"Territorio: Waj Mapu. Patagonia secreta, por Martha Perotto

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Tapa de la obra de Martha Perotto inspirada en la geografía y la realidad cultural de la Patagonia.    La geografía patagónica, como otros paisajes del rico planeta azul, es capaz de inspirar brisas creadoras y vislumbres hondos de la existencia. Para traducir los mensajes de la tierra en historias, símbolos y señales, es necesaria la mediación de un ojo sensible, de una pluma esmerada. Este es el caso de la narrativa de Martha Perotto, escritora que reside en El Bolsón hace más de veinte años. Perotto nació en Buenos, y, en su bello hogar patagónico, ejerce actualmente la docencia en Lengua y Literatura. Ha editado obras como Cuentos para un invierno largo, y De un castillo en Patagonia. Aquí, Perotto respira en su última obra Territorios. Waj mapu. Patagonia secreta, una novela atravesada  por la búsqueda de un paleontólogo en el norte de Neuquén. La pasión por el hallazgo de las arcaicas osamentas de dinosaurios se convierte en persecución de una veta visceral del vivir. Así, en el capítulo seis de Territorio...(que presentamos aquí), Germán, el paleontólogo, manifiesta: "... los paleontólogos vivimos, como todos lo científicos, en una eterna pregunta. Y si la contestamos encontramos otra nueva. Buscamos el pasado remoto. En el fondo queremos reconstruir la historia de la vida." En el siguiente capítulo, Juan, un niño mapuche, se eleva en sueños, en ensoñaciones de ternuras y cristales, donde Batman o Superman, que gestan sus hazañas en sus amadas historietas, son inspiración para un sueño heroico, un sueño de liberación de un pueblo que, lentamente, se desvanece entre las susurrantes garras del viento patagónico.

Esteban Ierardo

 

 

TERRITORIO: Waj Mapu. Patagonia secreta
Por Martha Perotto

 

CAPITULO 6
La mañana estaba fría y el sol apenas se insinuaba al iluminar las puntas de los cerros, al oeste. Por el este, un halo nimbaba las formas, más oscuras que nunca, al contrastar con el resplandor que crecía detrás. Una capa finísima de blanca helada velaba los matorrales y las zarzas.
 Desde el volante, Germán divisó cuatro caballos y dos jinetes. Dos o tres perros olisqueaban alrededor.
 Se cruzaron los saludos.
- Qué tal, muchacho.
- La verdá es que no lo podía sujetar en casa. Está entusiasmado con la búsqueda. ¡Debe ser tanta lectura!.
 En el rostro de Juan, impasible, nada permitía hablar de entusiasmo, sólo una chispa ingobernable en los ojos traicionaba los sentimientos.
 Germán llevaba un mapa a mano alzada que le había dibujado su amigo Osvaldo y que, juntos, ya habían comparado con el satelital y el geológico.
 Andalicio se orientaba a la perfección y era capaz de interpretar las indicaciones que marcaban los puntos más destacados u originales de la geología. También Juan extendía un dedo señalando:
 - Este es el “Cerro de los liones”. Y ésa, “La buitrera”.
 De tanto en tanto Andalicio rompía el silencio:
 - Desviando al oeste hay un paso mejor.
 Germán confeccionaba, en borrador, otro mapa que indicaba el camino que seguían. En algún momento usaba la brújula y el altímetro, siempre seguido por la mirada de Juan que no se perdía detalle de sus actividades. También bajaba con una piqueta y examinaba más de cerca algunas formaciones que le interesaban. Las paredes de los cañadones y el suelo de los torrentes secos parecían atraerle especialmente. Marcaba los pozos de agua y las
vertientes.
 De vez en cuando mordisqueaba un yuyo o le pasaba la lengua a una tosca, podían decirle muchas cosas su acidez o su alcalinidad.
 Cuando se detenían, Andalicio armaba un cigarrillo y en cuclillas sobre algún otero, si se daba, dejaba vagar la vista por la inmensidad de los valles desérticos. Si estaban en un bajo, buscaba hierbas y las disponía en unas maletas tejidas a telar que colgaban a ambos lados del caballo, unidas por anchas tiras.
 Los perros los seguían con total libertad, aunque obedecían presto cualquier indicación de su amo o de Juan.
 Se detuvieron a comer cerca de una vertiente. Germán encontró atractivo el punto para instalar el campamento.
 - Hay un lugar mejor más adelante.
 Continuaron la marcha y tal como lo había anticipado Andalicio, al anochecer llegaron a un punto apropiado para instalarse. Era una cantera de piedra laja abandonada desde hacía tiempo. Un espacio amplio, un valle lunar.
 Blanco, y más blanco todavía bajo la luz de la luna. Algo espectral si se dejaba volar la imaginación. Durmieron. Quedó para el día siguiente el reconocimiento del terreno.
 Cuando Germán se despertó, el fuego ardía y la pava estaba a punto. Unos amargos lo sacaron del sopor del sueño y unas gordas tortas fritas que había hecho la mujer de Andalicio y que éste había reservado, les dieron la energía necesaria para emprender una jornada que se perfilaba dura pero fructífera.
 Una recorrida le permitió reconocer lo acertado del juicio de su guía.
 Estaban en el centro de un círculo rodeado de paredes blancas. La explotación intensiva de las murallas de lajas había ido abriendo un claro cada vez mayor en el centro, rodeado de cortes lisos que todavía mostraban las marcas de las barretas usadas para desprender las capas de piedra. Un pequeño arroyo corría a uno de los costados y se demoraba en un pozón, probablemente cavado ex profeso por los mineros de la piedra. El agua acumulada era de un azul cristalino y se veía profunda.
 Una vieja construcción se mantenía en pie y al examinarla, la encontró apta para guardar herramientas y para almacenar los posibles hallazgos.
 Lo mejor fue descubrir, luego de seguir las indicaciones de Andalicio, la existencia de un rudimentario camino que empalmaba, a través de otros secundarios, con la ruta. Seguramente había sido usado para retirar el material de la explotación. Su vehículo cuatro por cuatro no tendría problemas para llegar hasta allí, sería un lujo tener a disposición ese
medio de movilidad. También el camión podía ubicarse más cerca de lo que habían pensado. Sería posible llegar hasta el pueblo en unas horas para aprovisionarse.
 Pensó en explorar en círculo con la cantera como centro de operaciones; era necesario asegurarse de la proximidad de terrenos cretásicos, probable filón de huesos. En la zona se da poco la exposición de capas del jurásico. “La Patagonia es un Parque cretásico” solían decir en el museo.
 - No se preocupe, están cerca.
 - ¿Qué quiere decir?
 - Nada especial. Por acá cerca hay muchos lugares como los que usté marcó en
 su mapa.
 A Germán le extrañó el tono. Le dio la impresión de que el hombre sabía de lo que estaba hablando.
 - ¿Me puede guiar a uno de esos puntos que considera interesantes?
 - Usté manda.
 Enfilaron hacia un macizo lleno de quiebres y Germán se entusiasmó con lo que veía. Ese punto no lo había marcado Osvaldo en el mapa. Se agachó junto a una depresión, y en lo que parecía ser pedregullo arrastrado por los ríos encontró, y señaló a sus acompañantes, la presencia de unos dientes entre los guijarros. Los fósiles eran minúsculos restos de contemporáneos de los dinosaurios, del tamaño de un roedor actual. Marcó el sitio y treparon por las paredes de un barranco. Unas protuberancias ocre imperceptibles para el
ojo no experto, dispuestas en semicírculo, le indicaron un esqueleto. No
era ninguna cosa extraordinaria, probablemente un dinosaurio pico de pato, pero por lo que podía apreciarse se hallaba en excelente estado de conservación.
 A Juan no le alcanzaban los ojos para contemplar el hallazgo, su primer encuentro con fósiles.
 - Donde hay uno, es probable que haya más.
 Regresaron al campamento base, en la cantera.
 - Se lo ve contento.
 - No es para menos. No pensaba tener éxito tan pronto.
 - ¿Va a trabajar solo?
 - Tengo dos ayudantes que van a llegar en cuanto esté instalado el campamento.
 - Ajá. Yo vuelvo a las casas mañana.
 - Sí, lo tengo presente. Acá, con Juan, nos vamos a arreglar muy bien. Por ahí regresamos antes de lo que pensábamos, porque, por un lado, me gusta este lugar para el campamento y por el otro, ya se dio, y muy cerca, el primer hallazgo. Mis compañeros pueden empezar a trabajar.
 Al rato agregó:
 - Igual sólo será un día más de exploración. Después tendremos que regresar ya con el vehículo y los elementos para instalarnos.
 - Juan puede quedarse acá con los caballos el tiempo que haga falta.
 Germán miró alrededor el fantasmal paisaje y si bien supo que Juan podía hacerlo, le pareció inhumano dejarlo en esa soledad. Se lo veía más pequeño junto a las paredes blancas.
 - No. Que vuelva a la escuela. A mí me llevarán unos días los preparativos.
 Cuando esté listo todo, ahí sí voy a necesitarlo.
 Se distendieron luego de los arreglos. Germán le pagó a Andalicio según lo acordado.
 - Al muchacho páguele dispué lo suyo. Él se lo va a ganar - agregó cuando Germán quiso adelantarle el salario de Juan.
 Junto al fuego, Juan trabajaba una madera con el cuchillo, le daba la forma de un ave.
 - ¿De dónde sacaste la madera?
 - La encontré cuando buscaba leña.
 - ¿Qué madera es?, no hay árboles por acá.
 - Es incienso, al quemarlo perfuma. - echa unas ramas al fuego.
 - Es buen perfume...
 - Y sirve para tallar.
 - Sos habilidoso con las manos. Te vas a entender con Elena.
 - ¿Quién es Elena? - preguntó el muchacho, que empezaba a entrar en confianza.
 - Es una artista, una ceramista de las buenas que me va a ayudar a proteger los huesos que encontremos.
 - ¿Y por qué tiene que ser una artista?
 - Buena pregunta. Porque lo que vamos a encontrar puede tener partes muy delicadas. Vamos a limpiar los huesos hasta donde se pueda sin destruirlos y a cortar la roca alrededor para su transporte. Tenemos que recubrirlos primero con un material blando, luego con yeso... y hasta ponerles algún armazón protector a las partes más frágiles. Después, en el museo de la universidad van a terminar de limpiarlos y acomodarlos. Seguramente habrá que reconstruir algunas partes que se hubiesen dañado o que hubieran
desaparecido por el tiempo y la intemperie. Y ahí viene el trabajo del artista.
 - ¿Y cómo saben la forma de lo que falta?
 - Si es un animal conocido, por la comparación con otros ejemplares que se conserven más enteros, y si no, uno se imagina cómo serían las partes que faltan. Los huesos tienen las marcas de los puntos en los que se insertaban los músculos. Una artista como Elena, que además conoce de dinosaurios, puede acercarse mucho en la reconstrucción del aspecto de los animales. Más si se ayuda con una computadora.
 - ¿Cómo saben que no se equivocaron?
 - Los modelos reconstruidos siempre son hipótesis, es decir...
 - Graciela nos enseñó lo que significa esa palabra.
 - ¡Bravo! Los modelos son aproximaciones a la realidad, nuevos hallazgos confirman o no esas hipótesis. ¿Entendiste?
 - Creo que sí... ¿Para quién buscan esos huesos? ¿Le pagan bien?
 - Sí, me pagan. Pero los paleontólogos vivimos, como todos lo científicos, en una eterna pregunta. Y si la contestamos encontramos otra nueva.
 Buscamos el pasado remoto. En el fondo queremos reconstruir la historia de la vida.
 - ¿Y se conoce mucho?
 - Cada vez más. Lo que descubre uno se suma a lo que descubre el otro...
 Las otras ciencias, la técnica moderna contribuyen también. Les robamos entre todos los secretos a este viejo planeta.
 - ¿Cómo sabía que esas piedritas eran dientes?
 Germán miró el cielo; la luna, redonda y clara, dominaba.
 - Intuición... y suerte.
 - ¿Es como buscar oro?
 - Parecido.

 

CAPITULO 7

“Entonces Supermán, antes de que la kriptonita le haga efecto, logra desviar el asteroide que iba a chocar contra la Tierra y que había provocado tumultos y disturbios en multitudes enloquecidas por el miedo. El planeta vuelve a la calma. Pocas horas después, Clark Kent es el encargado de redactar la noticia para su periódico. FIN.”
 Juan, sentado en el umbral del correo, cierra la revista de historietas y se queda un rato soñando con su héroe. Después se levanta, entra al modesto edificio y tendiéndole la revista al jefe de correos le dice:
 - Ya la terminé, ¿no tiene otra?
 - Sí, pero por hoy ya leíste bastante. ¿Qué te parece si te la presto la semana que viene, cuando regresés al pueblo?
 Juan se queda pensando.
 - Es que no sé si podré venir. Hay mucho trabajo.
 - Juan, Juan, sos el único que consigue sacarme las revistas para leerlas en
casa.
 - Yo se las voy a cuidar.
 - Sí, ya sé. Pero son el esfuerzo de toda mi infancia. Es una colección única, esas revistas no se consiguen más... - rezonga mientras le alarga los ejemplares.
 - Yo se las voy a cuidar -. Las aprieta contra el pecho pero no se va.
 El jefe de correos tiene dos pasiones: las viejas revistas mejicanas de Supermán y Batman y las estampillas. Esas dos posesiones lo transforman en un personaje para Juan.
 - Y ahora, ¿qué más querés?
 - Cuando regrese para devolvérselas, ¿me deja ver las estampillas?
 - Bueno, bueno. Ahí está tu papá que te busca.
 El niño pone las revistas en una bolsita y descubre entre ellas un chupetín.
 Le sonríe mientras monta a la grupa del caballo de Andalicio y saludando con la golosina en alto, se alejan hacia su hogar.
Desde la punta del cerrito al que ha subido con dificultad, Juan puede observar el horizonte, que, por la variedad del relieve, jamás es una línea recta. Ha dejado su caballo en la base, antes de iniciar la ascensión. No está muy lejos del paraje donde él vive. Le encanta subir a lo alto para ver lo más lejos posible. Al rato, la mirada que se perdía a la distancia, en el espacio, se aleja también en el tiempo y se deja ganar por el ensueño.
 Ve avanzar la larga hilera de caballos cargados; es una tribu que se desplaza por la inmensidad. Según él, son pehuenches, los hombres recolectores del piñón, fruto del pehuén (araucaria) a los que pertenece su propia comunidad.
 Él sabe cómo era la vida en otro tiempo. Sabe que era simple y repetida como todas las cosas habituales, cargada de tareas diarias que aseguraban la subsistencia. Envidia el sentimiento de libertad que debía darle al hombre de esos tiempos el poder cambiar su lugar de residencia, el seguir el camino de la caza, el encontrarse con otros grupos humanos para el trueque o para concertar alianzas matrimoniales fuera del grupo familiar.
 Muchas veces, mientras tejía, la abuela contaba hechos de la vida pasada, de la propia y de la de sus mayores, en historias que mantenían viva la memoria. Si bien el hecho de tener al piñón como medio de subsistencia, había hecho de los suyos un pueblo asentado, había ocasiones en las que se movilizaban. Podría ser, también, que en su fértil imaginación se le mezclaran un poco los tehuelches, nómades por excelencia, con sus más
afincados ancestros; de todos modos, a él le gustaba imaginarlos así:
 Hay una larga fila de animales con carga, guiados por las mujeres, los niños más grandes y los ancianos. Aguzando la vista, distingue un grupo de hombres que avanza veloz y que trae, atravesados sobre la montura, un guanaco y unos choiques (ñandúes).
 Llegados al valle que está a sus pies, los ve armar el campamento con una economía de medios que sólo da la experiencia de la vida nómade. Muy poca cerámica, porque se rompe. Nada de mobiliario, porque sería peso inútil.
 Los palos que ayudan en el transporte son los mismos que se usarán para armar los toldos o cumplirán otras funciones, como por ejemplo, con las puntas aguzadas, la de desenterrar los tubérculos y raíces que complementan su alimentación.
 En el lugar elegido hay un arroyo y los miembros del grupo se acercan a beber antes de armar la toldería. Juan se descuida por un momento siguiendo, a lo lejos, el derivar de una manada de guanacos y cuando vuelve a fijar la vista en la gente, observa que los toldos ya han sido levantados. Ahora, las mujeres limpian las presas traídas por los hombres y se disponen a cocinarlas en los fogones cercanos.

 Mientras tanto, los niños exploran el lugar en bandadas recolectoras de leña y comida y registran todo lo aprovechable. Los hombres descansan después de la cacería sin intentar la más mínima ayuda al trabajo considerado propio de las mujeres.
 Juan sigue en sus ensueños a esa tribu imaginaria desde hace mucho tiempo y se ha identificado con un adolescente que lleva los cabellos largos y sueltos al viento y que monta un caballo inquieto y hermoso. Lo nombra «Pequeño guerrero» y lo busca entre los otros para saber cómo actúa en cada circunstancia.
 Algún día, sueña Juan, él va a realizar una hazaña que pondrá de nuevo a su pueblo en el lugar protagónico que ha perdido.
 A veces, en estas ensoñaciones se entremezclan los superhéroes de las historietas que lee con avidez. Entonces, él es Supermán luchando contra un puma o abriendo paso al agua en las acequias con un golpe de puño. Otras veces es el hombre de acero el que empuja las manadas de guanacos hasta donde él, caracterizado como el pequeño guerrero de la comunidad nómade, espera con su caballo y las boleadoras. A veces le presta éstas a Supermán quien las dispara hasta que se pierden de vista o dan contra la punta de un
cerro al que dejan mocho, como los otros, las mesetas, según dice Graciela cuando explica Geografía.
 Después de conocer a Germán, los dinosaurios comienzan a tener lugar en sus sueños y se entrecruzan con los superhéroes o con el pequeño guerrero.
 - Maestra, usted le da importancia a las cosas nuestras, hay otros que no, que las desprecian, ¿por qué?
 - Se creen superiores.
 - ¿Está mal que me gusten las historietas?, no son de mi cultura.
 - Hay cosas buenas y malas en todas las culturas. Te pueden gustar cosas de otros pueblos sin despreciar lo tuyo.
 - A mí me gusta Supermán.
 - El de los superpoderes...
 - Lo puede todo... y ayuda a la gente.
 - También la kriptonita lo hace débil.
 - Sí, pero hay poca y es difícil de conseguir... por eso a los malos les cuesta debilitarlo. A veces pienso que soy Supermán y hago canales para riego, carreteras.
 - No se necesita ser Supermán para hacer esas cosas, con el esfuerzo de todos...
- Pero, acá nadie hace nada.
 - No podés decir eso.
 - No, digo que nadie hace nada tan grande.
 - Por ahí, cuando vos seas hombre podrás hacer cosas parecidas para tu pueblo.
 - Es lindo soñarlo. (*)

 

(*) Fuente: Martha Perotto, Territorio: Waj Mapu. Patagonia secreta, julio del 2004, pp. 43-55; editado por la imprenta en el marco del trabajo del Grupo de Amigos del Libro.