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EL MITO CHEYENNE DE LA CREACIÓN

 

 

                                                   

     Los cheyennes, uno de los principales pueblos indígenas de América del Norte. Aquí el modo como, en las distancias de los tiempos, los primeros cheyennes imaginaron la creación de todo. 

ASI EMPEZO TODO

Al principio no había nada.

Absolutamente nada.

Todo estaba vacío.

Maheo, el Gran Espíritu, sentíase como desolado.

Miró en su entorno pero, obviamente, no había nada que ver.

Trató de oír, pero nada había que escuchar.

Únicamente se encontraba él, Maheo, solo en la nada.

-Tengo que poner remedio a esta situación.

Aunque gracias a su gran Poder, Maheo, no se consideraba aislado, porque él mismo era un universo. Mas, dado el hecho de que se movía a través de la nada y del tiempo sin fin, Maheo pensó que su Poder podía tener alguna aplicación productiva y concreta.

-¿Para qué sirve el Poder -se preguntó-, si no puede utilizarse para hacer el mundo y los distintos pueblos? Sí, tengo que poner remedio a esta situación.

    Y llevó a la práctica sus intenciones.

     Creando una amplísima extensión de agua, como un lago, pero salada. Comprendió el Gran Espíritu que partiendo del agua podría existir la vida. El lago mismo era vida.

-Deberían existir seres que viviesen en las aguas -dijo Maheo a su Poder. Y así fue.

    Primero hizo los peces que nadaban en las oscuras aguas, luego las almejas y los caracoles y los ástacos, que vivían eh la arena y en el fondo del lago.

-Formemos ahora seres que puedan moverse sobre el agua -requirió de su Poder.

   Así ocurrió.

    Fueron apareciendo los gansos, los ánades, los charranes, las fochas, las cercetas, viviendo y nadando en los alrededores del lago. En la oscuridad, Maheo, podía escuchar el chapoteo de sus patas y el batir de sus alas.

-Quisiera ver todas las cosas que acaban de ser creadas -pensó Maheo.

    Y una vez más los hechos se produjeron de acuerdo con sus más íntimos deseos. La luz comenzó a brotar y a esparcirse, primero blanca y clareando en el Este, posteriormente dorada e intensa cuando hubo llegado al centro del cielo, extendiéndose al final hasta el último punto del horizonte.

     Merced a la claridad, pudo Maheo contemplar los pájaros, los peces y las conchas de los animales marinos apoyadas en el fondo del lago.

-¡Qué maravilla! -sintió el Gran Espíritu dentro de sí.

    Entonces la gansa se dirigió chapoteando hacia donde suponía se encontraba Maheo, en la inmensidad del espacio, sobre el lago.

-No alcanzo a distinguirte pero sé que estás ahí -comentó-. No sé dónde estás ahora, pero sé que te encuentras en cualquier lugar: Óyeme, Maheo. El lago que has hecho, en el que moramos, es bueno. Pero comprende que los pájaros no somos peces, a veces nos fatigamos de tanto nadar y nos sentiríamos muy felices de poder reposar fuera del agua.

-Entonces, volad -repuso Maheo, agitando al unísono los brazos.

    Todos los pájaros del agua aletearon agitadamente sobre la superficie acuática hasta que obtuvieron la suficiente velocidad como para remontar el vuelo.

    Eran tantos que oscurecieron el firmamento.

    El somorgujo fue el primero en regresar a la superficie del lago.

-Maheo -dijo, mirando en torno a sí, pues sabía que el Gran Espíritu se hallaba en todas partes-, tú nos has dado el cielo y la luz para que podamos volar y el agua para nadar. Pedirte algo más podría parecer una ingratitud, pero debemos hacerlo. Cuando estemos cansados de nadar y volar; nos agradaría tener un lugar firme y seco donde caminar para rehacernos del agotamiento. Por favor Maheo, concédenos un sitio en el que podamos construir nuestros nidos.

   -Así será -respondió Maheo-, pero para tal hacer necesito de vuestra colaboración. Por mí mismo he hecho el agua, la luz, el aire del cielo y los seres del agua. Ahora, para seguir mi obra creadora, preciso ayuda, pues mi Poder sólo me permite hacer cuatro cosas.

-Explícanos en qué podemos serte útiles -hablaron los seres del agua-. Estamos dispuestos a prestarte nuestra máxima ayuda.

-Que los de tamaño superior y los más rápidos intenten encontrar tierra -dijo el Gran Espíritu, alargando los brazos y haciendo señas a la gansa.

-Estoy preparada.

    Diciendo así, la gansa partió rauda y veloz, cruzando el agua hasta convertirse en un punto blanco que se elevaba en el aire. Luego regresó con la celeridad de una flecha, zambulléndose en las aguas.

   La gansa estuvo ausente durante un período bastante largo. 

   Maheo Maheo contó cuatro veces cuatrocientos antes de que ella surgiera de las aguas y quedase flotando, abierto el pico para recobrar el aliento.

-¿Nos has traído algo? -preguntó el Gran Espíritu.

     La gansa suspiró desolada.

-No. No he podido traer nada.

     Acto seguido lo intentaron el somorgujo y el ánade, pero tampoco su empresa se vio coronada por el éxito. Finalmente vino la pequeña focha, chapoteando sobre la superficie del lago, hundiendo la cabeza en ocasiones para atrapar algún pececito y agitando el agua a cada momento.

-Maheo Maheo -anunció la menuda focha tenuemente-, cada vez que me sumerjo creo ver algo, allá a lo lejos. Tal vez yo pueda descender nadando, lo sé. No soy capaz de volar ni de zambullirme con mis hermanas y hermanos. Lo único que puedo hacer es nada y; pero lo haré lo mejor que sepa y llegaré tan profundamente como me lo permitan mis fuerzas. Déjame intentarlo, por favor; Maheo.

-Pequeño hermano -repuso éste-, cada cual puede hacer aquello de lo que sea capaz, y ya he requerido la colaboración de todos los seres del agua. Ciertamente, puedes intentar cumplir esta tarea. Tal vez saber nadar sea mejor que saber zambullirse, después de todo. Vete, pequeño hermano, y mira qué es lo que puedes hacer.

-¡Ah, oh! -exclamó la pequeña focha-. ¡Gracias, Maheo!

   Y hundiendo la cabeza en el agua, nadó cada vez más y más profundamente, hasta que se perdió de vista.

    Pasó mucho tiempo hasta que Maheo y los demás pájaros volvieron a ver una pequeña mancha oscura bajo la superficie del agua, ascendiendo lentamente hacia ellos. La figura se fue haciendo poco a poco más definida hasta que todos estuvieron seguros de quién era. El pequeño pájaro subía nadando desde el fondo del lago salado.

    Al arribar a la superficie, la focha alzó su pico hacia la luz, sin abrirlo.

-Dame lo que has traído -dijo Maheo.

     Entonces, del pico cayó una pequeña bola de lodo que el Gran Espíritu recogió entre sus manos.

-Vete, pequeño hermano -dijo-. Y gracias. Es posible que esto que has traído te proteja para siempre.

    Y así ha sido y es, pues la carne de focha aún tiene sabor a lodo, y ningún ser humano o animal come a este pequeño pájaro, a no ser que no tenga otra cosa con que alimentarse.

    Maheo Maheo hizo rodar la bola de lodo entre las palmas de las manos hasta que la misma se hizo tan grande que ya no le fue posible sostenerla. Buscó entonces por los alrededores con la mirada un sitio donde ponerla, pero no había más que agua y aire.

-Necesito de nuevo vuestra ayuda, moradores del agua -anunció-. Debo poner este lodo en algún lugar. Uno de vosotros debe hacerme un espacio en su espalda.

   Todos los peces y demás criaturas acuáticas se acercaron nadando hacia el Gran Espíritu, que trató de elegir al más apto para sus propósitos. Las almejas, los caracoles y los ástacos eran demasiado pequeños, pese a que gozaban de fuertes espaldas y vivían en las profundidades del agua. Los peces, por su parte, eran demasiado estrechos y sus aletas cortaban en pedazos el barro. Finalmente, sólo quedaba un habitante en las aguas.

-Abuela Tortuga -exclamó Maheo-, ¿podrías ayudarme?

-Soy demasiado vieja y excesivamente lenta -razonó. Añadiendo-: Pero lo intentaré-. Maheo apiló sobre la redonda espalda una buena cantidad de lodo hasta formar una colina. Bajo las manos del Gran Espíritu, la colina fue creciendo, extendiéndose y enderezándose, mientras la Abuela Tortuga desaparecía de la vista.

-Así sea -dijo Maheo otra vez-. Que la tierra sea conocida como nuestra abuela, y que la abuela, que es quien transporta la tierra, sea el único ser que pueda vivir debajo del agua o de la tierra, o encima del suelo; el único que pueda ir a cualquier parte, ya sea nadando, ya caminando, según lo prefiera.

   Y así ha sido y es. La Abuela Tortuga y todos sus descendientes caminan muy lentos, pues cargan en sus espaldas todo el peso del mundo y los seres que lo habitan.

    Ahora ya había agua y también tierra, pero esta última era estéril. Maheo dijo entonces a su Poder:

-Nuestra Abuela Tierra es como una mujer y, en consecuencia, debe ser productiva. Ayúdame, Poder, a que ella engendre vida.

     Al pronunciar Maheo estas palabras, los árboles y las hierbas brotaron, convirtiéndose en el cabello de la abuela; las flores se transformaron en brillantes adornos, y las frutas y las semillas fueron ofrecidas por la tierra al Gran Espíritu. Los pájaros se posaron a descansar en las manos de la abuela, a cuyos lados se acercaron también los peces. Mirando a la mujer Tierra, Maheo pensó que era muy hermosa, la más hermosa de las cosas que nunca había hecho.

   "Pero no debería estar sola", pensó. "Démosle una parte de mí, y así podrá saber que estoy cerca de ella y la amo."

   Maheo Maheo metió la mano en su costado derecho y sacó una de sus costillas. Luego de darle aliento, la colocó dulcemente en el seno de la mujer Tierra. La costilla se movió agitadamente, se puso en pie. Y caminó. Había nacido el primer hombre.

-Está solo en la Abuela Tierra como yo estuve solo una vez en el vacío -admitió Maheo-. Y para nadie es bueno estar solo.

    Utilizando entonces una de sus costillas de la parte derecha formó una hembra, que puso al lado del hombre. Entonces sobre la Abuela Tierra hubo dos seres humanos: sus hijos y los de Maheo. Todos eran felices, y el Gran Espíritu era feliz mirándolos.

     Un año más tarde, en la época primaveral, nació el primer niño.

     Y a medida que transcurrió el tiempo vinieron otros pequeños seres que, siguiendo su camino, fundaron las diferentes tribus. Luego Maheo vio que su pueblo tenía ciertas neeesidades. Con su Poder creó animales que alimentasen y protegieran al hombre. Finalmente, el Gran Espíritu pensó en una bestia que pudiera ocupar el sitio de los demás creando al bisonte.

    Maheo sigue con nosotros.

     En todas partes y lugares. Mirando a su pueblo y a todo cuanto ha creado. Él representa la totalidad de la vida. Es el creador, el guardián, el maestro, el único...

     Nosotros estamos aquí, gracia a Maheo. (*)

(*) Fuente: Leyendas de los indios de Norteamérica, Edimat Libros, pp. 155-65.

 

                                         

 

 

 

 

 

 

 

 

                                   ©  Temakel. Por Esteban Ierardo