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  EL MISTERIO DE LA MELODÍA

 

Por Anthony Burgess

 

Fresco del Antiguo Egipto donde reina el espíritu musical, la fuente de la melodía y su misterio.

 

Presentación, por Diego Oscar Ramos

El misterio de la melodía, por Anthony Burgess

 

Presentación

    La melodía suele ser la célula básica de toda creación musical, tanto de la popular como de la académica. En comparación con la armonía o el ritmo, posibles de ligar a la mente y al cuerpo como fuentes de su gestación, la melodía nace de la inspiración poética, impulso de principio inmaterial que liga al hombre actual con los ancestros que dieron nacimiento a la especie.

  Ya en la naranja mecánica, la novela por la que suele ser más reconocido (sobre todo después de la película de Stanley Kubrick), el escritor inglés Anthony Burgess ponía a la música como un personaje sólo en apariencia secundario. No es menor el hecho de que antes de estudiar Lengua y Literatura inglesas su objetivo hubiera sido estudiar composición en la Universidad de Manchester. Quizás al hecho de no superar algunas pruebas de ingreso se deba la revelación de un destino de escritor viajero que llegó no sólo a ser pianista del Ejército británico luego de su graduación literaria sino que de una estadía en Malasia con su esposa - donde trabajó como docente universitario - compuso una sinfonía para retratar una multiculturalidad que lo fascinó. Lo particular fue el hecho de que el poco suceso de la composición lo llevara a trabajar literariamente el mismo material, escribiendo su Trilogía Malaya en 1964, donde supo jugar con dialectos propios de la interculturalidad de esa región. Esta combinación de preocupaciones estéticas idiomáticas y musicales, viajes y contactos vivenciales intensos con otras culturas sería una constante creativa que también aparecen con fuerza en La naranja mecánica.

En la novela, donde Burgess trabaja sobre el eterno tema de los impulsos del bien y del mal, la ciencia aplicada a la anulación de los impulsos violentos cercena la posibilidad del jóven Alex de dar rienda suelta a sus instintos provocándole una aflicción física ante cualquier presencia de signos de violencia, adosándole un castigo inesperado, al quedar en su cuerpo asociada esa misma angustia cuando escucha la música de Beethoven. Además de numerosas novelas y ensayos a lo largo de toda su vida el Burgess músico fue pianista en una agrupación de jazz, compuso obras orquestales entre las que se incluyen tres sinfonías, una ópera basada en el Ulises de Joyce.

 

Diego Oscar Ramos

 

  EL MISTERIO DE LA MELODÍA

Por Anthony Burgess

 

   Cualquiera puede componer una melodía. Por ejemplo, como hacen los chinos, demos a cada nota de la escala musical un número: DO RE MI FA SOL LA SI DO 1 2 3 4 5 6 7 8. Puede usted convertir su número de teléfono o el de la matrícula de su coche en una sucesión de notas. Quizá eso no sea suficientemente largo como para una auténtica melodía, pero dará de todos modos un tema. Un tema puede definirse como un fragmento de melodía que pide a gritos ser desarrollado, no simplemente para formar una melodía sino todo un movimiento sinfónico, toda una ópera. La música empieza siempre con un germen de ese tipo y quizá está latente en un simple número de pasaporte. Pero todos sabemos que las más conocidas melodías del mundo no se hacen así, sino que llegan sin previo aviso. Llegan de no se sabe dónde y sólo les caen en suerte a los más grandes genios musicales.

Tal vez exista una analogía entre el lenguaje del discurso y el de la música. En toda frase hablada, incluso en una sola palabra, puede estar latente una melodía. Tomemos un verso de un poema de Edgar Allan Poe, the tintinnabulation of the bells (el tintineo de las campanas). Si lo recitamos una y otra vez, el simple ritmo generará, independientemente del sonido, una frase musical.

La ci darem la mano: he aquí una frase que el libretista Da Ponte ofrece a Mozart para su ópera Don Juan y Mozart lee en ella la melodía con que se inicia un dúo exquisito. En uno de los últimos cuartetos de Beethoven oímos la pregunta Muss es sein? (¿Debe ser?) y la respuesta Es muss sein (Debe ser). Beethoven se toma la molestia de inscribir las palabras entre las notas. Estas no están ahí para ser cantadas, puesto que los músicos son ejecutantes de instrumentos de cuerda, no vocalistas; simplemente el compositor es lo bastante honesto para poner al descubierto en qué inspira su tema musical.

Pero las grandes melodías no suelen ir asociadas con palabras. La Partita en Sol mayor o el maravilloso tema del preludio del Coral Wachet Auf de Johan Sebastian Bach son manifiestamente sonido puro que no debe nada a la inspiración verbal. ¿De dónde surgieron? Cualquera que, como yo, haya compuesto música puede intentar dar una respuesta. Un día se nos ocurre una melodía. Parece algo que recordamos, algo que ha existido siempre pero que llevaba tiempo olvidado. Y de repente se presenta. Ocurre a veces que esa melodía es realmente algo recordado, algo que otro escribió. Ello puede crear problemas, por ejemplo un proceso por plagio. En los años ´20 hubo una canción muy conocida cuyo título era Yes, we have no bananas. Pues bien, la melodía se basaba en el coro del Aleluya de Haendel, en la canción popular My bonnie lives over the ocean y en el aria I dreamt that I dwelt in marble halls de la ópera de Balfe The bohemian girl. ¿Plagio? Es posible. Entre los autores de canciones populares era un hábito plagiar. ¿Simple cuestión de recuerdo? Es también posible. ¿Cómo saber? Se trata de cosas difíciles de probar ante un tribunal.

La melodía realmente grande no se parece a otra. Seguramente es lago caído del cielo, o de ninguna parte y que suele ser completamente inesperado. Pero también llega a veces cuando se la necesita. Imagine usted que le han encargado componer una sinfonía que ha de ser interpretada dentro de dos meses por una gran orquesta sinfónica. Lo menos difícil será la tarea de orquestar, que viene siempre al final. Lo más difícil, encontrar temas para el primer movimiento. En este punto necesitará usted dos grupos principales de temas: uno agresivamente masculino y el otro delicadamente femenino. Esos temas deben ser capaces de ser desarrollados, es decir de convertirse en otros temas, de combinarse en contrapunto con otros y de acabar en grandes melodías. La urgencia del encargo impulsará a veces a su inconciente a producir gérmenes melódicos llenos de posibilidades. O bien una pequeña melodía compuesta en la infancia presentará de repente una serie de posibilidades sinfónicas. Porque otro gran misterio de en relación con la melodía es que es mucho más probable que se le ocurra a usted cuando tiene siete años que cuando tiene setenta.

El misterio permanece. Pero en una época como la nuestra, que no acepta los misterios, producir melodías no se considera ya como una de las tareas del compositor. Seamos honrados y preguntémonos cuántas canciones pop o rock de los últimos veinte años tienen una auténtica melodía. Bellas melodías las podemos oír, por ejemplo, en George Gershwin o en los Beatles, pero difícilmente en la música de los Rolling Stones. El impulso sexual del ritmo o el contenido de protesta social de las palabras es para las nuevas generaciones algo más importante que la simple melodía.

Lo que vale para la música popular vale aún más para la llamada música seria. Los compositores dodecafónicos, con Arnold Schoenberg a la cabeza, abrieron el camino a un modo mecánico de componer que se ha popularizado con los jóvenes salidos de los conservatorios de música. No hay más que componer un tema con las doce notas de la escala cromática – un tema con doce notas nada más, pues una de las reglas es que ninguna nota debe repetirse – y después se ejecuta ese tema hacia atrás y hacia delante o hacia delante y hacia atrás. La habilidad musical estará en manejar el tono y el colorido, el movimiento y el climax, pero no en crear una melodía. Y luego comprobaremos que esa música es condenadamente difícil de cantar.

Hay gente que pretende que ya no puede haber grandes melodías. Según ellos, con tan pocas notas en la escala musical, todos los temas originales deben estar ya compuestos y es inútil buscar otros nuevos. Tal afirmación es absurda. Hay todavía un infinito de libros que escribir con las veintiocho letras del alfabeto y hay también un infinito de melodías que crear con las doce notas y sus innumerables combinaciones rítmicas que esperan ser utilizadas. Simplemente hemos perdido el hábito de pensar melódicamente. Lo cual es mala cosa para nosotros, ya que nada hay en el mundo más conmovedor que una gran melodía.

¿Qué habría sido de la Revolución Francesa sin La Marsellesa, melodía escrita por un soldado llamado Rouget de L´Isle en un rapto súbito de inspiración? ¿Qué habría sido de la revolución comunista sin La Internacional (que es, dicho sea de paso, muy inferior a La Marsellesa como melodía)? Pero más grandes que las melodías son esos cincuenta minutos de flujos de invención melódica que llamamos sinfonías y conciertos. Como las obras de ingeniería, estos son los productos de unas facultades conscientes, de un talento elaborador, pero no existirían sin esos arrebatos de inspiración melódica que vienen del inconsciente. No sabemos cuál es la extraña fuerza interior que actúa en los temas y en las melodías, pero nos inclinamos admirados ante sus resultados. El gran misterio de la música permanece. (*)

(*) Fuente: Anthony Burgess, "El misterio de la melodía", publicado por la revista El Correo de la Unesco, en abril de 1986.

 

 

 

 ©  Temakel. Por Esteban Ierardo