La guerra contra la naturaleza, por Guillermo Enrique Hudson

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Invasión de langostasEl hombre moderno cree que todo es visto y dominado por su ojo. Pero ella, la Mujer Naturaleza, esconde su poder en la noche, en una penumbra del tiempo. Donde el ojo del hombre no ve. No puede ver la fuerza destructora que ella siempre oculta, y que desata cuando pretenden someterla.
Aquí, en Temakel, le presentamos un jaspe poco conocido de la literatura argentina.

Una ardiente prosa donde Guillermo Enrique Hudson experimenta el poder de ella, la Mujer Naturaleza. Un poder superior y trascendente que ella libera mientras invoca a los elementos y los insectos para hacerle la guerra a la arrogancia humana. 

Es duro vivir en el seno de una Naturaleza indomada o sometida a medias, pero hay en ello una maravillosa fascinación. Desde nuestro confortable hogar en Inglaterra, la naturaleza nos parece una paciente trabajadora, obedeciendo siempre sin quejarse, sin rebelarse nunca y sin murmurar contra el hombre que le impone sus tareas; asi puede cumplir la labor asignada, aunque algunas veces las fuerzas le fallen. ¡Qué extraño resulta ver a esta Naturaleza­, insensible e inmutable, transformada más allá de los mares en una cosa inconstante y caprichosa, difícil de gobernar; una hermosa y cruel ondina que maravilla por su originalidad y que parece más amable cuanto más nos atormenta. Un ser que tan pronto ríe como llora, tirano y esclavo alternativamente, desbaratando hoy el trabajo de ayer o realizando mañana, contenta, más de lo que se espera de ella, y que, de repente, frenética, hunde sus dientes malignos en la mano del que la golpea o la acaricia... Todos estos cambios rápidos e incomprensibles, aunque dañan y destruyen nuestros planes, repercuten en la mente, sacudiendo energías latentes y cuyo descubrimiento nos llena de satisfacción. Pero aún no hemos sondeado todas sus profundidades, ni nos imaginamos, al ver sus frecuentes sonrisas placenteras, hasta dónde puede llevarla su fiero enojo. A veces es presa del furor que le causan las índignidades a que la sujeta el hombre podando sus plantas, levantando su suelo blando, pisoteando sus flores y sus hierbas. Entonces adopta su más negro y terrible aspecto, no una mujer hermosa que en su furia no tiene en cuenta su belleza, arranca de raíz los más nobles árboles y levanta la tierra esparciéndola por las alturas y dándole al cielo un tinte aún más sombrío. Y como no considera suficientemente la oscuridad para aterrorizarnos, inflama el poderoso caos que ha creado cruzándolo con latigazos de fuego, mientras el suelo es sacudido con sus coléricos truenos. Cuando se cree que la maldición ha caído sobre el hombre y toda su obra, cuando se han agotado las energías para seguir la lucha, su genio cambia, los arrebatos se calman y no parece quedar rastro de ellos cuando miramos hacia arriba y nos reconforta su pacífica sonrisa. Estas iras sublimes son, no obstante, poco frecuentes y se olvidan con rapidez.

El hombre aprende a despreciar las amenazas de un cataclismo que nunca llega y sigue enderezando viejos árboles, cultivando el suelo y alimentando las manadas con su pasto y sus flores. Él dominará los ímpetus salvajes algún día, pero el momento no ha llegado aún, pues la Naturaleza luchará por mantener su antigua supremacía. Y él no puede alterar inmediatamente el inveterado orden, al cual se aferra tenazmente, como el indio a su vida salvaje. El ensayo de la Naturaleza de ahuyentar al hombre ha fracasado. El se ríe de su máscara terrorífica porque sabe que sólo es una máscara que la sofoca y que, por lo tanto, no podrá soportala mucho tiempo. Acabará por desecharla y hará la guerra al hombre de otra manera. Se someterá a su yugo y será dócil, para poder traicionarlo y vencerlo al fin; inventará mil sorpresas y tretas extrañas, molestarlo un cien formas; zumbará en sus oídos y clavará aguijones en su carne; lo enfermará con el perfume de las flores y lo envenenará con la dulce miel, y cuando repose, a la hora del descanso, lo aterrorizará con una súbita aparición de un par de ojos sin párpados y una temblorosa lengua en forma de horquilla. Él esparce las semillas, y mientras espera que germinen y brote la verde espiga, la tierra se abre, dejando salir un ejército de langostas amarillas que se las devoran. Ella también, caminando invisible a su lado, arroja milagrosas semillas junto a las suyas. Pero él no se deja vencer, porque destruirá a esos listados y moteados seres, secará los pantanos, incendiará los bosques y praderas, matará a sus salvajes animalillos por millares, para cubrir las llanuras de ganado, ondulantes plantas de trigo y montes frutales. Y ella, escondiendo la cólera que hierve en su corazón, sale un día al amanecer, secretamente, sopla sus trompetas sobre las montañas, llamando en su auxilio a sus innumerables hijos. Se ve apurada y grita para que vengan a ayudarla y defenderla los hijos que la aman, y muy pronto del Norte y del Sur, del Este y del Oeste, llegan por millares seres que cubren el suelo arrastrándose y por el aire nubes que oscurecen el cielo. Ratones y grillos pululan en los sembrados; mil pájaros audaces reducen a piltrafas los espantapájaros, a fin de proveerse de la paja necesaria para construir sus nidos; son devorados los verdes pastos y los árboles quedan sin corteza, fingiendo enormes esqueletos blancos sobre los campos desnudos y solitarios, agrietados y resecos por el fuerte sol. Cuando el hombre llega al colmo de la desesperación, cesa por fin el ataque y el hambre diezma las huestes de sus enemigos, que se devoran los unos a los otros y perecen en su totalidad. Todavía vive él para la­mentar su pérdida, luchando aún, resuelto y sin someterse. Ella también llora la destrucción de sus hijos, que ahora, muertos, sólo sirven para fertilizar el suelo y dar nueva fuerza a su implacable enemigo. Pero tampoco se rinde; seca sus lágrimas y ríe otra vez, pues ha encontrado un arma nueva que usará para atormentarlo durante mucho tiempo. Diseminará por la tierra infinidad de plantas nocivas que surgirán por doquiera, invadiendo los campos como parásitos, absorbiendo toda su humedad, tornando a las tierras estériles.
Por todas partes, como por obra de milagro, se extiende el manto verde de las hojas dañosas que producen sólo simientes amargas y frutos venenosos. Él las cortará por la mañana, pero por la noche crecerán de nuevo; con sus queridas hierbas ella agotará su espíritu destrozándole el corazón, y reirá, mientras él se canse más y más de la infructuosa lucha, hasta que al fin, cuando ya esté a punto de perecer, subirá de nuevo a las montañas, y haciendo sonar sus trompetas llamará otra vez a sus súbditos para que vayan y lo destruyan definitivamente. Y no es esto pura imaginación: la Naturaleza está pintada aquí en colores bien reales. Tal es la contienda en que se embarca el colono, llena de grandes e inesperadas vicisitudes, que requiere la mayor vigilancia y la más sutil estrategia de su parte. Si sus sueños no se realizaron nunca, su situación no es la peor, comparada con la de los demás. Para el que nació y se crió en la llanura, las montañas distantes son siempre una región encantada, mas cuando llega a ellas la gloria ya no existe, pues han desaparecido los matices opalinos, las sombras azuladas de la tarde y los tonos violetas del crepúsculo. No halla sino una confusión de rocas amontonadas, y, aunque no era esto lo que él esperaba, concluye por preferir la rudeza de la montaña a la monotonía de la planicie.El hombre que termina su carrera con una caída del caballo o es arrastrado por lacorriente y se ahoga al cruzar un arroyo desbordado, ha tenido, en la mayoría de casos, una vida más feliz que el que muere de apoplejía en una elegante oficina o en su lujoso comedor, o al que sorprende la parca leyendo y deja caer la cabeza sobre el libro que tenía en las manos. Es indudable que aquél no se ha cansado del mundo y que nunca se le habrá oído quejarse ni lamentarse de la vanidad de todas las cosas.(*)
(*) Extraído de Días de ocio en la Patagonia, de Guillermo Enrique Hudson, Ed. Elefante blanco, ciudad de Buenos Aires.
Ilustraciones (de arriba hacia abajo): 1: invasión de langostas, uno de los poderes de la naturaleza en guerra con el hombre, y 2: otro de sus poderes: la inundación.