Desde la cueva de Punta Walichu

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 Pinturas de manos en las piedras de una de las cuevas de Punta Walichu  A 8 kms de El Calafate, en la provincia de Santa Cruz, en la Patagonia Argentina, pueden hallar las pinturas rupestres de Punta Walichu. Realizadas por las tribus pre-tehuelches, tal vez más precisamente por los Mecharmué, que habitaron la zona del lago Argentino hace más de 4000 años. Allí, hay una senda con reproducciones de pinturas originales que sirven para que el público pueda interpretar ese mundo desconocido. 

   Hace miles de años, la región donde se hallan las pinturas rupestres  estuvo sumergida bajo el manto de hielo de la era Glacial. Donde luego deambuló el hombre prehistórico y los brujos de la cultura pre Tehuelche (4000 a. de C.). El lugar, el silencio y la luz irradiada por el sol poniente le parecieron mágicos a aquellos antiguos humanos.  Y allí, en los aleros y cuevas de enormes y caprichosas piedras, en un sitio percibido por ellos como sagrado, los indígenas nos dejaron sus manos y sus símbolos como un legado inmortal.

 

DESDE UNA CUEVA DE PUNTA WALICHU

Fotografía y texto poético Andrés Manrique.

Visión desde el interior de la cueva de Punta Walichu     La fotografía que descubrirán a la derecha fue obtenida por Andrés Manrique desde el interior de una cueva en Punta Walichu. El lago que resplandece en las cercanías es Lago Argentino, en la provincia de Santa Cruz, en la Patagonia Argentina. Tal vez, esa misma imagen pudo haber contemplado un hechicero de los Mecharmué, antecesores de los tehuelches, hace miles de años. El texto que sigue a continuación es un intento por recrear aquel mundo espiritual que un antiguo brujo quizá experimentó dentro del rocoso vientre de una caverna patagónica...     

 
EL CAMINO INICIAL        
jmanrique@intramed.net.ar

    Bajo el umbral de la cueva, donde la luz roe la sombra, el anciano estira sus brazos hacia el sol. Sus manos, trabajadas por el tiempo, lanzan sombras al suelo de la caverna, como dos arañas inquietas. Levanta el rostro y el sol dibuja las órbitas sobre sus párpados. En la oscuridad del fondo, el fuego calienta las pigmentos mediante los cuales fraguará la imagen en la roca que inmortalizará su existencia. Las volutas de humo lo envuelven. Medita en silencio. Incipientes lazos comienzan a extenderse hacia lo divino, tal como sus ancestros lo hicieran antes de dejar la Tierra.

 Desde su juventud recorrió los senderos del aprendizaje mágico. Hoy, su tribu no está, una semana atrás ha partido en busca de un clima cálido y mejores presas. Habita una soledad plena.

 Invoca a todo lo conocido: recrea al mundo mediante la pronunciación de las palabras, lo moldea a través de la percusión de su rítmica repetición entonada; pequeño homenaje a la ilimitada vitalidad circundante. Su voz desgajada, emite sonidos guturales al compás de contorsiones y danzas alrededor del fuego. Pero sigue adherido a su conciencia, no puede dejar a los suyos, los Mecharmué. El invierno se acerca y necesita que la serenidad lo abrace. Ya ha deambulado por el lejano origen de sus antepasados y, el correr de los días, lo ha ido acercando a los soles que ardieron en su rostro.

 Sus brazos en el aire, dibujan enormes árboles dentro de la cueva, mientras sus dedos esmirriados temblequean débiles, como las copas sacudidas por el viento. Zambullido en su memoria, abandona el cuerpo. Se sumerge en lo remoto del tiempo, en una cueva aún más húmeda y oscura, cargada de vibraciones que lo colman con ancestrales cantos.

 Ahora etéreo, pura sensación, inicia el vuelo.

 Sobre las alas, desde el cielo, siente que la bóveda celeste se hunde como una cascada en la piel del lago. El manto líquido se extiende hasta un monte de rocas erecto. Los cerros del valle conducen al viento, que esculpe en sus laderas, cavernas y formas. Cielo y Tierra se vuelven uno. Los sacudones del viento que lo revuelcan por las alturas, responden a la misma fuerza que las corrientes de agua más abajo.

 El libre vuelo termina, el ocaso llega. De regreso a su cueva, el anciano sólo divisa una minúscula partícula roja. Gira hacia un lado, hacia otro, levanta la mirada, se da vuelta y gira, gira y vuelve a girar. No ve nada, sólo el punto rojo a la distancia. Sus oídos son perforados por entonaciones graves, pellizcadas por estridentes sonidos. La vibración aumenta más y más. Las voces de la tierra, retumban todas: truenos entre rugidos de bestias; campanilleos, silbidos musicales cortados por alaridos frenéticos de aves rapaces; llantos, lamentos, ecos amarillos y violáceos y lenguajes que provienen del enorme cofre celeste, se agolpan. En el sonido, se funden los sentidos de lo que había sido en tierra, afuera y más allá; todo lo que era y sería, contenido en la galería de pasajes sonoros.

Camina a la rastra, sus pies cansados y el punto crece en lo hondo. De pronto, lo frena la pequeña partícula roja que se estira en una espiral envolvente, en un profundo laberinto de curvas y giros. Y su mano pinta esa forma sobre la piedra eterna; símbolo inmortal de un viaje que allí comienza.