Stalingrado y la aniquilación en lo finito, por Esteban Ierardo

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Tres francotiradores rusos se mueven entre las ruinas de Stalingrado. Forman parte de la batalla más destructora de la historia.En Stalingrado ocurrió la batalla más feroz de lo historia. No es posible olvidar tanto horror. Cerca de dos millones de humanos perecieron en aquella hecatombe que duró seis meses, entre agosto de 1942 a enero de 1943. Aquí, un artículo personal sobre algunos posibles sentidos no evidentes de la devastación en la ciudad-batalla de Stalingrado. El texto se ordena en dos latidos. Primero, una aproximación histórica a los modos y efectos de la destrucción; luego, una libre incursión simbólico-filosófica entre las ruinas y las llamas de la fatídica urbe rusa.

 

  •  E.I

STALINGRADO Y LA ANIQUILACIÓN EN LO FINITO
Por Esteban Ierardo

 

      Las nubes vomitan, lentas, la sangre. El cielo desciende a la tierra del hombre. Pero no trae la altura bella y celeste. Trae los espectros con guadañas. Que cortan millones de hilos de vida frágil. Llegan los espíritus de la muerte que acallan el corazón del soldado, de la madre y el niño. Y también silencian a los perros y los pájaros. Y a una ciudad: Stalingrado. La ciudad donde, con fervor milimétrico, se destruye el duro cemento y la carne viva.

  No es nuestro deseo aquí recrear los avatares decisivos de la batalla. No nos impulsa un anhelo de reconstrucción histórica. Queremos, mediante estas líneas,  cincelar una geometría de símbolos. ¿Qué guerra velada aconteció en la ciudad rusa junto a la batalla ostensible del cañoneo, la granada y la metralla? ¿En la urbe soviética de la más terrible batalla de la historia se despliega un tejido de sentidos todavía vigente?

  Pero antes de buscar trazas simbólicas, debemos revivir los huracanes bélicos del horror. Sólo algunos escasos rugidos del huracán podremos escuchar a lo lejos...

  Es agosto de 1943. El VI Ejército alemán de Von Paulus rodea Stalingrado, importante ciudad industrial a orillas del Volga. El cerco de las divisiones acorazadas, y de la infantería germana, es acompañado por la Luftawffe. Según cálculos de los propios rusos, la aviación invasora realiza más de treinta mil  vuelos al día. El efecto de la tempestad de bombas es demoledor. Inexorable. A diferencia de Leningrado, en Stalingrado la población civil es evacuada parcialmente, aunque esto no evitara su atroz mortandad.

   Los sobrevivientes buscan refugio en la otra margen del río. Allí, también se concentran las fuerzas del 62 Ejercito soviético a las órdenes del general Chukov. Desde aquella orilla se gesta la resistencia rusa. Allí vomitan fuego las poderosas baterías de artillería Katiuskas. En una flota de buques o en ligeros botes de goma, miles de soldados rusos atraviesan las aguas para arribar al calcinante dédalo de escombros de Stalingrado. Muchos perecen en el cruce. Y muchos más sienten el hielo letal de la muerte en la lucha cuerpo a cuerpo con el alemán. Miles de hombres mueren para conquistar los sitios estratégicos de la ciudad: la fábrica de tractores el "Octubre Rojo", "Barricadas", "Tractores"; y las fábricas mecánicas Dzerzhinski.

   Los combates son de una violencia salvaje y de un heroísmo desesperado en el caso de los soviéticos.

   En las primeras nueve semanas de combates los ataques alemanes son más de 700. En la colina Mamaia, de 102 metros, ubicada frente al desembarcadero central, se consuma una feroz carnicería con momentos parciales de triunfo y repliegue para ambos lados.

    Para el 1 de octubre, los alemanes dominan la mayor parte de Stalingrado. Pero en la otra orilla del Volga, los colmillos rusos permanecen indemnes. La energía combativa soviética allí no decrece. Por el contrario, se fortalece con nuevos refuerzos. Un poder de renovación de las fuerzas que no poseen los alemanes.

   Se combate ya casa por casa. Los rusos descubren  que la lucha a corta distancia los favorece. Se organizan redes de casas-reductos, unidas por galerías y pasadizos. Allí los stukas y los panzers invasores no pueden hacer valer su eficacia destructora. En la necesidad de atacar estos reductos de resistencia, los alemanes se deben hundir en el lodazal sangriento de la lucha cuerpo a cuerpo, que se limita a la ametralladora, la bayoneta o la granada de mano.

  La voluntad alemana de victoria se resquebraja. A sus bajas, y a la erosión de su moral, contribuye la mortífera puntería de los francotiradores rusos. El más célebre es Zailly Zaitev. Él solo, con el fuego preciso de su fusil, mata a 242 alemanes. Y sostiene un duelo con el mayor alemán Koning, del que sale vencedor (1).

  Y en noviembre el alemán recibe el saludo de su nuevo enemigo, de un opositor invencible. Del frío. Las nubes bajas. Las fugaces tormentas de nieve...Es el "general invierno".

   El termómetro se despeña hasta 20 grados bajo cero. O más. El infierno muerde al ruso que resiste. Pero destruye al germano. Que, no obstante, ataca con los últimos y tímidos coletazos de sus garras.

   Junto a los zarpazos iniciales del invierno, los rusos lanzan un ataque ambicioso con más de un millón de hombres. Ahora, los alemanes repiten la estrategia defensiva de los invadidos; ahora, los soldados de Von Paulus resisten en casas, fábricas, calles o en la colina Mamaia, la "colina de la muerte".

   Y la noche se hace más larga. Los alemanes caen a millares. Muertos. Enfermos. Famélicos. Suicidados. Luego escapan, para ser capturados y fusilados por sus propios compatriotas.

  El 1 de enero de 1943 el frío elige latir en los 40 grados bajo cero. Las raciones de comida para los alemanes se reducen a 100 gramos diarios. La última semana de enero, el Mando Germano abandona a 50.000 heridos refugiados en los subsuelos de silos de cereales, en sótanos de teatros y estaciones ferroviarias. Los muertos ya no se entierran a causa del duro suelo helado. Sus nombres ni siquiera son anotados. Hitler nombra a Paulus Mariscal de Campo; cree que, así, lo forzara al suicidio. Ningún militar de tan alto rango se había rendido antes. La consigna es la muerte honrosa por propia mano antes que la rendición. Pero el 2 de febrero Paulus se rinde. Opta por seguir palpitando. A pesar de que miles de sus soldados ya habían sido cegados por la hoz mortal del tiempo.

 

En seis meses de lucha, el 99 por 100 de Stalingrado es despedazado. En montículos de ruinas se desmoronan 41.000 casas, 300 fábricas y 113 hospitales y escuelas.

   Stalingrado es la mayor matanza militar de la historia. En su negro vientre mueren casi dos millones de hombres y mujeres. Casi 400.000 vidas alemanas se apagan. Lo mismo que más de 130.000 italianos, y cerca de 320.000 húngaros y rumanos. El ejercito ruso sufre 750.000 bajas entre muertos, heridos y desaparecidos. Antes de la tormenta asesina, vivían en la ciudad a orillas del Volga alrededor de 500.000 habitantes. Luego del final de la hecatombe, un censo habla sólo de 1.500 sobrevivientes.

  Tras la rendición del VI Ejercito, los rusos hacen alrededor de 500.000 prisiones entre alemanes, italianos húngaros y rumanos. De éstos 400.000 morirán en los siguientes meses de febrero, marzo, y abril de 1943. De los cautivos alemanes sólo volverán a su patria unos 5.000 luego de una década de cautiverio.

 

La geometría de los símbolos

    Los escombros aún expelen los humos de la muerte y del dolor de lo irrecuperable. En los aires estrangulados de cólera, flotan quizá todavía las cenizas de los hombres y de ignorados dioses despedazados por la guerra.

  Aquí caminaremos ya dentro de una geometría de símbolos...  

   En la Europa del siglo XIX la filosofía romántica aspiraba a que lo infinito se derrame en cada gema de lo finito. Era el deseo estético de percibir una plenitud radiante y explosiva en lo pequeño y particular. En la finitud se podría descubrir una ebullición intensa de la vida universal. El romántico anhela descubrir una infinitud creadora y trascendente en la dignidad de lo pequeño y singular.

   En Stalingrado, la apoteosis de la guerra sepultó la idealidad estética romántica. En la fulminada ciudad rusa, lo infinito no pudo estallar, pletórico y brillante, en la finitud. Lo finito fue adorado. Sí. Pero no como altar radiante. Stalingrado se convirtió en el sitio de mayor concentración de una perversa exaltación de lo finito.

  Muchas guerras y batallas se decidieron en campos abiertos, en la amplitud de lo espacial, en geografías derramadas sobre la lejanía y el horizonte. En Stalingrado, la ciudad pequeña, no la tierra amplia, fue la batalla. La guerra debió realizar un rápido aprendizaje de diferencias de tamaños y alturas entre calles y fachadas de fábricas a ser asaltadas o defendidas. Diferencias entre entidades urbanas que se convertían a su vez en las diversidades de ruinas de casas, edificios, calles, y fábricas de Stalingrado, la ciudad-batalla.

   En la ciudad rusa la conquista de lo finito adquirió una significación estratégica decisiva.  Miles de hombres murieron en salvaje combate por tomar, defender o reconquistar, lo finito de una fábrica, de una casa, un edificio, una estación ferroviaria o un desembarcadero (2).

   En la guerra convencional se conquista amplitudes. La conquista de una aldea y una ciudad, para proyectarse luego hacia otros sitios estratégicos. Hacia la victoria o la derrota en la amplitud de un territorio. Pero en Stalingrado, la guerra fue subyugada por la finitud. Se combatía dentro de lo finito. Macabro medio para una valoración extrema de la dignidad de lo pequeño. Una exaltación que fue la inversión del fervor romántico por el destello de lo infinito en lo particular. Exaltación de lo finito como milimétrica fuerza destructiva.

   Esta demencial fuerza de destrucción en cada átomo de ciudad es un anuncio olvidado. El anuncio que revela una cultura sin trascendencia real que se revierte sobre sí misma. Acaso Stalingrado sea la más violenta puesta en escena del sujeto y la ciudad moderna en su peligro de implosión, de reversión sobre sí. En la modernidad, el sujeto es flor pensante que cierra sus pétalos sobre sí mismo. La naturaleza, el cuerpo, lo exterior y diverso sólo son dentro del pensar del sujeto. Del sujeto moderno-cartesiano que no extiende sus brazos hacia algún huerto en el afuera. Todo es proyección del sujeto que piensa, significa y ordena. Y todo lo proyectado vive dentro del sujeto encerrado en su propia interioridad. La subjetividad filosófica moderna se condice con la ciudad que se repliega en su finitud. Ciudad cuyo corazón, aire y destino, hierve dentro de sus límites de concreto. Ciudad encerrada, revertida en lo pequeño.

  La ciudad expulsa como lo ajeno, como lo poco real, al agua y la tierra, el fuego y el aire soleado, y las brisas nocturnas espolvoreadas de luna. Ciudad sin vastedad, sin la trascendencia del afuera de lo natural. El sujeto racional de lo moderno también se recluye en la ciudad.

  Sujeto y ciudad niegan lo exterior. La violenta negación del más allá prepara un autoencierro destructor. Tendencia representada, por ejemplo, por una ciudad que, aprisionada en sus límites, se destruye con exhaustiva meticulosidad. El caso simbólico de Stalingrado.

  Nadie esperaba que Stalingrado se convirtiera en la ciudad del milimétrico encierro destructivo. Para rusos y alemanes fue una sorpresa. Un acontecimiento impuesto por sí mismo.

    En el punto más alto de la destrucción, aquello que destruye se desvanece. La ciudad del encierro demoledor, en la cumbre de su furia, conoce el fuego que desintegra, desfigura, desvanece. Esto es lo que revela algunos recuerdo del sargento Pavlov, que le dio su nombre a una trascendente locación en la urbe-batalla. La "Casa Pavlov", llamada antes de la guerra, "La casa de la Gloria del Soldado", era un palacete barroco de cuatro pisos en la plaza Nueve de Enero. Allí, un puñado de rusos, encabezados por el sargento Pavlov, resistirá durante dos meses. En su diario Pavlov anotó: "Stalingrado ya no es una ciudad. De día es una enorme nube de humo cegador, un gran horno iluminado por los reflejos de las llamas. Y cuando llega la noche, los perros se arrojan al Volga porque las noches de Stalingrado los aterrorizaban".

  Consecuencia previsible. La realidad ahogada en sí misma deviene fricción. Fricción entre las ruinas horadadas por las balas. Fricciones dentro de lo finito, dentro de lo encerrado. Fricciones que crean el fuego, las llamas donde la ciudad pierde su identidad y se desvanece en el caos desfigurador.

   Y el fuego desvanece y el agua expande. El agua se mueve y, en su devenir, recupera lo amplio, hace brillar el afuera. Desde el afuera de las orillas del Volga, del río, del agua, vino la fuerza que decidió la batalla de la ciudad desmoronada sobre sus propias ruinas. Gracias al agua Stalingrado recibió el movimiento que puso fin a su cerco mortal, a su finitud encerrada.

   Aún hoy, Stalingrado habla de una peligrosa producción de lo finito. De la finitud que renuncia a ser altar donde resplandece un afuera trascendente. Lo finito como pequeñez donde la amplitud es la destrucción y no el vasto reino de los elementos naturales. Esa finitud de Stalingrado, esa escena paradigmática, donde, de tanto en tanto, el humano libera su milimétrica voluntad de destrucción.

 

(1) El realizador francés Anaud ha realizado recientemente un film, su versión española se titula "Enemigo al acecho", que recrea la vida de Zaitev y las dramáticas jornadas de Stalingrado.

(2) Por supuesto que Stalingrado no fue la única finitud destructora en la historia de las guerras o en la propia segunda guerra. En este sentido la batalla de Monte Casino, o la destrucción concretada y despiadada de los bombarderos en Dresde  o en Hiroyima y Nagasaki pueden ser ejemplos del análisis simbólico que aquí realizamos.