El lago Lácar y su ciudad muerta

strict warning: Only variables should be assigned by reference in /home/temakel/public_html/modules/links/links.inc on line 1121.

   Magia del patagónico lago Lácar durante el atardecer en fotografía de Sergio Armand.    Presentamos aquí una versión de la leyenda en torno al lago Lácar de procedencia mapuche. Este leyenda  fue recogida por  Bertha Koessler-Ilg, una de las principales recopiladoras de mitos y leyendas araucanas. Otro item afín en Temakel sobre este bello y mítico lago patagónico, con varias fotografías: Imágenes del Lago Lácar

 

EL LAGO LACÁR Y SU CIUDAD MUERTA

    El truwi (chinchillón andino -Lagidium vulcani) había perdido una apuesta convenida entre varios animales de su comarca y debía pagarles una comida a los ganadores, sus kuchü: entre ellos había también algunos koncho, con quienes estaba doblemente obligado.

   Muy complicada se le presentaba la tarea de preparar el banquete, ya que algunos de sus amigos sólo se alimentaban de carne, mientras que otros comían pasto y raíces y no faltaban quienes preferían el pescado fresco de las lagunas y especialmente el del lago Lácar.

    El día del convite ya estaba próximo y el truwi no tenía nada preparado.

    Y ello no era raro en el truvwi, quien se sentía gran señor y con pocas inclinaciones al trabajo.

     Su mujer, la truwi, al ver semejante negligencia, le riñó seriamente.
     Entonces el chinchillón se hinchó, alzó con soberbia su larga y espesa cola y se fue.

    Decidido a efectuar alguna diligencia, el truwi llegó hasta la orilla del lago Lácar, se sentó dentro de un tronco hueco, comenzó a silbar y quedó a la espera de algún incauto.

    Al poco rato, atraída por el silbido y con mucha curiosidad, la lipung asomó la cabeza entre los juncos. Y al advertirla el truwi con voz grave y solemne dijo:

   -Yo soy el gran Rayo Futha LüIke.

   Al decir esto, sacó pecho y vientre de orgullo. Muy vanidoso se sentía el vanidoso pícaro, de estirpe de ladrones, quien nunca diera carne por carne, como si fuera de la familia del zorro. 

    La trucha escuchaba maravillada y el truwi, quien acababa de comprobar el buen estado de la presa, volvió a decir, para ganar tiempo:
   -¿Conoces a mi mujer? Se llama Amankai y es de un hermoso color rojo. ¿Quieres que te haga una visita?

    La curiosa lipüng se sintió conmovida ante tanto honor y le pidió al Gran Rayo que trajera a su mujer, cuyo magnífico nombre nunca oyera mencionar.
    Entonces el ladrón le dijo, con aire muy amable:

   -Acuéstate sobre la arena: llamaré inmediatamente con un silbido a Amankai, mi mujer.

     El chinchillón silbó fuertemente y muy pronto se presentó en escena un personaje; pero no se trataba de su mujer, sino del águila cazadora, que dormía en un árbol vecino y a la cual acababa de despertar el silbido.
     El águila vio a la trucha gorda y reluciente sobre la arena, entre los juncos y como tan preciada presa despertó su avidez, intentó atraparla, pero el truwi intervinó muy oportunamente, y con enérgica voz, que surgía como un trueno del hueco del tronco, dijo, mientras la trucha miraba con aire estúpido la escena, sin comprender nada:
   -Vamos a narrarnos unos cuentos y ...alabado sea Dios! ...usted puede ser nuestro juez. Proclamaremos vencedor a quien refiera el cuento más largo y con mayor número de personajes. ¡Empieza tú, jaspeada hermosa, la de los bellos ojos! Dentro de un momento llegará mi mujer, para otorgar el premio.
    La lipüng no tenía buenas condiciones de narradora, pero se sintió tan honrada por esta preferencia que, después de un gran esfuerzo mental, comenzó así:
   -En cierta ocasión vino el puma, a mirarse en el agua ...Después vino el huemul a mirarse en el agua... y luego el zorro colorado y el jabalí a mirarse en el agua... Después, vino el gato montés y más tarde el zorrino ... Por último, llegó el ser más hediondo entre los hediondos, el truwi, el de la cola sucia y viscosa; el gran presumido vino al lago, y también quería mirarse en el agua...
   El truwi estuvo a punto de abalanzarse furioso sobre la calumniadora, pero el águila, quien advirtió el movimiento, dijo con tono conciliador:
   -Lo pactado debe cumplirse: le toca el turno a usted, señor silbador: debemos seguir como amigos...
   El águila sentía crecientes deseos de comerse la trucha, pero como no sabía quién estaba oculto en el árbol creyó prudente esperar.
    La voz era sonora como la de un demonio.
   -¡Ay! ¿Y si fuera el Trauko?
   El truwi, serenado, comenzó su narración:
   -Hace muchos años, una gran ciudad ocupaba este lugar del lago.
    La trucha tembló de emoción, ya que sus aristocráticos tatarabuelos habían vivido en esa época, pero no en la propia ciudad sino en sus alrededores.

   -En la ciudad reinaba un inca -continuó el truwi.. Un inca perverso y descreído. Lo sé por boca de mi cheche, el padre de mi augusta madre: mis ascendientes, las familias de Futha Lüfke, habían precedido en el gobierno de la ciudad al inca malo.

   "Ese inca maltrataba y hacía matar a la gente, sin piedad, por cualquier motivo. Pronto sus súbditos se contagiaron y se tornaron perversos e intolerantes como él.
   "Odiaban a los extranjeros y los llamaban burlonamente "huinkas", o sea "ladrones de animales", porque veían que lucían pieles desconocidas y adornos de plumas raras, nunca vistas en la cordillera nevada.
    "A tanto llegó la perfidia de aquel inca que Dios, sentado en el cielo azul de su Reino, con su Señora Madre a su lado, decidió castigarlo.

    "Justo era su designio, ya que El era el creador de la tierra, las aguas y los hombres. Y por eso mandó a su hijo, ya mozo y vestido de mendigo, para poner a prueba el corazón del inca.

     "El hijo de Dios, con su pobrísima indumentaria, se presentó ante el soberbio gobernante y le imploré su ayuda.

    "Este, enfureido, les ordenó a sus guerreros que lo prendieran y empalaran, pero en el momento en que se iba a cumplir la voluntad del soberano, ante el estupor general, el joven se convirtió en un veloz arroyuelo y se deslizó a través de la ciudad... Nada lo atajaba: corría y corría, con creciente prisa...

   "El inca oyó entonces una voz que le decía:
   "-Serás castigado, malvado.

   "Lejos de atemorizarlo, esas palabras lo llenaron de ira.
   "Cuando legó a su casa, encontró a su hijo muerto.
   "Los lamentos resonaban en todo el ámbito de la ciudad.
   "Los machi y todos los que eran capaces de interpretar el destino, comprendieron que el Gran Chau del cielo había mandado a su emisario para castigarlos.
    "A pesar de la prohibición del inca, muchos hicieron en secreto sacrificios para aplacar la ira divina. Cuando el inca lo supo, vociferó contra Dios y no sólo no le ofreció holocaustos, sino que castigó con la muerte a los pocos hombres que se mostraban creyentes.
   "En su cólera, arrancó la bandera blanca, que pedía buen tiempo, e hizo colocar la negra, que reclamaba lluvia, y él mismo, con un hacha, taló el árbol sagrado, el canelo.

   "Otra vez, oyó la voz que le anunciaba:

   "-Pronto llegará tu castigo. ¡Morirás!

   "La voz provenía de mis propios aristocráticos bisabuelos, quienes vivían en las afueras de la turbulenta ciudad, en sus palacios de piedra labrada o madera pintada, como acostumbraban vivir los grandes señores en sus dominios. La voz de mis antepasados encarnaba la verdad: el riachuelo crecía sin cesar; primero, arrastró objetos pequeños y luego todo lo que encontró en su camino.

    "Empezó a llover torrencialmente y el río se convirtió en una inmensa masa de agua embravecida, que arrastró a animales, hombres y casas; el palacio del inca desapareció con todos sus habitantes y numerosas mujeres, porque había tantas como fuegos se encendían en él.

    "Porque cada mujer tenía a su cargo un hogar y además una parcela de tierra de cultivo. Y no quedó una sola ruka en pie. El inca y la ciudad desaparecieron bajo las embravecidas olas de este gran lago.

   "Con el correr de los años, la gente olvidó el nombre de la ciudad, que se lamaba Kara Mahuida, o sea "Ciudad de la montaña y del bosque". Porque, como se puede ver aún, la rodeaban estas montañas y estos magníficos bosques...

   "Y al lago que sepultara a la ciudad lo llamaron Lácar, lo cual significa "ciudad muerta"...

    Este es mi cuento, señor juez -dijo el truwi-. Y como en él aparecen tantos personajes, todos los de una populosa ciudad, me corresponde el premio, y el premio es...."

   Y al decir esto quiso abalanzarse, pero al salir del hueco el águila lo vio y reconoció en él al pícaro y farsante truwi, le cerró el paso sin miramientos y decidió comerse ella la trucha.

    La lipüng, quien notara el ardid, se había deslizado lentamente entre los jueces y, sin esperar a que la narración concluyera, desapareció en este instante de las aguas del lago.

    Ambos burladores quedaron burlados.
   Entonces, el águila decidió atrapar al truwi, quien estaba regordete, y llevárselos a sus pequeños, pero el truwi previó el peligro y se ocultó en su escondite.

   Desde entonces, el truwi vive en los huecos de los árboles o rukas de piedra, adonde sólo llegan los búhos.

    Todos los animales desprecian al truwi y al águila de rapiña por sus pésimas cualidades.

    La ciudad muerta yace en el fondo del lago, que por eso se llama Lácar, aunque también puede significar "lugar misterioso", o "lugar que asusta". Sus plácidas aguas se agitan en ciertas ocasiones, peligrosas y traicioneras.

  El inca fue condenado a cabalgar sobre un enorme tronco, con el cual ha de navegar eternamente por el lago.

   Así se lo ve en medio de las tempestades que convulsionan las aguas, entre los vientos que rugen y braman desatados, sobre las olas blancas de espuma, a la luz de los rayos verdes que saben cruzar el espacio.

  El inca, dueño y señor de aguas, poseído de su antigua crueldad, ataca y mata a cuanto ser vivo encuentra a su paso; por eso, todos huyen y se ocultan.

  Al amainar la tempestad, suele verse flotar en la superficie los cadáveres de peces y otros animales y también de hombres. Hasta las sirenas del lago se ocultan en las grutas, que son los palacios de la extinguida Kara Mahuida. (*)

 

(*) Fuente: "El lago Lácar y su ciudad muerta", en Bertha Koessler-Ilg, Cuentan los araucanos, Editorial Nuevo Extremo, Cuidad de Buenos Aires, Argentina, pp.110-114.