Rip Van Winkle, por Washington Irving

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 Rip Van Winkle, en imagen de Heinz Gaugel.   Washington Irving (1783-1850) ejerció el periodismo, viajó a Europa, publicó ensayos satíricos, fue ministro plenipotenciario del gobierno norteamericano en Madrid. Consecuencia de su estadía en las tierras hispánicas es su célebre obra La Alhambra. En su El libro de los bocetos  (1842-6), se halla incluido su más famoso relato Rip Van Winkle, que ahora presentamos en esta sección de Grandes relatos fantásticos de Temakel. Antes de la teoría de Einstein sobre la dilatación temporal o de La máquina del tiempo de H.G.Wells, Irving narra la maravillosa historia de un tranquillo habitante de un pueblecito fundado por antiguos colonos holandeses. Rip, hastiado del maltrato de su esposa gruñona, se interna una vez en el bosque para cazar y retozar placenteramente. Pero, allí, dentro de la espesura boscosa se encuentra con unos extraños habitantes del universo de los árboles. Y, sin que lo advirtiera, durante su viaje aconteció una profunda transformación del orden previsible y normal del tiempo. Fue por eso que al regresar Rip Van Winkle a su pueblo...

 

 

 

RIP VAN WINKLE
Por Washington Irving

    Quien haya hecho un viaje hasta el Hudson no dejará de recordar las montañas Kaatskill. Son una ramificación de la gran familia Appalachian; se ven desde la parte oeste del río, elevándose a una gran altura y enseñoreándose de todo el terreno que las circunda. Con cada cambio de estación, de temperatura y hasta de hora, alguna variación se produce en sus matices y formas, y todas las buenas esposas de la vecindad o de más allá las consideran perfectos barómetros. Cuando la temperatura es suave y agradable, las montañas se visten de azul y púrpura, y sus arriscados contornos se recortan en el claro cielo del atardecer; pero, ciertas veces, cuando el resto del paisaje está despejado, acumulan alrededor de sus cúspides como un manto de vapor grisáceo que con los últimos rayos del sol, se enciende y se ilumina semejando una corona de gloria.

  Al pie de estas montañas encantadas el viajero puede descubrir el humo ligero que se eleva sinuoso de un pequeño pueblo de tejados brillantes, situado exactamente allí donde los azules de la altiplanicie se confunden con el verde puro del paisaje más próximo. El pueblecito es muy antiguo, y fue fundado por algunos colonos holandeses en los primeros tiempos de la provincia, justamente al iniciarse la administración del buen Peter Stuyvesant (que en paz descanse). Aún se conservan en el lugar algunas de las casas levantadas por los primitivos colonizadores que allí vivieron durante varios años, casas construidas de pequeños ladrillos amarillos traídos de la misma Holanda, con ventanas enrejadas y frentes con aleros, y, todas ellas, rematadas por una veleta.

En una de las casas de este pueblo (castigada por el viento y carcomida por la polilla), vivía desde largo tiempo atrás, cuando todavía el país era una provincia de la Gran Bretaña, un individuo simple, de buen carácter, cuyo nombre era Rip Van Winkle. Descendía de los Van Winkle que habían actuado tan valientemente en los caballerescos días de Peter Stuyvesant, a quienes, habían acompañado en el sitio de Fort Christina. Pese a ello, poco había heredado del carácter marcial de sus antepasados. Yo había observado que se trataba de un hombre simple y de buen carácter y que era, además, un buen vecino y un esposo complaciente y dominado. En realidad, este hecho podía deberse a esa humildad de espíritu que le había proporcionado una popularidad tan universal; porque estos hombres que sufren bajo las garras de las arpías domésticas son los más inclinados a ser obsequiosos y conciliadores fuera de sus casas. Sin duda, sus caracteres se vuelven maleables y dóciles en el horno ardiente de las penurias cotidianas y mantener una simple charla con ellos valdría más que todos los sermones del mundo para comprender las virtudes de paciencia y largo sufrimiento. Por lo tanto, en algunos aspectos una esposa arpía puede considerarse como una verdadera bendición; y si es así, Rip Van Winkle estaba bendecido de sobra.
Entre todas las buenas esposas del pueblo él era el gran favorito. Como es costumbre entre el bello sexo, las mujeres se declaraban de su parte en todas las disputas familiares, y siempre que hablaban de estos temas en sus comadreos vespertinos culpaban a Dame Van Winkle. También los niños del pueblo le recibían con alegría cuando él llegaba, porque Rip asistía a sus deportes, les fabricaba juguetes, les enseñaba a remontar barriletes y a lanzar bolos, y les contaba largos cuentos de fantasmas, brujas e indios. Siempre que se escapaba por el pueblo lo rodeaba una tropa de chicos que se le colgaban de la ropa, trepaban por sus espalda y le gastaban bromas con total impunidad. Y ni siquiera un perro se atrevía a ladrarle cuando él pasaba por la vecindad y sus alrededores.
  El gran defecto de Rip era su insuperable aversión hacia toda clase de trabajo remunerado. Esto no provenía de su falta de asiduidad o constancia porque era capaz de sentarse en una piedra húmeda, con una caña larga y pesada como la lanza de un tártaro, y quedarse pescando todo el día sin cansarse, aunque no picase ni un solo pez; podía cargar sobre sus hombros una escopeta y caminar durante horas atravesando bosques y pantanos, escalando cerros y bajando cañadas, para disparar sobre algunas ardillas o patos silvestres; nunca rehusaba ayudar a un vecino en su trabajo más duro, y era el primero en el pueblo que se divertía desgranando el trigo indio o levantando cercas de piedras. Las mujeres también lo empleaban para sus recados y para hacer todas esas pequeñas y extrañas tareas que sus esposos menos complacientes, no hacían por ella. En una palabra, Rip siempre estaba dispuesto a ocuparse del negocio de cualquiera, menos del suyo propio; le resultaba imposible cumplir con sus obligaciones  familiares y mantener su granja en orden.

   En realidad, según decía, no le gustaba trabajar en su granja, porque era el lugar más infecto del país; todo ahí andaba mal y continuaría mal a pesar suyo. Las cercas se caían continuamente a pedazos; su vaca o se perdía o se metía en el sembrado de coles, segura de no ser molestada; la mala hierba crecía libremente en sus campos más rápido que en ningún otro; siempre llovía precisamente cuando él tenía que trabajar afuera; por lo tanto, aunque bajo su dirección su patrimonio había disminuido, acre a acre, hasta casi convertirse en un mero trozo de tierra sembrado de patatas y trigo indio, todavía era la peor granja de la vecindad.
   Sus hijos eran tan salvajes y harapientos como si no pertenecieran a nadie. Rip, un pillo engendrado a su imagen y semejanza, prometía heredar sus costumbres junto con las viejas ropas de su padre. Por lo general, se lo veía cabalgando como un potro pegado a los talones de su madre y equipado con unas ropas de desecho de su padre, que le hacían trajinar tanto para sostenerlas con una mano, como la cola de los vestidos a las señoras hermosas cuando hacia mal tiempo.

    Sin embargo, Rip Van Winkle era uno de esos seres felices de carácter dulce y sencillo, que toman la vida con serenidad, que comen pan blanco y moreno, que están siempre dispuestos para todos y que prefieren perecer de hambre con un penique que trabajar por una libra. De dejarlo, hubiera prescindido de la vida con todo contento; pero su esposa continuamente le echaba en cara su pereza, su falta de cuidado y la miseria a que estaba condenando a la familia. De mañana, al mediodía y a la noche, la lengua de su mujer no descansaba ni un instante: todo lo que él decía o hacía provocaba siempre un torrente de elocuencia casera. Rip sólo tenía una forma de replicar a todos esos sermones, y por el frecuente uso, esa forma se había convertido en una costumbre. Se encogía de hombros, sacudía la cabeza de un lado para otro, miraba el techo, pero no contestaba.
Como es natural, esto provocaba una descarga cerrada de su esposa; así que Rip se armaba de todas sus fuerzas y se iba al sitio que, en realidad, pertenece a todo marido dominado.
El único ser de la casa adicto a Rip era Lobo, su perro, pero estaba tan dominado como su amo: Dame Van Winkle los suponía compañeros de holgazanería, y miraba a Lobo de mala manera por considerarlo la causa de los extravíos de su amo.
La verdad es que considerando todos los aspectos favorables a un perro como es debido, Lobo era un animal tan valeroso como cualquier rastreador de los bosques; pero ¿qué valentía resiste a los terrores permanentes y acosadores de una lengua viperina? Desde el momento en que Lobo entró en la casa, el copete se le vino abajo, el rabo cayó a tierra o se le metía entre las patas y se arrastraba con aire acobardado echando largas miradas de soslayo a Dame Van Winkle y a la menor senal de escobazo o cucharazo, volaba precipitadamente hacia la puerta.

  A medida que iban pasando los años la situación de Rip Van Winkle se hacía cada vez peor; el mal carácter no mejora nunca con la edad, y una lengua viperina es el único instrumento cortante que se afila más con el uso continuo. Desde hacia mucho tiempo, cada vez que se marchaba de la casa, Rip se consolaba frecuentando una especie de club integrado por los individuos más sabios, más filósofos y más holgazanes del pueblo. El club celebraba sus sesiones en un banco ubicado frente a una pequeña posada, en cuya puerta lucía la rubicunda estampa de su majestad Jorge III. Allí solían sentarse a la sombra durante los lentos y calurosos días de verano, comentando sin cuidado los chismes del pueblo o contando largos y soñolientos relatos sobre nada. Sin  embargo, eran como para pagar las profundas discusiones que tenían lugar a veces, cuando, por casualidad, algún viejo periódico olvidado por algún viajero de paso caía en sus manos. Con qué seriedad escuchaban el contenido del periódico que lentamente iba leyendo Derrik Van Bummel, el maestro, un hombrecito vivaz e instruido, que no se acobardaba ante las más altisonantes palabras del diccionario; ¡ y en qué forma, con cuánta sagacidad, se deliraba sobre los acontecimientos públicos algunos meses después de que éstos se produjeran!

  Las opiniones de este cónclave estaban bajo el completo control de Nicholas Vedder; patriarca del pueblo y dueño de la posada, a cuya puerta se sentaba desde la mañana hasta la noche, moviéndose solamente para evitar el sol y permanecer a la sombra de un hermoso árbol; de esa forma los vecinos podían saber la hora exacta con la misma seguridad que si mirasen al reloj de sol. Realmente el anciano no ponía la menor atención a lo que se decía, pero fumaba continuamente su pipa. Sin embargo, sus adictos (porque todo grande hombre los tiene), lo comprendían perfectamente y sabían cómo interpretar sus opiniones. Cuando alguna lectura o algún relato lo disgustaban se lo veía fumar la pipa con vehemencia, lanzando con reiteración cortos y coléricos resoplidos; cuando algo lo satisfacía, arrojaba el humo lentamente y con tranquilidad, formando ligeras y suaves nubecillas; algunas veces, sacándose la pipa de la boca, lanzaba el fragante vapor por las ventanillas de la nariz y movía la cabeza gravemente, en señal de perfecta aprobación.

   Casi siempre, el desdichado Rip era arrancado de esta plaza fuerte por la arpía de su mujer, quien irrumpiendo en la tranquilidad de la asamblea, llamaba inútiles a todos sus integrantes; ni el propio Nicholas Vedder, augusto personaje, se libraba de la lengua punzante de este terrible virago, quien lo acusaba sin contemplaciones de ser el causante de la haraganería de su marido.
   Por fin, el pobre Rip cayó en la desesperación; para escapar del trabajo de la granja y de los gritos de su esposa, su única alternativa era coger el fusil y vagabundear por el bosque. Algunas veces se sentaba allí, al pie de un árbol y repartía su comida con Lobo, su sufrido compañero de persecución.

 - ¡Pobre Lobo!- le decía-; tu dueña te da una verdadera vida de perro; pero ¡no te preocupes, querido; mientras yo viva, jamás tendrás necesidad de un amigo que te cuide!
  Lobo meneaba la cola, miraba ávidamente la cara de su amo, y si los perros pudieran sentir piedad, yo creería realmente que él correspondía con todo su corazón a ese sentimiento.

   Un hermoso día de otoño, durante una larga caminata de esta clase, Rip había escalado sin darse cuenta uno de los picos más elevados de las montañas de Kaatskill. Estaba absorto en su depone favorito: la caza de ardillas. Una y otra vez las silenciosas soledades le devolvían el eco de los disparos de su fusil. A última hora de la tarde, jadeante y fatigado, se dirigió a una verde loma cubierta de hierba, que coronaba da cima de un precipicio. Por un claro entre los árboles pudo contemplar casi todo el campo que, en una extensión de muchas millas de ricos bosques se extendía a sus pies. A la distancia vio el señorial Hudson, lejos, lejos por debajo de él, recorriendo en silencio su majestuoso curso, con el reflejo de una nube púrpura o con el desplazarse de una barca, rezagada, dormido, aquí y allá, en su cristalino seno, para acabar, al fin, perdiéndose entre las montañas azules.

   Del otro lado vio una profunda cañada, salvaje, desierta y áspera, con el fondo lleno de riscos rotos, amenazadores y apenas visible el reflejo de los últimos rayos del sol. Por algunos instantes, Rip quedó pensativo a la vista de este espectáculo; lentamente la noche avanzaba; las montañas  empezaban a tender sobre los valles sus largas sombras azules. Rip pensó que todo estaría oscuro mucho antes de que él llegase a las primeras casas del pueblo. Entonces lanzó un profundo suspiro al pensar que tenía que enfrentarse con Dame Van Winkle.
  Mientras descendía, y a cierta distancia oyó una voz que gritaba:
  -¡Rip Van Winkle! ¡Rip Van Winkle!

   Observó a su alrededor, pero únicamente vio un cuervo que volaba solitario a través de las montañas. Creyó que su fantasía lo había engañado y nuevamente se puso en marcha; pero el mismo grito resonó en la noche desierta:
  -¡Rip Van Winkle! ¡Rip Van Winkle!
   Al mismo tiempo, Lobo, enarcando el lomo y lanzando un fuerte gruñido, se aproximó remolonando a su amo, mirando temeroso hacia la honda cañada. Entonces Rip sintió que una vaga aprensión se apoderaba de él; miró ansioso en la misma dirección y percibió una figura extraña que lentamente emergía de los riscos y se encorvaba bajo el peso de algo que cargaba en sus espaldas. Sorprendido de ver a un ser humano en este lugar desierto y alejado, supuso que se trataba de algún vecino que necesitaba ayuda y bajó con rapidez al precipicio.
   Al irse aproximando, se sorprendió aún más de la singular apariencia del extraño: era un anciano bajo y rechoncho, con cabellos abundantes y barba gris. Vestía el estilo de la antigua moda holandesa: chaquetón de paño sujeto a la cintura con una correa, varios pares de pantalones, el exterior más voluminoso decorado con hileras de botones a ambos lados y aplicaciones en las rodillas. Sobre sus espaldas llevaba un pesado barrilito, al parecer lleno de licor, y hacía gestos a Rip para que se aproximara y lo ayudara. Aunque algo cauteloso y desconfiado, Rip accedió con su acostumbrada rapidez, y alternándose con la carga treparon a un angosto barranca, al parecer el lecho seco de un torrente de montaña. Mientras ascendían, Rip escuchaba, de cuando en cuando, unos ruidos que semejaban lejanos truenos que parecían salir de un profundo barranco, mejor dicho, de una hendidura situada entre elevadas rocas, hacia donde llevaba el pedregoso sendero. Entonces se detuvo un instante; pero, suponiendo que se trataba de una tormenta transitoria de esas que con frecuencia se desencadenan en las montañas, continuó su camino. Atravesando la hendidura, llegaron hasta una concavidad en forma de anfiteatro, rodeado de precipicios perpendiculares; sobre sus bordes finos y peligrosos apenas se podía distinguir el azulado cielo y la brillante oscuridad de la noche. Todo el tiempo que duró la caminata, Rip y su compañero marcharon en silencio; aunque Rip se preguntaba extrañado para qué transportar un barril lleno de licor a esta salvaje montaña, todavía había algo más raro e incomprensible respecto al desconocido, que le inspiraba espanto, pero cierta familiaridad.
   Al penetrar en el anfiteatro, nuevas maravillas se mostraron ante los ojos de Rip. En un lugar alto, situado en el centro, un grupo de personajes de aspecto extraño jugaba a los bolos. Sus vestidos eran raros y atractivos y no seguían la moda del lugar. Unos llevaban cortos jubones, otros chaquetas con largos cuchillos en sus cinturones, y la mayor parte de ellos usaban pantalones enormes, semejantes al del guía. También sus rostros eran singulares; uno tenía una cabeza grande, rostro ancho y ojos de cerdo; otro parecía no tener más que nariz y su cara estaba coronada por un sombrero blanco de pan de azúcar decorado con una cola de gallo pequeña y roja. Todos tenían barbas de distintas formas y colores. Entre ellos, uno parecía ser el jefe: un anciano caballero, grueso y de rostro curtido; vestía un jubón con cintas, cinturón y alfanje, sombrero de copa con pluma, medias rojas y zapatos de tacón alto y hebillas. En su totalidad, el grupo recordaba a Rip imágenes de un antiguo cuadro de Fleming, que había sido traído de Holanda en la época de la colonización y que ahora estaba en el saloncito de Dominie Van Shaick, párroco del pueblo.
  Lo que a Rip le parecía particularmente raro era que estos individuos, aunque con toda seguridad se estaban divirtiendo, mantenían, sin embargo sus caras serias y en el más misterioso silencio: nunca había presenciado una partida de recreo más lúgubre. Nada interrumpía el silencio de la escena, salvo el ruido de los bolos, que al rodar lanzaban su eco a través de las montañas, como si se tratara de un rodar de truenos.
Cuando se aproximaron Rip y su compañero, ellos abandonaron repentinamente su juego, mirándolo con tal fijeza de estatuas, y con tan extraños, rudos y deslucidos rostros, que el corazón le dio un vuelco y sus rodillas se entrechocaron. Mientras tanto su compañero vaciaba en grandes redomas el contenido del barrilito, haciéndole señas de que esperase cerca del grupo. Obedeció con temor y temblando; los extraños personajes bebieron el licor; en medio de un profundo silencio, y al terminar retornaron a su juego.
  El horror y la aprensión de Rip aumentaban por momentos. Cuando nadie lo miraba, se aventuró a probar el brebaje, y le encontró el mismo sabor de los excelentes vinos holandeses. Como por naturaleza era un espíritu sediento, estuvo dispuesto a repetir el juego. Así un trago siguió a otro, y tantas veces visitó las redomas, que, finalmente, sus sentidos se vieron colmados, los ojos le bailaban, su cabeza se inclinaba poco a poco hasta que al cabo, se sumió en un profundo sueño.
  Despertó en la verde loma donde por primera vez habla visto al viejecito de la cañada y se restregó los ojos. La mañana era brillante y soleada. Los pájaros volaban de rama en rama y cantaban entre los árboles; el águila giraba en las alturas, aspirando el aire puro de las montañas.
"Con seguridad he dormido toda la noche aquí", pensó Rip.
  Recordó lo que había sucedido antes de dormirse. El extraño personaje con su barril de licor a la espalda..., la hendidura de la montaña..., la fantástica partida de bolos.. ., las redomas....

  "¡Oh, esa maldita redoma!-pensó Rip-. ¿Qué le diré ahora a Dame Van Winkle?",
Miró en torno suyo, buscando su fusil; pero en vez de la limpia y engrasada escopeta, sólo encontró a su lado un antiguo fusil de chispa, con el cañón enmohecido, el cerrojo roto y la caja gastada. Ahora comenzaba a sospechar que los serios habitantes de la montaña le habían tendido una celada emborrachándolo para robar su fusil. Tampoco estaba Lobo, aunque éste se podía haber extraviado al correr tras una perdiz o una ardilla. En vano silbo y gritó su nombre; el eco repetía sus silbidos y sus gritos, más el perro no aparecía.
Decidió entonces volver a visitar el lugar de la aventura de la noche anterior: si se encontraba con alguno de la partida preguntaría por su perro y por su fusil. Al ponerse en pie, notó cienos dolores en las articulaciones y advirtió que había perdido su acostumbrada agilidad.
 "No me convencen estas camas de montaña" -se dijo Rip-; "si esta aventura me trae un reumatismo, tendré una pelea con Dame Van Winkle".
  Con cierta dificultad se metió por la cañada. Halló el sendero pedregoso por donde él y su compañero habían ascendido la noche anterior; pero, para su asombro, ahora corría por el arroyo montañero saltando de piedra en piedra y llenando la cañada con sus rumores. No obstante, él hizo enormes esfuerzos para escalar sus laderas, abriéndose paso a través de abedules, hamamelis, sasafrás y otras plantas. Algunas veces tropezaba o quedaba enredado en las parras salvajes que de árbol en árbol entrelazaban sus ramas o zarcillos y formaban como una red en el sendero.
  Por fin llegó al lugar donde la hendidura abierta a través de los riscos conducía al anfiteatro, pero allí no existían rastros de tal abertura. Las rocas formaban una pared alta e impenetrable, y sobre ella rodaba el torrente espumoso para precipitarse en un ancho y profundo estanque, oscuro por las sombras de la floresta que lo circundaba. El buen Rip tuvo que detenerse. Otra vez silbó llamando a su perro; pero sólo le contestó el graznar de unos cuervos perezosos ubicados en lo alto de un árbol seco que se inclinaba hacia un soleado precipicio, y quienes, seguros desde su altura, parecían mirarlo y burlarse de las perplejidades del hombre. ¿Qué haría?... La mañana ya había pasado, y Rip tenía hambre, ya que no había desayunado. Estaba apenado por la pérdida de su perro y su fusil; temía el encuentro cor su mujer, pero no podía morir de hambre entre entre las montañas. Pesarosamente movió la cabeza, colgó a su espalda el rústico y anticuado fusil y lleno de pesadumbre  y angustia marchó hacia su casa.
  Al aproximarse al pueblo se encontró con varías personas,  pero él no reconoció a nadie, cosa que le sorprendió, porque creía conocer a toda la gente del pueblo y de sus alrededores. Los vestidos que vio eran de una moda diferente a la que él estaba habituado. Todos lo miraban con curiosidad, e invariablemente al observarlo, se tocaban la barbilla. La repetición de este gesto llevó involuntariamente a Rip a hacer lo mismo..., y con gran sorpresa se encontró con una larga barba de un pie.
  Ya había pasado los límites del pueblo. Un montón de niños desconocidos corrían junto a sus talones, gritando y señalando su larga barba gris. Ni siquiera lo reconocían los perros, pues a su paso le ladraban.
   Todo el pueblo estaba transformado; era más grande y tenía más gente. Había manzanas de casas que jamás había visto antes, y las que le eran familiares, habían desaparecido. Las puertas
ostentaban nombres desconocidos, rostros extraños en las ventanas; todo era muy raro. Su pensamiento empezó a vacilar; comenzó a dudar si él y el mundo que lo circundaban no estarían hechizados. Estaba seguro de que éste era su pueblo natal, que él había abandonado no más el día anterior. Allí están las montañas Kaatskill, allí corría el plateado Hudson..., más allá se elevaban como siempre los cerros y cañadas; Rip se había quedado dolorosamente atónito.
"Este barril de anoche -reflexionó-, ha transformado mi pobre cabeza en una olla de grillos".
  Dificultosamente encontró el camino que llevaba a su propia casa, a la que se acercó con silencioso temor, esperando escuchar a cada paso los chillidos de Dame Van Winkle. Halló la casa hecha escombros, el tejado caído.. ., las ventanas rotas y las puertas salidas de sus goznes. Un perro hambriento, parecido a Lobo, remoloneaba cerca de la casa. Rip lo llamó por su nombre, pero el perro gruñó, le mostró los dientes y huyó. Esto era, verdaderamente, incomprensible.
 -¡Hasta mi propio perro me desconoce! -se quejó el pobre Rip.
  Entró en la casa, que a decir verdad, Dame Van Winkle siempre tenía limpia y ordenada. Ahora estaba desierta, sucia y, al parecer, abandonada. La angustia venció todos sus temores conyugales..., y en voz alta llamó a su esposa y a sus hijos. Las habitaciones vacías se llenaron por un instante con la potencia de su voz, pero luego todo volvió al silencio.
  Entonces empezó a correr, dirigiéndose a su viejo refugio, la posada del lugar..., pero también había desaparecido. En su lugar se levantaba un edificio de madera grande y ruinoso, con grandes ventanas, algunas rotas y -remendadas con viejos sombreros y con enaguas; sobre la puerta se leía: Hotel de la Unión de Jonathan Doolittle. En vez del enorme árbol que resguardaba con su sombra la pacífica posadita holandesa de otros tiempos, ahora se alzaba una alta pértiga sin ramas ni hojas, con algo en lo alto que semejaba un gorro de dormir rojo, y allí ondeaba una bandera, donde se agrupaba una serie de barras y estrellas... Todo era muy extraño e incomprensible. Sin embargo, reconoció la rubicunda faz del rey Jorge III, bajo la cual había fumado tranquilamente tantas pipas; pero aun esto había concluido, se había transformado: un traje azul con piel de ante sustituía el traje rojo: en la mano ya no llevaba cetro, sino una espada; cubría su cabeza con un sombrero de tres picos, y debajo de él y con grandes caracteres se leía el nombre de General Washington.

   Como siempre, un grupo de personas estaba cerca de la puerta, pero Rip no conocía a nadie. El verdadero carácter del pueblo parecía haberse transformado. En todo él existía un ambiente disputa, actividad y bullicio que reemplazaba la habitual tranquilidad, flemática y soñolienta. En vano buscó con la mirada al sabio Nicholas Vedder, con su rostro ancho, su doble barbilla y larga pipa, echando nubes de humo en lugar conversar perezosamente; o a Van Bummel, maestro, leyendo en voz alta algún periódico antiguo. En su lugar había allí un hombre delgado de apariencia biliosa, con los bolsillos repleto de prospectos, arengando con vehemencia sobre derechos civiles, las elecciones, los miembros del Congreso, la libertad, acerca de la colina de Bunker, tos héroes del 76 y otras muchas cosa que eran un perfecto galimatías para el maravillado Van Winkle.
  La llegada de Rip, con su larga barba gris, su rústico fusil, su extraña vestimenta, y el séquito de mujeres y niños a sus talones, pronto llamó la atención de los políticos tabernarios. Juntándose a su alrededor, lo miraron de pies a cabeza gran curiosidad. El orador se le abalanzó y, llevándole aparte, le preguntó "a qué partido iba a votar". Rip lo miró sin saber qué decir.
Otro individuo bajito, y al parecer muy activo, lo agarró por el brazo y, subiéndose sobre las puntas de sus pies, le preguntó al oído:
  -¿Es usted federal o demócrata?

  Tampoco ahora Rip podía comprender la pregunta. Entonces un anciano caballero, orgulloso y altivo, tocado con un sombrero de tres picos, atravesó el grupo, abriéndose camino con los codos a derecha e izquierda y plantándose delante de Rip, con una mano en la cadera, el sombrero encajado, otra mano enarbolando el bastón, lo miró fijamente y le preguntó:
  -¿Con qué intenciones viene Ud. a las elecciones cargando ese fusil y con ese populacho ruidoso a sus talones? ¿Es que se quiere Ud. promover en el pueblo?
  -¡Ay señores! -dijo Rip jadeante-. Soy hombre tranquilo e inofensivo, natural del lugar, y un Mito leal al rey, nuestro señor, a quien Dios bendiga.

  Entonces estalló un ensordecedor griterío entre los espectadores.
  -¡Un tory! ¡Un tory!.., ¡Un refugiado! ¡Un espía! ¡Afuera con él!...
   Con mucha dificultad el hombre del sombrero de tres picos pudo restablecer la calma y asumiendo una autoridad diez veces mayor que la real, pidió nuevamente al forastero que le explicase para qué había ido y a quién buscaba. El desdichado le aseguró humildemente que no deseaba perjudicar a nadie, sino que había acudido a aquel lugar buscando algunos de sus vecinos con quienes él acostumbraba reunirse cerca de la posada.

  -Bien... ¿Quiénes son ellos? Díganos sus nombres...
   Rip pensó momento y luego preguntó:
   -¿Dónde está Nicholas Vedder?
   Se produjo un corto silencio y un anciano contestó con voz fina y cascada:
   -¿Nicholas Vedder? Murió y lo enterraron hace dieciocho años. En el patio de la iglesia existía una lápida de madera en que decía todo lo referente a él; pero se pudrió y también desapareció.

 -¿Dónde está Brom Dutcher?
  -¡iOh! Al comienzo de la guerra se fue al ejército; algunos dicen que lo mataron en el asalto de Stony Point. . .; otros aseguran que murió en una batalla al pie de Antony’s Nose. Lo cierto es que nunca más regresó.

  -¿Dónde está el maestro Van Bummel?
 -También fue a la guerra. Llegó a ser un gran general de milicias, y ahora está en el Congreso.
       Rip desfallecía al conocer todas estas noticias de su hogar y de sus amigos; y de pronto se encontró sólo en el mundo. Cada respuesta lo sumía en un mar de confusiones, por referirse a tiempos y unos asuntos que le eran incomprensibles la guerra..., el Congreso.. ., Stony Point... No se animó a preguntar por ningún otro amigo, pero gritó ya desesperado:

  - ¿Nadie conoce a Rip Van Winkle?
 -¡Oh!  Rip Van Winkle! -dijeron algunos-. ¡Claro que sí! Allí está, apoyado contra el árbol. Ese es Rip Van Winkle.

   Rip miró hacia donde le señalaban y vio una segunda versión de sí mismo antes de marcharse a la montaña: tan perezoso y tan holgazán seguramente, como él mismo. El pobre hombre estaba ahora completamente confundido. No sabía bien quién era en realidad. En medio de su sorpresa, el hombre del tricornio le preguntó cuál era su nombre.

  -Dios sabe -exclamó en su inocencia- Yo no soy yo; debo ser algún otro. . ., ese que está allí..., . . no..., ése es otro puesto en mis zapatos... Anoche yo era yo, pero me dormí en la montaña, y ellos me cambiaron el fusil y me lo han cambiado todo, y yo estoy transformado y no puedo decir cómo me llamó ni quién soy...

   Los presentes comenzaron a mirarse unos a otros, moviendo la cabeza significativamente y haciendo señas de que Rip estaba loco. Hubo también cuchicheos sobre si debían tomar el fusil y alejarle del viejo para que éste no pudiera cometer cualquier locura, a cuya sugerencia el hombre altivo del tricornio se retiró precipitadamente. En este crítico momento, una mujer joven y gentil trató de echar una ojeada sobre el viejo de las barbas grises. La mujer llevaba en sus brazos un niño gordinflón que, asustado del viejo, comenzó a llorar.

  -¡Calla Rip!-le gritó su madre-. Calla, niño. El viejo no va a hacerte ningún daño.
  El nombre del niño, el aspecto de la madre, el timbre de su voz, despertaron en el viejo una serie de recuerdos.

  -Buena mujer, ¿cuál es su nombre? -preguntó.
  -Judith Gardenier.
  -¿Y el de su padre?

  -¡Ah desdichado! Rip Van Winkle se llamaba; hace ya veinte años se marchó de casa con su fusil y jamás supimos nada de él... Sólo su perro regresó a casa; pero nadie puede decir si se mató o si se lo llevaron los indios. Yo entonces era sólo una niña.

   Rip ya no tenía más preguntas, pero con voz desfallecida dijo:
   -¿Y dónde está su madre?

   -¡Oh! También ella murió poco tiempo después; arrebatada de pasión por un buhonero de New England, se le rompió una vena.
   Por lo menos, en esta repuesta había algo de consuelo. El hombre no pudo contenerse más y tomando a su hija y a su nieto en sus brazos gritó:
   -Soy tu padre. El joven Rip Van Winkle de ayer..., el viejo Rip Van Winkle de hoy... ¿Nadie reconoce al desdichado Van Winkle?
   Todos permanecieron atónitos, hasta que, por fin, una anciana avanzó por entre el grupo, y acercándosele le puso una mano en la barbilla, lo miró por un momento fijamente y exclamó:       -Efectivamente. ¡Es verdaderamente Rip Van Winkle! Bienvenido, viejo vecino... Pero, ¿dónde te has metido durante estos largos veinte años?

   La aventura de Rip pronto fue conocida; para él los veinte años pasados habían sido una sola noche. Los vecinos quedaron estupefactos cuando oyeron eso; nadie pestañeaba ni decía nada, y el orgulloso hombre del sombrero de tres picos que se había marchado inquieto, retornó a su lugar, torció las comisuras de los labios y movió significativamente la cabeza..., por cuanto hubo un movimiento general de cabezas en toda la asamblea.

   No obstante se determinó pedir su opinión al viejo Peter Vanderdonk que lentamente avanzaba por el camino. Era descendiente del historiador del mismo nombre, el cual había escrito uno de los primeros acontecimientos de la provincia. Peter era el habitante más anciano del lugar y estaba bien informado de todos los sucesos y tradiciones maravillosos de la vecindad. Al momento reconoció a Rip y corroboró su relato de una manera satisfactoria. Aseguró a la asamblea que era una realidad, ya señalada por su antepasado el historiador, que las montañas Kaatskill siempre habían estado encantadas por extraños seres; que eso confirmaba que el gran Hendrick Hudson, descubridor del río y el país, cada veinte años aparecía allí vigilando, acompañado de su grupo de halfmoon, ya que así podía visitar los paisajes de sus antiguos dominios y mantenerse ojo avisor sobre el río y la ciudad que llevan su nombre. Aseguró también que su padre los había visto vestidos a la vieja usanza holandesa jugando a los bolos en una hondonada de la montaña y que incluso él mismo, en una tarde de verano, había oído el ruido de los bolos que semejaban truenos lejanos.
  Para acortar la historia, el grupo se deshizo y retomó a lo que más le preocupaba: las elecciones. La hija de Rip llevó a éste a su hogar para que viviera con ella; tenía una casa muy cómoda y bien amueblada y por marido un granjero grueso y alegre, en quien Rip reconoció a uno de los niños que solían colgarse de sus espaldas. En cuanto a su hijo y heredero, que era una copia fiel de él y a quien había visto apoyado contra el árbol, estaba contratado para trabajar en la granja: pero mostraba una disposición hereditaria a ocuparse de todos los demás antes que de sus propios negocios.

   Rip retornó a sus antiguos paseos y hábitos; pronto encontró a muchos de sus íntimos amigos, todos en peor situación física que él a causa de los padecimientos y del paso del tiempo; por lo tanto prefirió hacer nuevas amistades entre los jóvenes, con los que enseguida estuvo a tono.

   Como en casa no tenía nada que hacer, y habiendo llegado a esa edad en la que un hombre puede holgazanear impunemente, una vez más ocupé su puesto en el banco ubicado en la puerta de la posada y fue reverenciado como patriarca del pueblo y como cronista de tiempos pasados, de la época "anterior a la guerra". Tuvo que pasar algún tiempo antes de que pudiese tomar parte en la chismografía o comprendiese los extraños sucesos que habían ocurrido durante sus sueños. Había habido una guerra revolucionaria, el país se había liberado del yugo de la vieja Inglaterra, el ya no era súbito de su majestad Jorge III, sino un ciudadano libre de los Estados Unidos; todo era aún incomprensible para Rip. Pero él no era político; los cambios de estados e imperios no lo impresionaban; para él sólo existía una especie de despotismo odioso contra el cual siempre había combatido: el gobierno de las faldas. Felizmente, eso se había terminado para él; ya tenía la nariz fuera de las garras del matrimonio y entraba y salía a su placer sin que ninguna Dame Van Winkle lo controlase. Sin embargo, apenas se mencionaba  su nombre, él movía la cabeza, alzaba los hombros y elevaba los ojos al cielo, lo cual podía considerarse un gesto de resignación por su destino o de alegría por su libertad.

   Adquirió la costumbre de contar su aventura a cuanto forastero llegase al hotel de míster Doolittle. Al principio observó que cada vez que lo contaba variaba algunos puntos de su relato, lo cual era, sin duda, a causa de haberse despertado tan recientemente. En verdad, es tal como yo lo he relatado, y todos en el lugar, hombres y mujeres, niños, se lo sabían de memoria. Algunos han pretendido dudar de la realidad de esta historia e insistieron en que Rip estaba loco y que en este relato su protagonista no daba nunca pie con bola. Pero los antiguos habitantes holandeses le daban completo crédito. E incluso ahora, siempre que oyen una tormenta, en la tardes de verano, cerca de las montañas Kaatskill, dicen que Heridrick Hudson y su gente continúan jugando a los bolos; y todos los maridos dominados da la vecindad, cuando la vida matrimonial les pese demasiado, desearían poder beber un trago de vino de la copa de Rip Van Winkle. (*)

 

Casa de Washington Irving, pintura en pastel de Sidney Pamel

Casa de Washington Irving, pintura en pastel de Sidney Pamel

 

(*) Fuente: Washington Irving, "Rip Van Winkle",  en El cuento norteamericano del siglo XlX, Buenos Aires, Centro editor de América Latina, 1977.