El electrobardo de Trurl, por Stanislaw Lem

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El electrobardo de Trurl, ilustración del cuento de Lem en la edición de Ciberíada de la desaparecida editorial Bruguera.   En este nuevo momento de grandes cuentos fantásticos en Temakel les presentamos una excelente expresión de la literatura fantástica vinculada con la ciencia ficción. Pertenece a la obra Ciberíada, de Stalislaw Lem, gran creador de mundos espaciales. En "El electrobardo de Trurl", la imaginación de Lem concibe una máquina capaz de una prodigiosa creatividad poética. El electropoeta proyecta su influencia sobre el orden público, y, finalmente, a todo el universo. En esta pieza fantástica aletea subrepticiamente la añoranza de la reconciliación entre la máquina y la tecnología avanzada y la sensibilidad humana capaz de generar y valorar ríos verbales de belleza lírica.

 Además del relato de Lem, hallarán también aquí una introducción biográfica al escritor polaco y, al final, un recuadro con sus principales obras.

 

E.I

 

 

 

 

Biografia de Stanislaw Lem
Por David Suárez de Lis, Francisco José Súñer Iglesias

Stanislaw Lem  Stanislaw Lem nació en 1921 en Lvov, ciudad de Ucrania que hasta 1939 perteneció a Polonia. Hijo único, pasó gran parte de su niñez en mundos de su propia creación, cuando no estaba desmontando cosas para ver cómo funcionaban, viviendo en el primer piso del número 4 de la calle Brajerka.

Comenzó sus estudios de medicina en 1939, que quedaron interrumpidos durante la ocupación nazi, pues siendo una familia judía, tenían otros problemas mucho más serios de los que ocuparse.

Empezó a trabajar de soldador y mecánico, haciendo un poco de sabotaje sin mayor esfuerzo pues, según sus propias palabras, era un pésimo soldador. También traficó con armas y municiones para la resistencia polaca.

En 1942 los judíos de Lvov son enviados a las cámaras de gas de Belzec, salvándose los Lem gracias a documentos de identidad falsos y a que lograron dejar el ghetto a tiempo.

En 1944 la Armada Roja arrebata Lvov a los alemanes y, habiendo su familia perdido todas sus posesiones, Lem se traslada a Cracovia, continuando sus estudios de medicina allí, por la especialidad de Psicología.

En 1946 se publica HOMBRE DE MARTE en una revista juvenil, su primera publicación.

1948 supone el fin de la carrera de Medicina para Lem. A pesar de ser socialista, la inclusión de las ideas de Trofim Lysenko acerca de la herederabilidad de los tratos adquiridos en el dogma oficial le hizo perder un poco de la fe que tenía. Por esas fechas publica anónimamente sobre Lysenco, pero no es sancionado a pesar de que la publicación fue desmantelada. Aún así, Lem suspende sus exámenes finales debido a que se niega a regurgitar dogma en vez de ciencia.

También había orden de incorporación a filas para los doctores, así que no estaba interesado en la práctica médica. Por esas fechas estaba escribiendo una novela realista, EL HOSPITAL DE LA TRANSFIGURACIÓN, que será publicada en 1955.

En 1951 publica su primera novela; LOS ASTRONAUTAS, principalmente utópica, lo que contribuyó a que pasase la censura sin muchos problemas. Sobre esta época la Cibernética, una de las pasiones de Lem es prohibida en todo el bloque socialista por ser considerada una mala influencia del capitalismo.

En 1953 Lem se casa con Barbara, por aquel entonces, estudiante de Medicina.

En 1955 publica LA NEBULOSA DE ANDRÓMEDA. Como LOS ASTRONAUTAS, es esta una novela esencialmente utópica. Ambas habían tenido una entusiástica acogida entre el público y se habían convertido en muy populares. La lealtad y el entusiasmo de sus seguidores, en cierta manera protegió a Lem de la censura. Esta popularidad le llevó a realizar viajes por factorías y otros muchos actos populares para encontrarse con sus fans (y reforzar los puntos de vista oficiales) En estas visitas Lem comprobó que los trabajadores no eran felices, y que la respuesta entusiástica a sus conferencias y charlas era forzada. Más tarde, cuando Lem se desilusionó con el socialismo, su popularidad le permitió explorar más libremente los lados más oscuros y cínicos del régimen en sus novelas (aunque no tan libre como para criticarlo abiertamente, claro)

En 1957 publica DIARIOS DE LAS ESTRELLAS. Es una colección de historias cortas de un negro humor que contrasta con las utópicas novelas anteriores.

En 1959 se publica EDÉN. Es ésta la primera novela, en retrospectiva, con la que Lem estaba complacido (o al menos "no estaba avergonzado"). Quizás no sea una coincidencia que esta sea una novela de Ciencia-Ficción relativamente subversiva. Como Piotr J. Meszynski dijo de él: Usando la seguridad de la Ciencia-Ficción, pudo criticar las ideas del control total de todos los aspectos de la sociedad

En 1961 publica SOLARIS. Que Andrei Tarkovsky convirtió en película, siendo galardonada con el Premio Especial de Jurado en el Festival de Cannes de 1972.

También vio la luz ese año RETORNO DE LAS ESTRELLAS, relato que describe la vuelta de un astronauta a la tierra después de un viaje de más de 23 años a la velocidad de la luz.

En 1964 publica EL INVENCIBLE. Novela seria que trata sobre toso de la evolución en su más grado exponente.

En 1965 publica CIBERIADA: FÁBULAS PARA UNA ERA CIBERNÉTICA, conjunto de cuentos que de forma irónica, sarcástica e incluso esperpéntica, critica, con un humor siempre negro, diferentes y variados puntos de las diferentes ideologías terrestres. Una de sus más famosas obras. Ha sido comparada con LAS MIL Y UNA NOCHES, EL DECAMERÓN o los CUENTOS DE CANTERBURY

En 1968 publica LA VOZ DE SU AMO, libro que trata sobre la teoría de contacto, cuando la humanidad recibe un mensaje desde las estrellas. Luego expandiría sus tesis en posteriores novelas. También publica RELATOS DEL PILOTO PRIX, una colección de reflexiones, lejos del tono jocoso de CIBERIADA o FÁBULAS DE ROBOTS, sobre las implicaciones de la cibernética en el desarrollo humano.

En 1971 dos títulos ven la luz: UN VACÍO PERFECTO y CONGRESO DE FUTUROLOGÍA. El primero es una colección de críticas de libros... que no han sido escritos. Es también una sátira con muchos niveles y una gruesa pincelada de algunas interesantes ideas filosóficas. Éste fue el primer trabajo de Lem en su experimental tercer período. CONGRESO DE FUTUROLOGÍA retoma al astronauta Ijon Tichy, protagonista de LOS DIARIOS DE LAS ESTRELLAS, y lo sitúa en una hipotética república bananera durante un congreso de futurólogos (de ahí el título), pero eso es la situación, lo verdaderamente interesante son las hilarantes visiones de futuros imperfectos que Ijon Tichy, tiene cuando, a raíz de un ataque terrorista al hotel donde se desarrolla el congreso, la policía rocía la zona con gases alucinógenos.

En 1973 escribe UN VALOR IMAGINARIO, una colección de prólogos de libros no escritos, mezcla entre experimento y sátira.

En 1976 se publica LA INVESTIGACIÓN, una novela de misterio y crímenes, de ambiente profundamente kafkiano, y LA FIEBRE DEL HENO, donde funde elementos de la novela negra con la ciencia-ficción.

En 1979 publica MEMORIAS ENCONTRADAS EN UNA BAÑERA, relato desquiciado sobre personajes desquiciados encerrados en un refugio nuclear, de inspiración, nuevamente, innegablemente kafkiana.

En 1986 publica UN MINUTO HUMANO, revisión de tres libros que no existen. También publica FIASCO, novela seria en la que retorna al problema del contacto con inteligencias extraterrestres. Quizás la más madura de todas sus novelas.

En la actualidad es miembro fundador de la Sociedad Polaca de Astronáutica. Como se puede ver, se ha interesado en cuestiones de Matemática, Cibernética y Filosofía y desde 1973 enseña literatura polaca en la Universidad de Cracovia. (*)

 

(*) Fuente: Página cienciaficcion.com

 

 

 

  EL ELECTROBARDO DE TRURL
  Por Stanislaw Lem

 

 ElectrobardoA fin de evitar toda clase de reproches y malentendidos, debemos aclarar que fue, al menos en el sentido literal, una expedición a ninguna parte. Trurl no se había movido durante aquel tiempo de su casa, excepto los días pasados en las clínicas y un corto viaje sin importancia a un planetoide. Sin embargo, en el sentido profundo y elevado, fue una de las expediciones más lejanas que el insigne constructor había emprendido, ya que le condujo a los mismos límites de lo posible.
   Una vez Trurl construyó una máquina de calcular que resnltó ser capaz de una sola operación: multiplicaba únicamente dos por dos, dando, encima, un resultado falso. La máquina era, empero, muy ambiciosa y su disputa con su propio constructor casi termina trágicamente. Desde entonces Clapaucio le amargaba la vida a Trurl con sus pullas y sarcasmos, hasta que éste se enfadó y decidió hacer una máquina que escribiera poemas. A este objeto Trurl reunió ochocientas veinte toneladas de literatura cibernética y doce mil toneladas de poesía, y se puso a estudiar. Cuando ya no podía aguantar más la cibernética, pasaba a la lírica y viceversa. Al cabo de un tiempo se convenció de que la construcción de la máquina era una pura bagatela al lado de su programación. El programa que tiene en la cabeza un poeta corriente está creado por la civilización en cuyo medio ha nacido, la cual, a su vez, ha sido preparada por la que la precedió; esta última, por otra,
más temprana todavía, y así, hasta los mismos comienzos del Universo, cuando las informaciones relativas al futuro poeta daban vueltas todavía caóticas en el núcleo de la primera nebulosa. Para programar la máquina hacia falta, pues, volver a repetir antes, si no todo el Cosmos desde el principio, por lo menos una buena parte de él. La magnitud de la tarea hubiera hecho renunciar al proyecto a cualquier persona que no fuera Trurl, pero al valiente constructor ni se le ocurrió batirse en retirada. Lo primero que hizo fue inventar una máquina que modelaba el caos y en la cual el espíritu eléctrico sobrevolaba las eléctricas aguas, luego añadió el parámetro de la luz, luego el de las nebulosas, acercándose así, paso a paso, a la primera época glaciar, lo que sólo fue posible gracias a que su máquina modelaba, durante una quintomillardécima fracción de segundo, cien septillones de acontecimientos en cuatrocientos octillones de lugares a la vez; si alguien supone que Trurl se equivocó en alguna cifra, puede comprobar personalmente todos los cálculos. Iba Trurl modelando los inicios de la civilización, el tallado del sílex y el curtido de pieles, saurios y diluvios, el cuadrupedismo y el rabismo; luego hizo al pre-rostro-pálido que dio origen al rostro-pálido, inventor de la primera máquina, y así se desarrollaba la obra por eones y milenios, en medio del susurro de torbelinos y corrientes eléctricas. Cuando en la máquina modeladora escaseaba el espacio para la época siguiente, Trurl le fabricaba un nuevo compartimiento; de esos adminículos se creó una especie de pueblo con cables y lámparas tan enmarañados que ni el mismo diablo los podía ordenar. Sin  embargo, Trurl salía del paso, y sólo dos veces tuvo que repetir lo mismo: una vez, por desgracia, fue obligado a volver casi al principio, porque le salió que Abel mató a Cain y no Caín a Abel (por culpa de un cortocircuito de la línea que se había quemado), la segunda vez bastó con retroceder trescientos millones de años solamente, hasta el mesozoico medio, ya que en vez de el primer pez que dio origen al primer saurio que dio origen al primer mamífero que dio origen al primer mono que dio origen al primer rostro-pálido, pasó una cosa incomprensible: salió que en lugar del rostro-pálido le salió a Trurl el postre-cocido. Según parece, una mosca se metió en la máquina, dando un golpe al interruptor operacional superconductor. Fuera de eso, todo iba como una seda. Fueron modelados el medioevo y la antigüedad y los tiempos de las grandes revoluciones, de modo que en ciertos momentos toda la máquina temblaba y había que rociarla con agua y envolverla en trapos mojados, para que no estallaran las lámparas que modelaban los más importantes progresos de la civilización; esa clase de progreso, sobre todo reproducido con tanta rapidez, por poco destroza todas las piezas delicadas. Hacia finales del siglo xx la máquina adquirió primero una vibración en diagonal y luego un temblor longitudinal, sin ninguna causa aparente. Trurl se preocupó mucho y hasta preparó una cantidad de cemento y grapas de hierro para salvarla en caso de que se derrumbara. Afortunadamente, no hubo que recurrir a medios tan extremos: tras pasar por el siglo xx, la máquina recuperó su marcha normal. Después de esto vinieron las sucesivas civilizaciones, cada una de cincuenta mil años de duración, de seres perfectamente racionales, antepasados del mismo Trurl; bobina tras bobina de procesos históricos modelados caían en un contenedor, y eran tantas que, mirando con un catalejo desde lo alto de la máquina, no se podían abarcar con la vista todos aquellos montones. ¡Y pensar que todo esto era para fabricar un poetastro cualquiera, por más bueno que fuera! ¡ Esos son los resultados del exceso de celo científico! Finalmente los programas quedaron listos; sólo faltaba escoger lo más esencial de ellos, ya que, en caso contrario, el aprendizaje del electropoeta hubiera costado muchos millones de años.
  Trurl gastó dos semanas para introducir en su futuro electrovate los programas generales; luego  vino la afinación de circuitos lógicos, emocionales y semánticos. Hubiera querido invitar a Clapaucio a la puesta en marcha, pero reflexionó y optó por hacer la primera prueba solo. La máquina pronunció en el acto una conferencia sobre el pulido de prismas cristalográficos para el estudio inicial de pequenas anomalías magnéticas. Trurl debilitó, pues, los circulos lógicos y reforzó los emocionales: la máquina reaccionó con un acceso de hipo y luego con otro de llanto, para balbucear finalmente con gran esfuerzo que la vida era horrible. Trurl reforzó la semántica y construyó un adminículo para la voluntad: la maquina manifestó que se le debía obedecer en todo y exigió que se le añadieran seis pisos a los nueve de que constaba para poder dedicarse a pensar en el enigma de la existencia. Trurl le instaló un estrangulador filosófico y entonces la máquina no le quiso hablar más y empezó a darle sacudidas con la corriente. Tras grandes súplicas, consiguió que le cantara una corta canción: «Tengo una gatita con cola blanquita», pero aquí pareció haberse agotado su repertorio. Trurl se puso a atornillar, estrangular, reforzar, aflojar, regular, hasta ponerla, según creía, en su punto. Entonces la máquina lo obsequió con un poema de tal clase que dio gracias a Dios por haberle inspirado prudencia. ¡ Cómo se hubiera reído Clapaucio oyendo aquellas innominables infracoplas, para cuya preparación había sido derrochado el modelo operativo de la creación del Cosmos y de todas las civilizaciones posibles! Acto seguido, el constructor instaló en el artefacto seis filtros antigrafómanos; le costó mucho trabajo porque se le partían como cerillas. Por fin los hizo de corindón para que aguantaran. Las cosas parecían ir mejor: Trurl aumentó la semántica, conectó el generador de rimas y...por poco le tira una bomba a la máquina cuando ésta le manifestó que deseaba ser misionero entre las tribus estelares indigentes. Sin embargo, en el último momento, cuando ya se preparaba a atacarla con un martillo, tuvo una idea salcadora: arrancó todos los circuitos lógicos y colocó en su sitio unos egoncentrizadores aitoguiados con acoplamiento narcicista. La máquina osciló, se rió, lloró y dijo que tenía un dolor en el tercer piso, que estaba harta, que la vida era incomprensiblc y todos los vivos unos villanos, que iba a morir pronto y que sólo tenía un deseo: que le recordaran cuando ella ya no estuviera aquí. Luego le pidió papel para escribir. Trurl respiró, cortó
la corriente y se fue a dormir. Al día siguiente visitó a Clapaucio. Este, al oír que se le invitaba a presenciar el arranque del Electrobardo (así decidió Trurl llamar a la máquina), dejó todo su trabajo y acudió corriendo sin cambiarse de ropa, tanta prisa tenía de ser testigo ocular del fracaso de su amigo.
  Trurl conectó primero los circuitos de incandescencia, luego dio una corriente débil, subió corriendo unas cuantas veces por la estruendosa escalera de chapas de hierro (el Electrobardo se parecía a un enorme motor naval, rodeado de galerías de acero recubierto  de planchas remachadas, con innúmeros relojes y válvulas), hasta que, enfebrecido, cuidando de que las tensiones anódicas estuvieran en orden dijo que, para entrar en calor, la máquina empezatía por una pequeña improvisación sin pretensiones. Luego, evidentemente, Clapaucio podría sugerir temas de poesías a su gusto y voluntad.
  Cuando los indicadores de amplificación rnostraron que la fuerza lírica llegaba al máximo, Trurl dio la vuelta al interruptor general con una mano apenas temblorosa y, casi al instante, la máquina dijo en voz ligeramente ronca, pero llena de encanto:
-Crocotulis patongatovitocarocristofónico.
- Esto es todo? -preguntó Clapaucio con una extraordinaria amabilidad al cabo de un largo rato.
   Trurl apretó los labios, dio a la máquina uno golpes de corriente y volvió a conectar. Esta vez el timbre de la voz era mucho más puro. ¡Qué deleite aquel barítono grave, matizado de seductoras inflexiones!

   Apentula norato talsones gordosos
    En redeles cuvicla y mata torrijas
   Erpidanos mañota y suple vencijas
   Y mordientes purlones videa carposos

  -¿Qué idioma habla? -preguntó Clapaucio, observando con perfecta calma un cierto pánico que agitaba a Trurl junto al armario de mando. El constructor, haciendo un ademán de desespero, corrió finalmente escalera arriba hacia la cumbre del coloso le acero. Se lo veía por escotillas abiertas arrastrándose a cuatro patas en los interiores de la máquina, se oíar sus martillazos, rabiosas palabrotas, ruidos de llaves y destornilladores; salía de un agujero para rneterse en otro, iba corriendo de galería en galería, hasta que finalmente dio un grito triunfal, tiró al suelo una lámpara quemada que se estrelló a un paso de los pies de Clapaucio (al que ni siquiera pidió perdón), puso apresuradamente una nueva en su sitio, se limpió las manos con un pañito de polvo y gritó a Clapaucio desde arriba que conectara la máquina. Se dejaron oír entonces las siguientes palabras:

   Tres solacias cayentes mondas correaban,

   Apelaida secuona mancionitas soma,
   Recha pambre y grita, las fondas seaban,

  Hasta que regruñente y sin ropa torna.

  -¡Esto va mejor! -exclamó Trurl, no muy convencido-. Las últimas palabras tenían sentido. ¿Te fijaste?
-Bueno... si esto es todo... -dijo Clapaucio, sin abandonar su extrema urbanidad.
 -¡A la porra! -vociferó Trurl y volvió a desaparecer dentro de la máquina, de donde empezaron a llegar golpes y ruidos, chasquidos de descargas y ahogados juramentos del constructor; por fin sacó la cabeza por una pequeña escotilla del tercer piso y gritó-:    -¡Aprieta ahora!!
   Clapaucio lo hizo. El Electrobardo tembló desde la base hasta la cumbre y empezó:

  Avido de mocina sucia, pangel panchurroso,
  Traga las mimositas...

  Aquí se interrumpió el poema: Trurl arrancó con rabia un cable, la máquina tuvo un estertor y se quedó muda. Clapaucio reía tanto que tuvo que sentarse en el suelo. Trurl seguía zarandeando los cables y manecillas, de repente hubo un chasquido, una sacudida, y la máquina pronunció en voz pausada y concreta:

   Egoísmosos, envidias -cosas de bastardo-.

   Lo verá el que quiere con Electrobardo
   Medirse: un enano. Pero, ¡oh, Clapaucio,

   Yo, grandioso poeta, pronto te desahucio!

-¡Vaya! ¡No me digas! ¡Un epigrama! ¡Muy oportuno! -exclamaba Trurl, girando sobre sí mism cada vez más abajo, ya que estaba bajando a la carrera por una estrecha escalerita de caracol, hasta que, saltando afuera, casi chocó con su colega, que había cesado de reír, un tanto sorprendido.
-Es malísimo -dijo en seguida Clapaucio.- Además, ¡no es él, sino tú!
-Yo, ¿qué?
-Lo has compuesto tú de antemano. Lo reconozco por cl primitivismo, la malicia sin vigor y la pobreza de rimas.
-¿Eso crees? ¡ Muy bien! ¡Pídele otra cosa! ¡La que quieras! ¿Por qué no dices nada? ¿Tienes miedo?
-No tengo ningún miedo. Estoy pensando -contestó Clapaucto, nervioso, esforzándose en encontrar un tema de lo más difícil, ya que suponía, no sin razón, que la discusión acerca de la perfección (de los defectos) del poema compuesto por la máquia sería ardua de zanjar.
-¡Que haga un poema sobre la ciberótica! -dijo de pronto, sonriendo-. Quiero que tenga máximo seis versículos y que se hable en ellos del amor y de la traicion, de la música, de altas esferas, de los desengaños, del incesto, todo en rimas, ¡y que toda las palabras empiecen por la letra C!
-¿Por qué no pides de paso que incluya también toda la toda la teoría general de la automática infinita?- chilló Trurl, fuera de sí-. ¡No se puede poner condiciones tan creti...
 La frase quedó sin terminar, porque ya vibraba en la nave el suave barítono:
 

    El cibertómano Cassio, cruel y cínico
   Cuando condesa Clara cortaba claveles,
   Clamó: «¡En mi corazón candente cántico

    El cupido te canta a cien centibeles!
   Cándida, le creía.. Cassio casquivano
   Camela a la cuñada de cogote cano.

-¿Qué? ¿Qué te parece? -Trurl le miraba con los brazos en jarras, pero Clapaucio ya estaba gritando:
-¡Ahora con la G! ¡ Un cuarteto sobre un ser que era al mismo tiempo una máquina pensante e irreflexiva, violenta y cruel, que tenía dieciséis concubinas, alas cuatro cofres pintados y en cada uno mil monedas de oro con el perfil del emperador Murdebrod, dos palacios, y que llenaba su vida con asesinatos y...

     Golestano garboso gastaba goncla...
 

    Empezó a recitar la máquina, pero Trurl saltó hacia la consola, pulsó el interruptor y, protegiéndolo con su cuerpo, dijo con voz ahogada:
 -¡Se acabaron las bromas tontas! ¡ No permitiré que se malogre un gran talento! ¡O encargas poemas decentes, o se levanta la sesión!
-¿Qué pasa? ¿No son versos decentes?... -quiso discutir Clapaucio.
- ¡No! ¡Son unos rompecabezas, unos trabalenguas! ¡No he construido la máquina para que resolviera crucigramas idiotas! ¡ Lo que tú le pides son malabarismos, y no el Gran Arte! Dale un tema serio, aunque sea difícil.
  Clapaucio pensó, pensó mucho, hasta que de pronto frunció el ceño y dijo:
- De acuerdo. Que hable del amor y de la muerte pero expresándose en términos de matemáticas superiores, sobre todo los del álgebra de tensores. Puede entrar también la topología superior y el analisis que el poema sea fuerte en erótica, incluso atrevido y que todo pase en las esferas cibernéticas.
-Estás loco. ¿Sobre el amor en el lenguaje matemático? No, verdaderamente, deberías cuidarte- dijo Trurl, pero se calló en seguida: el Electrobardo se puso a recitar:

    Un cibernauta joven potencias extremas
    Estudiaba, y grupos unimodulares
    De Ciberias, en largas tardes estivales,
    Sin vivir del Amor grandes teoremas.
   ¡ Huye...! ¡Huye, Laplace, que llenas mis días

   ¡Tus versores, vectores que sorben mis noches!

  ¡ A mí, contraimagen! Los dulces reproches

  Oír de mi amante, oh, alma, querías.
   Yo temblores, estigmas, leyes simbólicas

   Mutaré en contactos y rayos hertzianos,

   Todos tan cascadantes, tan archi-rollaflos

  Que serán nuestras vidas libres y únicas.

  ¡Oh, clases transfinitas! ¡Oh, cuánta potentes!

   ¡Continuum infinito! ¡Presistema blanco!

   Olvido a Christoffel, a Stokes arranco

  De mi ser. Sólo quiero tus suaves mordientes.

   De escalas plurales abismal esfera
  ¡Enseña al esclavo de Cuerpos primarios
   Contada en gradientes de soles terciarios
   Oh, Ciberias altiva, bimodal entera!

    Desconoce deleites quien, a esta hora,
     En el espacio de Weyl y en el estudio
    Topológico de Brouwer no ve el preludio
    Al análisis de curvas que Moebius ignora.

    ¡Tú, de los sentimientos caso comitante!
   Cuánto debe amarte, tan sólo lo siente
   Quien con los parámetros alienta su mente
    Y en nanosegundos sufre, delirante.

    Como al punto, base de la holornetría,
    Quitan coordenadas asíntotas cero,
    Así al ciberneta, último, postrero
    Soplo de vida quita del amor porfía.

    Aquí terminaron las justas poéticas: Clapaucio se marchó inmediatamente a casa, diciendo que no tardaría en volver con temas nuevos, pero no apareció más por allí, temiendo dar a Trurl, a pesar suyo, otros motivos de orgullo; aquél, por su parte, contaba que Clapaucio se fugó, incapaz de esconder una violenta conmoción. En respuesta, su amigo afirmaba que desde la fabricación del Electrobardo a Trurl se le subieron demasiado los humos a la cabeza.
   Al poco tiempo, la noticia de la existencia del vate eléctrico llegó a los poetas verdaderos, o sea corrientes. Indignados y heridos en lo más profundo de su ser, decidieron ignorar la máquina, pero la curiosidad empujó a unos cuantos a hacer una visita secreta al Electrobardo. Este los recibió amablemente, en la sala llena de hojas escritas, ya que su producción artística no se interrumpía ni de día ni de noche. Los poetas pertenecían a la vanguardia  literaria, en cambio el Electrobardo creaba en el estilo tradicional, puesto que Trurl, no demasiado ducho en poesía, basó los programas inspiradores las obras de los clásicos. Los visitantes se rieron, pues, tanto del Electrobardo, que por poco le estallan los cátodos, y se marcharon, triunfantes. Sin
embargo, la máquina estaba equipada para la auto-programación y contaba con un circuito especial de intensificación ambicional con interceptores de seis kiloamperios, así que pronto la situación cambió totalmente. Desde entonces, los poemas cran oscuros, incomprensibles, turpistas, mágicos y tan conmovedores que nadie comprendía una palabra. De modo que, cuando el siguiente grupo de poetas acucudió para reírse de la máquina, ésta les asestó una improvisación tan moderna que se les cortó el aliento. El siguiente poema provocó un grave colapso de un autor maduro que tenía dos premios nacionales y una estatua en el parque municipal. Desde aquel día, no hubo poeta que resistiera al suicida antojo de retar al Electrohardo a un torneo literario. Los autores venían de todas partes acarreando sacos y toneles llenos de manuscritos. El Electrobardo dejaba declamar a cada uno lo suyo, cogía al vuelo el algoritmo de aquella poesía y, basándose en él, replicaba con unos versos mantenidos en el mismo espíritu, pero de doscientas veinte a trescientas cuarenta y siete veces mejores.
   En corto período de tiempo llegó a tener tanta práctica, que con uno o dos sonetos derribaba al más afamado de los vates. Este fue el aspecto peor de las cosas, ya que resultaba que de esas luchas salían indemnes sólo los grafómanos que, como todos saben, no aun capaces de apreciar la diferencia entre los versos buenos y malos; se marchaban, pues, impunes. Solamente uno de ellos se rompió una vez una pierna, tropezando en la puerta con un gran poema épico del Electrobardo, completamente nuevo, que empezaba con las siguientes palabras:

    ¡Oh, noche tenebrosa! ¡Noche de misterios!
    Una huella tangible, pero no certera...
     Y el viento cálido, y tus ojos serios,
     Y los pasos. Los pasos del que desespera.

    El Electrobardo diezmaba, en cambio, a los poetas auténticos, indirectamente, por cierto, ya que no les hacía nada malo. No obstante, primero un lírico de edad provecta y luego dos vanguardistas se suicidaron saltando de un alto peñasco que, por un fatal concurso de circunstancias, se erigía junto al camino entre la casa de Trurl y la estación de ferrocariles.
  Los poetas organizaron inmediatamente varias reuniones de protesta, postulando el cierre y sellado de la máquina, pero, fuera de ellos, nadie se preocupó por los luctuosos incidentes. Bien al contrario, las redacciones de periódicos estaban muy satisfechas, puesto que el Electrobardo, escribiendo bajo miles de seudónimos, siempre tenía listo un poema de dimensión indicada para cada ocasión; su poesía circunstancial tenía tal calidad que los ciudadanos agotaban en unos momentos tirajes enteros: en las calles se veían rostros de expresión embelesada y soñadoras sonrisas, y se oían gentes sollozando quedamente. Todo el mundo conocía los poemas del Electrobardo, el ambiente ciudadano estaba saturado de preciosas rimas, y las naturalezas particularrnente sensibles, alcanzadas por una metáfora o una asonancia especialmente lograda, incluso se desmayaban de impresión. El gigante de inspiración estaba preparado para estos trances, produciendo al acto una cantidad correspondiente de sonetos vivificadores.
   Al mismo Trurl, su obra le acarreó serios problemas. Los clásicos, en su mayoría ancianos, no le perjudicaron mucho, si no se toma en cuenta las piedras con que le rompían sistemáticamente los vidrios, así como unas ciertas sustancias, imposibles de nombrar aquí, que tiraban sobre las paredes de su casa. Los jóvenes hacían cosas peores. Un poeta de la nueva ola, cuyos versos se distinguían por tanta fuerza lírica como él mismo por la física, le propinó una tremenda paliza. Mientras Trurl recobraba la salud en el hospital, los incidentes se rnultiplicaban. No había día sin un nuevo suicidio o entierro; ante la puerta del hospital se paseaban unos piquetes, incluso se oían tiroteos, ya que muchos poetas, en vez de manuscritos, traían en sus carteras unas pistolas para disparar contra el Electrobardo, a pesar de que las balas no podían nada contra su cuerpo de acero. De vuelta a casa, Trurl, desesperado y enfermo, tomó una noche la decisión
 de desmontar con sus propias manos al genio que había creado.
   Sin embargo, cuando se acercó, cojeando un poco, a la máquina, ésta, viendo unas tenazas en su mano y el brillo de desesperación en sus ojos, estalló en un lirismo tan apasionado suplicando gracia, que Trurl, deshecho en lágrimas, tiró las herramientas
y salió de allí abriéndose paso a través de la reciente producción del electrogenio, cuya susurrante alfombra cubría el suelo de la sala a la mitad de la altura de un hombre.
    Sin embargo, cuando al mes siguiente vino el recibo de la electricidad consumida por la máquina, Trurl por poco sufre un colapso. Le hubiera gustado consultar el caso con su viejo amigo Clapaucio, pero éste desapareció, como si se lo hubiera tragado la tierra. A falta de quien le aconsejara, una noche  Trurl cortó la corriente a la máquina, la desmontó,
 la cargó en una nave espacial, la desembarcó en un pequeño planetoide donde la volvió a montar, y le dio, como fuente de energía creadora, una pila atómica.
  Volvió luego a escondidas a casa, pero la historia no terminó aquí: el Electrobardo, privado de la posibilidad de publicar su obra impresa, empezó a emitirla en todas las longitudes de ondas radiofónicas, sumiendo a las tripulaciones y pasajeros de cohetes en estado de aturdimiento lírico; las personas muy sensibles sufrían incluso graves crisis de embelesamineto, seguidas de accesos de postración. Una vez descubiertas las causas del fenómcno, la jefatura de la navegación cósmica dirigió a Trurl la orden oficial de liquidar inmediatamente el aparato de su propriedad que perturbaba liricamente el orden público y perjudicaba la salud de los pasajeros.
   Lo único que hizo Trurl fue esconderse. Entonces las autoridades enviaron al planetoide unos técnicos que debían sellar el tubo de escape poético del Electrobardo , pero éste les dejo tan maravillados improvisando dos o tres romances, que se marcharon si cumplir la tarea. El alto mando confió aquella misión a unos operarios sordos, lo que tampoco resolvió nada, ya que el Electrobardo les transmitió la información lírica por señas. Así las cosas, la gente empezó a hablar públicamente de la necesidad de una expedición punitiva o de bombardeo para eliminar al electropoeta. Justo en aquel momento lo adquirió un monarca de un sistema estelar vecino y lo anexionó, junto con el planetoide, a su reino.
   Trurl pudo salir por fin de su escondrijo y volver a la vida normal. Bien es verdad que de vez en cuando se veían en el horizonte sur explosiones de estrellas supernovas, como ni los más ancianos recordaban en toda su vida; se rumoreaba con insistencia que el fenómeno tenía algo que ver con la poesía. Según parece, aquel monarca, cediendo a un extraño capricho, ordenó a sus astroingernieros conectar al Electrobardo con una constelación de colosos blancos, y como resultado cada estrofa de poema se transformaba en unas gigantescas protuberancias de los soles, de modo que el mayor poeta del Cosmos transmitía su obra por pulsaciones de fuego a todos los infinitos espacios galácticos a la vez. En una palabra, aquel gran monarca lo convirtió en el motor lírico de un grupo de estrellas en explosión. Aunque hubiera en ello un gramo de verdad, los fenómenos ocurrían demasiado lejos para quitar el sueño a Trurl. El insigne constructor había jurado por todo lo más sagrado no volver nunca jamás al modelado cibernético de procesos creadores.  (*)

(*) Fuente: Stanislaw Lem, "Expedición primera A, o el electrobardo de Trurl", en Ciberíada, Barcelona, Ed. Bruguera, 1983.
 Principales obras de Stanislaw Lem:

   * Ciberíada, Alianza, Libro de Bolsillo nº 133
    * Congreso de Futurología, Bruguera, Libro Amigo nº 847
    * Diario de las estrellas, Viajes y memorias, Bruguera, Libro Amigo nº 66
    * Eden, Alianza, Libro de Bolsillo nº 1516
    * El invencible, Minotauro
    * Fabulas de robots, Bruguera, Club Joven nº 34
    * Fiasco, Alianza, Cuatro
    * La fiebre del heno, Bruguera, Libro Amigo nº 689
    * La investigación, Bruguera, Libro Amigo nº 649
    * La voz de su amo, Edhasa, Clasicos Nebulae
    * Memorias encontradas en una bañera, Bruguera, Libro Amigo nº 665
    * Regreso a Entia, Edhasa
    * Relatos del Piloto Prix, Alianza, Libro de Bolsillo nº 1521
    * Retorno de las estrellas, Bruguera, Libro Amigo nº 695
    * Solaris, Minotauro
    * Un valor imaginario, Bruguera, Libro Amigo nº 1002