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FE INFANTIL EN EL FINAL DE LA INFANCIA

Una canción de Peter Hammill

 

Peter Hammill, en su juventud, hacia 1976, en la portada de su álbum "Over".

 

     El antiguo poeta griego Píndaro aseguraba que las musas fueron concebidas por Zeus con un divino propósito: el de recordar, el de ser la memoria de los orígenes del mundo. El cantar humano también se nutre del poder del recuerdo. Del recuerdo de lo profundo, lo noble. Y también de las rocas oscuras que ruedan en nuestros silencios. 

   Y hay una canción que es un don, un molino cuyas astas giran por el soplido de lo esencial. Lo trascendente. Esta canción-don es Fe infantil en el final de la infancia, de Peter Hammill. 

    La música de Hammill tuvo su tiempo de hierba en la década del 70'. Fue entonces el corazón de Van Der Graaf Generator, hoy estimado como uno de los máximos grupos en la historia del  rock sinfónico. Over, The future now, Chameleon in the shadow of the night, o Still life, son algunas de sus obras más celebradas. En este último disco late el faro poético de Childlike faith in childhood's end. En este nuevo instante de Música y trascendencia en Temakel les acercamos esta canción que es oído que escucha y recuerda los rumores de "un tiempo en que se sentía más que se conocía". Es la confianza de que, a pesar del barro y la ilusión de nuestro tiempo, somos rocas en las que "enraizan el futuro". Es canción que danza con mirada de halcón para atisbar el mañana en el que, por fin, escalaremos grandes alturas. 

  Como todos los creadores genuinos, Hammill sabe que el artista es ave saludable, creadora e indomesticable. Porque la fe infantil sobrevive entre sus alas. La fe que recuerda la vida como el magma que crea tu rostro y los seres incalculables. 

  Y la música, la voz humana, puede cantar esa infantil fe, aunque la infancia se haya desvanecido entre los ojos congelados.

Esteban Ierardo

  


FE INFANTIL AL FINAL DE LA INFANCIA


   La existencia es un escenario por el que pasamos, 

  un truco de sonámbulo para la mente y el corazón:

  imposible, lo sé, pero debo seguir adelante 

  e intentar
  ver algo más que la supervivencia día a día, 

  cazada por la muerte final —

  si creyera que ésta es la suma de la vida a la que hemos venido,
  no desperdiciaría mi aliento.
  De alguna manera, debe haber algo más.

  Hubo un tiempo en que se sentía más que se conocía 

  pero ahora, atrincherado en mi decorado,

  bajo una luz más mundana, el pensamiento cascabelea en mi cerebro:
         vivimos,  morimos ... ¿y sin embargo?

   Al principio había orden y destino
   pero ahora ese camino ha llegado al borde, y de rodillas 

   no es forma de enfrentarse al futuro, cualquiera que sea.

   Aunque las fuerzas que nos mantienen en posición
   duren eones en gracia serena

   nosotros, también, llevamos el rostro de la creación. 

   Mientras la anti-materia absorbe y late periódicamente

  el brote se despliega, la flor muere, todo el espacio es historia viva.
  Parece como si el tiempo debiera traicionarnos, sin embargo estamos vivos
  y aunque no vea a ningún Dios salvador, sin embargo sobrevivimos
      en los siglos del progreso 

     que no nos lleva muy lejos. 

     ¡Todo ilusión! Todo es falso —

     aun no sabemos qué somos.

   Riendo, esperando, rezando, bromeando, los Hijos del Hombre,
   con los ojos bajos pero los corazones alzados, somos granos de arena
   y aunque, con el tiempo, el mar pueda reclamarnos 

   somos las rocas que enraizan el futuro -¡sobre nosotros crece!


 

    Quizá no estemos allí para compartirlo 

    si la eternidad es una burla 

    pero creo que podré soportarlo
   si la próxima vida es la mejor.
    Aunque hubiese un paraíso tras la muerte 

   la dicha infinita carecería de sentido tanto como la mentira
  que siempre aparece como respuesta a la pregunta "¿Por que vemos a través de los ojos de la  creación?"
  

    A la deriva sin rumbo, 

    esto es muy solitario, 

    nuestra única conjetura 

    lo que haya tras la oscuridad.
    Pero veo que puedo agarrarme a una cuerda de salvamento,
    pensar en una vida que signifique más que la mía —

   sueños de algo mayor que lo que somos. 

   El Tiempo y el Espacio pesan sobre mis hombros:

   cuando toda vida acabe, ¿quién podrá decir 

   que no permanecerá ninguna fuerza mutada?


   Aunque tas torres de la ciudad nos sean negadas a nosotros, hombres de barro,
   sabemos que algún día escalaremos esas alturas.
   Atemorizados en el silencio — atemorizados, pero pensando intensamente,
    hagamos cómputo de las estrellas.
    

   Más viejos, más sabios, más tristes, más ciegos, míranos correr;
    más rápido, más lejos, más duros, más fuertes, ahora llegan:
    burbujas de color, fragmentos de imagen gravitan 

    hacia el centro, desintegrándose en un último esplendor.

    El universo ahora hace señas 

    y el Hombre, también, debe ocupar Su lugar...

    sólo unos últimos segundos fugaces 

    vagando en el desierto, 

   y los niños que fuimos avanzan, 

    la reencarnación sosiega su ya perfeccionada canción, 

   y al fin nos libramos de los lazos de la creación.

   Todos los payasos, carceleros y negreros, 

   el tropel que haya bailado una tonadilla feliz —

   humanos todos podemos ser, pero la Humanidad debemos superarla,
   en el nombre de toda fe, esperanza y amor.
   Hay un tiempo para todos los peregrinos, un tiempo también para los impostores,
  hay un tiempo en que todos estaremos erguidos solos y desnudos,
  desnudos ante las galaxias ... desnudos, pero vestidos con lo universal:
  al llegar al término de la infancia volvemos a empezar.
  

   Y aunque Oscuro sea el camino, 

   y la distancia de la cima me rompa el corazón —

   pues nunca la veré — aun así interpreto mi papel,

   creyendo que lo que nos espera
   en el cosmos comparado con el polvo del pasado...
   

   ¡En la muerte de los meros Humanos empezará la Vida! (*)

 

 

(*) Fuente: Peter Hammill, Canciones, Madrid, Editorial Fundamentos, 1989, pp.77-81.

 

 

 

 ©  Temakel. Por Esteban Ierardo