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LA PROFESIÓN DE FE POÉTICA

Por Marcos Vieytes

 

Homero, paradigma de creación poética, coronado por las musas.

 

La creación poética ofrece constante canteras disimuladas, secretas, que el poeta o el ensayista pueden continuar explorando. La meditación sostenida, teñida por una sana aspiración visionaria (en tanto acto de ver lo no directamente dado), es calor oportuno para derretir los hielos modernos de la indiferencia respecto a los espesores nunca adelgazados de la creación. Aquí, en este nuevo momento de Literatura y trascendencia en Temakel, le presentamos dos momentos de un lúcido ensayo de Marco Vieytes, de una futura edición en su versión completa.

El devenir poético en el lenguaje agrega nuevo oleaje en el mar del tiempo. La escritura sin poesía es mudez estéril, palabra agotada sin voz ni hechizo.

E.I

Presentación de fragmentos de "Profesión de fe poética" por su autor:

Me llamo Marcos Gustavo Vieytes, soy argentino de nacimiento, casado por elección y poeta por defecto desde mi más temprana adolescencia. Recuerdo que Adolfo Bioy Casares dijo en algún reportaje -o acaso lo escribió en Guirnaldas con Amores- que la escritura poética era la experiencia literaria más intensa y que mucho le hubiese gustado ejercerla con continuidad. Haciendo la salvedad de que pienso que la verdadera poesía es cualquier cosa menos literatura -y de que puede que Bioy no haya utilizado el adjetivo "literaria" que le adjudico- y descartando la idea fatalista de destino, sigo sin atreverme a decir que sea posible escoger "ser poeta" o elegir a la poesía como forma inicial de escritura, aunque si está claro para mí que es posible ser fiel a ella una vez que se nos ha entregado.

Estos párrafos son fragmentos de un ensayo que comencé a escribir, como los poemas, sin proponérmelo previamente y que podría clasificarse dentro de ese subgénero bastardo de la poesía y el ensayo: la poética. Unas fluidas conferencias sobre los mecanismos del oficio de cuentista pronunciadas por Julio Cortázar en Cuba a fines de la década del 70 y leídas por mí a fines del año pasado en el casi litúrgico cuarto de baño de mi departamento, han sido el punto de partida de un texto aún inconcluso que lleva por título "La profesión de fe poética."

Concibo a la poesía como una de las manifestaciones de la libertad creativa que Dios le ha legado al ser humano y como una más de las tantas evidencias de Su existencia. Lejos de suponer, como tantos intelectuales, que el reconocimiento de tal existencia limita el desarrollo del ser o que es una evidencia de primitiva imbecilidad, creo -con una fe que se nutre tanto de la razón como de la intuición- que dicho reconocimiento sólo puede potenciar y enfocar nuestras capacidades ontológicas. Dejo a un costado el análisis de la relación entre la espiritualidad personal y las diversas instituciones religiosas en las que se canaliza.

Debido a esta religiosidad -institucional o no- manifiesta del hacer poético, estas páginas engarzan ambas experiencias -la poética y la religiosa- sin la intención de sustituir a ésta por aquélla diluyendo los contornos limítrofes respectivos de cada una. Con todo, durante el transcurso de la escritura del ensayo ha sido cada vez más claro para mí que el progreso religioso consiste en el crecimiento espiritual del ser y que éste no puede prescindir de la creación poética -entendida como la aprehensión específica de obras de arte que posibilite el encuentro ético-estético con uno mismo y con el otro (el prójimo)- para concretarse.

Marcos Vieytes

 

LA PROFESIÓN DE FE POÉTICA

Por Marcos Vieytes

 

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El conocimiento poético se logra por un esfuerzo al que sale a mitad de camino una desconocida presencia y le sale a mitad de camino porque el afán que la busca jamás se encontró en soledad, en esa soledad angustiada que tiene quien ambiciosamente se separó de la realidad. Por el conocimiento poético el hombre no se separa jamás del universo y conservando intacta su intimidad, participa en todo, es miembro del universo, de la naturaleza y de lo humano y aun de lo que hay entre lo humano y más allá de él.

María Zambrano

El acto de escritura del poeta, no obstante solitario, quiere ser un hecho significativamente social. El encuentro consigo mismo que publica el poema promueve la misma búsqueda inédita en los lectores, remueve la superficie estéril del terreno mental, resquebraja ciertas impermeables membranas espirituales y descubre los fósiles de la libertad amputada por los deberes del sobrevivir. Mediante la autonomía dependiente ejercida por el poeta en su acto, su mirar es un desprendimiento del ojo que franquea oblicuamente la paradoja: lo inapresable descansa y lo inaprehensible concede aristas al tacto del entendimiento, aunque suene más halagador postular que, por un momento, las dimensiones de lo humano se expanden y rozan un estadio inmediato superior.

Esta desorganización creativa instalada en el lenguaje resucitado por el poema y también en la mirada incapaz de evitar la potestad hipnótica de tales signos reordenados en la página, originará las más dispares respuestas de los espectadores no iniciados. La profunda y constante dinámica revolucionaria de la poesía, su aparente capricho, sus parámetros del todo imprecisos para el lector desaprensivo no pueden menos que sumarle resistencias, desprecio u hostilidad. Así como la materia poética precisa de un continente ontológico de cierta densidad y relieve para concretarse en el ser que la traducirá en poemas, éstos sólo pueden hallar eco favorable en quienes hayan adquirido - o estén dispuestos a adquirir- una especie de disposición acústica sensible a nuevas resonancias emocionales (porque no hay lógicas infalibles de la poesía, ni manuales de instrucción, ni diccionarios que definan de una vez y para siempre sus símbolos. El poeta querrá ser agredido únicamente por los temerosos que no encuentren otro modo mejor de reaccionar en defensa propia ante los temblores que la explosión imaginaria del poema les cause o por los poderosos que conciban como amenazante toda realidad que escape a su potestad. Piedra de toque del ser, la llama poética templa la convicción del íntegro o derrite los pies de barro del personaje. Fiel de la balanza ética, la desnudez poética enardece la moralina huera del escándalo o vaticina el hallazgo de una verdad probable.

 

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Lo que opera en la evolución es la fuerza de conservación de la energía, no la fuer- za creadora. La creación es un incremento de energía, que se extrae no de otra forma de energía sino de la nada. Para el evolucionismo, nada se crea en el mundo, y las cosas no hacen sino repartirse en él. El acto creador supone siempre la autonomía y la libertad de la personalidad, pero el materialismo y el evolucionismo ignoran el sujeto creador.

Nicolás Berdiaev

Toda escritura sin aliento vital es una escritura no poética, así obedezca a las ficciones prolijas de la razón o deambule por los baldíos del automatismo. Toda escritura no poética es escritura sin albedrío, sin vida propia, sin vida: vale decir, escritura sin ventanas, viciada de obligatoriedad.

Es imposible escribir sin esfuerzo algo que no sea personal y en éste íntimo contexto, novedoso. Si la obsesión por el producto original usurpa el centro de la conciencia creadora, se sacrificará toda posibilidad de expresar la propia voz en aras de un absoluto que congele la dinámica poética en el círculo vicioso de un movimiento de repetición compulsiva. Ausente de sí, todo es ausencia, negación, imposibilidad. Por ello el trance poético no es un trance literal: el poeta es portavoz de su propio espíritu, no de otro; traduce los signos más escondidos de su ser, los matices de su rasgo esencial y al hacerlo amplifica en otros el murmullo de una voz posible. El médium, en cambio, es poseído: suspende por un lapso de tiempo su existencia, acepta que una voluntad externa opere sobre él. La lengua desconocida que profiere es inexistente, es una no-lengua o, en su defecto, un mensaje tan ordinario como cualquier expresión de uso cotidiano. Por el contrario, cada vez que el poeta habla en lenguas establece un nuevo dialecto, una varia-ción que se explica a sí misma sin dejar de constituirse como novedad, y que podrá fundamentar una gramática y una semántica singulares.

Hay en la poesía una intrínseca modestia que no va en detrimento ni de la potencia ni de la penetración de su develar. Por qué habría de hacerlo si la modestia, en tanto reconocimiento de los límites primeros y no resignación apocada, sienta las bases de toda expansión sostenida. Al funcionar como plataforma de partida del ser y no como techo ni tapia, favorece el enfoque y la concentración de la energía creadora sin domesticar ni diluir su audacia, como si fuera una sintonía fina del espíritu.

Todo le sirve al poeta. La totalidad del cosmos le proporciona sus materiales y sabe que, para que el hecho poético acontezca, no puede darse el lujo de rechazar a priori ningún aporte. Si hay algo que no debe permitirse el poeta son los juicios previos. El prejuicio defiende un orden clausurado, jerárquico y autoproclamado como imperfectible, cercenador de toda nueva asociación; incapaz de concebir creación al- guna; de ejercer fe en lo distinto, lo otro, lo por-ser, lo original; y con- viene advertir que todo concepto que se fosilice está en peligro de convertirse en prejuicio. Por ello, también, el poeta se libera del prejuicio ateo: por mucho, el más inmodesto de todos. Sabe que lo radicalmente nuevo, lo extraordinario sucede y que es el único sustento verdadero de la libertad. Sabe que en el principio era la palabra, pero que antes del principio –antes del tiempo o si se quiere, en el todo- tiempo eterno- y antes aún de la palabra, es la boca, la lengua, la garganta: el sujeto que la emite, el poeta, el originador original. Este saber, en lugar de reducirlo a silencio, le asegura el recurso indefinido de la voz, el encuentro con lo indecible, el acceso a una de sus tantas versiones, la obtención asistemática de la gracia. Y no me refiero con esta palabra a una milagrosa intervención externa que anularía el propio arbitrio, sino a la explotación personal de esa impronta inagotable de libertad que aloja el ser. El instante poético o creador, pues no soy quien para reducir sólo al ejercicio poético esta posibilidad está emparentado con ese salto voluntario al vacío que el racionalismo denomina fe, sin percatarse que es entonces cuando la existencia descubre el verdadero espesor de lo real. (*)

(*) Fuente: Fragmentos de Marcos Vieytes, La profesión de fe poética, ensayo de futura edición en su versión completa.

 

 

 

   ©  Temakel. Por Esteban Ierardo