La máscara de la Muerte Roja, por E.A.Poe

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 Edgar Allan Poe (1809-1847)  A pesar del reconocimiento y la profusión de ediciones y obras exegéticas, no siempre la fama de un escritor implica su verdadero conocimiento. Este puede ser el caso de Poe. Su literatura suele reducirse a un corpus de algunos relatos canónicos (como Ligeia, Berenice, Manuscrito hallado en una botella, La caída de la casa Usher, El corazón delator, etc), pero suele ignorarse su dimensión como ensayista en Eureka, o la  Filosofía de la Composición. Y también suele desatenderse la metafísica hondura de su percepción del mundo. Quizá La muerte de la máscara Roja represente uno de esos textos de Poe donde emerge el entramado metafísico profundo de su imaginación creadora. Durante una gran peste, un grupo de cortesanos se refugian en una abadía fortificada. Allí, se entregan a una vida festiva y despreocupada. Sólo al escucharse, a la medianoche, las campanadas del péndulo de un reloj de ébano recuerdan la realidad, el acecho inexorable del aliento de la muerte. Y la muerte llegará como aquello que restituye a los hombres al territorio inasible de lo amorfo. Lo que carece de forma quizá recuerde una noche o vacío que antecede a la vida que se apoltrona en algunas de las formas o cuerpos del universo.

   Cuando la muerte roja arroja su máscara, el más antiguo océano del tiempo quizá vuelve a reclamar a sus hijos.

  Esteban Ierardo

La máscara de la muerte roja

  Hacía ya algún tiempo que la " Muerte Roja " devastaba el país. No se había conocido nunca ninguna epidemia tan fatal o espantosa. La sangre era su avatar, y su sello la rojez y el horro de la sangre. Sentíanse fuertes dolores, un envaramiento repentino, se sangraba abundantemente por los poros y sobrevenía la muerte. La aparición de unas manchas de color escarlata en todo el cuerpo y, especialmente, en el rostro de la víctima, era el anuncio de la peste, que alejaba al desdichado de toda ayuda y simpatía de su prójimo. Y todo el proceso de la dolencia, desde el primer síntoma hasta su desarrollo y terminación fatal, duraba escasamente media hora.

Pero el príncipe Próspero era feliz, atrevido y sagaz. Cuando sus dominios quedaron despoblados en la proporción de la mitad de habitantes, llamó a su presencia a un millar de amigos robustos y alegres, entre los caballeros y damas de la corte, y en compañía de ellos se retiró al profundo encierro, a la rigurosa clausura de una de sus abadías encastilladas. Era un edificio magnífico, extenso, creación del excéntrico y majestuoso gusto de una príncipe. Lo rodeaba una fuerte y alta muralla, provista de puertas de hierro. En cuanto hubieron entrado los cortesanos, llevaron, junto a aquellas puertas, hornos y macizos martillos y soldaron las cerraduras. Resolvieron condenar todos los medios de salida y de entrada, para evitar los repentinos impulsos de desesperación o de frenesí desde el interior. La abadía estaba abundantemente provista. Con tales precauciones los cortesanos podían desafiar el contagio. El mundo exterior ya cuidaría de sí mismo. Mientras tanto habría sido locura lamentarse o reflexionar siquiera. El príncipe había dispuesto todo lo necesario para el placer. Había bufones, improvisadores, bailarines, músicos, belleza y vino. Todo eso y además la seguridad de aquel refugio. Fuera estaba la " Muerte Roja ".

A fines del quinto o sexto mes de aquel encierro, y en tanto que la peste hacía horribles estragos en el exterior, el príncipe Próspero ofrecía a su millar de amigos un baile de máscaras, con magnificencia nunca vista.

Aquel baile de trajes ofrecía una escena voluptuosa. Mas antes permitidme que os hable de los salones en los que se celebraba. Eran siete y formaban una sucesión o serie de estancias imperiales. En muchos palacios esta serie de salones de ceremonia suele estar dispuesta en línea recta, de manera que cuando los cortinajes están descorridos, apenas hay algo que impida la vista de un extremo a otro. Pero allí el caso era distinto, como podía aspirarse de la afición del duque hacia lo extraordinario. Las regias estancias se hallaban de tal manera dispuestas, que la visión no podía comprender a más de una a un tiempo. A distancias de veinte o treinta metros se formaba un ángulo y cada uno de ellos ofrecía un nuevo efecto. A derecha e izquierda, en el centro de cada pared, una alta y estrecha ventana gótica daba a un cerrado corredor que seguía las sinuosidades de la serie de salones. Aquellas ventanas estaban provistas de vidrios de colores que armonizaban con el tono general de la decoración de la estancia en que se hallaba. La sala extrema oriental, por ejemplo, tenía los muros tapizados de azul, y el tono de los vidrios de sus ventanas era también azul vivo. La segunda sala era de color púrpura en sus adornos y tapices, y allí los vidrios de las ventanas tenían también el tono purpúreo. La tercera sala era verde y de igual tono las ventanas. Los muebles, adornos e iluminación de la cuarta eran de color anaranjado, en la quinta dominaba el blanco y en la sexta todo era de un tono violeta. La séptima sala estaba tapizada de terciopelo negro, que colgaba desde el techo al suelo, formando amplios pliegues sobre la alfombra del mismo material y color. Pero solamente en aquella sala el color de los vidrios de la ventana era distinto al tono general de la estancia, pues los ventanales eran de un matiz escarlata, parecido al de la sangre. Téngase en cuenta que en ninguna de las siete salas había lámparas o candelabros. En cambio, en los corredores que seguían la sucesión de salones, y frente a cada una de las ventanas, se habían dispuesto enormes trípodes, que realmente eran grandes tenderos, cuya luz se proyectaba sobre los vidrios de las ventanas, que así iluminaban los salones. Como es natural, eso producía una serie de extraños y fantásticos efectos. Pero en la sala occidental o extrema, la luz roja que se proyectaba entre las colgaduras negras era tan espectral y producía un aspecto tan raro de las personas que allí entraban, que pocas eran las que se atrevían a hacerlo.

En aquella sala, también, y adosado a la pared occidental, veíase un gigantesco reloj de ébano. Su péndulo oscilaba de un lado a otro con apagado y monótono ruido; y cuando el minutero había completado la vuelta de la esfera y se disponía el mecanismo a dar la hora, surgía de los broncíneos pulmones del reloj un sonido claro, fuerte, profundo y en extremo musical, aunque de una nota tan enfática que cada uno de los músicos de la orquesta se veían obligados a interrumpirse momentáneamente en su tarea, para oír aquellas campanadas. Y así, los valsadores habían de cesar a la fuerza en sus evoluciones y se creaba un leve desconcierto entre aquella alegre reunión. Además se observaba que mientras se oían las campanadas del reloj, los más atrevidos palidecían y los más ancianos y apacibles se pasaban las manos por la frente, entregándose momentáneamente a reflexión y a la meditación. Mas, cuando ya se habían apagado los ecos, surgía una alegre carcajada entre los invitados; mirábanse los músicos y se sonreían, como burlándose de su propia nerviosidad y confusión, y hacían votos, en voz baja, de que a la próxima hora las campanadas del reloj no les causaría la misma emoción; mas en cuanto había transcurrido otros sesenta minutos ( que contienen tres mil seiscientos segundos del Tiempo que vuela ), volvía a sonar el reloj y nuevamente reinaba el mismo desconcierto, igual temblor y la misma meditación que antes. Mas, a pesar de todo eso, era una fiesta alegre y magnífica. Los gustos del duque eran muy especiales. Tenía muy buen acierto para los colores y los efectos. Desdeñaba el decorado impuesto por las modas. Sus planes eran atrevidos y grandiosos y en sus concepciones brillaba el esplendor más bárbaro y magnífico, hasta el punto de que muchos le hubiesen creído loco, pero los que componían su séquito sabían bien que no lo estaba. Y era necesario oírle, verle y tocarle para convencerse de su buen juicio.

En gran parte había dirigido los adornos móviles de las siete salas, con ocasión de aquella gran fiesta; y su propio gusto personal y director había dado carácter a las máscaras. Todas ellas eran grotescas. Había allí mucho resplandor, mucha ironía y algo fantasmal, según se ha visto más tarde en Hernani. Había figuras arabescas, con miembros inadecuados y adornos chocantes. Veíanse delirantes fantasías, como propias de los locos. Había muchas cosas hermosas, otras extravagantes y lascivas, algunas raras, otras terribles, y aún unas pocas eran capaces de excitar la repugnancia. Por las siete estancias circulaban aquellas máscaras, constituyendo una multitud de ensueños. Y estos, parecían retorcerse por aquellas estancias, tiñéndose con los colores de las diversas salas y haciendo de modo que la extraña música de la orquesta adquiriese la apariencia de ser el eco de sus propios pasos. De nuevo resonó la hora en el reloj de ébano que se hallaba en la sala tapizada de terciopelo. Entonces, por un momento todo permaneció tranquilo y silencioso, excepción hecha de la voz y del reloj. Aquellos ensueños quedáronse por un instante inmóviles y como petrificados, pero en cuanto hubieron muerto a lo lejos los ecos de las campanadas, que los asistentes a la fiesta escucharon en silencio, resonó en la sucesión de salones una leve y apenas contenida carcajada. Otra vez se oyó la música, los ensueños recobraron vida, yendo de un lado a otro más alegres que antes y tiñiéndose con los colores de las luminosas ventanas, a través de las cuales pasaban los rayos de luz procedentes de los trípodes. Pero a la sala más occidental de las siete, ninguna de las máscaras se atrevía a entrar, pues la noche moría ya y allí penetraba una luz más roja, a través de los cristales de tono sangriento; y aquel cuyo pie se aventuraba sobre la negra alfombra, oía, procedente del inmediato reloj de ébano, una campanada apagada más enfática y solemne que cualquiera de las que llegaban a los oídos de quienes se divertían con los placeres remotos de las restantes salas.

Mas éstas se hallaban densamente ocupadas, y en ellas latía febrilmente el corazón de la vida. La fiesta continuaba con los movimientos giratorios de los que bailaban, hasta que, por fin, empezaron las campanadas de la medianoche en el reloj. Entonces cesó la música, según ya he dicho. Se interrumpieron las evoluciones de los valsadores, y hubo una desagradable quietud en todas las cosas, como antes ocurriera. A la sazón habían de sonar doce campanadas en reloj y así, quizá, fue como, durante aquel rato más largo, se intensificó la sensación penosa entre los que se divertían. Y así, también, tal vez antes de que se hundiesen definitivamente en el silencio los ecos de la última campanada, muchos de los individuos de la multitud tuvieron la ocasión de advertir la presencia de una gran figura enmascarada que hasta entonces no había llamado la atención de nadie. Una vez el humor de aquella nueva presencia se hubo propagado entre murmullos, se originó entre la multitud un zumbido de voces quedas, que expresaba su desaprobación, su sorpresa y, finalmente, su terror, horror y asco.

En una reunión de fantasmas, como la que he descrito, ya se puede imaginar que ninguna aparición ordinaria hubiese podido excitar semejante sensación. En realidad, la licencia de las máscaras en aquella noche era casi ilimitada, pero la figura en cuestión excedía todos los límites imaginables. En el corazón de los más temerarios existen algunas cuerdas que no se pueden hacer vibrar sin emoción. Incluso entre los perdidos, para quienes la vida y la muerte son igualmente una broma, hay cosas acerca de las cuales no se puede bromear. Toda la reunión parecía sentir la impresión de que, tanto en el traje como en el porte del desconocido, no había la menor prueba de buen gusto ni de propiedad. La figura era alta y flaca y, de pies a cabeza, iba envuelta en un sudario. La máscara que le cubría el rostro quería representar el aspecto de un cadáver y era tan perfecta, que ni siquiera el examen más minucioso hubiera sido capaz de descubrir el engaño. Sin embargo, aún eso habría podido ser tolerado, si no aprobado, por las alocadas máscaras que le rodeaban. Pero aquella figura había tenido el atrevimiento de asumir el tipo de la Muerte Roja. Su sudario aparecía manchado de sangre y su ancha frente y todas las facciones estaban salpicadas con el horror escarlata.

Cuando los ojos del príncipe Próspero se fijaron en aquella imagen espectral (que, con lentos y solemnes movimientos, como para representar mejor su papel, iba de un lado a otro entre los valsadores), sufrió, en el primer momento, una convulsión y un temblor intenso, ya de terror o de asco, pero casi inmediatamente se congestionó su semblante de rabia.

- ¿ Quién se atreve – preguntó con voz ronca a los cortesanos que le rodeaban - quién se atreve a insultarnos con esa burla blasfema ? Cogedla y arrancadle el antifaz, para que podamos saber a quién habremos de ahorcar en las murallas al salir el sol.

Eso ocurría en la sala oriental, de color azul. Allí se hallaba el príncipe Próspero, al pronunciar estas palabras. Resonaron vigorosa y claramente en las siete salas, pues el príncipe era hombre robusto y atrevido, y, por otra parte, la música calló, obedeciendo a un gesto de su mano.

El príncipe se hallaba, pues, en el salón azul y a su lado había un grupo de pálidos cortesanos. Al principio, cuando habló, se originó en aquel grupo un leve movimiento en dirección al intruso, que, a la sazón, estaba a corta distancia, pero luego, con paso majestuoso y audaz, se acercó al que acababa de hablar. Mas a causa de un miedo inexpresable, que la máscara había inspirado a todos los presentes, ninguno se atrevió a extender la mano con el fin de apoderarse de él; así, pues, sin que nadie le molestase, pasó a un metro de distancia de la persona del príncipe; y en tanto que la numerosa asamblea, con unánime impulso, abandonaba los centros de las salas, para guarecerse junto a las paredes, el fantasma continuó su marcha sin que nadie le impidiese el paso, avanzando con la misma solemnidad y mesura que, desde el primer instante, llamó la atención de todos, y, así, pasó del salón azul al purpúreo, de éste al verde y luego al anaranjado, al blanco y al violeta, antes de que alguien con decisión hiciese un movimiento para detenerle. Entonces fue cuando el príncipe Próspero, loco de rabia y de vergüenza, por su momentánea cobardía, atravesó presuroso los seis salones, sin que nadie le siguiese, a causa del terror mortal que se había apoderado de todos.

Asía en su mano derecha un puñal y, con rápido ímpetu, se aproximó a aquella figura que retrocedía, pero ésta, después de llegar al extremo del salón aterciopelado, se volvió de pronto, para dar la cara a su perseguidor. Se oyó un grito agudo, y el puñal cayó resplandeciente a la negra alfombra, sobre la cual un instante después cayó postrado en la muerte el príncipe Próspero. Animados por el furor de la desesperación, muchos de los cortesanos se arrojaron al salón negro y al ver a la máscara cuya alta figura estaba erguida e inmóvil, a la sombra del reloj de ébano, quedáronse atónitos y presa de horror indefinible, pues podían observar de cerca el aspecto de aquella máscara. Luego, al arrojarse sobre ella, con extraordinaria violencia, vieron que no contenía ninguna forma tangible.

Entonces se reconoció la presencia de la Muerte Roja. Habíase presentado como un ladrón en plena noche, y, uno a uno, cayeron los cortesanos al suelo de la habitación sangrientamente iluminada, y murieron en las desesperadas posturas de su caída. La vida del reloj de ébano se apagó al mismo tiempo que moría el último de los que componían la alegre reunión. Expiraron las llamas de los trípodes y la Oscuridad, la Descomposición y la Muerte Roja ejercieron su inimitable dominio sobre aquella mansión.