Lo originario en América, por William Ospina

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América   El escritor y poeta colombiano William Ospina explora las notas distintivas de lo americano, sus perfiles propios. Medita sobre la diversidad de los pueblos americanos, el paso o efecto aún presente de la conquista española. Para indagar en el carácter de América apela a fuentes poéticas procedentes de Borges o Robert Frost. Y para comprender posibles diferencias entre lo americano y Europa recurre al poeta Auden "quien dijo que una de las principales diferencias que existen entre Europa y América, es que en Europa, por perdido que alguien se encuentre, está a menos de una hora de algún lugar poblado, mientras que todo americano ha visto con sus ojos comarcas prácticamente intocadas por la historia".

   El texto de  W. Ospina que presentamos a continuación en esta sección de Este mundo de Temakel pertenece a su obra América mestiza. El país del futuro. La reflexión sobre lo americano es, a su vez, el conocimiento de la América mestiza, de su historia y sus valores propios.

 

La obra América mestiza. El país del futuro, del escritor y poeta colombiano William Ospina, puede ser visitada en su totalidad en la <a href="http://www.villegaseditores.com/loslibros/9589393861/"> página de Villegas editor</a>

 

 

LO ORIGINARIO DE AMÉRICA
Por William Ospina

 

      Si algo caracteriza a esta región del continente es su extraordinaria diversidad. Hijos de un pasado histórico compartido, los pueblos habitan regiones tan radicalmente distintas, que es fácil entender al mirarlos por qué, a pesar de su comunidad cultural, han terminado teniendo una tal riqueza de estilos.

Nada relacionaría a Chile esa línea de crestas montañosas y playas fragosas con la extensa y tropical Venezuela, con sus tepuyes vertiginosos y sus formaciones de roca antiquísima. Nada relacionaría al Brasil de la selva y del río, costado verde del Atlántico, con el seco altiplano de México, que se borra de luz en los desiertos del norte. Nada relacionaría a Cuba o Puerto Rico, cumbres de montañas rodeadas de agua, con Bolivia, una mole de agua rodeada de montañas.

Europa es un continente mucho más homogéneo, no sólo por estar todo extendido en el mapa en línea horizontal al norte del Trópico de Cáncer, por esa latitud que comparte con Canadá y con los Estados Unidos y que los unifica en un mismo régimen de climas, sino porque no hay en su territorio los grandes contrastes geográficos que abundan en el nuestro. No concebimos en Europa una selva verdadera, una cordillera tan vertiginosa como los Andes, unas praderas como los llanos colombo-venezolanos o como la Pampa argentina, y apenas sí podemos decir que el Mar Mediterráneo configura como el Mar Caribe un micromundo.

Fue el poeta Auden quien dijo que una de las principales diferencias que existen entre Europa y América, es que en Europa, por perdido que alguien se encuentre, está a menos de una hora de algún lugar poblado, mientras que todo americano ha visto con sus ojos comarcas prácticamente intocadas por la historia. Ese contraste de magnitudes lo vivieron con especial perplejidad algunos hombres del siglo XVI, y sobre todo los cronistas de Indias, que advirtieron temprano cuán enorme era el mundo recién encontrado frente al continente del que procedían. Hay quien se anima a pensar que en rigor Europa ni siquiera es, en términos geográficos, un continente, y Paul Valery la ha llamado, con delicada ironía, esa península que el continente asiático avanza hacia el Atlántico.

América ha vivido varios descubrimientos y esos descubrimientos a veces han sido posteriores a las conquistas. Parece formar parte de su destino esa rutina de descubrimientos y conquistas, pero es tal la enormidad del territorio y la complejidad de sus culturas que a veces sentimos que nunca acabarán de descubrirse. Hace cinco siglos empezó a hablarse del Nuevo Mundo, pero todavía hoy sentimos que nuestra América está a punto de ser descubierta, cada día nos sorprende con alguna revelación, y ya veremos que curiosamente no sólo terminan siendo desconocidos su naturaleza y su futuro, sino que su propio pasado deja de ser perceptible, para seguir actuando poderosamente en la sombra.

Hasta hace cinco siglos no sólo la luna tenía una cara oculta, también la tierra se escondía a sí misma, y dos mitades suyas habían discurrido por milenios sin el menor contacto. Ello había permitido el desarrollo de civilizaciones totalmente autónomas, dueñas de su propia lógica y de su propio ritmo, y por eso pudo haber sido tan enriquecedor para el mundo el encuentro de las culturas. Pero ese encuentro se convirtió en un choque, porque desafortunadamente la Europa que encontró a América venía de una edad de barbarie. Los soldados de Carlos V eran una prolongación de los cruzados que durante siglos habían asediado a los árabes en el Asia Menor, estaban poseídos por la dogmática convicción de que su cultura era la única legítima, y esto hizo que los primeros tiempos de la dominación europea en América fueran espeluznantes, como bien lo testimonian las alarmas de Bartolomé de Las Casas y las octavas reales de Juan de Castellanos, el gran poeta de la Conquista y el más abarcador de los cronistas de Indias del siglo XVI.

Debido a la lógica que caracteriza los colonialismos, los americanos nos hemos acostumbrado a ver aparecer nuestro continente en el horizonte de la historia desde la proa de las carabelas españolas. Ello creó por siglos una distorsión en el conocimiento de este mundo. Los muchos miles de años que precedieron al descubrimiento europeo tienden a ser cubiertos por una niebla impenetrable, descalificados como prehistoria o excluidos como tiempos ajenos a nuestra cultura. Por ello no aprendimos a habitar plenamente en el territorio, a arraigar en sus tradiciones, a ser la continuación serena de ese pasado intemporal. Durante mucho tiempo vivimos como huéspedes que han llegado a poblar una casa antigua, y que ni siquiera se preocupan por explorar las interminables habitaciones, la sucesión de sus habitantes. Una sorda discordia entre la centenaria América occidental y la milenaria América planetaria más de una vez nos hace vivir como si acabáramos de aparecer en el mundo, y hace del nuestro un destino de extrañeza y de vértigo. Valdría la pena mirar la historia, incluso la historia del descubrimiento, no desde el ápice de las naves inventoras de regiones, como las llamó el poeta, sino desde las playas de América, desde la pluralidad de sus culturas nativas y desde la exuberancia de su naturaleza, desde las cronologías de esa otra historia que es también la nuestra y que Hegel no podría entender.

Ello requiere un largo proceso, e incluso se dirá que nosotros, mestizos americanos por la cultura o por la sangre, no podemos pensar el mundo por fuera de los parámetros de la civilización europea. Hasta Borges ha escrito que para los europeos y americanos hay un orden -un solo orden- posible: el que antes llevó el nombre de Roma y que ahora es la cultura de Occidente. Pero es más fácil afirmar eso desde la cultura argentina o la norteamericana, prolongaciones casi plenas de las culturas europeas, que desde el resto de las naciones mestizas y mulatas de América, que se deben a la pluralidad, que llevan en su composición, en su fisonomía, en su memoria y en sus sueños un más complejo laberinto de símbolos, una criptografía más densa. Borges mismo no lo ignoraba, y en su poema a México describió con lucidez y con gran belleza las cosas que le parecían idénticas entre México y su país, las que le parecían eternas, es decir, compartidas, y las que le parecían distintas:

Cuántas cosas distintas, una mitología
De sangre que entretejen los hondos dioses muertos,
Los nopales que dan horror a los desiertos
Y el amor de una sombra que es anterior al día.

Para comprender a nuestra América es preciso despojarse de dogmas, y asumir, como lo dice con sabiduría un poema de Robert Frost, que quienes habitan una tierra tienen que saber entregarse a ella plenamente:

Esta tierra fue nuestra, antes de ser nosotros de esta tierra.
Fue nuestra más de un siglo, antes de convertirnos en su gente.
Fue nuestra en Massachusetts, en Virginia,
pero éramos colonos de Inglaterra,
poseyendo unas cosas que aún no nos poseían,
poseídos de aquello que ya no poseíamos.
Algo que nos negábamos a dar gastaba nuestra fuerza,
hasta entender que ese algo fuimos nosotros mismos
que no nos entregábamos al suelo en que vivíamos
y desde aquel instante fue nuestra salvación el entregarnos.

No ignoramos que ser americanos equivale hoy a ser herederos de todas las tradiciones del planeta, y la América Mestiza es inconcebible inicialmente sin el triple legado del mundo americano, del europeo y del africano, y después sin el legado del resto de las naciones que ha hecho que, por ejemplo, Sao Paulo sea hoy una de las ciudades japonesas más grandes del mundo. Pero a la hora de definir nuestro ordenamiento político, nuestros panoramas culturales y nuestros valores éticos y estéticos, el peso de la Conquista sigue siendo muy grande, e incluso en los países mayoritariamente indígenas como México, Guatemala o Bolivia, y en los países mulatos como Haití o República Dominicana, hay dificultades para sobreponerse al predominio excluyente de la cultura de los conquistadores.

La América Mestiza está hoy separada en numerosos países que deben su conformación por igual a las peculiaridades del territorio y de las naciones, y a los azares de la historia. Esas divisiones, consagradas por la voluntad de sus pobladores y ratificadas por tratados de límites y por constituciones políticas, no siempre fueron provechosas para los pueblos y muchas veces se debieron a fricciones entre las clases dirigentes de las distintas sociedades o al resultado de conflictos puntuales.

En los tiempos prehispánicos hubo grandes imperios y contactos numerosos entre los pueblos de las distintas regiones. La Conquista presenció todavía las hazañas de unos cuantos hombres que sometían provincias enormes y que eran capaces de recorrer el territorio continental con los precarios medios de aquel tiempo y en condiciones de gran adversidad. Los tiempos coloniales fraccionaron esas unidades originales, y la aventura romántica de la Independencia, a pesar de los sueños de unidad de hombres como Simón Bolívar, no logró salvar al continente de esa fragmentación, que persiste hasta hoy. Sin embargo es posible advertir que hay sistemas geográficos que constituyen regiones naturales, a las que es más difícil entender cuando se las fracciona en países, porque son sistemas interdependientes. Tal es el caso de las tres grandes regiones: el mar Caribe y sus orillas, los sistemas montañosos que bordean el Océano Pacífico, el mayor de los cuales es la cordillera de los Andes, y la gigantesca cuenca del Amazonas. Los extremos del norte y del sur forman sistemas geográficos relativamente independientes de estas grandes regiones continentales.

 

Una familia guatemalteca, descendientes de los pueblos originarios de América.

Ahora bien, ese Caribe al que llegaron por azar los navegantes del Renacimiento era el escenario histórico de uno de los más ricos y complejos conglomerados humanos de todos los tiempos. No podían imaginar los marinos de Colón, en sus pequeñas y frágiles barcazas, que se estaban acercando a un orbe cultural tan rico y tan distinto de todo lo que ellos conocían, y la verdad triste es que una vez halladas las islas ya no se permitieron descubrirlo, porque ante cada cultura que encontraron procedieron indiscriminadamente al saqueo y al asalto. Pero si algún viajero hubiera intentado tener inteligencia plena de aquel vasto mundo, el cuadro panorámico que habría podido formarse del Caribe de finales del siglo XV habría sido admirable. (*)

 

 

(*) Fuente: William Ospina, "Lo originario de América", en América mestiza. El país del futuro, editado en página web de Villegas editor.