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   SEÑALES DE BHEETHOVEN

 

 

Presentación

Pequeña biografía

El testamento de Heiligenstadt

El himno a la alegría

La carta a la Amada Inmortal

Beethoven y el halcón

 

Presentación

    Inevitablemente, la música es un regalo misterioso. Algunos músicos han recibido ese obsequio generoso. Es el caso de Beethoven. Como estímulo a la escucha y valorización del arte del creador de la célebre novena sinfonía, le presentamos en este momento de Música y trascendencia de Temakel varias señales vinculadas con su obra. En primer lugar, una pequeña biografía, por Douglas Johnson, para advertir los dolores y soledades y plenitudes creadoras del inspirado músico ensordecido. Luego "El testamento de Heiligenstadt", redactado por Beethoven y en el que emerge su entramado de relaciones familiares y su apasionado compromiso con la creación musical aun cuando esto supusiera su sacrificio y sufrimientos personales. La "Carta a la Amada Inmortal", tal vez estuvo dirigida a una joven de 17 años de nombre Giulietta. Es la nítida manifestación de un exaltado romanticismo. Cima del fuego  romántico que Beethoven exhaló es su "Himno a la Alegría" dentro de la novena sinfonía. El poema cantado por un exultante coro es la "Oda de la Alegría" escrita especialmente por el notable romántico Federico Schiller, autor de Wallenstein y las Cartas sobre la educación estética del ser humano. Por último, encontrarán también la prosa poética "Beethoven y el halcón". Allí, una imaginario contemplación matinal del vuelo de un halcón por el creador de la Misa solemne libera la angustia por una imposible escucha absoluta de los sonidos que coexiste con la sordera de Beethoven. Esta prosa pertenece a mi libro de poemas El devenir de las aguas.

  De la música nace el pájaro de armonías y sonidos que nos guía hacia las nubes más altas y la tierra más honda.

 E.I

 

Pequeña Biografía

Por Douglas Johnson

  Ludwig Van Beethoven, uno de los grandes maestros de la música, es particularmente admirado por sus trabajos instrumentales, incluyendo sinfonías, conciertos, sonatas, y música de cámara.

PRIMEROS AÑOS DE VIDA

Beethoven nació en la corte provincial de la ciudad de Bonn, Alemania, probablemente el 16 de Diciembre de 1770. Su abuelo, también Ludwig, y su padre, Johann, fueron los dos, músicos al servico de, sucesivamente, los príncipes electores Max Friedrich y Max Franz. Beethoven poseía un talento tal que a la edad de 12 ya era asistente del organista Christian Gottlob Neefe, con quién estudió. Los intentos para establecerlo como un niño prodigio al modelo de Mozart tuvieron poco éxito, sin embargo.

En 1787 Beethoven fue enviado a Viena, pero su madre cayó enferma, y tuvo que volver a Bonn casi inmediatamente. Ella murió unos meses después, y en 1789 el mismo Beethoven pidió que su padre alcohólico se retirara, un hecho que lo dejó responsable por sus hermanos menores Caspar Carl y Nikolaus Johann. Beethoven dejó Bonn para dirigirse a Viena por segunda vez en Noviembre de 1792, para poder estudiar con Franz Joseph Haydn.

En 1794 fuerzas francesas tomaron Renania; consecuentemente los nexos con la corte de Bonn llegaron a su fin. Su padre había muerto un mes después de su salida de Bonn, en 1794, y en 1795 sus dos hermanos se reunieron con él en Viena. Permaneció ahí por el resto de su vida, saliendo sólo por celebraciones de verano largas alrededor de las fronteras del país, y en sus primeros años, para conciertos ocasionales en ciudades cercanas. Sus únicos viajes extensos fueron a Praga, Dresden y Berlín en 1796.

Beethoven nunca mantuvo una posición oficial en Viena. Se mantenía a sí mismo dando conciertos, enseñando piano, y a través de las ventas de sus composiciones. Los miembros de la aristocracia vienesa fueron sus patrones seguros, y en 1809 tres de ellos---El Príncipe Kinsky, el Príncipe Lobkowitz, y el Archiduque Rodolfo--le llegaron a garantizar un ingreso anual con la única condición de que se quedara en Viena.

CARRERA VIENESA

Los últimos 30 años de la vida de Beethoven estuvieron matizados por una serie de crisis personales, la primera de las cuales fue el desarrollo de su sordera. Los primeros síntomas, notables para el compositor ya antes de 1800, lo afectaron socialmente más que musicalmente. Sus reacciones ---desesperación, resignación y despecho--- están plasmados en sus cartas a dos amigos en 1801 y en un documento dirigida a sus hermanos hacia finales de 1802 y ahora conocido como el "Testamento de Heiligenstadt". Resuelta finalmente como "comprensión del hado por la garganta", emergió de las crisis con unas series de trabajos triunfantes que marcaron el comienzo de un nuevo período en su desarrollo estilístico.

Una segunda crisis, una década después fue el rompimiento de una relación con una mujer anónima (probablemente Antonie Brentano, la esposa de un amigo) conocida para nosotros como "La Amada Inmortal", tal como Beethoven se dirigía a ella en una serie de cartas en el mes de Julio de 1812. Ésta fue aparentemente la más seria de muchísimas de esas relaciones con mujeres que algún día estuvieron fuera de su alcance, y sus conclusiones traumáticas fueron seguidas por un largo período de resignación y actividad musical reducida.

Durante éste tiempo la sordera de Beethoven avanzó a tal grado que ya no podía ejecutar públicamente, y requería una tabla o pequeños cuadernos (ahora conocidos como "libros de conversación") para comunicarse con los visitantes. La muerte de su hermano Caspar Carl en 1815 dio lugar a un pleito legal de 5 años por la custodia del hijo de Caspar: Karl, entonces de 9 años, en el cual Beethoven vio una última oportunidad para la vida doméstica que de alguna otra manera lo habría eludido. Su posesión de Karl provocó una crisis final en el verano de 1826, cuando el pequeño hombre intentó suicidarse. Cortamente después, la salud de Beethoven comenzó a fallar, y murió el 26 de Marzo de 1827 en Viena.

LA MÚSICA DE BEETHOVEN

Tradicionalmente los trabajos de Beethoven se agrupan en períodos "Tempranos, Medios y Posteriores". Los trabajos tempranos, se remontan aproximadamente hasta 1802, mostrando un progresivo control del estilo clásico superior de Haydn y Mozart. Los estudios formales de Beethoven en contrapunto(con Haydn y Johann Albrectsberger), comenzando en 1792, y su estudio privado de la mejor música del tiempo, particularmente las sinfonías de Haydn, mejoró su trato de ambas formas y textura. Durante este periodo escribió primeramente para piano y para conjuntos de cámara dominados por el piano. Llegó a los géneros menos familiares de cuarteto, sinfonía, oratorio, y ópera con gran sutileza previniendo una comparación con Haydn y Mozart en éstas áreas. Su primer cuarteto de seis cuerdas, op.18, data del 1798-1800, la primer sinfonía de 1800 y 1801 y un oratorio, Cristo en el Monte de los Olivos, en1802-1803.

Un crecimiento general en las proporciones de poder retórico en los trabajos de Beethoven en el período de 1798-1802 culmina con las altamente dramáticas composiciones que marcan el comienzo del período Medio en 1803. Los primeros de estos ---La Tercer Sinfonía (Eroica, 1803), la ópera Fidelio (1803-05), y el Waldstein (1804) y las sonatas Appassionata (1804)--- tienen un toque heróico que parece responder a las emociones provocadas por la sordera de Beethoven. En los trabajos compuestos de aproximadamente 1806 hasta 1812, este carácter heroico se alterna con una serenidad olímpica. Los características sinfonías y trabajos de cámara de este período son las sinfonías Cuarta (1806), Quinta (1805-07), y Sexta (1807-08); los conciertos para piano número Cuarto (1805-06) y el Quinto (Emperador, 1809); los Conciertos para Violín (1806); los Rasumovs; la Obertura Coriolana (1807); y la música incidental para el drama de Goethe llamado Egmont (1810).

Este monumental estilo del período medio comenzó a perder su atractivo para Beethoven despues de 1812, el año de las sinfonías Séptima y Octava. Los años 1813 y 1814 no son ricos en nuevos trabajos impresivos, y al comienzo de 1815 su música se volvió generalmente menos dramática e introspectiva. El primer grupo de trabajos en este nuevo estilo del período posterior incluye el ciclo de canciones "An die ferne Geliebte, op. 98" (A la Amada Distante); la sonata para piano, op. 101 (1816); y las dos sonatas para violoncello y piano, op. 102 (1815). En estos trabajos (1820-22), y los cuartetos de cuerdas, op. 127,130,131,132, y 135 (1824-26), Beethoven se apegó menos en el árbol clásico ---o formato de cuatro movimientos---, dominado por un dramático primer movimiento en la forma sonata, y más en la yuxtaposición de movimientos (de dos a siete) de un amplio y diferente estilo y carácter. En particular, favoreció los procedimientos de variación y fuga en los cuales las implicaciones ocultas de estos temas emergen gradualmente. Ocasionalmente revertía los elementos del estilo heróico del período medio, como, por ejemplo, en la Sonata Hammerklavier, op. 106 (1817-18); la Missa Solemnis (1812-23); y la Novena Sinfonía (Coral) (completada en 1823). Aún estos trabajos, sin embargo son coloridos por una nueva inmediación de expresión.

Como Beethoven creció más apartado, de tendencias estilísticas populares del día, su música tendió incrementadamente a extremos expresivos. Pasajes de contemplación sublime unida con simples melodías floclóricas, recitativos apasionados, y arcaísmos abstractos en una síntesis totalmente personal.

IMPORTANCIA DE BEETHOVEN

La música de Beethoven nunca ha perdido su lugar central en el repertorio de conciertos. Algunos trabajos tuvieron un inmediato y específico impacto en la siguiente generación de compositores. La influencia de la popular Séptima Sinfonía , por ejemplo, se puede escuchar en la "Gran Sinfonía en C Mayor", de Schubert, o la "Sinfonía Italiana" de Mendelssohn, "Harold en Italia" de Berlioz, y la "Sinfonía en C" de Wagner. La influencia de la Novena Sinfonía fue aún más profunda; su especial caracter tuvo un profundo efecto en Bruckner y Brahms, y la combinación de fuerzas instrumentales y corales comenzaron una serie de trabajos sinfónicos híbridos, de Berlioz hasta Mahler. La alta calidad expresiva de toda la música de Beethoven inspirada en interpretaciones poéticas y alentada en un siglo de trabajos instrumentales románticos con sobretonos programáticos.

Beethoven mismo se volvió un símbolo poderoso, el prototipo del moderno héroe-artista como opuesto al artista-artesano de la Europa prerevolucionaria. Su feroz independencia y su doloroso éxito triunfal sobre la adversidad personal, especialmente en los trabajos dramaticalmente concebidos en el período medio lo hicieron un modelo para aquellos compositores posteriores tal como Wagner quien enseñó o mostró a través del arte. Al mismo tiempo, su fidelidad a los principios clásicos de composicion, su uso de una estructura de larga escala en vez que eventos temáticos locales para alcanzar sus más profundos efectos, han hecho de sus trabajos la mas importante fuente simple para varios sistemas de análisis desarrollados por teóricos y pedagogos modernos.

 

 

Testamento de Heiligenstadt

A mis hermanos Carl y Johann

 

 

 

Oh vosotros, hombres que me miráis y me juzgáis huraño, loco o misántropo, ¡cuan injustos habéis sido conmigo! ¡Ignorais la oculta razón de que os aparezca así! Mi corazón y mi espíritu se mostraron inclinados desde la infancia al dulce sentimiento de la bondad, y a realizar grandes acciones he estado siempre dispuesto; pero pensad tan solo cuál es mi espantosa situación desde hace seis años, agravada por médicos sin juicio, engañado de año en año con la esperanza de un mejoramiento, y al fin abandonado a la perspectiva de un mal durable, cuya curación demanda años tal vez, cuando no sea enteramente imposible. Dotado de un temperamento ardiente y activo, fácil a las distracciones de la sociedad, debí apartarme de los hombres en edad temprana, pasar mi vida solitario. ¡ Si algunas veces quise sobreponerme a todo, oh cuán duramente chocaba con la triste realidad renovada siempre de mi mal! y sin embargo, no me era posible decir a los hombres: "¡Hablad más alto, gritad porque soy sordo!" ¿Cómo me iba a ser posible ir revelando la debilidad de un sentido que debería ser en mí más perfecto que en los demás?, un sentido que en otro tiempo he poseído con la más grande perfección, con una perfección tal que indudablemente pocas personas de mi oficio han tenido nunca. ¡Oh, ésto no puedo hacerlo! Perdonadme pues si me veis vivir separado cuando debería mezclarme en vuestra compañía. Mi desdicha es doblemente dolorosa, puesto que le debo también ser mal conocido. Me está prohibido encontrar un descanso en la sociedad de los hombres, en las conversaciones delicadas, en los mutuos esparcimientos. Sólo, siempre solo. No puedo aventurarme en sociedad si no es impulsado por una necesidad imperiosa; soy presa de una angustia devoradora, de miedo de estar expuesto a que se den cuenta de mi estado.

Esta es la razón por la cual acabo de pasar seis meses en el campo. Mi sabio médico me obliga a cuidar mi oído tanto como sea posible, yendo más allá de mis propias intenciones; y sin embargo; muchas veces, recobrado por mi inclinación hacia la sociedad, me he dejado arrastrar de ella; pero qué humillaciones cuando cerca de mí estaba alguien que escuchaba a lo lejos el sonido de una flauta y que yo no oía nada, o que escuchaba el canto de un pastor sin que yo pudiera oír nada.

La experiencia de estas cosas me puso pronto al borde de la desesperación, y poco faltó para que yo mismo hubiese puesto fin a mi vida. Sólo el arte me ha detenido. ¡Ah! Me parecía imposible abandonar este mundo antes de haber realizado todo lo que me siento obligado a realizar, y así prolongaba esta miserable vida, verdaderamente miserable, un cuerpo tan irritable que el menor cambio me puede arrojar del estado mejor en el peor. ¡Paciencia! se dice siempre; y debo tomarla a ella ahora por guía; la he tomado. Durable debe ser, lo espero, mi resolución de resistir hasta que plazca a las Parcas inexorables cortar el hilo de mi vida. Acaso será esto lo mejor, acaso no, pero yo estoy presto siempre. No es muy fácil ser filósofo por obligación a los veintiocho años, no es fácil; y es más duro aún para un artista que para cualquier otro.

¡Oh Dios, tú miras desde lo alto en el fondo de mi corazón, y lo conoces, sabes que en él moran el amor a los demás y el deseo de hacerles el bien! Vosotros, hombres, si leéis un día esto, pensad que habeis sido injustos conmigo, y que el desventurado se consuela al encontrar a otro desventurado como él que a pesar de todos los obstáculos de la naturaleza, hizo cuanto estaba a su alcance para ser admitido en el rango de los artistas y de los hombres de elección.

Vosotros, hermanos míos, Carl y Johann, inmediatamente que yo haya muerto, si el profesor Schmidt vive aún, rogadle en mi nombre que describa mi enfermedad y a la historia de ella unid esta carta, a fin de que después de mi muerte, al menos en la medida que ésto sea posible, la sociedad se reconcilie conmigo. Al mismo tiempo, a vosotros dos nombro herederos de mi pequeña fortuna, si se la puede llamar así, que la debeis partir lealmente, estando de acuerdo y ayudándoos el uno al otro. El mal que me habeis hecho, lo sabeis, os lo he perdonado desde hace mucho tiempo. A ti hermano Carl te doy gracias particularmente por la solicitud de que me has dado testimonio en los últimos tiempos. Hago votos por que tengáis una vida feliz, más exenta de cuidados que la mía. Recomendad a vuestros hijos la virtud, porque sólo ella puede dar la felicidad que no da el dinero. Hablo por experiencia. Ella me ha sostenido a mí mismo en mi miseria, y a ella debo, tanto como a mi arte, no haber puesto fin a mi vida por el suicidio ¡Adiós y amaos! Doy gracias a todos mis amigos, y en particular al príncipe Lichnowski y al profesor Schmidt. Deseo que los instrumentos del príncipe L. puedan ser conservados en la casa de alguno de vosotros, pero que esto no provoque entre vosotros ninguna discusión. Si no pueden seros útiles para algo mejor, vendedlos inmediatamente. ¡Cuán feliz seré si todavía puedo serviros desde la tumba! Si fuera así, con qué alegría volaría hacia la muerte. Pero si ésta llega antes de que haya tenido la ocasión de desarrollar todas mis facultades artísticas, a pesar de mi duro destino, llegará demasiado temprano para mí y desearía aplazarla. Mas aún así, estoy contento. ¿No va a librarme de un estado de sufrimiento sin término? Venga cuando viniere, yo voy valerosamente hacia ella. Adiós y no me olvidéis enteramente en la muerte; merezco que penséis en mí, porque a menudo he pensado en vosotros durante mi vida para haceros felices. ¡Sedlo!

Heiligenstadt, 6 de octubre de 1802.

 

 

 

 

 

 

 

 

El Himno de la Alegría

 

BARÍTONO

¡Oh, amigos, no con esos acentos!
¡Entonemos cantos placenteros
y plenos de alegría!

 


ODA A LA ALEGRÍA - FEDERICO SCHILLER

BARÍTONO, CUARTETO, Y CORO

¡Alegría, hermosa chispa de los dioses
hija del Elíseo!
¡Ebrios de ardor penetramos,
diosa celeste, en tu santuario!
Tu hechizo vuelve a unir
lo que el mundo había separado,
todos los hombres se vuelven hermanos
allí donde se posa tu ala suave.

Quien haya alcanzado la fortuna
de poseer la amistad de un amigo, quien
haya conquistado a una mujer deleitable
una su júbilo al nuestro.
Sí, quien pueda llamar suya aunque
sólo sea a un alma sobre la faz de la Tierra.
Y quien no pueda hacerlo,
que se aleje llorando de esta hermandad.

Todos los seres beben la alegría
en el seno de la naturaleza,
todos, los buenos y los malos,
siguen su camino de rosas.
Nos dio ósculos y pámpanos
y un fiel amigo hasta la muerte.
Al gusano se le concedió placer
y al querubín estar ante Dios.

SOLISTA TENOR Y CORO

Gozosos, como los astros que recorren
los grandiosos espacios celestes,
transitad, hermanos,
por vuestro camino, alegremente,
como el héroe hacia la victoria.

CORO

¡Alegría, hermosa chispa de los dioses
hija del Elíseo!
¡Ebrios de ardor penetramos,
diosa celeste, en tu santuario!
Tu hechizo vuelve a unir
lo que el mundo había separado,
todos los hombres se vuelven hermanos
allí donde se posa tu ala suave.

¡Abrazaos, criaturas innumerables!
¡Que ese beso alcance al mundo entero!
¡Hermanos!, sobre la bóveda estrellada
tiene que vivir un Padre amoroso.

¿No vislumbras, oh mundo, a tu Creador?
Búscalo sobre la bóveda estrellada.
Allí, sobre las estrellas, debe vivir.

¡Alegría, hermosa chispa de los dioses,
hija del Elíseo!
¡Ebrios de ardor penetramos,
diosa celeste, en tu santuario!
¡Abrazaos, criaturas innumerables!
¡Que ese beso alcance al mundo entero!
¿Os prostráis, criaturas innumerables?
¿No vislumbras, oh mundo, a tu Creador?
¡Búscalo sobre la bóveda estrellada!
Hermanos, sobre la bóveda estrellada
tiene que vivir un Padre amoroso.


¡Alegría, hija del Elíseo!
Tu hechizo vuelve a unir
lo que el mundo había separado
todos los hombres se vuelven hermanos
allí donde se posa tu ala suave.

¡Abrazaos, criaturas innumerables!
¡Que ese beso alcance al mundo entero!
¡Hermanos!, sobre la bóveda estrellada
tiene que vivir un Padre amoroso.

¡Alegría, hermosa chispa de los dioses,
hija del Elíseo!
¡Alegría, hermosa chispa de los dioses!

 

Carta a la amada inmortal

 

 

 

 

:

"Mi ángel, mi todo, mi yo... ¿Por qué esa profunda pesadumbre cuando es la necesidad quien habla? ¿Puede consistir nuestro amor en otra cosa que en sacrificios, en exigencias de todo y nada? ¿Puedes cambiar el hecho de que tú no seas enteramente mía y yo enteramente tuyo? ¡Ay Dios! Contempla la hermosa naturaleza y tranquiliza tu ánimo en presencia de lo inevitable. El amor exige todo y con pleno derecho: a mí para contigo y a ti para conmigo. Sólo que olvidas tan fácilmente que yo tengo que vivir para mí y para ti. Si estuviéramos completamente unidos ni tú ni yo hubiéramos sentido lo doloroso. Mi viaje fué horrible...

"Alégrate, sé mi más fiel y único tesoro, mi todo como yo para ti. Lo demás que tenga que ocurrir y deba ocurrir con nosotros, los dioses habrán de enviarlo...

"Tarde del lunes... Tú sufres. ¡Ay! donde yo estoy, también allí estás tú conmigo. Conmigo y contigo haré yo que pueda vivir a tu lado. ¡¡¡Qué vida!!! ¡¡¡Así!!! Sin ti... perseguido por la bondad de algunas personas, que no quiero recibir porque no la merezco. Me duele la humildad del hombre hacia el hombre. Y cuando me considero en conexión con el Universo, ¿qué soy yo y qué es aquél a quien llaman el más grande? Y sin embargo... ahí aparece de nuevo lo divino del hombre. Lloro al pensar que problablemente no recibirás mi primera noticia antes del sábado. Tanto como tú me amas ¡mucho más te amo yo a ti!... ¡Buenas noches! En mi calidad de bañista, debo irme a dormir. ¡Ay, Dios! ¡Tan cerca! ¡Tan lejos! ¿No es nuestro amor una verdadera morada del cielo? ¡Y tan firme como las murallas del cielo!

"Buenos días, siete de julio. Todavía en la cama se agolpan mis pensamientos acerca de ti, mi amada inmortal; tan pronto jubilosos como tristes, esperando a ver si el destino quiere oírnos. vivir sólo me es posible, o enteramente contigo, o por completo sin ti. Sí, he resuelto vagar a lo lejos hasta que pueda volar a tus brazos y sentirme en un hogar que sea nuestro, pudiendo enviar mi alma al reino de los espíritus envuelta en ti. Sí, es necesario. Tú estarés de acuerdo conmigo, tanto más conociendo mi fidelidad hacia ti, y que nunca ninguna otra poseerá mi corazón; nunca, nunca...

"¡Oh, Dios mío! ¿Por qué habrá que estar separados, cuando se ama así? Mi vida, lo mismo aquí que en Viena, está llena de cuitas. Tu amor me ha hecho al mismo tiempo el ser más feliz y el más desgraciado. A mis años, necesitaría ya alguna uniformidad, alguna normalidad en mi vida. ¿Puede haberla con nuestras relaciones?... ángel, acabo de saber que el correo sale todos los días. Y eso me hace pensar que recibirás la carta en seguida.

"Está tranquila. Tan sólo contemplando con tranquilidad nuestra vida alcanzaremos nuestra meta de vivir juntos. Está tranquila, quiéreme. Hoy y ayer ¡cuánto anhelo y cuántas lágrimas pensando en ti... en ti... en ti, mi vida... mi todo! Adiós... ¡quiéreme siempre! No desconfíes jamás del fiel corazón de tu enamorado Ludwig. Eternamente tuyo, enternamente mía, eternamente nuestros."

 

BEETHOVEN Y EL HALCÓN

Por Esteban Ierardo

  

   

    Tres relámpagos habían reído en el amanecer. Cerca de Viena, el campo absorbía mugidos y rocíos. El rumor de las azadas, montañas y árboles, poblaban una ventana. Decoraban una abertura con un lienzo de volúmenes, formas y colores diversos.

  En la mañana nueva, el hombre de los bellos sonidos contemplaba la profundidad que se dilataba hasta los prados. Atisbaba la piel del espacio que, antes, tres relampagueantes fósforos iluminaron.

  Y se posaba el cielo sobre las montañas. Y en la altura celeste algo volaba.

  "Deben ser los halcones que educan para la cacería en las afueras de Viena", se decía el violín y el pentagrama que simulaban un pensamiento y un cuerpo humanos.

  El halcón. El ave. Capaz de arribar hasta nubes sostenidas por brazos del sol.

  Halcón que aleteaba entre dunas del aire.

  Pájaro que flameaba, tenue y enérgico, sus alas. La geometría de su aéreo movimiento resplandecía en los violonchelos y la orquesta que bullían en un rostro humano. En aquel rostro que, con los mágicos catalejos de sus ojos, contemplaba al halcón.

  Pero los oídos de aquel hombre musical no veían. Tampoco escuchaban el sonido del aleteo del ave. "¿Cómo escuchar ahora la elegante vibración que las alas del halcón en la gran bóveda genera?", se preguntó el músico que, en sus cabellos, arracimaba sonatas y los pianos con sus teclas.

  "¿Qué sonido procrea las alas del halcón que se baten en la altura?". Se repitió la inquietud. Y la duda en el músico perduró.

  No pudo escuchar el ala de pájaro el compositor alabado en las plateas de Viena.

  Y luego tampoco pudo escuchar los instrumentos que ejecutaban las armonías. Y tampoco en sus muertos tímpanos podían ser el canto del arroyo, el crujido de las carretas, las palabras de las mujeres bellas, la salva del cañón, el grillo solitario entre las plantas.

  Sin embargo, dentro de sus huesos, con más nitidez que nunca, escuchaba el huracán que cada día llegaba a sus manos. Huracanes que a sus dedos llegaban para escribir sonatas. Concierto de cuerdas. Misas.

  Pero nunca, durante aquellas placenteras tempestades de la música que siempre lo visitaban, pudo el músico escuchar las alas de halcón que vio una mañana.

  Y tampoco podía el elegido por la Musa escuchar las orquestas de los campos, ni las  vibraciones de los objetos de la urbe.

  Y el halcón se repetía en el recuerdo del músico que, una vez, recibió un divino obsequio: una constelación de sinfonías.

  Nueves musas fueron en el mito griego.

  Nueve sinfonías brotaron de tu nervio caliente de fuego.

  El regalo para el que atraviesa optimista los mares de la soledad, es la alegría de gozar con la totalidad devenida musicalidad.

   Y un himno compondrás, Beethoven, para celebrar la plena realidad a experimentar: la del todo moviéndose como música entusiasta.

  Y el poeta  te entrega sus versos que hablan de un padre amoroso que piensa, arriba, con su mente con forma de bóveda (1). Allí, compone canciones y se alegra al ocultar la música. Que crea la húmeda serpiente de los arcoiris.

  Y tu amigo creador de versos también hace que tu coro cante en honor de la diosa celeste, de una divina mujer que, abajo, en la tierra y los lagos, siente las rapsodias de los millones de seres. Y se alegra al esconder entre las hojas, su alegre júbilo ante el primer amanecer.

  Y las gargantas de tu coro crean los volcanes de la alegría que no es cantada. Es lo que canta. Cantan las voces allí donde la diosa y el dios una vez más se encuentran.

  La alegría no es la cantada. Es lo que canta cuando un cielo de llamas se posa en tus oídos muertos. Y aun entre las lápidas de tus tímpanos, escuchas el sonido de cada cuerpo.

  Escuchas las guirnaldas de todos los hechos. Que se agitan dentro de los dioses despiertos. Y escuchas la muerte que se desvanece en el sol. Y las lluvias que lavan las frentes cansadas. Mas no escuchas, sigues sin escuchar, el leve sonido de halcón y sus alas.

  Pero la alegría no tiene fin. El coro no perderá su brío. Porque ahora también te alegras por lo que nunca escucharás.

 

(1) Alusión a Federico Schiller, autor de la Oda de la alegría cantada por los exultantes coros del Himno de la alegría.

 

 


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 ©  Temakel. Por Esteban Ierardo