La interminable fuga de A.B, por Angel Uranga

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Un camino en tierras patagónicas sobre  las que, acaso, se proyectó el calor y la sombra de Ascencio Brunel (foto Matilde Gironelli).  Nuevamente tenemos la satisfacción de editar en Textos sobre la Patagonia de Temakel un agraciado relato del que nos hecho participes el narrador patagónico Angel Uranga. En este caso su pluma, que funde plasticidad literaria con nervadura histórica, nos guiará hacia el nebuloso destino de los gauchos perseguidos en la amplitud patagónica. Así, según las palabras del propio Uranga, este es "un relato acerca de un 'bandido rural' que inquietó durante quince años a los representantes del orden terrateniente patagónico. Lo que se sabe de este gaucho vago y mal entretenido, o sea Ascencio Brunel, es brumoso y contradictorio; por ello, mi relato optó por tener esa característica".

 

 

LA INTERMINABLE FUGA DE A.B
Por Angel Uranga 

-Hasta dicen que lo han visto cubierto sólo con un cuero de puma.

-¿Habla en serio paisano?

-¿Y a usted que le parece?. Si ese hombre es el mismo Gualicho. Lo ha visto este gringo que tiene estancia por el Viedma...¿cómo es que se llama?; ése gringo flaco y alto como una lanza... Bueno, ese hombre no habla al cuete.

-Con la sola piel del león puma. No cualquiera ¿he?.

-No, no cualquiera.

-Hay que ser muy paisano para andar a puro cuero.

-Por eso le digo que es un Gualicho. Como que dicen que aparece aquí y ya no está más y que al otro día nomás vuelve a aparecer como a treinta y hasta cuarenta leguas de lejos, como que lo han visto.

-¡Qué le parece!.

-Será porque es medio animal, ¿no dicen que a los caballos que arrea no más les come la lengua?.

-A de ser para que no hablen los pingos...

-Potro matrero ha de ser.

-Será.

*

"sólo una vez, a los sumo un par de veces me habrán visto cubierto con un cuero de puma"

*

En Rawson, capital del Territorio del Chubut 1900

 

-Buscamos a un fugitivo que ya es parte del paisaje.

-¿Del paisaje?

El subordinado hace un esfuerzo mental y también físico al acomodarse en la silla para entender al letrado.

-Un ser mimetizado con el lugar, sargento. Alguien, como un fantasma que deja rastros pero él sigue siendo invisible, impalpable; como el viento, ¿comprende?.

El uniformado, cubriendo con su volumen la silla, usa bigotes con las puntas erizadas, tal es la moda viril que él acepta orgulloso, cruza los brazos, escucha y asiente lo que dice su señoría.

-El viento –continúa el magistrado que se ha levantado del escritorio, que mira por la ventana; las manos en la levita y de espaldas al sargento-. El viento –repite-, uno sabe por dónde va, porque ve cómo se mueven las hojas de los árboles, cómo flamea el pasto...

-O se levanta polvareda. –Colabora, de piernas abiertas el policía obeso, infatuado y satisfecho al participar en el razonamiento del juez.

-...pero, por supuesto, que no se lo ve. Está y no está –Piensa en voz alta el juez sin escuchar al uniformado.

-Usted quiere decir; huidizo como animal matrero.

-Así es sargento, huidizo, fugitivo e invisible el matrero; como el viento.

 

*

-Anoche me despertaron los perros, ¿no los escuchaste viejo?.

-No, no escuché nada.

-Claro, si roncabas como un tronco.

Luego, mate en mano, el puestero salió a tirar la yerba del día anterior notando en seguida algo raro en el lugar: el nochero, que había quedado atado con la soga larga no estaba, no se lo vía por ningún lado.

-Que raro –comenta al entrar.

-¿Qué pasa viejo? –pregunta la mujer.

-Que se haya desatado el oscuro, es raro.

-¿No habrá sido...

-Y...a lo mejor nomás.

 

*

Comento a mis amigos que estoy tratando de escribir acerca de la mítica figura de un gaucho que es perseguido, que se lo captura y que siempre se le escabulle a la policía.

-No se si te acordás –rememora Julio-, pero hace un par de años ya me hablaste de él.

-Es posible, sí. Se trata de un personaje que le sacó canas verdes a los canas de la época. Un gaucho errante...

-Matrero, decían –puntualiza Julio.

-...matrero y huidizo. Y si bien hay múltiples voces y testigos que hablan de él o que lo vieron, incluso que llegaron a conocerlo, sobre todo aquellos que fueron víctimas de sus correrías, es decir, de las correrías de este gaucho cimarrón, muy poco se sabe a ciencia cierta; más son las contradicciones que las aseveraciones. Como buen personaje de la estirpe de Fierro, o de Moreira, siempre anda fugado, primero de las autoridades de su tiempo, y luego de nosotros que lo rastreamos en los libros y expedientes. En suma, resulta una figura tan esquiva e inaprensible como..

-Como el viento –Interrumpe Pablo con cierta socarronería.

 

*

Colonia 16 de Octubre: noviembre de 1895

No alcanzó a encender la pipa que hace más llevadera las horas de trabajo, porque cuando alzó la vista, no para ver algo sino por el simple y natural reflejo de mirar sin ver, lo que vio atrajo de inmediato su atención. Así estuvo unos minutos con el cachimbo apagado colgándole del labio en una actitud concentrada y estática.

Durante un buen rato Zacarías Jones observó el movimiento de animales, o de jinetes que asomaban por el lado sur en el filo de la última ladera que corta el horizonte. Luego, cuando entraron en el bosque los perdió de vista volviendo a aparecer ya mucho más cerca, pero todavía del otro lado del Corintos, al que cruzaron con lentitud debido a la fuerte correntada y las piedras sueltas que conforman el lecho del río. Entonces pudo distinguir el pelaje de los caballos del grupo que se acercaba.

Al pasar cerca del colono, éste los pudo observar con más detenimiento, reconociéndolos. Era el cacique Kankel con quince de sus paisanos y traían a un detenido que venía sobre una mula con las manos atadas con tientos.

El detenido era un gaucho sin sombrero, en cabeza, el pelo largo, enmarañado y sujeto con una vincha, de tupida y renegrida barba, llevando por toda ropa un chiripa y una piel de león puma que lo cubría. Sin embargo, lo que más le llamó la atención, fue la mirada cimarrona del personaje: profunda, inteligente, agazapada, como si aguardara un ataque o espiara algo.

Al pasar el grupo cerca de Zacarías, el cacique lo saludó y él a su vez a Kankel. Después se detuvieron en lo de Martín Underwood, el comisario, quien salió a recibirlos. Para entonces varios colonos se habían congregado frente a lo de don Martín para conocer la novedad que quebrantaba los hábitos coloniales.

Ahí pudieron observar mejor al detenido que traían los hijos del desierto.

El hombre miraba debajo de sus oscuras cejas, y en el pelo fosco colgaban hebras de pasto seco como si hubiera andado por el suelo. Sin embargo, y pese a su lamentable traza y situación de capturado por algún delito, mostraba una dignidad que desconcertaba. Ese gaucho detenido tenía una presencia que resultaba inquietante.

Ahora, Zacarías Jones no recuerda si alguien dijo o sólo él pudo pensarlo: que pese a lo mal entrazado, ese hombre detenido o prisionero tenía un porte que trasuntaba cierta arrogancia, Zacarías diría incluso señoril; extraño en un gaucho vagabundo, según pudo saber después. Pero ese parecer, esa imagen paradójica, como igualmente contradictoria percepción de la idiosincracia de ese hombre (el cual y según luego lo sabrá, era un fugitivo, un mal entretenido, un proscripto de la justicia territorial), no resultaba de la actitud prepotente ni grosera propia de cuatreros, de bandoleros o matones; era más bien una presencia que reflejaba una especial como natural gallardía. Esa figura zaparrastrosa tenía, sin embargo, un hálito familiar con la cual uno en seguida se solidariza; una personalidad que, por más que anduviera montado sobre una mula, por más que lo condujeran atado (un acto de humillación para alguien que pertenece a una raza de centauros, la que hace de su libertad la razón de su existencia), mantenía, pese a su aspecto y situación, una actitud y un porte distintivon. Eso es lo que parecía –Dice ahora, confusamente, Zacarías-, por lo menos, eso me parecía a mí. Un, cómo le diría... alguien con autoridad.

-¿Autoridad? -se escandaliza la autoridad.

-Digo yo; por su prestancia –insiste Zacarías Jones-, la cual, pese a ir sobre una mula y atado, pese a su apariencia zaparrastrosa, pese a parecer un bandido, a un vulgar facineroso, no se lo veía ni bandido ni vulgar facineroso. Era dignidad lo que yo palpaba viendo a ese hombre.

Cuando Zacarías Jones terminó de comunicar al Martín Underwood la impresión que le causara la presencia del gaucho cuatrero, el comisario se mostró más que sorprendido, estupefacto, contestándole en tono de haber recibido una ofensa personal.

- No es que ese gaucho "parecía" –le espeta el comisario-, en realidad "es" un facineroso, un simple cuatrero. ¿No vió la traza que traía? ¡Un troglodita parecía!. Y usted me habla de autoridad, ¡por favor!.

-No, claro, pero parecía, bueno a mí me parecía la figura de un jefe prisionero. ¿Me hago entender don Martín?

-Algo como un gaucho sublevado: ¡doble delito Zacarías, peor aún que el abigeato! –Agrega con fastidio el comisario de la Colonia.

Fue sin duda esa presencia inquietante la que nos dejó a todos sorprendidos y hasta desconcertados (contará después, bastante después Zacarías Jones, pionero de la Colonia galesa Cwm Hyffryd, o Valle Encantador, nombre dado por los galeses y oficialmente denominada "Colonia 16 de Octubre" y, más adelante, Trevelin), sin saber resolver en nosotros esa dificultad, ese nudo en la percepción y en la interpretación de los signos que emanaban del gaucho fugitivo y que sólo entonces llegué a saber de quién se trataba; pero fue sólo después de la declaración o comentario que hiciera el cacique. Insisto (dirá más tarde acerca de esa experiencia el colono aún como impresionado ante la figura de aquel detenido); más que un vulgar bandolero cazado in fraganti en un descuido, parecía un jefe vencido en una batalla y hecho prisionero por las fuerzas adversarias. Sin embargo –remata el colono Zacarías Jones-, caballero o palafrenero, igual el comisario lo puso en el cepo.

 

*

El cacique Kankel (que habla galés, que habla castilla, que habla la Lengua), dará su versión:

-Lo vimos merodeando los toldos (la tribu está asentada en la costa del río Mayo), y sin que el robacaballos se de cuenta, lo fuimos de a poco rodeando y en cuanto lo tuvimos a tiro de bola y que intentó una escapada, ay nomá le echamos el lazo. Y acá se lo traigo don Martín, para que no ande cuatrereando más caballos de Chejuelchos.

-¿Se resistió el proscripto? –indaga el comisario de la Colonia mirando fijamente al detenido.

-Noo, para nada, no. –responde Kanquel que habla galés, castilla y naturalmente, la Lengua.

 

*

-...ni rastros deja ese hombre.

-¿No? ¡sí que no!. Sí que deja rastros. Pero eso sí, hay que encontrarlo. Deja rastros sí señor, cómo no. Con el compadre Feliciano y don Avelino lo seguimos como por dos días.¿Y a que no sabe qué rastros, que huellas dejaba?

-Y...

-...caballos cansados, alguno que otro degollado y sin la lengua; el fogoncito apagado con tierra, alguna prueba de sus intestinos y los rastros de bota de potro por donde anduvo o se subió al caballo.

-¿Y lo pescaron?

-¡Qué vamos a pescar hombre!. Ese matrero es el mismo diablo. Le perdimos el rastro en un pedrero. Ahí se nos hizo humo.

 

*

en Comodoro Rivadavia,2002

-¿Y quién es ese Asencio Brunel?

Es Pablo quien se interesa observándome sobre sus lentes y suspendiendo la lectura vespertina del diario de la mañana.

Entonces comento acerca del marginal fantasma el cual resulta ser la personificación de la misma fuga; alguien que huye de su tiempo y de nosotros. Les hablo de esa figura proscripta que muere varias muertes porque muchos quisieron ser, sin duda, sus victimarios. Indios y policías lo apresan y así como lo capturan así se les escapa. Lo cierto es que muere varias veces –comento a mis amigos- quizá porque sus captores no quisieron dejar rastros de su humillación por haber sido burlados ante sus propias narices. Quién fue y quien es Ascenio Brunel. Se trata de un gaucho oriental cuyo delito mayor era el de abigeato, en un territorio donde, como él mismo decía: "es más delito agenciarse de unos tungos que matar un indio". Este gaucho tiene, podríamos decir, extraños vicios. El primero, consiste en agenciarse de tropillas ajenas, y el otro deseo que lo atrae es el de comerle únicamente la lengua a los caballos que mata.

-¡Vaya maña! –exclama Julio.

-¿Qué extraño que es eso, verdad? – Pablo, pensativo se sorprende.

-Si, muy extraño –continúo-, aunque...si bien en un primer momento yo también creí que eso de matar un yeguarizo para comerle únicamente la lengua era un raro vicio de gaucho perseguido, sin embargo, investigando, encontré en dos o tres obras escritas en distintas épocas y que resultan testimonios incuestionables y objetivos de las costumbres del gauchaje argentino, párrafos donde demuestran que el tal vicio era una costumbre vernácula entre los hombres de las pampas rioplatenses. Les leo lo que dicen estos testimonios:

"...cada uno de los peones que vaqueaban, y eran muchísimos, o de los viandantes, mataban por su antojo la vaca que mejor les parecía, por sólo sacarle ya la lengua, ya otro bocado de su gusto, abandonando todo lo restante para sustento de las fieras y de las aves de rapiña"

-Esto que les leí pertenece al jesuita Pedro Lozano, y la obra se llama como pueden comprobar, "Historia de la Conquista del Paraguay, Río de la Plata y del Tucumán" y fue escrita en la primera mitad del siglo XVIII. Pero hay más todavía.

*

*

1896, en Rawson, despacho del Gobernador

JUEZ: ¡Cómo no va a escaparse un hombre así, si ni cárcel tenemos, ni siquiera celdas.

GOBERNADOR: Quisiera estar seguro que estaba engrillado, porque conociendo a ese bandido fue que ordené que debía llevar grillos.

COMISARIO: Sí, pero...

GOBERNADOR: ¿Pero?. Acá no hay peros que valgan Comisario. Ese hombre, si tenía puesto los grillos y se escapó, entonces es un mago, porque los grillos aparecieron a orillas del río y no cantando precisamente; y si no los tenía puesto, entonces usted, Comisario, por ser el responsable, usted y quienes estaban de custodia, tendrán un sumario administrativo.

(El gobernador está parado en posición de firme, las manos en la espalda, el mentón elevado mirando con mirada de autoridad al subordinado).

COMISARIO: Sí señor Gobernador, pero la custodia de los presos no nos corresponde a nosotros sino al alcalde.

GOBERNADOR: ¡Déjese de excusas, Martínez! (vocifera); lo cierto es que la Policía estaba de facto en la custodia del preso. (Hace una pausa y hablando con cierto tono de complicidad) Salvo que haya habido algún secuaz entre ustedes.¿Qué me dice?

El comisario Martínez no puede creer lo que acaba de escuchar del gobernador Tello; pero antes de fabricar una defensa ante la sospecha de la máxima autoridad, éste le ordena secamente:

GOBERNADOR: Y ahora, retírese.

Ni bien el comisario Martínez cierra la puerta del despacho dice el :

JUEZ: (Hablando como para sí) Un fugitivo de la justicia, un cuatrero un mal entretenido.

GOBERNADOR: un gaucho presuntuoso.¿Vio usted cómo se comportaba, cómo contestaba las preguntas de la policía? Un cuatrero, un vagabundo que desafía y se burla de nuestro orden...

JUEZ: y de todo el mundo.

GOBERNADOR:...de todo aquello en que ponemos nuestro empeño.

JUEZ: Sí, del sistema.

GOBERNADOR: Como usted bien acaba de decir: de todos. Se ha burlado de Underwood, de los colonos, de las autoridades territoriales, de pacíficos y honrados y laboriosos pobladores que engrandecen la patria y traen el progreso a estos desiertos. De Kankel, ¡De la vaquía de los tehuelches! Es inaudito.

JUEZ: Un matrero insolente.

 

*

-Pero no se vayan que ahora viene lo mejor, dije, y les leí:

"Muchas veces se juntan de éstos mozos (se refiere a los guaderios, aclaro) cuatro o cinco, y a veces más, con pretexto de ir al campo a divertirse, no llevando más prevención para su mantenimiento que el lazo, las bolas y un cuchillo. Se conviene un día para comer la picada de una vaca o novillo: lo enlazan, derriban y bien trincado de pies y manos le sacan, casi vivo, toda la rabadilla con su cuero, y haciéndole unas picaduras por el lado de la carne, la asan mal, y medio cruda se la comen, sin más aderezo que un poco de sal si la llevan por contingencia. Otras veces matan sólo una vaca o novillo para comer el matambre que es la carne que tiene la res entre las costillas y el pellejo. Otras veces matan solamente por comer una lengua, que asan en el rescoldo. Otras se les antojan caracuces, que son los huesos que tiene tuétano, que revuelven con un palito, y se alimentan de aquella admirable sustancia...".

-Esto lo escribe Concolocorvo en su famoso "Lazarillo de Ciegos Caminantes" de 1773.

Pero hay más aún. Les leo lo que escribió el capitán Fitz Roy, conocido por todos los presentes.

"Hablando un día a Simón de la torpe matanza de ganado que había oído decir se realizaba en ocasiones, me manifestó que los gauchos solían matar los animales con el sólo fin de extraerles la lengua, y acaso un bife o dos "para el asado" (al asador) sin tomarse el trabajo de cuerearlos; siendo demasiado epicúreos a su modo para banquetear más de una vez del mismo animal"

-¡Qué me contás!, epicúreos y delicados los gauderios esos –se sorprende Pablo.

-Esto se encuentra en el capítulo dedicado a las Falklands, en el viaje que Fitz Roy hace con la "Beagle" y la "Adventure" entre marzo y noviembre de 1833.

-En ese viaje también iba Darwin –interviene Julio.

-Así es.

 

*

Al despertar lo primero que sintió fue el verde olor a alfalfa, pero de inmediato un agudo dolor en las piernas lo descolocó, sin poder situarse. ¿Dónde podría estar? ¿qué había pasado?. El fresco olor del alfalfar seguía ahí, por lo que imaginó que estaba cerca de algún potrero, y por ello cerca de algunas casas. Entonces recordó lo último que había visto: el indio apuntándole...

No; lo último fue ese estallido, el relámpago en la noche cuando en una estancia burlaba una tropilla. No, tampoco. Lo último era...

Se ve a sí mismo alejándose, fugitivo, sin rostro, huidizo, opacado, tornándose invisible a la partida que lo persigue en ¿Güer Aike? ¿en el Coyle? ¿en el Genoa? ¿dónde?...

 

*

-Sin embargo, este matrero –digo dirigiéndome a Julio-, me resulta una figura difícil de captar, tal vez por ser un nombre escurridizo.

-¿Un nombre o un hombre? –Julio duda de lo que escucha.

-El hombre ya no está, nos queda un nombre invisible casi por lo huidizo...

-Como el viento –insiste Julio.

-...por lo que me ha costado acercarme a él y más aún, apresarlo.

-Echarle el lazo, como se decía –apunta Julio.

-Deberé emplear otra técnica de acercamiento –Dije.

-A mí me parece -opina Pablo que seguía con atención la charla-, que más que una técnica se trataría de componer una estructura literaria.

Con Julio miramos a Pablo esperando que sea más explícito.

-Claro –explica entonces Pablo-, porque fijate que el relato debe tener una estructura acorde con el objeto de la enunciación. Creo, me parece, que por ahí iría la cosa.

-Se trata de personajes casi míticos que nos llegan borrosos y al margen de toda historia –comenta Julio.

-Personajes de la trastienda del oficializado gran relato patagónico –dice Pablo pensativo mirando fijo a Julio.

-Ellos mismos recrean su propia historia. –Digo; y pienso: (un personaje veloz, ubicuo, un perseguido que aún nosotros, un siglo después seguimos buscándolo)-. Lo que nos llega de Brunel es como un juego de rompecabezas. El relato lo imagino enfocando el objeto desde distintas miríadas...es...como un espejo que se quiebra por el paso del tiempo y en el que todos los pedazos reflejan lo mismo.

 

*

Hay momentos en que su memoria cae en un pozo, en un blanco sol que oscurece y confunde toda relación de un antes y un después, una nube opaca, un silencio sin imagen. Puede ser uno de esos momentos que la gente menciona como otros tantos relatos de sus muertes; y uno de esos pozos resulta el momento en que aquel tehuelche viejo hace pie a tierra del otro lado del Guenguel, apuntándole con el Winchester y él, que está saliendo de ese río helado hacia la pequeña barranca donde ya se está sacudiendo el rosillo y un arco iris se forma alrededor del caballo.

Había nevado y una montonera de indios lo perseguían desde el Senguer donde se encuentra la tribu de Kankel.

Me acerqué despacito para no espantar los animales que estaban cerca de los toldos; con estos indios hay que andar con cuidado porque son muy zorros, muy bichos son, por eso me les fui acercando en cuatro patas, tapado con un cuero de oveja para arriarme la tropillita que los indios tenían no muy lejos. En eso estaba cuando los teros empezaron a chillar y revolotear enloquecidos y entonces vi unos movimientos raros de los chiquitos y de las chinas, por las dudas me fui a buscar al oscuro que había dejado en un bajo, maneado y atado con una estaca pampa y acollarado al rosillo, porque siempre hay que andar con caballo de repuesto y el que no se monta y va de ladero tiene que llevar puesto también el bocado. Para disparar nunca hay que confiarse en un solo pingo.

En cuanto llegué al oscuro, ay nomás monté y disparé maliciándome la trampa. Me lancé a uña de caballo para hacerles distancia. Y así fue. En cuanto comencé a galopar noto que por los costados aparecen jinetes queriéndome rodear.

¡Esa sí que fue una galopada inolvidable!

Rumbeo primero hacia el poniente y en cuanto desaparecí tras un cerrito, ay nomás enfilo hacia el sur a rienda suelta sobre el oscuro y el rosillo de ladero.

Fue una carrera entre caballos pampas, porque los que yo montaba se los había hecho a una tribu más al norte (¿qué distancia habrá de la costa del Senguer a la costa del Guenguel?).

Había enfilado hacia el poniente hacia la última luz del sol que podría encandilar a mis perseguidores, si es que eso ayudaba en algo. Antes que llegue la noche, el cielo se había puesto muy negro, eso me ayudó a confundirme en un gran bajo que se perdía en la nada hacia el sur. Así fui sacándoles algo de ventaja a esa jauría angurrienta.

¡Qué carrera! Agazapado, pegado, mordiendo casi las crines del oscuro dejaba que éste corriera libremente. Las babas y el sudor agrio y vegetal salpicándome la frente y la cara, iba prendido a la tuse, afirmado con las rodillas, a campo traviesa volaba pal sur.

La tarde se cubre de presagios púrpuras pero la noche llegó rápida y ella me ayudó a alejarme, aunque no los pude perder.

En algún momento de esa noche empecinada sentí en la cara y en las manos, en las rodillas también, los alfilerazos de una furiosa manga de aguanieve, aunque el sudor del animal me daba el calor que fortalecía la determinación de alejarme de eso zorros implacables. Pero al indio si sos diablo lo vas a joder.

En esa carrera nocturna, cada tanto cambiaba de monta siempre al galope; eso aliviaba el andar de mis parejeros. El animal sabe que uno no es algo extraño a él; que uno es parte suya y uno siente que el flete es una parte más del propio pellejo. Pasa que uno es medio potro y el potro medio hombre.

Y así, cruzando sin tiempo la noche fue como pude hacer una buena distancia a esa jauría.

Como un viento urgente atravieso esos parajes. Noche entera sin descanso. Leguas y más leguas para que se olviden de mi.

Cada tanto escuchaba a mis fieles perseguidores, sombras reales empeñadas en seguirme el rastro que dejo en el viento. Por momentos parece que se opacan y dejan de oírse y por momentos parecieran surgir de la propia tierra ni bien acababa de pasar por algún lugar; y en la tierra quedaban ocultos los ecos como el polvo levantado que vuelve a posarse en el suelo. Y otra vez creo que han dejado de perseguirme, eso pensé que pensaban; pero en cuanto afinaba el oído los podía sentir, escuchaba el retumbar de los cascos allá, bastante atrás, entre las sombras. Sombras persiguiendo a otra sombra en la vasta noche cabalgada.

Una obstinación exaltada corriendo al sur.

Noche sin tregua, noche ancha y eterna como la misma bóveda del cielo, y yo que más vivo cuanto más ando. La noche extensa, la noche, la tierra, extensas como una vida.

Un trapalar de cascos golpeando la oscuridad helada, consumiendo distancias sin tregua.

No, no fue el galope desenfrenado del miedo, nunca huí con desesperación, nunca con miedo, porque a nadie temo; era, en cambio, como atravesar sin parar el túnel de la oscuridad que se alarga y se alarga para cubrirme y poder desaparecer; la oscuridad es mi poncho.

Una carrera cuadrera voraz, interminable, donde todos corren para echarme el lazo.

Cuando la mama nos llamaba a comer, con mis hermanos jugábamos una carrera "a ver quién llega primero" y yo, casi siempre, era el primero. Entonces madre decía "no mires para atrás porque te vas a caer" y el tata agregaba "porque el que te sigue te va a agarrar" y yo en esa carrera frenética, escuchaba las voces de mis viejos porque soy el jinete a alcanzar. ·

Cruzo la noche sin tregua y sin aliento. Una ola cuadrúpeda incontenible me lanza más allá.

Viajo en la cresta de una ola de viento. Voy afirmado a las negras clines que vuelan y se deshilachan, donde las tinieblas se llenan de un vértigo de cascos y resoplidos. La yunta bufando al unísono las distancias en un jadeo rítmico y prolongado y yo hablándoles como en secreto, animando con mis palabras, arrimado a las orejas. Ellos dan el ritmo y yo los acompaño y los animo: y vamos vamos vamos, y vamos, empujándolos; vamos vamos y vamos, arriándolos; y vamos vamos vamos, y vamos vamos y vamos; los aliento y me arrean, los llevo y me llevan.

Y así voy trenzado al ritmo redomón de los pampas; es un contrapunto de fuerzas, un vibrante latido confuso de músculos y distancias, de incansable, de sostenido aliento.

Llenamos el páramo de silencios con nuestro propio viento, es un redoble acompasado del centauro que atraviesa el espacio de la noche.

Como escondiéndome, más del aire helado que de los que me sigue, acompaño a los fieles con mi respiración agitada sin estar agitado, un respirar no asustado, no frenético, es sólo acompañar el ritmo de los que vuelan por mi volando yo con ellos. Me agito y me canso como ellos, somos los que corren las horas oscuras buscando horizontes que se alejan y se alejan, y en este remontar voy poniendo mi suerte y mi destino en las patas de los fieles tungos.

Inclinado, refugiado mas bien en la testuz, espío por debajo del brazo a los que me siguen, implacables; pero no alcanzo a percibirlos.

Antes que amanezca paso un río. El oscuro se mancó y comenzó a aplastarse, entonces dejo libre al flete que me acompañó tanto trecho y continúo con el rosillo, pero el oscuro nos seguirá todavía un rato, sólo que cada vez más lejos.

A comenzado a clarear y sigo sin distinguir a mis perseguidores. Creo haberles sacado una buen aventaja con el rosillo que viene menos baqueteado. Cuando llego a la costa del Guenguel ya la madrugada pinta sus luces rosadas.

Había nevado fuerte por esos campos y la claridad llegaba rápida, fría y refulgente.

Al llegar al río lo encuentro helado y por ello difícil de pasarlo. Anduve bordeándolo un buen rato y al fin me decidí cruzarlo en la parte donde erraban lentos trozos de hielo. Pensé que los indios no se animarían a cruzar las aguas heladas. No se por qué pensé eso; supersticiones supongo. Antes de lanzarme miré hacia atrás y alcancé a ver ahora a unos pocos que todavía me seguían, pero aún venían lejos. No serían más de tres o cuatro a lo sumo: y me largué nomás a las aguas.

Si estaba cansado y si tenía un poco de sueño, el agua helada me sacó hasta las ganas de comer. Buena estaba pa´amansar locos. A gatas llegamos con el rosillo a la otra orilla. Me bajé, no, en realidad me caí acalambrado del caballo. Tenía las piernas y manos agarrotadas, ya ni podía sujetarme al pescuezo del animal.

En la orilla me fue casi imposible caminar. Gateo y miro hacia arriba, veo el animal que se sacude de la noche y del hielo formándose a su alrededor un efímero arco iris. Noto que tengo la barba y los bigotes blancos de hielo. Vuelvo a echar una ojeada a mis perseguidores, compruebo que ya están en la otra orilla observando qué es lo que hago sin atreverse a lanzarse al agua; supongo que por superstición. No, definitivamente no se meten al agua; y ese viejo indio que me apunta con un Winchester y que dispara. No escucho el tiro pero lo veo estremecerse y sufro un dolor de puñalada, un dolor que no podría distinguir si es el frío o la bala que me aplasta en el barro de la orilla y me arrastro entre los matorrales donde dicen que me mataron y que después me quemaron. Busco el rosado día que me encandila, y nada percibo...nada, es decir, el blanco cielo, es decir, un gran blanco que lo cubre todo que me ciega me enfría y me calienta también.

 

*

Gallegos, 1903

El holandés, flaco y alto como un mástil –por eso lo llaman Long Jack-, recostado contra el mostrador, charla con otros lugareños que lo acompañan interesados en otra vuelta de ginebra.

-No, ese hombre no murió –asegura el holandés Jack van der Hayden, alias Long Jack, recostado en el mostrador lustroso por el uso en ese hotel de Río Gallegos.

-Bueno, yo digo. –Dice un parroquiano-. Como había desaparecido tanto tiempo y nada se sabía de él.

-Hacía tres años que no se hablaba de ese matrero. –Agrega otro de la rueda.

-Como no se comentaba por ningún lado ningún robo de caballos ni que apareciese alguno muerto y sin la lengua, yo creía que Brunel era finado.¿No dicen que lo mataron los tehuelches?.

El otro parroquiano asiente lo que dice su compañero.

-Mi se lo puedo garantizar –asegura Long Jack con su cara colorada y sus ojos azules, grises o celestes.- Lo vi con mis propios ojos, y de esto no hace mucho; hará unos tres meses. Mi estaba esperando a unos amigos en el destacamento Tres Pasos...

-Cerca de Ultima Esperanza –aclara un parroquiano.

-Si, claro -confirma el holandés-; para ir a Lago Viedma y de ahí al San Martín, cuando cayeron bien tempranito unos peones chilenos de la estancia vecina con un hombre doblado en la grupa de un zaino y muy mal herido; venía más muerto que vivo ese cristiano, estaba manchado de sangre, medio desnudo lo traían, lo cubría un cuero de oveja y una bombacha ensangrentada era todo lo que traía puesto. Los peones dijeron que ese hombre les había robado y degollado una vaquillona y también que les había matado un compañero, que lo rastrearon y anduvieron siguiéndolo durante un día hasta donde hizo campamento; lo rodearon y ahí nomás le dieron bala, lo trajeron en anca y lo dejaron tirado en el piso del destacamento con más de cinco balazos puestos. Si ustedes lo hubieran visto como estaba ese bandido seguro que decían: "éste, si no muere hoy, de mañana no pasa"

-¿Y todavía estaba vivo?

-No estaba del todo muerto, por lo visto el frío bajo cero le congeló la sangre y no alcanzó a desangrarse. Eso fue lo que lo salvó, el frío, ¿qué les parece?.

-Vea usted ¿no? –exclama un parroquiano antes de empinar el remanente de ginebra.

-Y así se fue recuperando –continúa Long Jack-. Después me enteré que salió en libertad porque pagaron la fianza.

-¿Y quién pudo pagarle, no dicen que mató a un hombre? –pregunta el parroquiano.

-Mi entiendo que bandido no mató a ese paisano.

-Capaz que algún amigo o pariente pagó la fianza –supone el otro parroquiano.

-¿Tendrá amigo o tendrá compinche el cuatrero?

-Por eso les digo que ese hombre no está muerto -insiste el holandés.

-Y, "yerba mala ...-comienza a decir un parroquiano.

-..."nunca muere" –concluye el otro.

 

*

el frío el sueño del frío estoy churrasqueando el matambre de la vaquillona protegido por las bardas a mis espaldas y unos matorrales altos que crecen enfrente a orillas del arroyo correntoso después de comer creo haberme dormido y tuve o me pareció tener un sueño y siento una puntada en el hombro entonces pienso me están cagando a tiro intento ir hacia donde tengo el caballo y un dolor muy agudo en la cadera y otro más que no sabría ubicar porque voy atravesado sobre el caballo mirando la nieve y el frío que no me deja pensar no entiendo por qué voy así sobre el zaino me extraño a mí mismo me siento como un animal muerto soy una piel que se balancea tirado en las ancas por el sueño de la nieve el sueño del frío...

 

*

Nos mató un compadre este bandido. Anduvo robando unas vacas de la estancia y entonces lo seguimos rastreándolo durante todo el santo día, y al llegar a un arroyo ¿no va y le perdemos el rastro?, pero nos maliciamos donde podría haberse escondido, seguro que bajo unas bardas que dan buen refugio, que eso haríamos si estuviésemos en su lugar. Esperamos hasta la tardecita, rodeamos el lugar y en cuanto le vimos de lejos, lo adivinamos más que verlo, los caballos le vimos, entonces dijimos, este está ahí cerca, lo rodeamos como le dije, nos acercamos despacito, parecía que se había dormido y ay nomá cargamos a tirio limpio no fuera que se escurra ese endiablado; se le había escapado a tanta gente por eso cargamos a pura bala, duro le dimos, y él que amaga escaparse pero le dimos pa´que tenga. Aquí lo traimos, pero no ha muerto todavía este crestiano porque cada tanto se quejaba y eso que perdió sangre a lo loco.

(No si a zorros este gaucho no nos iba a ganar compadre, se lo dije).

 

*

los chilenos me acusaban de haber matado a un compañero de ellos pero no era así yo nunca maté a nadie bueno salvo a ese en punta arenas por andar encamotado pero fue en duelo criollo algo legal claro que tuve que tomar debida distancia a ese chileno lo mató la policía eso fue lo que me dieron a entender y me echaron la culpa a mí por eso pude salir pagando una fianza no muy grande tampoco voy a decir quien la pagó

y de lo que pasó en el cañadón al borde del arroyo cerca de tres pasos de eso tengo como una cerrazón en mi memoria

*

en Comodoro Rivadavia

-Por las noticias que se tiene, casi todos los testigos o pseudos testigos insisten que andaba vestido únicamente con una piel de puma. Sin embargo, no creo que siempre anduviera semidesnudo y menos aún en invierno.¿Te lo imaginás en esas mesetas con nieve y viento, con un frío de padre y señor mío de veinte o treinta grados bajo cero?

Pablo trata de que compartamos su imaginar.

 

*

A lo sumo, no fue más que un par de veces que me habrán visto con un cuero de puma. Hubo un tiempo si, al comienzo de mis andadas, al dispararme de Punta Arenas cuando me desgracié; entonces siempre andaba con recado y con todas las pilchas. Después me di cuenta que si tenía que desaparecer rapidito tenía que andar en pelo, sin ningún peso, a lo sumo una encimera o un cojinillo para el frío; el poncho de grupa, y abrigado con el facón a la cintura y otro cuchillo en la bota de potro; nunca con un solo fierro.

Los inviernos trataba de arrimarme a algún puesto en la cordillera abandonado después de la veranada y donde siempre hay buena caza y mucho agua.

Aunque...una vez sí que la pasé bastante fea. Fue para una nevazón machaza, cuando tuve que matar una vaca de las que arreaba, vaciarle las entrañas y refugiarme dentro de la osamente todavía caliente. Ahí dentro pasé la noche del temporal. Esa vez tomé sangre y comí carne cruda igual que un indio, al otro día caminé en la nieve todo el día hasta que llegué a un puesto.

Esa vez sí que la pasé fea.

 

*

Trelew,1920

En el bar que se encuentra frente a la estación de tren sobre la avenida 9 de Julio, y en la mesa al lado de la ventana, el jubilado de la policía, en el que aún persisten los típicos rasgos del hijo de la tierra, si bien ahora suavizados por el corte de pelo cano ("ahora ya estoy todillo", dice con orgullosa nostalgia), por la ropa y los años de modales urbanos, me sigue contando:

-Esa vez matamos dos pájaros de un tiro. Bueno, es una forma de decir ¿no?, porque uno de los pájaros en realidad se voló.

El veterano amaga una risa que apaga vaciando de un taco el remanente de caña que quedaba en el vaso.

-¿Otra? –insistí para que la historia continúe.

-Sí, cómo no. –Dice, y hago una seña al mozo para que sirva otra vuelta.

-Permiso –dice el veterano levantándose mientras lo miro sorprendido- ya vuelvo –se excusa y enfila hacia la puerta que dice "baño".

Al regresar, se acomodó en la silla de madera liviana con respaldo curvo y, tras un cuidadoso sorbo cuenta, ahora, más relajado.

-Y bueno, como le decía; fuimos a ayudar al entonces gobernador Tello. Se formó una comitiva como de unos treinta; no, miento, veinticinco éramos juntados de Rawson, de Trelew y de Gaiman y la comandaba el señor Murray Thomas. Íbamos bien pertrechados. También había salido gente de la Colonia 16 de Octubre, que ahora le dicen Trevelin, a parar y detener a los paisanos revoltosos. (Dice quien no puede negar su autoctonía patagona). Y entonces, cuando llegamos al Genoa ya el Gobernador tenía bajo arresto a los rebeldes: al brujo Cayupul que fue el que inició toda esa batahola y al cacique Salpú que aprovechó la ocasión para hacerse más fuerte. Pero Cayupul era el lonko de ese movimiento, él decía que era un enviado de Dios. Algunos decían que habían revuelto a la paisanada para matar cristianos, pero eso fue una bolada para joder a la gente. Lo cierto es que reclamaban por tierras que los colonos habían ocupado y que el gobierno les prometiera, y como éste daba largas al asunto y los gringos avanzaban, se revelaron para defender sus derechos, ¿no?. Me parece,¿no le parece?. Y ahí fue que aprovechó la bolada este Cayupul para decir que lo mandaba Tata Dios. Ahí fue que el Gobernador le dijo que si lo enviaba Dios que entonces haga un milagro; y ahí lo jodió al brujo.

-¿Y eso cuándo fue?.

-Eso fue para la navidad del 95, en el Genoa, y de ahí los llevamos a Rawson. Y bueno, lo cierto es que con los detenidos estaba también un cuatrero, que es lo que usted quiere saber. Parece que era un gaucho oriental.

-Un detenido...

-Sí, un detenido.

-¿Y cuál era su delito? –pregunté con el vaso ante la boca y dispuesto a volver a sentir la suavidad comestible de la caña quemada. Entonces mi informante se sorprende ante la pregunta y él, que también había gustado con deliberada delicadeza un sorbo breve, dejó el vaso con inusitada rudeza mientras una arruga de contrariedad marcaba su entrecejo cobrizo.

-¿He? –Se sorprende extrañado como si le hubiera dejado sin referencias en sus recuerdos, sin la confianza en la veracidad de su historia, como si le hubiera depositado una nube de sospecha acerca de lo justo y legal de aquello sucedido y que ahora me contaba; agregando en tono de reproche-. Ese hombre tiene (dijo en presente) muchas denuncias por delitos que no fueron...¿cómo se dice?

-¿Juzgados?.

-Eso es, juzgados.

Y aunque conocía la historia, de igual manera insistí:

-¿Y qué delitos don Nahuelquir?.

-Y; asuntos de polleras que le dicen. Parece que había despenado a un hombre por una hembra. Eso fue en Punta Arenas, pero otras versiones decían que esa muerte y por iguales motivos había sucedido por sus pagos.

-En el Uruguay.

-Ahá.

-¿Y por qué dice que uno se voló? –Volví a insistir mientras empinábamos la caña reponedora. La pregunta lo volvió a sorprender.

-¿Cómo que se voló? –me enfrenta despistado.

-Usted dijo que en esa comisión que fue en auxilio del Gobernador, mataron dos pájaros de un tiro, pero que uno...

-Ah si, si –se recupera el veterano-. Sí claro –y explica-; porque, como le decía, el cacique Salpú había capturado a este bandido oriental ¿no? y lo trajeron acá, a Rawson (explica el agente jubilado Nahuelquir en el bar frente a la estación de tren, ahora, en 1920, en Trelew). Aquí se le tomó los datos y quedó en un pieza guardado. En ese tiempo en la comisaría no había celdas, nada que asegurara nada, y menos a un zorro como Brunel.

-No había entonces comisaría.

-Comisaría sí; lo que no había era un lugar para tener presos peligrosos (si comisaría podía llamarse ese mísero galpón de adobe y chapa, por el que se filtraba el frío, el viento, la tierra, los rectos y finos rayos de sol que iluminaban las tinieblas del lugar, una simple covacha donde hacían sus necesidades y que sólo podía retener entre sus paredes y bajo su herrumbroso techo a algún torpe paisano, torpe de mente y de gestos en su borrachera, o a un pobre diablo con veinte kilos de hierro en las patas para que tenga presente que de ahí no podría salir corriendo, ni siquiera caminando), peligrosos como ése.

Dice Nahuelquir, ex agente de la policía territorial del Chubut, mirándome fijamente. Sus ojos ahora brillan al igual que su cara grasosa, donde resaltan los pómulos de viejo tehuelche. Y como yo sigo sin entender, agrega.

-No había ninguna seguridad para retener a esa clase de hombre, a un cuatrero de esa calaña. Se lo dejó ahí para ser remitido después a los Buenos Aires, donde iba a ser juzgado.

 

Tras una pausa continúa

-Y bueno, todos estábamos contentos porque la rebelión paisana estaba acabada sin haber tirado un solo tiro.

-Pero –inquirí buscando saber más-; aparte de esa muerte en Chile o donde haya sido. ¿Qué otro delito cometió ese Brunel?

-¡Cómo!, ¿no se da cuenta?¡delito de abigeato, señor!.

Había escuchado tantas veces al juez nombrar el término abigeato, que ahora lo repetía normalmente, aclarándomelo por las dudas que yo no conociera el significado.

-Robaba caballo.

Lo dijo en tono de confidencia, inclinando su pecho hacia mí y haciéndome percibir su aliento alcoholizado.

-Robaba caballos –acompañé el juicio del veterano jubilado de la policía territorial. Y como si yo dudara,no de la veracidad de su aseveración sino de la ilegalidad de esos actos que a él le parecían horribles, me arrinconó con un:

-¿Le parece poco?.

Entonces me excusé.

-Quiero decir; no peleaba, no lastimó a nadie...

-No, no, bueno, que yo sepa nada de eso.

-Y quedó preso entonces en Gaiman.

-No, eso fue después, esto que le cuento fue acá, en Rawson.

Pero no lo dice en Rawson el ex agente Nahuelquier, jubilado de la repartición, lo dice en el bar que da frente a la estación de tren de Trelew, lo dice a 20 kilómetros de la capital del Territorio.

-Acá quedaron presos, los caciques revoltosos y ése desacatado; sí.

-¿Y festejaron?

-Nos habíamos anotado un poroto...y...bueno, hicimos sí un asadito y eso ¿vió? –Los ojos vidriosos que se le achican en una sonrisa cómplice- Y...este....como al otro día a la madrugada nomás, la guardia que nos despierta con la novedad que el Oriental se había fugado.

-¿Otra vez? –exclamé espontáneamente.

-Eso dijo el Comisario.

Y el ex agente Nahuelquier, limpiamente, rió.

 

*

en Esquel, también en 1920

-Y es así como llegamos y rescatamos al gobernador Tello.

-¿Cómo que rescataron?

-Claro –el informante galés se sorprende por mi pregunta-. ¿No sabe que el Gobernador había quedado con esa gente sublevada y casi solo? Nosotros fuimos a rescatarlo de los indios de la tribu de Salpú en el Genoa. Casi solo digo, ya que había ido a solucionar el asunto con un par de ayudantes, nada más. Nosotros salimos con el señor Murray Thomas a darle una mano junto con treinta colonos bien armados. –Y tras una pausa-. Pero por suerte todo se solucionó sin problemas.

-¿Cuál fue el motivo por el que se había sublevado la indiada?

-Ellos exigían la entrega de las tierras prometidas por el gobierno cuando se fundó la colonia Pastoril, ahí por el Genoa, pero como el gobierno no cumplía, esa gente se revolucionó. "Reclamamos la tierra como se reclama un alimento", argumentaba Cayupul queriendo resucitar los libres y gloriosos tiempos en que el blanco era sólo un esporádico viajero, una lejana amenaza a ese holgar irresponsable y sin límites.

"No olvidemos hermanos que recorríamos esta tierra, a la que pertenecemos como el pasto o el ave, de la Gran Agua a los altos cerros cubiertos de nieve; que cruzábamos las planicies, los ríos y cañadones para intercambiar lo conseguido en la caza con los hermanos Mapuches, con los huincas del Carmen, y también con los amigos galeses del Chupat, que ahora están en los bosques y en los verdes espacios entre cerros, mientras que nosotros estamos en ningún lugar. Hermanos, nosotros que somos de la Tierra , no somos nadie aquí: nadie"

-Así hablaba Cayupul. Aprovechándose de una situación de manifiesta injusticia, de despojo y miseria, Cayupul supo atraer a esos pobre seres humillados con un discurso redentor, mezclado con mesianismo cristiano. Él mismo se decía un emisario de Dios en las desoladas mesetas chubutanas. Tenía pasta de jefe ese brujo, pudo haber sido un buen Lonko al ser dueño de una palabra categórica y enervante de la turba. La idea era movilizar la indiada contra los blancos y presionar al gobierno para exigir la tierra; aunque también se hablaba de posibles asesinatos.

Y como le decía, llevamos a Rawson a los dos cabecillas, Cayupul y Salpú, y en esa partida iba también ese gaucho vagabundo y cuatrero, un tal Brunel.

-Ascencio Brunel –confirmé.

-Así es, usted lo ha dicho, Ascencio Brunel –repitió mi testimonio galés-. Parecía un hombre joven

-¿Cuántos años calcula que tendría?

-Y, no sé, yo calculo unos 25 a 30 años, no más; pero por su traza parecía más viejo. Llevaba un cuero de oveja puesto así, sobre el hombro. Ahora bien.¿Sabe qué me llamó la atención de ese personaje? –Y sin esperar respuesta a su pregunta contestó-. La mirada. Aunque usted no lo crea, la mirada. Tenía una mirada muy penetrante ese criollo. Ojos negros chiquitos y vivaces, un mirar inteligente, un mirar que desarmaba y que, sin que uno lo sepa cómo y por qué, te hacían sentir culpable de una oscura y desconocida culpa celosamente guardada. Sí, de esa manera miraba. No se si...

-Sí, sí, está claro, entiendo.

-Fíjese que ese Brunel –continuó el colono-, era un gaucho que fue perseguido por toda la Patagonia, de arriba abajo. Eso sí, un gaucho muy de a caballo, como pocos; si hasta a los indios se les escapaba. Escurridizo el hombre, robaba tropillas y desaparecía como si se lo hubiese tragado la tierra y aparecía dos días después como a 20 o 30 leguas del lugar. Un fantasma ese gaucho. Tenga en cuenta que se le había escapado a la policía de Río Gallegos, a la de San Julián, de Deseado, y después se les escapó de Rawson, de Gaiman. Un zorro, nadie podía echarle el lazo, como dicen los criollos, pero la gente de Salpú lo rodeó y ahí lo capturaron.

Y en ese viaje a Rawson llevando a los caciquejos y al cuatrero; eso fue para diciembre del 95, recuerdo que este hombre, este Brunel, en Paso de Indios tiene unas palabras con un paisanito que andaba uniformado de policía.

El viaje se hacía lento y el calor resecaba la garganta y nos partía la boca. Cuando llegamos a Paso de Indios pudimos sacarnos las ganas de tomar agua fresca y levantamos campamento a la sombra de los sauces que crecen a orillas del río Chubut. Ahí, este agente, si mal no recuerdo creo que se llamaba Nahuelquier provocaba al preso que iba engrillado.

-Y –lo prepoteaba- ¿no le da vergüenza andar robando caballos para comerle nada más que la lengua?

Lo dijo en tono sobrador ese paisanito bruto, para colmo uniformado y llevando una lata que era más grande que él.

-¿Y sabés una cosa? –lo encara el Oriental tuteándolo-; lo peor que puede pasarle a un paisano es hacerse milico -Eso desconcertó y enfureció al policía, y el preso agregó-. Hay que ser bastante maula para hacerse policía; o estar cagado de hambre

Eso dijo el Oriental sin mirarlo siquiera, lo dijo como si estuviera reprochando a un chico malcriado. Muy seguro de sí ese hombre.

El uniformado, con una bronca que le salía por los ojos, desenvaina y amenaza con torpeza de novato descargarle un sablazo a ese hombre zaparrastroso pero a ojos vistas más digno que el paisanito disfrazado de policía; entonces el sargento, tomándolo del brazo lo ataja.

-No se le pega a un hombre atado, agente, –Y agregó en un tono confidencial- No acá, hay muchos testigos –Dijo señalando con la vista el grupo de galeses que componíamos la comitiva del Gobernador.

Eso lo escuché y lo ví porque yo estaba cerca haciéndome el distraído, como que no veía ni escuchaba nada. Y el sargento que amenazaba.

-Vamos a ver si te retobás cuando lleguemos a Rawson –y el Oriental que le retruca:

-Ahí tiene, se hace el valiente con un hombre atado de yapa y desarmado.

-¡Cállate gaucho piojoso! –Grita entonces el sargento. Pero Brunel no era de achicarse.

-Ustedes son un par de sotretas. Suéltenme y denme una daga y vamos a ver quién es quien.

Dijo ese hombre con un desprecio total hacia sus custodios.

-Esperá que lleguemos y ya vas a ver cuántos pares son tres botas gaucho cuatrero –Le escupe el sargento.

Lo cierto es que cuando llegamos a Gaiman ese gaucho cerril fue guardado en la comisaría y al otro día ya no estaba. Se les había escapado de nuevo a las autoridades.

 

*

-Por lo que se comenta, a ese hombre lo han matado un par de veces. Sin ir más lejos, el cacique Kankel dijo que un tío suyo lo mató en la costa del Guenguel, y esto lo vuelve a afirmar un explorador.

-El Guenguel; ¿y eso dónde queda?

-Que yo sepa... y, más abajo de río Mayo.

-Ah, ya sé, por el Buenosaires.

-Nooo, bastante más p´arriba. Y...estee, eso que le contaba fue en el noventa y seis y que después de finado, los indios quemaron la osamenta de ese cristiano.

-Y no fue así.

-Pareciera que no, porque más después dicen que lo vieron por la Ultima Esperanza.

-Una estancia.

-Puede ser, pero eso queda ya en Chile, más al sur.

 

*

Estamos a comienzos del siglo XX, el explorador Clemente Onelli llega a los toldos del cacique Quilchamal a orillas del Chalía, donde escucha por boca del jefe tehuelche los últimos momentos en la vida del afamado gaucho cerril.

Onelli contará lo que ahora le cuenta Quilchamal: que ese "malhechor" –escribe Onelli que le cuenta Quilchamal- andaba con intenciones de robarse la caballada de la gente de Kankel por el lado del Senguer pero que éstos le adivinan la intención, o ya lo estaban esperando, porque el año anterior lo habían apresado y conducido a la Colonia 16 de Octubre y de ahí a Rawson, sin embargo se les escapó a las autoridades; y así es como disimulados salen a perseguirlo para apresarlo.

-Y, supongo que a esa gente, como usted dice, le resultó fácil alcanzar al malhechor –supone el explorador italiano en el toldo de Quilchamal.

-No, no fue tan así don Onelli. Ese hombre andaba en buenos caballos, caballos de chejuelchos. –Aclara el cacique con recatado orgullo-. Y buen jinete que era también ¡Qué si parecía un paisano ese gaucho!. Si, paisano el hombre, y mucho zorro.

-¿Y porqué Quilchamal?

-Por lo pampa pal caballo. Y meta disparar ese Brunel, y paisanos que lo siguen y no le pierden pisada. –El cacique se toma su tiempo mientras toma el mate que le ceba su mujer-. No, si no fue fácil. Mire que de Senguer a la costa del Guenguel todo el tiempo sin parar, meta galopear y hasta la noche también, y eso que la noche... Y a la mañana llegan al Guenguel que estaba cubierto de yelo. Los paisanos, maliciando que el Brunel rumbeaba pal lado del río, le cortan campo, sino no lo alcanzan, no. Porque llevaba dos parejeros ese diablo. Y ahí es cuando lo pescan porque ese gaucho se demoró en cruzar.

-¿Era pleno invierno, entonces...? –pregunta la visita de Quilchamal.

-¿Pleno invierno?, no; era pal desyelo. Fue...a ver...

-Si estaba deshielando habrá sido hacia setiembre, octubre lo más. –Interviene un ayudante del explorador italiano.

-¿Y entonces? –insiste Onelli.

-Y; que ese hombre se tiró al río helado. Un diablo el huinca. Se tiró nomás. Ahí es cuando lo alcanzan, porque se demoró en cruzar el Guenguel y pasianos le cortaron campo. Y cuando cruza el río, dicen que un tío de Kankel le hace un disparo desde esta orilla y que lo mata. Después quemaron el cuerpo del rabacaballos. Así contaron, si.

Cuenta el cacique Quilchamal a Onelli a orillas del Chalía a dos años de distancia de los últimos momentos del afamado matrero patagón.

 

*

en Comodoro Rivadavia, un siglo después.

-Para mí, ese Onelli macanea. Dice que descubrió el cadáver de Brunel por casualidad. Ahora bien, si no lo conoció ¿cómo podría saber que esos despojos, que ya tenían dos años de intemperie, eran del gaucho perseguido? ¿porque se lo dijeron en lo de Quilchamal?, y eso no es todo, a su vez, Onelli toma por errada la versión que dan los gendarmes de Ultima Esperanza cuando en 1902 capturan a Brunel; dice que el capturado no es Ascencio Brunel sino que se trata de otro malhechor.

-O sea que el tano se da un protagonismo que nunca tuvo –comenta Pablo.

-Sucede que todo "recién venido", como diría Abeijón, el otro Ascencio, se quiere dar aires de conocer el sur. Lo cierto es que de charlatanes y caretas estamos hartos los patagónicos –afirma Julio.

-Pero fijate vos –insiste Pablo-que también Quilchamal se hace eco de lo que dicen sus paisanos, la gente de Kankel

-Y bueno, usted ya sabe: "entre bomberos..."-Julio deja colgada la frase.

-Les comento que sigo tras la pesquisa de ese gaucho huidizo, fugaz, intangible...

-.... el inhallable, el escurridizo, Ascencio Brunel –adivina Julio

-... desaparecido y vuelto a aparecer, muerto y resucitado; y en esa búsqueda, me crucé con la investigación de un periodista que anduvo en lo mismo sólo que en otro tiempo.

-¿Y ahora a quién descubriste?

 

-Un tal Juvenal Antonio Urruti. Este señor, trabajó en el diario "Neuquén" de los Chaneton. Su director y propietario se hizo célebre por denunciar desde sus páginas la matanza de Zainuco

-Ah si, creo haber leído ese caso –comenta Julio. Fue a causa de una fuga de presos de la cárcel de Neuquén .

-Eso sucedió en mayo del 16, y al año siguiente, en enero, Chaneton será asesinado por esbirros del gobierno. Pero volviendo a nuestro periodista.

-A Urruti.

-Juvenal Urruti; él también anduvo, como dije, tras las huellas del evasivo oriental. Ahora bien; sucede que sus apuntes sobre Brunel nunca se publicaron. De acuerdo a estos apuntes, el periodista pudo acceder a algunos testigos del matrero y mal entretenido...

-El gaucho comelenguas

-...por ejemplo; el testimonio de un retirado de la policía territorial, que, por lo que parece, era un muchacho tehuelche convertido en milico. También le dieron su testimonio colonos de Trevelin y de Esquel...

-Cuando aquello sería todavía la llamada Colonia 16 de Octubre.

-Si usted lo dice. Y también testimonios de un poblador del sur de Santa Cruz, un gringo, así como de una veterana prostituta que en su juventud conoció...

-En la cama, imagino...

-...imagina bien, a nuestro guacho mal entretenido.

 

*

Ludmila:

Gallegos 1919

-¿Y usted cuándo lo conoció, fue aquí en Gallegos?

-Acá sí, en Gallegos. Y... eso habrá sido por el año uno o dos.

-Antes que lo capturasen en Ultima Esperanza.

-Creo que si, antes. Si, estuvo aquí un par de veces.

-¿Y cómo era él?

-¿Cómo era?

La veterana mira hacia la ventana, su blanca cara, retocada de maquillaje parece un Tolouse Lautrec, rellena, suave, de gestos parsimoniosos y lánguidos.

-Y –dice en un tono tímido mirando por la ventana que permite la vista de una calle de tierra, vacía y polvorienta, recorrida por un viento que nace de las entrañas del sur-: un muchacho interesante –atina a comentar.

-Un muchacho, es decir que no era una persona... mayor o veterana.

-No, no era un viejo, la última vez, creo que fue en el año dos, no tendría todavía cuarenta años.

-Pero usted lo conoció antes.

-Si, ¿no te digo que vino un par de veces?.

Sonrió con picardía el rostro del pintor. Su boca era una rosa dibujada en el blanco papel de su cara, tenía el pelo rojizo y sombras azules en los ojos grises.

-¿Y qué aspecto tenía?

-Y, era delgado, ágil, desconfiado eso sí, muy desconfiado. Con decirte que al acostarse ponía el facón bajo la almohada. Era receloso.

La madama hace una pausa, y ante la ambigüedad del término y aprovechado la confesión y el momento pregunté: ¿Tenía celos de usted?

-¿Celos? –se sorprende Ludmila.

-Digo, como usted dice que era muy celoso...

-No, no, quiero decir que era desconfiado; y callado, si bien conmigo se destapaba y charlaba bastante, sería porque en su vida de fugitivo no tenía con quien compartir, ¿no te parece?.

Aspira el cigarrillo que consume en una boquilla dorada y continúa.

-Lo que nos llamaba la atención era su mirada, esa mirada que desnuda a las mujeres.

-¿Y cómo es eso? –Pregunté (Escribe el periodista Juvenal Urruti).

-Y...una mujer eso lo sabe. Cuando él llegaba... porque estuvo un par de veces, las suficiente para tenerlo en cuenta.

-¿Por qué?

-Por su forma de ser, por su...personalidad que le dicen ¿me entendés?. Siempre me buscó a mí. No sé, sería porque yo le caía bien, o le gustaba, ¡qué se yo!, y eso que había otras chicas, algunas más lindas que yo, pero él me buscaba a mí, si no me veía preguntaba: "¿Y la Lumi?". Quería estar sólo conmigo. Cuando llegaba, algo distinto se estacionaba en el local, parecía como si la música de la victrola se detuviese y un viento fresco de donde él venía entrase al boliche tapado de humo, de perfumes, de alcohol y olores de cuerpos traspirados, y él, en la penumbra, desconfiado, con ese mirar torvo, recorría el local y todas sabían que buscaba a la Lumi. La verdad que todas las chicas lo querían por más que fuera tan cimarrón y callado. Parecía un animal salvaje, pero bueno; él siempre decía que no quería ser amansado. Yo era jovencita entonces,¿te imaginás?

Y yo pienso que es casi imposible no imaginársela. –Escribe el periodista.

-Sí que lo recuerdo bien al "hombre en fuga", como lo llamábamos acá.

-Porque siempre huía y se le escapaba a la policía.

-Siempre, era infalible: lo agarraban y se les escapaba.

Y la risa de Ludmila hace salir el sol y chocar las copas. Ella se arregla, coqueta, el cuidado peinado mientras una de las pupilas, más joven, más moderna, peinada a la garzón y con breves faldas nos sirve un té de agradable aroma, haciéndonos olvidar que estamos donde estamos.

-Sí –dice Ludmila mirando nada-, a él le gustaba ser libre (a quién no, pienso), totalmente libre: vagar por ahí sin compromiso, sólo, como guanaco macho decían las chicas y nosotras festejábamos la ocurrencia. Qué vida ¿no te parece?.

Pregunta con sus ojos claros color cielo y aún pueden percibirse rasgos de frescura de la joven polaca o rusa, quien conociera al mítico gaucho matrero, aquel que burlaba cuanta policía había en todo el inconmensurable territorio durante los últimos quince años del siglo diecinueve.

-Cuando venía no se hacía ver en el pueblo. Llegaba de noche y se iba de madrugada. La vez que se demoró en el almacén que está a una cuadra de acá lo pescó la policía, y fue esa vez que escapó con el caballo del comisario.

La mujer vuelve a reír echando la cabeza hacia atrás y me alegra con su frescura y su desparpajo fiestero.

-Tenía cada ideas....-Entonces parece que busca en sus recuerdos-. Cuando yo le preguntaba si siempre iba a vivir disparando me decía que él no huía, que sólo escapaba de que lo encierren, de tener que vivir como todo el mundo. Decía que todos estamos presos y amansados, que parecemos ovejas y a lo sumo, perros amaestrados. Para él, lo importante era que no lo metan preso, no podía habituarse a una vida monótona, haciendo todos los días lo mismo, viendo siempre el mismo horizonte, repitiendo siempre lo repetido, de la mañana a la noche, mes a mes, todo el año, todos los años. Esa vida no se hizo para mí, decía. Entonces, yo le decía, nada de asentarse en un lugar, nada de trabajo, tampoco casorio por supuesto. "No, eso sí que no gringuita", me decía. Pero estoy yo, le decía. "Pero a vos hay que pagarte", me decía. Ah, por supuesto le decía yo (y me tiraba encima y otra vez lo hacíamos con alegría). Y yo le preguntaba, contame cuántas veces te escapaste de la policía y él me contaba cómo lo capturaban y cómo volvía a escaparse.

"Una vez -contó- en el Genoa -que no se dónde queda-,cuando me pialaron los tehuelches, con el gobernador andaba un cura para bendecir no se si las tierras que daba el gobierno o a los que iban a fusilar; el cura se llamaba Bajina"

-¿Cómo?, pregunté sorprendida; ¿era un hombre con ese nombre? (cuenta con una sonrisa pícara).

"Ah, eso no lo sé -me respondió-, yo por las dudas a esa gente de negro no le doy nunca la espalda. Y a ese Bajina, estando preso le dije que me dejara rezar padre que estoy arrepentido de los pecados cometidos y ponía cara de chupacirio y el cura convenció al comisario para que me saquen los grillos"

-¿Y?, pregunté.

"Y en cuanto se descuidaron me les hice perdiz"

 

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...relajados, después de habernos acollarados con la gringuita churrasca, alazana de ojos claros, tan blanquita a mi lado, apoyada en el codo, la palma de la mano en la mejilla pregunta por qué siempre andás disparando y yo muy orondo fumo con las manos en la nuca, es algo que no puedo dejar de hacer, digo, mirando una mancha de humedad en un rincón del techo en aquella cálida pieza de Gallegos, no puedo estarme quieto en ningún lugar y tampoco de que me amansen, sigo redomón nomás, estarme en un lugar sería como para un pájaro vivir enjaulado, me pongo nervioso gringuita , ¿y trabajar? pregunta la Lumi, la de los ojos de humo ¿trabajar, para qué? con lo que se le paga a la peonada mejor vivir de arriba; acá, el trabajo mejor pago es andar matando indios a tiro limpio, los estancieros que te contratan piden que tenés que llevar o las dos orejas o la guasca del indio. Ludmila hace un gesto de asco, entonces cambia de posición, se arrodilla en la cama y se sienta sobre sus piernas nubes plegadas, con las manos en la falda; eso sí que es delito, no lo que yo hago, lo mío es mas bien como un juego, un juego repite la rubita; un juego a ver quien me alcanza y ella que ríe y en plena noche me abriga el alma, me gusta ser libre digo, pasado de hambre a veces pero sin que nadie me grite ni me mande, pero como no se puede vivir del aire siempre hay que conseguir algo para sobrevivir y la gringa de pelo alazán tirando a bayo me mira como si yo estuviese en el horizonte o fuese un bichito, entonces le cuento que una vez en Gaiman, donde viven los galeses, y eso donde queda, entonces le explico; y como te decía, me encontraba detenido y un pastor aconsejándome que mi salvación estaba en trabajar la tierra, pero eso de andar arañando el suelo como un piche y juntando pasto para los animales no es para mí, que me dejen de joder, a mí me sacás del caballo y soy hombre muerto. la policía anda diciendo que sos un vago y un mal entretenido dice con una sonrisa que parece una liviana mañana de enero cordilllerana, que yo sepa con vos sí que estoy bien entretenido y ella que descansa su cabeza alazada en mi pecho, pero eso de vago depende para qué, si es trabajo que no conozco o no me interesa o pagan mal, no trabajo, como hice en las Malvinas y cuando me cansé me fui y sanseacabó ¿y el oro? pregunta la Lumi y me sorprendió ¿y cómo sabés que saqué oro?,pregunto, y ella, si acá pagaste con pepitas de oro ¿no te acordás o estabas en pedo?, bueno, estuve asociado un par de meses con unos gringos, pero no valía la pena, demasiado trabajo y no se sacaba nada. ellos decían y repetían algo que me quedó porque yo siempre pensé igual, decían que la tierra no tiene dueños y los hombres no tienen amos ¿y a los indios por qué le sacabas las tropillas?, mirá rubita, para mí aunque tengan marca, todo animal que anda por el campo es orejano...

 

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zona de Río Pico,1896

Juan Rastrupp, de la Comisión de Limites, observa detenidamente por el teodolito los accidentes del terreno y, sin quitar los ojos del visor que acerca la distancias, dice a Julio Koslowsky, su compañero de trabajos: "Sobre el faldeo hay una tropilla de caballos, es lo único viviente que se puede captar en este sector; ¿de quién podrán ser esos animales si por aquí no hay pobladores?. Fíjese usted Julio".

El naturalista ocupa el lugar de observación y enfoca para su óptica el punto de mira. Tras unos momentos saca su conclusión de hombre conocedor de la zona: "Esos animales deben ser los que abandona el famoso Ascencio Brunel"

-¿Ah sí?. ¿Y quién es Brunel?

-Le cuento –dice Julio Koslowsky. Y le cuenta.

 

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1910

Como en todo el país, en aquel pueblo del noroeste patagónico se festeja la fiesta del Centenario.

Un programa variado y entretenido convoca a pobladores y paisanaje comarcano.

El sol de mayo asomaba con toques de clarines, izamiento de banderas, canciones de bronce que evocaban antiguas epopeyas y daban vivas en honor al cumple siglo patrio. A su vez, en la escuela de adobe, elegidos alumnos declaman monótonos versos argentos de corceles y victorias.

Hasta el filo del mediodía se escucharán los discursos que hacen revivir el fulgor de la joven identidad nacional, vacuna y triguera.

Todo esto será antes; porque a las inflamadas arengas acerca del pasado compartido y del común y venturoso porvenir, seguirán las cálidas manifestaciones de la cultura culinaria nacional; la oratoria será el prefacio al rito argentino que se entusiasma y se pone a punto ante el aroma de dorados asados clavados en asadores; ante bandejas de empanadas atacadas con patriótico entusiasmo y ante el locro que en las ollas rápidamente toca fondo, comida adecuada para éstas fiestas y éste tiempo que siempre se presenta con telúrico frescor nacional.

Será una patriótica alegría de estómagos y corazones matizada con la cueruda y sobada bota, masajeada, buscada y ofrecida a las bocas abiertas, deseantes del líquido bermellón, pasada de mano en mano, de boca en boca para aliviar el alimento y retemplar el ánimo de tanta intemperie patagona.

Luego, cuando sólo quedaba en el terreno la perrería solazándose en un crujir de huesos de novillo, de chivitos y de yegua, de alguna picana de avestruz o un asadito de chulengo; algunos concurrentes, ya medio baleados de aperitivos y vino en bota, desaparecían en busca de la siesta reponedora de energías para las horas que quedaban del día, que, no siendo pocas, apuntaban a ser movidas.

Otros, mientras tanto, perseguirán la suerte o simplemente diversión, jugándose entero a las patas de un parejero en las cuadreras, o mostrando habilidades en la sortija como en el cinchón.

Hay carreras de embolsados para la juventud; juegos de bochas, de taba y de tejo para los veteranos que apuestan fuerte y sin proscripciones, en esa mezcla fraterna que brinda la fiesta de todos, donde conviven, sólo por este día, las distintas condiciones sociales y donde los habituales formalismos quedan de lado.

Tiempo de fiesta que democratiza a ricos y pobres, plebeyos y encumbrados, siendo todos, por unas horas, igualitariamente ciudadanos.

Ambientan la tarde, el mate amargo con el dulce y un amable aroma de pastelitos con los que las patronas lucen su arte culinario.

Así fue como las horas festivas de ese día pasaron sin notarse. Y cuando el sol del veinticinco disimuladamente se fue alejando; boliches y lugares marginales irán recibiendo celebrantes que ocuparán hasta el último rincón de esos refugios.

Sobre los tapetes se encenderán los juegos de mesa. Se jugó, y fuerte, al monte, a la treinta y una, al punto y al truco; y en esos campos del azar, porotos, fósforos o garbanzos contabilizaban tantos que simulaban ganancias y pérdidas en efectivo.

Se multiplicarán con tenacidad las apuestas, regadas de ginebra, de caña seca o dulce, de alguna grapa, del infaltable tinto o blanco y que solidarias damas acompañarán con alguna copita de menta o de anís. Y a medida que se acercaba la hora, más intenso se hacía el rumor del bailongo programado en el galpón que está detrás de la capilla.

Y así fue que llegó la noche del celebrado día del año diez.

Y a la luz de velones, candiles y lámparas a kerosene, la música irá ganando el ambiente. Ya se escuchan las cordeonas y guitarras desgranando rancheras y cuecas, habaneras, polcas y jotas; aires bailados sobre pisos polvorientos y enjuagados con regaderas, tachitos o jarros de lata preparados para la ocasión.

En cierto momento y en alguna parte se escuchó un caótico murmullo de voces, y una voz femenina que gritaba: "Ay, pero si es mi Pancho, sepárenlo por favor". Y después: "Traigan algo para parar la sangre". Y otras voces en tono indiferente, menos apremiante comentando: "Qué se le va a ser, son de mala bebida, toman un poquito y se pierden".

 

En uno de esos lugares celebrantes, un payador improvisa en décimas la leyenda, tal vez la historia de un gaucho oriental, un criollo perseguido cuyo delito mayor fuera probar la lengua de caballos ajenos encontrados en su vagar.

Canta el bardo sureño en versos redomones, un romance de gesta patagona. Versifica fugas fabulosas que humillan a policías, a colonos y a tehuelches. Rima asimismo tantas muertes y resurrecciones como escapadas que suma el matrero. Dice de dramas definitivos portagonizados por otros tantos y desconocidos verdugos que oficiarán de justicieros.

 

En la rueda criolla que escucha con devota atención y silencio hay un gaucho de indefinida y curtida edad: viste respetable traje negro, el oscuro poncho pampa doblado sobre el hombro izquierdo; luce en la solapa, como todos, la escarapela patria, níveo pañuelo al cuello, bombacha gris oscura y lucientes botas de media caña acordeonadas.

Y este hombre ya maduro, al escuchar las hazañas en romance de su vida, baja el ala del sombrero para ocultar a los presentes, silenciosos lagrimones que asoman pudorosos de sus ojos cansados de escudriñar horizontes. Horizontes de valles de mesetas y cordilleras, líneas intangibles y azules que se alejan, se alejan y se alejan; como en fuga se alejaba él, en un tiempo, de la gente.

 A.U./ octubre 2002