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 NIEVE DEL SUR

  Por Esteban Ierardo

 

     

 

       El relato personal que les presento a continuación es un pequeño tributo a  Robert Scott y los hombres de su trágica expedición al polo Sur. Es también una humilde celebración de la grandeza del explorador.

 

 NIEVE DEL SUR

Por Esteban Ierardo

      Sntelo. El viento soy. Mis manos susurran en corredores aéreos; mis cabellos, centelleantes, se estiran en las alturas; y envuelvo contornos pesados, formas livianas.        

     Siéntelo. Viento soy.
     Puedo percibir y acompañar el movimiento de los seres a través de grandes distancias. Es lo que ahora hago. Soplo e impulso el velamen de un barco inglés. Nutro con mi fuerza una tormenta; y las nubes y el oleaje rasgan una cítara, de sonidos graves, tensos, que flota en el cielo. Y acompaño y veo a la tripulación del navío. A bordo está Scott. Su sueño es explorar el gran continente blanco; quiere respirar en el Polo Sur. 
    Hace más de medio siglo, Bounganville y los suyos avistaron la Antártida por primera vez. La noticia del descubrimiento invadió toda Europa. Los hechizados por el riesgo y las proezas comprendieron el reto: la tierra virgen e inexplorada llamaba a los temerarios, a los destinados a desnudar a la dama todavía vestida de misterio.
    Scott escuchó la llamada. Y manipuló el timón de su existencia para estar ahora aquí, sobre la cubierta de un barco lanzado hacia la Antártida, conmovido e intrigado entre los flujos de mi aire.
    Los marinos sujetan los cabos de las velas, que se desajustan constantemente por mis bufidos enloquecedores. Las olas descargan murallas líquidas sobre cubierta; el cielo fermenta nubes oscuras; Scott está en la proa. Por momentos, resbala, parece perder el equilibrio y estar a punto de caer. Pero siempre evita esta eventualidad al apoyar su talón izquierdo sobre una caja de metal engarzada al poste de un asta. Y el capitán grita a mandíbula batiente desde la zona del timón. Pide que enderecen las telas de los mástiles hacia babor. Pero nadie escucha; en los oídos sólo baila la estridencia.
     Los minutos se suceden. Cada segundo se les hace a los marinos un retazo de perezosa eternidad. Han escuchado ya muchas veces el enojo de la tormenta. Pero la ira de la actual tempestad engendra un jinete furioso que quiere cabalgar y propagarse por todos los mares. Aun los más experimentados, temen el naufragio. 
    Todo vibra como una hoja frágil. Las olas que rompen sobre cubierta semejan dardos que horadan la piel y los abrigos. Scott entreve la posibilidad del hundimiento. Pero quiere, para él, una tumba diferente a la del océano.
    Y una fuerza secreta que me conduce, me ordena amainar. Las 
aguas se serenan. En el lienzo del cielo, cortejos de nubes enojadas admiten nuevas pinturas, de colores suaves. En torno al barco exhala el mar bocanadas de silencio. Profundo. Ligeros murallones de bruma envuelven la nave. Los marinos presienten la proximidad de un nuevo rostro. Scott paladea la gran expectativa. Ningún explorador habla. Todos ven hacia el horizonte. En lo alto del mástil mayor, el fantasma de un antiguo navegante se apresta a jugar con un órgano. Y el barco se emociona, camina con pulso tembloroso sobre la ruta de agua. En la lejanía, entre la bruma, serpentea una luz naranja. 
    La línea del horizonte se ilumina. 
   Y la penumbra brumosa se abre. Alguien grita: !Tierra! ¡Tierra! 
   Y Scott escucha sonidos graves y solemnes de órgano, se arrodilla; en sus ojos, nacen gotas distintas a las de la lluvia; y, empapados de lágrimas, los labios del explorador ya besan la nieve del sur. Que, a lo lejos, canta con voces blancas. 

     Y soplo en derrededor de los hombres en el momento del desembarco. Tú, que estás respirando entre estas líneas, ven conmigo; hazte nube dócil a mis soplidos. Sé un eco que se prolonga fuera de las palabras escritas. Y observa de cerca a los audaces: desembarcan en una playa habitada por una soledad larga, antigua. Dentro de sus pulmones, giran remolinos de emoción. Cerca del sitio del descenso, se encuentran dos promotorios rocosos que se adentran cincuenta metros en el continente. Entre los dos brazos de piedra, late una pequeña planicie nevada donde los recién llegados despliegan carpas de tela gruesa. El día favorece la instalación del campamento con un sol discreto, con una brisa apacible (que en parte proveo), y con nubes de un blanco ingenuo ajeno a la furia de las tormentas. 
     Una jauría de perros siberianos se desembarca al final, junto con diez trineos. Los animales extrañaban la tierra quieta, abierta, las frías garras de la atmósfera polar. Los hombres los alimentan y sus dientes destrozan carnes algo endurecidas. Ya nada recuerdan de los vaivenes del sitio, húmedo y oscuro, donde, por largas semanas, no vieron ningún destello de lejanía. Ahora sólo respiran la proximidad de la aventura.
    Y dentro de su tienda Scott despliega un mapa. Recurre luego al compás y la brújula. Calcula los días necesarios de travesía para llegar y luego regresar de la meta: el Polo Sur. Ralph Williams, su viejo amigo, lo ayuda en los cálculos. La relación entre los víveres y los días de viaje debe ser rigurosa; un cálculo equivocado puede terminar en tragedia. Se determina una cantidad de vituallas diarias para cada uno de los hombres (More, Adams, Jonson, Carsons, Willians, Scott) y los diez perros que integran la expedición. Tras estos preparativos, Scott, el jefe de la audacia, dispone que la partida será dentro de dos días.
El primer día de espera es largo, un inabarcable océano de tiempo. La noche se muestra sólo por pocas horas; y, cuando el sol reaparece, Scott camina por la playa. Se ha alejado algunos centenares de metros del campamento, como para ensayar una primera gimnasia exploratoria. Se detiene. Inmóvil, ve el mar. La melancolía araña su rostro. !Qué lejos está la patria (¿pero será su verdadera patria?)! !Qué recónditos son ahora los bosques de Gales, el caudal del Támesis, la flema londinense! Un reino de bravura y de poetas queda en la isla de la que partió el barco expedicionario. Y aquí, a sus espaldas, tan cerca, tan inminente, tan solemne, está un nuevo hogar, cargado de enigma y blancura. 
    Y Scott prosigue su caminata. Encuentra los restos óseos de una ballena. Los olas de la costa riegan de espuma los huesos. El explorador toca los huesos. Y percibe la antigüedad del mundo que le rodea; escucha, con el tacto de los dedos, los ecos de un mar viejo, el país de agua donde vivió el cetáceo; y luego mira la tierra. Y el cielo. En una nube, distingue un punto negro; que se mueve; que se abalanza hacia delante. Rápido, el punto deviene un ave. El pájaro vuela hacia el sur. Por unos instantes, el explorador envidia su movimiento libre, sus tersos aleteos por los ríos del cielo. Y se piensa con alas; y piensa que sólo en el Polo está el nido de las águilas. 
    Y el momento de la partida llega. 
    Los hombres avanzan hacia el Polo. Los perros ladran; los trineos se deslizan ya por una ruta blanca. 
    Los dos primeros días de viaje son bendecidos por un sol radiante, y por la ausencia de vientos furiosos. Mis propios soplidos no pasan de un susurro. Acompaño así a los exploradores. 
    Me acerco a Scott. 
   Acompáñame. Acerquémonos. Sigo al explorador y lo envuelvo en un sutil remolino. Por momentos, me comprimo delante de su mirada, y lo veo con mis ojos volátiles, ligeros. Estos, mis ojos aéreos, ahora son los tuyos. Y observo, observemos, la mirada exploradora. Mira los iris; distingue en ellos los reflejos del paisaje que atravesamos. Detente en la emoción de los ojos que miramos. Toca ya la frente, el rostro del hombre intrépido. En sus mejillas, pulula el frío de la atmósfera. Sígueme. Rocemos el abrigo, las botas de cuero. En el cuerpo abrigado, brota la electricidad de un destino especial, la fortaleza volcánica de una voluntad. Y volvamos a los ojos que se mueven hacia delante. Y deambulemos luego por los oídos del explorador, por los tímpanos que escuchan cómo, desde los extremos de la región que nos circunda, llegan nuevos vientos. Vientos hermanos que me comunican la resolución del cielo de provocar una tormenta. Y me enloquezco en movimientos bruscos, en soplidos intensos, violentos.
A pesar de que la furia del aire los entusiasma, los perros aminoran su paso. Por su parte, los hombres sienten, sobre sus pechos, golpes secos, constantes; y, mientras tanto, los trineos apenas alcanzan a esbozar un surco que, velozmente, es cubierto por la nieve. Una danza áspera, un rumor enojado, estremece el espacio. Sin embargo, nos confabulamos. Nosotros, los vientos, soplamos a espaldas de los viajeros. Inventamos una mano generosa que los empuja hacia delante; impulsamos sus cuerpos como las velas de un navío. También en nosotros, hay respeto por el coraje. 
   Nuestro vigor arroja a las alturas innumerables copos de nieve. El granizo revoltoso gusta pensarse flechas que colisionan entre sí, o discos de piedra que vuelan hacia alguna cumbre distante. Muchas flechas de nieve se estrellan en los hombres y los animales. Pero rápido, mis vientos hermanos y yo, intercedemos, y convencemos a los copos blancos para que no se estrellen sobre los viajeros. La nieve roza ahora a la expedición con caricias de afecto y respeto. Sí, siéntelo: la tierra blanca, ya se enamora de los hombres valientes.
   La tormenta ha terminado. Los hombres pueden acampar, dormir y descansar; lo mismo que los perros. Luego de una breve noche de estrellas profundas, el sol recupera la mitad del cielo; la otra parte, la invaden las nubes. Recomienza la marcha. El frío, más íntimo que el día de ayer, se derrama en los expedicionarios.
   Mientras soplo muy cerca del hocico de los perros, la nieve tiende a endurecerse. El suelo muestra ahora zonas de hielo. Los exploradores tratan de evitarlas. Pero el piso helado crece hasta simular un mar de dura agua congelada. 
   La expedición se detiene. Moverse sobre el hielo supone el riesgo de una ruptura, de una caída en el agua fría que late debajo de la superficie. Pero Scott no duda; la cuestión es avanzar, desafiar el destino. La expedición se mueve así sobre la tierra de hielo con lentitud, con estricta cautela. Scott encabeza el grupo. Es el primero en pisar el peligro. 
La riesgosa marcha parece ocupar toda una vida. La tensión, el agobio, el sigilo, lanzan petardos, estruendos y temor. Todos olvidan el placer de la respiración espontánea, porque ahora sus pulmones se llenan o vacían sólo con movimientos contenidos, con inhalaciones entrecortadas. 
   Y mientras pisa con suavidad, Scott se quiere una paloma leve, incapaz de lastimar el suelo helado. Tras su última pisada, levanta la vista y constata que, a pocos metros, se reinicia la tierra nevada, sólida. Los viajeros se entusiasman. Quizás muy pronto puedan distenderse y volver a desplazarse con velocidad y seguridad; pero, para esto, es preciso que mantengan la concentración y la cautela. Por eso, Scott continúa su tarea con serenidad. La fortuna y la prudencia lo acompañan. Sólo falta un metro para recuperar terreno más firme. 
   Pero Scott se detiene. 
   Quieto, enigmático, observa el hielo que rodea sus pies. Los exploradores se sorprenden, se inquietan, lo mismo que los perros que también contemplan sorprendidos a su guía. Y Scott siente, imagina, que el hielo se parte. Obsérvalo. Su cuerpo cae. Todo su ser se precipita en el agua. Fría. Oscura. Mientras que, con la rapidez del instinto, levanta los brazos. En un vaivén desesperado, mueve las piernas, vuelve a la superficie, y alcanza a ver, por un par de segundos, el entorno helado; sus compañeros tratan de sujetar su cuello, sus manos, sus brazos, para rescatarlo. Pero vuelve a sumergirse. Descendamos con él. Experimenta ahora la vastedad del agua, honda, vieja, enigmática. Tal vez luego de un largo torrente de tiempo, el explorador llega hasta el fondo. Y su entorno líquido, la profundidad donde estamos, se ilumina. Cerca, palpita una catedral de nieve. Su campanario, ondulante, borroso, se recorta en un firmamento de agua celeste. Alguien sale del templo. Es un hombre blanco. En él, todavía resuena un mandato, una misión. No muy lejos, el hombre ve una tierra blancuzca dentro de un disco de fuego. Scott mira hacia allí. Escucha luego unas campanadas de júbilo, o de tristeza. Y unas manos apresan su cuello; hagámonos a un lado. Scott sale a la superficie; su boca respira ahora con desesperación. Y el explorador yace sobre el suelo nevado. Contempla el cielo. 
    Y Scott abandona su visión. Y da la última pisada. 
   La suerte no hay sido descortés. La expedición elude al fin la zona peligrosa. Los trineos ya dejan nuevas huellas sobre la nieve.
    Tras la fatiga del día, los hombres y los perros sólo quieren descansar. Para esto, ya se levanta un nuevo campamento; y, gracias a la serenidad en la atmósfera (de la que en parte soy responsable), se enciende una fogata. Luego, se alimenta a los perros; y la expedición visita las playas de una nueva noche. Cada hombre duerme; sueña con imágenes insólitas o familiares, o simplemente con la nada. Los animales también sueñan con sus propios dioses, y con la tierra que escuchó sus primeros ladridos. Las estrellas refulgen solitarias y la luna se desliza por el cielo nocturno. Y Scott duerme. Pero tal vez despierta; quizá sale de su carpa, y camina hacia el sur. 
    Y contempla entonces la luna; y observa cómo la roca plateada en el firmamento emana una rayo de luz que ilumina sólo una diminuta porción del paisaje antártico. ¿Pero qué es lo que ilumina la luz de la luna extraña? Sí, ahora lo veo con más claridad: el tibio brillo del astro en el cielo abraza a un hombre blanco. Solitario. Erguido. Que mira hacia el sur. Scott lo observa. No se asombra; no siente extrañeza; sólo una enigmática familiaridad. 
Y el misterioso ser cuyo color no se distingue de la nieve del sur, camina, con lentos pasos, mientras que un viento que desconozco, parece moverlo hacia el interior de una esfera ardiente, un disco de fuego. Que arde en lontanaza. 
    Y cuando la nueva visión desaparece, el explorador meditabundo, emocionado, regresa a su tienda. Y, al tocar su rostro, siente calor. Un calor que sopla desde el futuro...

     Y la travesía se extiende por nuevos días. Días que pronuncian versos felices. Y en una mañana despejada, en esta mañana, Scott, sus hombres, los animales, están alegres, vivaces. Yo estoy alegre y soplo con vigor. El cielo se ríe por el encanto de las nubes. La tierra comparte la algarabía con carcajadas de nieve. 
  -Sí, Williams, el Polo está cerca, lo siento-asegura Scott.
  -¡Oh, sí! ¡Que el viento nos sigas guiando!-pide Willians (y trato de complacerlo).
    El resto de los hombres disfrutan del paisaje mientras los perros se mueven ágiles; a ellos también los estimula la proximidad de la meta. Al pie de unos cerros, Scott decide la detención de la expedición. Cuando se termina de instalar el nuevo campamento, la noche conquista la región. Y los hombres descansan, duermen. Y al despertar, los viajeros se preparan para continuar la marcha. Salvo Scott que presiente, intuye, algo indefinible. Mientras sus compañeros ajustan las cuerdas de los trineos, observa la ladera del cerro más cercano, e imagina una gruta, ve a alguien muy parecido a él entrando en una cavidad en la tierra. 
    Y el explorador recorre un camino oscuro. En su pecho palpita la incertidumbre, la soledad, el hechizo. Sonidos de agua llegan desde un arroyuelo. Y los pies desnudos del explorador ya se posan sobre empapadas ágatas y cuarzos que alfombran el lecho de la corriente. Durante vastos latidos de tiempo, sigue el sendero líquido que se adentra entre las rocas. Y campanadas difusas, remotas, lo conducen hasta una catedral de nieve, que resplandece en lo oscuro de la cueva. Un águila, o un cuervo quizás, surge del campanario. Y el explorador imagina el ligero plumaje del pájaro, concibe los pequeños y extraños ojos. Y el ave abandona la cavidad dentro de la tierra nevada. Sobrevuela una planicie. Se eleva en lo alto y distingue a un hombre blanco que, entre una ventisca, camina hacia un disco de fuego en el sur.
   "¡Todo está listo!", grita uno de los hombres de la expedición mientras Scott sigue viendo, a lo lejos, al ser de blancura que persigue esferas de luz en el horizonte...
Dos nuevos días se suceden durante los cuales los exploradores atraviesan dos tormentas de nieve, se arriesgan por nuevos tramos de hielo; sufren un frío desesperante en una noche de luna llena; y, para evitar mayores sufrimientos, matan a un perro con una pierna quebrada. Y cuando resplandece un mediodía soleado, Scott detiene la marcha de la expedición. Saca de su mochila un mapa y una brújula. 
  -Sí, sólo falta un kilómetro para llegar al Polo-asegura el explorador.
  -¡Bendito sea Dios! ¡Que cerca estamos! ¡Esto merecería una sinfonía para celebrarlo!-. Con qué alegría, Willians festeja la noticia. 
   La seguridad de Scott expande un fervor eléctrico en los hombres; sus rostros chispean entusiasmo. Los perros ladran inquietos. Rápido, todos están en movimiento; con regocijo íntimo, los expedicionarios paladean el recorrido. Todos avanzan en silencio; sólo ocasionalmente se escucha el restallar de algún látigo que azuza a los animales sin herirlos. Y distintos flujos de viento llegan desde el norte y el oeste. Me sumo a ellos. Nos confundimos en un único remolino de aire. Susurramos melodías lejanas, tan antiguas como el continente blanco. Los viajeros nos escuchan con placer; y crece su veneración hacia la cara amplia y desconocida de esta tierra nueva, hacia su cielo distinto e inédito. Y cada explorador sabe que las tierras que explora viven en algun reino entre sus huesos y su piel. Porque la geografía descubierta no sólo está afuera, sino también en continentes aún secreto de la emoción humana. Por eso, el que explora montañas, planicies o mares, devela al mismo tiempo la imagen de un hombre que duerme dentro de un tempano de hielo y que aguarda nacer con fuego en el futuro. 
   Y la última milla se agota. 
   Sólo restan pocos metros. Los perros se mueven más despacio, con una lentitud respetuosa. El paisaje es el de siempre: la vastedad, la amplitud blancas. Pero la nieve bulle ahora en destellos naranjas. 
   Y, luego de que la expedición se detiene, los hombres caminan unos pasos y aspiran la inmensidad que nos rodea. Cuando acompañan la soledad del sur más lejano, cuando los exploradores perciben una realidad poderosa que no les pertenece, Scott comprende, siente su pequeñez. Sabe que el mundo es más grande. 
   Y mira al explorador: en su rostro grita la gloria.

    La expedición comienza el regreso. A la alegría de la llegada al Polo, se sucede la melancolía. Los perros comparten el pesar; en silencio, arrastran los trineos. Cada explorador experimenta el alejamiento de una flecha de su blanco, el distanciamiento de un águila de su cumbre.
   A los tres días del retorno, no es posible escapar de lo evidente: los víveres escasean. Antes del inicio de la expedición, hubo un cálculo equivocado. La ración de alimentos de hombres y animales se restringe al máximo. Tres nuevos días se suceden, y se hace claro que aún reduciendo la parte diaria de vianda, la escasez no aminora su descortesía. Aún faltan dos semanas de viaje, y los alimentos están a punto de acabarse. Pero los hombres no piensan. No pueden hacerlo. Sólo avanzan.
   Y cuando muere el día, los exploradores acampan. En sus estómagos, intuyen un insecto oscuro que crece y devora las vísceras. Las formas que capta la mirada asumen trazos esfumados, borrosos. Scott, junto con Willians, terminan de apuntalar una tienda. Y, luego de sentarse al borde de la entrada de la vivienda improvisada, eleva su mirada, y una sequedad aflora en su garganta. Mientras frota su cuello, divisa un ave misteriosa. El pájaro vuela en círculos; sus alas planean en los márgenes de una esfera invisible. Y el firmamento deviene una tela delgada. Ondulante. Maleable. Que se contrae con cada giro del ave. La tela comienza a enrollarse sobre los bordes del círculo. Y, cuando termina la contracción, Scott ve un cielo distinto. Que brilla. Sobre otra tierra. Donde un hombre blanco se desplaza en trineo; se mueve hacia un disco radiante. 
   Willians sustrae a Scott de su ensoñación. 
   -¿Cuándo reanudaremos la marcha?
   -Pronto; pronto...
   Nadie hace comentarios sobre los víveres. Sólo desean llegar al campamento con el resto de la expedición que los espera en la costa. Sólo desean...
   Dos nuevos días transcurren. Tras acampar al atardecer, algunos hombres sueñan con un reptil que deambula por las venas, por las entrañas. Willians sueña en un pequeño ejército congelado y en una potente música sinfónica que le devuelve el calor; Scott, en un hombre blanco dentro de una esfera ardiente... 
    Al amanecer, los viajeros se levantan; lo hacen con mucho esfuerzo. Un viento frío llega desde el Sur; el cielo se eriza de nubes plomizas. Tanto mi aire como el viento gélido recién llegado, silbamos, resonamos en los oídos de los hombres. 
    Y cuando los exploradores aspiran un cercano mediodía, Willians siente un mareo; y se desploma mientras las formas de las cosas danzan alocadas en su mirada. El resto de la expedición lo auxilia. Pero ellos también...More cae; y, luego, con un temblequeo en las piernas, recupera el equilibrio. Un insecto negro desgarra sus labios, sus mejillas, su corazón. Adams se restrega la frente, ve después gotas de sudor en sus manos. Y en las gotas discurre un ácido que horada la piel. Jonson acaricia su vientre, en su estómago explota una conmoción, un vacío. Carsons no siente sus pies, sus tobillos se sacuden entre las dentelladas de ratas que brotan de la nieve.
   La expedición reinicia el viaje. Pero al cabo de una hora, Carsons se desploma; los roedores ya han devorado sus tobillos. 
   El viento frío del sur ruge con furia. Y, cuando el firmamento se comprime en vigorosos ejércitos de nubes, empieza a nevar. Los perros se recuestan sobre la nieve, quieren descansar. Willians se arrodilla. Tiene aún fuerzas para entrelazar sus manos; para rezar. More, yace tendido boca arriba, contempla un jinete que cabalga por una llanura soleada. Adams, delicadamente, acomoda su rostro sobre la nieve, le sonríe a una niña que viene a traerle el mapa de un continente blanco rodeado por una guirnalda de magnolias. Jonson inclina su espalda sobre un trineo, acaricia la pelambre blancuzca de un perro, y el animal lo mira con tristeza, como si fuera un hermano del que se despide para siempre. 
Y Scott permanece erguido. El viento más frío, más antiguo, que no puedo contener, golpea con mazas congeladas los poros de su piel. El explorador mira hacia el sur. Mantiene sus brazos abiertos, a la altura de su cintura, como si aun condujese un trineo. Una corriente gélida sube desde sus pies hasta su frente. Los recuerdos de su vida anterior se desvanecen con la rapidez de un tigre solitario saltando sobre su presa. Y en sus ojos languidecen cientos de flores; y de ellos, surgen gotas que corren por las mejillas y pronto devienen hielo. 
    Y Scott siente la caída de un gran amor que se deshace sus piernas y lo invita a recostarse sobre un lecho frío. Apoya su mentón sobre la nieve. Y mira a lo lejos, con el último deseo de su corazón. Sí, allá, entre disueltos témpanos de hielo, emerge de la tierra un disco de fuego. Una gran esfera ardiente. Un hombre blanco camina hacia ella. 
   Y, sí, mira al explorador cuando camina hacia su única patria. Cuando glorioso camina hacia el sur.

 

 

 

©  Temakel. Por Esteban Ierardo