La obra de Guillermo Enrique Hudson, por Esteban Ierardo

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Guillermo Enrique Hudson nació en 1841, en una estancia argentina, “Los veinticinco ombúes”, en la provincia de Buenos Aires. Hijo de inmigrantes norteamericanos, Hudson se trasladó con su familia a otro hogar entrañable: “Las acacias”, cerca de la localidad de Chascomús. A los treinta y tres años, emigra a Inglaterra. Allí morirá en 1922. Durante su medio siglo en la ciudad de la niebla, Londres, Hudson escuchó el canto de los pájaros, aspiró los preciosos aromas de las hierbas. Y escribió sobre la verdad de las aves, sobre los latidos y ritmos de la vida natural. Pero la fuente de su escritura no fue esencialmente lo percibido en Inglaterra, sino lo que el escritor experimentó en las Pampas y la Patagonia argentinas.

Sus libros en inglés fueron la remembranza y transcripción de lo vivido en las tierras donde los hombres se comunican a través de las voces españolas. Paradójica peculiaridad ésta de Hudson. Una obra que gira en torno a la naturaleza y geografía argentinas, plasmada en inglés. ¿Pero cuál fue el resplandor más singular y nítido de su literatura? Hudson fundió la aptitud para la observación del naturalista con la tersa sensibilidad del artista. Creía en una forma de arte anterior a la generada por el talento humano. Con antelación a la escultura, a la catedral, o a una pintura o una sonata, la naturaleza, la Diosa Tierra, crea su propia obra, su propio lienzo inventivo donde rebullen los collares multiformes de plantas, piedras, y nubes. La naturaleza visible es el signo de un arte primigenio, no humano, desplegado en las tres dimensiones del espacio. El naturalista Hudson percibió las bellas y artísticas formas de la Tierra Mater. Y escuchó su música, su expresión sonora y expansiva. La musicalidad de los pájaros. El canto de las aves. Voz primaria del mundo como la del agua y el viento.
De pie o a caballo, Hudson recorrió las llanuras de la Pampa, las extensiones de la provincia de Buenos Aires, en pos de las aves y su cantar. Y también en busca de los animales y el conocimiento de sus hábitos y faenas. Así se forjó un cuerpo sensible, un espíritu atento, capaz de percibir las sutiles polifonías de la vida natural. Hudson no sólo contemplaba y observaba y describía el mundo natural y animal. También desparramaba sus latidos, expandía su aliento sobre aquel mundo. Para él, el pájaro no sólo gorjeaba en el afuera, en la distancia, con sus misteriosas cuerdas vocales. El ave también cantaba entre los meandros de su cerebro, dentro de los pliegues de su escritura. El estilo literario de Hudson es la continuación de la límpida y sonora voz de los seres alados.
En ese instante el ornitólogo, el hombre de la ciencia natural, devendría poeta, hacedor de bellos castillos de palabras, de fúlgidas imágenes donde todo lo observado continuaba vivo en la escritura. Dentro de los libros de Hudson, viven el ave típica de la pampa argentina, el chajá (1), y el caballo salvaje, el ñandú, vizcachas y roedores, las serpientes y los ombúes.
En 1871 Hudson visitó la Patagonia. Sus posteriores recuerdos de aquel viaje se expresarían en Días de ocio en la Patagonia. El escritor se adentra en las estepas desoladas, monótonas, típicas del este de la geografía patagónica. En el horizonte no se encrespaba ninguna montaña, las mejillas de la tierra no eran surcadas por ningún río, en el paisaje no palpitaba ningún puñado de árboles. El viento se había acallado. El naturalista poeta aspiraba una soledad rotunda. Percibía entonces la extrañeza y la antigüedad de Patagonia.
Y debajo de una bóveda celeste, radiante y despejada, el artista experimentó una transformación, un regreso. Un retorno. El retorno a la percepción del animal. En aquella situación, para Hudson no existía ya ninguna diferencia entre su cuerpo y su entorno de tierra vasta, acicalada por un aire y una luz indiferentes a todo lenguaje humano. Otra vez el escritor se convertía en la naturaleza que narran sus libros.(2)
En Hudson, como en los mitos de las antiguas culturas, la naturaleza no es una idea, una inexpresiva extensión de espacio para ser dominada y controlada por el homo sapiens. Por el contrario, el mundo natural es un arco en tensión, una corteza rebosante de savia. Un único torrente de agua viva que todo lo humedece y empapa.
El medio ambiente no sólo es vida sino también ira, la furia latente. Furia, la ira de la naturaleza que puede verterse como castigo sobre los hombres. Así lo manifiesta Hudson en su capítulo “La guerra contra la naturaleza” en Días de ocio en la Patagonia. Los hombres buscan roturar los suelos, succionar de los senos generosos de la Diosa Madre, la leche nutricia. La leche contenida en los frutos y las cosechas. Pero el hombre moderno busca arrebatar aquel alimento sin pedir, ni agradecer. Por eso, la madre naturaleza, al sentirse violada y burlada, levanta en alto el hacha de la venganza. Y convoca a un ejército de langostas, al poder de las tormentas, y de las aguas desbordadas para asolar y destruir a aquel que buscó poseerla sin haber pedido antes un humilde permiso(3). Hudson puede ser apreciado así como escritor de la prioridad de lo natural sobre la conciencia y las palabras humanas. En su mundo literario, el espacio, el aire, el cielo y los árboles, los pájaros y el resto de los animales, hablan por sí mismos. El escritor es sólo otra voz entre los coros de la vida. Acompañar su sonora escritura es respirar a través del pulmón del ave y la garganta honda de la Tierra.
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Ilustraciones (de arriba hacia abajo): 1: Guillermo Enrique Hudson, 2: Un ñandú, un animal típico de la Pampa argentina, la geografía en la que se inspira buena parte de la obra de Hudson.

NOTAS:

(1) Para consultar texto sobre el chajá, ver abajo Textos de Guillermo Enrique Hudson.

(2) Sobre esta experiencia de Hudson en la Patagonia, se puede consultar Las llanuras de la Patagonia en textos de consulta abajo.

(3) Sobre la actitud hostil del hombre con la naturaleza y sus consecuencias, abajo texto de Hudson La guerra contra la naturaleza.

Textos de Guillermo Enrique Hudson:

El chajá

Las llanuras de la Patagonia

La guerra contra la naturaleza