La larga marcha. La epopeya de los sin tierra en Brasil, por Albaro Abós

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La larga marcha de los sin tierra, en foto de Sebastião Salgado. Alvaro Abós, antiguo abogado laboralista –según sus propias palabras–, comenzó a publicar a su regreso del exilio. Su primer título fue La columna vertebral (1983), un enfoque sobre el movimiento obrero argentino. Desde entonces, ha incursionado en el ensayo, la narrativa, la crónica y la biografía. Sus últimos libros son Delitos ejemplares. Historias de la corrupción argentina (1999); Al pie de la letra. Guía literaria de Buenos Aires (2000); El tábano. Vida, pasión y muerte de Natalio Botana (2001) y el reciente Macedonio Fernández. La biografía imposible (2002).

Abós ha colaborado en diarios y revistas de América y Europa, entre otros, El Periódico (Barcelona), por el que fue como enviado especial –o espacial, también según sus propias palabras– a Brasil en 1997 para cubrir una marcha organizada por un novedoso movimiento que se definía en forma negativa: Los Sin Tierra. A partir de esa larga marcha, se inició otra marcha mucho más larga y que todavía no llegó a su fin, aunque sí a una parada importante en el triunfo electoral de un obrero como Lula, acontecimiento inédito que abre un amplio horizonte a este y otros movimientos territoriales, que resisten al imperio de la desterritorialización global, ahora también en marcha en América Latina.

Diego Viniarsky

 

 

 

LA LARGA MARCHA
La epopeya de los Sin Tierra
Por Alvaros Abós

En abril de 1997, dos mil trabajadores sin tierra del Brasil atravesaron caminando miles de kilómetros a lo largo de rutas tan largas que parecían infinitas, cruzaron selvas, se internaron en desiertos, rodearon trepidantes ciudades en las cuales a veces penetraron y, habiendo partido desde los cuatro puntos cardinales del inmenso país-continente, convergieron en Brasilia, la ciudad de la esperanza soñada y realizada entre 1956 y 1960 por los arquitectos utopistas Oscar Niemeyer y Lucio Costa.

La fecha de esa épica marcha que situó al MST –el Movimiento de Trabajadores Sin Tierra– en el centro de la opinión pública mundial, no fue casual. Un año antes, el 17 de abril de 1996, se había producido una masacre en El Dorado dos Carajás, un remoto pueblo en el estado de Pará. Más de un centenar y medio de policías militares enfrentaron a un grupo de campesinos que protestaban por la demora gubernamental en "asentar" sus familias en la hacienda Macaxeira. Fueron asesinados 19 campesinos y 57 resultaron heridos.

Cubrí la marcha de 1997 como periodista. Fue una experiencia profesional y humana inolvidable; fue también una epopeya mediática. La Rede Globo la difundió, casi día a día, para 50 millones de telespectadores, y ocupó la portada en semanarios como Veja o Istoé, además de Time, Newsweek o New Statesmen. Obtuvo generosos espacios en CNN, BBC y otras cadenas mundiales. No era la primera vez que el MST ocupaba primeras planas, pero nunca su protagonismo había sido tan grande. Las encuestas de IBOPE certificaron por aquellos días que un 83% de los brasileños apoyaba la marcha y que un 43% aprobaba las ocupaciones de tierras improductivas siempre que se produjeran sin violencia.

En este 2002 en que el Partido de los Trabajadores –tan estrechamente ligado en sus orígenes al MST– culmina una lucha de largas dos décadas instalando en el Palacio do Planalto al ex obrero metalúrgico Luiz Inácio Lula Da Silva, las imágenes imborrables de aquellos días acuden a mi recuerdo. Los Sin Tierra son un engranaje de la compleja realidad que hizo posible la llegada del Partido de los Trabajadores al poder. El triunfo de Lula excede pero le debe mucho a la revolución cultural que significó el Movimiento Sin Tierra, a su aglutinación de componentes históricos e ideológicos: comunidades de base, gandhismo, ecologismo. También a sus novedades organizativas: democracia interna, dirección colegiada, repulsa a toda forma de clientelismo o caudillismo; y a su uso desprejuiciado de los medios de comunicación: la televisión, y especialmente la Rede Globo hizo popular al MST cuando una telenovela ilustró la vida cotidiana de sus militantes.

Pero, ¿qué es el Movimiento de Trabajadores Sin Tierra, esa organización premiada en todo el mundo (ha ganado decenas de premios como un modelo de lucha por los derechos humanos, algunos otorgados por la UNESCO o por el Rey de Bélgica)? ¿No hay algo de rémora en este movimiento que, en un mundo dominado por la tecnología, propone una utopía agraria? ¿Es un movimiento revolucionario o postula una democratización de la propiedad? ¿Cuáles son sus modelos, Emiliano Zapata o los campesinos tecnificados de la Europa capitalista? José Raínha lo ha dicho con claridad: "El MST no es un movimiento revolucionario. Para nada. Hacer la reforma agraria significa hacer avanzar el capitalismo… Y somos pacifistas."

Organizado a partir de un congreso realizado en 1984, el MST nació al calor de la Comisión Pastoral de la Tierra, un organismo de la Conferencia Episcopal del Brasil, la Iglesia de la Teología de la Liberación y de los legendarios obispos Helder Cámara, Paulo Evaristo Arns y Pedro Casaldáliga, éste aún en actividad en el remoto nordeste. Brasil tiene 858 millones de hectáreas de superficie, de las que 600 millones son tierras productivas (incluyendo 200 millones en manos del estado), pero sólo están cultivadas 46 millones. El resto es tierra improductiva en un país en el que, de sus 170 millones de habitantes, la mitad pasa hambre. El MST ocupa fundos improductivos, sus miembros se establecen en campamentos y, cuando el estado expropia y concede créditos, organizan técnicamente la explotación.

Los años en que ocupó la presidencia Fernando Henrique Cardoso, quien se retira del poder respetado pero desgastado, presenciaron un duelo entre él y el MST. Lo cierto es que, aunque las cifras son objeto de permanente discordia, hay 350.000 familias campesinas asentadas en tierras expropiadas. Esto hace alrededor de dos millones de personas que han recuperado la dignidad de sus vidas por el MST. Son pocas, dicen sus dirigentes, en un país donde aún hay cuatro millones de campesinos sin un pedazo de tierra.

En un alto del camino entre San Pablo y Brasilia, en aquel abril de 1997, me dijo José Raínha Junior –uno de los miembros de la conducción colegiada del MST y, por su activismo y arrojo, una de sus grandes figuras–, mientras comía con sus compañeros, sentado a la sombra de un árbol, un plato de arroz con porotos: "El lema del MST es: ocupar, resistir, producir. No ocupamos tierras cultivadas, ocupamos latifundios. Nuestra base es la Constitución Brasileña de 1988, que ordena al Estado expropiar los fundos improductivos y distribuirlos entre quienes los trabajen."

José Raínha tiene hoy 41 años y es hijo de campesinos de Espíritu Santo arruinados por una mala cosecha de café. Raínha, que fue condenado a prisión perpetua por presunta agresión a guardias armados y luego absuelto, se mueve por todo el Brasil pero trabaja en una de las grandes bases del MST, Pontal de Paranapanema (San Pablo), donde el movimiento tiene una plantación agrícola modelo. En Brasil funcionan más de 500 asociaciones de producción, comercialización y servicios gestionadas por el MST, 49 cooperativas de producción agro-zootécnica, 32 cooperativas de servicios con 12.000 socios, un centenar de pequeñas y medianas agroindustrias que cultivan frutas y verduras, leche y derivados, cereales, café… Los niños de las familias asentadas por la acción del MST aprenden en 1500 escuelas propias. El movimiento tiene convenios con universidades y forma su propia red de dirigentes.

El más sólido de ellos es João Pedro Stédile, un economista gaúcho de 48 años graduado en la Pontificia Universidad de Porto Alegre con estudios de posgrado, realizados durante la dictadura, en la Universidad Autónoma de México donde su profesor fue… Fernando Henrique Cardoso. Elías Araujo, también de la dirección del MST, lo definió de esta forma: "Ninguno como él tiene esa capacidad de articulación y ese brillo teórico". Autor de varios libros en los que explica la historia y los fundamentos del MST, Stédile, caminando hacia Brasilia, en abril de 1997, se refirió así a la izquierda clásica: "Dogmática, racionalista y arrogante".

"Sólo tengo un sueño: un pedazo de tierra para plantar algo de verdura", me dijo, más modestamente, una mujer de los Sin Tierra llamada Celia Faría de Flores, 45 años, esposa de Antonio Rosa y madre de Jackson, de 27 años, y de Edison, de 14. Todos eran cortadores de caña desocupados del Norte Fluminense y habían participado de la ocupación de la Hacienda União São João. De momento, en aquel abril de 1997, Celia sólo contaba con un toldo de lona en un campamento en medio del barro y con una única letrina a doscientos metros. Celia, con su marido y sus dos hijos, con sandalias, camiseta con las siglas del MST estampadas y un gorrito rojo, caminaba integrada a esa oruga humana, de a dos en fondo, extendida como una larga, interminable caravana de la esperanza, siempre al borde de la ruta, aunque por allí no pasara nadie.

El MST no corta caminos ni calles, y sus miembros, cuando marchan, no se tapan la cara; son decisiones largamente debatidas: las fuerzas de seguridad los acosan, de hecho, hay más de mil mártires caídos bajo las balas de pistoleros patronales y policías. Sin embargo, no responden a la violencia porque son conscientes de que los campesinos en todo el Brasil son el 5% de la población, por lo que buscan y necesitan el apoyo de la sociedad.

En abril de 1997, María José Alvez de Oliveira, viuda de 43 años, caminaba con el rostro curtido cubierto por un sombrero de paja de ancha ala: había llegado a los alrededores de Brasilia desde un campamento del MST llamado Antonio Conselheiro, en el estado de Mato Grosso. Antonio Conselheiro encabezó a fines del siglo XIX una rebelión de hambrientos en Canudos. Conselheiro, además de prometerles el Reino de los Cielos, les ofrecía un reino de justicia en la Tierra, en el que los sertanejos (campesinos del sertón) pudieran comer con el fruto de su trabajo. Aquel levantamiento de desposeídos tardó años en ser sofocado por el ejército y motivó una guerra civil. En los años sesenta del siglo XX retomaron la llama de la rebelión agraria las Ligas Campesinas, cuyo líder era el abogado de Pernambuco Francisco Julião. Es en esta tradición de lucha contra el latifundio que se inscribe el MST.

Cuando la marcha en rememoración de la matanza de El Dorado llegó a Brasilia, en 1997, los militantes del MST miraron con escepticismo cómo los políticos (Leonel Brizola, Lula o Eduardo Suplicy, del PT) se peleaban para subir al palco en la Explanada y "robar cámara" en aquel momento de apogeo que pertenecía legítimamente al MST. En octubre de 2002, al día siguiente del triunfo de Lula en la primera vuelta de las elecciones presidenciales, Stédile ratificó, aun admitiendo la expectativa favorable que despierta en el pueblo la victoria de Lula, un concepto clave del Movimiento sin Tierra: "El MST actúa de forma autónoma respecto del PT. Por lo tanto, presionaremos para que la Reforma Agraria se realice en la práctica, para exigirle al gobierno la ruptura con el FMI y con el Banco Mundial".

La voluntad de lucha de los sin tierra. Foto de Sebastião Salgado.Luiz Beltrami tiene 89 años y el MST lo ha colocado al frente de la columna que, en la tarde del 17 de abril, como una marea de banderas rojas desplegadas bajo la tibia llovizna, ingresa en la Explanada de los Ministerios, la faraónica avenida de Brasilia flanqueada por gigantescos edificios públicos. Luiz Beltrami, cuya cara es un archipiélago de arrugas, ha hecho el trayecto en un jeep pero con guapeza quiso caminar los últimos kilómetros y lo logró. El MST lo ha elegido para simbolizar el sentido de esta marcha: los últimos –los más desposeídos, los más pequeños, los más débiles– son los primeros. Tiene su momento de gloria y, sepultado por las cámaras de los noticiosos de televisión, es disputado por los políticos que quieren sacarse una foto con él, mientras los micrófonos lo acosan para preguntarle… el secreto de su longevidad. Luiz Beltrami alcanza a musitar: "toda la vida desayuné leche con coco".

En aquellos días, José Saramago se sentó en un aula de la Universidad de Río de Janeiro y dijo estas palabras en la presentación del libro Terra, del gran fotógrafo Sebastião Salgado, que ilustra este artículo: "Mientras tantos se destruyen a sí mismos, mientras muchos viven como si no contasen, como si no tuviesen importancia, personas que sufren, aquí en Brasil, han comenzado a preguntarse por qué". En aquel 1997, dos mil campesinos hicieron algo tan primitivo y elemental como caminar juntos. Como otros lo hicieron, hace más de veinte siglos, por los polvorientos caminos de Palestina. Como en la India lo hizo Gandhi, quien tiene una estatua en Cinelandia, el centro de Río de Janeiro. (*)

 

(*) Fuente: Alvaro Abós, "La larga marcha. La epopeya de los sin tierra", publicado en El perseguidor. Revista de Letras, número 10, primavera-verano 2002, año VIII, pp.10-13.