El Titanic. Un naufragio y todos los naufragios, por Esteban Ierardo

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Imagen de la proa del Titanic en el profundo y oscuro lecho oceánico obtenida por una de las expediciones que, mediante la moderna tecnología de inmersión a grandes profundidades, han podido rescatar objetos e imágenes del navío que se creyó que nunca habría de hundirse.El hundimiento de Titanic es aquí pensado más allá de su habitual interpretación como un golpe del destino contra la arrogancia humana. En la consumación del trágico acto del naufragio no sólo interviene una misteriosa fatalidad sino también la posible y oscura participación humana. Este es el caso del hundimiento de Lusitania, el transatlántico inglés hundido por un submarino alemán. Según muchos investigadores, la tragedia del Lusitania fue urdida especialmente por el gobierno inglés para forzar la intervención de Estados Unidos en la primera guerra mundial.

 

En la sección de Galerías históricas de Temakel, pueden acceder a imágenes de los dos históricos barcos ( el Titanic y el Lusitania ) y un breve desarrollo sobre la todavía no revelada historia del Lusitania.

 

El hundimiento es el hecho atravesado por variables históricas políticas e ideológicas. Y es también un posible acto de doloroso regreso simbólico a una región olvidada de lo real.

 

E.I

 

 

EL TITANIC: UN NAUFRAGIO Y TODOS LOS NAUFRAGIOS

Por Esteban Ierardo

 

   El hierro muerde orgulloso el agua. La ciclópea silueta de metal derrama su vasta sombra. Dragones de humo se elevan libres y oscuros desde las cuatro chimeneas. La proa avanza hacia adelante. Se burla de la muerte. Y se anuncia en el océano como un faro de poder invencible. El Titanic no atraviesa el mar. Él es quien permite que las aguas fluyan a su alrededor.

  El seguro hierro que conocerá el lecho marino, nació en el tiempo de la confianza en la paz continua. El último gran conflicto en Europa había ocurrido en 1870. La guerra franco-prusiana, el ascenso de la estrella germana, las trompetas triunfantes de Bismark, fueron los últimos ásperos alaridos de la guerra. Ahora, en los grandes centros urbanos se danzaba. El futuro de una segura bonanza sembraba multitudinarios tendales de risas. Nada revelaba la cercana gran guerra de las trincheras. Los atabales de la alegría se confundían con las retahílas enérgicas de martillazos que en el astillero de la Harland and Wolff comenzaban a forjar la figura del Titanic. La White Star Line, compañía propietaria del gran navío, habían ya adquirido varios barcos destinados a un violento viaje hacia el fondo del mar. En 1873, el Atlantic colisionó con una roca en Halifax, Nueva Escocia. Perecieron 546 personas. Se dijo que un error de navegación y la falta de carbón ocasionaron el desastre. En 1893, el Naronic, el barco más grande del mundo en aquel entonces, se hundió en el Atlántico Norte. En 1899, el Germanic se volcó en el puerto de Nueva York. En 1907, el Suevic encalló en las costas de Cornwall. En 1909, el Republic se sumergió tras un choque con otro navío.

  El 31 de mayo de 1911, el Titanic fue botado en una ceremonia precedida por el director de la Harland and Wolff, Lord Pirrie. En la tribuna de invitados se hallaba Bruce Ismay, presidente de la White Star Line. El Titanic se convirtió así, oficialmente, en el barco más grande del mundo con una eslora de alrededor de 260 metros. Era el objeto móvil de mayor proporciones creado hasta entonces.

 Tras botar la embarcación, los trabajos para terminar el barco se concentraron en los interiores. La cubierta principal de primera tenía 152 metros de largo. En la parte delantera se ubicaban 34 aposentos para las llamadas "personalidades destacadas", cada una de las cuales contaba con una habitación, una sala de fumador y sala de lectura. Ya durante la travesía, en el comedor de primera clase podía ubicarse alrededor de 500 pasajeros de primera clase. Todos cómodamente sentados  y acariciados por una decoración de estilo jacobino. En el suntuoso ambiente chispeaban columnas doradas y resplandecientes cubiertos de plata exquisitamente labrados. Luego de una selecta comida, los comensales podían retirarse a las salsas de fumadores o de lectura donde un estilo georgiano rebullía en coloreados vidrios con elaboradas incrustaciones de nácar que  se empotraban en los panales de caoba de las paredes.

  En los camarotes de primera clase también imperaba un torrente de lujo ostentoso y detenidamente meditado. Los aseguradores del colosal navío habían reducido fuertemente el costo de sus primas. La convicción de que la nave no podía hundirse bajo ninguna circunstancia le ahorró a la White Star un flujo de dinero que dedicó a completar el equipamiento del buque.  El costo total de la construcción fue de 115 millones de libras esterlinas. Bueno es recordar que un operario de astillero sólo recibía un salario de 2 libras esterlinas a la semana. Una señal  de la desproporción entre el cuidado de los emblemas del lujo y el poder y el desdén por la dignidad del trabajo. Un desprecio que se continuaría con la decisión de reducir el número de botes del navío. El Titanic llevaba 3.560 salvavidas individuales. Pero su dotación de botes era únicamente de 16 unidades, sólo capaces de acoger 1.178 personas. Alexander Carlusle, el primer diseñador de la gran nave, había planificado unos 64 botes que, en caso de emergencia, habrían podido albergar a 3.547 personas, entre pasajeros y tripulación. Como es bien sabido, aquella displicente reducción condenó a cientos de seres a ser engullidos por el frío y despiadado mar nocturno.

  El 10 de abril de 1912, el Titanic abandonó la segura estrechez del puerto para navegar hacia su inopinado destino. Ya en mar abierto, alcanzó su máxima velocidad de 23 a 24 nudos.

  Los primeros días de navegación fueron serenos. Los pasajeros disfrutaron del paisaje oceánico y de distendidas caminatas por cubierta. Al llegar el domingo, el telégrafo del trasatlántico recibió numerosos mensajes de barcos cercanos que alertaban sobre la peligrosa presencia en la cercanías de numerosos iceberges. En un principio, estas comunicaciones fueron ignoradas. Luego, su insistente repetición consiguió que se le informara sobre la situación al capitán Smith, el veterano conductor de la gran embarcación ebria de confianza en sí misma. El capitán ordenó que se estuviera pendiente de la eventual aparición de amenazantes siluetas heladas en medio de la cerrada noche. A las 11: 40, la mayoría de los pasajeros habían regresado a sus habitaciones para dormir. No podían sospechar que el sueño que les aguardaba sería una meticulosa imitación del infierno. Al poco tiempo, estalló en cubierta un desesperado grito de alerta. Con relampagueante rapidez, desde el puente de mando se ordenó poner las máquinas en retroceso y girar a todo estribor para esquivar el mudo gigante congelado que los amenazaba. Todo en vano. La historia ya empapaba en un tintero de sangre la pluma con la que escribiría los hechos posteriores.

Imagen de la proa del Titanic en su tumba marina en el oscuro y frío lecho del Atlántico Norte.  Cuando se advirtió la insuficiencia de los botes para salvar a todos los pasajeros, brotó incontrolable el pánico. En los botes hubo poco lugar para los viajeros de clases humildes (aunque la desgracia llegó también a muchos de los más privilegiados del pasaje). Actos de desesperación y de sereno heroísmo se entremezclaron en un único anillo de caos. Resignado, y fiel a una vieja tradición de los marinos, el capitán Smith se retiró al puente de mando, para morir allí con la nave que era parte de su propio cuerpo. A las 1:40, en un ultimo y agónico quejido, el Titanic se partió en dos. La muerte llego rápido para llenar sus sombrías alforjas con más de 1500 vidas. El gigante de hielo había obligado al orgulloso navío a colmarse de agua, y a descender hasta la profundidad más solitaria.

 

 

Regreso a la oscuridad sin palabra 
El titanicLa desmesura tiene dos destinos. Su primer rostro es la senda del místico que rompe las frontera del yo y liga, o religa, al individuo con el todo. Otro destino de lo desmesurado es el hundimiento en el agua profunda de la caída. Ícaro le pidió a su padre Dédalo que le fabricara unas alas para volar. Dédalo, el constructor del laberinto de Minos en Creta, aceptó el pedido; pero bajo la condición de que Ícaro no pretendiera volar demasiado alto. Las alas fueron creadas con cera. Material cuya fragilidad manifestaba la intrínseca debilidad humana y su incapacidad para superar límites inalterables. Ícaro cayó en las fauces de la desmesura. Pretendió volar cerca del sol. Quiso violar el límite de la condición humana. Como famosamente reza el mito, las alas del humano temerario se derritieron. Ícaro entonces se precipitó en su sombra. Se hundió en las aguas del mar.

   El hundimiento del Titanic como emblemático embate del destino contra la desmesura humana es una interpretación habitual. Acertada, sí, pero quizá estrecha. El fenómeno histórico del hundimiento de hombres y navíos en el mar es mucho más complejo. La experiencia del naufragio es fuertemente polisémica. Naufragar es, en un sentido estricto, la repetida señal de la incapacidad humana para controlar el poder y hostilidad de los elementos. Pero el naufragio también habla de la naturaleza del mar y lo líquido, y de la fascinación y repulsión de la psique respecto a las profundidades.

  En los ancestrales mitos cosmogónicos, la liquidez del mar es la escena primaria de la existencia. Desde el agua aflora la diosa Eurinome de los pelasgos que parió un huevo de  plata del que luego surgió el mundo. De un océano emergió la colina primordial que es fuente de irradiación de la existencia ordenada en la mitología egipcia. En las aguas flotaba el dios hindú Visnú, la divinidad que piensa o sueña el universo. En el Enuma Elisch babilónico, antes del cielo y la tierra, era el monstruo marino Tiamat que custodiaba un oscuro océano.

  El agua que late en el origen es fuente de la existencia y, a su vez, es el caos que preexiste a la realidad ordenada. Aun cuando el agua se integre a un cosmos, conserva su impronta arcaica anterior al orden.

  La cólera del mar es el signo más visible del regreso de lo líquido a lo caótico previo al mundo del orden y la ley. Las tormentas en altar mar crean furiosos puños de olas. El viento, con sus dagas silbantes, contribuyen a la desaparición del océano calmo y al regreso al mar caótico. La Eneida virgiliana comienza con una gran tempestad. En la cultura grecorromana nació una tradición literaria que se expandió a Ovidio, Tíbulo, Propercio; o a Horacio, que destestaba el "oceáno dissociabilis", el mar que separa a las naves de una flota o a los hombres doblegados por los chicotazos de la borrasca marina. Para esta tradición el mar expresa todo su poder y su verdadera esencia durante las tormentas. El océano enojado, el caos líquido ostensible y violento, ejerce una poderosa fuerza de sustracción. Sustrae a los hombres de sus sueños de autosuficiencia; los sustrae del olvido de la condición ingobernable de la naturaleza.

  Pero, ante todo, el océano es el lugar enigmático por excelencia. El saber humano no puede arrebatar sus secretos. En el siglo XVII, se repetiría hasta el cansancio que Aristóteles se había suicidado por no haber resuelto la cuestión de las corrientes del Euripo. Aún hoy, el movimiento del agua por el globo terrestre no es comprendida plenamente.

  En las cultura antiguas, la tierra es pensada en relación a la acción modeladora del océano. Estrabon escribía: "Es sobre todo el mar quien perfila la tierra y le da su forma, modelando estrechos, istmos, penínsulas y cabos". No sólo el mar abriga la tierra y esculpe sus costas. También, desde el seno de la mitología y literatura clásicas, lo caótico, incontrolable y enigmático del mar se extiende al litoral, a las playas. En las costas viven los monstruos Escila y Caribdis. En el Telemacos las riberas son escenarios de repetidos naufragios, llantos, y despedidas desgarradoras.

 La tierra contorneada por el mar es, por lo tanto, lo que existe dentro de lo líquido. No sólo las olas, también el enigma del mar modela y muerde lo terrestre. La profundidad y amplitud del mar es ejemplo paradigmático de lo no comprendido, lo no sabido. Es el refugio ideal de la realidad como enigma. El descenso violento del navío naufragado es, entonces, una posible forma (no la única) de regresión simbólica a la oscuridad enigmática de lo real.

  A pesar de su espectacularidad, el mortal descenso del Titanic al frío lecho y del Atlántico del Norte no es un hecho histórico singular, único. El lujoso transatlántico hundido repite el doloroso regreso a las profundidades de la realidad fuera de ley y el orden humanos. El hundimiento como forma de regreso a lo enigmático ingobernable. El naufragio como figura arquetípica o símbolo está fuera de las preocupaciones del pensamiento académico tradicional o de la interpretación de lo histórico como encadenamiento de procesos políticos, económicos, filosóficos-científicos. Pero el pensar que no lo elude lo desacostumbrado puede vislumbrar el naufragio como categoría arquetípica general. El naufragio como regreso a la oscuridad marina, ajena a nuestro común deseo de conocimiento de un mundo ordenado de fenómenos.

  Todos los naufragios son repeticiones del naufragio arquetípico. Una reflexión que permite trascender la interpretación corriente del Titanic como desmoronamiento de la arrogancia de una triunfante burguesía mercantil e industrial. 

  El naufragio como regreso al enigma líquido previo al orden no puede desligarse tampoco de la fascinación ambigua por las profundidades. La colosal recaudación generada por la versión cinematográfica de James Cameron de la historia del Titanic evidencia la fascinante atracción que sigue provocando el naufragio del barco de la White Star. Sin necesidad de una demostración racional, la psique colectiva intuye en el hundimiento del gran transatlántico un hontanar de significados. Esta caliente profusión de sentido atrae y fascina. Fascina la teatralización marina de la caída del hombre presuntuoso; fascina la destrucción en la noche, el puñal helado del témpano clavado en un flanco del arrogante y flotante bólido marino. Pero quizá, la más discreta y fuerte fascinación proceda de la ruptura de la historia como narratividad previsible. El Titanic era el centro de una narración segura: el barco que abandona el puerto; atraviesa el mar sin zozobras, con seguro y altanero paso. Unos pocos días después, llega entre gritos de alegría a Nueva York. Todos estos eran los momentos de una narración ya consumada. Eran los instantes de un relato seguro e inmodificable. El inesperado hundimiento libera a la historia como narración; le concede el poder de bifurcarse hacia lo imprevisible. El Titanic hundido como consumación de la imposible restituye a la historia su capacidad de narración incierta y trastocable; de una historia preñada por una potencialidad explosiva y sorpresiva. Los hechos planificados pueden así saltar con audaz enfado hacia lo inaudito. Esta transgresión de la narración segura, ya cerrada de antemano, fascina. Fascina la recuperación de la narración que se sale de sí y se escribe fuera de lo que debería ser.

  Pero aquí la fascinación encantada se disuelve. Lo que quebró la narración segura fue un hundimiento: la salida de la superficie que contiene para regresar a la oscuridad que anula el relato del hombre como soberano, como sujeto dominador de los fenómenos. 

   Más allá de su posible dimensión simbólica, el naufragio siempre es una violenta devastación de lo humano. Su realidad más empírica e inmediata es, en numerosos casos, la desesperada muerte del ahogado, la macabra y solitaria inmersión en el mar inmisericorde. Con un espanto acaso imposible de imaginar, el navío y la víctima humana del naufragio regresan a la profundidad del mar. A la oscuridad líquida que simboliza la realidad como un enigma más hondo que las palabras. 

  La mente del hombre medio occidental es educada para ignorar la realidad que desconoce el lenguaje verbal. Los desiertos, las montañas ásperas, los hielos polares, los bosques y selvas intrincados, existen sin escuchar ni torcerse ante nuestras palabras. Sólo reconocemos la realidad nombrada. El espacio definido por los ordenadores conceptos de la cultura. Pero, hay pliegues de lo inconciente donde no alcanza el hierro de la educación a dejar su marca. Ciertos hechos pueden restablecer la comunicación de la mente ya modelada con ese trasfondo oscuro. El hundimiento del Titanic despierta el recuerdo de la realidad que existe libre del aguijón clasificador de las definiciones, de las palabras. Esa realidad como profundidad que no escucha el tejido de palabras mediante las que la cultura expulsa lo enigmático ingobernable. La profundidad silenciosa. El naufragio del Titanic y de todos los naufragios como el hundimiento que reaviva el simbólico regreso a la profundidad de la realidad como oscuro silencio prehumano. Regreso al abismo como  zona silenciosa y arcaica y olvidada por la conciencia.

   La evocación del hundimiento enciende el temor ante el seno misterioso del mar como metáfora vivaz de la oscuridad enigmática. Que acaso fue nuestra primera casa. La fuente, el origen de lo que vive y aun de lo que muere. Esa primera casa acaso del vientre maternal y cavernario, de la interioridad profunda y no visible de la materia. Esa primera casa que siempre sigue allí. Y que la mente moderna y occidental sólo entreve, turbiamente, en el hundimiento de un desgraciado trasatlántico.