El secreto de la vida y de la muerte

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Arboles en la provincia de Neuquén, en la Patagonia Argentina, lugar de donde procede la leyenda quizá pehuenche que sigue a continuación.   Esta leyenda, que probablemente sea de origen pehuenche o quizás tehuelche, fue relatada por doña Virginia Hueñuñanco, una anciana pikumche de la reservación de Millaqueo, en la zona de  Las Lajas, provincia del Neuquén, quien alegaba ser descendiente  de una machi de esa tribu, y ser machi ella misma.

 

 

EL SECRETO DE LA VIDA, EL SECRETO DE LA MUERTE


   Cuentan los picumche que Nguenechen creó el mundo con todo lo que podemos ver en él: los lagos, los arroyos, las cumbres nevadas, el mar infinito que hay detrás de ellas, y la llanura que comienza donde termina el bosque. También hizo a Antü, el astro rey, a su esposa  Küyen, la luna, al hermano de ésta, Küref, el viento, a la helada  Kamlin, la nieve, a  Mahún, la lluvia,  y a todas las plantas, desde el gigantesco  pehuén hasta el diminuto chakai  con sus flores amarillas. Después trajo a los animales: al hediondo  oije, el zorrino, al sabroso  choike, el ñandú, al fiero  nahuel, el tigre,  y a todos los demás. Finalmente, y para su propia satisfacción, puso sobre la tierra al alén, el hombre.
   También concedió al hombre cualidades que no había dado a los otros seres y cosas, como la capacidad de amar y el poder del fuego y del amor, pero se reservó, para que dispusieran de ellos sólo quienes él dispusiera, los arcanos más importantes del Universo: el secreto de la vida y de la muerte y el misterio de lo que vendrá. Nadie sabría por adelantado cuándo moriría ni cuál sería su destino cuando esto sucediera; nadie podría conocer de antemano la forma ni el momento en que acabaría su vida o la de su raza.
  Sin embargo, un día Nguenechén contó a los perros y a los caballos los destinos de la che, la gente, y dispuso que, de allí en más, cada perro y cada caballo sabría el momento de la muerte de su amo, pero que tendrían prohibido decírselo. Ellos serían los únicos conocedores del misterio. Por eso estaban siempre inquietos, viviendo en este mundo y contemplando a la vez cosas del otro, acompañando a sus dueños y viendo rondar entre ellos a la desgracia y a
la muerte.
   Pero un día sucedió que el ya anciano Leuke-lonco(1) comenzó a preguntarse: ¿Cuál sería su futuro después de la muerte? ¿Cuándo llegaría su última hora? ¿Cómo sería el mundo de los muertos? ¿Podría reunirse allí con sus apü, los ancestros? ¿Quién lo sucedería, y qué pasaría con la tribu una vez que él hubiera partido?
   Ya su cuerpo era menos activo que antes; las largas cacerías del nahuel y las boleadas de ñandúes habían terminado para él. También las sangrientas batallas contra los tehuelches eran cosa del pasado, al igual que las largas expediciones de reconocimiento, en busca de mejores tierras para su tribu.
   Leuke-lonco añoraba el pasado salvaje de su juventud; en las madrugadas de invierno, bien arropado en su manto de piel de guanaco, entretenía su insomnio escuchando ladrar a sus perros y piafar a sus caballos, y no podía evitar que extraños pensamientos acudieran a su mente. ¿Sería verdad aquello que había escuchado desde pequeño, sin haberle dado importancia nunca, de que los perros y los caballos sabían cosas de los hombres que éstos ignoraban?
  Hasta que una noche, desvelado, el viejo Leuke le echó los cueros a su caballo
preferido y salió a recorrer el valle bajo la luz de Küyén, la luna. Iban al paso por la senda que lleva a la cascada: un jinete ya algo encorvado sobre Kahuell, su caballo blanco, mientras Trehua, su perro negro, correteaba por los alrededores, alejándose unos instantes para olfatear algunas matas y retornar luego a su puesto junto a la cabalgadura, al parecer ajeno a los pensamientos del anciano.
    Repentinamente, el viejo lonco, el viejo cacique, rompió el silencio:
   -Dime, Trehua, ¿por qué, algunas noches, te desesperas de tal forma que tus aullidos desgarran la noche, y hacen estremecer a los hombres?
  El perro se volvió, levantó los ojos hacia su amo y sacudió la cabeza, como si su voz no le dijera nada comprensible.
   -Vamos, Trehua, ¿es cierto eso que dicen, que te visitan los espíritus de los muertos para hablarte de los vivos?
   El sabueso echó las orejas hacia atrás y miró al anciano con ojos comprensivos, pero ningún sonido salió de sus fauces.
   -Trehua, quiero saber si la primavera me verá con vida; dime si mis ancestros te han dicho algo acerca de mi muerte...
  Sin emitir el menor sonido, el perro lo miró con ojos aterrados y corrió a colocarse delante del caballo; entonces Leuke, inclinando el torso, se dirigió a él:
   -Entonces vos, Kahuell, contame vos estos misterios. Yo te prometo guardar el secreto. No se lo diré a nadie jamás.
   Pero el caballo siguió andando; sin darse por enterado, apuraba un poco el paso y bajaba la cabeza apuntando con las orejas en la dirección de la marcha.
   Entonces el anciano Leuke se cansó de rogarles a quienes le debían obediencia, y recurrió a su autoridad de cacique:
  -¡Contéstenme! -gritaba-. ¡Aquí yo soy el amo, y van a hacer lo que yo les
diga!. ¡Hablen o lo van a lamentar! -Y el viejo, fuera de sí, parecía a punto de castigar al caballo, que se asustó tanto que se detuvo de golpe y después de un largo y largo relincho, comenzó a hablar precipitadamente:
  -Leuke-lonco, lo que te han contado es verdad; tanto nosotros, los caballos, como también los perros, podemos ver lo que ustedes, los hombres, no pueden.
   Para nuestra desgracia, Neguenechén  decidió confiarnos el poder de ver lo que los hombres no pueden. Sabía que ustedes, los mapuches, no pueden contenerse y que se aterrorizan cuando saben que les falta poco para morir.
   El viejo, que escuchaba ansioso, quiso saberlo todo, y el caballo continuó:
  -Hay un mundo de abajo, que es oscuro y triste. Allí vi los espíritus de muchos conocidos... convertidos en animales más feroces que el nahuel, en pájaros repugnantes... vagando entre la humareda de leña verde y apestosa, que no deja respirar. Y está también el mundo de las nubes; allí viven las almas de los guerreros, condenadas a pelear en una batalla que no terminan nunca...
Cuando pienso que pronto tendré que acompañarte allí, que nuestro fin se acerca...
   Leuke-Llonco estaba pálido. Acarició el cuello del caballo con una mano temblorosa y le dijo:
   -Por favor, quiero saber cuánto tiempo me queda. Quiero ver lo que me espera antes que sea tarde. Tiene que haber una forma de conseguirlo. Kahuell contestó:
   -Si de verdad estás decidido, no puedo impedírtelo, pero te advierto que no te resultará fácil. Untate los ojos con mis lagañas, que están hechas sólo delágrimas de tristeza. Serás dueño del Gran Secreto, verás pasar ante tus ojos el pasado, el presente y el futuro. Yo, por desgracia, ya he visto demasiado. Ahora es tuyo el regalo de Nguenechén.
   Entonces Leuke, sin pensarlo dos veces, frotó sobre sus párpados las lagañas transparentes de Kahuell. Cuando abrió los ojos lo primero que vio fue a sus muertos queridos, a sus parientes y amigos que se acercaban, pero cuando estuvieron lo suficientemente cerca advirtió que ya no eran ellos, sino una fila de espectros tan repulsivos que le paralizaron el abrazo.
   Así cambió la vida del pobre Leuke-lonco, que ya no tuvo ni un momento de paz. De día, donde todos los demás veían el valle, las piedras, el agua, él veía cruzar las almas en pena. Se sentía muy solo y todo le daba miedo. De noche lloraba con lágrimas malsanas que se secaban y pegaban al borde de sus párpados. Los mapuche comenzaron a hablar de él: "Leuke-lonco se ha puesto legañoso" "Leuke-Lonco ya no sale a cabalgar en su caballo blanco".
  Un día de lluvia, de hielo y de nieve se apagó la vida del viejo lonco. Como él lo había dispuesto para salvarlos, no fue enterrado con Trehua ni con Kahuell, sino que eligió a otro caballo y otro perro para que lo acompañaran en el último viaje. Como todos los pikumche, sin duda habrá cabalgado hasta la orilla del lago Füta-Lafkhen, donde se habrá despedido del caballo, que habrá salido galopando a encontrarse con el resto de la tropilla cuyo jefe es el
Caballo de los Siete Colores. Después se habrá embarcado para cruzar el lago, camino a Pu láyem-huapi, la Isla de los Difuntos. Sin duda habrá llevado al perro, para que lo proteja de las aves de rapiña que quieren sacarles los ojos a los viajeros.
    La tormenta seguía tronando sobre las tierras de los pikumche, sobre la tumba de Leuke-lonco. Kahuell restregaba su flanco blanco y empapado contra el tronco de un colihue. De pronto, entre los nubarrones se abrió paso un terrible rayo verde, que fulminó al caballo que había revelado a un hombre los secretos de Nguenechén.
    Desde entonces todos los caballos blancos están malditos: sudan de miedo y se revuelcan en la tierra cuando presienten lluvia, huyen tanto de la luz del sol como de la de la luna y buscan siempre el abrigo de los árboles. Ya no pueden hablar, pero relinchan de angustia en las noches claras, cuando son más nítidas las visiones de los aparecidos.
   Los perros negros también se asustan de los muertos y aúllan a la luz de Küyén, pero de día están tranquilos y andan por el campo detrás de sus amos, olfateando el mundo bajo la protección de Nguenechén, porque ellos supieron guardar el secreto. (*)

 

  (*) Fuente: Cuentos, mitos y leyendas patagónicos. Selección y prólogo de Nahuel Montes, Buenos Aires, Ediciones Continente.

 

Nota:
  (1)  Lufke-lonko: en lengua mapuche era usual mencionar a las personas destacadas por su nombre propio, seguido del cargo u ocupación; en este caso, Lüfke (relámpago, rayo), acompañado de lonko (cacique, jefe).