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BORGES Y EL ESTOICISMO

Huellas de una eticidad de matiz neo-estoico en la obra borgeana 

Por Augusto Garrido Huergo

   Borges es la sensibilidad abierta a la amplitud y misterio del universo. Y es también creador impelido por una fuerte preocupación ética. Desde este perfil de lo borgeano, Augusto Garrido Huergo encuentra un posible vínculo del creador de Ficciones con el pensar y el obrar ético de la Stoa, del estoicismo antiguo (que tuvo en Séneca, Epicteto y Marco Aurelio a sus principales representantes). Mediante precisas alusiones, meticulosas fuentes y convincentes paralelos, Garrido Huergo intenta demostrar la subyacente afinidad entre Borges y el ideal de vida estoico signado por la ataraxia (o impasibilidad ante el sufrimiento) y el vivir "conforme a la naturaleza". El texto que sigue a continuación fue presentado en la Fundación Internacional Jorge Luis Borges, en el marco de la VI Jornadas "Borges y los otros".

E.I

BORGES Y EL ESTOICISMO

Huellas de una eticidad de matiz neo-estoico en la obra borgeana

Por Augusto Garrido Huergo

“Mis libros están llenos de filosofía...”(1)

“Yo soy un hombre ético ¿no? ¿Vsted qué piensa?”(2)

Jorge Luis Borges

 

Aunque es lícito alegar que buena parte del corpus borgeano (poesía-cuento-ensayo) se nutre e impregna de las distintas ideas y nociones filosóficas que dotaron su vasta experiencia de lector, Borges nunca fue, ni –menos aún- pretendió constituirse especialista en la materia: “No soy filósofo ni metafísico; lo que he hecho es explotar, o explorar –es una palabra más noble- las posibilidades literarias de la filosofía (...) Como yo he usado los diversos sistemas metafísicos y teológicos para fines literarios, los lectores han creído que profesaba esos sistemas, cuando realmente lo único que he hecho ha sido aprovecharlos para esos fines, nada más”(3). Y pese a que el bagaje filosófico de Borges excede, en mucho, la mera información erudita, en respuesta al crítico Ronald Christ, afirmó: “No soy pensador ni moralista, sino simplemente un hombre de letras que convierte sus propias perplejidades, y el respetable sistema de perplejidades que llamamos filosofía, en formas de literatura”. Este Borges –“amateur de la filosofía”, al decir despectivo de Hernández Arregui- (4) conservó intacto hasta el final su interés por la posibilidades estéticas y literarias que le ofrecían las distintas escuelas filosóficas, como lo atestiguan sus poemas de 1981, “Yesterdays”: “Soy lo que me contaron los filósofos”; y “La fama”, donde anhela “Conocer las ilustres incertidumbres que son la metafísica...”

Lo que aquí se intentará argumentar es que, si bien la obra de Borges supo manejar hábilmente aquellas posibilidades a que se hacía mención –sin por ello profesar ni adscribir a ningún sistema filosófico en particular- también es posible rastrear las huellas de una ética de neto cariz estoico. Acaso demasiado terminante suene el juicio del colombiano Laureano Alba: “A primera vista la opción elegida por Borges es la belleza. Su condición de poeta lo exigiría... Pero no. Lo moral es su principal opción como escritor. (...) Borges ha decidido, desde el comienzo de su obra en prosa, que su primer cuidado es el legado de unos principios como el honor, como la lealtad, como la sagacidad y la audacia de la ironía, que son opciones de naturaleza ética” (5). Asimismo, y como bien lo ha atestiguado en más de una oportunidad María Kodama (quien tuvo ocasión de conocer en profundidad, sobre todo al último Borges) “... a todo lo que escribió le dio un profundo sentido de lo ético”. En su prólogo a “Elogio de la sombra” (1969) es el mismo Borges quien revela: “A los espejos, laberintos y espadas que ya prevé mi resignado lector se han agregado dos temas nuevos: la vejez y la ética...” Y también: “... tengo sentido ético. Eso no quiere decir que obre mejor que otros, sino simplemente que trato de obrar bien y no espero castigo ni recompensa”(6); muy a tono con la transcripción estoica que nos llega por Diógenes Laercio (vii, 89) al afirmar que “la virtud (...) es virtud en sí y no por temor o esperanza de algo externo” (7).

El Borges fluyente y contradictorio, tan afín a la doctrina heracliana –base de la concepción física del estoicismo- es el mismo que cambia, muta y, siendo siempre el mismo, es constantemente otro: “Como ser humano soy una especie de antología de contradicciones, de ‘gaffes’, de errores, pero tengo sentido ético"(8). Y si bien las doctrinas que transitan su obra son muchas y diversas, una sola es la conducta profesada por el escritor: “Yo estoy comprometido únicamente con la ética –sostiene en un reportaje- Yo, como individuo, trato de ser un individuo ético, pero es difícil serlo”(9). Y completa: “Quizá la ética sea una ciencia que ha desaparecido del mundo entero. No importa, tendremos que inventarla otra vez” (10).

Recordemos que la escuela estoica, que junto al epicureismo y el escepticismo constituye el núcleo básico del pensamiento filosófico posaristotélico, perduró a lo largo de todo el helenismo extendiéndose luego al Imperio Romano. Este enorme lapso de tiempo hubo de introducir, necesariamente, alguna mutación en el seno de su doctrina –aunque en esencia nunca dejó de ser una moral para la persona. En tal sentido, la tardía Stoa imperial se restringiría también a una moral filosófica, legadora de pautas para el recto obrar. Dice Borges “Me basta tener un sentido ético de la vida y ser consecuente con dicho sentido”(11), por lo que acaso sea más apropiado hablar de un «espíritu estoico» en Borges (vida y obra): aquello que fuera una constante en su existencia acabará haciéndose eco en su literatura. Tal vez convenga admitir que Borges ha sido un poeta de ficciones con sesgo filosófico, un hombre que supo reseñar y difundir su propio estupor metafísico desde una dimensión eminentemente literaria, vinculando argumentos, ideas y nociones especulativas con criterio estético. Borges se nos presenta como el agraciado amanuense de una escritura que hospeda trascendentes profundidades; un clásico prematuro que sorprende innovando con antiguos argumentos; un autor que instaura creativamente su íntima razón poética por sobre cualquier evidencia ontológica.

Borges y la Poesía Intelectual

“Hay dos formas extremas de ser poeta: el poeta que vive en la pasión,

y el poeta que vive en un mundo verbal.”

Jorge Luis Borges (12)

Así como en el vocablo filosofía conviven ‘ciencia’ y ‘modo de vida’, en Borges literatura y existencia, pensamiento y vida del espíritu, son también dimensiones inseparables. Poesía y razón continuamente se conjugan en un autor que cultiva el arte de pensar bellamente. Siguiendo a Gastón Bachelard, cuando intuye a la poesía “metafísica instantánea”, diremos que el poema en Borges no se limita al mero esteticismo lúdico: “Ellos iban delante y yo detrás, solo, escuchando sus palabras, que me iban comunicando la inteligencia de la poesía”, dice el Canto xxii de la “Divina Commedia”. Consultado acerca de las cualidades que debe poseer un escritor, Borges responde: “–Yo coincido con Stevenson, lo principal es la ética, sin ética... Uno debe ser leal a lo que se ha propuesto. Yo tuve una discusión con el poeta Gerardo Diego, español. Para él la literatura es un juego verbal; yo considero que debe ser algo más”(13).

Leemos ahora su prólogo a “La inteligencia de las flores”, de Maurice Maeterlinck: “Aristóteles escribe que la filosofía nace del asombro. Del asombro del ser, del asombro de ser en el tiempo, del asombro de ser en este mundo, en el que hay otros y animales y estrellas. Del asombro también nace la poesía”. Ese mismo Borges apunta, respecto de su propia indagación poética: “... es una poesía que no sólo obedece al estímulo emocional, sino también a la continua búsqueda metafísica”. Y Ezequiel de Olaso saldrá al cruce de ciertos detractores de la lírica borgeana, tantas veces cuestionada por su propensión a la “poesía de ideas”, muy al modo de Schiller: “... la alternativa era no buscar el pensamiento de Borges (...) sino al revés, descubrir ciertos ocultos criterios poéticos que orientaban su atracción por determinados pensamientos. Según esta conjetura, Borges celebra la especulación como una admirable posibilidad literaria. Lo que busca es la poesía del pensamiento”(14).

“El ejercicio de la literatura puede enseñarnos a eludir equivocaciones, no a merecer hallazgos –escribe en el prólogo a “La cifra” (1981). Nos revela nuestras imposibilidades, nuestros severos límites. Al cabo de los años, he comprendido que (...) mi suerte es lo que suele denominarse poesía intelectual. La palabra es casi un oxímoron; el intelecto (la vigilia) piensa por medio de abstracciones, la poesía (el sueño), por medio de imágenes, de mitos o de fábulas. La poesía intelectual debe entretejer gratamente esos dos procesos. Así lo hace Platón en sus diálogos; así lo hace también Francis Bacon...” (15) Borges es un poeta que se piensa y en el pensarse se asombra: “mi extraño oficio de poeta”, reconoce. Es que la suya es poesía de honda reflexión; reflexión sobre sí y el mundo, sobre el inabarcable cosmos y sobre el Todo, un todo que no excluye razonar sobre la poesía misma. Una poética que es síntesis de intuiciones fundamentales; de incertidumbre ante lo real y (¿por qué no?) ante la temible insustancia de la realidad.

 

Borges y sus Filosofías Poéticas

Yo suelo sentir que soy tierra, cansada tierra... Sigo, sin embargo, escribiendo.

¿Qué otra suerte me queda? ¿Qué otra hermosa suerte me queda?”

Jorge Luis Borges “Prólogo” a “Los Conjurados” (1985)

Nuestro punto de partida, una vez más, corresponde a una cita esclarecedora: “La literatura fantástica no es una evasión de la realidad, sino que nos ayuda a comprenderla de un modo más profundo y complejo”(16). No pocos críticos de la obra borgeana (Ana Mª Barrenechea, Jaime Rest, Juan Nuño, Jaime Alazraki, entre otros) han decidido rastrear su perfil filosófico; y varios son también los sistemas con los que se ha pretendido vincular a Borges, los que comprenderían un singular e imperfecto arco que va desde cierto platonismo raigal (17) al nihilismo panteísta –o su variante de panteísmo spinoziano- al nominalismo de Berkeley. No obstante, se incurriría en formidable error el circunscribir su obra a una determinada escuela: “renuncio a todo pensamiento sistemático porque siempre tiende a trampear. Un sistema conduce necesariamente a la trampa”(18). Pero desde el punto de vista ético, es básicamente la moral estoica –con su ingente carga de virtuosismo personal- la que mejor se aviene al modo de pensar (y obrar) borgeano, incluso en lo concerniente al noble proceder (euandría). Y al indagar las huellas de un probable fatalismo neo-estoico en su obra, se deberá tener presente que Borges, más que perseguir un ‘saber’ filosófico determinado, se vale de la filosofía en tanto que orientadora en aquel saber vivir tan caro a los estoicos. Borges rescata una imagen de su venerado pensador alemán, que bien podríamos trasladar ahora al ámbito que nos ocupa: “Schopenahuer decía que buscar un propósito en la historia es como buscar leones en las nubes: uno los encuentra porque los busca” (19). Es intención de este estudio no errar en la injustificada búsqueda de correspondencias y paralelismos, sobre todo en un autor que amenaza constituirse en el prototipo del poeta que renueva las razones de su duda. Respecto de las supuestas escuelas filosóficas imperantes en su obra, extractamos el siguiente reportaje donde el autor se define:

 

Periodista: –“Anderson Imbert tiene una teoría que lo explica. Asegura que Borges es en el fondo un nihilista con vastísimos conocimientos de todas las escuelas filosóficas. Ahora bien, en cada uno de sus cuentos ha ensayado una dirección filosófica distinta, sin participar vitalmente en ninguna de ellas. (...) Anderson asegura que cada uno de esos jóvenes te ve como un abanderado de su causa, sea ésta idealista, estructuralista, materialista, estoica... y te aplauden, considerándote cada uno su líder particular porque es el hombre que ha llevado la literatura a su propia posición.

J.L.B.: –Están equivocados. Si fuera idealista, por ejemplo, sería una certidumbre y yo no tengo certidumbres; más bien tengo dudas. Si he participado de esa filosofía, ha sido para los propósitos particulares del cuento y mientras lo escribía. Bueno, Hume –que fue el que despertó a Kant de su sueño dogmático- decía: soy filósofo cuando escribo”(20).

 

Como ya lo afirmáramos, si bien aquellas supuestas correspondencias con el pensamiento estoico nada tienen que ver con enrolar a sus filas al escritor, múltiples nociones esgrimidas por aquellos pensadores –aparte del compromiso ético- de algún modo lo estarían emparentando. Tal su ferviente apología del cosmopolitismo (21), el gozo sutil por la paradoja intelectual y las etimologías, su acendrado culto al valor y al coraje –lo que incluye su total apostura en la aceptación gozosa de la muerte- y su reconocida adscripción al ciclo cósmico y determinista, entre otras.

 

Ceguera y Estoicismo

“El hombre cabal no ha de temer la dificultad, ni quejarse del hado...”

Séneca, “De providentia” cap. ii

Confiesa Borges: “Sartre es una persona muy rara; Sartre dejó de escribir cuando se quedó ciego. Yo no entiendo eso. Al contrario, yo he pensado: ahora que estoy ciego, tengo que seguir trabajando, porque ¿qué justificación tiene mi vida si no trabajo? Yo sé que lo que escribo ahora –voy a cumplir ochenta años en agosto- tiene que ser forzosamente inferior a lo que escribía cuando era joven, pero sin embargo ¿qué otra cosa puedo hacer sino escribir?(22) En cierto sentido, podría afirmarse que el «espíritu estoico» ha sido una constante no sólo en filosofía, sino en la literatura universal; aunque en Borges, vida y obra se confunden en un todo literario que no repudia como principio admisible la fortuna dispensada de antemano. En más de una oportunidad declaró haber reconocido que su rumbo se encaminaba hacia las letras, mandato que acató obediente, incluso desde la excentricidad de su “remoto país sudamericano”(23). Dice Borges: “Siempre he sentido que mi destino era, ante todo, un destino literario; es decir, que me sucederían muchas cosas malas y algunas buenas. Pero siempre supe que todo eso, a la larga, se convertiría en palabras, sobre todo las cosas malas, ya que la felicidad no necesita ser transmutada: la felicidad es su propio fin”(24). Desde muy joven intuye también que –gradual e irremisiblemente- irá perdiendo la vista, del mismo modo que su propio padre y otros de su sangre. Pero ante tamaña suerte no sólo abjura de la rebelión estéril: se impone su digna admisión, quizá justificado por la oportunidad de testimoniar el temple y el coraje negado en otros ámbitos –que sin duda aprobaba y acaso hubiese preferido. Borges asume así una suerte de “doctrina del sabio obrar”, una peculiar ética práctica que trasciende la compostura exterior y aparente para identificarse con la valoración estoica que los filósofos del pórtico denominaron “actitud del sabio” (entendiendo por éste a quien asume con plena conciencia su destino y situación en el mundo). En junio de 1975 –a veinte años de convivir con las sombras- un Borges optimista escribirá el prólogo a “La rosa profunda”: “Al recorrer las pruebas de este libro, advierto con algún desagrado que la ceguera ocupa un lugar plañidero que no ocupa en mi vida. La ceguera es una clausura, pero también es una liberación, una soledad propicia a las invenciones, una llave y un álgebra”. Todo cuanto sucede es lo único que podría suceder. Nada puede evitarse y nada se ha de deplorar: cuanto existe en el universo físico pertenece por entero al acaecer universal. Todo está sujeto a la ley racional; y nada existe que no conserve un tinte de lo divino. Según Zenón de Cittium, a cada hombre corresponde el templarse en la aceptación de esa cósmica fatalidad, para lo cual el ser dispone del invalorable refugio de su propia interioridad, desde donde proyectarse y conducir su vida en consecuencia.

Ahora es Leonor Acevedo, madre del escritor, quien –al respecto- precisa un hecho fuera de lo común:

“Como lo hice para mi marido, que también veía muy mal, hace siete años le leo todo a Georgie. Cuando escribe me dicta. Hay algunas cosas que no he leído, como ‘El poema de los dones’ –tan triste- donde habla de sus ojos. Pero lo leí cuando estuvo impreso.

– ¿Cómo lo escribiste? –Le pregunté. Me respondió: –Se lo dicté a alguien de la biblioteca porque pensé que te apenaría. Y en efecto [continúa la madre de Borges] disimula todo lo que se refiere a su mala vista, lo disimula mucho. Siempre está de buen humor, pero yo sé que en el fondo es diferente...” (25)

 

El sereno talante de aquel Borges se identifica con el pasaje de Séneca (“De providentia” cap.ii): “... el ímpetu y el contraste de la adversidad no conmueven el alma del varón (...) porque es más fuerte que los accidentes externos. Yo no llego a decir que no los sienta, sino que los vence y, por añadidura, se yergue apacible contra los embates de la adversidad”.

 

Vivere Secundum Naturam

“Aunque ciego y quebrantado, he de labrar el verso incorruptible

y (es mi deber) salvarme...”

J.L.B., “El hacedor”, de “La cifra” (1981)

Vivir conforme a naturaleza y responder con altura a esa certeza de la propia situación, es característica de la dignidad estoica. Sólo quien se esfuerce en alcanzar la sabiduría podrá bastarse a sí mismo, lograr la autarquía, y compenetrarse con el aliento del universo, identificado con el Ser verdadero e inmutable. La paz interior se consigue sometiendo las pasiones al imperio de la razón, y sólo el sabio subordina racionalmente sus inclinaciones y apetencias. En Borges se percibe esta conformidad racional –que en modo alguno es conformismo- con el orden de las cosas: “La ceguera no ha sido para mí una desdicha total, no se la debe ver de un modo patético. Debe verse como un modo de vida: es uno de los estilos de vida de los hombres. (...) Si el ciego piensa así, está salvado. La ceguera es un don. (...) Ser ciego tiene sus ventajas. Yo le debo a la sombra algunos dones: le debo el anglosajón, mi escaso conocimiento del islandés; el conocimiento de una literatura medieval que yo habría ignorado; el goce de tantas líneas, de tantos versos, de tantos poemas; el haber escrito varios libros, buenos o malos, pero que justifican el momento en que se escribieron, y el haber escrito otro libro, titulado con cierta falsedad, con cierta jactancia, Elogio de la sombra”(26).

La apatía (apátheia) o ataraxia propia del estoico –casi un anticipo del cartesianismo- se corresponde con un estado de serenidad intelectual. La sabiduría estoica, nutrida a su vez de ingredientes cínicos, argumentaba que el hombre sabio sólo desea aquello que puede alcanzar, por cuanto logra lo que realmente quiere. De allí el desdén hacia el vulgo que, precipitado y aturdido, corre tras las sombras de lo que supone a su alcance, o se mueve cual autómata al servicio de las pasiones (y Borges ha hecho saber cuánto deploraba aquel necio frenesí que suele exaltar a las masas y “al vulgo, que es apenas, nada”)(27).

En 1996 se le encomienda a Susan Sontag un artículo sobre Borges –a diez años de su muerte- pero la escritora y ensayista estadounidense preferirá redactar una íntima carta; y éste es un fragmento:

“Vd. era un descubridor de nuevas alegrías. Un pesimismo tan profundo, tan sereno como el suyo no necesitaba ser indignante. Más bien, tenía que ser inventivo... y Vd. era, por sobre todo, inventivo. La serenidad y la trascendencia del ser que Vd. encontró son, para mí, ejemplares. Demostró de qué manera no es necesario ser infeliz, aunque uno pueda ser completamente perspicaz y esclarecido sobre lo terrible que es todo. En alguna parte dijo que un escritor (delicadamente agregó: todas las personas) debe pensar que cualquier cosa que le suceda es un recurso (estaba hablando de su ceguera). Vd. fue un gran recurso para otros escritores”.

 

En relación a lo expresado por Sontag, el escritor había formulado una idea análoga en su conferencia en el Collège de France acerca de “La creación poética”: “En este arte encontramos a primera vista que quizá el infortunio es más rico que la felicidad, la derrota es más rica que la victoria. La derrota puede hacernos pensar, mientras que en la victoria se mezclan las interjecciones, la vanidad..., entonces el infortunio es mejor. Ciertamente todos tenemos nuestra parte de felicidad y de infortunio, pero la felicidad es un fin en sí mismo y no exige nada, mientras que el infortunio debe ser transformado en otra cosa. Es decir, el infortunio sería la materia del arte, o también la nostalgia, la nostalgia está ligada a una felicidad perdida, a un paraíso perdido”.

 

Huellas de una Eticidad Neo-Estoica a la Luz de su Obra

“Pero, por qué no parecernos a esos ilustres griegos.

¿Qué más podemos desear?

Jorge Luis Borges (28)

La atenta lectura a una pieza clave dentro de la producción borgeana, como es el “Poema de los dones” –también podría citarse su “Elogio de la sombra”, entre tantas otras- bastaría como antecedente fundacional del presente artículo.

Zenón de Cittium (Zenón el estoico) fundador de la Stoa, que había arribado a Atenas luego de zozobrar y perder su cargamento en púrpura, hizo famosa la frase: “La suerte me deparó el más feliz naufragio”. Veinte siglos más tarde, el poema de Borges enfrenta al lector con un hombre que prefiere despejar cualquier indicio de sentimentalismo o aflicción, decidido a asumir su infortunio con ánimo sereno: “En La Odisea se lee que los dioses dan desgracias a los hombres para que las generaciones siguientes tengan algo que cantar”(29). Y en esta obra de la primera madurez borgeana, se articulan y suceden alusiones a un acontecer universal, fatal y necesario, en donde azar y libertad no podrían concebirse más que como mera apariencia e ilusión. Siguiendo este hilo de pensamiento, todo –absolutamente- acontece de acuerdo a las ideas seminales o germinativas (el Logos espermatikós) con arreglo a las cuales la razón divina crea y sostiene el universo. Escribe Borges: “Nadie rebaje a lágrima o reproche/ esta declaración de la maestría de Dios, que con magnífica ironía/ me dio a la vez los libros y la noche” (“Poema de los dones”). Parere Deo libertas est: obedecer a Dios es libertad –principio que resonará luego en Spinoza- es lo mismo que la aceptación estoica del destino. El hombre, por tanto, deberá desentenderse de esa realidad panteística que sólo una divinidad está en condición de discernir adecuadamente, para centrarse en la correcta actitud a adoptar ante lo que, de suyo, es irrevocable.

La referencia de raigambre estoica tampoco se halla ausente en otros momentos de su literatura, alguna en idéntica alusión a la ceguera. Respecto de su alter ego Juan Dahlmann, escribe Borges en “El sur”: “Sufrió con estoicismo las curaciones, que eran muy dolorosas...” Y en un fragmento de “El hacedor” leemos: “Gradualmente, el hermoso universo fue abandonándolo; una terca neblina le borró las líneas de la mano, la noche se despobló de estrellas, la tierra era insegura bajo sus pies. Todo se alejaba y se confundía. Cuando supo que se estaba quedando ciego, gritó; el pudor estoico no había sido aún inventado y Héctor podía huir sin desmedro. Ya no veré (sintió) ni el cielo lleno de pavor mitológico, ni esta cara que los años transformarán. Días y noches pasaron sobre esa desesperación de su carne, pero una mañana se despertó, miró (ya sin asombro) las borrosas cosas que lo rodeaban e inexplicablemente sintió, como quien reconoce una música o una voz, que ya le había ocurrido todo eso y que lo había encarado con temor, pero también con júbilo, esperanza y curiosidad”.

La sabiduría estoica conlleva la aceptación de la naturaleza y el esfuerzo por acatar –ya que no comprender- la inexorable trama de implicaciones en el acontecer universal: “Vivir de manera concorde”, propiciaba Zenón; al tiempo que Cleantes abogó hacerlo “de acuerdo a naturaleza”. Por último, sostiene Diógenes Laercio (vii, 88) que “La virtud del hombre feliz y la vida armoniosa nacen de la conformidad del genio de cada uno con la voluntad de quien organiza el todo”. Es así que la educación en la temperantia y fortaleza estoica propone al hombre una concepción semi intelectualizada de sus pasiones. Al racionalizar su ceguera Borges admite: “Algo, que ciertamente no se nombra/ con la palabra azar, rige estas cosas...” Para expresar finalmente que “no hay azar, lo que llamamos azar es nuestra ignorancia de la compleja maquinaria de la causalidad”(30).

Borges va a precisar –en alguna de sus incontables conferencias- en torno a la materia prima del poeta, esbozada ya en la estoicidad del “Poema de los dones”: “... la ceguera es un modo de vida, un modo de vida que no es enteramente desdichado. (...) El escritor vive, la tarea de ser poeta no se cumple en determinado horario. Nadie es poeta de ocho a doce y de dos a seis. Quien es poeta lo es siempre, y se ve asaltado por la poesía continuamente. (...) Un escritor, o todo hombre, debe pensar que cuanto le ocurre es un instrumento; todas las cosas le han sido dadas para un fin, y esto tiene que ser más fuerte en el caso de un artista. Todo lo que le pasa, incluso las humillaciones, los bochornos, las desventuras, todo eso le ha sido dado como arcilla, como material para su arte; y tiene que aprovecharlo. Yo he hablado en un poema del ‘antiguo alimento de los héroes’: la humillación, la desdicha, la discordia. Esas cosas nos fueron dadas para que las transmutemos, para que hagamos de la miserable circunstancia de nuestra vida, cosas eternas o que aspiren a serlo”.

Para el estoicismo, la razón divina –Logos- todo lo rige y gobierna, por lo que el entendimiento humano requiere absoluta sintonía con aquella, a fin de alcanzar la felicidad (lo que equivale a aceptar la ley del universo y hallar su propio lugar dentro de él). La idea respaldada por los estoicos es que la las cosas son, en realidad, moralmente indiferentes –idea que Borges traduce literariamente en “El sur” cuando afirma: “Ciego a las culpas, el destino puede ser despiadado con las mínimas distracciones”. Y en el “Poema de los dones” acepta de igual grado y tono sereno, tanto su irreversible deterioro visual como la relativa extrañeza en cuanto a su promoción a director de la Biblioteca Nacional. Ésto, y no otra cosa, es aquél “vivir de acuerdo a Naturaleza” que anima el estoicismo. Ni el justo premio, ni la salud ni el dolor, son un bien o un mal en sí mismos. La cabal aceptación de la enfermedad que lo privará de la contemplación del mundo físico –y de sus más que entrañables libros- como su íntegra y jocosa actitud ante la Academia Sueca en la negación del Nobel, son apenas dos tópicos ejemplares de su natural comportamiento.

Sobriedad, moderación, fortaleza –ascetismo podría arriesgarse- no son términos irreconciliables con la existencia de un hombre sumido en la escrupulosa tarea de su original creación literaria. “Que tu vida sea tu mensaje”, propugnaron los antiguos, y más allá de las numerosas referencias en su obra,(31) no pocos advirtieron esa cuota de estoicismo en la vida del escritor. En su artículo del diario El Mercurio, Jorge Edwards se refirió a Borges como un hombre “estoico y gozoso”; (32) María Arenas Cruz destacó a su vez “ese talante estoico y carente de patetismo con el que el poeta argentino se enfrenta al paso del tiempo y a la muerte”. Ese hombre ya más sabio, acaso templado ahora al calor del estoicismo, se percibe en la siguiente entrevista:

Periodista: –“Es curioso, Vd. habla últimamente cada vez más de aceptación y gratitud.

J.L.B.: –Es que yo creo, como Chesterton, que uno debería agradecer todo. (...) Chesterton dijo que el hecho de estar sobre la Tierra, de estar de pie sobre la Tierra, de ver el cielo, bueno, de haber estado enamorado, son como dones que uno no puede cesar de agradecer. Y yo trato de sentir eso, y he tratado de sentir, por ejemplo, que mi ceguera no es sólo una desventura, aunque ciertamente lo es, sino que también me permite, bueno, me da más tiempo para la soledad, para el pensamiento, para la invención de fábulas, para la fabricación de poesías. Es decir, que todo eso es un bien ¿no? Recuerdo aquel griego, Demócrito, que se arrancó los ojos en un jardín para que no le estorbara la contemplación del mundo externo. Bueno, en un poema yo dije: ‘El tiempo ha sido mi Demócrito’. Es verdad, yo ahora estoy ciego, pero quizás el estar ciego no sea solamente una tristeza...”(33).

 

Hasta aquí, entonces, esta oportuna correspondencia entre Borges y estoicos; aunque cabe todavía un último punto de contacto entre ambos. Así como cada sistema filosófico ha alcanzado su plenitud y madurez fuera de sí mismo, todo creador deberá partir desde la suma de un pasado y una tradición que en el tiempo se proyecta. Puede recordarse, entonces, que en el estoicismo la mayoría de sus componentes no fueron necesariamente nuevos y acaso ni siquiera del todo originales, idéntica observación podría merecer la obra de Borges, aunque no es menos cierto que ambos supieron engendrar –con esos antiguos materiales- algo del todo genuino, digno, grande y hasta hoy perdurable. (*)

(*) Fuente: Augusto Garrido Huergo, "Huellas de una eticidad de matiz neo-estoico en la obra borgeana", texto presentado en la Fundación Internacional Jorge Luis Borges, en el marco de la VI Jornadas "Borges y los otros".

Nota

* Dado que el escritor no establece distinción entre uno u otro término, se hace necesaria una breve aclaración introductoria, antes de pasar a la exposición de este trabajo de investigación. Se emplea aquí, como sinónimo, los términos éticos y morales, cuando la moralidad es una realidad objetiva que requiere diferenciarse del examen filosófico que es la ética (por lo que es una parte de la filosofía). La moralidad, en cambio, refiere a ciertos aspectos o zonas de la realidad: lo bueno y lo malo, el valor y disvalor moral y de lo que a ello pertenece. El terreno de la moralidad incluye actitudes y acciones personales portadoras de un valor o disvalor moral, aquellos bienes moralmente relevantes que imponen obligación moral, y también todas las leyes morales.

Aunque ofrece cierta dificultad en la determinación de exactitud de algunas autorías, se recomienda la lectura de Estobeo (“Doctrinas de Zenón y de los restantes estoicos sobre la parte ética de la filosofía”) para la reconstrucción de los fundamentos de ética estoica antigua y media.

Cabe aclarar, además, que el presente trabajo responde al requerimiento exigido en la convocatoria a las vi Jornadas “Borges y los otros”. Se trata, por tanto, de la apretada síntesis de un estudio más extenso acerca de las huellas estoicas en la ética borgeana.

La “cursiva entrecomillada” en el presente artículo, corresponde –únicamente- a textos y citas de J.L.Borges.


Citas:

(1) Jorge Luis Borges, “Testimonio de mis libros”; en Revista del Notariado; Separata n° 721, Buenos Aires, 1972; p.6. Versión taquigráfica –no corregida por el autor- de la conferencia pronunciada en el salón Gervasio Antonio de Posadas, del Colegio de Escribanos de la Capital Federal, el 26 de octubre de 1971.

(2) Horacio Salas para La Nación (última charla con Borges en su departamento de Maipú y Marcelo T. de Alvear; “hacia mediados de 1985” –agrega el periodista).

(3) Cfr. Mª Esther Vázquez, “Borges: imágenes, memorias, diálogos”; 1977, p.107.

(4) Cfr. “Contra Borges”, compilación y estudio preliminar de Juan Fló. Editorial Galerna. Buenos Aires, 1978; p.104.

(5) Laureano Alba, “Lo superficial en Borges”. Bogotá, Colombia (sin fecha).

(6) Esteban Peicovich, “Borges, el palabrista”. Libertarias/Prodhufi. Madrid, 1995; p.29.

(7) Antes de avanzar en la lectura del presente trabajo, que necesariamente involucra a la Escuela de la Stoa, cabe advertir que buena parte de los escritos del estoicismo antiguo se han perdido irremediablemente. Cuanto hoy pueda decirse de ellos responde a la esmerada reconstrucción llevada a cabo por comentaristas y estudiosos de la obra original, basada en los muy escasos fragmentos que se han podido recuperar.

(8) La naturaleza arquetipal de individuo en la obra de Borges es también paradójica; al tiempo que se ‘promueve’ un hombre ético y virtuoso, se le adjudica un “yo plural” incierto y cambiante. Para la cita, cfr. Esteban Peicovich, “Borges, el palabrista”. Libertarias/Prodhufi. Madrid, 1995; p.29.

(9) Revista Extra; Año xvi nº 187; Enero de 1981. Entrevista: “¿Un Nuevo Borges?”

(10) Antonio Carrizo, “Una entrevista”; en “Borges, Catálogo de la Biblioteca Nacional de España”. Madrid, 1986.

(11) Waldemar Verdugo Fuentes, fragmento de “El Minotauro en su laberinto”; Sociedad de Escritores de Chile.

(12) Cfr. Esteban Peicovich, “Borges, el palabrista”. Libertarias/Prodhufi. Madrid, 1995; p.143.

(13) Fragmento del reportaje de Benjamín von der Becke para el programa ‘Fuera de la nada’, en Radio Universidad de La Plata.

(14) Ezequiel de Olaso, “Jugar en serio - Aventuras de Borges”. Paidós - UNAM. México D.F., 1999; p.18.

(15) Jorge Luis Borges, “O.P.”. Prólogo a la 1ª edición de “La Cifra” (1981). Emecé. San Pablo, Brasil, 1994; p.571.

(16) Citado por P. Bravo y M. Paoletti en “Borges Verbal”. Emecé. Buenos Aires, 1999; p.84.

(17) Juan Nuño, “La filosofía de Borges”. Fondo de Cultura Económica. México, 1986; p.87.

(18) Citado por P. Bravo y M. Paoletti en “Borges Verbal”. Emecé. Buenos Aires, 1999; p.177.

(19) Jorge Luis Borges- Gustavo Ferrari, “Diálogos”. Seix-Barral. Buenos Aires, 1992.

(20) Mª Esther Vázquez, “Borges, sus días y su tiempo”. Javier Vergara Editor. Buenos Aires, 1984; p.118.

(21) Como señala Anthony Pagden en “La Ilustración y sus enemigos”, este movimiento también la había adoptado del cosmopolitismo estoico para fundamentar su incursión en los derechos humanos.

(22) Liliana Heker; “La vida y la muerte según Borges” (reportaje). Buenos Aires, 1980.

(23) “Como De Quincey y tantos otros, he sabido, antes de haber una sola línea, que mi destino sería literario”; del prólogo a sus “Obras Completas”.

(24) Jorge Luis Borges, “Siete noches”. Conferencia Nº 7, “La ceguera”. Fondo de Cultura Económica. Buenos Aires, 1987; p.153.

(25) Mª Angélica Bosco, “Borges y los otros”. Los libros del mirasol. Buenos Aires, 1967. Cita original: “Jorge Luis Borges. L’Herne, cahiers paraissant deux fois l’an”. París, 1964; p.108. Cabe recordar que la madre de Borges, a lo largo de su vasta vida, cumplió funciones no sólo como paciente lectora de su hijo, sino también volcando al papel lo que el escritor –ya ciego- le dictara. Tal el caso del famoso cuento “La intrusa”: “... yo le dictaba ese cuento a mi madre; ya había perdido la vista...” Cfr. Jorge Luis Borges-Osvaldo Ferrari, “Reencuentro”. Editorial Sudamericana. Buenos Aires, 1999; pp.122-123.

(26) Jorge Luis Borges, “Siete noches”. Fondo de Cultura Económica. México, 1980; p.152 y 159 (extractos interpolados).

(27) Jorge Luis Borges, “Góngora”, en “Los conjurados”. Alianza Editorial. Madrid, 1985; p.83.

(28) Borges, en conversación con el periodista, alude así a los antiguos epicúreos y estoicos. Cfr. Jorge Luis Borges- Gustavo Ferrari, “Diálogos”. Seix-Barral. Buenos Aires, 1992; p.82.

(29) Texto en francés de la conferencia de J.L.Borges en el Collège de France, 1983. Filmado por Alain Jaubert y François Luxereau, este documento audiovisual es de libre consulta en la Vidiothèque de la Cité de París. Publicado originalmente en la revista “Número” (Colombia) con transcripción y traducción de Juan Moreno Blanco. La cita podría avenirse al texto de Séneca cuando afirma “Los dioses contemplan a los varones magnánimos en lucha con alguna calamidad. He ahí un espectáculo digno de ser contemplado (...) he aquí un duelo digno de Dios: el varón fuerte luchando a brazo partido contra la fortuna adversa, y todavía más si fue él quien la provocó”; “De providentia” cap. II.

(30) Cfr. además Jorge Luis Borges, “Siete noches”. Fondo de Cultura Económica. Buenos Aires, 1987; p.11. También en Mª Esther Vázquez, “Borges, esplendor y derrota”. Tusquets. Barcelona, 1996; p.316.

(31) A lo largo de su obra Borges ha citado a los estoicos Epícteto, Crisipo y Marco Aurelio, así como otros exponentes o compiladores de sus doctrinas –tal el caso de Diógenes Laercio. Según un trabajo llevado a cabo por el Ministerio de Cultura y la Biblioteca Nacional de España, son diecisiete las menciones a Séneca; y aunque abundan las menciones referidas a Zenón de Elea, no se cita, sin embargo, al ‘otro’ Zenón, el de Cittium –fundador del estoicismo.

(32) “Recuerdos de Borges, Una forma de la felicidad”. Suplemento Artes y Letras; domingo 3 de agosto de 2003.

(33) “Conversaciones de Jorge Luis Borges con Osvaldo Ferrari”- extracto. Periódico Tiempo Argentino; Buenos Aires, 1984.

 

Bibliografía Sumaria

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Juliá V., Boeri M., Corso L., “Las exposiciones antiguas de ética estoica”, Eudeba (1998)

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M. Polenz, “Die Stoa. Die Geschichte einer geistigen Bewegung”; ii° ed. Gotinga (1959)

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P. Rotta, “Gli stoici”; Brescia (1953)

Séneca, “De providentia”

Séneca, “Epístolas morales a Lucilio”

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Zenón de Cittium, “El estoico”; Elefsis, Atenas, 1999

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