Los yámanas

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Yámana    Los yámanas fueron un pueblo  que habitaron en lo que hoy es la Isla Grande de Tierra del Fuego en el sur de la Patagonia. Eran canoeros, de hábitos nómadas, pacíficos, con un rico lenguaje. En este momento de textos sobre Patagonia de Temakel intentaremos acercarles algunos aportes que nos ilustren sobre esta especial comunidad humana hoy tristemente desaparecida lo mismo que que sus vecinos los onas. Para consumar este propósito, les presentamos primero un texto introductorio muy completo sobre la vida y costumbres de los yámanas. Luego un fragmento de la obra sobre los indios fueguinos del célebre antropólogo austríaco Martín Gusinde, quien participó en un hain ona. Aquí, Gusinde analiza la inquietante mortandad de los yámanas. Y, por último, una entrevista a la también famoso antropóloga francesa Anne Chapman, autora de un clásico libro sobre los onas. En este caso, su vocación antropológica se refleja en una labor de recuperación del olvidado legado de los yámanas, los primeros marinos de Chile y Argentina.

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YÁMANA, CANOEROS DE TIERRA DEL FUEGO
Por Luis Abel Orquera (1) y Ernesto Luis Piana (2)

Los indígenas canoeros, o nómades marinos, que vivían en el sur de Tierra del Fuego se llamaban a sí mismos Yámana, palabra que significaba primordialmente humanidad, humano, vivo, no muerto, con buena salud. Con ese término el grupo se individualizaba respecto de otros indígenas que hablaban un lenguaje diferente, así como de todos los pueblos distintos a ellos mismos. Como nombre auténtico de esos indígenas se debe respetar esa autodenominación del ser grupal. En otros escritos se los denominó de otros modos, como por ejemplo Tekinika, nombre que nunca tuvieron y que en realidad se originó en un malentendido del capitán R. Fitz -Roy. Más comúnmente utilizado es Yahgan (en la literatura en inglés) o yaganes (en castellano), pero este término no identificaba al grupo sino que fue creado por el Rvdo. Thomas Bridges en referencia a los aborígenes que ocupaban el Yagashaga, hoy canal Murray, y luego fue generalizado. Ya creada la Misión Anglicana en Ushuaia, algunos fueron bautizados con el término Yahgan como apellido, nombre que por esta vía llegó a tener un cierto y tardío valor de autorreconocimiento.

El país de los Yámana se extendía desde bahía Sloggett al este (en la margen norte del canal Beagle) hasta la península Brecknock al oeste y el Cabo de Hornos por el sur, es decir un triángulo cuya base era la margen norte del canal Beagle y su vértice el Cabo de Hornos. El islario que se extiende al oeste hasta la desembocadura occidental del Estrecho de Magallanes estaba ocupado por otros nómades de mar conocidos como alacalufes, que tenían pocas diferencias culturales con los Yámana. Hacia el este entraban en contacto con los Haush. En grupos se producían algunos casamientos mixtos con yámanas y había algunos individuos con capacidad bilingüe que eventualmente oficiaban de traductores. Por el norte, detrás de las montañas, habitaban los Selk´nam.

Los Yámana llamaban a su lenguaje yamaníhasha. Se caracterizaba por ser sonoro y abundante en vocales. A pesar de su riqueza en vocablos, los yámanas eran poco conceptuales: no entendían ideas abstractas separadas de un contexto de aplicación inmediata. Muchas de sus palabras servían para indicar matices sutiles o diferencias de situación; la estructura gramatical utilizada era sencilla.

Interpretaciones ligeras crearon una desfavorable descripción del carácter de los yámanas. Los europeos que establecieron los primeros contactos les crearon una suerte de leyenda negra que incluyó apreciaciones tales como feroces, antropófagos y gran cantidad de términos peyorativos cuya sola base era la incomprensión. Quienes posteriormente tuvieron convivencia prolongada con estos indígenas acometieron una ardua tarea para cambiar tan denigrante fama, pero lo lograron. Se debe destacar la acción de misioneros anglicanos como Thomas Bridges y John Lawrence, de científicos como Paul D. Hyades y de colonos como Lucas Bridges.

De baja estatura y piernas aparentemente débiles y tórax muy desarrollado, no daban la impresión de desarrollo y fuerza. Sin embargo eran muy resistentes y en más de una oportunidad resultaron más fuertes que los marinos europeos. Tenían facciones regulares, pómulos pronunciados, frente baja, nariz de base deprimida arriba y ancha abajo y labios gruesos. Tenían cabellos negros, gruesos y lacios; eran casi lampiños, no usaban barba ni bigote y solían depilarse las cejas.

Los Yámanas eran laboriosos sólo cuando lo juzgaban necesario; en tales circunstancias podían efectuar grandes esfuerzos físicos. Sin embargo, su concepción del trabajo no era la de los europeos: no lo consideraban un fin en sí mismo ni una obligación permanente. Por lo tanto, no solían mantener el esfuerzo durante mucho tiempo y, de no estar acosados por alguna urgencia, alternaban la labor física con frecuentes y prolongados períodos de descanso.
De la reiteración en crónicas y fuentes etnográficas surge que los yámana habrían sido emocionales y fácilmente excitables, pero al mismo tiempo poco efusivos en la manifestación exterior de sus afectos, muy susceptibles y suspicaces, hospitalarios y dadivosos pero fríos, y tan pronto taciturnos y reservados (sobre todo en presencia de extraños) como conversadores y propensos a la risa fácil.

El relieve accidentado, los suelos muchas veces saturados de agua, la cerrazón del bosque y la maraña de troncos caídos no impedían las marchas a pie de los fueguinos. Aunque preferían desplazarse en canoas, los yámanas solían caminar mucho. Lo hacían con agilidad, pero encorvados, y tenían una forma de apoyar los pies sobre el suelo que daba a su marcha un aspecto algo bamboleante. Se describió que cuando estaban de pie, daban cierta impresión de desgarbados e inestables debido a la torsión de los pies hacia adentro, a la flexión de las rodillas y a la inclinación del tórax hacia adelante. Sin embargo, en las fotografías que de ellos quedaron esta es la posición de la minoría. Su postura de descanso más habitual era estar en cuclillas.

Todas las mujeres yámanas nadaban; los varones rara vez o nunca.

El borde occidental y meridional de Tierra del Fuego es monta–oso, boscoso y lluvioso. En el interior del bosque los recursos comestibles eran muy escasos y para obtener los de otro orden -por ejemplo, leña o corteza- no era necesario adentrarse mucho. En cambio, en las costas existía la posibilidad de encontrar lobos marinos, aves, peces, mariscos y, eventualmente, hasta ballenas varadas. Salvo estas últimas, las otras especies presentaban para los cazadores y recolectores una ventaja muy importante: lo que se llama "previsibilidad de encuentro", pues su abundancia permitía confiar en que todos los días o con mucha frecuencia se hallarían ejemplares de ellas. Pese a lo cambiante del clima y a los riesgos de la navegación, los desplazamientos en canoa eran mucho más cómodos que las caminatas y brindaban posibilidades mucho mayores de acceso a alimentos sustanciosos. Es natural, por lo tanto, que la vida de los indígenas haya sido esencialmente costera y marítima.

Obtenían todo su sustento a través de la caza, la pesca y la recolección. Hasta que los primeros europeos se instalaron en la región, nunca habían practicado el cultivo de vegetales.

Los lobos marinos cazados por los yámanas pertenecían a dos especies: "lobos marinos de dos pelos" o focas peleteras (Arctocephalus australis) y "lobos marinos de un pelo" o "leones marinos" (Otaria flavescens); estos últimos tienen el doble del tamaño de los primeros. No hay datos etnográficos sobre la frecuencia de captura de una y otra especie, pero los datos arqueológicos indican para tiempos anteriores a la explotación de europeos y criollos que los Arctocephalus australis eran cazados mucho más a menudo que los otros. Sólo gracias al consumo intensivo de esos lobos marinos -ya que el rendimiento calórico de la grasa y el aceite es muy superior al de la carne o el de los alimentos vegetales- los yámanas podían contrarrestar las elevadas exigencias que el clima frío, húmedo y ventoso imponía a su metabolismo (poseyendo, como poseían, una vestimenta muy escasa). Pero no sólo calorías obtenían de los lobos marinos: sus cueros eran rígidos pero aprovechables para confeccionar capas y correas; esófagos, estómagos, intestinos y vejigas servían como bolsitas o pequeños recipientes impermeables. En el siglo XIX las poblaciones de lobos marinos que recorrían aguas fueguinas sufrieron tremenda reducción debido a las cacerías indiscriminadas practicadas con finalidad comercial principalmente por estadounidenses e ingleses y en las últimas décadas del siglo por criollos.

Ocasionalmente los yámanas capturaban delfines pero a los cetáceos de tamaño mayor sólo los aprovechaban cuando los encontraban varados en alguna playa o, quizá, cuando se acercaban moribundos a la costa. Esas situaciones no eran previsibles, pero parecería que en tiempos antiguos ocurrían con relativa frecuencia. En tales casos, obtenían cantidades enormes de carne y grasa que les aseguraban sustento por largo tiempo; incluso daban lugar a una de las pocas instancias de conservación de alimentos que practicaban los yámanas: depositaban pedazos de carne y grasa en turberas o en el lecho de arroyos (donde se conservaba apta para consumo al parecer durante muchos meses). Por lo tanto, la incidencia en la dieta de este recurso no debería ser menospreciada. Los nativos también aprovechaban los huesos de las ballenas -apropiados para confeccionar puntas de arpón y otros utensilios- y las barbas, que convertían en filamentos para cantidad de usos como costuras de canoas y baldes de corteza o lazos de trampas para aves.

Los guanacos tienen carne abundante y menos dura que la de lobo marino, pero muy poca grasa. Su captura era más difícil que la de los lobos marinos desde canoas, pues los guanacos son animales muy ágiles, veloces y asustadizos, a los que costaba sorprender. En contraposición, el cuero de los guanacos es flexible y muy abrigado, algunos huesos son muy aptos para la confección de ciertos utensilios y los tendones de cuello y patas son largos y eran útiles para muchos usos.

Sólo en la mitad oriental del canal Beagle y en la isla era posible encontrar guanacos, en el resto del país yámana no los había. Estos eran los únicos animales terrestres de consideración cazados por los yámanas, y su caza se realizaba primordialmente en invierno cuando las tropillas bajaban a la costa.

Los yámanas solían cazar nutrias, pero la distribución y la densidad de estos animales no parece haber sido muy amplia en el oeste y en el sur. Ponían mucho empeño en apoderarse de pingüinos, cormoranes, cauquenes, patos-vapor y otras aves. También hay que recordar el consumo estacional de huevos. Aparte de su consumo como alimento, de las aves se guardaban ciertos huesos para confeccionar utensilios y adornos, las plumas para adornos y otros fines, el plumón como sucedáneo de la yesca y los buches como bolsitas para conservar aceite y embutidos.

La pesca no era muy variada, pero sí practicada cotidianamente. En el canal Beagle los peces son en general chicos y no gregarios, pero las migraciones que ingresan en verano y otoño hacían que la pesca resultara remunerativa. Entre esas migraciones suelen ingresar grandes cardúmenes de sardinas perseguidas por peces mayores y otros predadores. Esto proporcionaba a los indígenas comida en abundancia.

La recolección de mejillones era fácil y permanente, pero los mejillones tienen cada uno poco valor nutricional. Los mariscos ofrecen otras ventajas para la subsistencia humana. Forman densas colonias fácilmente localizables y que se encuentran casi a todo lo largo de las costas. Obtenerlos no dependía del azar o de factores climáticos y, salvo en marea alta, podían ser recogidos en casi todo momento. Eran un componente de obtención segura que incrementaban lo producido por otros recursos. Eran una "válvula de seguridad" para superar momentos de crisis.
Salvo bayas, hongos y algunos mariscos, que eran consumidos crudos, los demás alimentos eran cocinados por al fuego o apoyados sobre brasas pero en general la cocción no era completa. No mostraban remilgos ante el consumo de carne o grasa en etapas iniciales de putrefacción.

Lo principal de la subsistencia yámana era obtenido de los lobos marinos; pero para capturarlos con regularidad no se podía confiar en sorprenderlos sobre la costa. Estos animales se reúnen durante un par de meses al año en colonias de apareamiento y reproducción, pero no necesariamente al alcance de las canoas aborígenes. Durante el resto del año, esos animales pasan más tiempo en el agua que en tierra y aquí son asustadizos. Por lo tanto, su caza en tierra no era suficientemente regular en el ciclo anual como para fundar sobre ellos la subsistencia. Era necesario algún método que permitiera apoderarse de ellos con frecuencia confiable y así fue que la colonización exitosa de la región por los indígenas durante más de 6000 años residió en el uso de canoas y de arpones de punta ósea separable.

La obtención del alimento estaba repartida entre ambos sexos. La cacería de lobos marinos era labor masculina cuando se practicaba en tierra, pero la mayoría de las veces ocurría en el agua y entonces era tarea compartida: la mujer aproximaba a remo la canoa mientras el varón acechaba en la proa y arrojaba el arpón contra la presa. Los hombres se encargaban también de cazar guanacos y aves y, cuando la ocasión se presentaba, arponeaban los peces de mayor tamaño. Las mujeres pescaban con línea y recolectaban toda clase de mariscos. La recolección de hongos, bayas y huevos era cumplida por uno u otro sexo según fueran las circunstancias.

Pese a las frecuentes tormentas, las canoas permitían el desplazamiento por los canales, hacían factible pasar de una isla a otra y posibilitaban de acercarse a los lobos marinos en el mar. Aún así quedaba el tema del arma a emplear. La que utilizaron primordialmente estaba diseñada para la cacería en el agua y complementaba a la canoa. Se trataba de arpones en los que la punta se insertaba en el mango en forma que se desprendiera de él en el momento de herir pero quedara unida por una correa flexible. De ese modo se reducía considerablemente el riesgo de rotura de la punta de hueso y la presa, al huir, debía luchar además contra la resistencia que oponía el mango de madera contra el agua al ser arrastrado. Si el lobo marino se refugiaba entre las espesas matas de algas próximas a la costa, el mango se enredaba en ellas o, si al llenársele de agua los pulmones el animal se hundía, el mango funcionaba como boya que indicaba la localización de la presa.

Los yámanas contaban también con otro tipo de arpón, cuya punta de hueso estaba fijamente atada al extremo del mango y en uno de sus lados mostraba muchos dientes pequeños prolijamente recortados. Esos arpones multidentados eran usados cuando no había temor de que el peso de la presa rompiera esas puntas (para capturar pingüinos, peces de cierto tamaño, etc.) o cuando, por estar firmemente parado en tierra y no sobre una bamboleante canoa, se podía confiar en retener el arma en la mano para asestar nuevos golpes. Cuando se los usaba contra peces, era frecuente que se ataran dos o más de estas puntas de arpón a un mismo mango. En general los mangos de estos arpones eran de menor tamaño que los que se usaban para encastrar las puntas separables y cazar lobos marinos.

Los yámanas eran hábiles en el uso de hondas, empleadas principalmente para apoderarse de aves; conocían los arcos y flechas, con los que cazaban guanacos donde los había, pero esas armas no estaban tan bien confeccionadas como los producidos por los Selk´nam. También preparaban (pero no muy asiduamente) trampas de lazo.Siendo la pesca una actividad casi constante, llama la atención la precariedad de las líneas de pesca usadas por los yámanas, que no tenían anzuelo. Consistían en un cordón hecho con los resistentes tallos de los cachiyuyos o con tendones trenzados, un guijarro poco o nada trabajado que servía como plomada y un lazo hecho con rajas de canutos de plumas con el que se retenía el cebo.

La pescadora, inclinada sobre la borda de su canoa, esperaba que algún pez engullera el cebo; una vez que lo tragaba atraía al pez hacia sí tirando suavemente de la línea y lo capturaba a mano antes que saliese a superficie. Para capturar peces pequeños durante los grandes cardúmenes de las migraciones, simplemente usaban cestos a modo de redes que introducían a mano en el agua desde las canoas. En otras ocasiones los peces simplemente se recolectaban. Esto ocurría especialmente durante los varamientos de sardinas y merluzas de cola.

Para recolectar lapas, quitones y mejillones del fondo de aguas someras, usaban espátulas bífidas de madera, para capturar centollas y erizos de mar se servían de otras horquillas que terminaban en tres o cuatro puntas de madera. Estas puntas eran en realidad una rama hendida longitudinalmente con dos tajos transversales entre sí que luego eran aguzadas y mantenidas separadas colocando maderitas entre ellas. A estas horquillas se las podía atar a uno o dos mangos de arpón (los más grandes rondaban los 3 m de largo) y en días calmos y con la transparencia del mar local podían ensartar erizos o centollas a cierta profundidad. También usaban este artilugio para recoger racimos de cholgas grandes de fondos de mar con substrato poco firme.

Los utensilios de piedra tallada que no fueran puntas de flecha eran poco elaborados. Con huesos de distintos animales confeccionaban cuñas para partir madera, objetos para extraer la corteza de los árboles, punzones, tubos sorbedores, peines, etc. Las conchillas de algunos mejillones eran usadas como cuchillos, siendo más eficaces en esa función de lo que se podría suponer. A veces eran enmangadas, atándolas a un guijarro de playa en cuyo caso funcionaban más como un cincel que como un cuchillo. Se confeccionaban baldes y jarros de cuero o de corteza. Los canastos de junco eran inseparables de las mujeres. Había multitud de otras aplicaciones para la madera, la corteza, el cuero, el pellejo de aves y sus plumas, ciertas vísceras, los tendones, las fibras vegetales y unos pocos elementos tomados del reino mineral.

El uso principal de la corteza de árboles era indudablemente la confección de canoas. Las canoas eran el elemento más elaborado de la artesanía de los yámanas y su propiedad más valiosa, como que su vida dependía de poseerlas. Placas de corteza cosidas entre sí eran mantenidas abiertas con una armazón de varillas de madera hendidas al medio y retenidas en posición arqueada por travesaños y por bordas de madera longitudinales. El piso era reforzado con más placas de corteza y en el centro se confeccionaba una plataforma de tierra o guijarros, sobre la que se mantenía fuego siempre encendido. Aunque las había más grandes, en general esas canoas medían entre 3 y 5,5 m de largo y podían transportar seis o siete personas. No tenían quilla ni timón. Eran de fondo plano lentas, se bamboleaban mucho y era necesario desagotar continuamente el agua que se filtraba por las costuras, pero se mantenían bien a flote aunque el agua estuviera agitada. Podían navegar bien sobre las frondas de algas, capacidad muy importante para poder acercarse a las costas pues éstas estaban en su mayor parte bordeadas por densas frondas de cachiyuyos. Los propios remos, de pala muy larga y mango muy corto, permitían impulsarse sobre las frondas de cachiyuyos sin enredar el remo en las mismas. Las encargadas de remar eran habitualmente las mujeres, pero cuando era necesario también lo hacían los varones. Salvo accidentes, solían durar seis meses a un año; la época habitual de confección era octubre a febrero, cuando la corteza podía ser desprendida de los árboles con facilidad.

En el ámbito ocupado por los yámanas se construían dos clases de chozas: una en forma de cúpula, hecha con ramas delgadas entrelazadas y cubiertas de follaje y cueros, la otra de forma cónica formada por troncos de mediano grosor con igual cobertura. Ambas tenían planta circular y diámetro entre 3 y 3,5 m. En el centro ardía siempre un fogón, junto al cual se apretujaban en cuclillas los ocupantes en búsqueda de calor. El espacio para cada individuo era mínimo. El uso de estas chozas no deber ser comparado con el de casas, sino más bien con el de tiendas de campaña. Servían para repararse de la inclemencia climática o para pasar la noche, pero la vida diaria se desarrollaba a cielo abierto. Pese a su apariencia endeble, la estructura de esas chozas podía durar varios años con sólo reparaciones menores.

En general no se las destruía (salvo que alguien hubiera muerto en ellas) sino que quedaban a disposición de la familia que las había construido o de terceros para ser reocupadas a placer. En cada cabaña acostumbraban vivir una o dos familias, pero a veces dormían en ella veinte o más personas. Había además, aunque raras, viviendas multifamiliares algo más grandes y chozas de dimensiones mucho mayores que se levantaban sólo en ocasión de ceremonias colectivas. Alrededor de las chozas se formaban los montones de desperdicios que dieron lugar a los conchales hoy estudiados por los arqueólogos.

Ambos sexos gustaban adornarse con pinturas, collares, muñequeras y tobilleras. Las pinturas podían cubrir el rostro, el cuerpo y a veces también los miembros. Los colores que se usaban eran el rojo, el blanco y el negro, formando diseños simples basados en rayas y puntos pero muy variados. La pintura facial y corporal formaba parte de muchos rituales y normas de cortesía. Además se utilizaba para comunicar estados de ánimo o las circunstancias en las que se hallaba su portador. Los collares podían estar confeccionados con conchillas o segmentos de huesos huecos de ave usados a manera de cuentas, o simplemente consistir en tendones o tripas trenzados. En ocasiones especiales se usaban binchas adornadas con plumas de aves y en las colecciones etnográficas hay algunos notables ejemplares de éstas.

Prendían fuego golpeando un trozo de pirita de hierro con otro de alguna roca silícea y recogiendo las chispas en plumón de aves, hongos secos, musgo para obtener la primera brasita. Prender el fuego no era fácil y procuraban por todos los medios que el fuego no se apagara: lo conservaban en forma de brasas o tizones, e incluso lo transportaban consigo adondequiera que fueran, sea en canoa, o a pie. La leña era llevada por los varones al campamento. Además de servir como calefacción, el fuego era utilizado para cocinar los alimentos, para algunas actividades tecnológicas y para hacer señales de humo a distancia.

Las familias yámanas podían estar formadas por padre, madre e hijos, o agregarse algunos parientes. El parentesco era reconocido entre consanguíneos, tanto por vía paterna como materna. Algunas mujeres llegaban a tener muchos hijos, pero el promedio era cuatro o cinco; de ellos, muy pocos llegaban a la vida adulta debido a la muy alta mortalidad infantil. Los nacimientos no daban lugar a ceremonias, sino sólo al cumplimiento de ciertas prescripciones rituales. La madre retomaba muy pronto sus tareas habituales. No se daba nombre a los niños hasta casi los dos años de vida y por lo general era el del lugar del nacimiento con el agregado de un sufijo especial para cada sexo. Sin embargo, también había nombres recibidos por herencia y apodos que aludían a alguna particularidad física o del carácter.

La primera menstruación de las muchachas daba lugar a algunas ceremonias y comportamientos rituales. Más importante era el chiejaus, al que asistían los adolescentes de ambos sexos como paso necesario para adquirir el status de adultos. No era una celebración estrictamente periódica, en realidad se efectuaba cuando en un grupo de familias se alcanzaba cantidad suficiente de candidatos y si se cumplían con las condiciones materiales suficientes para sustentar a los numerosos participantes durante las semanas o meses que duraba la ceremonia. Decidida la realización, se construía una gran choza en la que se instalaban los adolescentes, sus padres, madres y padrinos, y todos los adultos que desearan participar. De entre ellos se elegían los oficiantes de la ceremonia. Los aspirantes eran sometidos a ayuno, inamovilidad, sueño insuficiente y trabajos duros. Eran además adiestrados en las tareas propias de cada sexo y se les inculcaban normas de comportamiento tanto pragmáticas como altruistas. Estas últimas tenían elevado valor moral, aunque en la práctica posterior solían ser poco respetadas. El chiejaus incluía además narraciones de mitos y tradiciones, así como momentos de esparcimiento (cantos, danzas y juegos colectivos). Una vez cumplida la celebración por parte de los aspirantes, las mujeres quedaban en condiciones de contraer matrimonio pero los varones debían asistir a un segundo chiejaus antes de ser reconocidos plenamente como adultos.

Los adolescentes vivían con sus padres hasta contraer matrimonio. Hasta ese momento existía para varones y mujeres libertad sexual y no se otorgaba valor a la virginidad femenina, pero luego de casarse las mujeres debían fidelidad a sus maridos. De todos modos, los yámanas solían casarse jóvenes. Era frecuente que los contrayentes tuvieran edades muy dispares: mujeres mayores con varones muy jóvenes y viceversa. La razón que aducían era que el más joven de ellos se beneficiara con la experiencia y responsabilidad del otro, y éste con la diligencia y actividad del primero. Los primos no podían casarse entre sí y esta prohibición parece que también se aplicaba a parientes más lejanos pero consanguíneos. Las mujeres se resistían a unirse con personas cuya localidad de residencia fuera lejana. La concertación del matrimonio no era acompañada por ceremonias especiales; cuanto más, se convocaba a una fiesta que incluía banquete, juegos y danzas.

Entre los yámanas el matrimonio era muy inestable: se deshacía con gran facilidad si el marido maltrataba a la mujer, si surgían aversiones o antipatías entre ellos, si se producían adulterios o simplemente si alguna de las partes deseaba poner fin a la relación. Las mujeres tenían bienes propios, de los que sus esposos no podían disponer. También podían emitir opinión en los debates comunitarios. Es probable que este alto grado de independencia -muy diferente al de las mujeres Selk´nam- haya estado relacionado con el importante papel económico que las mujeres cumplían en la sociedad yámana.

 La poligamia era frecuente pero no general. Había varones casados hasta con cuatro mujeres. Todas éstas tenían el status de esposas, no de concubinas. A menudo era la mujer la que solicitaba al marido que tomara una segunda esposa para que la ayudara en los quehaceres domésticos. No era infrecuente que dos esposas de un único marido fuesen hermanas entre sí, sea por solicitud de la primera esposa, sea porque cuando un varón moría la viuda podía pasar al núcleo familiar de su cuñado.

Las personas de edad eran habitualmente tratadas con respeto. Los enfermos eran cuidados, pero si no ofrecían esperanzas de recuperación o si entraban en agonía se les daba muerte para evitarles sufrimientos. El duelo se manifestaba con estentóreas lamentaciones y cantos lúgubres; los deudos se laceraban el rostro y el cuerpo, se tonsuraban el pelo y se pintaban de una manera especial. El cadáver era amortajado con cueros y atado con correas; luego se lo enterraba o se lo cremaba. No había herencia: las pertenencias del difunto eran destruidas o repartidas entre los asistentes a la ceremonia fúnebre. El lugar donde había ocurrido la muerte era abandonado y durante largo tiempo no se retornaba a él; el nombre del difunto no debía ser pronunciado, al menos en presencia de los parientes, y si existían personas o lugares que tuvieran el mismo nombre debían recibir uno nuevo.

El núcleo de la sociedad yámana era la familia: no había organización superior que las coordinara o que tuviera poder de coacción sobre ellas. Entre las familias que recorrían un mismo sector de costa se reconocía un vínculo muy laxo, pero no había clanes ni tribus. No había gobierno, ni jefes ni estratificación social. Los adultos no aceptaban recibir órdenes de nadie.

Los yekamushes gozaban de cierto prestigio e influencia, pero no poseían autoridad efectiva. Eran curanderos, hechiceros y oficiaban de shamanes (es decir, intermediarios con lo que nosotros -no los yámanas- llamamos mundo sobrenatural). Llegar a ser yekamush era bastante accesible para los varones y de hecho casi todos los adultos de este sexo lo eran o decían que lo eran.

La moral de los yámanas era utilitaria: se abstenían de determinados comportamientos negativos sólo por temor a las represalias, no porque la abstención fuera buena o recomendable por sí misma. Cuando ese temor no existía, mentían y hurtaban a placer y sin ningún remordimiento. Las habladurías maliciosas eran constantes, no necesariamente se basaban en realidades y podían llegar a generar acciones violentas.

Muchas veces se dijo que los yámanas practicaban comunidad de bienes. Sin embargo, hay muchas pruebas de propiedad individual o familiar sobre bienes concretos: canoas, armas, líneas de pesca, perros, adornos, etc. La propia destrucción de los bienes de un muerto implica un concepto de pertenencia. La propiedad individual se extendía a los elementos naturales cuando alguien se apropiaba de ellos. Habiendo propiedad, había hurto y robo. Aquella primera apreciación de comunidad de bienes en realidad se basó en malinterpretar el aprecio que los yámanas tenían por las actitudes generosas y la reciprocidad a que se obligaba quien aceptaba un bien o dádiva. Los productos de la caza, la pesca o la recolección solían ser compartidos entre las personas -emparentadas o no- que circunstancialmente estuvieran acampadas en proximidad. Se esperaba reciprocidad y existían los trueques, pero no había sistema organizado de comercio ni se conoce de intercambios a gran distancia. Los pocos casos concretos que pueden ser catalogados como auténtico comercio son tardíos.

Las riñas eran muy frecuentes y originadas en causas reales o imaginarias. Muy comunes, y permitidas, eran también las venganzas de sangre, en las que los parientes de una persona que hubiera sido muerta por otra tomaban desquite con el homicida. Sin embargo, a veces concluían en un combate ritual o en una compensación económica.

No había guerras ni conflictos territoriales mayores, pero los yámanas se quejaban de padecer correrías de sus vecinos del este y el oeste con fines de rapiña. Sin embargo, como ya se dijo, en la zonas de contacto había algunos matrimonios mixtos y cierta convivencia entre grupos.

Los yámanas respetaban cierta cantidad de prescripciones rituales en algún momento especial de sus vidas, pero no tenían culto ni sacerdotes. Los observadores del siglo XIX estuvieron de acuerdo en que los yámanas no tenían nociones de Dios, alma o cielo, ni creencia en recompensas o castigos post-mortem. Por el opuesto los padres Gusinde y Koppers afirmaron que creían en un dios único, omnipresente y omnipotente. El debate no está cerrado y ambas posiciones pueden recibir críticas. Sí hay consenso en que temían a los kíshpix, espíritus del mar, de las rocas, de los árboles, etc. Se los imaginaba malévolos y de aspecto horripilante. Creían que en los bosques habitaban los hanush, que podían ser espíritus u hombres salvajes. Los Yoalox -dos hermanos y una hermana- eran una suerte de héroes civilizadores, seres sobrehumanos (pero no deidades) que habían enseñado a los antepasados de los yámanas cantidad de cosas útiles (cómo encender fuego, cómo cazar aves, cómo confeccionar arpones, etc.).

De los Yámana, quedan hoy unas pocas personas que se autorreconocen como tales, radicadas en Puerto Williams (isla Navarino Chile). Algunas de ellas mantienen ciertos conocimientos de cómo era la vida tradicional y, lo más importante, capacidad de hablar el yamaníhasha. Es prometedor es que estén agrupados y lleven a cabo un interesante esfuerzo de transmitir lengua y recuerdos a sus descendientes. Sin embargo el estilo de vida tradicional ya casi no se practicaba a comienzos del siglo XX. En su tercera década el número de yámanas ya estaba tremendamente reducido; los sobrevivientes llevaban vida rural, en general como empleados en establecimientos agroganaderos. (*)

 

(*) Fuente: Trabajo editado en Biblioteca virtual de Página web de Museo del Fin del Mundo en Ushuaia, Tierra del Fuego, República Argentina.

1) Luis Abel Orquera es Antropólogo, Investigador del CONICET y Director de la Asociación de Investigaciones Antropológicas.
(2) Ernesto Luis Piana es Antropólogo, Investigador y Subdirector del Centro Austral de Investigaciones Científicas - CONICET.

Desarrollan investigaciones arqueológicas en la región del Canal Beagle, realizando en ese lapso más de 20 campañas de excavación arqueológica.

 

 

 

LA MORTANDAD DE LOS YÁMANAS
Por Martín Gusinde

La mortandad en masa de los yámanas empezó poco después de la fundación de la estación misional anglicana. Como en ella se reunían muchos indígenas durante casi todo el año y anclaban allí muchos buques argentinos, se explica porqué estalló precisamente en ese lugar la epidemia que alcanzó a todos los que se hallaban presentes en la estación. Las colonias misionales, Ushuaia más que ninguna otra, se convirtieron en escenarios de desolación. Los misioneros se dieron cuenta de la amenazadora situación en la que se hallaban envueltos ellos y los indígenas. Estos últimos abandonaron temerosos las estaciones infectadas y contaminaron desgraciadamente las regiones de sus compatriotas, que hasta entonces habían permanecido inmunes. Y mientras éste y aquel grupo yacían bajo los enigmáticos síntomas de la enfermedad, traía otro nuevo buque una nueva infección. Los más duros estragos se desarrollaron hacia el año 80 del pasado siglo. Los misioneros se vieron impotentes ante la incontenible mortandad de los indígenas. Estos calificaban a Ushuaia como el "cementerio de su tribu", y desde entonces no frecuentan aquel lugar en donde la burocracia argenrtina originó también no pocas molestias. Los aislados gérmenes patógenos se propagaron con extraordinaria rapidez. Para los contagios los pueblos primitivos se mostraban mucho más sensibles que los civilizados, en la que la sucesión de generaciones produce cierta inmunidad. Nada se exagera cuando se atribuye a la tuberculosis la mayor parte de las muertes entre los yámanas desde el establecimiento de los europeos. Con esta plaga competía en voracidad el sarampión, presentado por primera vez a fines de 1884. En comparación con las terribles pérdidas de vidas humanas que hay que atribuir a estas dos enfermedades infecciosas, significan bien poco los casos de fallecimiento por otras epidemias; nos referimos a la viruela, tos ferina, tifus, gripe, sífilis y algunos otros males. ¡Tristes presentes con los que el europeísmo obsequió a los yámanas! Las familias que por permanecer en el bosque no habían tenido contacto con los europeos se mantuvieron sanas por algún tiempo, hasta que el fin siguieron la misma suerte de sus compañeros de tribu. Con la más extraordinaria rapidez se despobló el archipiélago meridional. Por los efectos de las graves epidemias y sospechosas innovaciones que, como secuela de los blancos, tomaron carta de naturaleza en la región de Cabo de Hornos, la primitiva población de cerca de 2.500 miembros de la tribu habían descendido a fines de 1945 a poco menos de cincuenta. Así se expresaban las últimas noticias que pude recibir con referencia a este punto. Desde esa fecha ha seguido disminuyendo dicha cifra. Dentro de poco no habrá ningún yámana. (*)

Nota: hace algunos años falleció Rosa Milic, la última yámana.

 

(*) Fuente: Martín Gusinde, Hombres Primitivos de la Tierra del Fuego.

 

 

ENTREVISTA. ANNE CHAPMAN Y LOS YÁMANAS:
Historias del fin del mundo
Por Marcelo Somarriva Q.
 

   En 1960, Anne Chapman se encontraba en París trabajando en el Centro de Investigaciones Históricas del Museo del Hombre cuando conoció a la arqueóloga Annette Laming-Emperaire, que había hecho trabajos arqueológicos en la Patagonia y necesitaba gente para completar su equipo de arqueología. Fue Annette Laming quien primero le habló a Anne Chapman de Lola Kiepja, la última selk'nam que había vivido como indígena y la única chamán viviente. Hasta ese momento Anne Chapman había estado trabajando principalmente en Honduras; pero desde que decidió unirse al equipo de la arqueóloga sus investigaciones tomaron rumbo hacia el fin del mundo. A comienzos de 1965 Anne Chapman conoció a Lola Kiepja, en su casa de la reserva, cerca del lago Fagnano, en la Isla Grande de Tierra del Fuego. Ella acabaría siendo su principal informante y la matriz de una larga investigación en la que procuraría reconstruir el mundo material y principalmente ideológico de los selk'nam a partir de los testimonios de sus informantes y los relatos del etnólogo austríaco Martin Gusinde. Estudios que recogió luego en su libro fundamental "Los Selk' nam. La vida de los Onas" (Emecé 1986). Fueron precisamente todos estos años de trabajo de campo en Tierra del Fuego, financiados en parte por el Centre National de la Recherche Scientifique de Francia, los que le han permitido a Anne Chapman desarrollar sucesivas investigaciones etnográficas e históricas.

A pesar de sus años, la señora Anne Chapman tiene una energía sorprendente y una cantidad de proyectos que abrumarían a un estudiante entusiasta. Se encuentra instalada en Chile desde hace algún tiempo ligada a un equipo de investigación histórica que se formó a partir del trabajo de los "Cuerpos Pintados" del fotógrafo Roberto Edwards, compuesto por Carolina Odonie, Cristián Báez, Pablo Honorato y Marisol Palma. Con su ayuda, Anne Chapman ha escrito una serie de libros dedicados a los nativos del extremo sur del mundo que planea publicar próximamente. En este momento se encuentran terminando un nuevo libro, que será publicado a fines de este año, "The Native People of Cape Horn Before and after Darwin", que tentativamente podría traducirse como "Los nativos del Cabo de Hornos antes y después de Darwin". Anne Chapman señala que su trabajo abarca cuatro siglos de historia enfocados en los yaganes. "Un panorama muy amplio - continúa la autora- , ya que no se trata de etnohistoria sino que de la historia de la región y de los encuentros entre los yaganes y los navegantes europeos, las grandes expediciones de Fitzroy y Darwin, los cazadores de focas, la expedición francesa de 1882 y los misioneros anglicanos". El eje del libro son los yaganes, y también los kawésqar o los selk' nam, en cuanto a sus relaciones con los yaganes.

Según advierte Anne Chapman, el libro comprende tres grandes temas, que podrían ser tres libros en sí mismos. El primero de ellos gira en torno al viaje de Darwin, experiencia que según la autora habría en cierto sentido determinado su segundo gran libro, "The Descent of Men (...)", publicado en 1871; un trabajo muy influyente en su manera de pensar y clave para el desarrollo de los conceptos que se tenían entonces y ahora sobre los llamados hombres primitivos. El segundo gran tema del libro es Jemmy Button - que ocupa 5 capítulos de un total de 14- ; y, por último, el tercer tema son los misioneros, realmente la última época de los yaganes.

 

- Usted se ha hecho célebre con su trabajo sobre los selk'nam. ¿En qué momento inició el estudio de los yaganes o yámanas?

"En 1964 visité la isla Navarino y tomé contacto con los yámanas, pero fue nada más que una visita. Entonces yo estaba dedicada a trabajar con los testimonios de Lola Kiepja y mi trabajo se orientó hacia los selk' nam, principalmente porque sentí que era más importante trabajar con los sobrevivientes selk' nam que quedaban ya que ellos habían estado más cerca de la cultura de sus ancestros. Eso sucedió hasta 1985 cuando mis principales informantes comenzaron a morirse. Fue entonces cuando empecé a estudiar a los yámanas. Mis principales informantes fueron cuatro mujeres que alcanzaron cierto renombre, las hermanas Cristina y Ursula Calderón, Hermenilda Acuña y Rosa Yagán, esta última fallecida hace algunos años. En 1987 y 1988 hice una película sobre los yámanas. Seguí haciendo investigaciones de campo hasta hace algún tiempo".

- A diferencia de su trabajo con los selk'nam, su propósito con este libro es incluir a los nativos de la región del Cabo de Hornos en procesos históricos globales.

"Sí, se trata de incluir a los indígenas en un contexto histórico mayor. No se trata de una etnohistoria porque precisamente abarca contextos históricos globales. A modo de ejemplo, puedo señalar el caso de James Cook a quien sigo en su viaje desde Australia a Magallanes, para luego acompañarlo hasta su regreso a Inglaterra. De esta manera sus experiencias en el Cabo de Hornos se ligan con sus aventuras preliminares en Oceanía y luego con las conclusiones que él sacó a su regreso. Igual cosa hago con Drake, que es el primer viajero mencionado en el libro. Por esa misma razón me voy involucrando en temas que no tienen propiamente una relación directa con el indígena".

"La idea es hacer una historia del enfrentamiento entre dos culturas en la cual la mirada vaya en una dirección de ida y vuelta, y que no sea sólo la mirada del extranjero sobre el yámana, sino que también la manera como el propio yámana lo vio. El problema que tuve con este libro fue que no tenía modelo. Nunca había visto un libro de historia que tratara este tema en la forma como yo lo hago. Creo que en cierta medida estoy abriendo un nuevo espacio en cuanto a la manera de ver a los indígenas formando parte de todo un proceso histórico, no sólo como una cultura aislada. Todo esto lo escribí de tal manera que pueda ser leído por cualquiera y no sólo por especialistas. En alguna medida esto encierra una crítica a cierta manera de hacer historia. La historia no es sólo la de un grupo o de una nación y menos la de una sola persona. La idea es utilizar un método de estudio que abarque una multitud de acontecimientos y enfocarlos hacia cierto concepto de la historia".

- En este enfrentamiento de culturas debe surgir un aspecto que usted plantea en su libro sobre los selk'nam según el cual ellos demostraban una vida material muy simple, pero tenían al mismo tiempo una dimensión ceremonial o ideológica altamente desarrollada que no se hacía evidente.

"Eso sucede generalmente con los cazadores recolectores. Yo pongo como ejemplo el caso de la canoa yámana. Casi todas las descripciones o las referencias a ésta dicen que era muy frágil y que se arriesgaba mucho internándose con ella hacia alta mar. Pero yo no soy la única en decirlo: la canoa era un instrumento muy perfeccionado que implicaba un importante desarrollo tecnológico, de acuerdo con las posibilidades y las necesidades que tenían".

"Nosotros tenemos la costumbre de ver los orígenes de nuestra cultura occidental en la antigüedad clásica de los griegos, pero sabemos demasiado bien que no es así, que la occidental, como todas las culturas humanas, se remonta al paleolítico. La idea es abrir un poco la brecha y abarcar a aquellas culturas que se consideran prehistóricas en un proceso histórico continuo, y no aislarlas o clausurarlas. Considero que ese concepto que divide la historia y lo que se conoce como prehistoria en razón de la escritura no es un criterio válido. De esta forma toda cultura que no tiene escritura se sitúa necesariamente en un régimen distinto y se habla ya sea de etnografía o de oralidad, etc. Siguiendo este concepto habría que enfocar el estudio de estas culturas cazadoras nómades hacia un pasado remotísimo sin ninguna conexión con la historia, algo que no me parece correcto desde que la experiencia humana es un proceso continuo. Hay que considerar, por lo demás, que las culturas de esta clase no tenían la menor necesidad de escribir".

 

Jemmy Button

- ¿En este enfrentamiento cultural entre yámanas y extranjeros el caso de Jemmy Button es emblemático?

"Claro, y por la misma razón le doy mucha importancia".

"Para mí Jemmy Button es el antihéroe. No se puede decir que haya sido una encarnación de esa ideología del hombre que resistió a la fuerza exterior o al imperialismo inglés o a la influencia de los misioneros. Jemmy Button era un hombre de su época, un buen padre de familia y un hombre de gran generosidad, que en cierta medida tuvo plena conciencia de vivir entre dos épocas o mundos diferentes y que estuvo en posición de poder escoger. Incluso, después de su viaje, se le propuso muchas veces establecerse definitivamente en Inglaterra, pero Button siempre prefirió quedarse en su lugar de origen".

"No pretendo idealizar a Jimmy Button sino que comprenderlo mejor y entrar en su historia, entender sus contradicciones, las particularidades de su carácter y sus esfuerzos para sobrellevar la adversidad. Me interesa acercarme con la mayor fidelidad posible a lo que
realmente pudo haber sucedido. Por lo demás, es un tema que no concluyó con su muerte en 1863, sino que continuó con sus descendientes hasta principios del siglo pasado".

- ¿Existen mitos o falsedades respecto de la historia establecida de Jemmy Button?

"Sí, para empezar lo del "button" (botón). No es cierto que él haya sido vendido por un botón, sino que fue secuestrado. Pudo haber estado de acuerdo en subir al barco pero no tenía idea adónde iba. Decir que se trata de un secuestro a medias es una manera de entenderlo. Jemmy Button y los tres yámanas que lo acompañaban fueron llevados a Inglaterra sin el consentimiento de sus padres o de la comunidad en la que vivían. Ellos vieron alejarse a los barcos, pero no sabían dónde se dirigían y menos aún si algún día iban a volver".

"Tampoco es cierto que Jimmy Button haya instado el exterminio de los misioneros anglicanos. No tenía el temperamento para proponer algo así. No hubiera podido enfrentar una situación cómo ésa. No tenía eso que se conoce como liderazgo para mover a otros y menos para matar. Era un hombre muy pacífico".

- ¿Cómo se originó esta creencia de que Jemmy Button instigó la matanza de los misioneros, algo que de paso se convirtió en desenlace trágico que da cuenta de todo un mito de desadaptación y conflicto cultural?

"Creo que fue a partir del relato del cocinero que estaba en el barco preparando la comida. El vio a los yámanas salir de sus tiendas y dirigirse hacia los misioneros y atestiguó contra Jemmy Button, a pesar de que no lo había visto involucrado entre los yámanas que atacaron a los misioneros. Más tarde Lucas Bridges en su popular libro "El último confín de la tierra" culpa a Jemmy Button recogiendo el testimonio de su padre Thomas Bridges, quien había conocido a Button, pero lo despreciaba y lo consideraba un mal agradecido por no haber regresado a Inglaterra para disfrutar los beneficios de la civilización. No deja de llamar la atención que los propios misioneros y las autoridades de Falkland consideraron que Jemmy Button era inocente".

- ¿En un trabajo de esta clase cómo se enfrenta el problema de las fuentes históricas?.

"No hice un trabajo de archivo propiamente. No utilicé nada que no estuviera publicado, a excepción de mis propias notas. Existen testimonios yámanas recogidos por misioneros, que si bien son pocos, son muy significativos porque los yámanas no escribían y su tradición terminó - sólo quedan tres mujeres vivas- . Están también las impresiones que recogió Darwin, así como sus propias opiniones, y las de Fitzroy. Incluso Wendell, que era un gran cazador de focas, se interesó por los yámanas y también anotó sus impresiones".

"Me propuse también trabajar evitando cualquier concesión a la historia novelada. Estoy segura de que la historia puede ser fascinante sin necesidad de traicionar su veracidad. En esta historia hay momentos que son de un dramatismo sobresaliente y otros que no lo son tanto, pero no los dejo fuera. Por ejemplo, está la historia terriblemente dramática de los misioneros anglicanos y la historia de la desaparición de los yámanas víctimas de las enfermedades traídas por los blancos. En Tierra del Fuego no había enfermedades contagiosas, sólo había malestares y dolencias físicas. Siempre se dice que fallecieron por no tener defensas ante las enfermedades europeas, pero nunca se ahonda en el tema. Bueno, yo entro en los detalles de este drama a menudo soslayado. Investigué, hasta donde mis conocimientos lo permitían, la forma como estas enfermedades los atacaron y lo que hicieron ellos para luchar contra ellas. Entro en estos detalles para lograr comprender cómo se vivió este drama que numéricamente fue mucho mayor que el genocidio perpetrado contra los selk'nam".

Los males

- ¿Cuál fue el drama de los misioneros anglicanos?

"Es uno de los dramas más grandes. Son los siete misioneros ingleses pioneros que estuvieron con Alen F. Gardiner en 1851. Éste, que no era exactamente un misionero, sino que era un oficial de marina inglés convertido en misionero, se había establecido en Sudáfrica y luego de intentar sin éxito vencer a los zulúes, trató de instalarse en Nueva Guinea y Sudamérica. Finalmente llegó hasta donde estaban los yámanas, entre otras razones, porque estaba buscando paganos para convertir que no hubiesen sido evangelizados por los misioneros cristianos. No quería competencia. Gardiner y sus hombres murieron de hambre, escorbuto y reumatismo en una agonía de varios meses. Encontraron los cadáveres en la playa de Puerto Español, cinco meses después de muertos junto a un diario donde Gardiner y el médico de la expedición fueron anotando su agonía hasta el día antes de morir".

- ¿Existe el caso de algún viajero que se haya formado una opinión general de los nativos a partir de sus observaciones en distintas partes de los mares del sur? Usted, por ejemplo, compara en su libro el caso de los selk'nam con el de los nativos de Australia.

"Yo me sorprendí con Cook, y tal vez esto en parte responda a su pregunta. Él encontró a los yámanas en una condición miserable y sintió piedad hacia ellos.

No se puede considerar racista, pero sintió mucho despreció por esta gente que no era capaz de coser una piel de guanaco y ponerla sobre sus hombros. Pero, sin embargo, sintió una gran admiración por los maoríes de Nueva Zelandia - los encontró simpáticos e inteligentes- a pesar de que terminaron matando e incluso devorando a algunos de los miembros de la tripulación del Adventure.

En épocas más recientes, a mi modo de ver, la situación es más equilibrada. Por ejemplo, es destacable la actitud de la expedición francesa de 1882 - 83, particularmente del doctor Haydes."

- ¿En esta expedición fue cuando se llevaron yámanas a Europa para la Exposición Universal de París?

"No. En otra oportunidad se llevaron yámanas a Europa. Este es un tema que ha estudiado con detención Peter Mason. Para la exposición de 1881 se llevaron 11 kawésqar, de los cuales sobrevivieron 4 y en 1889 para la gran exposición Universal de París se llevaron 11 selk'nam, de los cuales también regresaron cuatro. Fueron exhibidos a los pies de la torre Eiffel, como curiosidades exóticas".

"Los espectadores elegantes de la Belle Epoque les tiraban pedazos de carne para ver cómo reaccionaban ". (*)

 

(*)Fuente: Entrevista editada originalmente en el Mercurio, de Santiago de Chile.