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        LA ANATOMÍA DE UN VIOLÍN

                                                                                               Por Joseph Wechsberg

 

                                                

 

   Mi Stradivarius es caprichoso, como una mujer. Algunos días responde a mis requiebros con amor y otros me rechaza. Si cometo un error, chilla. Exige que respete su magnífico cuerpo de 250 años de antiguedad y voz tan seductora. Al igual que todos los grandes violines, el mío requiere que lo toque regularmente para mantener la madurez de sus tonos y preservar su excelencia.

   Comencé a los seis años con un violín de fábrica y a los cincuenta obtuve un Stradivarius. A poco de comprarlo se lo mostré al violero vienés Ludwig Trostler, quien lo tomó en sus manos y exclamó:

  -¡ No me había comentado usted que tenía un Stradivarius!

   -¿Cómo está tan seguro de que lo es?

    -Pero, ¿es que no lo siente? ¡El alma de Stradivarius alienta en él!

   Aunque parezca increíble, todos los grandes violines fueron fabricados por tres familias, los Amati, los Stradivari y los Guarnieri, en un rincón de Cremona, población del norte de Italia. Tal vez haya aún existencia cerca de 800 Stradivarius, 250 Guarnieris y sólo 6 originales de Andrea Amati. Muchos son tan famosos que llevan nombres especiales, como el Stradivarius "Dancla"  1710, en el que el violinista Nathan Milstein ha lucido su virtuosismo; el "Parke" 1711, predilecto de Fritz Kreisler, y el "Delfín" 1714, tocado por el incomparable Jascha Heifetz. Salvoalgunos grandes violines que desaparecieron en guerras y revoluciones, casi todos se conocen y hasta comprobar que fueron obra de algún maestro cremonés.
   Hasta mediado el siglo XVI Cremona gozó de la fama que le conferían sus espléndidos Palacios y su catedral del siglo XII; pero en los tres siglos siguientes obtuvo obtuvo más renombre por los 8000 instrumentos que construyeron sus artífices.
  El violín de Cremona es la perfección misma. Las catedrales góticas y los relojes finos, son obra de muchos hombres; el violín es creación de uno solo. Deben tocarlo y acariciarlo dedos capaces de arrancarle sonidos que evoquen la voz humana con la lengua del espíritu. Es un triunfo de la física, la química, las matemáticas y aquella pasión barroca que se abrió paso en el renacimiento clásico como síntesis del intelecto y la emoción.
    Los estudiosos mantenían que el violín derivaba de la viola, pero nadie ha encontrado el eslabón perdido. No hubo modelos experimentales. Fueron perfectos desde su principio.
    Amati construyó probablemente los primeros alrededor de 1540. Trascendieron por Europa y en diez anos se enriqueció.
     Desde que Claudio Monteverdi -padre de la ópera y también cremonés- escribió música para el nuevo instrumento, este ha imperado en la composición occidental. Constituye el cimiento de la sinfonía; da el más importante colorido tonal y, a menudo, la melodía.

    Básicamente es un cuerpo hueco de 70 a 90 piezas y, en conjunto, no más de 280 gramos; no obstante, cada ejemplar es único. El sonido dulce y aterciopelado de un Stradivarius difiere del Guarnieri dal Gesú, que es sensual y terso. Algunos expertos hasta pueden percibir la diferencia entre dos Stradivarius y a la vez reconocer las peculiaridades que los distinguen de otros.
    Los primeros Amati lucían una voz intensa y rica. Los elementos principales eran la caja de resonancia, combada en la parte superior, cuatro cuerdas templadas a intervalos de una quinta, un puente de arco elevado y un diapasón que, por carecer de trastes, permite y obliga al ejecutante a crear los tonos. No había, sin embargo, un plan definido. Amati y los insumes violeros que le siguieron emplearon la vista y el instinto no menos que el cincel.

    Cuando Andrea Amati comenzó a fabricar violines, Miguel Ángel y Tiziano eran ya ancianos y el renacimiento alcanzaba su apogeo. Andrea y sus hijos Antonio y Girolamo crearon muchos bellos instrumentos que aún se tocan. Con todo, el hijo de Girolamo, Niccolo,  los aventajó en prestigio. Sus instrumentos son increíbles y producen sonidos de una finura exquisita.

    Niccolo, quien también destacó por su habilidad para enseñar el dificultoso arte de fabricar violines, confió sus secretos relativos al barniz y la madera a dos aprendices que vivían en la misma manzana; Antonio Stradivari, considerado ahora el violero por antonomasia, y Andrea Guarnieri. La clave de su oficio era la paciencia, pues a veces era necesario sazonar la madera durante diez años.

    El Stradivarius más antiguo data de 1666, cuando Antonio tenía 22 años; se cree que inició su aprendizaje con Amati a los 14 y que ayudó a terminar algunas de las últimas obras del maestro. Cuando Niccolo murió, en 1684, sus herramientas, modelos y muestras pasaron a manos de Stradivari, quien para 1700 ya había confeccionado sus propios diseños. Habiendo aprendido todo lo concerniente a la madera y al barnizado, se sintió capaz de crear un violín de respuesta fácil, belleza de tono y sonoridad.
   Hoy el apellido Guarnieri rivaliza con el Stradivari. Pese a que en nuestros días apenas si subsiste uno que otro instrumento de Andrea, quedan unos 147 de su nieto Bartolomeo Giuseppe, nacido en 1698. Este, el más preclaro de la familia y el más misterioso de cuantos violeros haya dado al mundo Cremona, firmaba sus creaciones con el monograma  IHS -abreviatura griega de Jesús- y, encima, el signo de la cruz. De ahí su nombre "Guarnieri dal Gesu".

    Mientras los violines de Niccolo Amati y Antonio Stradivari reflejan carácter y disciplina artísticos de Guarnieri dal Gesu resaltan  por su virtuosismo. Su confección, veces caprichosa, les da un aspecto descuidado; pero el talento maestro era inmenso. Más que da, se esmeraba en el tono y daba sus violines una voz poderosa dulce. El creó el "David" (1742 con el cual Heifetz parece hipnotizar a su público, y el "Cannon del mismo año, cuya potente tonalidad amplió el alcance de la ejecución violinistica.

   El instrumento está tan construido, que el menor cambio de diseño lo estropearía. Lleva varias clases de madera: arce en el fondo de la cabeza, las costillas y el puente; abeto europeo en la tapa acústica, los soportes, las partes no visibles, la barra armónica y el alma; y palisandro en el diapasón, la cejilla, las clavijas, el cordal y el botón del cordal. Al fondo y a la tapa se les da forma mediante cepillo, escoplo y cuchillas. Las costillas, de un milímetro de espesor, se sumergen en agua y se arquean con hierro caliente sobre un molde. Cada artífice hacía a su manera las aberturas (también llamadas "efes") y las colocaba donde consideraba mejor, sin exactitud matemática. 

   El puente de los primeros violines era raso. El actual, elevado y en arco, envía las vibraciones hacia la tapa y, por medio del alma, hasta el fondo. A fin de lograr mayor durabilidad, algunas cuerdas de tripa llevan ahora un revestimiento de aluminio o de plata. 

   Más fascinante aún que el exterior del instrumento es su interior. Debajo de la cuerda de sol, o sea la más grave, hay una fina varilla de abeto pegada a la curva interna de la tapa. La menor imperfección en ella arruina el tono.
     El alma, pequeño cilindro de abeto colocado cerca del pie derecho del puente, trasmite las vibraciones desde la tapa, que es blanda, hasta el dorso, que es duro. El virtuoso belga Ysaye escribió: "El violín tiene a la vez alma y mente’.

    De los componentes del violín, el más enigmático es el barniz, que
preserva la madera y da al instrumento su belleza y su timbre de sonoridad propio. Cabe comparar el tono del Stradivarius al del oboe, a diferencia del Guarnieri dal Gesú, cuyo sonido se parece más al del corno francés. Y es que cada fabricante empleaba un barniz distinto. Se cuenta que Stradivari usaba, entre otros ingredientes, la llamada sangre de dragón, sustancia gomosa y roja obtenida del fruto de una palmera malaya que Marco Polo trajo del Oriente. Pero, ¿cuánto barniz aplicaba y en qué forma? ¿ Mezclaba los ingredientes fríos, tibios o calientes? Estos secretos murieron con él.
     Posteriormente sustituyeron el aceite por el alcohol para que el barniz secara más rápido. Retornando a los métodos cremoneses, algunos trabajan hoy sin apuro en un clima seco, templado, pues saben que un gran violín es producto, por una parte, del arte y el espíritu del artífice, y del tiempo, por otra. Acaso dentro de dos siglos algunos de sus instrumentos suenen como los Amati, Stradivarius y Guarnieri, pero aun entonces los violinistas seguirán ejecutando en esas maravillas de Cremona y las considerarán la obra más perfecta del hombre. (*)

(*) Fuente: Joseph Wechsberg, "Anatomía de un violín", en Selecciones del Reader´s Digest, pp.44-47.

Arriba, fotografía de un Stradivarius.

 

 

  Temakel. Por Esteban Ierardo