Los tres staretzi, por León Tolstoi

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 León Tolstoi, cuyo aspecto no es muy distinto a un "staretzi" que, en Rusia, es un hombre santo de edad avanzada.    Noches rusas,  de lunas sensibles y profundas, brillan en Tolstoi. Noches que nacen del trigo, las fuentes y las creencias religiosas de las tierras que Iván el Terrible arrebató a los mongoles. En este instante de Grandes relatos fantásticos de Temakel, presentamos uno de los más esenciales cuentos de origen popular de Tolstoi: "Los tres staretzi". En Rusia, se llama "staretzi" a un hombre santo de avanzada edad. En el relato del creador ruso burbujea una colisión. Un enfrentamiento. La oposición entre la religión como desprendimiento y experiencia auténtica y lo religioso como reino de la institución y el formalismo. En la narración, la religión como dogma, jerarquía y tradición, es representada por el Arzobispo de Arkangelsk. Por contrapartida, tres ancianos staretzi iluminan el camino de la ingenuidad y la veneración sincera de una fuerza divina, trascendente. Inextinguible.

  Por eso, quien siga el camino de los staretzi quizá descubra que el destino del cuerpo humano es ser caliente luz...

Esteban Ierardo

 

 

 

  * La traducción que presentamos de este cuento de Tolstoi es de Rodolfo Walsh, un gran escritor y hombre de compromiso cívico argentino asesinado por la fatídica dictadura militar en el año 1976.

LOS TRES STARETZI
Por León Tolstoi

 

   El Arzobispo de Arkangelsk navegaba hacia el monasterio de Solovski. Iban en el buque varios peregrinos que se dirigían al mismo lugar para adorar las sagradas reliquias que allí se custodian. El viento era favorable, el tiempo magnífico y el barco se deslizaba serenamente.

   Algunos peregrinos se habían recostado, otros comían; otros, sentados, conversaban en pequeños grupos. El obispo subió a la cubierta y comenzó a pasearse. Al acercarse a la proa, vio un grupito de pasajeros y en el centro un mujik (1) que hablaba señalando un punto en el horizonte. Los demás lo escuchaban con  atención.

El arzobispo se detuvo y miró en la dirección que señalaba el mujik; pero sólo vio el mar, cuya superficie resplandecía a la luz del sol. El arzobispo se acercó más y prestó atención. El hombre, al verlo, se descubrió y calló. Los demás lo imitaron, descubriéndose respetuosamente.

    -No se preocupen, hermanos míos-dijo el prelado-. Yo también quiero oír lo que aquí se está diciendo.

    -Pues bien -respondió un comerciante que parecía menos intimidado que los otros componentes del grupo-, nos narraban la historia de los tres staretzi.

    -¡Ah! -dijo el obispo-. ¿Y qué historia es esa?

    Y, acercándose a la borda, se sentó sobre un cajón.

    -Habla-agregó, dirigiéndose al campesino-, yo también quiero oírte. ¿Qué señalabas, hijo mío?

    -Aquel islote-respondió el campesino, mostrando, a su derecha, un punto del horizonte-.

    Justamente en ese islote los tres staretzi trabajan por la salvación de su alma.

        -Pero ¿dónde está el islote?

    -Dígnese mirar usted en la dirección de mi mano. ¿Ve esa nubecilla? Pues bien, algo más bajo, a la izquierda. Esa especie de franja gris.

    El Arzobispo miraba con atención, pero como el agua centelleaba y él no tenía costumbre, nada alcanzaba a ver.

    -Pues no veo nada -dijo-. Mas ¿quiénes son esos staretzi que viven en el islote?

    -Son hombres de Dios -contestó el campesino-. Hace ya mucho que oí hablar de ellos, pero hasta el verano pasado no tuve oportunidad de verlos.

    El mujik  reanudó su relato. Un día que había salido de pesca, un temporal lo arrastró hasta aquel islote desconocido. Echó a caminar y descubrió una minúscula cabaña, junto a la cual estaba uno de los staretzi. Poco después aparecieron los otros dos. Al ver al campesino, pusieron sus ropas a secar y lo ayudaron para que reparase su barca.

    -¿Y cómo son? -preguntó el Arzobispo.

    -Uno de ellos es encorvado, pequeño y muy viejecito. Viste una raída sotana y parece tener más de cien años. Su blanca barba empieza a adquirir una tonalidad verdosa. Es risueño y apacible como un ángel del cielo. El segundo, un poco más alto, lleva un andrajoso capote. Su luenga barba gris tiene reflejos amarillos. Es muy vigoroso: puso mí barca boca abajo como si se tratara de una cáscara de nuez, sin darme tiempo a ayudarlo. El también parece siempre contento. El tercero es muy alto: su barba es blanca como el plumaje del cisne y le llega hasta las rodillas. Es un hombre melancólico, de ceño fruncido, que sólo cubre su desnudez con un trozo de arpillera que se sujeta a la cintura.

-¿Y de qué hablaban contigo? -preguntó el sacerdote.

-Oh, hablaban muy poco, incluso entre ellos. Les bastaba una mirada para entenderse. Le pregunté al más anciano si hacía mucho tiempo que vivían allí y él no sé qué me respondió con tono de fastidio. Pero el más bajo lo tomó de la mano, sonriendo, y el alto se calmó enseguida. El viejecito dijo solamente: "Haznos el favor...
    Y sonrió. Mientras hablaba el campesino, el barco se había acercado a un grupo de islas.

    -Ahora se divisa perfectamente el islote -observó el comerciante-. Mire usted, Ilustrísima -añadió, extendiendo el brazo.

    El Arzobispo vio entonces una franja gris. Era el islote. Permaneció inmóvil un largo rato, y después, pasando de proa a popa, dijo al piloto:

    -¿Qué islote es aquel?

    -Uno de tantos. No tiene nombre.
    -¿Es cierto que allí trabajan los staretzi por la salvación de su alma?

    -Eso dicen, mas no sé si es cierto. Los pescadores aseguran haberlos visto, pero a veces se habla por hablar.

    -Me gustaría desembarcar en el islote para ver a los staretzi-dijo el Arzobispo-. ¿Es posible?

    -El buque no puede anclar allí -respondió el piloto-. Para eso hay que utilizar el bote, y sólo el capitán puede autorizarnos a lanzarlo al agua.

    Se dio aviso al capitán.

    -Quiero ver a los staretzi-dijo el Arzobispo-. ¿Puede llevarme?

    El capitán intentó disuadirlo.

    -Es fácil -contestó-, pero perderemos mucho tiempo. Y casi me atrevería a decir a su Ilustrísima que no vale la pena verlos. He oído decir que esos ancianos son unos necios, que no entienden lo que se les dice y casi no saben hablar, como si fueran peces.

    -Sin embargo, quiero verlos. Pagaré lo que sea, pero le ruego que disponga lo necesario para llevarme.

    La cosa quedó resuelta. Se realizaron los preparativos necesarios, se cambiaron las velas, el piloto modificó el rumbo y el buque enfiló hacia la isla. Colocaron a proa una silla para el obispo, quien sentado en ella clavó la mirada en el horizonte. Los pasajeros también se reunieron para ver el islote de los staretzi. Los que tenían buena vista divisaban ya las rocas de la isla y mostraban a los demás la diminuta choza. Bien pronto, uno de ellos descubrió a los tres staretzi. El capitán trajo un catalejos, miró y se los ofreció al obispo.

    -Es cierto-dijo-. A la derecha, junto a un gran peñasco, se ve a tres hombres.

    El obispo enfocó el catalejos en la dirección señalada y vio, efectivamente, a tres hombres: uno muy alto, otro más bajo y el tercero muy pequeño. Estaban de pie, junto a la orilla, tomados de la mano.

    -Aquí debemos anclar el buque-advirtió el capitán al Arzobispo-. Su Ilustrísima debe embarcar en el bote. Nosotros lo esperaremos.

    Echaron el ancla, recogieron las velas y el barco empezó a balancearse. Botaron la canoa, saltaron a ella los remeros y el obispo descendió por la escala. Se sentó en un banco de popa y los marinos remaron en dirección al islote. Pronto llegaron a una distancia muy corta, desde donde se distinguía perfectamente a los tres staretzi: uno muy alto y casi desnudo, salvo por un trozo de arpillera ceñido a la cintura; otro más bajo, con un capote harapiento, y por último el más viejo, encorvado y vestido con sotana. Estaban los tres tomados de la mano. Llegó el bote a la orilla, saltó a tierra el obispo y bendiciendo a los staretzi, que se deshacían en reverencias, les habló así:

    -He sabido que trabajan aquí por la eterna salvación de sus almas, amados staretzi, y que rezan al Cristo por el prójimo. Yo, indigno servidor del Altísimo, he sido llamado por su gracia para apacentar sus ovejas. Y puesto que sirven al Señor, he querido visitarlos para traerles la palabra divina. Los staretzi callaron, se miraron y sonrieron.
    -Díganme cómo sirven a Dios -prosiguió el Arzobispo. El staretzi que estaba en el centro suspiró y miró al viejecito. El staretzi más alto hizo un gesto de fastidio y también se volvió hacia el anciano. Este sonrió y dijo:

-Servidor de Dios, nosotros no sabemos servir al Altísimo sino tan sólo a nosotros mismos, ganando nuestro sustento.

-Pues entonces - respondió el obispo-, ¿cómo rezan?

-Nuestra oración es esta: "Tú eres tres, nosotros somos tres. Concédenos tu gracia".

    Y no bien el viejecillo pronunció estas palabras, los tres staretzi alzaron la mirada al cielo y repitieron:

    -Tú eres tres, nosotros somos tres. Concédenos tu gracia. Sonrió el Arzobispo y dijo:

    -Evidentemente han oído hablar de la Santísima Trinidad, pero no es así como se debe rezar. Les he tomado afecto, venerables staretzi, porque advierto que quieren complacer a Dios. Pero ignoran cuál es la forma de servirle. Esa no es la manera de rezar. Escúchenme, que yo les voy a enseñar. Lo que les diré está en las Sagradas Escrituras de Dios, que dicen cómo debemos dirigirnos a El.

    Y el obispo les explicó cómo Cristo se reveló a los hombres y les habló sobre el misterio de Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. Después dijo:

    -El Dios Hijo descendió a la Tierra para salvar al género humano, y a todos nos enseñó a rezar. Escuchen y repitan conmigo -y el obispo empezó:-Padre nuestro...
    Y el primer staretzi repitió:

    -Padre nuestro...
    Y el segundo dijo asimismo:
    -Padre nuestro...
    Y el tercero:
    -Padre nuestro...
    -Que estás en los Cielos -prosiguió el Arzobispo.Y los staretzi repitieron:
    -Que estás en los Cielos...

    Pero el que estaba en el medio se equivocaba y decía una palabra por otra; el más alto no podía seguir porque los bigotes le tapaban la boca, y el viejecito, que no tenía dientes, pronunciaba muy mal. El obispo recomenzó la oración y los staretzi volvieron a repetirla. El prelado se sentó en una piedra y los staretzi hicieron círculo alrededor de él, mirándolo fijamente y repitiendo cuanto él decía. Todo el día, hasta la llegada de la noche, el obispo se empeñó en que aprendieran la oración, reiterándoles la misma palabra diez, veinte, cien veces. Los staretzi se equivocaban, él los corregía y volvía a empezar. El Arzobispo no se separó de los staretzi hasta que les hubo enseñado la divina plegaria. La repitieron con él, y después solos. El staretzi del medio la aprendió antes que los otros, y la dijo sin ayuda. Entonces el Arzobispo se la hizo repetir varias veces, y sus compañeros lo imitaron. Empezaba a oscurecer y la luna se levantaba sobre el mar cuando el Arzobispo se incorporó para volver al buque. Se despidió de los staretzi, quienes lo saludaron inclinándose hasta el suelo. El los hizo incorporarse y los besó a los tres, recomendándoles que rezaran como los había enseñado. Después se instaló en el banco del bote que se dirigió hacia el buque. Mientras bogaban, seguía oyendo a los staretzi recitando en alta voz la plegaria del Señor. Pronto llegó el bote junto al barco. Ya no se oían las voces de los staretzi, pero aún se los veía en la orilla, los tres a la luz de la luna: el viejecito en medio, el más alto a su derecha y el otro a la izquierda. El Arzobispo llegó al buque y subió al puente. Levaron anclas, el viento hinchó las velas y la nave se puso en marcha continuando el viaje interrumpido. El Arzobispo se sentó a popa, con la mirada clavada en el islote. Aún se divisaba a los tres staretzi. Después desaparecieron y sólo se vio la isla. Y por último, esta también se desvaneció en lontananza y quedó el mar solo, brillando bajo la luna. Se acostaron los peregrinos y el silencio envolvió el puente, pero el obispo aún no quería dormir. De pie en la popa, contemplaba el mar, en dirección del islote, y pensaba en los buenos staretzi. Recordaba la dicha que habían experimentado al aprender la plegaria y agradecía a Dios que lo hubiera señalado para ayudar a aquellos santos varones, enseñándoles la palabra divina. Esto pensaba el obispo, con la mirada fija en las aguas, cuando vio algo que fulguraba en la estela luminosa de la luna. ¿Sería una gaviota o una vela blanca? Miró con más atención, y se dijo: "Sin duda es una barca de vela que nos sigue. ¡Pero cuán veloz avanza! Hace un instante estaba lejos, muy lejos, y ahora ya está cerca. Además, no se parece a ninguna de las barcas que yo he visto, y esa vela tampoco parece una vela. No obstante, nos sigue”.
Y el obispo no atina a describir qué es. ¿Un ave, un pez? También parece un hombre, pero es más grande que un hombre. Y, además, un hombre no podría caminar sobre el agua. Se levantó el obispo y fue adonde estaba el piloto.

    -¡Mira!-le dijo-. ¿Qué es eso?

    Pero en ese instante, advierte que son los staretzi que se deslizan sobre el mar y se acercan a la nave. Sus níveas barbas lanzan un intenso resplandor. El piloto abandona el timón.
    -¡Señor, los staretzi nos persiguen sobre el mar, y corren sobre las olas como si fuera el suelo!

    Al oír estos gritos, los pasajeros se levantaron y lanzáronse hacia la borda. Entonces, todos vieron a los staretzi que se deslizaban por el mar, tomados de la mano y que los de los extremos hacían señas para que el buque se detuviera. Aún no habían tenido tiempo de detener la marcha, cuando los tres staretzi llegaron junto al barco, y levantando los ojos, los tres dijeron a un tiempo:

    -Servidor de Dios, ya hemos olvidado recitar la plegaria. Mientras la repetíamos, nos acordábamos; pero en cuanto dejamos de decirla, se nos olvidó una palabra y todo se vino abajo. Por favor, queremos que nos la enseñes otra vez. El obispo se persignó y dijo inclinándose hacia los staretzi:

    -La oración de ustedes llegará igualmente al Señor, santos staretzi. ¡No soy yo quien debe enseñarles! ¡Recen ustedes por nosotros, pobres pecadores!Y el obispo los saludó con una profunda reverencia. Los staretzi permanecieron un instante inmóviles, después se volvieron y se alejaron sobre el mar. Y hasta el alba se vio un gran resplandor en el islote a donde habían regresado. (*)

 (1)  Mujik: campesino ruso.

 

(*) Fuente: León Tolstoi, "Los tres staretzi", en Antología del cuento extraño, Buenos Aires, Editorial Hachette, 1976, pp.95-104; traducción Rodolfo Walsh.