Artigas. El oberá pacarai,"el señor que resplandece", por Esteban Ierardo

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    José Gervasio Artigas es el más vivo brillo del federalismo en el Río de la Plata en el siglo XIX. Fue primero estanciero, luego contrabandista de ganado hábil en burlar y desafiar a las autoridades españolas. Después se convirtió en capitán de Blandengues y, finalmente, tras la ruptura de Buenos Aires con España, se constituyó en el más amado y respetado líder de la Banda Oriental. Artigas fue una especie rara de hombre: el que es fiel a su discurso y vive según lo que predica. Artigas no se enriqueció, no conspiró ni traicionó. Cuando su tiempo de liderazgo pasó, aceptó el exilio en suelo paraguayo y, allí, vivió humildemente del trabajo de la tierra y, al comienzo, de una magra pensión que le enviaba José Gaspar Rodríguez de Francia, dictador de Paraguay. Aquella pensión, y los frutos de su pequeña granja, lo obsequiaba a los campesinos pobres y los indios guaraníes. Y los guaraníes lo llamaron oberá pacarai, "el señor que resplandece".      Artigas es símbolo de una ética encarnada. Fue el opuesto del tan extendido hombre-pantalla contemporáneo, el hombre-simulacro, el hombre (político en muchos casos) que, por conveniencias personales, finge adhesión a valores elevados. El gran oriental fue lo contrario de la ética viciada de hipócrita retórica. Fue el oro ético forjado por cada acción del hombre auténtico.    El texto que les presento a continuación fue escrito originalmente para su próxima edición en el número tres de la revista Diaporias, realizada en el contexto de la cátedra de Filosofía de la carrera de sociología de la Universidad de Buenos Aires. El sentido fundamental de este artículo es homenajear a uno de los más nobles frutos de la tierra americana.  Esteban Ierardo     José Gervasio Artigas es el más vivo brillo del federalismo en el Río de la Plata en el siglo XIX. Fue primero estanciero, luego contrabandista de ganado hábil en burlar y desafiar a las autoridades españolas. Después se convirtió en capitán de Blandengues y, finalmente, tras la ruptura de Buenos Aires con España, se constituyó en el más amado y respetado líder de la Banda Oriental. Artigas fue una especie rara de hombre: el que es fiel a su discurso y vive según lo que predica. Artigas no se enriqueció, no conspiró ni traicionó. Cuando su tiempo de liderazgo pasó, aceptó el exilio en suelo paraguayo y, allí, vivió humildemente del trabajo de la tierra y, al comienzo, de una magra pensión que le enviaba José Gaspar Rodríguez de Francia, dictador de Paraguay. Aquella pensión, y los frutos de su pequeña granja, lo obsequiaba a los campesinos pobres y los indios guaraníes. Y los guaraníes lo llamaron oberá pacarai, "el señor que resplandece". 

  Artigas es símbolo de una ética encarnada. Fue el opuesto del tan extendido hombre-pantalla contemporáneo, el hombre-simulacro, el hombre (político en muchos casos) que, por conveniencias personales, finge adhesión a valores elevados. El gran oriental fue lo contrario de la ética viciada de hipócrita retórica. Fue el oro ético forjado por cada acción del hombre auténtico.

  El texto que les presento a continuación fue escrito originalmente para su próxima edición en el número tres de la revista Diaporias, realizada en el contexto de la cátedra de Filosofía de la carrera de sociología de la Universidad de Buenos Aires. El sentido fundamental de este artículo es homenajear a uno de los más nobles frutos de la tierra americana.

Esteban Ierardo

 

ARTIGAS
El oberá pacarai, "el señor que resplandece".
Por Esteban Ierardo

I. En el cielo, las nubes galopan entre algodones. Y los vientos soplan, indiferentes a los corazones humanos que palpitan abajo. Los pechos que laten son los de mil trescientos buscadores de la libertad de su tierra, del suelo oriental. Quieren que sean libres los hombres y mujeres de su patria. Su patria: los ríos y bosques, las llanuras y rocas, el pasado y presente vivo de un pueblo. Quieren que todo se emancipe del puño español. Que oprime los espíritus. Andrés La torre está al mando. Y La Torre recuerda las órdenes del Protector de los Pueblos Libres.

  Y un oriental disfruta la suave calidez de una brisa pasajera. Otro, acaricia su caballo; otro, en silencio, ensimismado y con una tenue sonrisa colgándole de los labios, evoca los colores de la mujer que dejó en un lejano campamento. Y la tierra misteriosa, la Madre, piensa entre las plantas y la firmeza de las piedras.

  Y se desata una inesperada tormenta. Una tempestad hecha de dardos letales, de cientos de balas. Los puñales de fuego silban con indiferencia antes de destrozar los pechos; antes de perforar las caras y los cráneos. Y ochocientos valientes, ochocientos hijos de la Banda Oriental, se desploman entre salpicados regueros de sangre. No tienen tiempo para recordar el último amanecer.

  En Tacuarembó sólo quedan quinientos orientales que pueden recordar su suelo y el Grito de Asencio, el primer grito oriental de la libertad. Son ahora prisioneros del ejército portugués que invadió su patria y que los atacó por sorpresa. Dentro de su alma sufrida, corren las imágenes y los recuerdos de la última visión del líder, del caudillo, del Protector, de José Gervasio de Artigas. Artigas: el que no traiciona, el que no defrauda, el que señala por donde cabalga la esperanza.

  Unos pocos sobrevivientes que escaparon de la masacre de Tacuarembó le relatan al Protector el día de la larga muerte. Poco después, llega la confirmación de que Fructuoso Rivera, al frente del gobierno en Montevideo, ha firmado un armisticio con los lusitanos. Artigas confiaba en Rivera. Rivera lo ha defraudado. Lo mismo que Ramírez, tras la batalla de Cepeda (1).

   Y el Protector de los Pueblos Libres se reúne con los delegados de Corrientes y Misiones, los territorios que aún lo apoyan. Se consuma el último Congreso convocado por Artigas, el 24 de abril de 1820. La asamblea sanciona el Pacto de Ábalos, donde se pondera, una vez más, la forma federal de gobierno. Así, en su artículo quinto se dispone que: " las provincias de la Liga no pueden ser perjudicadas en la libre elección ni en su administración económica según los principios de la federación" (2).

  Luego de la unidad política federal entre la Banda Oriental, Corrientes y Misiones, se acuerda darle batalla a Ramírez, el caudillo entrerriano. Una vez más, el coraje arde en el Protector. Otros bravos acompañan su firme puño de fuego de líder federal. Pero la sangre triste de muchos guerreros caídos va pintando el derrumbe final en las batallas de Yuquerí, Mocoretá, Sauce de Luna, las Osamentas. Los hombres mueren. Mas otros emergen tras las huellas de los muertos. En las memorias de un gaucho, del gaucho Cáceres, se asegura que "era tal el prestigio de Artigas entre aquella gente que, a pesar de verse perseguido incesantemente en su tránsito salían los indios a pedirle su bendición y marchaban con él como en procesión con sus familias, abandonando sus casas, sus vaquitas, sus ovejas" (3).

Caciques indígenas brotaban de la espesura del bosque chaqueño para ofrecerle sus flechas y sus vidas al Protector. Pero el hombre con la llamarada libre entre los párpados, atisba aquellos pájaros...esos negros pájaros que se descuelgan desde un cielo oscuro, sólo poblado con cenizas de estrellas. La ladera hacia la cima se derrumba. No es el tiempo aún para celebrar la libertad en una cumbre desnuda.

  Artigas debe cabalgar solo hacia el horizonte. Pero lo acompañan su ordenanza, el negro Ansina, y dos sargentos. Luego de algunas semanas de veloz cabalgata, logran dejar atrás a la vanguardia de Ramírez, que los persigue. Finalmente, en lontananza, cabrillean los fucilazos de verde de la selva paraguaya.

  Allí, gobierna el doctor José Gaspar Rodríguez de Francia, el supremo dictador de Paraguay. El Protector imagina su inminente cabalgata hacia Asunción, el corazón paraguayo. Y ya cabalga. No llora. Flota en pensamientos secretos. Aún lo acaloran las muchas caricias que sus manos sembraron en el rostro de su tierra...

 

 

   II. El 19 de junio de 1764, José Gervasio Artigas nació en Montevideo. Su padre, Martín José Artigas, fue cabildante real y capitán de milicias. Por sus servicios al rey le fueron entregadas numerosas hectáreas de fértiles tierras que consolidaron la economía familiar.

  José Gervasio recibió su primera educación de los padres franciscanos del colegio de San Bernardino. Gustaba del placer de cabalgar por las llanuras y cuchillas de la Banda Oriental. Su personalidad era vigorosa, predispuesta a la acción física pero también inclinada a la reflexión. Sus padres le auguraron un destino religioso. Pero el joven optó por las labores campestres. Se encargó de la administración de la estancia paterna El Sauce. En la proximidad de la tierra el bisoño Artigas descubriría no sólo la geografía de su patria, sino también el paisaje espiritual de los humildes gauchos que habitaban la campaña.

  Ávido de independencia, a los 18 años renunció a las propiedades familiares y se dedicó a arriar tropillas de vacunos y caballos hacia la frontera portuguesa. Se convirtió en contrabandista de ganado. Sus habilidades para eludir y humillar la persecución de las autoridades coloniales le granjearon fama en toda la provincia oriental. El propio virrey Olaguer Feliú advirtió que era mejor atraer al rebelde personaje al bando del orden establecido antes que continuar persiguiéndolo. Así, le ofreció la jerarquía militar de teniente del cuerpo de Blandengues.

En 1805 el Almirante Nelson derrotó inapelablemente a los españoles (aliados entonces con los franceses) en la batalla de Trafalgar. Esto abrió a Gran Bretaña el camino hacia las colonias de la América hispana. En 1806 estalló la primera invasión británica a Buenos Aires. Artigas combatió en las calles de la gran ciudad-puerto del Río de la Plata. La resistencia fue organizada por el capitán de navío Santiago de Liniers. Los soldados de las casacas rojas fueron derrotados. Artigas recibió el encargo de llevar el anunció de la victoria al gobernador de Montevideo Pascal Ruiz Huidobro. En el viaje a través de las aguas del río descubierto por Solís, su embarcación naufragó. Mediante sus habilidades como nadador, el mensajero logró arribar hasta la costa.

  Luego llegaría la debacle de una segunda invasión de Buenos Aires consumada por los hijos de la tierra de Shakespeare y de famosos corsarios. La soberanía española sobrevivía airosa. Pero los nativos de Buenos Aires que pudieron derrotar a los soldados del rey Jorge III, descubrieron su propia valía, un estímulo para una futura acción independentista.

  En 1808, Napoleón invadió España. En la llamada farsa de Bayona, la corona se transfirió de manos de Fernando VII a José Bonaparte. La resistencia española fue organizada por la Junta de Sevilla. Pero, en 1810, aquel frágil organismo de gobierno se derrumbó al caer la urbe sevillana en manos galas. Había llegado la oportunidad para la liberación de España, para demoler su asfixiante monopolio económico y acceder a la libertad de comercio.

Bajo la famosa "máscara de Fernando", en Buenos Aires, el 25 de mayo de 1810 (y tras un cabildo abierto tres días antes), se constituyó una junta de gobierno independiente. Su secretario, Mariano Moreno, convocó a Artigas. Como consta en el Plan revolucionario de operaciones del autor de la Representación de los hacendados, al capitán de Blandengues José Gervasio Artigas y al capitán de dragones José Rondeau se le concedían "facultades amplias, concesiones, gracias y prerrogativas"; ya que, de esta manera, "harán en poco tiempo progresos tan rápidos que antes de seis meses podría tratarse de formalizarse el sitio de la plaza de Montevideo" (4).

  El 25 de febrero de 1811, cien hombres se reunieron en los campos de Asencio Grande, cerca de la desembocadura del Río Grande. Dirigían a los paisanos Pedro Viera y Venancio Benavídez. Sus gargantas se hermanaron para proferir el famoso grito de Asencio, el "vencer o morir" (5). Este lema se imprimió también en la espada y la voluntad de Artigas. El 18 de marzo de 1811, en Las piedras, el gran oriental derrotó a mil doscientos veteranos soldados españoles.

  Artigas puso luego sitio a Montevideo junto a las tropas de Buenos Aires conducidas por José Rondeau. El gobernador Elío, convertido en nuevo virrey del Río de la Plata tras la expulsión de Baltasar Hidalgo de Cisneros, ordenó la expulsión de la ciudad de todos los sospechosos de simpatizar con los rebeldes. Nueve religiosos franciscanos fueron expulsados. Entre ellos se encontraba el cura José Monterroso, quien luego actuaría como diligente secretario de Artigas.

  Buenos Aires no deseaba concentrar demasiados recursos en la lucha con los realistas de Montevideo. Prefería atender a su endeble Ejército del Norte; pero tampoco podía desentenderse porque Montevideo podría oficiar de plataforma para un peligroso ataque español contrarrevolucionario. Manuel de Sarratea, comisionado por la ciudad-puerto argentina, influyó fuertemente para concertar un armisticio con Elío durante el Primer Triunvirato de Buenos Aires, instituido en 1811. Aquí comienza el resquemor de Artigas hacia la orgullosa ciudad que venció a los ingleses; resquemor que luego crecerá hasta convertirse en abierto repudio mutuo.

  Poco después del Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810 y después de la constitución de la primera junta de gobierno patrio, su secretario, Mariano Moreno, envió una circular al interior; por la misma se invitaba a las provincias a que enviasen representantes para unirse a la junta según su orden de llegada. Uno de los propósitos de la ampliación de la junta gubernativa era acordar una nueva forma de gobierno. Era el inicio del largo proceso de fallidas tentativas para la concreción de una constitución que rigiera sobre la amplitud del territorio del antiguo virreinato del Río de la Plata.

En 1813 fue convocada una asamblea legislativa. En el Congreso de las Tres Cruces se sancionaron las instrucciones de los representantes de la Banda oriental para esa reunión legislativa. Encabezados por Artigas, los orientales exigían en primer término "la independencia absoluta de estas colonias", y que "ellas están absueltas de toda obligación de fidelidad a la corona de España y la familia de los borbones" (6). Mientras Buenos Aires aún alentaba proyectos monárquicos (7), Artigas arremetió con encono contra toda tentativa de regresión a una situación prerrevolucionaria. La constitución a discutir debía garantizar  "a las provincias unidas una forma de gobierno republicano" y "no admitir otro sistema que el de la Confederación para el pacto recíproco con las provincias que forman nuestro estado" (8).

  Los diputados orientales fueron rechazados. La propuesta artiguista de una confederación, de un plexo de provincias independientes unidas bajo un posible gobierno nacional, era inaceptable para las pretensiones de concentración del poder político de los dirigentes porteños. Los acres muros de la distancia entre el gran oriental y Buenos Aires se ensanchaban.

  Elío recuperaría el control de la Banda Oriental y la mitad de la provincia de Entre Ríos. La situación era inaceptable para el orgullo oriental. Había que abandonar todo cobijo bajo las armas españolas. Había que emigrar. Comenzó entonces el célebre éxodo oriental. Una caravana de seis mil personas hilvanaron un serpenteante camino hacia el norte. Durante meses cabalgaron, con la frente en alto y en un mismo torrente humano, mujeres y hombres, gauchos, militares, hacendados, indios, negros, niños y ancianos. Luego de quinientos kilómetros de tenaz marcha se establecieron en el campamento de Ayuí, en las proximidades de Concordia, Entre Ríos.

  Luego de restablecer un nuevo sitio del Montevideo, Artigas se retiró del cerco. En enero de 1814, en Buenos Aires, se creó una nueva magistratura para la unificación del poder ejecutivo, el Directorio Supremo, que sería ejercido por primera vez por Gervasio Posadas, sobrino del intrigante Carlos María de Alvear (9). El Director Supremo se lanzaría contra la peligrosa energía federal artiguista. En un oficio declaró al jefe oriental "infame privado de sus empleos, enemigo de la Patria...se recompensará con seis mil pesos al que entregue la persona de don José de Artigas vivo o muerto" (10).

  Y el 12 de marzo de 1814, el gobernador de Corrientes, el porteño José León Domínguez, fue depuesto. La provincia correntina se integraba a la llama libertaria de Artigas. Posadas decidió entonces un cambio de táctica. Envió comisionados para negociar con el Protector de los Pueblos Libres. En abril de 1814, firmaron un tratado donde, en el artículo tercero, se aclaraba la enfática independencia de la Banda Oriental de Uruguay. Pero esta reclamada libertad política no debe ser confundida con un proceso separatista, con una escisión de las Provincias Unidas, ya que "esta independencia no es una independencia nacional; por consecuencia ella no debe considerarse como bastante para separar de la gran masa a unos ni a otros pueblos, ni a mezclar diferencia alguna en los intereses de la revolución" (11). La confederación propuesta con anterioridad en las instrucciones de los diputados orientales a la Asamblea legislativa de 1813, no es unión entre estados independientes (lo cual sería el sentido más riguroso o estricto de la unión confederada) sino unidad federativa entre provincias fuertemente autónomas que acepta la pertenencia a la unidad mayor de la nación que las contiene y define.

 El tratado fue categóricamente rechazado por Posadas. La abierta repulsa entre orientales y porteños recuperó su quemante vehemencia.

En 1815, Artigas era el indiscutido conductor de la Banda Oriental desde la recientemente fundada Villa Purificación. Andresito y Lavalleja estaban entre los lugartenientes más destacados del Protector.

Tras la invasión portuguesa de la Provincia Oriental en 1811, el saqueo del ganado se había incrementado. En esta actividad depredadora participaron las tropas españolas, las de Buenos Aires, y los gauchos orientales que no encontraban otra forma de subsistencia. La mortandad creciente del ganado vacuno favorecía a estancieros y comerciantes que acumulaban miles de cueros para lucrar luego con su exportación. Ante el desorden y empobrecimiento de la campaña, Artigas reaccionó con el revolucionario Reglamento de Tierra (llamado puntualmente Reglamento provisorio para el fomento de la campaña y seguridad de sus hacendados, del 10 de septiembre de 1815). La aspiración revolucionaria de Artigas era radical, no se contentaba sólo con la ruptura política con la corona española. La independencia debía colmarse con contenidos sociales igualitarios. Se debía buscar que "los más infelices fueran los más privilegiados".

La pretensión de Artigas era mutar a muchos negros libres, zambos, indios y criollos pobres, en una nueva clase de pequeños hacendados propietarios. A cada hombre de humilde condición se le entregaría una legua y media y de cien a cuatrocientas cabezas de ganado. Las tierras y ganado surgirían de la expropiación de los "emigrados, malos europeos y peores americanos". La confiscación afectaba principalmente a los hacendados partidarios del bando porteño, a los que se habían adueñado fraudulentamente de terrenos, y a los grandes propietarios españoles.

   Cada beneficiario por la concesión de tierras debía " formar un rancho y dos corrales en el término preciso de dos meses" (12). Si no se cumplía con este requisito, los terrenos se donarían " a otro vecino más laborioso y benéfico a la provincia". Se evitaba la acumulación de la tierra a fin de impedir el surgimiento de un sistema de testaferros manipulado por grandes terratenientes. De modo que cada beneficiario sólo poseería "una suerte de estancia" que no podría ni enajenar ni vender.

  El reglamento ambicionaba eliminar el saqueo de ganado y aumentar la riqueza agrícolo-ganadera, meta indispensable para la recuperación económica de la Banda Oriental. Pero, a su vez, su innovador propósito era mejorar la condición social del gauchaje empobrecido. La revolución no es sólo libertad para una burguesía mercantil, ilustrada y ambiciosa. Es también la distribución del oro de la vida digna entre el pueblo (13).

  La trascendencia histórica de Artigas se entreteje fuertemente con la doctrina federal. En la segunda mitad del siglo XVIII y a comienzos del siglo XIX, Estados Unidos no era todavía el epítome de la rapacidad imperialista. Su política irradiaba entonces una saludable luminosidad pionera. Bolívar encontró en el gobierno republicano federal estadounidense el faro que iluminaba el camino de las libertades políticas (14). La sanción de la constitución de Estados Unidos de 1787 era el corolario del pensamiento político de Hamilton en los artículos de El Federalista (15). En 1815, el Director Supremo Martín de Pueyrredón desterró a Estados Unidos a Manuel Moreno, French, Chiclana, y a Manuel Dorrego, personajes éstos vinculados con una incipiente ideología federal en la ciudad de Buenos Aires. Dorrego (16), principal líder de esta tendencia, pudo observar in situ el sistema político norteamericano. Su posterior regreso al Río de la Plata significó una continuidad del ideario federal del norte y su incierta gestación en el sur.

  En el federalismo se respeta la independencia de cada provincia o estado cohesionados bajo una constitución común. Tras la búsqueda de la libertad política artiguista también existía un vigoroso fundamento económico. La Banda Oriental es una unidad geográfica y social, diferente al resto de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Y, además, poseía independencia económica. Sus puertos de Colonia, Maldonado y Montevideo, su vasta y profunda costa atlántica, le permitía una directa comunicación comercial con Europa. Así, bajo la conducción de Artigas, la Banda Oriental se habría puesto al frente de la causa federal porque "ella tenía la única salida al mar libre de Buenos Aires, ella podría ofrecer puertos para la exportación de productos del litoral e interior argentinos" (17).

  Pero el seductor magnetismo del federalismo artiguista trascendía las motivaciones políticas y económicas. El federalismo se difundió a través de Artigas. Y Artigas creció en el reconocimiento popular por el brillo de su nobleza ética.

  El 15 de mayo de 1815, el jefe español Joaquín de Pezuela le envió una carta en la que le proponía: "por lo mismo cuente V.S. y sus oficiales y tropas con los premios a los que se han hecho acreedores, y por lo pronto con los auxilios y cuanto pueda necesitar...". El 28 de julio, el jefe de los orientales respondió con convicción: "Yo no soy vendible ni quiero por mi empeño más que ver libre mi nación del Poderío Español" (18).

 En la antigüedad, Yugurta, el rey de Libia, creyó descubrir un poder que ningún hombre resiste: el oro del soborno. "Todos los hombres tienen su precio", sentenció célebremente. Verdad exacta e inapelable como la de las matemáticas para muchos. Pero hay hombres que son extraordinarios por trascender las ordinarias debilidades humanas. Artigas no tenía precio. No usufructuaba en su favor el poder. En el cuartel de Villa Purificación recibió una carta de Martín José Artigas, su padre. Su padre vivía en la miseria. Los enemigos de su hijo arrasaron su hacienda, saquearon sus cabezas de ganado. Ahora sólo pedía que se le enviaran una vacas para comer. Artigas podría haber satisfecho el pedido paterno, pero el apetecido ganado era propiedad colectiva. El caudillo envió entonces una carta al cabildo de Montevideo para solicitar que se le entregaran a su padre unas cuatrocientas reses, dado que "todo el mundo sabe que él era un hacendado de crédito antes de la revolución y que por efecto de ella misma, todas sus haciendas han sido consumidas y extraviadas" (19). Artigas evitó adueñarse del patrimonio público para satisfacer intereses privados familiares.

  El cabildo montevideano entendió la situación crítica de otros miembros de su familia, de su esposa e hijo. Se les otorgó una pensión generosa. Pero Artigas envió una carta a los cabildantes en la que solicitaba que la pensión no resultara gravosa a  "nuestro estado naciente" y que se le entrega a su esposa e hijo sólo cincuenta pesos. Y agregaba: " no ignora V. S. mi indigencia y en obsequio a mi patria ella me empeña a no ser gravoso y sí agradecido" (20).

  Artigas alentó también la formación de una biblioteca pública. Y su sensibilidad ante la trascendencia de la educación lo impulsó a pregonar la consigna: "sean los orientales tan ilustrados como valientes".

  El 24 de febrero de 1816, Artigas recibió del cabildo el título de "Capitán General de la provincia y padre de la libertad de los pueblos". Respondió afirmando que "los títulos son los fantasmas de los estados...enseñemos a los paisanos a ser virtuosos. Por lo mismo he conservado para el presente, el título de un simple ciudadano sin aceptar la honra con el que el año pasado me distinguió el cabildo"(21).

  La voluntad de enseñar a los paisanos la virtud se manifestó en un bando que dirigió al pueblo acampado en Ayuí el 12 de diciembre de 1811 luego de la captura de unos delincuentes comunes: "Si aún queda alguno mezclado entre vosotros que no abriga sentimientos de honor, patriotismo y humanidad, que huya lejos del ejército que deshonra y en el que será de hoy en más escrupulosamente perseguido" (22). Artigas no se sometería a ninguna opresión exterior o a la facilidad seductora del vicio o la traición o la acción miserable: "Esclavo de mi grandeza, sabré llevarla acabo siempre dominado de mi justicia y razón. Un lance podrá arrebatarme la vida, pero no envilecerme. El honor ha formado siempre mi carácter. El reglará mis pasos" (23). En su Leviathán, Hobbes pensaba que los cuerpos se mueven con un impulso inercial. De manera semejante, la propensión humana al egoísmo y la maldad es constante. Tiende a repetirse. Sólo una acción exterior (la espada de un monarca o de una asamblea de gobierno con la concentración total de los poderes) podría quebrar la lineal proyección humana hacia valles escabrosos. Pero Artigas quiebra el inercial deslizamiento del hombre hacia la veleidad mediante la energía moral. "La energía es el recurso de las almas grandes. No hay un solo golpe de energía que no sea marcado con un laurel" (24). La energía ética se expresa como sereno triunfo sobre las flaquezas humanas. Y como poder de un pueblo: "la grandeza de los orientales es sólo comparable a su abnegación en la desgracia, ellos saben acometer y desafiar los peligros y dominarlos; y resisten la imposición de sus opresores, y yo al frente de ellos marcharé donde primero se presente el peligro" (25).

 El líder auténtico no convierte a los pueblos en alimento para la voracidad de su ego. Por el contrario, los dirige hacia su cima más alta.

   En 1820 el destino de Artigas como conductor de los pueblos orientales se extinguía. Pancho Ramírez, aliado con el caudillo santafecino Estanislao López, enfrentó al poder porteño en la batalla de Cepeda. Venció y firmó luego el Tratado de Pilar donde se incluían cláusulas secretas que favorecían al caudillo entrerriano. Ramírez eludía la autoridad del "Capitán General de la Banda Oriental". Sin ambages, Ramírez le manifestó a Lucio Mansilla: "Si Artigas no acepta, lo hecho, lo pelearé". El gran oriental luego le contestará: "Usted ha elegido el choque de las armas y yo estoy resuelto a resistirlas" (26).

  Como antes destacamos, Artigas fue derrotado por su antiguo subordinado entrerriano. Comprendió entonces que se había extinguido su liderazgo. Muchos querían seguirlo hasta el final; pero Artigas comprendió que su vendaval de protagonismo histórico se había alejado. Marchó entonces hacia el exilio paraguayo. Al principio, se alojó en el convento de la Merced, en Asunción. El doctor Francia nunca lo recibió. Desconfiaba del caudillo emigrado. Pero, al mismo tiempo, lo respetaba. Francia lo enviará a una selvática morada cerca de la frontera con Brasil, a la lejana aldea de Curuguaty. El villorrio se distinguía por la producción de yerba mate, y por un anillo vegetal donde se erguían cedros y lapachos. Entre árboles y plantas irradiaban su fascinante magnetismo los yaguaretés y el canto de variados coros de aves. Allí Artigas vivió veinte años. Sólo acompañado por el negro Ansina y los campesinos e indios guaraníes. Vivía en la pobreza. Labraba la tierra. Era granjero. Recibía una magra pensión de 32 pesos mensuales. Pero Artigas necesitaba muy poco para vivir. Los frutos de su pequeña chacra, como su pensión, se la entregaba a los indios, a los humildes. Al enterarse de esta actitud, Francia le retiró el auxilio.

En 1840 murió el dictador. Sobre Artigas se extendió una bruma de sospecha. Los nuevos gobernantes lo llamaban "bandido" y ordenaron que fuera engrillado y encarcelado (27). En 1845, Carlos Antonio López (padre del célebre Francisco Solano López) asumió el poder. López admiraba al vencedor de Las Piedras. Le devolvió la libertad y lo alojó en Ibiray, cerca de Asunción. Allí, en los últimos cinco años de su vida, lo visitarán el general José María Paz, un médico francés, un ministro brasileño, un emisario de Rosas y su hijo José María, que le traía la proposición de Fructuoso Rivera (convertido en presidente del Uruguay) de volver a su patria. Artigas no aceptó.

...Y allí juega...

 

  III. La historiografía liberal argentina, Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López, forjaron la leyenda del Artigas "antisocial", representante "de una democracia bárbara". Los dirigentes e intelectuales de Buenos Aires no podían comprender la dimensión integral del gran oriental. Artigas fue la encarnación de un ideal político de democracia y federación. En Artigas, el discurso y la vida se amalgamaron en una radiante cohesión. Como los sabios antiguos, Artigas fue un genuino individuum (un sujeto no dividido entre sus palabras y sus acciones). La unidad de una personalidad auténtica irradia liderazgo y estimula el despertar de fuerzas colectivas. La persona deviene ser íntegro, brillante. Los indios guaraníes que lo conocieron en Curuguaty percibieron la singularidad del Artigas no dividido. Por eso, lo llamaron oberá pacarai, el "señor que resplandece".

La personalidad radiante es armoniosa integración. También es integración sin violencia la lógica intrínseca del federalismo que predicaba Artigas. Diversas regiones, provincias y tradiciones locales se integran en la unidad superior de un estado federal y nacional. La federación es la coexistencia igualitaria de lo distinto. Es respeto mutuo entre lo diferente. Para que las distintas expresiones de lo distinto se respeten entre sí debe existir un reconocimiento de la igual dignidad de cada parte. La historia de Artigas fue la lucha desigual por el reconocimiento de una misma dignidad entre los diferentes latidos de la federación.

El federalismo puede ser sólo retórica política o un sistema impuesto por las circunstancias históricas o geográficas; o puede ser también el emergente de la percepción de la dignidad de lo particular, de la particularidad de un pueblo y de su tierra. El apego a la propia tierra no es mecánico determinismo. Es la vivencia de una legalidad no escrita que contempla el valor de lo telúrico, el fulgor único de la tierra de los padres. De la patria.

Desde sus diversos caminos, la ética clásica y cristiana exigen la adecuación de la acción a un orden divino preexistente. El iusnaturalismo (de Grecia, Spinoza, o Kant) demanda que la ley positiva sea continuación de una ley natural universal. La ética artiguista, por su parte, es la fusión de un proyecto político de la libertad con la percepción y valoración de la singularidad de cada tierra.

La doctrina federal no nace de estructuras racionales apriorísticas y atemporales. La lógica pluralista de un federalismo real es la percepción de una ley no formal encarnada en cada tierra y en su valor independiente. El federalismo genuino no brota de la lógica instrumental del poder, o de un Dios autor de las leyes. Federalismo es la respuesta dentro de la historia a la dignidad específica de un suelo, y de un pueblo que se forja sobre él. Lo federal es así integración de una idea política general con la particularidad de las tierras, los pueblos y sus tradiciones. El federalismo de Artigas fue el intento de fundir armoniosamente la idea y el suelo. Pero sus manos no alcanzaron a modelar la idea federal en la arcilla del propio tiempo y el propio hogar. Desvanecida la idea, las manos del líder federal se reencontraron con la tierra en su simple desnudez. En sus últimos años, la acción de Artigas fue esencialmente el trabajo del suelo, el arar, el cultivar, el ayudar a la tierra en su fertilidad. Sólo superficialmente puede hablarse de una muerte de Artigas en el destierro, en el exilio. El desterrado es el sin tierra; el exiliado es el que perdió el lazo de comunicación con una tierra, con un hogar. Artigas nunca abandonó la tierra y su dignidad, la salud de lo terrestre. Aquí es inevitable el recuerdo de Lucio Quincio Cincinato, el romano que trabajaba la tierra cuando Roma lo llamó para hacerse cargo de sus ejércitos, y que volvió a ella luego de cumplir su labor como líder y conductor de un esfuerzo colectivo.

  El Artigas que se realizó desde el trabajo en la tierra y no desde la acumulación del poder, recuerda, efectivamente, la ética de los primeros romanos. Pierre Grimal, en un estudio sobre Virgilio, observa con lucidez que los romanos fueron auténticos patriotas, austeros y probos, cuando se forjaron labrando el suelo, mediante su propio sudor y su propio trabajo amoroso volcado sobre la tierra fértil. La profunda corrupción se inició entre los hijos de la Ciudad Eterna cuando abandonaron la agricultura y se fascinaron con la vida cómoda de las ciudades y la acumulación de bienes mobiliarios (28).

La pérdida de la tierra, del suelo, conduce a la desaforada obsesión por los bienes exteriores, los títulos y riquezas. El sujeto se complace ahora en retener y ostentar, en ser fachada, exterioridad reluciente, porque ya no puede labrar y modelar la tierra, ni a sí mismo.

Artigas no pudo cristalizar en su tiempo el principio federal que respeta la dignidad e independencia de las distintas tierras; debió dejar de ser federal desde la idea pero siguió siéndolo con la simple sinceridad de las manos. Ese era el Artigas que entregaba los frutos del suelo por él cosechados a los más humildes, a los pobres; era el Artigas labrador que daba, entregaba, distribuía, el que no hacía del alimento, del fruto, un bien propio, sino un don común, un acto de comunidad en la igualdad; era el Artigas de un último acto político consumado mientras apoyaba firmemente los pies en la tierra que nutre y da energía y templa a los hombres. Un acto que transforma al individuo en presencia franca, luminosa, resplandeciente. Los guaraníes comprendieron este proceso que no entendieron muchos historiadores y observadores de época. Artigas, el oberá pacarai, el "señor que resplandece", el brillo que surge del que promueve que todos los hombres participen por igual de los bienes generosos de la tierra.

 

IV

...Y... allí juega el sol con su disco de luz. Los pájaros renuncian a un tiempo de vuelo para pensar entre las ramas.

Pocos pelos blancos brotan de la cabeza del hombre anciano, donde duermen muchas tormentas. El hombre saborea un mate que le preparó el negro Ansina, el servidor de fidelidad inquebrantable. Su cuerpo avejentado se enfunda en un poncho paraguayo. Sus piernas son ahora frágiles. Una gruesa rama le ayuda a caminar.

  Las luces del día acarician a Ibiray. La bóveda de un cielo caliente le habla a las plantas y los animales con palabras hechas con suaves pétalos de aire.

  Y el hombre avanza con su rama. Se detiene y escucha un pensamiento, terroso, húmedo, de la tierra, de la Vieja Madre, que le sube por los tobillos, y las piernas endebles, y el pecho acostumbrado a los latidos de un corazón noble, y la garganta que tronó con arengas y palabras bravas, y la frente que ardió siempre con la franqueza del sol del mediodía.

  Y el pensamiento terrestre le dice al anciano: "Ella está cerca, vendrá por ti con susurros tiernos como los de tu madre, cuando eras niño".

"Déjeme recibirla como en los viejos tiempos", sólo pide el hombre de los escasos pelos albos. Y le dice a su hermano, a la fidelidad con forma humana, al negro Ansina: "No debo morir en la cama sino montado sobre mi caballo. Tráigame al Morito que voy a montarlo".

  Y llega otra noche, otra selva de estrellas en el torso negro del infinito. Y llega otro grito de sol que saluda a los árboles, al rocío y al aire que frota a los seres.

  Y, de nuevo, el pensamiento de humedad, agua y barro, le sube por el cuerpo, por las entrañas. Ahora, el aviso es más claro, más nítido: "Ella ya está muy cerca, te recibirá con la ternura de la madre por el hijo".

  "Sí, ya lo sé. Creo que no estoy para montar a Morito. Mejor caminaré. Antes de recibir a Ella, déjeme acariciarla a usted un poco más, por última vez...".

  Y te veo avanzar con tu rama. Todos los que ya se fueron de tu pueblo, tus bravos orientales, vienen para acompañarte, para estar contigo. Vienen los ríos, las rocas, las llanuras que te vieron cabalgar valiente, noble y sencillo. Vienen los gritos de las batallas, las proclamas que dictabas a Monterroso. Vienen Andresito, y los indios a los que respetaste y que te vieron brillar.

  Todos te acompañan. Todo quiere estar contigo porque nunca traicionaste. Porque fuiste la nobleza vestida de hombre. Porque, ahora, como antes, eres generoso como la tierra que acaricias. Que ahora acaricias.

Y resplandeces, don José Gervasio de Artigas, aun cuando por última vez se cierran tus ojos.

 

 

CITAS:

 

(1) Como se aclarará luego, Francisco Ramírez, el líder de la provincia de Entre Ríos, a pesar de ser lugarteniente de Artigas, actuó de manera independiente y alentó una actitud conciliadora con Buenos Aires que no podía ser aceptada por el Protector de los Pueblos Libres. Ramírez moriría en 1821 cuando, en una romántica actitud, se lanzó a la carga contra superiores fuerzas del ahora su enemigo López (su aliado durante la batalla de Cepeda), para defender a su amante, a la bella Delfina.Véase en María Esther de Miguel, "Ramírez", en Historia de caudillos argentinos, edición Jorge Laforgue y estudio preliminar de Tulio Halperín Donghi, Buenos Aires, Alfaguara, 1999, pp.49-81.

(2) El texto original del tratado se encuentra en el Archivo Nacional, Montevideo, República Oriental del Uruguay. Incluido en José Gervasio Artigas (varios autores), Colección de grandes protagonistas de la historia argentina, Buenos Aires, edición Planeta, 2000.

(3) José Gervasio Artigas, op.cit., pp.136-37.

(4) Mariano Moreno, Plan revolucionario de operaciones, Buenos Aires, Plus Ultra, 1993.

(5) Tras el famoso grito de Asencio, los paisanos inflamados por el clamor revolucionario ocuparon las villas de Mercedes y Santo Domingo de Soriano. Y luego cayeron otros poblados como Colla, Maldonado, Paso del Rey, Santa Teresa y Santo José; y más allá del río Uruguay, Gualeguay, Gualeguachú y Arroyo de la China. Esta rápida propagación del movimiento revolucionario oriental hizo que el impulso independentista llegara pronto hasta los muros de Montevideo.

(6) José Gervasio Artigas, op.cit., p.14.

(7) Uno de los proyectos monárquicos era solicitar el protectorado portugués, con asistencia de Gran Bretaña, a través de la Infanta Carlota, de la Casa Braganza; otra posibilidad era el restablecimiento de una monarquía incaica. Estas maniobras eran alentadas por la logia masónica en Buenos Aires, y siempre eran defendidas por la debilidad de la revolución en el Río de la Plata y por la necesidad de apoyo externo. Estas tentativas monárquicas fueron discutidas en sesiones secretas del Congreso de Tucumán en 1816. El 22 de abril de 1819, bajo el Directorio Supremo de Pueyrredón, se sancionó una constitución de carácter unitario. Durante la sanción de esta constitución, que sería drásticamente rechazada por el interior, se realizaron gestiones secretas para acelerar la venida del Príncipe Luca, francés pariente del duque de Orleáns, para que se convirtiera en monarca de las Provincias Unidas.

(8) José Gervasio Artigas, op.cit.

(9) Por diversas razones Carlos María de Alvear fue un modelo de político arribista y obsesionado por el acceso al poder. De familia acomodada, viajó a la Argentina en 1812, en la fragata inglesa George Canning , junto a José de Martín. Sus relaciones con el futuro vencedor de Chacabuco y Maipú, y liberador de Argentina, Chile y Perú, sería tensa. En 1815, Carlos María de Alvear se convirtió en Director Supremo, alto cargo que perdería luego por sus intrigas y desmanes. Alvear fue el jefe del ejército argentino en la batalla de Ituziangó en 1827, durante la guerra con el Brasil. Su actuación como estratega militar fue pésima; una de sus más desgraciadas órdenes consistió en enviar inútilmente a una muerte segura al coronel Bradsen y su regimiento de caballería al ordenarle la toma imposible de una fortaleza brasileña. Murió en Nueva York actuando como ministro plenipotenciario de Rosas. Sobre la relación Alvear y San Martín, donde se evidencia la turbiedad de Alvear, puede verse: Agustín Pérez Pardella, José de San Martín, Buenos Aires, Planeta, 2000, pp.43-52.

(10) José Gervasio Artigas, op.cit., p.52.

(11) Ibid., p.62. Pocos después de la sanción de las instrucciones para los diputados orientales a la Asamblea legislativa de 1813, Artigas y José Rondeau, el jefe de las fuerzas de Buenos Aires, firmaron la Convención de la Provincia Oriental del Uruguay, en cuyo artículo primero se dice: "La provincia Oriental del Uruguay ... es una parte integrante del Estado denominado Provincias Unidas del Río de la Plata. Su pacto con las demás provincias es el de una estrecha e indisoluble Confederación ofensiva y defensiva. Todas las provincias tiene igual dignidad, iguales privilegios y derecho y cada una de ella renunciará al proyecto de subyugar a otra", en Félix Luna, Los caudillos, Buenos Aires, editorial Jorge Alvarez, 1967, pp. 67-68. Este es otro documento que avala que la propuesta de Artigas era lai ntegración, bajo el sistema federal, con el resto de las Provincias Unidas del Río de la Plata y no su separación.

(12) José Gervasio Artigas, op.cit., p.84.

(13) La aplicación del Reglamento... fue altamente conflictiva. Produjo una gran conmoción social en la Banda Oriental. Incluso algunos estancieros que adscribían al bando artiguista vieron amenazados sus derechos de propiedad. Los campesinos arrendatarios dejaron de pagar sus rentas; y los gauchos sin tierra se avalanzaron sobre las estancias, incluso sobre tierras de algunos grandes propietarios ligados a la causa independentista. Esta conmoción en el interior de la Banda Oriental se vincula a su vez con la condición esencialmente rural del movimiento revolucionario artiguista; tal como lo manifiesta Tulio Halperín Donghi: "La revolución artiguista es entonces esencialmente un alzamiento rural; en ella el desplazamiento de las bases del poder de la ciudad al campo que se da en un proceso paulatino y casi secreto en todo el Río de la Plata a lo largo de la primera década revolucionaria, alcanza una intensidad excepcional y conduce a conflictos abiertos que en otras partes logran ser soslayados", en Tulio Halperín Donghi, Revolución y Guerra, Formación de una élite dirigente en la Argentina criolla, Buenos Aires, Siglo Veintiuno, 1994, p.80.

(14) Como es sabido, Bolívar aspiraba a una gran unión federal de los estados americanos. En el momento de abocarse a una organización federal de Venezuela, su modelo directo fue el sistema político norteamericano. En el discurso pronunciado por Bolívar ante el Congreso de Angostura el 15 de febrero de 1819, manifiesta: "...el ejemplo de los Estados Unidos por su peregrina prosperidad era demasiado lisonjero para que no fue seguido. ¿Quién puede resistir al atractivo victorioso del goce pleno y absoluto de la soberanía, de la independencia, de la libertad?...Mas por halagüeño que parezca en efecto este magnífico sistema federativo, no era dado a los venezolanos gozarlo repentinamente al salir de las cadenas", en Rufino Blanco-Fombona, El pensamiento vivo de Bolívar, Buenos Aires, Losada, 1983, pp.75-76.

(15) El Federalista es la matriz de la constitución republicana y federal norteamericana. La obra surgió como una serie de artículos de periódico publicados por "Publio" durante el debate en torno al texto constituyente norteamericano. Una de sus consecuencias fue el paso de la Confederación (entre las antiguas trece colonias) a una Unión Federal. La obra, inicialmente publicada en 1780, tuvo como autores a Hamilton, Madison (que llegaría a ser Presidente de los Estados Unidos) y Jay (futuro Gobernador del Estado de Nueva York). En los artículos se debate sobre los motivos a favor o en contra de una constitución que avale un gobierno representativo, el equilibrio y la separación de poderes, y los principios de la federación. Véase Hamilton, Alexander y otros, El federalista, México, Fondo de Cultura económica, 1943.

(16) Dorrego fue estimado por Martín de Pueyrredón como un especial peligro contra sus proyecto monárquicos. Fue puntualmente desterrado a Cuba, aún bajo el dominio español. Un destino que podía implicar una muerte segura. Pero, tras superar novelescas peripecias, Dorrego logró llegar a Estados Unidos. A su regreso en 1820, y luego de recibir una amnistía, su prestigio creció hasta convertirse en gobernador de la provincia de Buenos Aires y activo promotor del federalismo en una ciudad, como Buenos Aires, partidaria en su mayoría de un gobierno concentrado, "unitario" y autoritario sobre el resto de las provincias. Manuel Dorrego fue cobardemente fusilado por las intrigas del partido unitario en 1828. Véase Lily Sosa de Newton, Dorrego, Buenos Aires, Plus Ultra, 1967.

(17) José P. Barrán y Benjamín Nahum, Bases económicas de la revolución artiguista, citado en José Gervasio Artigas, op.cit., p.18. También puede verse el análisis de Tulio Halperín Donghi que destaca una gran influencia de los factores económicos en la política revolucionaria artiguista: Tulio Halperlín Donghi, "La otra revolución: Artigas y el litoral", en Revolución y Guerra, Formación de una élite dirigente en la Argentina criolla, Buenos Aires, Siglo Veintiuno, 1994, pp.279-315.

(18) José Gervasio Artigas, op.cit., p.59.

(19) Ibid., pp.80-81.

(20) Ibid, p. 90.

(21) Los caudillos, op.cit, p.63.

(22) Ibid., p.64.

(23) Ibid., p.65.

(24) Ibid., p.75.

(25) José Gervasio Artigas, op.cit., p.131.

(27) Las nuevas autoridades del gobierno paraguayo, luego de la muerte de Francia, enviaron una orden al comandante de Curuguaty que decía: "los representantes de la república por muerte con esta fecha del excelentísimo señor dictador de la república prevenimos a Vmo. que inmediatamente al recibo de esta orden ponga la persona del bandido José Artigas en seguras prisiones hasta otra disposición de este gobierno provisional", citado en José Gervasio Artigas, op.cit., p.143.

(28) Pierre Grimal, "La agricultura en la vida romana", en Virgilio o el segundo nacimiento de Roma, Buenos Aires, Eudeba, 1987, pp.111-123. Aquí se destaca cómo la pérdida de los valores dimanados del cultivo preocupó a Catón, y de ahí la redacción de su Tratado sobre la agricultura; y al emperador Augusto que, por esta razón, estimuló a Virgilio a recuperar los valores telúricos mediante las Bucólicas y las Geórgicas.

 

BIBLIOGRAFÍA:

 María Esther de Miguel (1999), "Ramírez", en Historia de caudillos argentinos, edición Jorge Laforgue y estudio preliminar de Tulio Halperín Donghi, Buenos Aires: Alfaguara.

  Autores varios (2000), José Gervasio Artigas (2000), Colección de grandes protagonista de la historia argentina, Buenos Aires: edición Planeta.

 Mariano Moreno (1993), Plan revolucionario de operaciones, Buenos Aires: Plus Ultra.

Agustín Pérez Pardella (2000), José de San Martín, Buenos Aires:  Planeta.

Félix Luna (1967), Los caudillos, Buenos Aires: editorial Jorge Álvarez.

Tulio Halperín Donghi (1994), Revolución y Guerra, Formación de una élite dirigente en la Argentina criolla, Buenos Aires: Siglo Veintiuno.

 Rufino Blanco-Fombona (1983), El pensamiento vivo de Bolívar, Buenos Aires: Losada.

Hamilton, Alexander y otros (1943), El federalista,  México: Fondo de Cultura económica.

 Lily Sosa de Newton (1967), Dorrego, Buenos Aires: Plus Ultra.

Pierre Grimal (1987), "La agricultura en la vida romana", en Virgilio o el segundo nacimiento de Roma, Buenos Aires: Eudeba.