Filosofía y superstición, por Adorno

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FILOSOFIA Y SUPERSTICION
Por Theodor Adorno

 

Capítulo lll, "Opinión, demencia y sociedad"

 

   El concepto de opinión pública, a pesar de sus muchas significaciones, es aceptado amplia y positivamente. El de opinión en general, transmitido desde Platón por la filosofía, está libre de toda valoración en cuanto que en su consecuencia pueden las opiniones ser falsas o correctas. A ambos se enfrenta la representación, frecuentemente vinculada con el concepto de prejuicio, de las opiniones patógenas, degeneradas, demenciales. Según esta sencilla bisección habrá de un lado algo así como opiniones sanas, normales, y por otro lado las de naturaleza extremada, excéntrica, extravagante. En América, por ejemplo, los pareceres de ciertos dispersos grupos fascistas son tenidos por pareceres en un lunatic fringe, de un borde enloquecido de la sociedad. Sus panfletos, entre cuyo bagaje intelectual cuentan, a pesar de cualquier refutación, los asesinatos rituales y los protocolos de los Sabios de Sión, pasan por "histriónicos". De hecho, apenas puede ser pasado por alto en tales producciones un momento de extravío, que es precisamente el fermento de su eficacia. Y, sin embargo, es esto lo que debería provocar desconfianza contra una consecuencia, bien pulimentada, de tan extendida representación: que por necesidad vence en la mayoría la opinión normal a la demente.
    El ingenuo lector liberal de los diarios berlineses de entre las dos guerras pensaba también que el mundo no era sino un mundo del common sense, que mantendría si bien estorbado a derecha y a izquierda por gentes rabiosas, la situación de derecho. Tan grande era la confianza en la opinión normal frente a la idea fija, que no pocos señores de edad seguían fiándose de su periódico de siempre, manejado hacía ya tiempo por los nacionalsocialistas que habían conservado sólo, con suficiente astucia, los antiguos tipos de imprenta. La experiencia que aquellos lectores abonados tuvieron que llevar a cabo de un día para otro tan pronto como dejaron de funcionar las reglas aprobadas para el juego, convirtiéndose su sensatez en desamparada locura, debería forzar a una actitud crítica ante esa candorosa imagen de la opinión, que pinta una normal y otra anormal en yuxtaposición pacífica y desvinculada. No sólo es por demás dudosa la suposición de que lo normal es de antemano verdadero y falso lo divergente, suposición que glorifica la mera opinión, a saber, la dominante, la que no es capaz de pensar lo verdadero de una manera distinta a como todos lo piensan. Sino que la opinión infectada, las deformaciones del prejuicio, de la superchería, del rumor, de la demencia colectiva, tal y como crecen a través de la historia, a través sobre todo de los movimientos de masas, no pueden ser en absoluto separadas del concepto de opinión. Resultaría difícil decidir a priori lo que ha de contarse entre aquéllas y lo que a éste pertenece; la historia contiene también potencial para, por medio de su decurso, verificar como razonables pareceres desmayados, aislados desesperadamente, o para permitir que lleguen, aunque absurdos, a convertirse en dominantes. Pero además, por encima de todo, la opinión infectada, lo deformado y maniático de las ideas colectivas resulta de la dinámica del concepto mismo de opinión, en el que afinca a su vez la dinámica real de la sociedad, la cual produce necesariamente tales opiniones, tal falsa consciencia. Y si no queremos desde su comienzo condenar la resistencia en contra a una inocuidad sin amparo, tendremos que descifrar en las normales la tendencia a opiniones infectadas.

     Opinión es la posición, siempre acotada en cuanto válida, de una consciencia subjetiva, restringida en su contenido de verdad. La figura de tal opinión puede parecer realmente anodina. Si alguien dice que opina que un nuevo edificio tiene siete pisos de altura, puede significar con ello que lo ha oído de un tercero, pero que no lo sabe exactamente. El sentido es otro por completo si alguien dice que opina, en todo caso, que los judíos son una raza mezquina de parásitos, igual que el instructivo ejemplo sartriano del oncle Armand, que se cree que es algo porque aborrece a los ingleses. El "yo opino" no restringe aquí el juicio hipotético, sino que lo subraya.
En cuanto alguien proclama como suya una opinión nada certera, no corroborada por experiencia alguna, sin reflexión sucinta, le otorga, por mucho que quiera restringirla, la autoridad de la confesión por medio de la relación consigo mismo como sujeto. La alumbra de través al estar ella con cuerpo y alma; ya que tiene la valentía ciudadana de decir lo que no gusta, aunque claro, en verdad dice sólo lo que gusta demasiado. Y al revés, está también muy extendida, cuando se tropieza con un juicio fundado y certero que es incómodo, la inclinación a descalificarlo, sin que se le haya podido refutar, presentándolo como mera opinión. En una conferencia, en el centésimo aniversario de la muerte de Schopenhauer, se expuso con evidencia que la diferencia entre Schopenhauer y Hegel no es tan absoluta como aparece a través de las invectivas del primero, y que ambos se tocan, sin saberlo ellos mismos, en un concepto enfático de la negatividad de la existencia. Un escritor de periódico, que puede que de Hegel no supiese otra cosa sino las pestes que de él echaba Schopenhauer, pertrechó en su crónica la tesis del conferenciante con un "a su modo de ver", con lo cual se daba aires de superioridad sobre pensamientos que difícilmente hubiese podido acompañar él mismo o comprobar de alguna manera. La opinión lo era del periodista, no del conferenciante: éste había llegado a conocer algo; pero aquél, mientras hacía al otro sospechoso de mera opinión, había ya obedecido en propia ventaja a un mecanismo que interpola como criterio de verdad a la opinión, que la deroga virtualmente, a saber, la propia opinión incompetente.

     Raras veces se queda todo en opiniones inocuas como la de aquel que no sabe exactamente de cuántos pisos consta el edificio nuevo. Cierto que el individuo puede ejercer reflexión en sus opiniones y guardarse de hipostasiarlas. Pero la misma categoría de opinión, en cuanto un grado objetivo del espíritu, está blindada contra dicha reflexión. Lo cual nos remite a simples componentes fácticos de la psicología individual. Quien tiene una opinión sobre un asunto que está abierto en cierto modo, no decidido previamente, cuya respuesta no se deja comprobar con tanta facilidad como el número de pisos de un edificio, tiende a fijarse en esa opinión, a ocuparla, según el lenguaje del psicoanálisis, afectivamente. Sería alocado declararse siempre libre de tal inclinación. La cual se apoya en el narcisismo, en que los hombres hasta hoy, por tanto, no están atenidos a dedicar a otros, a quienes amen, una medida de su capacidad de amar, sino que se aman a sí mismos de una manera reprimida, inconfesada y por ello venenosa. Lo que uno tiene por opinión se convierte, como posesión suya, en un fragmento componente de su persona, y lo que debilita esa opinión queda registrado por el inconsistente y por la preconsciencia como algo que le daña a él mismo. El ergotismo, la proclividad de los hombres a defender tercamente opiniones alocadas, incluso cuando su falsedad se ha puesto racionalmente de manifiesto, testimonian la expansión de este estado de cosas. El ergotista desarrolla, nada más que para mantener lejos de sí el prejuicio narcisista que el abandono de su opinión le depara, una agudeza de sentido que frecuentemente sobrepasa con mucho sus proporciones intelectuales. La habilidad que para defender narcisistamente el sin sentido se gasta en el mundo, bastaría para modificar probablemente lo defendido. La razón al servicio de la sinrazón —según el lenguaje de Freud: la racionalización— se pone de parte de la opinión y la endurece de tal modo, que ni se la puede ya alterar en nada, ni se manifiesta tampoco su índole absurda. Sobre las más maniáticas opiniones se han erigido elevados edificios doctrinales. En la génesis de tales opiniones endurecidas —que forma unidad con sus patogénesis— podemos ir más allá de la psicología. La posición de una opinión, la mera declaración de que algo es de un modo determinado, contiene ya potencialmente una fijación, una cosificación, antes aún que entren en juego los mecanismos psicológicos que malefician tal opinión fetichistamente. La forma lógica del juicio, igual si es correcta que si es falsa, tiene en sí algo dominante, dispositivo, que se refleja luego en la insistencia de opiniones como posesión propia. En general, tener una opinión, juzgar, es expresarse en cierta medida contra la experiencia, tender a la demencia, mientras que por otro lado, sólo el capaz de juzgar está dotado de razón: quizá sea ésta la contradicción más honda y menos amortizable en el opinar.

     Sin opinión mantenida con firmeza, sin hipóstasis de algo no conocido por completo, sin acepción en cuanto verdad de algo, de lo cual no se sabe en absoluto si es verdad o si no lo es, será apenas posible la experiencia, el mantenimiento incluso de la vida. El peatón atemorizado, que atraviesa una calle, y cuando la luz es amarilla juzga que será atropellado, si sigue ahora hasta la otra acera, no está del todo seguro de que esto suceda realmente. El próximo auto podría, por una vez, tener un conductor humano, que no pise en seguida el acelerador. Pero en el mismo instante en que el peatón se confiase y atravesara, a pesar de la luz, la calle, sólo porque no es ningún profeta, sería con gran probabilidad atropellado mortalmente. Para comportarse como exige su sano entendimiento de autoconservación, el hombre tiene, por así decirlo, que exagerar. Todo pensamiento es una exageración, en cuanto que cada pensamiento, que lo es en realidad, apunta más allá de su rescate por medio de hechos dados. En esta diferencia entre pensamiento y rescate anida el potencial de la verdad tanto como el de la demencia. La demencia puede además reclamarse, y con derecho, de que a ningún pensamiento le ha sido jamás dada la garantía de que la espera que contiene no sea un desengaño. No hay criterios aisladamente sucintos, absolutamente fidedignos; la decisión se falla sólo a través de una ensambladura de complejas mediaciones. Husserl ha indicado que cada cual ha de suponer, en cuanto válidas, proposiciones sin número que ni puede retrotraer a sus condiciones ni verificar completamente. El diario alternar con la técnica, que hace ya tiempo no es un privilegio de una instrucción especializada, madura sin fatiga tales situaciones. La diferencia entre opinión y conocimiento, tal y como la enseña la epistemología usual, a saber, que el conocimiento es la opinión verificada, ha sido la mayoría de las veces una vacía promesa que los actos mismos de conocimiento se arrogan de hecho con poca frecuencia; los hombres están obligados, individual y colectivamente, a operar también con opiniones que se sustraen por principio a su comprobación. Pero dicha diferencia, puesto que se escurre a la experiencia viva y queda lejos en el horizonte como afirmación abstracta, paga por ello prendas de su sustancia, al menos subjetivamente, en la consciencia de los hombres. Éstos no disponen de medio alguno para protegerse prontamente de tomar sus opiniones por conocimientos y sus conocimientos por meras opiniones.

    Desde Heráclito han cortado leña los filósofos sobre los muchos que permanecieron apresados en la mera opinión en lugar de reconocer la verdadera naturaleza de las cosas, con lo cual su pensamiento de élite ha cargado a la underlying population con una culpa, cuyo asiento se encuentra en el aderezamiento de la sociedad. Ya que es la sociedad la instancia que revela al hombre de la decisión, aplazada ad kalendas graecas, sobre opinión y verdad. La communis opinio sustituye a la verdad de hecho, e indirectamente a la postre también en no pocas teorías positivistas del conocimiento. Sobre lo que es verdad y lo que es mera opinión, a saber, arbitrariedad y azar, no decide, como la ideología quiere, la evidencia, sino el poder social que denuncia como mera arbitrariedad lo que no está de acuerdo con la suya. La frontera entre la opinión sana y la infectada no la traza in praxi el conocimiento objetivo, sino la autoridad vigente.

    Cuanto más resbaladiza es esta frontera, con menos estorbo prolifera la opinión. Su correctivo, por medio del cual puede convertirse en conocimiento, es la relación del pensamiento para con su objeto. En tanto que aquél se satura de éste, se modifica y además se enajena de un momento de volubilidad; pensar no es una actividad meramente subjetiva, sino, en su esencia, según lo que la filosofía ha sabido a su mejor altura, el proceso dialéctico entre sujeto y objeto, en el cual ambos polos se determinan recíprocamente. Tampoco el órgano del pensamiento, la prudencia, consiste sólo en la potencia formal de la facultad subjetiva de formar correctamente conceptos, juicios, conclusiones, sino a la par en la capacidad de aplicar esa facultad a lo que no es igual a ella misma. El momento que la psicología llama kathexis, la ocupación al pensar del objeto, no es algo exterior a éste, y no sólo psicológicamente, sino que es la condición de su verdad. Donde se atrofia, se embrutece la inteligencia. Y un primer índice es la ceguera para la diferencia entre lo esencial y lo que no lo es. Algo triunfa de esta estupidez, siempre que los mecanismos del pensamiento se desarrollan de por sí, desembocan en el vacío, colocan sus formalismos en lugar de las cosas mismas. De lo cual lleva huellas la opinión que se fija en sí misma y sigue adelante sin resistencia alguna. La opinión es, por de pronto, consciencia de que no se tiene aún el propio objeto. Pero si tal consciencia marcha nada más que por facultad del propio motor, sin contacto con lo que opina y con lo que ante todo ha de captar, marchará demasiado fácilmente.

   La opinión, en cuanto ratio separada todavía de su objeto, obedece a una especie de economía de fuerzas, sigue la línea de mínima resistencia, si se abandona sin ninguna interrupción a la mera consecuencia. Ésta se le aparece como un mérito, mientras que muchas veces no es sino la deficiencia de lo que Hegel llamaba la "libertad hacia el objeto", a saber, la libertad del pensamiento para modificarse y olvidarse en la cosa misma. Brech ha contrastado muy drásticamente el principio según el cual quien dice A, no tiene por qué decir B. La mera opinión tiende a ese no-poder-cesar, al que es lícito llamar proyección infectada.

   Pero al mismo tiempo, la proliferación permanente del opinar está motivada por el mismo objeto. La opacidad del mundo aumenta manifiestamente para la consciencia ingenua, mientras de suyo se va haciendo más transparente en tantas cosas. Su predominio, que impide traspasar la delgada fachada, refuerza dicha ingenuidad en lugar de hacerla decrecer, como quisiera la candorosa fe en la cultura. Pero de aquello que no alcanza el conocimiento se enseñorea la opinión como su sucedáneo. Engañosamente aparta a un lado la extrañeza entre el sujeto cognoscente y la realidad que se le escapa. Con lo cual traiciona un extrañamiento en la inadecuación misma de la mera opinión. Pero como nuestro mundo no es así, como no es heterónomo, no puede expresarse sino contorsionadamente en la opinión enconada y testaruda, y semejante demencia tiende a su vez en la opinión a aumentar finalmente en sistemas totalitarios el predominio de lo alienado. Por eso no basta, ni para el conocimiento ni para una praxis modificativa, aludir al nonsense de pareceres indeciblemente populares, según los cuales están los hombres sometidos a caracteriologías y prognosis que una astrología standard, resucitada por motivos comerciales, vincula a los signos del zodíaco. Si los hombres llegan ante sí mismos a convertirse en Taurus y en Virgo, no es sólo porque sean lo suficientemente tontos como para obedecer a la sugestión de las columnas de periódico que suponen evidente que hay algo en todo ello, sino porque tales clichés y sus estúpidas indicaciones, para la vida meras duplicaciones de lo que también sin ellas ha de llevarse a cabo, les facilitan, si bien sólo en apariencia, una orientación que apacigua momentáneamente el sentimiento de su extrañeza frente a la vida y desde luego también frente a la vida propia. La fuerza de resistencia de la mera opinión se aclara por su rendimiento psíquico. Por medio de las aclaraciones que ofrece puede ordenarse sin contradicciones la realidad más contradictoria, y sin fatigarse por ello demasiado. A lo cual se añade la complacencia narcisista, que la opinión patentizada otorga al corroborar a sus partidarios en que, habiendo sabido de ella desde siempre, pertenecen al círculo sapiente. La confianza en sí mismos de los que opinan sin vacilaciones se siente embrujada contra cualquier juicio divergente y contrario. Las opiniones infectadas cumplen mucho mejor su rendimiento psíquico que las supuestamente sanas. Karl Manheim nos ha hecho caer en la cuenta de la genialidad con que la demencia racial complace una indigencia psicológica de las masas, al permitir a la mayoría sentirse élite y vengar en una minoría potencialmente inerme la sospecha de su propia impotencia e inferioridad. La actual debilidad del yo, que ni mucho menos es sólo psicológica, sino que registra la impotencia real de cada uno frente al aparato socializado, estaría expuesta a una medida insoportable de molestias narcisistas, si no se buscase un sustitutivo por medio de la identificación con el poder y el señorío de lo colectivo. Y para eso sirven las opiniones infectadas, que proceden irreteniblemente del prejuicio infantil y narcisista, según el cual lo propio es bueno y lo que es de otra manera, malo y de escaso valor.

    El desarrollo infectado de la opinión recuerda a aquellos dinosaurios, cuya historia de especialización creciente de los órganos, que les dotaban cada vez mejor para la lucha por la existencia, produjo en su base final excrecencias y conformaciones defectuosas. Querer derivar tal desarrollo solamente de los hombres, de su psicología, acaso de una tendencia del pensamiento, equivale a tomarlo muy poco en serio. El desmenuzamiento de la verdad por medio de la opinión, junto con toda la ignominia que en sí envuelve, remite a lo que ocurre forzosamente, y en modo alguno como aberración revocable, con la misma idea de la verdad. Esta idea, como la de un ente en sí objetivo, unitario, que permanece sin modificación igual a sí mismo, era el módulo en que descifró Platón el concepto opuesto de mera opinión que criticaba como cuestionablemente subjetivo. Pero la historia del espíritu no ha dejado estar sobre sí aproblemáticamente esta rígida contraposición de las ideas como lo verdadero y del mero ente en cuyo hechizo quedan prendidas las opiniones perecederas. Ya Aristóteles objetaba que idea y existencia no están separadas por ningún abismo, sino referidas una a otra recíprocamente. En medida creciente ha atacado la crítica, como a mera opinión, la idea de la verdad que es en sí y que en Platón se opone a la opinión, a la doxa, y ha remitido la cuestión por la verdad objetiva al sujeto que ha de conocer esa verdad y hasta quizá incluso engendrarla desde él mismo. La metafísica occidental posterior ha intentado en su cumbre, en Kant y en Hegel, salvar la objetividad de la verdad por medio de su subjetivación, llegando a equipararla a la cifra de la subjetividad, al espíritu. Pero esta concepción no se ha impuesto ni en los hombres ni tampoco en la ciencia. Las ciencias de la Naturaleza tienen que agradecer sus logros más seductores al abandono de la doctrina de la autonomía de la verdad, de las formas puras, y a la reducción sin reservas de lo verdadero a hechos observados primaria y subjetivamente y elaborados luego. Con lo cual se ha pagado a la doctrina de la verdad que es en sí los intereses de su propia falsedad, de esa altanería del sujeto, que se erige finalmente a sí misma como objetividad y como verdad y que afirma una igualdad o conciliación de sujeto y objeto que el carácter del mundo lleno de contradicciones sanciona como engañosas.

   Recientemente se trincha de una manera oscurantista la aporía del concepto objetivo de razón. Puesto que no puede establecerse absolutamente como un acto de administración inmediata, lo que es verdad y lo que es opinión, se niega sin más su diferencia a favor de una gloria más alta de esta última. La fusión de escepticismo y dogma, de la que ya Kant se había percatado y cuya tradición podría perseguirse retrospectivamente hasta los comienzos del pensamiento burgués (hasta la defensa que Sebond hace de Montaigne), celebra alborozada su antiguo asiento en una sociedad, que ha de temblar ante su propia razón, ya que no es razón ella misma todavía. Por eso se ha consagrado la fórmula de la fe en la razón.
Puesto que cada juicio exige que el sujeto acepte lo enjuiciado, que crea en ello por tanto, la diferencia entre mera opinión o fe y juicio fundamentado será inválida por completo. Quien se comporte racionalmente creerá en la ratio, igual que el irracional cree en su dogma. Por eso, la confesión dogmática respecto de algo supuestamente revelado poseerá el mismo contenido de verdad que el conocimiento que se ha emancipado del dogma. La mentira de la tesis se esconde en su índole abstracta. Fe es en uno y otro caso algo enteramente diverso: en el dogma, un fijarse en proposiciones que van contra la razón o son incompatibles con ella; en la razón, no otra cosa que la obligación a un modo de comportamiento del espíritu, que no se interrumpe o anula violentamente, sino que prosigue con determinación su movimiento en la negación de la opinión falsa. No se puede subsumir a la razón bajo ningún concepto general de opinión o de fe. La razón tiene su contenido específico en la crítica de lo que cae bajo esas categorías y en la crítica de lo que a ellas vincula. El momento individual del tener-por-verdadero, que por lo demás aparta de sí también como insuficiente la teología avezada, es accidental para la razón. Su interés es el conocimiento y no aquello por lo que se tenga éste. Su dirección conduce al sujeto fuera de sí mismo, en lugar de reforzarle en sus efímeras convicciones. Sólo en una exterioridad malamente soberana se dejan nivelar la opinión y el conocimiento sobre lo común de la dedicación subjetiva de un contenido de consciencia; antes bien, lo respectivamente común, la apropiación subjetiva, es ya transición hacia lo falso. En los modos de motivación de cada proposición particular, por muy falible que ésta sea, sobresale la diferencia concretamente. Con hermosa despreocupación, que ni siquiera enturbia su tono demasiado psicológico, ha apuntado Arthur Schitzler: "La mayoría de las veces, es por insinceridad consciente por lo que se colocan en un mismo grado los dogmas de la Iglesia y los de la ciencia, incluso si éstos debieran ser dudosos. Lo que tiene validez —y también sin derecho— de dogma científico, debe su rango en cada caso al esfuerzo de pensadores e investigadores y a la comprobación de cientos de miles de observaciones". Ciertamente habría que añadir que la razón, si no quiere de hecho empeñarse en un segundo dogmatismo, ha de reflexionar críticamente sobre el concepto de ciencia que Schnitzler suponía con bastante ingenuidad aún. En dicha reflexión tiene la filosofía su morada; y todavía confiaba en sí misma, cuando no era otra cosa su ciencia que lo que tal autorreflexión lleva a cabo, siendo síntoma de regresión a un mero opinar que se renuncie a ella. (*)

 

(*) Fuente: T. Adorno, "Opinión, demencia y sociedad", en Filosofía y superstición.