de diosa del paraje. 

     Los aborígenes respetaban a AMAIKE como cosa sagrada. 

     Los sencillos pero valientes pobladores de los valles y del llano, crueles con sus declarados enemigos, pero en el fondo blandos y susceptibles a la superstición, encontraban algo de divino en aquella criatura un tanto misteriosa, de belleza no común, cuya mirada serena, pero profunda, los hacía mantener distancia, en respetuosa contemplación. 

     Al principio la miraba como a una diosa, encandilado y cauto, a la distancia. Más adelante, saltaba a su encuentro en cuanto la divisaba, ganando a poco, con su destreza y su arrogancia, la confianza de AMAIKE hasta inspirarle el mismo sano y dulce amor que por ella había nacido. Él, vigilante, todas las tardes se situaba en su natural mirador de la colina, como un centinela y paciente esperaba las cada vez más frecuentes salidas de la hermosa muchacha. El amor los iba atando firmemente y en sus lazos, ambos jóvenes se entregaban con la ilusión de sus vidas en flor. 

      En una oportunidad, dos soldados que hicieron una entusiasta descripción de la  muchacha mientras bebían en el bodegón del naciente pueblo de Tandil, juraron traer prisionera a la "endiablada" y blanca indiecita, a fin de justificar su narración. Alguna base tenían para arriesgar ese juramento. Unos de los soldados había sospechado del periódico encuentro de la jovencita serrana con el indio valiente que desde una colina lejana permanecía firme y desafiante. Así es que a fuerza de vigilar, apostados en los senderos, lograron sorprender a la escurridiza muchacha. Esta, que nunca había sabido de violencias, luchó desesperadamente y se defendió con coraje y decisión para no perder la libertad que la alejaba de sus prados y de su amor... Pero nada pudo hacer... Ya en plena noche, los tenaces soldados regresaban complacidos, y al franquear la entrada del fuerte, vióse con ellos a la más hermosa de las prisioneras. 

     Al día siguiente, con las primeras luces de la madrugada, se tuvo la certeza de que AMAIKE  había sido hecha prisionera por el hombre blanco. Entre los indios, su recuerdo no tardó en apagarse y su existencia fue atribuida únicamente a la leyenda. Pero, en lo alto de la colina, por los días y los días, el atlético indio que aguardaba siguió firme en su mirador, con la esperanza ya vana, de volverla a ver. Quienes visitan el lugar, creen adivinar a través de los contornos de la erguida piedra, la figura imperturbable de quien espera todavía fiel a su amor, a la que nunca más volverá. (*)

                                                     

  (*) Fuente: Versión modificada de la leyenda ofrecida en la página web de la ciudad de Tandil.                       

  Todas las fotos de Carlos Brussain.         

 

 

 

 

 

 

                                                 

 

            ©  Temakel. Por Esteban Ierardo