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  EL NACIMIENTO DE KAÁ-GUASÚ: LA YERBA MATE

 



El mate es una infusión sumamente popular en la República Argentina y en Uruguay. La yerba mate es un arbusto del género de las Aquifoleaceas cuyas hojas contienen
una apreciable cantidad de un alcaloide denominado teína, (similar a la
cafeína), de considerable acción estimulante. Aquí reproduciremos una versión  de la leyenda guaraní sobre el origen de kaá-guasú: la yerba mate. 

 

  EL NACIMIENTO DE KAÁ-GUASÚ: LA YERBA MATE

    Y así habitaba en el cielo. Todas las noches se pasea por las alturas, alumbrando las copas de los árboles y la superficie de los esteros. Y, un buen día, se dio cuenta de que todo
lo que conocía de la selva eran lo que veía desde arriba: los ríos, las
cascadas, el colchón verde de los árboles... pero que no sabía nada de lo que
pasaba en el suelo. Así que quiso ver por sí misma las maravillas de las que
le habían hablado el sol, la lluvia y el rocío: los coatíes cazando al
atardecer, las arañas tejiendo sus telas, los pájaros empollando sus huevos...
en fin, todas esas maravillas de la naturaleza que los hombres estamos tan
acostumbrados a ver, que ya no les prestamos atención.
Hasta que un día se decidió; la invitó a Araí, la nube, y juntas se fueron a
pedirle autorización a Kuarajhí, el Dios Sol,  para que las dejara bajar a la Tierra.
-Está bien -les contestó el Dios Sol-; yo les doy permiso, pero desde ya les
digo que cuando lleguen allá tendrán las mismas debilidades que los seres
humanos, y estarán expuestas a los mismos peligros, aunque ellos no puedan
verlas a ustedes.
-A la mañana siguiente -reinició don Ante, después de cambiar la cebadura-,
tempranito nomas, ya estaban las dos muchachas recorriendo la selva, paseando
entre los timbó y los quebrachos, jugando con los caí-carayá, los monos aulladores, charlando con pájaros guacamayos,  y con los
metalizados mbaé-í-humbí, un picaflor amazónico,  y riéndose de las patas chuecas de los aba-caé u osos hormigueros.
Caminaron durante horas entre gigantescos lapachos y urundays, abriéndose paso
entre los bejucos y las lianas y tejiendo collares y coronas de orquídeas y
mburucuyás, las flores pasionarias. Así, hasta que llegó el mediodía y, como si hasta ese momento no lo hubieran notado, llegó hasta ellas el rumor sordo e ininterrumpido del
monte, entretejido por el parloteo estridente de los loros, el graznido de los
halcones, el martilleo del pájaro carpintero y todos esos otros sonidos que no
se pueden definir con precisión, pero que forman parte de esa vida bullente y
siempre renovada de la selva.
Todo aquel bullicio, sumado a su inexperiencia, hizo imposible que escucharan
los sigilosos pasos del yaguareté, famélico después de una larga noche
o de una infructuosa cacería. La bestia rugió furioso en el momento del ataque, mientras las diosas cerraban sus ojos, esperando los zarpazos que acabarían con su frágil vida humana. En lugar de ello, oyeron un silbido y un golpe sordo, tras el cual el salvaje bramido se
tornó en gemido cuando una flecha, disparada por un joven cazador guaraní que
pasaba accidentalmente por el lugar, se clavó profundamente en el flanco
expuesto del animal.
Enfurecida de dolor, la fiera se revolvió contra el cazador, abriendo sus
fauces aterradoras y sangrando por el costado, pero una nueva flecha acabó con
su agresión. En medio del fragor de la lucha, el joven cazador de la tribu cypoyai
creyó entrever la silueta de dos mujeres que huían despavoridas, pero luego,
al revisar los rastros, no vio más que la sangre derramada del yaguareté y los
arañazos de sus zarpas en la hierba, y creyó haberse equivocado.
El cypoyai, orgulloso frente a su primer jaguar, sacó su cuchillo, lo desolló
cuidadosamente y luego se acostó a la sombra de un ceibo. Agotado por la
excitación de la caza, durmió profundamente y, mientras lo hacía, soñó que dos
hermosas mujeres, de piel blanca como la espuma del río y rubias cabelleras
como nunca había visto, se acercaban a él y, llamándolo por su nombre, una de
ellas le dijo:
-Yo soy Yasí, y ella es mi amiga Araí; volvimos para agradecerte el habernos
salvado la vida. Fuiste muy valiente al enfrentarte al yaguareté para
defendernos, y por eso voy a entregarte un premio que te envía Kuarajhí, el Dios Sol. Más
tarde, cuando llegues de vuelta a tu maloka (casa), encontrarás junto a la
entrada una planta que no reconocerás; la llamarás caa, y con sus hojas podrás
preparar una bebida que acerca los corazones solitarios y ahuyenta la
nostalgia y la tristeza. Es mi regalo para tí, para tus hijos y para los hijos
de tus hijos...
Luego, en su sueño el joven cazador creyó ver que las dos muchachas se
alejaban entre los árboles, seguidas por una bandada de mariposas blancas, y
enseguida fueron solamente un resplandor entre los arbustos. Pero al
atardecer, al llegar a su tavá (pueblo) él y los miembros de su familia vieron un
nuevo arbusto de hojas ovaladas y brillantes que brotaba por doquier. Ante el
asombro de todos, el joven cypoyai siguió las instrucciones de Yasí: picó
cuidadosamente las hojas, las colocó dentro de una pequeña calabacita seca,  y la llenó con agua fresca del arroyo. Luego buscó una caña fina, la introdujo en el mate y probó la
nueva bebida. Al comprobar que calmaba rápidamente su sed, y saborear su
agradable dejo amargo, invitó a sus familiares y, no contento con ello,
abandonó la maloka y llamó a sus vecinos, para hacerles probar su nuevo
hallazgo. Pronto el recipiente fue pasando de mano en mano, y en poco tiempo
toda la tribu había adoptado la nueva infusión: ¡había nacido el mate! (*)

(*) Fuente: Cuentos y leyendas argentinos, Selección y prólogo de Roberto Rosaspini Reynolds, Buenos Aires, Ediciones Continente.

 

  

 

 

 

 

 

 

 

             ©  Temakel. Por Esteban Ierardo