El bosque, por Esteban Ierardo

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El bosque El bosque: mar de árboles y penumbras, de madera y misterio. El universo de las hojas y las ramas ha estimulado un sentido de veneración en muchos pueblos. Dentro de él se esconde lo secreto, una verdad divina sagrada, esquiva. El bosque ha nutrido la fascinación poética, la imaginación popular que ha descubierto a seres fantásticos entre los senderos boscosos. Pero el pensamiento suele rehusar el hospedarse, el meditar, salvo algunos momentos del filosofar heideggeriano, dentro del océano verde y misterioso del árbol.
   En este ensayo recorreremos la significación del aire puro creado por el bosque como condición de posibilidad del pensar; indagaremos los posibles movimientos no aparentes del bosque, como la acción de un "círculo protector"; observaremos el contenido simbólico de los árboles que caminan, protegen, combaten, en tradiciones míticas como la mapuche y la celta; mediante un relato de Italo Calvino exploraremos el laberinto boscoso como superación del laberinto tradicional; acompañaremos el caminar solitario por los senderos del bosque de Henry David Thoreau; y exploraremos las formas de perduración de la rama, la madera y la raíz, en la geometría funcional de la urbe a través de lo que denominamos "inconciente vegetal".
   El valle de nuestro pensamiento quiere ser el pensar que recobra el aire creado por el bosque. El aire cuya inhalación dona el respirar de todo pensamiento.
Aclaración: presento ahora un versión del ensayo sin inclusión todavía de citas. En un futuro próximo, las incluiré fundamentalmente como una forma de contextualización de conceptos y de sugerencias bibliográficas.

 

 

 

I. Bosques paralelos y el aire que permite el pensar

   El viento siempre regresa al bosque. Y susurra canciones inaudibles para el oído humano. Y, junto al aire que visita la madera, acude la luz, la exaltación luminosa del sol. O la faz opalina de la luna.

   Y el árbol convive con el aire, con las luces que se trasmutan y con el espacio que contiene las danzas del mundo.  

    Y cada árbol escucha los latidos de sus hermanos de madera, de otros árboles, de bosques lejanos. Y, quizá, en el extremo de las hojas, flamean ojos y oídos que perciben, acercan, lo que ocurre en los bosques paralelos, en los simultáneos universos del árbol. Por lo que...

   Ahora, las ramas verdes se inclinan bajo leves caricias de viento. Y en el bosque de coníferas, en el norte, no muy lejos de los latidos del Ártico, los linces se lanzan sobre pájaros y liebres. Las zorras asaltan  las madrigueras en pos de los conejos; los lobos se unen para crear la manada cazadora. Nieve y frío apaciguan el metabolismo de los animales. La ardilla y el oso se sumergen en un sopor invernal. Las musarañas, las ratas de agua y conejos de Noruega, se recluyen en túneles bajo la alba piel de la nieve y se alimentan de larvas y brotes de juncos.

   Y ahora, en el bosque lluvioso tropical, crecen árboles gigantes, circundados por orgías de plantas, hojas y ramas. Aquí, en un kilómetro cuadrado, pulsa más vida que en cualquier otro sitio del orbe. La vegetación crea corazas de homogéneo verde. Un escudo vegetal que sólo tolera escasas hendiduras por las que se adentran los rayos solares.

   Y, ahora, en la taiga, en una de las regiones boscosas más extensa del planeta azul, se propagan franjas de piceas que se enlazan con otros árboles de dura madera, y así inventan florestas tachonadas, a veces, por avenidas de hierba desnuda.

   Y, ahora, en la proximidad del blanco lecho polar, los árboles se yerguen enclenques, atrofiados, pequeños; dispersos y agobiados. El verano es muy corto aquí; el invierno es una frialdad amplia, casi sin retroceso. La semilla que logra enraizar en esta geografía sólo puede crecer un centímetro por año.

   Y ahora, quizá, la muerte derriba, finalmente, un árbol tozudo. Su tronco se desploma en el Olympic Rain Forest, en América del Norte, sobre un lecho esponjoso y húmedo. Rápido, la madera caída será cubierta por mantos de plántulas, de raíces que se descuelgan hacia el suelo;  y mientras el tronco se pudre, hileras de nuevos árboles emergen, lentos, seguros, con el orgullo de una nueva existencia; nacen desde el torso del árbol caído, del guerrero curtido por cientos de batallas.

  Y ahora, quizá, desde la altura, el cóndor de las grandes alas desplegadas contempla el bosque y las laderas de las montañas de Caoco, en la cordillera andina; montañas que viven bajo un constante y denso anillo de nubes. Y, quizá, ahora, el gran pájaro andino se desplaza raudo hacia el sur y atisba árboles patagónicos: las araucarias, y los arrayanes con sus vivaces anatomías color canela.

    Y ahora, esta sucesión de imágenes de los bosques paralelos, simultáneos, pretendemos que se mute en pensar. En pensamiento. Pensamiento abierto al significado de los océanos de árboles.

  Los bosques exhalan la vida que preexiste al pensamiento. El pensar no puede irradiarse sin la voz que dice, la mano que escribe, o la fulguración del cerebro que piensa, o los pies con lo que el pensador se desplaza. Y voz, manos, cerebro y pies, son prolongaciones del continuo acto del respirar el oxígeno no viciado, el alimento puro del aire que ahora mana, ignorado, silencioso, desde los poros de la hoja y el árbol.

    El castillo de árboles contempla la diaria erupción del calor y luz del sol. En las hojas de plantas y árboles, bulle el mágico crisol de la clorofila donde, en un mismo portento de química vegetal, el agua, el dióxido de carbono y las sustancias minerales generan el oxígeno que se expande en las anchas llanuras del cielo. Árboles y hojas gestan también los compuestos orgánicos que nutren al propio árbol, e impelen su crecimiento y lozanía.

   El pensador respira gracias al oxígeno puro creado por el bosque.

  Y, en algún momento, el pensador busca los fundamentos de la lógica, del razonar. Cuando el pensar busca su inicio, su primer suelo, allí encuentra lo que Aristóteles sentenció: axiomas, principios lógicos, claros, evidentes, las primeras premisas que permiten toda cadena ulterior de razonamientos. En esta busca del sustrato del acto lógico, el pensamiento descubre los fundamentos que permiten la existencia misma del pensar racional. Este proceso del pensamiento que busca racionalmente su propio basamento se manifiesta, de manera ejemplar, en el discurso filosófico cartesiano.

     Toda la historia del pensamiento ignora que el pensador que piensa es, vive, gracias a  la inspiración del aire donado por el bosque. Secretamente, cada pensar es propiciado por el aire obsequiado por el árbol. El pensamiento que ignora su dependencia del don entregado por la madera, es fermento para la frivolidad antropocéntrica del sujeto que finge ser comienzo y fin de la existencia. Es el sujeto sin conciencia del aire inhalado que permite todo pensamiento exhalado; es el sujeto que olvida la realidad anterior del árbol, el bosque y el obsequio de su aire.

   El continuo respirar aire donado en su pureza por la hoja y la madera, vegetaliza en secreto la anatomía del humano y el pensador. En nuestra cultura, la condición vegetal remite a la vida inerte, detenida, incapaz de movimiento y expansión. Lo vegetativo es metáfora de la vitalidad negada, detenida, exangüe. Los millones de árboles que dibujan el rostro vegetal de los bosques, parecen inmóviles lanzas clavadas en la tierra. Su madera erecta, sus raíces subterráneas, son estática firmeza. Las ramas flamean entre ráfagas de viento, sí, pero su movimiento no altera la firme quietud del tronco.

  Pero, desde su aparente quietud, el árbol gesta movimientos de asimilación primero (absorción del agua, dióxido de carbono y luz). Y luego, encabalgado en el viento, el árbol y su aire se propaga, se desplaza hacia las cuatro direcciones de la tierra, hacia la cuaternidad del espacio.

   En aquel oxígeno que rueda por todas las avenidas de la atmósfera, el árbol, el bosque, se expande, se mueve, a través de su obra, su creación: el aire puro. El enjambre árboreo de los bosques se libera así de su presunta quietud.

   Y, en el árbol y la madera, rebulle la gloria natural  y cotidiana de la clorofila y la fotosíntesis.  Lo que llamamos "la gloria natural y cotidiana de la clorofila y la fotosíntesis" suele restringirse a un opaco texto escolar, a un brumoso y lejano proceso natural que acontece con un sesgo mecánico, repetido. Pero quien se atreva a un pensar humedecido de savia e incrustado por   astillas de araucaria o roble, podrá experimentar el encuentro vital de la luz, el agua y la clorofila en las hojas del árbol y, entonces, quizás entonces, entrevea que antes del sujeto que piensa, ya es el bosque. Que dona el aire puro. 

    El aire que permite que el cerebro viva y que el cerebro imagine y piense, es antes exhalación del árbol. El aire donado por el reino arbóreo, también participa en el movimiento muscular, en la danza del trabajo físico del humano. Por lo que aun en el caminar, en el hacer el amor o la guerra, en los movimientos manuales para ensamblar complejos componentes electrónicos de un ordenador, silba el distante rumor del bosque, quieto, denso que, por una precisa alquimia natural, transmuta su solidez en lo etérico y sutil del puro aire de la esencial respiración. 

 

  II. Bosque que camina y el círculo que protege

  El bosque protege su mundo interior. Concede refugio del viento, el agua y el sol. Labra una madriguera vegetal, de paredes verduzcas, hechas de ramas y follajes.

   La quietud y profusión de árboles del bosque plasma una atmósfera de intimidad y penumbra. La imagen quieta de las decenas de especies entrelazadas se desvanece al meditar, como acabamos de hacerlo, en el ligero y movedizo aire que emanan los poros de las hojas. En el aire que se expande el bosque se propaga también hacia cada filamento del espacio, de la esfera terrestre. La propagación cuaternaria del oxígeno es la primera forma del movimiento del bosque.

   Y un segundo desplazarse del bosque consiste en un concéntrico girar o en un desplazarse de un anillo o círculo protector...

    El círculo es imagen arquetípica de la totalidad, de la integración de opuestos, de la eternidad que alberga en sí la temporalidad. El círculo es figura del cielo abovedado, o la forma del cerebro y su condición de asiento del pensamiento y su poder de espiritualización.

   Pensemos primero en un círculo que no existe en el bosque; pensemos en un círculo amurallado, defensivo. Circularidad que puede defendernos pero a condición de aislarnos del espacio y su amplitud. El cuerpo humano que se refugia dentro del círculo defensivo ingresa en un aislado territorio de penumbras. En una circunferencia cerrada, huérfana de viento enérgico y luz.

    La reclusión del humano dentro de una muralla circular puede obedecer a una estrategia de defensa. O también puede ser una táctica para silenciar la amenaza omnipresente de la muerte o el reconocimiento de nuestra propia vulnerabilidad.

   Poe intuye esta ultima modalidad de circularidad defensiva en La mascara de la Muerte roja. Allí, el príncipe Prospero y sus cortesanos se refugian en una abadía fortificada para escapar de la peste, que afuera siembra las flores siniestras de la muerte. Dentro del círculo amurallado de la abadía, los cortesanos cultivan el olvido mediante la constante efervescencia del baile y la fiesta. Así se abroquelan ante la angustia de la propia mortalidad. Pero la alegría que olvida se interrumpe cuando se escuchan los tañidos de un reloj de ébano. Las vibraciones de su péndulo quiebran el continuun de la dicha. La música se detiene y sobreviene un instante de silencio. Entonces, en los espíritus hormiguean los recuerdos. Recuerdos de la amenaza que todavía ruge afuera. Al final, la muerte misma, ataviada con desgarradas vestiduras y con el rostro acorazado por una mascara roja, irrumpe dentro del círculo cerrado, protector. Y cada cortesano acepta entonces que sus corazones pronto se detendrán para ya no latir.

  Los tañidos del reloj pendular anunciaban una breve conciencia del afuera. Un fugaz recuerdo de la existencia más allá del círculo. Un recordar inducido por los sonidos, las vibraciones, oriundas del reloj. Un reloj de ébano, de madera. Madera: el músculo de árbol. La célula del bosque. El bosque de múltiples brazos que, a pesar de sus bordes irregulares, es posible corporización de otra forma de círculo que protege. Pero de manera distinta a la abadía imaginada por el creador de la La caída de la Casa Usher.

    ¿Cómo meditar en el círculo protector del bosque? ¿Cuál es este círculo?

   El bosque es exuberancia vegetal que defiende a animales, insectos y plantas, del viento y la tormenta. La abigarrada conjunción de árboles protege de los zarpazos agresivos de los elementos. El bosque es un círculo de árboles que protege. Pero en este proteger no hay separación respecto a las fuerzas exteriores de la naturaleza. El cuerpo protegido dentro del círculo del bosque  no se disocia del viento; sólo es preservado de los excesos del aire que a veces llega con ráfagas salvajes. El protegido por el bosque no es separado de la luz; sólo es preservado del fuego solar que, a veces, arroja flechas demasiado calientes. El protegido por el bosque no es privado de escuchar una lluvia serena derramándose entre la madera y la maleza; sólo es preservado del agua feroz de las tormentas; el protegido por el bosque no es separado de la delicada caricia de la nieve; sólo es preservado de los demonios del frío que congela.

     El círculo protector del bosque no separa a sus protegidos de las potencias del aire, el calor, el frío y la luz. Sólo resguarda la vida frágil de los animales y las plantas de la desmesura de fuerzas superiores, pero sin debilitar la percepción de aquellas fuerzas.

    Cuando llega el viento tormentoso, las copas, los troncos, se bambolean en compulsivos bailes pendulares; y, a veces, incluso las raíces arbóreas se conmocionan en su lecho subterráneo. Entonces, el bosque apelotona toda su firmeza de troncos recios y erectos y apela a esta frondosidad para sostener, aminorar, la peligrosa inclinación de cada árbol. Actúa así el círculo del bosque que protege. 

   Y, en otra oportunidad, la nieve esmalta los suelos con un denso barniz blanco. Las plantas y árboles rechinan sus dientes y la madera y la fibra vegetal estrechan filas contra el paso taladrante del frío. Es el círculo del bosque que protege. Y que vierte calor en las madrigueras donde se refugian numerosos animales.

    Y, en el verano, el sol derrama sobre la cúpula boscosa olas hirvientes de calor. La sequedad estrangula al aire y los seres. La luz es un dedo que quema las superficies, la piel. Entonces, las sombras que se descuelgan de los árboles, y las penumbras dentro de la floresta, protegen. Son la nueva fuerza del círculo del bosque que protege de la temperatura virulenta.

   Descubrimos así dos movimientos del bosque. Primero el desplazarse del reino vegetal en el aire que la hoja verde dona al mar y la tierra. Y, segundo, el moverse del círculo protector del bosque que defiende del exceso de los elementos.

        La intuición de este continuo movimiento del bosque puede derivar en la imagen mítica del árbol que camina y que protege con sus ramas desplegadas. La metamorfosis mágica del árbol inmóvil en árbol que se mueve y protege, acontece en el relato mapuche del pehuén milagroso.

  La araucaria o pehuén es árbol sagrado entre los mapuches y sus diversas etnias, como la de los wiliches o pehuenches. En las frías y áridas condiciones del invierno, entre las montañas andinas de Neuquén, los pehuenches (gente del pehuén) sobrevivían gracias al fruto de la araucaria que depositaban en amplios pozos en la tierra. El pehuén que alimenta, protege, a un mismo tiempo de las garras de la muerte. Protección de lo arbóreo que revela el carácter viviente del árbol. El pehuén está vivo y esto le confiere conciencia, sentimientos y movimiento. Sus raíces pueden convertirse en pies.

   Y, así, en un tiempo lejano, los cazadores pehuenches se abocan a la caza del huemul (el ciervo patagónico) y el luan (el puma). Al brotar en la tierra el frío invernal, Lican, un cazador pehuenche, abandona su ruca (casa). Allí se despide de su esposa y su hijo Okori. Cuando ya han transcurrido varias lunas y soles, Likan debería haber regresado. Pero la fornida estampa del cazador no se delinea en las nevadas lejanías. Okori decide entonces ir en busca de su padre. Al poco andar, experimenta la angustia de la desorientación: ¿dónde ir? ¿En qué dirección avanzar para hallar a Likan? Entonces, la corriente de sus huellas desemboca en  un solitario pehuén silencioso, el árbol sagrado. Cada viajero puede realizar una ofrenda a la divina araucaria para solicitar el auxilio ante un peligro cercano. Okori se desprende entonces de sus shumel, botas de piel de Kilpe, que su madre hizo con esmero para él.

     Okori cuelga los shumel en las ramas. Esta es su ofrenda. Y, al seguir la marcha, se topa con un grupo de inesperados forasteros, de aspecto huraño y actitud incierta. Ya demasiado hostigado por las mordeduras del frío, Okori acepta la invitación de los extraños para sentarse junto a la calidez de una fogata que éstos tienen encendida. Entonces, los lacónicos huéspedes se avalanzan sobre el joven incauto y lo despojan de sus armas y de la chaique (o bolsa) en la que guarda su alimento. Luego, le atan las manos a la espaldas y lo amarran de los tobillos.

    Abandonado, inmóvil, Okori contempla como Antu, el sol, es engullido , lentamente,  por Trafuya (la noche). Con la oscuridad, al frío despiadado se le agrega la llegada de Kramlin, la nieve. El temor, cercano al pánico,  toma férrea posesión del muchacho.

   Okori recuerda su ofrenda al pehuén, los shumel que colgó en las ramas del árbol sagrado. Invoca entonces su protección y, al poco tiempo, el joven pehuenche siente que los blancos copos de Kamlin ya no se despeñan desde el firmamento plomizo, y que Kuref, el viento, ya no frota su piel.

    Y luego de un nuevo día, mientras Okori continua su invocación al lejano pehuén, su madre inicia su busca desesperada y solitaria entre las planicies nevadas. La madre halla a su hijo y lo libera de las lacerantes ligaduras. Con su aliento, acalora su rostro entumecido y sus dedos agarrotados. Al recuperar algo de la agilidad, Okori y su madre se enfrentan con el largo e incierto camino de regreso. La decisión de retornar a la ruka es clara. Pero la duda se desploma sobre sus hombros como un iracundo alud de rocas y lodo. La pesadez, la percepción de un frío que promete una inmovilidad definitiva, comienza a tallar un sepulcro de hielo para la madre y el hijo.

    Y, entonces, los dos seres que intentan avanzar perciben un leve estremecimiento, una cálida exhalación,  muy diferente del áspero ulular del viento helado. Y, entonces, el pehuén en el que Okori colocó sus sandalias como ofrenda, extiende sus ramas sobre madre e hijo. Ramas que, al extenderse, simulan una cúpula o círculo vegetal bajo el que la vida recibe el auxilio protector del árbol, átomo y mensajero del bosque.

  La imagen mítica de los árboles que caminan también se impregna de la posible mutación vegetal del cuerpo humano. En las arpas de la tradición céltica, suena la música del poema: La batalla de los árboles (Cad Goddeu) del poeta galés Taliesin, del siglo VII d.c. Taliesin es un niño poeta, infante de la visión trascendental. Lo mismo que otro céltico personaje, Tuan Mac Carrell, Taliesin recuerda vidas anteriores en la que recorrió diversas formas de existencia. En el poema antes aludido que se le atribuye, se narra cómo Gwyddyon convierte a los guerreros bretones en un ejército de árboles que bajo esta nueva forma derrotan a una fuerza enemiga.

En el relato irlandés de La Muerte de Cucchulainn tres brujas crean: "fantasmagóricamente una gran batalla entre dos ejércitos, de magníficos árboles y bellos robles frondosos". Y, en otro tradicional relato mítico irlandés, La batalla de Mag Tured, nuevas brujas aseguran: "Hechizaremos los árboles y las piedras y los montículos de tierra, de tal modo que se convertirán en una tropa armada luchando contra ellos y les pondrán en fuga con horror y tormento".  

  Los árboles caminan para combatir, como un guerrero humano. Lo guerrero es panal de destrucción, pero también es calor vigorizado, potencia de expansión, voluntad de afirmación y supervivencia. El guerrero enardece su propio flujo vital. Los árboles que combaten dicen que lo vegetal no sólo es vida pausada, cincelada por lentos ritmos estacionales. En la madera se preserva también y erupciona el hálito arrollador del guerrero. El árbol combatiente que camina es así expresión de que la sustancia vegetal alberga y custodia la vida en  su impulso de vigor y expansión. En el celta árbol guerrero que camina, lo vegetal se revela como matriz de las fuerzas más poderosas. En el combativo árbol que se desplaza, la madera es la recámara donde, en silencio, la vida late como fuego expansivo.

   Este simbolismo del fuego guerrero y vegetal del árbol aflora también en Macbeth. Allí, un ejército disimula su presencia con atavíos de ramas, con siluetas de árbol. Una fuerza guerrera que, para los ojos del enemigo, parecía ser el bosque de Birnam que caminaba. Que se acercaba, con sus espadas de ramas y sus puños de hojas, hacia la fortaleza rival.

  lll. El laberinto más allá del laberinto

   El bosque promueve una rápida oposición: el bosque y su rusticidad, su existencia salvaje contra el orden de la polis, la civilitas, nomos, ciudad, estado, civilización. La disonancia  bosque-ciudad es oposición ya palpitante en el universo antiguo. En la civitas romana, vive la ley y la verdad recibida del rayo de Júpiter; en el bosque, por el contrario, se refugian los salvajes nómades germánicos.

      El bosque y la ciudad se combaten. O más exactamente: la ciudad batalla por no ser  mundo vegetal. Las calles laten en trazos rectilíneos: líneas generalmente rectas también delinean fachadas de casas, o el pesado cuerpo de los edificios. La arquitectura urbana es el reino de las líneas pulcras. La línea recta, pulcra,  impera en la ciudad para conjurar, exorcizar, el camino de la serpiente, la arquitectura del bosque. El reptil labra movimientos ondulados, espiralados. Si viéramos, desde arriba, el dibujo del movimiento de una serpiente sobre la arena, se advertiría una sucesión de ondas unidas, entrelazadas. La onda quiebra la línea que demarca  casas y edificios. Las líneas rectas de la urbe tienden a separar y distinguir. El desplazamiento de la serpiente une, entremezcla ondas. 

    El bosque contiene dentro de sí al reptil del avanzar ondulante. El universo boscoso es  entrecruzamiento de serpientes. Cada árbol hospeda dentro de sí a la serpiente por una geometría de semejanzas: las raíces, en los pies del árbol, semejan estiradas serpientes; las ramas, se desenrollan como ondulados reptiles y, desde allí, se entrelazan con otras ramas-reptil de otros árboles. La serpiente es la arquitecta del bosque de los senderos ondulantes y laberínticos.

  El bosque de la serpiente y la ciudad de la línea se enzarzan de manera simbólica en el relato fantástico de Italo Calvino, El bosque-raíz-laberinto.

   El rey Clodoveo, monarca medieval, regresa en cabalgata triunfante con su ejército. Lo acompaña su escudero Amalberto. Retorna a su ciudad, Arbolburgo, capital de su reino. En su viaje, de forma inesperada, escuchan el canto de un pájaro. Tras cesar el trinar del ave, Clodoveo y sus hombres se adentran en un bosque subterráneo cuyas raíces campean en la altura y se empotran en el cielo como si la bóveda fuera la tierra firme.

   Mientras tanto, en Arbolburgo, la princesa Verbena, hija de Clodoveo, aguarda impaciente el regreso de su padre. Mediante un catalejo, advierte que el bosque se aproxima. Al colocarse, luego, bajo una morera, ubicada en el centro de la ciudad, escucha el sonido de un pájaro e intuye una realidad escondida que pulula bajo la urbe. La princesa le dice al sonoro ser emplumando: "Has volado hasta allá abajo", y, luego, con el énfasis de un trascendental descubrimiento, sentencia: "Hay un bosque subterráneo que levanta los fundamentos de la ciudad". Entonces, Vervena penetra en el bosque invertido, que vive bajo la superficie. Luego de la partida de Clodoveo, su esposa, madrastra de Verbena, Ferdibunda, y su primer ministro Curvaldo, abandonan la ciudad para sitiarla con sus propias fuerzas y sojuzgar a los hombres leales al rey ausente. Pero, en este empeño, se extravían en los senderos sin fin del bosque.

   Y, casi al mismo tiempo, llega a Arbolburgo el joven Arándano. Arándano es el hijo rustico del bosque, que trae un cesto con frutillas silvestres, bellones y bayas. Posado sobre una rama extendida, el recién llegado anhela que las frutillas y otras plantas caminen apoyadas sobre sus raíces como si fueran pies para llegar a la ciudad  "cerrada e inalcanzable como una árida urna de piedra".

   Luego, en la penumbra inextricable del bosque, el pájaro del canto misterioso guía a Verbena y su padre por un túnel secreto que los devuelve  a los confortables recintos de Arbolburgo. Ferdibunda y Curvaldo quedan boca abajo, adheridos sus pies a una raíz  que se yergue en la altura cual si fuera una oscilante rama.

    Mientras tanto, Clodoveo y su ejército se extravían en la maraña vegetal del bosque. Asombrados, descubren la inversión del orden tierra-cielo. La raíz que rasga la altura es ahora prolongación celeste; su lugar de nutrición y la fuente de su propia existencia  no se hallan ya en la entraña oscura del suelo sino en la etérica arteria del cielo. Y la inversión conduce a su vez  a la integración:  el bosque ya no es vida distanciada de la cúpula celeste; ahora, la exuberancia boscosa se descuelga desde la altura y hunde luego sus ramas en la tierra. Lo terrestre deviene entonces florescencia, brote y fruto de lo alto. Ahora,  a través del tronco del árbol, la oposición cielo-tierra se desvanece: lo celeste es tierra donde brota el árbol; lo terrestre es cielo donde las ramas se mecen y danzan entre las voces ululantes del viento.

    En la mitología ancestral viven ilustres árboles invertidos. Es el caso del árbol del Vedanta, o el árbol sefirótico de la cábala. Las raíces que se empotran en la bóveda convierten al árbol y, por extensión a su aglomeración, el bosque, en proyección de lo trascendente, lo sagrado. Por lo que, entonces, la vegetación boscosa es directa irradiación  de lo divino celeste en la tierra.

     Durante su viaje por el bosque subterráneo, el rey Clodoveo y su ejército se sienten perdidos en los complejos caminos de un laberinto. Atrapados en la incertidumbre de los muchos senderos, Clodoveo y sus soldados sólo tienen como guía el trinar del pájaro y su misterioso:  koac koac. Aunque ya no poseen aceite para alimentar la llama de las linternas, los ojos de los guerreros adquieren una luminosidad semejante a la brillante mirada de los búhos. Esta fantástica luminosidad concede claridad en medio de la oscuridad. Y, durante este mágico avanzar, el sonido metálico de las armas y corazas es reemplazado por el ronroneo crujiente de las ramas. La gracia verde del follaje parece brotar de los contornos de los soldados. Es así que el viejo escudero Amalberto percibe como el musgo crece sobre su espalda.

   Lo que produjo el acceso al subterráneo bosque invertido es el canto de un pájaro. Desde el paleolítico, el pájaro monopoliza el simbolismo del impulso ascensional, de la elevación como liberación de la pesadez terrenal y salto a la visión celeste de la verdad. El ave como guía del alma hacia la revelación de lo verdadero. Pero la vía privilegiada de acceso al orden secreto de lo real es la abertura de una centralidad dominada por el árbol, por la morena que se alza en el centro de Arbolburgo.

  Verbena gira alrededor del centro de la morera. Las raíces comienzan a sobresalir, se hinchan los brazos de madera; y, entonces, la mujer, con la naturalidad de una espontánea exhalación, desciende al bosque. Al subterráneo río de savia.

  Ya dentro del especial bosque, Verbena  se pregunta si está prisionera dentro del tronco de la morera o de sus raíces, o si ya late en la maraña de un bosque exterior a la ciudad. La sensación de aprisionamiento acerca a Verbena a la vivencia del bosque como laberinto, como red de senderos carcelarios.

    Los caminos serpenteantes de árboles pueden convertir al bosque en arquitectura carcelaria o en lugar de perdida o extravío. Por el contrario, la ciudad brilla como espacio habitable, previsible; espacio que irradia una placentera sensación de orden. Por eso,  durante el extravío de su fuerza armada en el bosque intraterreno, el rey Clodoveo no puede evitar pensar: "¡Oh, ciudad inalcanzable! Me enseñaste a caminar por tus caminos rectos y luminosos y, ¿de qué me sirve eso? Ahora debo abrirme paso por senderos serpenteantes y enmarañados y me he perdido". El bosque laberíntico diferente a  la ciudad ordenada, expresa un simbolismo ancestral. El laberinto como territorio de caminos sin fin es símbolo de la desorientación, la pequeñez humana ante una realidad indescifrable. Pero, en el mar de los símbolos y religiones, el laberinto también es llave hacia la verdad.

   Suele exaltarse el tono sombrío del laberinto. La construcción de enredados caminos como prisión del alma acribillada de angustia, impotencia, desorientación. El extravío en el laberinto puede ser también el preámbulo del viaje hacia la sabiduría. En el piso de numerosas catedrales medievales existen laberintos. Recorrerlos es consumar, de manera simbólica, la peregrinación hacia Tierra Santa. Laberintos con forma de cruz, llamados  "nudos de Salomón" en Italia, se presentaban con profusión en el arte céltico, germánico y románico. En ellos se fusionan la cruz y el laberinto, por lo que son estimados como señal de la divina inescrutabilidad.

    Estar en el laberinto es descubrir el sendero preciso, exacto que, entre otros inagotables caminos o sendas alternativas, conduce a la percepción de un aire puro, primigenio. Lo laberíntico disipa así su aturdida multiplicidad de caminos en un solo camino. La senda hacia la comprensión de lo más verdadero.

    Y Verbena es la que convierte al laberinto del bosque en sendero hacia la realidad auténtica. Dentro del laberinto de árboles, Verbena asume la escisión o enfrentamiento entre el bosque y la ciudad:  "La ciudad de piedra es cuadrada y el bosque enmarañado siempre me parecieron enemigos y separados, sin comunicación posible". Pero también la princesa será la conciencia que unifique esos opuestos: "...ahora que he encontrado el pasaje me parece que se transforman en una sola cosa...querría que la savia del bosque atravesase la ciudad y llevase la vida entre sus piedras, querría que en el medio del bosque se pudiese ir y venir y encontrarse y estar juntos como en una ciudad"

   En la meditación femenina, la necesidad de unidad que integra, es descubrimiento de lo que debe ser pero que aún no ha se cristalizado en la experiencia humana. De ahí que dicha unidad emerge como deseo de la integración todavía no plasmada. El deseo de la princesa es, por un lado, anhelo de que la "savia del bosque atraviese la ciudad". Es el deseo de la vegetalización de lo urbano. Sed de que la piedra lisa, la calle recta, la ciudad del estricto orden, adquiera el frescor de lo silvestre.

   El deseo de la vegetalización de la ciudad también es compartido por Arándano, cuando éste, meditabundo, reclinado sobre una rama se dice:  "querría que los ramos cargados de moros se encaramaran por los muros; querría que el romero y la salvia, y la albahaca, y la menta invadiesen las calles y las plazas". 

   Y frente a la deseada forestación de lo urbano, borbotea otro signo del deseo de Verbena:  "querría que en el medio del bosque, se pudiese ir y venir y encontrarse y estar juntos como en una ciudad". Necesidad de que el bosque se entregue como capilla vegetal para el encuentro entre los seres en principio separados.

   La mujer, Verbena,  valora el encontrarse no como fría coincidencia de intereses sino como el compartir un solo fuego común. No el encontrarse por conveniencias comunes sino el encuentro como placer de la integración. Encuentro placentero representado, por ejemplo, en el goce nupcial, en la pareja matrimonial como gozosa superación de los contrarios. Verbena manifiesta ese deseo de encuentro nupcial al declarar:  "Arándano y yo queremos casarnos y unir ciudad y bosque en solo reino".  Y este encontrarse erótico, nupcial, es medio para la fusión del bosque, el árbol, y la ciudad, burgo. Arbolburgo es así la síntesis, la identidad de lo arbóreo y lo urbano. 

   Bosque y ciudad superan su oposición. Desde el laberinto de la floresta subterránea, se inició un proceso que, ahora, conduce hacia una realidad plena, auténtica, donde los árboles y las calles ordenadas antes enfrentadas, ahora son sólo una misma fosforescencia. 

  IV. El que camina solitario entre los árboles

  Lo veo en un verano de 1845. Con el tesón de sus manos vigorosas, alza una cabaña de troncos a orillas de lago Walden. Bajo el techo de madera, al amparo de la cúpula boscosa, Henry David Thoreau medita, respira, dentro de la savia salvaje del bosque. Y, en su Elogio de la vida salvaje, gusta confesar: " Mi corazón se estremece con el rumor del viento entre los árboles"; y, quizá para justificar su atípico existir, sin inhibición, asegura: "!Ah, querida naturaleza, qué bello es acordarse de tus bosques después de un breve olvido e ir hacia ellos como un hambriento hacia la corteza de pan".

  Y durante el solitario deambular por el bosque, Thoreau, pesca, aspira frescas y endulzadas fragancias  de corteza y hojas. Percibe en los pies el trote del alce, el trinar de las aves, el crujido del agua del lago al zambullirse el Martín Pescador; y siente también en su caminar el susurro de las ramas visitadas por el viento, y  el chasquido del castor al triturar los delgados troncos con lo que construirá su morada en el río.

     El caminante solitario del bosque imagina nubes dentro de sus piernas; presiente el sol y la luna en sus ojos.

   Y bebe agua del lago. Humedece sus labios con la fuente de la que todos los seres emergen. Y el que camina dentro del bosque, escucha el crujido de auríferas vetas subterráneas; y piensa en el minero que horada la roca y esculpe túneles hacia piedras preciosas. Desciende siempre el excavador a la arteria oscura de la mina. Y extrae allí  el metal fulgurante. La minería y sus retahílas de picos y palas recuperan la fragua de estrellas que yacen en lo hondo, lejos de la superficie visible. Pero el solitario que aspira la hoja y la madera sabe que puede estar cerca de los metales sin necesidad de descender a las minas. El suelo tapizado de hierba y musgo, de troncos y plantas, es altar donde resplandecen tesoros subterráneos:

  "Todas las hojas y todos los ramajes aparecieron esta madrugada cubiertos de una resplandeciente armadura de escarcha; y las mismas hierbas, en los campos al descubierto, ostentaban innumerables joyeles diamantinos, retintineando bajo el pie del caminante que los rozaba al pasar. Había por cierto allí, como un naufragio de alhajas, una irrupción de joyas; como si alguien hubiera levantado un estrado superior de las capas terrenas, exponiendo a pleno día un milagroso sedimento de cristales sin mácula".

   El oro, la alhaja, la joya y el cristal son variaciones de la majestad del rayo solar. La transparencia del cristal o la radiación bella de la piedra es detonación de pureza, vida no oscurecida de las piedras como irradiación del joven calor del sol del alba. El que deambula en el bosque salvaje camina por llanuras de oro que brotan desde secretas hendiduras del suelo. El suelo arropado por la hojarasca es la boca de volcán que, en silencio, mana el oro y el cristal. Así, la aparente escasez de luz del sendero boscoso, no es negación de la transparencia, de la radiación poderosa.

     Los caminos del bosque no son lo privado del resplandor del metal y la piedra. Los senderos dominados por el árbol son un aplanado y disfrazado cráter volcánico que acerca el oro, la ágata y el jaspe,  al labio de la madera y el dedo grácil de la hoja.

  En la vida salvaje del bosque, ningún centímetro del suelo pierde su condición de erupción continua de metales encendidos. Caminar por el bosque sin civilización es deambular sobre silenciosas lavas de oro. Este caminar es muy diferente al desplazarse por los pisos de la ciudad. El piso de la ciudad es agrupación de baldosas que ordenan; es coraza en cuya superficie ninguna garganta de volcán mana cristales y diamantes.

      El que camina fuera de la baldosa gélida del orden, elude la ley y la institución humana y avanza ya no por lo plano y tibio, sino por el otro suelo, el de los senderos del bosques. Esos suelos pintados de plantas y cubiertos por las bocas abiertas de los divinos volcanes bajo los pies.

   He aquí el caminar por los senderos salvajes del bosque.

   Así, Thoreau no duda en asegurar que "la vida y lo salvaje marchan juntos. Lo más salvaje es lo más viviente". La vida salvaje: lo vital percibido como estallido en los caminos entre los árboles.

   En la Edad media, gentes sin actividad sedentaria recorrían las comarcas pidiendo limosnas: "Al verlos pasar, los niños exclaman: ¡Allí va un sin tierra inglés, saunterer.

  Thoreau, el habitante solitario del bosque, interpreta que saunterer, el sin tierra, no tiene un terruño particular porque experimenta a toda la tierra como el propio hogar. Para el verdadero caminante errante todo es tierra santa, sagrada, suelo bendito. El camino errante es un no ir hacia ninguna parte. Es un ya estar en una casa que se debe amar, venerar, con el tacto jovial de los pies. Y así es que "quienes en su andar no pisan tierra santa, no son más que perezosos y vagabundos, porque gracias ella van los verdaderos errantes".

    El camino errante se asemeja al avanzar de "las sinuosidades del río que, aun desviados de su curso, no deja de buscar cauteloso el más corto camino hacia el mar". El mar es amplitud azulada, lisura movediza sin obstáculos aparentes. Es lo que en todas direcciones se deja navegar. El océano, abrazado por un clima favorable, es lo plenamente navegable. Es la geografía opuesta al laberinto del bosque que obstruye y condiciona el avanzar; sin embargo, quien en cada pisada percibe la temperatura de lo santo borboteando en la tierra, avanza de continuo, sin obstáculos por suelo sagrado. El caminar errante aun en el paisaje más sinuoso o árido, entreve abajo, cerca, la lisura de un mar calmo. Lo repetido de las curvas, lo denso del sofocante follaje, nunca aparta al caminante errante del bosque de un mar de nutritivas amplitudes.

    Y la tierra que así se camina se hace tambor.

    Cada nueva pisada de este caminar crea una nueva vibración, un nuevo repiqueteo de campanas.  La tierra que así se camina se hace múltiple vibración. El caminante solitario y emocionado del bosque propaga musicales composiciones de pisadas que resuena en los oídos del aire, y de las cortezas y las hojas. El caminar errante transforma al bosque y la tierra  en música, en resonancias de tambor.

   Y este caminante también es capaz de asombrarse ante el bosque que, una vez al año, en el momento del otoño. Crea rojos apasionados y amarillos exultantes. En la estación otoñal, los frutos llegan a su madurez. Entonces, el instante más alto de su existencia reclama una especial tintura de colores:

  "Los colores brillantes del otoño son el rojo y el oro, con todas sus tintas, sus matices y sus sombras. El azul es para el cielo, el rojo y el oro son los colores de la flor de la tierra. Las frutas maduras, justo antes de caer, adoptan un brillante colorido. Así las hojas; así el cielo, antes de finalizar el día o en el año que termina".

   Colorido brillante, tonalidad de granates y amarillos áureos, llamas encendidas por la última exhalación de los árboles y su fruto. Cuando el bosque muere, manifiesta sus penachos y blasones más iridiscentes. Momento final donde el bosque aprende la hechicería de vestirse a sí mismo con los lienzos de rojos y amarillos hirvientes. Lienzo de los colores intensos, visible.

    Y este estallar de colores del bosque durante la muerte breve del otoño, inventa salvajes caballos, rojos, amarillos. Que cabalgan entre las ramas.

   Y todo este fulgurar del bosque que brilla al morir, para Thoreau, el caminante solitario de la tierra siempre santa, despierta una sorpresa: "Sorprende que el atavío otoñal de nuestros bosques no ejerza influencia profunda sobre nuestra literatura". Sorpresa del caminante poético ante la escasa sensibilidad de la cultura de las letras hacia el bosque y su vida múltiple, hacia el bosque y sus multicolores túnicas otoñales. 

  En una oportunidad, Thoreau realizó una excursión al monte Ktaadn, en el Estado de Maine. Mientras se acercaba a la cumbre de aquella de la elevación, el caminante solitario descubría la abigarrada maleza de la región, las densas murallas de árboles. Descubrimiento así de una naturaleza que no es jardín del hombre sino páramos de vegetación salvaje, de "materia vasta y terrible", que revela "la presencia de una fuerza a la que nadie obliga a dispensar ternura al hombre".

   Y el caminante solitario descubre un país de continuos álamos, espolvoreados de musgo, de abedules que segregan jugosas espumas en sus cortezas; de suelos siempre jaspeados de bayas; de los lagos donde rebulle los líquidos destinos del sábalo, el rano, la perca, el salmón, la trucha. Respira ahora el que camina solitario en el país donde bailan las voces, nítidas y rítmicas del verrón, del grajo o el picoverde, de alcovarán, el gavilán y el águila. País donde siempre regresa, y se repite el chillido de las lechuzas o el aullido de los lobos. Tierra donde, desde ancestrales generaciones, palpitan el carizo, el castor y el ciervo.

  Y cuando el caminante solitario deambula entre ese país de enloquecida vitalidad, se pregunta:

  "¿Cómo describir la inefable ternura, la vida inmortal de la verde selva, donde aún en pleno invierno, la naturaleza vive siempre en primavera, donde los añosos y carcomidos árboles que el musgo recubre, jamás envejece como gozando de una perpetua juventud, donde la naturaleza bendita e inocente, tan serena como un niño, pareciera demasiado dichosa para hacer ningún ruido, salvo el canto melancólico y vacilante de los pájaros o el deslizar de los arroyos?"

   ¿Cómo convertir en verbo humano "la vida inmortal de la selva verde?" Los valles de la vida sin descanso que explora el caminante errante, solitario, no podrán ser plenamente alumbrados por las linternas del lenguaje. Frente a las cabelleras salvajes de los árboles,  las baterías de la expresión verbal callan.

   Y el bosque, para ser constante erupción de savia, no precisa de la descripción humana, de la palabra del mamífero pensante.

   El caminante poético descubre así lo inefable del bosque. Experiencia ésta del mundo de la hoja y la madera muy distante de las frías descripciones de la botánica o la zoología.

   El poeta y el filósofo, el solitario deambulador Thoreau, avanza así con su tambor entre los festones vegetales del bosque y la savia. Y, gracias a su tamborileo, descubrimos la erupción volcánica en los suelos de la hierba y la hojarasca; descubrimos lo salvaje como intensidad, frenesí, de lo viviente; descubrimos el caminar de la errancia dentro del laberinto boscoso, como deambular por una continua y lisa tierra santa, que se transforma en múltiples resonancias; descubrimos el lienzo de los colores intensos con el que el bosque se viste en otoño para anunciar su pujanza aun en la estación de la serena caída de las frutos; descubrimos el bosque ante el que el lenguaje se retira con una bandera de respetuoso silencio.

    Al caminar con el camina solitario entre los árboles, descubrimos el rayo perpetuo en la madera.

  V. El inconciente vegetal y la conciencia del bosque

   En las sociedades del oeste asiático, hay un árbol que participa de múltiples quehaceres cotidianos. Es un árbol con forma de caña que, como una yema, nace en la base de una caña vieja, anterior. El nuevo brote comienza a alargarse; la yema es entonces envuelta por un tejido vigoroso, comestible.

    El árbol que atrae nuestra atención es el bambú.

    Desde los tiempos de la antigua China imperial, o del Japón Medieval, los bambúes han entregado numerosos dones. La unión de sus grandes tallos se convierten en las viviendas de los aldeanos. Los bambúes se transforman también en techumbres, en paredes de casas, y se manifiestan, asimismo, como arcos y flechas, cestos, alfombras, cañas de pescar, postes,  flautas, y otros instrumentos de viento y percusión.

   En las sociedades del Extremo Oriente, el bambú teje una constante urdimbre de objetos y funciones. El amplio y continuo estar del bambú en la sociedad es acompañado por un saber de su presencia. En las poblaciones rurales las manos actúan sobre las cañas del bambú. Y crean así los objetos destinados a la satisfacción humana. Esta acción manual contribuye al recuerdo del cercano aliento del bambú y sus metamorfosis.  Como instrumento musical, como estructura de la vivienda o como receptáculo de enseres, el bambú existe en la aldea, el pueblo, y aun la ciudad, como conciente propagación del árbol y el bosque.

     En la urbe occidental, lo arbóreo existen también a través de multitud de presencias y funciones. Modificado, el bosque se propaga en la ciudad. Pero, en la gran ciudad de Occidente, no existe un equivalente de la conciencia oriental de la presencia del bambú, del árbol, dentro de la sociedad occidental. En Occidente, la presencia del bosque dentro de la urbe la urbe es ignorada. Sólo existe como inconciente vegetal...

   En la ciudad empleamos los productos que nacen del bosque. Empleamos el papel, los plásticos y textiles, gomas y aceites, cauchos y corchos, colorantes, pinceles y cepillos. Al emplear todo aquello, no recordamos el origen boscoso del papel, de los plásticos o el caucho.

    El pensamiento no pierde su dignidad si piensa el bosque que, inadvertido, late en las ciudades. El pensar no se degrada si medita en torno a las posibles huellas del universos de los árboles que, modificado, sobrevive  entre cemento y asfalto.

     No retrocederemos entonces ante el pensar que quiere pensar el bosque silencioso, trasformado, que es dentro de la urbe...

  En el comienzo, el humano escribió sobre arcilla, telas, trozos de huesos o caparazones de tortugas. Por el 3.500 a.d.c, los egipcios escribían sus signos jeroglíficos sobre rollos de papiro. Pero el papel que esparce las huellas de bosque dentro de la ciudad nace en China. El  papel habría sido inventado por Ts' ai Lun, ministro de la corte imperial china en el año 105 d.c. Sin embargo,  actuales evidencias arqueológicas aseguran que el descubrimiento pudo haber acontecido dos siglos antes. El primer papel era resultado de la molienda de corteza interna de morera japonesa, trapos, desperdicios de cáñamo, y viejas redes de pesca. Luego de moler todos estos componentes, se obtenían fibras que eran depositadas en mallas de tiras de bambú para que se perdiera el agua y se secara. La propagación del método chino de elaboración del papel fue muy tardía. Sólo en el siglo XXII, en Samarkanda, los árabes capturaron a unos chinos que le revelaron el arte de la fabricación.

   El papel vive en nuestros días como cuadrado extendido, como rectángulo horizontal (el libro abierto de par en par) o figura rectangular vertical (la página individual, en su formato tradicional). Lo rectangular es expansión del cuadrado y la cuadratura es remisión simbólica al cuadrado del espacio terrestre. El espacio terrestre: el de los cuatro puntos cardinales. El rectángulo, cuadrado extendido del papel, acompaña al cuadrado terrestre. Y la tierra y su espacio cuaternario acoge  la diaria lluvia dorada del sol. El lenguaje de la luz solar escribe en el cuadrado terrestre una gramática de la fertilidad que se expresa en la diversidad de la vida. Biodiversidad. El cielo escribe así la tierra. 

   En la historia, el cielo de la mente humana, las nubes y soles de su pensar, se escriben sobre el cuadrado de la tierra representado por el papel. En el papel, compulsivo obsequio del bosque, se escribe y se hace visible el pensamiento y su naturaleza etérica, celeste, no empírica. El cielo mental, el logos, el pensamiento, es flujo errátil como el de las nubes. Pero,  en el papel, el pensar adquiere inmovilidad, solidez, permanencia. El pensamiento, el sol del cielo mental, al escribirse en el papel, deviene tierra resistente, fertilizada, permanente.

     Pero el papel escrito nacido del bosque revela otro proceso sutil. Como dijimos, en el papel, el pensamiento, el inasible cielo mental, se traduce en hoja, lo terrestre, lo material. Y este hacerse tierra, escritura visible del pensar en el papel es ajeno a la trasparencia y la explicación. El materializarse del pensamiento celeste en el papel terrestre es tan oscuro como el vínculo entre la mente y el cerebro. El papel, así, no es sólo escena donde acontece el manifestarse del pensar en lo material. Es también sitio permanente de no manifestación. La no afloración, revelación, del modo cómo es posible que el pensamiento, la mente,  y el cerebro, lo físico, se toquen. Resuenen en común.

    En el papel, fruto coactivo del bosque, se reitera de continuo el misterio del pensamiento que logra resplandecer en la materia.

  Y en el papel, mensajero del árbol, también hormiguea el rumor, el murmullo del bosque lejano. En los hojas impresas murmura la música del árbol del que, mediante su tronco, su corteza, su madera, se obtuvo primero la pulpa y, luego, el plano y cuadrado papel. En las fibras vegetales apisionadas que perduran en el papel subsisten resonancias silvestres. En el papel sobrevive la musicalidad del mundo vegetal:  el ritmo de los días y las noches, los susurros del viento entre las hojas las humedades de las lluvias, el tambor encolerizado de los rayos. El papel retiene la música del bosque.

   El papel, don del bosque, retiene músicas antiguas de los árboles y su entorno. Y retiene mundos nacidos de la imaginación literaria...

   En la creación literaria se narran mundos, espacios, paisajes lejanos, ausentes personajes no plenamente presentes en la realidad empírica o social. Los sonidos y los colores del mundo narrado por el acto literario cobra su primera existencia en el papel. Existen allí aun cuando no haya una mirada lectora.

   El papel es continua irradiación de músicas. Músicas del árbol y la madera, y musicalidades de mundos literarios que la hoja retiene más allá de los lectores.

   En la materialidad del papel y el libro, el bosque y sus músicas se entrelazan, yuxtaponen, con los mundos de la escritura. Así el bosque continua dentro del papel, alrededor de los signos escritos del humano y su civilización. Presencia subrepticia, velada, inconciente. El pensar descubre así una primera señal de un inconciente vegetal.

 Y el bosque también se propaga en la ciudad, como inconciente vegetal, a través de lo circular. A través de los círculos de caucho que ruedan...

   El caucho: leche del bosque. Quizá Cristóbal Colón fue el primer europeo que observó el exudado lechoso que rezuman las cortezas de los árboles tropicales. Sustancia láctea, vegetal, que, en el siglo XVIII, el científico inglés Joseph Priestley llamó caucho o goma. Son alrededor de 1800 las plantas productoras de latex gomoso. La especie que prevalece como proveedora del caucho es la Hevea brasiliensis.

 En la ciudad, la quietud del edificio y la casa abruman. Abruman las montañas de cementos, los semáforos inertes, las veredas y calles quietas. La quietud urbana es peso que hunde y fija. Lo opuesto es el desplazarse, el circular, el rodar. Lo que rueda en la ciudad es el contrapunto de la abrumadora pesadez. El caminar es otra forma de desplazamiento que difiere de la inmovilidad de los edificios.  Pero la alta velocidad y agilidad de los rodados es la más intensa negación de la ciudad quieta. En el rodar del automóvil, la urbe quiebra su fijación al cuadrado de la tierra. La rueda es el círculo que fractura la inmovilidad del cuadrado terrestre. Girar liberador de los automóviles que nace de los ruedas, de sus círculos de caucho. Caucho: esa sustancia  flexible oriunda de árboles sangrados, de líquidos emanados por las cortezas. Corteza de árbol. De bosque.

   Ruedas de caucho. En la simbólica ancestral, la rueda se hermana con el sol. Por una semejanza en su forma, la rueda se identifica con la esfera solar. El sol, mediante su rueda de fuego que gira en el cielo, derrama sus rayos, fertiliza la tierra.  Por extensión, lo que rueda en lo terrestre trae o propicia la fertilidad y la regeneración.

   De ahí la costumbre de arrojar ruedas en llamas por las laderas durante las fiestas medievales.

  El movimiento de la rueda solar sobre el suelo habla también de una proximidad entre el cielo,  como escena de libres movimientos (el cielo donde se desplazan nubes, sol, estrellas, aves, y tormentas), y la tierra, como cuadrado terrestre de la quietud.

    Y el movimiento de la rueda sobre la quietud del asfalto es un disimulado volar. Volar. Volar a ras de suelo, como en el caminar; volar a través de las calles y rutas como en el rodar del automóvil; volar en el cielo, como en el destino de la aeronave y el ave.

   Ruedas de caucho que giran y ensayan leves vuelos. Otro don del bosque no percibido en la urbe; otro pliegue no percibido del inconciente vegetal. La sangre del árbol permite el caucho, que es la sustancia de la rueda. La rueda es la que gira y obsequia movimiento y libera la quietud de la urbe y de la tierra. En cada movimiento de ruedas de automóvil la ciudad se libera de su pesadez. La rueda le concede así a la ciudad una pequeña elevación hacia el círculo celeste.  

  

  Son miles las especies herbáceas y arbóreas que generan pigmentos; algunos cientos de especies donan también los taninos. El tanino ha permitido la curtiembre de pieles. Y los pigmentos de origen vegetal regalan los ríos de colores que pintan las formas creadas por las civilizaciones.

  Y los pigmentos pintan las formas de la ciudad, de la civilización. Y los pigmentos pintores proceden de la patria de los árboles. Telas y paredes, metales y vidrios, se impregnan con los líquidos coloridos del bosque. 

   La ciudad oculta su osamenta de duros materiales bajo un omnipresente paño de colores. Las sustancias que primero genera el bosque concluirán luego, tras los procesos de la técnica, el vestido de la ciudad. Vestimenta que nace, al principio, en la patria de los árboles.

  Y la ciudad, cubierta por las pinturas vegetales, es extensión de la variedad de colores del bosque otoñal.

   Como ya manifestamos antes, el bosque multiplica sus colores durante la maduración de los frutos. En el otoño. Momento final de madurez y caída de hojas y retoños. En el latido otoñal, el bosque se pinta con diversos tonos. Se viste con lienzos multicolores de origen vegetal. Y lo que, en el reino de los árboles sólo acontece en una época precisa del año, en la ciudad ocurre como presente continuo. En la urbe se produce el continuo estallido multicolor del bosque otoñal. Quizá el policromático cintilar otoñal de la ciudad se revela con mayor plenitud en la urbe nocturna, en las calles esmaltadas con las luces de carteles, escaparates y viviendas. Luces de un escudo de muchos ojos encendidos. El rostro que la ciudad nocturna ofrece a quien la contemple desde la altura. 

    La diversidad permanente de los colores que barnizan la urbe es celebración de lo múltiple. Y la multiplicidad puede definirse como un agregado de cosas semejantes o como un agrupar elementos disímiles, sólo débilmente ligados.

   Y el camino de lo múltiple también puede revelar diversas realidades que existen simultáneamente

   Y los distintos colores de la urbe viven simultáneamente como las especies dentro del bosque.

  Y en el reino del árbol laten incalculables especies.

  Dentro del bosque, las especies diversas se ligan entre sí mediante la noción totalizante del ecosistema. Las especies simultaneas pertenecen así a un sistema único, unitario. 

    ¿Pero esta unidad puede, a su vez, ser autoconciente? Interrogante en principio ajeno a la explicación científica. Hasta aquí nuestro pensar pretendió meditar un inconciente vegetal dentro de la vasta urbe. Ahora, elegimos regresar al bosque y hurgar allí la posibilidad de la conciencia. Lo sabemos: el bosque como conciencia de sí sólo puede aflorar en tanto postulado ficcional, como hervor de una especulación filosófica-poética. Un devenir especulativo que puede animarse mediante por ejemplo una reflexión en torno al paisaje estepario y la singularidad de la vegetación boscosa.

  En su célebre viaje en el Beagle, Charles Darwin conoció las llanuras esteparias de la Patagonia argentina. Frente a la imagen de estas tierras, el biólogo experimentó el impacto de lo infinito, la supresión de los límites. La estepa patagónica es lisa, plana, sin formas que quiebren la monotonía. No entrega a la atención un algo particular. Y toda conciencia es conciencia de algo. Ante la lisura sin particularidades, sin "algos", la conciencia tiende a disiparse. La estepa así debilita o suprime la conciencia de las formas puntuales o limitadas. Es apertura hacia la inconciencia, en estados de no-conciencia sin las limitaciones del mundo físico. Estado de experiencia entonces metafísica.

  Y frente a la estepa y la inconciencia, vive el paisaje abigarrado del bosque.

   En el reino boscoso, existe una alta concentración de formas. Es el paisaje de la exuberancia de las figuras. Lo contrario de la vasta lisura esteparia. En el universo de la floresta se multiplica, hasta una potencia inescrutable, el "algo" del cual la conciencia puede ser conciente. En la vegetación pletórica y agrupada del bosque, el campo de la conciencia posible se intensifica. Crece hasta un vértigo no concebible por el mamífero pensante, el humano. Ningún humano podría enlazar en su conciencia individual con cada uno de los incalculables "algos" que existen dentro de la vegetación boscosa.

 Quizá el bosque sea la conciencia que une y contiene la densidad de esos "algos", los incalculables seres, especies, formas que viven, entrecruzados, en existencias simultaneas, dentro del mundo de la madera; quizá sólo el bosque puede ser conciente de cada algo, de cada forma o ser que son entre las marañas del follaje.

  Quien ha recorrido con pies sensibles los senderos boscosos, tal vez haya sido alcanzado por la certeza de ser observado atentamente por ojos imaginarios engarzados en la hojarasca, las cortezas y las ramas. Es la sensación de que una conciencia extraña nos observa, palpita con nosotros. Y en esos momentos de caminata nos anega acaso la oscura e intuitiva certidumbre de que el bosque vive, es conciente y que las penumbras que las cascadas de luz solar que se derraman sobre el suelo es el aspecto mágico y misterioso que surgen al caminar o respirar dentro de una conciencia no humana. Que nos contiene y acompaña.

  Al avanzar entre los árboles apretujados, el explorador romántico puede saberse dentro de una conciencia que podría representarse como un gran anillo que es conciente de los incalculables dedos, diversos, simultáneos que existen en la intimidad de su circunferencia.

  Y ese gran anillo es la conciencia del bosque. Un anillo distinto al creado por nuestra mirada...

  Nuestros ojos, empotrados a la misma altura que la cavidad craneana, observan lo que nos rodea. Y restringen lo real a lo observable. El anillo creado por nuestra mirada es lo observado en un aquí y ahora. Y el ojo, y el cerebro que se le somete, ignoran todo lo que existe simultáneamente fuera del pequeño redondel de lo que vemos. La percepción ocular repliega el mundo a un círculo diminuto, a nuestro pequeño anillo que no imagina todo lo que acontece paralelamente, simultáneamente, fuera de esa circularidad estrecha. Así ocurre cuando nos detenemos en un cruce de calles de una agitada ciudad. En nuestro derredor, personas y autos circulan con precipitación. La mirada percibe figuras fugaces, de bordes difuminados a veces, y el trasfondo de edificios y cristales enmudecidos. Y somos entonces el centro de nuestro pequeño anillo de lo observado. Y lo real es en ese instante únicamente lo que vemos. Por lo que nunca seremos concientes que, en en mismo momento, existe simultáneamente el cóndor que riega con sus alas lluvias de libertad indómita sobre las montañas andinas; y simultáneamente existe la leona que hunde garras afiladas en su última presa, y un meteorito que se desintegra sobre la Antártida, o una mujer que pare un nuevo corazón en una selva de Madagascar.

    En nuestro pequeño anillo no hay conciencia de simultaneidades. Como sí, acaso, ocurre en el conciente gran anillo del bosque.

   Lo sabemos y lo repetiremos: la existencia del bosque conciente es parte solo de una sospecha sensitiva de poeta. Una certeza que crece cuando el cuerpo alerta discurre un largo tiempo por los senderos de árboles y hojas. Entonces no nos es extraña la percepción de que el bosque es conciente. Que es un gran anillo que, de manera simultanea, percibe el avanzar temblequeante del escarabajo, el palpitar del roble y las dentelladas laboriosas del castor.

   Y solo desde una audacia poética, podría suponerse al gran anillo conciente del bosque capaz de un decir. El decir de enigmático monólogo interior, o de un diálogo con el cielo.

  Ninguna palabra, ninguna oración de ese lenguaje, llegara nunca al muelle agrietado de nuestros labios o al recinto pobre de nuestro intelecto.

  Pero tal vez algo de aquel lenguaje del bosque conciente, podamos escucharlo. Escucharlo a través de murmullos de viento que susurran entre las hojas; entre las ramas de los árboles que sonríen entre las músicas aéreas.

   Y el viento, no lo olvidemos, es aire que, como aire puro, respirable, nació del árbol. Y, ahora, luego de muchos viajes regresa a su origen, a la patria de los árboles.

  Viento que convierte cada particularidad del universo boscoso en tecla. Entre canciones de viento el bosque es un gigantesco órgano, de innumerables teclas. Viento concertista que toca las tecla del órgano verde y que desde el borde de las hojas acicaladas por las corrientes aéreas, expande murmullos, músicas.

  Murmullos que ahora nuevamente escucho. Músicas de una gran anillo que es conciente de mi cuerpo. Que se mueve entre caminos de árboles y  me anuncia, me recuerda, que el gran anillo del bosque existe dentro de otro, más poderoso e inescrutable, que me inventó y te inventó, sí, junto con el fuego de la madera.