El abominable Trauco

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El Trauco, simpático y grotesco personaje de la mitología patagónica que se caracteriza por lascivas inclinaciones (Ilustración de Andrés Jullian, en Tesoros mitológicos del archipiélago de Chiloé, de Narciso García Barría, ed. Andrés Bello). El Trauco, simpático y grotesco personaje de la mitología patagónica que se caracteriza por lascivas inclinaciones (Ilustración de Andrés Jullian, en Tesoros mitológicos del archipiélago de Chiloé, de Narciso García Barría, ed. Andrés Bello).   Este es un personaje pequeñito, de no más de una vara de estatura (63 centímetros). De aspecto desagradable, muy forzudo, es capaz de derribar un árbol de tres hachazos. Va vestido de quilineja y no se separa jamás de su "toki" (hacha de piedra), con la cual anuncia su presencia en el bosque. En tierra va apoyado sobre un rústico bastón,  el "pahueldún", un palo retorcido.

  El Trauco o Chauco, para algunos, ama la belleza del paisaje. Trepando en los árboles más altos (un tique), contempla el éxtasis el panorama. Gusta mucho de las murtas. Odia a los hombres, quienes tuerce a la distancia con sólo cambio es un amante apasionado de las mujeres
particular de las doncellas, para quienes resulta irresistible. De ahí que las solteras atribuyan su "deshonra" a este sátiro de los bosques chilotes.

  Este homúnculo ha sido considerado como la encarnación de uno de los espíritus expulsados del cielo que no alcanzó a entrar al infierno y quedó convertido en un hombrecillo enteco y perverso.

   Con toda seguridad este alcance dogmático ha sido el fruto de los elementos religiosos aportados por los misioneros a la mitología indígena. Con él robustecían sus prédicas
de la moral cristiana, sin necesidad de combatir abiertamente al personaje mítico autóctono, útil en la vida de la comunidad.
   Pese a todas las apariencias físicas y morales adjudicadas a este ser estrafalario, según las cuales se le hace aparecer como un personaje maléfico por el daño infligido a las doncellas, es, incuestionablemente, una creación necesaria y valiosa para la colectividad primitiva dividida en tribus. Su creación ha debido obedecer en un comienzo a la necesidad de resguardar la armonía y la integridad social y moral dentro del grupo. Por otra parte, pudo también estar destinado a salvaguardar  la seguridad de los vínculos maritales del sistema monogámico. O quizás fue un ente creado para facilitar la custodia de las núbiles, a quienes se trataba de proteger de un prematuro rapto. Se evitaba de este modo curioso que corriesen la misma suerte de las legendarias Sabinas romanas.
   De un modo semejante a como se atemoriza a los niños con el "cuco" o con el "viejo", así la comunidad primitiva utilizó al Trauco para resguardo de la moral y evitar que las muchachas frecuenten los bosques sin la compañía de un protector o guardián de su castidad virginal. ¿Pudo, en última instancia, existir el propósito de poner a salvo a las doncellas de las relaciones incestuosas, dentro de una sociedad en la cual predominaba el sistema de uniones exogámicas? ¿Se prohibirían bajo penas severísimas las relaciones endogámicas? En al caso, el Trauco actuaba como tabú del instinto sexual.

   Tampoco debe olvidarse que en la zona convivían cuncos, huilliches y chonos, más la presencia esporádica de otros hombres forasteros del mar. El Trauco venía justamente a poner una traba a las relaciones interraciales.

   Aunque haya sido una creación típicamente chilota, conviene recordar los numerosos ejemplos suministrados por Frazer, en cuanto al comportamiento que debían observar las mujeres de ciertas tribus en caso de ausencia de sus maridos, especialmente cuando éstos andaban en incursiones bélicas. El adulterio les era fatal a los hombres ausentes y severísimos los castigos para la culpable. Bueno, y si se trasplanta al archipiélago esta norma, ¿no serviría perfectamente en caso de las ausencias periódicas de los navegantes insulares?
   Con todo,  el mito del Trauco todavía resulta benéfico como lo fue durante la vida tribal. Entonces era, como se dijo, posiblemente un freno a las relaciones sexuales. En la
época de la Colonia protegió a las mapuches del asedio del esto que éste era el auténtico violador de mujeres. En la actualidad sirve de advertencia a las muchachas campesinas contra los mozos lugareños y los merodeadores pueblerinos.
   En la ingenuidad simplista de mentes crédulas e impresionables, un gallo del monte, con su bonete rojo y su golpear enérgico contra el tronco de algún árbol viejo, puede bien a la distancia, parecer un diminuto hombre silvano.

  El Trauco gusta del exquisito y delicado sabor de las muertas. Parece ser éste su alimento predilecto. También era frutita y dulce agrada a las personas. En su recolección por entre los matorrales no son raros esos encuentros fortuitos  que atentan contra el sexto mandamiento de la religión católica. Después las consecuencias se cargan a la abultadísima cuenta del personaje mítico de traje de quilineja, de los cuales hay uno por lo menos cada bosque.
   Pero el Trauco, como todos los individuos, puede ser neutralizado. Hay varias maneras, y una de ellas consiste en arrojarle a los ojos un puñado de arena. El "petiso" se pone a contar los granos de arena, con lo cual da tiempo para librarse de él.

  (...) No ha sido posible dar con la etimología de la palabra "trauco". Podría haber varios derroteros para encontrarla. Entre otros recordemos el "trau-trau", un arbustillo de la familia de las mirtáceas, la murtilla blanca o bien el "chau", pequeño, de la lengua chona, o el "trau" huilliche, que equivale a unir, juntar.
   La fuerza física del Trauco le da cierta similitud al simpático Meñique de los cuentos europeos, en cuanto ella sirve a ambos para satisfacer necesidades vitales.
   El hecho de señalar al tique como el árbol preferido por este personaje para avizorar, puede ser un simple editamento sin mayor importancia, aunque es posible la altura del árbol, unos 15 metros, ofrezca una elevación conveniente a cualquier observador y un espeso follaje para pasar inadvertido. Además, en el tronco de los ejemplares suelen crecer algunas pequeñas plantas parasitarias como manchones oscuros, los cuales observados desde lejos por su forma caprichosa pueden semejar seres de conformación estrafalaria. (*)

 

 (*) Fuente: Narciso García Barría, "El trauco", en Tesoro mitológico del archipiélago de Chiloé, Santiago, Editorial Andrés Bello, 1989, pp.120-125.