Sombras nomadas por la meseta, por Angel Uranga

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Imagen de la estepa patagónica, trasfondo geográfico de la obra de Uranga. Foto de Darío Granato  Angel Uranga  es uno de los talentos que merecen brillar más allá de la solitaria llama de la estepa y el viento de la ancestral Patagonia. En esta ficción, se confunde el pasado de las exploraciones hispanas de las tierras del sur y un hecho del mundo presente. Fusión de planos temporales donde destella parte del sentido del encuentro la vida y la muerte y el hombre y la tierra. En Temakel también pueden encontrarse con otra exhalación narrativa de este autor patagónico: Hilario. Una epopeya

 

 

(*) Angel URANGA, entre otros trabajos inéditos aún, ha publicado los siguientes textos dentro del género ensayo: "Cinco siglos de Derechos Humanos y Leyendas Negras" (1992); "Fragmentos de un texto inconcluso" Poemas de Omar Terraza (1997); "Desde la diferencia"(1997); "Vencedores y Vencidos" Cronología del movimiento huelguístico de Santa Cruz de 1920-1921 (1998); "Ampliando nuestra memoria" Breve ensayo en el cincuentenario de la publicación de "El Complejo Tehuelche" de Federico Escalada (1999); "Memorial de la Tribu" Reseña histórica de Comodoro Rivadavia y cronología (2001); "El Eco de la Letra" Una genealogía patagónica (2001)

 

Domicilio: Vázquez 3030 B° Isidro Quiroga (9000) Comodoro Rivadavia, Chubut, República Argentina; o Biblioteca Pública y Popular Comodoro Rivadavia, Av.Yrigoyen 555, TE (0297) 4473024

 

"Todo lo que nos rodea parece eterno, y el
desierto nos hace oír voces misteriosas"
Charles Darwin

 

 

SOMBRAS NOMADAS
por la meseta
Por Angel Uranga(*)

 

   Con el motor a pleno, la camioneta modelo treinta y ocho enfrenta la interminable recta que se extiende de sur a norte hacia un confín reverberante donde tierra y cielo se diluyen.

   Bajo la seca luz transparente, la pampa aguarda como agazapada al viajero que se atreve a cruzarla a esa hora.

   Al calor del sol, en medio de la ruta, una liebre alerta levanta sus largas orejas para captar el ronco sonido del motor lejano que surge de la misma tierra. Luego, en lentos saltos se interna en el monte que crece enmarañado al borde del camino.

Tras largas horas de recorrer la picada polvorienta de la ruta tres, el vehículo ingresa en la huella que lleva a la zona de río Chico.

Atento a los zigzagueantes y hondos huellones –trabajados más por la erosión del viento que por el tráfico- maneja esquivando piedras y matas que el camino pone como bruscas sorpresas al conductor. Así atraviesa cursos secos, encara con marcha firme las pequeñas dunas que el permanente viento del oeste ha depositado; y si bien maneja atento a los impredecibles obstáculos del camino, aunque tal vez un poco rápido, teniendo en cuenta el estado del terreno, pero no tanto para su deseo de llegar a las estancias; no alcanza a esquivar un sólido mogote en medio de la huella.

El fuerte golpe lo sorprende quitándole el volante de las manos. El vehículo salta con violencia del lado del conductor y vuelve a caer en fracciones de segundos en medio de una nube de polvo ocre, se arrastra todavía unos metros para terminar clavándose en la tierra al costado de la huella.

Tras el escándalo de chirridos y golpes de fierros rotos que irrumpiera la serenidad del paisaje, el silencio se impone casi solemne, y lentamente, como un pájaro cansado, vuelve el polvo a posarse en el suelo.

En la tarde quieta, el vehículo resulta una extraña osamenta ferrosa que se cobró el desierto.

Repuesto de la conmoción, el conductor sale gateando por la puerta del lado izquierdo que se encuentra ahora en un nivel más alto.

Ya afuera, el aire cálido de la media tarde le resulta sin embargo más fresco que en la cabina. Aturdido e incrédulo observa con detenimiento los daños: el para golpe ha perdido sus formas curvas y arrugado como papel yace enterrado en el suelo; la rueda delantera derecha está caída debajo de la puerta del conductor, y el farol derecho, ubicado entre el guardabarro y el capó de doble tapa, ha sembrado innumerables fragmentos que lanzan destellos desde las piedras.

Era el final del viaje. Maldice el camino, su suerte, el calor y la idea de salir al campo sin acompañante pese a que le habían sugerido: "cuando salgas por ahí llevá agua y comida y nunca te largués solo".

Antes de abandonar la camioneta saca de los bultos un poncho nuevo aún sin usar; da una última mirada a los fierros destrozados y emprende resignado el retorno buscando la ruta a la espera que alguien lo acerque a Garayalde o al mismo Comodoro.

Volviendo por el camino recorrido, calcula por lo andado en la camioneta que no llegaría a la ruta hasta bien entrada la noche. Esta idea lo desanima pero no tiene otra opción dado que ignora a cuánto está la estancia más cercana, y la posibilidad de perderse siguiendo otras huellas puede resultarle fatal.

Anda bajo un sol polvoriento. Mira el suelo que pisa y se abstrae en los pies que se suceden el uno al otro en una cadencia imparable, irresistible, como si esos extremos que parecen y desaparecen no le pertenecieran; uno y otro, el izquierdo y el derecho, el izquierdo, el derecho; la punta negra y cubierta de polvo del zapato izquierdo que asoma de la manga del pantalón y desaparece, cuando surge de la manga del pantalón la punta negra del zapato derecho cubierta de polvo y desaparece, cuando surge la punta negra del zapato a un ritmo ajeno a su voluntad. Las mangas del pantalón flamean, son retazos de banderas vencidas cubriendo las interminables hileras de soldados prisioneros, rendidos, viniendo hacia él, miran la cámara en las dramáticas imágenes de los noticieros que vio en el cine de Comodoro

Pensándolo bien, lo que a él le pasa no es nada, no debería entonces desesperar.

Aquello, en cambio; tantos sufrimientos que la guerra infligía a gente inocente; ciudades envueltas en llamas, ruinas y desesperación, el ulular de aviones en picada y bajo las hélices pintadas las fauces de un tiburón para infundir más terror aún. Matar gratuitamente, eso es pura maldad, eso hace la guerra, mata y destruye lo que no debe matar ni destruir. La muerte gratuita, el terror gratuito; en cambio él, va protegido por un silencio inhóspito, por una paz horizontal pero sin muertes.

La tarde se encoge en un silencio que interrumpe su respiración sofocada.

De improviso, surgida de la nada, una ráfaga insolente le vuela el sombrero refrescándole la incipiente calvicie. El caminante sólo atina a lanzar una sorprendida queja mientras lo observa rodar por el polvo. Parecíale que el sombrero, ahora desprendido de él, corría libre, se diría que alegre, como invitando a seguirlo. Lo sigue, pero con la vista y sólo para saber dónde se

detendrá. Lo ve girar sobre el alero, cubriéndose de polvo, desaparecer y aparecer por las caprichosas sinuosidades de la huella, mimetizándose travieso en el terreno. Por unos instantes lo buscó entre las matas y, al no encontrarlo, sin mayor empeño desistió, desganado, de su búsqueda.

Ahogado de desamparo y polvo la sed le fue llegando. Algo en él se contrae y se pregunta por qué capricho no trajo agua como le habían aconsejado: "cuando salgas al campo llevá agua y que alguien te acompañe. No te largués solo". Qué cabeza dura que soy.

La calma agreste lo acompaña. ¿a cuánto estará la ruta? La tarde alarga su sombra por el camino, recién hacia la noche, espero que alguien...

Trata de no pensar en su mala suerte, por eso se entretiene en medir en pasos la dimensión exagerada de la sombra que le precede: uno dos tres cuatro cinco seis siete ocho nueve diez once doce trece catorce quince, hasta el matorral más alto, se acerca al molle y le quita un breve racimo de frutos redondos y violáceos, se lleva uno a la boca pero rápidamente lo escupe, esperaba un jugo con un cierto sabor dulce y encuentra una pulpa seca llena de semillas. Después, y más allá, serán treinta pasos la distancia entre los pies y la cabeza de su sombra.

Por la huella polvorienta y declinando ya la luz, los pies cansados levantan un polvillo dorado que lo persigue. En el último parpadeo del día los colores iluminan brevemente el ocre dominante del paisaje y enciende los verdes graves y apagados de las matas.

Se ha detenido. Sentado en el suelo desata los cordones de los zapatos para quitar la tierra y sacudir las medias mientras observa el cielo en su gratuita danza de colores; sus ojos se deslumbran ante los majestuosos espacios que poco a poco van apagándose en tonos púrpuras hacia el azulnoche.

Siguiendo en la huella, el caminante se interna en las sombras que vienen a cubrirlo desde el poniente; y es como si ingresara a un familiar y lejano pasado.

Después la noche.

Noche sin luna en el desierto.

Es una sombra envuelta en sombras, y en el poncho.

Una corriente fría le recorre los miembros agotados, mientras del estómago le llega insistente y agria una ausencia.

Palpa en el bolsillo del saco el atado de cigarrillos y extrae uno, busca en el otro bolsillo la caja de fósforos. Se detiene, enciende el cigarrillo haciendo un hueco con las manos para proteger la llama naranja. Aspira el humo aromático que le llena los pulmones y engaña el hambre.

Parado en la noche del desierto escucha los sonidos inéditos del lugar. Bajo la tenue claridad de las estrellas, distingue, al costado de la huella, las espesas siluetas de los matorrales que parecieran embozar innombrables fantasmas.

Prosigue la marcha, pero ahora con paso cansino, atento a los susurros de la oscuridad donde la luciérnaga fugaz del cigarrillo se enciende como un tímido faro para perderse en el pozo de sombras.

Las sombras se hacen eco del tiempo:

Transitamos por tierras tan recias y salvajes, atentos a resonancias traídas en el viento allende lo abierto, ecos que daban pavor. Ecos, o sombras de ecos que emanan de la árida inmensidad sin fin.

Y piedras habían, talladas por la mano de irascibles edades inmemoriales que observan nuestro paso y perseguíanos más allá de la vista haciéndonos sentir culpables pues eran, o parecían, estatuas de dioses terrenales reprochando nuestro viandar intruso.

Es un extraño sentimiento, como si este caminar a través de las horas del silencio lo hubiera vivido, repitiendo un antiguo e interminable peregrinar, un volver al lugar donde alguna vez pasara.

Escucha el silencio lleno de ecos que no son los de las cosas sino del ambiente; un vacío que suena a voces, a ruidos conocidos; un tropel de pasos, de gente conversando.

Se detiene, pero solo escucha la respiración entrecortada y el palpitar del corazón contra su pecho.

Parado en la noche del desierto, escucha atento. Teme mirar hacia atrás y, sin embargo, se da vuelta y mira y nada mira porque nada ve; por lo menos no lo que el creería ver. Sólo mira sombras en la oscuridad.

Un lugar de ausencias. Nada.

Debe llegar pronto a la ruta, como si la encrucijada fuese un destino, el término de su odisea.

Apurado retoma el paso tropezando y rezongando en las tinieblas.

Es como que hablasen un idioma conocido de extrañas y arcaicas entonaciones, y hasta tiene la rara sensación de haberlo hablado alguna vez en este insólito y mismo lugar.

¿Serán las ánimas en pena que dice la gente de campo, aquellos que muertos quedaron sin cruces ni rezos?

En la oscura soledad burbujeando voces.

Vuelven

en pequeños grupos regresan de çinco en çinco y de seys en seys

Son una suerte de derrotados sin haber librado batalla alguna con fuerza antagónica en ningún lugar del inconmensurable territorio recorrido.

Los primeros que vuelven regresan siguiendo a su jefe, quejoso de enfermo y de años. Hambrientos, pues que no avía q´comer ny aún hierbas sino raíces sufriendo la sequedad del vastísimo vacío de la meseta. Y en el atardecer, cuando el sol ilumina oblicuamente la tierra, los hombres y sus sombras, al caminar agotados, arrastrando sus pesados y dolidos pies, levantan un polvillo de oro que resplandece al sol. Y ése, no otro es todo el oro que fueron a buscar; pero ellos no ven lo que dejan sus pasos.

Lentamente, pesándole el sueño, caminará arrastrando con dificultad su propio peso, andará hasta el instante en que sus pies llagados le obliguen detenerse. Busca con las manos el suelo del descanso dejándose caer, y se recuesta en la tierra como en un regazo con un suspiro de alivio. Entonces, a través de la niebla de su cansancio los ve pasar siguiendo su propio rumbo. Pasan casi sobre él, es imposible no verlos. Sombras sólidas, tan reales e intangibles como el humo, el viento, las tinieblas; no podría no verlos. Surgen como materialización del tiempo que los vastos espacios se encargaron de proteger por siglos.

No son más de cinco, quizá seis los que cruzan en harapos; oscuras figuras recostadas contra el ocaso malva. Espectros de otras épocas siguiendo en fila india al primero, tan ciego de vida como los otros. Lanzan cada tanto una maldición o dicen algo entre ellos en un idioma familiar que sin embargo no termina de entender.

Los ve pasar y les grita que esperen, a dónde van. Pero esa suerte de mendicantes nómadas no lo escuchan, siguen, cabizbajos, tropezando el desierto.

Por el desierto austral, una insólita procesión de desarrapados que encabeza el Adelantado.

El Adelantado: este tropel, qué digo, esta manada de enfermos y fracasados que siguen mis pasos buscando quizá el momento propicio, la oportunidad calculada para hacerme finado por haberlos embarcado en esto que hoy resulta un calvario para todos y que hace sólo unos días era el ilusionado y quimérico viaje hacia la ventura. Pero ¿quién podría con este hato de pícaros y malandrines, muchos de ellos optando por la Indias antes que la cárcel; quién con esta chusma podría jamás conquistar un palmo de tierra o fundar algo perpetuo?

Partimos desde el real, los caballeros sin caballos, pedestres todos, y todos llenos de ánimo y de quimeras, y regresamos vencidos, sin que nadie nos presentara batalla, desanimados y aletargados; es cuestión de vernos, que si parecemos una procesión de penitentes. Vencidos, sí, pero por esta tierra de severa y desnuda grandiosidad como una virgen amazona. Y henos aquí volviendo, patandariegos, hambrientos y andagónicos, sin aquella voluntad férrea y bestial que bien conoce Europa.

Volvemos sombras de lo que fuimos. Y volviendo nos sentimos como retenidos por un vago deseo que no alcanzo a comprender ni precisar.

Vuelve enfermo, doliéndome el cuerpo por la cintura, doliéndome por las rodillas, los pies, los dedos de las manos que se me hinchan; y doliente el ánimo que es lo peor, que es lo peor.

Han vagado por planicies áridas.

Vagamos por esta áridas planicies, siendo conducido en parihuela por estos follones. ¿Y cuál ha de ser la suerte de aquel gentilhombre, aquel don Pedro de Mendoza con quien firmamos en Toledo y frente a su cesárea majestad las Capitulaciones? ¿cómo le habrá ido en su adelantazgo?

Allí lo vide, vestido con garbo y severo negro, con la herreruela que le ensanchaba los hombros y le afinaba las piernas rematadas con calzas acuchilladas en negro y amarillo, un verdadero dómine de corte imperial, con golillas que le enmarcaban el rostro pálido de enfermo llevado en parihuela. Sospecho que debido a su fortuna de cuna y de trabajos al servicios del rey ha tenido mejor suerte que nosotros. Decíanme su gente que traerían caballadas para poder conquistar mejor estas Yndias, como lo hiciera Cortés, eso mesmo debí fazer, hubiéramos llegado ya al Pacífico y repetir lo de Balboa, pero hube de salir de apuro, que es un decir, pues tras cinco años recorriendo pasillos y salas en esperas palaciegas, soportando a inútiles, a ociosos cortesanos, soberbios afeminados, amigos o parientes de sus majestades. Ya estaba harto de aguardar, harto y furioso de promesas y postergaciones, amén de quedar empeñado de por vida, mientras tanto, otros más rústicos que yo se enriquecían y colmaban de gloria y títulos como esos puerqueros de Pizarros, desvergonzados ladrones del oro de los incas.

 

 Cuando lo despertó el sol en los ojos, pudo notar que estaba sobre una huella apenas marcad. Desconoció el camino por el que había andado la tarde anterior. Se levanta dolorido para proseguir el rumbo que la luz de la mañana le marca.

Debe seguir por estos parajes del viento y de la piedra, anhelando llegar a algún cañadón donde pueda encontrar agua. Debe recorrer, ahora casi con desesperación el seco y mudo entorno, donde cada tanto, en el aire transparente de la mañana, el silvo de un pájaro, en una armónica combinación de notas breves y largas, suena como un llamado burlón.

Ha caminado en la noche y agotado se durmió al amparo de las matas, En algún momento cruzó sin darse cuenta la anhelada ruta tres. Ahora sí está seguro de estar perdido, de otra manera ¿hacia dónde puede llevar esta huella cubierta de pastos? ¿a un puesto de veranada? ¿a algún lugar donde se junta leña? –cavila- Y si son campos de veranada son campos de la costa: entonces -razona- el mar no puede estar tan lejos.

Mientras sigue por la huella apenas dibujada medita y duda:

¿y si me desvié durante la noche y no voy directamente hacia la costa? Pero no, la dirección es ésta, hacia el este.

Duda el náufrago en un océano de tierra seca que más extravía a quien ya está extraviado.

Arriba, el sol marca al mínimo su sombra.

He caminado toda la noche y todo este medio día y la picada no aparece. ¿habré andado como sonámbulo? Pero ¿cuándo entonces crucé la ruta?, porque seguro que la crucé... tampoco veo los postes telegráficos que la bordean, ni un alambrado...

Era caminar por un lugar perdido –como él- en la mudez del paisaje, cerrado, oscuro a todo signo reconocible. Un naufragar en medio del calor, el cansancio, la soledad que lo aplasta, haciéndole arrastrar los pies ahora ampollados, que dejan sobre el polvo milenario sus propias huellas sin aire.

Mira la brevedad de su sombra. Han de ser las doce, hora del almuerzo, del pan crocante, la mesa, los platos, el sonar cantarino de los cubiertos. Música de la casa. Las doce. En la vidriera de la relojería observa admirado el reloj pulsera suizo con los números y las agujas doradas desatándose nítidas sobre el fondo negro. Le parece un poco caro, pero viéndolo bien, vale la pena.

En la indigencia total por la que transcurre, el reloj representábasele rodeado de un especial encantamiento, de perfumes nocturnos y noches alegres.

Al pasar me miro de reojo en el espejo del club social que refleja cómo luce la peinada brillante y engominada, en la muñeca asoma el reloj de manecillas y números romanos dorados sobre un fondo negro noche perfumada de agua colonia. Ese que pasa en el espejo fuma rubios con la boquilla roja que compró no se acuerda dónde, tal vez en el almacén de ramos generales de la calle pellegrini; el traje azul oscuro cruzado, los zapatos tan impecablemente lustrosos que parecen de charol y la camisa de cuello almidonado me dan una pinta bacana; le hago una seña sutil con la cabeza a la de pelo castaño y vestido azul floreado y ... salimos a bailar la música que suena irresistible, invitando a, invitando...a...

Vuelven repartidos en pequeños grupos.

De çinco en çinco y de seys en seys de vuelta hacia las naos.

Andariegos adustos y complotados, traen a sus jefes como prisioneros o rehenes. Regresa en grupos confusos, cuidándose y sospechándose el uno del otro, porque con la rebelión ha cundido también la desconfianza mutua.

Rodrigo de Isla, que de jefe de la avanzada expedicionaria pasa a ser el primer y principal rehén de los alzados, le recita la compartida suerte a Juan de Mori:

-Pensar que partimos protegidos de petos, yelmos y rodelas, luciendo calzas acuchilladas, polainas de cuero, llevando los arcabuceros delante e luego los ballesteros...

-Y en la retaguardia –agrega Juan- el Comendador con estandartes y blasones de Adelantado, y yo como jefe de su guardia personal, que debió volverse pues tiene mala cara su merced, que ya estoy un poco viejo Juan para estas travesías. Y se lo veía que cojeaba y se quejaba y que al fin debió ser llevado en parihuela.

-Portando lanzar y hondas –sigue Rodrigo- y ansí dimos caza e podimos comer esas sabrosas gallinetas.

-¿Gallinetas?, ¡Perdices, dirás!

-Sí hombre, esas grises y copetudas

-y avestruces como las del Africa.

-Y como os decía; que habiendo salido del real con los corazones henchidos, animosas las ánimas en pos de la Fuente de la Juvencia, en pos de oros y pedrerías, a la búsqueda también de los legendarios gigantes de Magallanes para que nos guíen dónde el refulgente país, en qué lugar la Ciudad Dorada de tantísimos comentarios en las largas noches sobre los puentes de las naos.

-Y de aquel ánimo que como tu dices Rodrigo traíamos al salir ya nada queda, ni la ropa ni el garbo. Es cuestión de ver estas calzas tan coloridas entonces, ahora desgarradas, las camisolas hechas jirones, y quienes llevaban el abrigado tabardo, sólo tienen retazos para cubrirse del frío.

Paso a paso el cansancio lo consume hundiéndolo al camino.

Lo invade insistentes y fuertes imágenes de la guerra. No recuerda bien la película que daban, tal vez era una policial, en cambio tiene presente los rostros cansados y victoriosos de soldados y los otros rostros, aquellos aterrados de mujeres y chicos huyendo del horror.

El sudor es un olor rancio que asciende junto al ardor de ampollas que se formaron en los dedos y en el talón. Su guerra es este suplicio que lo devora, lo fagocita, como el espacio que recorre. No hay otra cosa que importe ahora, sólo el vacío habitándole el estómago.

La lengua recorre los labios secos y cuarteados para recibir de la brisa un breve alivio. Invoca el recuerdo sedante del agua cantarina en los arroyos de Esquel, la alegre música de juegos y mañanas radiantes con los otros pibes. Dale gordo tirate que está linda el agua. El agua de las vacaciones, las risas despreocupadas en las caras felices, el agua transparente como esos días radiantes, como esa vida azul.

Rodrigo de Isla: Anduvimos a través de ariscos campos que poblamos de seres fantásticos, temerosos de ver en cualquier recodo del terreno dragones y esfinges, mujeres-pájaros, polifemos, lebrele parlantes y brujas lúbricas cotorreando entre las sombras. Y ahora regresamos vacíos de oro y llenos de fatiga, apenas si con nuestros cuerpos famélicos, mas no vencidos, como cuadra a un infante hispano.

Juan de Arias: Arrastramos los pies sobre esta tierra frígida, harto fatigados, dejando tras nuestro un murmullo de polvo seco. Vamos como condenados, el sayo cubriendo nuestras caras, pareciendo lo que somos, una tenebrosa apandilla de rebeldes complotados, y a eso vamos, ha fazer nuestra implacable justicia.

Treinta días ha que encaramos estos lugares muy relucientes, honorables y soberbios, y ovieron capitanes que iban pa lucirse no se ante quién, llevaban esos sombreros bajos y anchos de terciopelo negro, y guantes y polainas de cuero y la herrehuela que hasta la cintura, como los hijosdalgos que vide en Sevilla, y estoque llevaban como que fueran a concurrir a un baile de palacio, aquí, en medio de esta ausencia, de esta vasta monotonía pardusca donde sólo nos observan los ojos de fieras y alimañas.

Estas latitudes terminarán por vencer nuestro empaque y arrogancia, y henos aquí que volviendo, sombras nómades sobre la meseta, eco de lo que fuimos, es decir un viento. Nada.

Los recuerdos se evaporan, ya no se reconoce en aquel que caminaba alguna vez las calles deseando ropas elegantes, relojes caros, mujeres. ¿Existió ese yo de costumbres urbanas, comidas a horario, cama con sábanas, luz eléctrica, gas para calentar comida, casa; aquel de negocios, vehículos, de radio y cine, vidrieras, bares y amigos, o sólo fue un sueño, un cuento rosa leído en revistas de moda? Pero ahora, dependiendo de sus propias fuerzas comprende que lo único cierto es el dolor espeso y agudo en que se ha convertido este cuerpo que lo fija a la tierra. Lo cierto y real es esta luz que licua las cosas y lo confunde con ellas hasta hacerlo olvidarse de si, de lo que alguna vez fue.

Que si salgo de ésta con vida Rodrigo, relataré lo que vivimos –dice Juan de Mori quien suple al Adelantado en la entrada a tierra firme y que ahora es el primer y principal prisionero-rehén de los alzados. Dice:

... ya lejos de las naos, topamos con una tierra desierta y despoblada adonde no hallamos ni hyerbas algunas de que pudiéramos aprovechar para comer, que ni leña para quemar ni agua que beber hasta que allegamos a un ryo que yba por entre dos sierras y parecía el agua como la del Guadalquivir y del mismo color y muy rezio y hondo y algo angosto y encontramos gente yndia y muy bestias que no tenían que comer sino unos granos tostados y que eran molidos con unos guijarros e lo comían ansí en polvo.

Luego preguntamos por señas a la yndias que dónde había población y comenzaron a señalar ryo arriba.

...hicimos balsa con unos sauces mymbres que había en la orilla y pasamos con harto trabajos tardando un día en cruzarlo.

Guiados por la yndias y por el piloto con el astrolabio subimos por unas peñas muy altas dadas a la yra de Dios y pasamos dos días sin hallar agua ninguna.

Bajamos por unas peñas muy agrias y damos en un ryo muy hermoso que yba entre aquellas peñas todo cercado de árboles destos mymbres... y a este ryo lo topamos otras veces, que iba dando vueltas y pescamos sin carnada ninguna y sacábamos muy grandes pescados que parecían salmones los mejores del mundo.

Anduvimos por aquel ryo más de diez o doze días sin hallar cosa ninguna y en este tiempo acabose el pan de las mochilas y la gente y los capitanes comenzaron a no querer ir más adelante, aunque las yndias que llevábamos nos daban señas que más adelante había poblado y señalaban que traían oro en las orejas y en los pechos en mucha cantidad y señalaban andadura de no sabemos si dezían años o meses o días, siempre señalando cinco.

Y los capitanes iban de muy mala gana y amotinan la gente... y habíamos de volver noventa o cien leguas a las naos.

  Y yo que les digo que mejor sería seguir el río y ellos no, que no, que ahora se hace lo que nosotros decidamos. Y persistieron con su ruin propósito y ahora nos llevan prisioneros y de mil talante por el hambre y la fatiga, la desconfianza y el temor entre nosotros mesmo.

Arrebujado en el poncho los oye discutir, son como ecos de una presencia tenaz.

el estruendo de bombas cayendo sobre aldeas indefensas

no hace falta matarlo, que no es bueno ensañarse con un viejo

que sí hombre, que por su culpa estamos pasando tantas penurias

rápidas, veloces formaciones de tanques avanzan sobre el desierto dejando tras sí espesas nubes de polvo

os digo que no es de él la culpa ni el mismísimo Dios sabía qué coño era esto, si un desierto seco o un nuevo Perú, si el infierno o un paraíso de Mahoma.

paracaidistas cubriendo el cielo y la pantalla

no interesa, lo mesmo haremos nuestra justicia

vamos hombre, así desafías al mismísimo rey

pues me cago en el Rey y en toda su corte flamenca. No tendremos piedad por nada ni por nadie

aferrado al volante de la camioneta enfrenta la recta larguísima que acaba abruptamente en altos acantilados donde comienza el mar y, más allá, fondeados frente a la isla, dos siluetas de carabelas esperan

La noche protege las sombras instrumentales de la muerte

Patagoniantes sombras cruzan la meseta.

Regresan en pequeños grupos de cinco, de no más de seis las siluetas recortándose contra el ocaso magenta.

Avanzan callados en la dirección calculada y conocida. Sólo una determinación los guía.

Juan Arias: Sólo una decisión nos guía, vamos por el gobernador a quien ejecutaremos para cobrarnos tantas penalidades, vamos con determinación, vamos para librarnos de toda autoridad impuesta desde arriba, seremos así dueños y señores de nosotros mismos, como decían los comuneros, y entonces saldremos a los mares ha fazer el pirata.

Sotelo: Arias pretende irse por la mar a robar de toda ropa a castellanos, portugueses, e irse a Levante o a la Francia, pero yo prefiero encontrar a la gente de don Pedro de Mendoza y correr mejor suerte.

Vuelven, rabiosos y vengativos, tan malolientes como famélicos.

Julio Ortiz: Rabiosos y vengativos volvemos, los cabellos ya por los hombros, oliendo a puercos, mesmo que los indios que vimos con sus indias, tres de ellas paridas y como no llevábamos lengua no pudimos entender lo que decían en ese río tan dulce como el Guadalquivir que falta nos hace ahora, y ellas señalando cinco, preguntándonos si nos hallábamos a cinco o a cincuenta jornadas del oro que, decían, pendía de orejas, narices y pechos, pero ahora nos parece que era agorería de indias, que los cinco eran por diez, por los cincuenta que morirían en estas secas y hambrientas distancias.

Juan Arias: Tras nuestros pasos sólo la muerte tomando posesión en algún lugar de esta angustiosa monotonía parda, perdidos en el vacío de olvido han quedado cuerpos cristianos blanqueando sus huesos en pedreros implacables, confundiéndose con el suelo, depositados en parajes donde sólo las alimañas podrán encontarlos. Perdimos cincuenta hombres dejando sus fantasías, convertidos en sombras en pena recorriendo sin consuelo el páramo, sombras de nuestros delirios.

Es su tercer día en el desierto y lo atraviesa ya sin pensamientos, aletargado por el cansancio de horizontes monótonos que nunca podrá abarcar ni conocer como se abarca una piedra con la mano, como se conoce la propia mano.

Su cuerpo, agotado y pesado se aplasta a la huella polvorienta, la boca hinchada, sufriendo lacerantes dolores musculares y la sensación de extravío y abandono ante la apabullante presencia del entorno, lo lleva a hundirse anonadado en una confusión de imágenes y sentimientos. Siente que camina dentro de una inmensa placenta de la que no podría evadirse ya que esa atmósfera que lo cubre sin protegerlo, ese sutil e impalpable tejido irá desintegrándolo hasta convertirlo en una emanación más del paisaje, en esos intempestivos remolinos que se forman y se disuelven en el espacio.

En la costa, en el improvisado campamento, refugio, sede, asiento de la gobernación virtual; a la espera de la avanzada que sigue adentrándose en el territorio agreste y a fines del verano, simón de Alcazaba aguarda; no puede saber que los de la entrada ya están regresando amotinados y en rebelión contra él, su persona y sus sueños. Pero Simón no lo sabe, no podría saberlo.

Simón de Alcaçaba y Sotomayor, Adelantado, Capitán General y Gobernador de la utópica Provincia de Nueva León, espera en la costa y escribe su relación:

"Y habiendo llegado al paso magallánico que une ambas mar oceanas",¿qué día sería? Debo fijarme en el libro de bitácora. Busca. Fue hacia los primeros días de este año. Sí aquí está. Embocamos la entrada el 17 de enero del año treinta y cinco de mil y quinientos. Escribe: "Nos azotaron muy fieros vientos de mil demonios". No, no va tal cosa. Tacha "de mil demonios" y escribe: "tan recios como si soplasen desde el mismo Averno" (y sigo con el infierno), que casi convierte las naos en pájaros, y lanzándonos mar dentro debimos volver y reparar ambas naos en un puerto donde hallamos indios que cazaban aves y ciervos y venados, e habiendo comenzado el tiempo rezio, y a nevar y mucho frío estobimos allí unos veynte o veynte y cynco días. Y entonces el capitán de la nao San Pedro y los maestres y capitanes me requieren que salgamos ya de allí y fuéramos a invernar a aquel puerto de lobos..."

La entrada de la tienda se pliega y asoma el rostro del capitán de la San Pedro:

-Dispense gobernador.

-Pasa Rodrigo, pasa y siéntate.

-Escribe don Simón, ¿acaso sobre nuestras penurias?

-Algo de eso, capitán, algo de eso.

-Ya hemos terminado de reparar la San Pedro y he mandado a reponer el batel que ayer encallara.

-¿Sabes si el maestre de Madre de Dios ha hecho coser las velas?, tenían éstas una sarta de rajaduras.

-Juan está en eso. Es extraño porque han estado amarradas y sin desplegar todo este tiempo. Y para mañana, don Simón, habrá que disponer de una partida de hombres que traiga agua y otra que salga a cazar tierra adentro, así variamos de peces y lobos, de mejillones y cangrejos.

-Bien Rodrigo, bien, dispone tú nomás.

Rodrigo Martínez, capitán de la San Pedro se queda observando distraído la mesa con papeles.

-Sí –dice el gobernador interpretando la mirada del otro-, escribo sobre nuestras cosas. –Y tras una pausa agrega; sí, escribo pero me embarga la duda, escribo porque dudo, no de esta indudable y absorbente realidad de silencios y tiempos eternos, sino de cómo se contará ésta, nuestra experiencia. Escribo esta crónica, pues si llegáramos a salir airosos –plugiera al cielo y a todos los santos que así sea- quedarán estos hechos por siglos en la memoria y la palabra de los hombres, pero si llegase a fracasar, mejor dicho, si fracasamos, entonces estos trabajos y estos días serán para nadie Rodrigo, para estas gaviotas y cormoranes que revolotean y chillan como marranos que no dejan a uno pensar tranquilo.

-Todo dependerá de cómo le vaya a la avanzada en su entrada –dice el capitán.

-Hay tanto para contar y tanto para callar, que el silencio acaba pesando más que aquello que se dice o se escribe. Pero te repito; si triunfamos, los poetas del porvenir me nombrarán enfáticos en sus metros, la grande historia detallará cada día de mis días, y los venideros tiempos sabrán de mí más que yo mismo, y hasta el mismísimo pontífice me incluirá entre los benefactores de la Santa Fe por haber ingresado a pueblos enteros a la grey del Salvador.

-Y en la noche heladas –se entusiasma el capitán continuando el pensamiento del gobernador-, cuando la gente simple cuente a sus nietos alrededor del fuego aldeano nuestras aventuras, o desventuras, como entretenidas leyendas que escucharán admirados.

-Tal vez la crónica de este soldado no llegue a ser tan atractiva ni entretenida como la de Amadís, o Lanzarote, pero alborotará la imaginación de los que vendrán tras nuestro.

-¿Y si saliéramos airosos de esta empresa, como Cortés?

-Entonces no sería yo quien escribiese nuestra leyenda; contrataría amanuenses desocupados y hambrientos de Salamanca, ocupándolos en dictarles día y noche estos estoicos trabajos de lealtad y valentía. No necesitarían escribir probanzas a otros de menor rango que yo. Blanquearía mis pecados capitán, compraría indulgencias, aunque renieguen esos clérigos renegados de Alemania. Vestiría como un gentilhombre, como caballero que soy. Y tendríamos en encomienda una innumerable turba de indios que, según dicen los doctos escoláticos, no son hombres sino bestias. Dómine sería de estos dominios.

Y el capitán de la nao San Pedro, quien volviera de la entrada en tierra adentro junto con el adelantado, permanece dubitativo.

¿Si? –pregunta y apura el gobernador que lee la indecisión en el gesto del otro.

-Que unos marineros de la San Pedro riñeron entre ellos y rompieron algunas cosillas...

-No debéis minimizar eso capitán –interrumpe con tono enérgico y gesto severo el comendador-, dadles cincuenta azotes a cada uno para que escarmienten.¡Con lo que cuesta mantener las cosas!

-¿Ejecutamos el castigo en tierra?

-No, ahí mismo en la nao, ante toda la tripulación, de cualquier manera,todos se enterarán del caso.

Juan de Moris: y luego vienen a nuestras tiendas los capitanes Arias y Sotelo y tienen con nosotros fuertes palabras y luego venyeron alferes y cabos de escuadras con toda la gente revuelta con sus arcabuces harmados y ballestas y lanzas y des que nos vieron dixeron que nos diésemos presos y nos obieron muerto si Dios y nuestra Señora no nos guardara.

Prenden a Rodrigo de Isla teniente gobernador y a my, y dan pregones que iban a tomar las naos y a matar a Simón de Alcaçaba y concertaban que nos matarían, y no nos dexaron cosa ninguna ny aún para comer y queríanos dexar ally atados otros queraían desarmar los arcabuces y ballestas en nosotros.Y luego dos capitanes se concertan que el capitán Sotelo fuese adelante con una parte de la gente a las naos y las tomase y matase al dicho gobernador, y el otro capitán, Juan Arias con la otra parte de la gente viniese con nosotros y nos truxese presos.

Julio Ortiz: Y ahora se me recomienda a mí la misión de acabar con el Adelantado pero sospecho que Sotelo se cagó de miedo. ¿Por qué siempre debe ser uno el que se encarga de estos sucios menesteres?

¿Y si vuelven? Y si, como dice el contramaestre, se perdieron para siempre en este incomensurable lugar sin tiempo, sin nombre? ¿Y si fueron comidos por los salvajes gigantes?

¿Y si regresan con el fracaso en sus cuerpos, y el odio en sus corazones, en la punta de sus dagas?

¿Y qué si encuentran ¡alabado sea el Señor!

el ansiado Eldorado?

Ya son varias, casi treinta las jornadas que espero noticias de nuestra avanzada.

Mientras aguarda y duda, el gobernador escribe:

"A la espera de albricias de quienes han hecho la entrada, escribo la crónica de mi viaje al sur del mundo"

Escribe en el castillete de popa de la nave capitana. Escribe.

"Y habiendo firmado las Capitulaciones por las que se me concede a mi entera costa y riesgo las tierras que continúan a las otorgadas al Capitán Dn. Pedro de Mendoza hasta el Estrecho Las Molucas me complacería que se lo denominara Estrecho Patagón como bien expresara el veneciano Pigafetta, si bien ahora comienza a llamársele Magalhaes, que bien puesto está hacia el sur, y de mar a mar hacia el ocaso.

Tomamos posesión erigiendo campamento y cumpliendo las formalidades del caso: leño, mis, juramento de lealtad, y a partir de entonces, todo este vasto territorio pasa a llamarse Provincia de Nueva León de la cual soy ¿soy? Adelantado, Capitán General, Gobernador y Justicia Mayor.

Partimos de Sanlúcar de Barrameda llevando en dos naos, la Sam Pedro y la nao capitana Madre de Dios el bastimento necesario y 250 hombres" ¿Y qué si vuelven con la suerte de los conquistadores de México y del Perú, si regresan como dueños y señores, dispuestos a destruirme? Porque el corazón humano también está hecho, y por sobre todo, de vilezas, codicias, resentimientos, odios, ambiciones y traiciones.

En su tienda que da a la costa pedregosa y rompiente, el gobernador detalla con letra elegante la experiencia de su entrada a tierra firme.

"Muchas leguas caminamos hasta el lugar en que decidí emprender el regreso, unas catorce o quince leguas (y muchas más caminarán los de la entrada, la avanzada a las órdenes de los capitanes Rodrigo de Isla y Juan Arias).

Mucho caminamos y nada vimos que atrajera el interés y colmara nuestros deseos. Nada en la monotonía de los días, sólo murmullos asemejando ecos que recorren desenfrenados esos espacios vastos y abiertos.

Transitamos bajo un cielo amplio y compasivo y dentramos a lugar tan infinito que alguien, no recuerdo quién, comentó: que tengo la sensación Comendador que de aquí no saldremos nunca. Quedando con los párpados absortos y azoradas las pupilas contemplando todo aquello y no por el espectáculo: un vastísimo paisaje overo manchado por sombras azules de nubes peregrinas, sino por las fatigas y trabajos que estaban delante nuestro al tener que atravesar todo ese páramo ya sin agua, ya sin fuerzas. Y alcanzamos unos cerros de cierta altura que rematan en planicies infinitas donde toda mirada se alucina.

Y ansí días y días y más días, un ir cambiando horizontes que al pasar las horas y los días parecen siempre los mismos, como si fuere un suplicio tantálico, porque esa repetición de lo igual es lo que más destruye cualquier ánimo"

El Adelantado, esa figura que camina por la costa pedregosa junto a Juan de Escarkuaga.

-¿Y si todos estos empeños no fuesen más que nuestra calenturienta imaginación de cruzados, el bravo proceder sin más reflexión que el coraje, verdadero espíritu de estos tiempos codiciosos de oro y poderío?

-Será así don Simón? ¿Duda usted de que esta tierras no estén habitadas por gigantes?

-Ah, los gigantes que viera mi honorable paisano ¡que Dios lo tenga en su santa gloria!, el muy admirable Hernando de Magalhaes. Y ellos, me refiero a los indios, ¿cómo nombrarán estas tierras, sus tierra?.

-¿Y qué clase de seres han de ser para habitar estos yermos ¡por todos los santos! -exclama el contramaestre abrumado ante la majestad del lugar costero, ventoso, solitario.

-Cierto, cierto –murmura pensativo el adelantado. Y sólo se escuchan los pasos de los hombres sobre la grava, el rumor acompasado de las olas rompiendo en la playa y el grito áspero de las gaviotas. De cualquier manera, esta tierra se conocerá por el nombre que nosotros, cristianos, dueños de la Vera Fe y de la palabra, le demos.

-¿Y cómo la nombraremos Comendador, qué nombre pueden tener estos parajes al fondo del mundo? ¿Tierra de Alcaçaba acaso?

Prueba el gobernador el sabor de las palabras henchidas de tiempo y prestigio inmortal, dichas por el contramaestre.

-No suena mal, pero también podría llamársele: ¡Magallánica!

-Sería un homenaje muy justo; ¿y por qué no, Patagonia?

El ritmo austral del oleaje enmarca la pregunta

-Sabe Dios con qué nombre se conocerán estos parajes venturientos, helados, tan lejos del oro y la especiería. Quién sabe...

En la madrugada de abril, sale del castillejo de popa y aspira a fondo el fresco aire marinero.

El Adelantado, esa figura de gestos breves y hablar ceremonioso, quien tiene por títulos y experiencia el haber sido Proveedor y Capitán General de la Armada, cosmógrafo, hombre allegado a la corte de Don Manuel de Portugal y a las grandes influencias.

Estas vasta soledades salobres, esta abundante desolación ¿elegí acaso este páramo? ¿es éste mi destino?

Apoyado en la baranda, naufraga en sus pensamientos: sobre un mapa con caprichosas líneas inconclusas, los cartógrafos oficiales, dibujan a partir de la relación de nautas que ni siquiera pisaron tierra firme, dibujan ríos donde no los hay, caletas, penínsulas, deltas y bahía a leguas del lugar real. Con letra firme y artística estamparon los nombres de provincias y gobernaciones allí donde sólo el viento vive. Sobre el suelo inestable de nuestras ambiciones nos hemos posesionados del vacío.

Simón de Alcazaba vuelve a entrar a su refugio de popa, a sus papeles y libros, a los folios y mapas, cuadrantes, astrolabio, compases:

Arte es lo que ha puesto el vizcaíno Juan de la Cosa, piloto de Colón, de Ojeda, de Vespucio, tan buen cartógrafo como marino que deja estampadas sus experiencias en ese admirable mapa en verde agua y cepia de mil y quinientos, lucido de estandartes, rosa de los vientos, naos, ciudades y figuras como las de la reina de Saba, la Torre de Babel o san Cristóbal al costado izquierdo en el lugar que ocupa el país de los aztecas, y donde la tierra nova parece una gran boca dispuesta a engullirse las islas del mar antillano y la misma Europa...

Y artístico también el mapa de mi paisano, que Dios lo tenga en su santísima gloria dos años ha, Diego de Ribeiro con quien discutimos largamente de distancias, grados, latitudes y longitudes, que en 1529 dibuja el nuevo orbe,"Mundus Nows" lo denomina y lo realiza con grata elegancia, con finura y precisión matemática, superando al fin a Ptolomeo. Describe hasta el mismo confín del mundo ¿o su comienzo? Y del que hice debida y exacta copia y donde figura el pasaje de Magallaes y la Tierra de Patagones donde hoy estamos despliega el mapa de 180 x 96 centímetros y lee: Pº. De Sat Julián, R. De la Cruz, R.de S. Ilifonso, c. De XI Vírgenes, P.de la Vitoria, canal de Todos los Santos; Yº de los Patos, aquí estuvimos varios días Ysla de Sanson, estrecho del Ferna de Magallaes, Tierra de los Humos, Lago de los estrechos, Tierra de los Fuegos, Sierras nevadas, C. Deseado. Todos lugares recorridos por no.

¡Cuántos trabajos y cuántas fatigas oculta una línea, un signo en una carta geográfica; cuánto terreno y cuánto cansancio; qué inmensa variedad de plantas, de suelos, de animales; y cuánta dolencia soportada las lluvias benefactoras, y las lluvias heladas, cuánto alimento cazado y tantos miedos y cantos de pájaros y los calores y vuelos cubriendo cielos, y los infinitos aromas, los cíclicos amaneceres, y los silencios largos, las noches misteriosas las travesías hambrientas, tantas lunas alucinadas, tormentas, derivas. Qué de cosas y cuántas puede decir un mapa en su despliegue, tanta vida oculta una palabra escrita en una lengua tan ajena al lugar que pretende describir;¡cuánta!

Qué soberbios ignorantes fuimos cuando sobre un papel donde el artista trabajó concienzuda y amorosamente, establecimos, dioses omnipotentes: de esta línea continua hacia allá, "Juan será el Señor", de este signo, hasta esta línea-río, "dominará Pedro"; y de éstos puntos que indican un desierto a estos pequeños círculos que interpretamos como bosque o selva, "corresponderá a Diego", y se llamarán: Nueva Valencia, Nueva Aragón, Nueva Córdoba.

Tiempo llegará en que algún letrado, nada manco con la pluma, tendrá la ocurrencia de escribir sarcasmos e ironías de nuestros vicios de ver la realidad con las anteojeras de lo escrito.

No hay más carta terrestre que aquella que marcamos con los pies, esa cartografía corpórea, el mapamundi que mi cuerpo teje sobre el cuerpo del mundo, todo lo demás son patrañas, nuestros delirios de abarcar y conquistar lo inconquistable, porque; ¿conquistamos acaso este mundo nuevo? ¿no será que es este mundo novo, esta tierra la que nos está conquistando de a poco con su silencio de edades bíblicas? Tal vez habría que darle razón a los indianos que hablan de la Tierra como Madre, como diosa, la cual, como toda hembra es ella la que conquista a los hombres, pues lo contrario no es cierto.¿Acaso hemos encontrado, descubierto, hallado, desvelado nosotros, descubridores, adelantados, conquistadores esta bárbara inmensidad, o es ella la que descubre en nosotros los bestiales abismos que llevamos dentro?

El Adelantado, el Gobernador, el Justicia, aquella figura que ahora, en la playa rocosa observa el horizonte donde un cielomar se confunden en la abierta distancia. Simón de Alcazaba espera y duda. No es bueno para un hombre de acción estar tanto tiempo inactivo porque se vuelve filósofo, hombre dudante y crítico, y eso es malo para un soldado, don Simón.

Vuelven:

Adivinamos el mar en ese cielo tan hondamente azul que cubre un espacio cóncavo por el que se intuye la esfera terráquea, esa nueva imagen de la tierra. Sospechamos el mar en este gusto húmedo que cubre la piel y empapa las cosas, que da un respiro a esta ansias amenazantes, estos deseos vengativos.

Vuelven, en pequeños grupos regresan.

La barba plateada enmarca los arrogantes rasgos del rostro cansado, quemado de mar y esperas que se corona en una canosa y frágil cabellera. Esa figura, ese hombre aguarda y se llena de preguntas. Mira desde la abertura de la tienda, seda para siempre provisoria de la gobernación de la Provincia de Nueva León, mira el azul gris de la costa y de sus sueños que le ingresa por los poros reflejándosele en los ojos. Mira la costa bravía de ese mar océano Atlántico por el que llegó y en algún momento volverá –sólo Dios sabe cuándo y cómo, se cabalgando con gloria o llevando cargada la cruz del fracaso.

Mira y mira la larga y desolada y ventosa la gris y pedregosa y también fría costa patagónica donde habitan gigantes, y, tierra adentro, Eldorado, ese lugar mitológico, leyenda o delirio de conquistadores hispanos.

Apoyado en la borda de la nao capitana junto al maestre, observa, con la mirada perdida, dejándose aturdir por la cadencia de las olas contra el maderamen del casco, ensimismado en ese paisaje de aves cielo, de azulsal, de terra incógnita, de esperanzada espera, de Ultima Thule; observa sobre él la nube que se desliza sin obstáculos por los confines.

-Peregrinos –dice como para sí-, como esa nube Juan, peregrinamos. Como los de Santiago, pero movidos más que por la fe, por la ambición y el poder, por los azares del destino, por aquellas que tejen y destejen la trama de nuestras vidas. Ahora estamos varados en esta playa de pájaros y de olas sucediéndose en tropel, que el frío viento ágil hace flamear sus largas y albas cabelleras. Peregrinos dejados a la mano de Dios.

¿Cuántos días lleva caminando?, ¿cuántas noches?, ¿cuánto desde que abandonó el vehículo, desde que el vehículo lo abandonó?.

Su mente está tan débil como los pies que ya no soportan su propio peso. Respira agitado y con dificultad el aire seco de la tierra seca de la que afloran esas sombras o ecos de sombras de los tiempos.

Sombras que comentan: "subimos a los bateles y abordamos la nao capitana".

Su mente ahora obnubilada escucha: "que en ellas hay gente que está con nosotros".

Los pies se hunden y se doblan en las dunas dejándose caer hacia la playa de pedregullo fresco ahogándose sus pasos en chasquidos salobres y apagados.

Lentamente deslizase el poncho hacia la piedras. Con un gesto imperceptible se deshace del saco, y mientras avanza a los tropiezos se libra de un zapato y, sin detenerse, del otro. Corre entonces gozoso, desesperado corre, con lágrimas en los ojos busca las olas que ríen espumosas, tropieza o se zambulle, pero sin duda se hunde en el frío marino para reaparecer del agua vomitando cuando los ve, o los vuelve a ver. ¿Son las sombras de los tiempos que retornan? ¿despertará alguna vez de esta pesadilla del paisaje?

Ve las dos figuras oscuras que en la playa se alzan con su poncho y los zapatos. Los ve pero las arcadas no le permiten gritar. Les hace señas, ellos seguro que tienen agua, deberían tener agua dulce.

Ya llegan

sublevados, amotinados, perturbados, levantiscos y renegados de todo como de todos, del prójimo y del mundo. Llegan así al final del viaje, con el agrio vacío del resentimiento sustituyendo cualquier deseo, con los cuerpos sacrificados, hundidos en el esfuerzo de leguas de leguas de leguas.

A la vista de la costa, esperarán la noche.

Desde la meseta se divisa el mar entre los cerros; una musical y pura línea azul que se esfuma en el confín.

Los grupos se reúnen para definir el complot.

"...y avanzada la noche, los primeros ocuparán el campamento en tierra, otro grupo sube a los bateles con sigilo y silencio y van hacia la nao capitana dando muerte al gobernador y a todos aquellos que se opongan. En ambos barcos hay gente que está con nosotros y que ayudará" –dice en las sombras algún capitán rebelde.

Figuras en la playa.

Rostros cetrinos de mirada brillante lo enfrentan. Intenta sonreír pero no puede. El que está con su poncho y tiene puesto un sombrero oscuro queda unos pasos atrás mientras que el de boina vasca se acerca. En una mano tiene sus zapatos y en la otra algo que aunque no ve, cree presentir, porque esa cara grasienta y sucia que lo observa con mirada provocadora y perversa le ocupa la visión, cuando escucha, en el instante anterior a la punzada quemante en el estómago que el otro, al que no ve, dice: "el poncho lo vale", mientras la hoja encuentra el hígado y la sorpresa y el dolor y en el rostro una mueca grotesca y como que el dolor le alivia el cansancio y la sed abriéndole a lo absurdo y el mismo dolor vuelve a entrar con un ruido, un chasquido apagado de ropa y piel perforada que se convierte en un quejido lastimero, desolado, oscuro, oscuro, apagado y negro, y en medio del día el negro pozo de la noche.

Llegan en la noche sombras calladas cubiertas por el rumor de las olas, sombras que avanzan como implacables instrumentos de la muerte convocada.

Asaltan, sigilosos y rápidos el campamento en tierra ocupados por media docena de durmientes, mientras otro grupo con espadas, puñales y ballestas suben a los bateles y abordan el Madre de Dios sorprendiendo al gobernador dormido ultimándolo a puñaladas.

Y les echaron luego al mar mientras otros complotados fueran a la cámara en que dormía el piloto de la nao y mátanle y los echaron también abaxo en el agua

Y cuando llegué con la última tanda de levantiscos que me tenían prisionero, pude entrar a la cámara del Comendador y vide un loco revoltijo de cosas y entre otros papeles manuscritos levante una hoja y leí:

"Llegamos el 24 de febrero a una bahía al norte de un golfo muy amplio y bravío, y dos días después desembarcamos frente a la isla que llamamos de los Lobos, porque habiendo en grandes cantidades estas fieras que matándolas nos mató el hambre. Lugar reparado que será punto de partida de nuestra entrada a Tierra Firme donde...". Pero no pude seguir la lectura porque los revoltosos se repartieron entre ellos toda cosa y pertenencia y todo recuerdo del gobernador tirando otras a las aguas. Eso fue lo que vide Su Señoría, amén de manchas de sangre y un gran desorden.

Ante el Tribunal, uno de los complotados dirá:

Y abordamos la naos capitana, tal como habíamos convenido con los capitanes Arias y Sotelo, y fuimos a la cámara donde yacía el Adelantado y le sorprendimos en sus sueños, y él que intenta defenderse pero ya le cubrimos de estoques certeros y él que atina a proferir ah ralea infame y siento en mi puño el sordo crujido de la hoja puntiaguda del puñal que le dentra en la piel blanca y madura al viejo comendador y él que se queja ...

-¿Y qué día sucedió eso?

-¿Qué día?

-Sí, infelize, qué día y mes cometieron tan atroz bellaquería, ese crimen que nos avergüenza?

-Que fue hacia el 15 de abril.

Y otro de los amotinados el juez escucha:

-...y dimos de cuchilladas a él y a su gente y echémosle al agua...

Y el juez que vuelve a interrogar:

-¿Y qué día sucedió, en qué fecha y mes y si es posible en que preciso momento cometieron tan atroz bellaquería, ese crimen que nos avergüenza?

-Fue el 14 de abril. Y afuera seguían gritos y juramentos de definitiva sorpresa y en un revoltijo de cosas, los cuerpos empapados de muerte los tiramos al mar para que se libren de este mundo, para que nos limpiemos de culpas y cargos

En el destacamento policial, la voz estentórea del sargento:

-Y vos desgraciado, ¿qué podés decirme, por qué mataste a ese hombre? -El trueno aguardentoso rebota en las paredes de adobe descascarado de cal. Y no me digas como tu compinche que vos no fuiste porque te sableamos hasta que reventés.

El sujeto, de rostro cetrino y mirada brillante, parado ante la breve y cicatrizada mesa que oficia de escritorio, mira el piso de tierra donde yace una colilla aplastada que le provoca deseos de fumar, su mirada va a la punta de las alpargatas desflecadas; viéndolas con bigotes pensó que también los zapatos le hacían falta; las manos adelante y juntas, como extrañando (las manos) las esposas que le rasparon las muñecas todo el día de ayer y toda la noche de anoche.

-¿Y? –apura la autoridad policial-, me vas a decir quién cometió esa muerte y por qué?

Ahora sabe que lo que él diga será crucial para su existencia de aquí en más. La cárcel: comida y cama aseguradas.

El hombre que está parado ante la mesa frente al policía, levanta la vista, rehuye la mirada represora y observa en la pared, de espaldas al uniformado un oscuro crucifijo.

-Yo lo despené señor, fue por el poncho.

-Te das cuenta. –Dice el que está sentado al milico que aguarda parado en la entrada, lo dice en tono de incredulidad pese a su experiencia, lo dice como para que el otro que está en la puerta sepa, tal vez adivine que la muerte es un hecho tan azaroso como la vida.

  La azul inmensidad del agua y el monótono pardo de la tierra se confunden en un viento que desdibuja manchas de nubes sobre el mar y sombras nómadas por la meseta, sobre la tierra seca.

Angel Uranga, enero-marzo de 2000