Memorias del viento, por Hugo Covaro

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Ilustración de Khato para Memorias del Viento de Hugo Covaro  Hugo Covaro es una de las voces de la honda y susurrante Patagonia. Voz poética. Que rezuma amor íntimo por la tierra patagónica y sus seres. Memorias del Viento es una obra editada originalmente en la ciudad de Comodoro Rivadavia en la provincia de Chubut, en la Patagonia Argentina. Se trata de un cristal de alta inspiración poética, fuertemente impregnado por diversos destinos. Los destinos del indio y el blanco, las montañas y los lagos, los vientos y el misterio de Patagonia. Esta edición en Temakel de Memorias del Viento es completa y la presentamos con el prólogo de la edición original que escribió Juan Carlos Negri para este río de buena literatura del sur donde vive el aire poderoso.

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(*) La vasta trayectoria literaria de Hugo se compone de las siguientes publicaciones: "Canto joven" -poemas- 1970;"Rastro moreno" -poemas- 1972;"Inquilino de la soledad"-relatos 1975; "Memorias del viento" -relatos- 1983; 2° edición 1984; "Luna de los salares" -relatos- 1985; "El chamán y la lluvia" -novela breve- 1996; "Trampa para duendes"-relatos- 1998; "Con los ojos del puma" -novela" 2000; Inéditos: "La tierra lastimada" -poemas; "El oro del Deseado" -novela; "Mi Land Rover azul" -relatos patagónicos.

 

 

 

PRÓLOGO de  Juan Carlos Negri
 
    Hugo Covaro ha recorrido demasiado camino de esta Patagonia nuestra como para quedarnos, ahora, en el apretado anticipo de este libro suyo, que como los anteriores pinta con paleta privilegiada de matices y emociones, la geografía humana de esta tierra preñada de sueños y de olvidos. 

   Cualquier observador avezado que aprecie su creatividad de siempre, y no sólo su éxito de hoy, tiene la obligación de –por lo menos- detenerse a memorar la calidad de su búsqueda; el tamaño de su búsqueda, no sólo el de su prosa y su mensaje. 

  MEMORIAS DEL VIENTO pone al hombre en el centro del paisaje literario y poético. En sus páginas, el autor pretende y logra, rescatar del olvido, las figuras de los tantos Jaramillo, Caico, Melillán, Quezada y Ovando que no sólo poblaron la desolada aridez de la meseta sureña, sino que fueron y son, bastión de una raza noble que no quiere entregarse a la muerte. 

  Así, Hugo Covaro fabrica un milagro.

  Porque a través del viento, que para muchos “mata” la poca vegetación que se le anima al desierto, consigue, “obligándolo” a contar sus memorias, revivir, cual ave fénix, de las cenizas del tiempo, hombres y mujeres que están ahí... para ejemplo de muchos jóvenes que saben lo que quieren, aunque no sepan cómo, y pueden así, comprender que el sabor de la Vida les está reservado solamente a los despiertos. 

 

LAS MEMORIAS DEL VIENTO

 


   Esta tierra, que mira desde el sur a la esperanza tiene en cada uno de nosotros una pequeña historia. Este continente de silencios doblegados se nos trepa a la sombra en atardeceres de bronce y fuego, se nos sube a los ojos con sus cielos limpios y a la piel con todos sus duendes fecundados. 

   Patagonia es el rumbo de los sueños. Llegamos a ella con las manos y el alma vacías, secas, calladas. De a poco, de a tragos, como una invasión de vientos alucinados, penetrantes, nos llega la palabra y se cae hacia adentro de los labios para volverse canto. 

   El canto del viento y sus memorias –dirán algunos.Y uno, de asombro en asombro, de viento en viento, se torna testigo de nuevas anunciaciones, de historias contadas en noches de lluvia, en el polvo de los picaderos, polen luminoso de las soledades.
   Y uno, que rastro a rastro se adentra en los soles del verano ventoso, empolla el mismo silencio vertebrado que habitó el parto de la primera luna.

    El tiempo andaba por los cañadones. Un hombre. Sólo un hombre y tanto paisaje. Una dilatada agonía de páramo memorizando viejas lluvias. Era la nueva tierra. La tierra de uno repite la sangre mientras el viento sonaba su áspera flauta. Y uno se va quedando, de a poco, perezosamente, casi sin darse cuenta. Luego, también de a sorbos viene llegando el milagro. Una enredadera carnosa, trepadora que se mete en el centro mismo de la ternura y se nos cae como un golpe de barro por las sienes. Hay en este alumbramiento una gran nostalgia y un pequeño viento muerto aleteando en los ojos.

     Es tiempo pues, de mirar la noche tiznando las paredes de los ranchos de gente solitaria y esa luna redonda como un pan recién salido de la tierra, arrugándose en el agua de la laguna. Ahora es tiempo de largos caminos, estiradas distancias, dilatadas extensiones. Pero ya no se está solo, aunque el viento de arena siga sacudiendo los coirones* de los peladeros. Aunque la misma luna salitrosa de los esquiladores, de los puesteros, de arrieros penitentes, siga saliendo con su aureola de sangre antigua.

   Ya no se está solo. Un ejército de muertes viejas, polvosas, enterradas, nos sube a la memoria, a los huesos, a la palabra, y anda repitiendo los viejos nombres y apellidos, rameando* sus historias. ¡Comer el calafate* nativo es, digo, una gran farsa!. Esta tierra, mitad sueño, mitad desesperanza, que amamanta sus amaneceres de fragua con aborígenes senos, con gredosas savias, es una antigua y gastada palabra. El centro mismo de la espera; el rincón más tembloroso de la nostalgia.

    ¡Ven forastero, arrímate. Que el viento olfatee tus manos, que tal vez, cuando llegue septiembre con sus polvaredas, ya conozcan tu nombre!.

 


 
   Nadie sabe bien de donde vino. Creo que fue por abril o mayo que se apareció en Kimeyhue* como un viento redondo de trpos grises, altivo en su libre desparpajo.Preguntó por conchabo y allí comenzó este asunto.

    Fue a parar con su valija de cartón y sus huesos a la pequeña casilla de madera, levantada a pura pinotea junto a las vías del ferrocarril a Sarmiento. Dos mil pesos por mes y los vicios y permiso de armar trampas para zorros, fue el trato.

    Se llamaba Fernando Jaramillo, dueño absoluto del planeta. 

  Hubo que construir el gallinero.

  - Don Fernando: cuatro por seis y de ramas de sauce –le dije-.

  - No señor, tres por ocho y quinchao* de mala espina* -respondió-.

  - Creo que no me entendió – dije, tratando de recomponer mi postura.

  - Sí, le entendí. Lo que pasa que soy viejo y tengo más esperencia. Yo sé lo que conviene y además aunque me paguen, no me gusta hacer chamboniadas-.Y se puso a cavar los pozos para los esquineros como quien le hace una caladura al mundo.
   Y el gallinero tuvo su medida. Creció despacio asomando su médula de sombras degolladas en mitad de la tarde. Vino el invierno y camino a la leña era su pequeña figura, una sombra celeste caída en plena pampa. Por el humo resinoso subían sus historias cuando las brasas le untaban de oro la cara hecha a golpe de viento. Hablábamos de pasturas y animales, de inviernos nevadores y cordilleras altas. A veces de mujeres. Y era cuando por sus ojos se veían pasar las horas lentamente, a cuatro patas, casi sin ruido, como un quejido enterrado, despertado de pronto. 
   Un día, como los vientos de primavera, de improvisto me dijo que se iba. Tal como había llegado, sin aviso, libre como los sueños y los días.- Están pagando bien el zorro colorao, -dijo, mirando las barrancas silenciosas. – Estoy agradecido. Usté fue un patrón bueno, pero ya estoy cansao de amanecer siempre en el mismo sitio. Me arrimó su mano áspera de trabajo, se sacó la gorra vasca en un saludo y partió como el último pasajero de la tarde. En la quietud de loa álamos formados a su paso se desteñía su espalda andariega.

    En esa quietud que, de a ratos, se parecía a la muerte.

 


 
   Aquí la tierra madura lentamente. Necesita de muchos soles, repetidos, anunciados casi desde el mismo origen del viento. Todo parece demorarse largamente. Sólo el viento afina su violín sobre matas acurrucadas o se vuelve un trompo de polvo luminoso en el remolino. El remolino donde baila su danza de miedo un diablo oscuro, que cae a veces en la memoria barrosa de los indio como un viento muerto.

   Sobre esta tierra conocí a Nicolás Nahuel. En su minúsculo imperio de salitre y trigo y soledades, donde la muerte de la raza le mojaba el rostro como una penetrante y silenciosa llovizna. Bajo La Cancha* es el paraje. Ahí, junto al manantial rumoroso levantó su casa de hombre pobre. De espalda al viento del oeste, por el ojo cuadrado de una ventana, se podía ver un pedazo de cielo azul y alto y más abajo, allá, contra las lomas, a los nublados como enormes gotas de nácar derramándose sobre la pampa ardida. Por la puerta abierta entraba el verde sauce del patio y las pequeñas flores del jardín parecían puestas dentro mismo de las lejanías.

    Era el valle el sitio de la ceremonia. Del baile en las rogativas anuales, antiguamente. Ahora, cuando se puede, si hay un ruego para Elchén*, el dios mapuche cada vez más olvidado. Anduvimos de caramuco* en un marzo tibio, casi lacio de resolanas. Estaba quieto el viento entonces. Se asomaba a los ojos de los paisanos y desde ellos miraba la vida. Tres días de danzas y ruegos, de caballos y polvaredas; de mirar hacia adentro del tiempo; de ver pasar a los muertos, uno a uno, en fila, idos, en la porfiada tarea de borrar sus rastros terrestres antes de volverse polvo de antiguas alfarerías a puro golpe de carcoma*. El canto al principio salía turbio, apagado, medroso. Luego se hacia recio, casi rudo en los gritos de los hombres de a caballo para volverse agudo y cortante como un cuchillo en la cultrunera*, tañendo su redonda luna de lenga* y cuero. 

   Después, otra vez el viento: El antiguo viento de los pueblos polvosos de olvido. Otra vez el ir y venir de las horas y los días como un canto monótono y repetido. Ver al cóndor trepar los andamios de la altura con las alas pintadas de noche y de infinito. Y un día, como un relámpago se incendió y se apagó su vida de años lerdos. Un trigo lleno de mudai dormido les mojaba la cara a los paisanos, aquella tarde. Don Nicolás ha muerto, rezaba un viento vivo, tristísimo. Ahora, con todo el cielo encima, era su silencio enterrado en la panza de la tierra. 

   Sé volver a su nombre cuando los álamos sueltan sus pañuelos en otoño y el salitre nativo tiene el gusto de las lágrimas.

 


 
    A los hombres de esta tierra sé pensarlos hondamente. Recubiertos de una gruesa corteza de silencio, pulidos de vientos y de intemperie, sé verlos pasar incendiados de atardeceres.

    Sé pensarlos –digo- tallados de eternidades, con la soledad encarchada en sus miradas tristes, como el origen de remotas labranzas, de enterrados deslumbramientos. Para estos hombres de esta tierra. En ellos habitan los antiguos dueños de los ríos azules; de los bosques penitentes, de todas las regiones del clima; del canto memorioso del viento y me llegan sus nombres familiares como un estremecimiento de monte andando, como un remoto júbilo derrumbándose desde un cielo de barro. 

  Lo pienso a Carlos Melillán por Santa Cruz y se me viene, moreno de sombras como un cántaro, rumeando sus tristezas agrias, armando su cigarro de tabaco negro como quien amasa un trozo de paciencia. Lo imagino por Bajo Caracoles* cargando todo el invierno a puro poncho y caballo, con la ventisca colgada del sombrero como una lágrima caída hacia adentro de los ojos, rumbo a lo más hondo de la vida. 

   El me enseñó las primeras palabras para nombrar la tierra antigua. El sabía del rastro geológico del pedernal y su hoguera y una a una la historia breve de las matas. Y cómo deshojar el cuarzo hasta encontrar la punta de la flecha. Y el porqué de los recuerdos que a veces le ponía amarga la memoria.

    El me mostró la muerte acostada por los chenques* con los huesos blancos de soles. Y el sueño de los muertos como un cielo limpio. Y el misterio de la piedra que camina marcando el límite de los picaderos*, cuando la paramela*, como una madre verde, da de mamar al viento, su pezón fragante.

    Para estos hombres es esta tierra. Nosotros, los recién venidos, tenemos sólo la distancia y el asombro asomando a los ojos y una larga espera para poblarlas de palabras... Algún día, cargando su sombra y su pena ha de pasar Carlos Melillán rumbo a la muerte. Irá –digo- camino de sus dioses, desnudo de agonías chorreando oro y plata por las sienes hacia la escalera del quemú quemú *, donde nace el viento de un huevo de silencio.

   El me enseñó los simples secretos de las cosas y a querer esta tierra de punta a punta.

   A los hombres de esta tierra sé pensarlos hondamente.

 


 
  Pastos Blancos* es el sitio. Sólo el viento desensilla en Pastos Blancos y por cuatro rumbos le ciñe el sueño a Fidela Tramaleo como si fuera un nudo. Todo es claro de tan pobre que el viento pasa desnudo. Pastos Blancos es el sitio y Fidela Tramaleo la mitad de ese mundo. Ambos son humo y distancia, algo de espera y camino y huelen a mata negra* y de gris un poco a indio.

     Hilando la lana vieja va gastando sus domingos, como un viento por el viento, como un largo escalofrío, habitante de los días, en su rancho gusto a nido, donde la pobre Fidela empollara cinco olvidos. Y anda su piel mestiza en la paz del duraznillo*, se arrastra por los matuastos*, enciende el molle* dormido y sus ojos en la tarde sueltan dos niños tritísimos.         Fidela es la leña muerta en ese monte distinto. Teje la abuela Fidela y en las cuerdas de sus hilos, nace la primavera del huevo de sus ovillos. Cuando el telar de dos palos se ha dormido, florecen por el paisaje las flores de su tejido. Ella siempre estuvo allí, abonando el mismo sitio. Anda entibiando el aire, como un taiel* renacido y es su lágrima aborigen una rosa de cuarzo atardecida, cuando el cielo pinta de monotonía su gredoso vestido. Hay un rancho en Pastos Blancos de barro curtido, tapando de los médanos calientes la muerte de cuatro abuelos idos: dos tehuelches de piel color de sombras y dos del arauco gusto a grito. Y en medio del silencio tomando la sangre por sus márgenes, se va la Fidela como un río. Se ve semillando la nostalgia por el pájaro azul del humo tibio, que sube en la leña de la bosta como una espina germinal del frío. Trepa por un cielo desflorado para quedarse en ese sitio que la miseria tal vez le puso nombre con las alas tiznadas de algún ñamcu* nativo. Vienes del simple milagro de la lluvia, como una madura artesanía de los siglos.

 


 
   Lo encontraron cerca del camino, boca arriba con la muerte puesta por sus huesos, calcinados de soles, mirando sin ver el cielo inalcanzable. Una tierra machacada y voladora le rodaba por la cara y a golpe de arena, a remezones, le iba enturbiando el agua empozada en sus ojos. 

   Lo trajeron en cruz sobre el pilchero*. Aún la muerte le goteaba lentamente como una miel rubia desde su boca rígida. La tarde pasaba por su sombra caída y por su nombre, como cuando viene la tierra siendo recién el viento.

    Vicente Caico, pastor de soledades, ha muerto. El hablaba de verdes valles por la cordillera, del hacha y los incendios y de esa muerte que ahora lo arrastraba como a un árbol seco. Hablaba de los inviernos en cocinas estrechas y el humo de la lenga* perfumando la lluvia. De ver caer la nieve siempre al mismo tiempo en que mudan de plumaje los ángeles más altos.

    De a ratos, como en ráfagas de vientos me llega su imagen sahumando de resina el molle* de las lluvias, sobando al tiempo como un cuero, con la paciencia apoyada en las rodillas y los ojos gastados de ver dormitar el fuego desde el fondo de su ceniza pensativa. 

   En ocasiones, cuando el vino le sumaba a la sangre su afluente luminoso, húmedo de melancolías, alzaba su canto. Liberando prisioneros estampidos, alucinados estertores, un sonido carnoso, casi vivo trepaba un lastimado cielo al oeste y lamía con su viento parpadeante sus llagas de greda. Un cielo ancho de Nguillatunes* le azulaba la mirada y recordaba, en su idioma breve, veranos violentos de danzas, de cabalgaduras desbocadas de pura espuma en awuines* polvorientos y la rogativa sobre el parche tenso, como un silencio estirado, cayendo triste entre un temporal de golpes. 

    Ahora un silencio oscuro lo tapa entero. En los ojos del caballo se apagan las últimas luciérnagas y en las lomas, llora la tierra por los muertos que regresan, con sus harapos gredosos a un jeme de los pastos. Vicente Caico ya no sueña. Regresa mojado de tinieblas al corazón profundo de los alfareros por las ramazones secas de la luna, para ser remolino en la aridez violenta de los médanos. 

   Ese viento ahorcado y estos huesos tristes, son sólo migajas de la muerte.

 


 
   El viento sabe contar historias de caballos. Por la infancia provinciana, tal vez comience ésta, con una menuda sombra enhorquetada en brioso caballo de madera, desatando su galope por blancas galerías campesinas hasta un verde guardapatio de geranios. Era la casa vieja y el ancho territorio de la siesta, con sus duendes enanos sombrerudos, y las travesuras. Y los caballos.

     Antes, en tiempos en que mi padre volvía, como el viento del camino, había en sus rodillas un corcel desmesuradamente fuerte, con el que recorría una a una las aldeas de mi mundo niño, transitando su ternura inagotable.

    Luego, el tiempo. Los caminos. El adiós envuelto en el pañuelo como una tristeza atada por las cuatro puntas y mi último caballo, que aún viene de tarde en tarde como un recuerdo, asomando sus ojos mansos como un alba, por un país de sampales* pensativos y eternos. Entonces me sé quedar poblado de lejanías, escuchando al viento contar historias de caballos. Desde su altura vimos pasar al Sengerr* despierto de pájaros, como un cielo líquido desbordado. Vimos al mapuche tejer su tristeza con sonoros colores. Por turbios arrieros, cansados abuelos, lánguidas mujeres, el alma del indio escapar como un aire agonizante. Al hombre de esta tierra trenzando el lazo que luego lo ata a su soledad, velando el sueño enterrado de la papa, empollando sus genitales subterráneos. Vimos llorar al molle* la muerte de los días y al viento como un músico ciego, tantear la boca llena de sed de las pifülcas*.       

     Anduvimos los fríos de esta tierra y sus silencios, viendo la vida arrinconada en oscuras cocinas, leudando la memoria doméstica del pan, desde el horno paisano, nacimiento de todos los crepúsculos. Juntos, con todo el viento encima, jadeando los nombres remotos como una música que se oye desde el sueño, polvosos de relinchos, olorosos de lluvias nuevas los ijares, regresamos desoladamente solos cargando el horizonte como una herida abierta.

    Se llamó Peñi* por ser la forma más breve de decir hermano. Una sobremarca en la piel de sus pasadas batallas.- Alazán tostao, patas blancas, animal de buen porte, como de siete años herrao de manos, dirán los que me vieron llegar y partir alguna tarde. Supo ser de José Peña. Vino de la cordillera hace un par de años en un lote grande comprado al barrer...es manso –dirá Antonio Antigüil, recordando-.  El viento sabe contar historias de caballos. Y en cada caballo muerto, hay otro caballo regresando...

 

8

  Yo voy al viento y desde el viento vengo a contar sus memorias, a nombrar a los hombres de la tierra que habito.

   Vuelvo de sus silencios en minúsculas partículas en las que reparte el día su pan desmemoriado. Pueblos casi de barro. Tierra sobre tierra. Y el viento acezando* en las trutrucas* sus minerales nuevos, llenándole la boca de canciones al hombre y puliendo los cuarzos de sus ojos paisanos. 

   Yo voy al viento y vuelvo cuando el viento es un aire redondo en manos de los indios, hecho jarrón oscuro. O remolino –viento trenzado- que hunde su trépano de arena en la raíz olorosa del tomillo*. Vuelvo en el viento obsesivo, que envejece todo lo que toca; que lo cubre de un olvido amarillento al monte, cuando el otoño, pisando la hojarasca, se trepa a la paz de los piñones* dormidos. Que cordillera adentro, desde su médula de frío, donde los arroyos nacen arrastrando su sombra húmeda, se esconde en los ojos del puma la niñez del relámpago, atizando fuegos.  Voy al viento y vuelvo con el viento bajando de un cielo alto hasta los árboles, andando esta tierra, de preñez, ávida de lluvias generosas, regresando a contar sus memorias como un escalofrío en el poncho de los gauchos, cuando el viento asienta su sombra silenciosa en la raíz dormida del chacay*. 

   Veo llegar de lo hondo del tiempo a Cecilio Quezada, cargando su borrachera y esa alegría breve como un beso que el vino sopla con sus fuegos para incendiarle al pobre la boca de tonadas. El viento andaba en la guardia del caballo que frente al boliche pisaba a cuatros patas la espera y en la muerte, que dormía su antiguo frío en el filo de los cuchillos. El viento anduvo tapándole las buenas huellas a los zorreros* y Márquez vino a completar la pena con una copa amarga. Dicen algunos que fue en defensa propia. Otros no dicen nada.

   Amaneció tirado, con una copla muerta a medio salir de su garganta arenosa. Todo tenía la quietud de la leña. Sólo el sauce le soltaba una llovizna de hojas doradas y en lo alto el cielo mostraba sus lentas quemazones.

   Lo cargaron en un carro y se llevaron para velarlo. Iba, con una sonrisa marchita, ahorcada por el pañuelo negro que como una sombra de cuervo le acogotaba todos los sueños. Iba, entre ranchos tristes y ladridos a lo más profundo del viento para entrar en sus memorias...

 

9
 
 Regresaba de mirar el viento, olorosa de pampa y lejanías. Con la última lluvia aún dormida en la mirada, era la propia vida. Un trozo menudo de nostalgia, un pedazo de infinito, una larga y dolorosa agonía. 

   La ví volver desde los chenques* con un viento de miedo arañando su espalda, con una luna untando su luz de aceite por las lomas. María Reumay era de greda viva. Casi la tristeza. Un grito rumeado largamente...

   Curandera de mirar las aguas y los días, volvía del ocaso con un viento metido en la saliva, como una sombra tambaleante lamiendo las cruces grises de olvido y de intemperie.

 - cuente, abuela...

- luego llegaron ellos...

- quiénes?

 - ellos, los dueños de la tierra

 - pase la tabaquera...

 - nos arrinconaron contra la cordillera

 - pase fuego...

 - si canta la calandria, seguro buen tiempo

 - y los abuelos?

 - dormidos... por los cerros

 - una torta criolla, don?

 - sacá ese perro, m’hija!

 - cuente abuela de los toldos...

 - pase adelante Curinao, tome asiento...

 - se me olvidan las cosas con los años...

 - qué invierno nevador, doña María!...

 - nos dejaron aquí, puro salitre...

 - y...será...- si el aguilucho blanco no da pecho...

 - un mate, don?

 - camarucos* de antes... 200 paisanos!

 - dicen que más de 100, son muchos años...

 - fueeeraa!!

 - no hay que cantar de noche...

 - no queda leña seca...

 - le va a pegar toda la noche...

 - como las doce...

 - si sopla del oeste capaz que limpia...

 - hasta mañana, doña María.... 

 Cada atardecer, entre grandes hogueras, partiendo el silencio en dos mitades, fue enterrando uno a uno sus misterios por la piel lunar de la salina. Un agua clara llovida de sus ojos perfumada las bardas* y en el viejo fogón de los mapuches, el fuego boqueaba entre las brasas...

 

10 
 
Este viento sabe andar con el hombre y sus oficios.Lo suelen ver por los hornos de ladrillos, embarrado y sediento, quedarse dormido por las adoberas. Arrastrarse a tientas entre greda y paja seca por los pisaderos* y velar el sueño lleno de alcohol de Ruperto Ovando cada quincena.

  Saben verlo –digo- cuando el horno trepida su infierno vomitando humo por las boquillas*, inmolarse entre diablos carboneros y aceite hirviente, y renacer, frenético de danza en los tomillares* de los cerros. Ese mismo viento, que se queda en los harapos de los cortadores*, fermenta el limo de la tormenta, cuando un duelo de cuchillos tajea el vientre de la noche y la muerte escarba en la memoria de los viejos sus papeles quemados.

 - Un día ventoso como éste lo enterraron al chileno Jara...

 - Sólo se sabe que fue después de quemar el horno de Manquemilla.-

  Al finao le faltaba una mano y estaba comido en el pecho por los peludos...

 - ¡Válgame Dios! le habían sacao los ojos las gaviotas...

- Cállate, mujer ¡están los chicos!

 - Dicen que estaba mordido por los perros de Botello.

 - Cuando lo trajeron de vuelta ya no tenía el reloj...ni plata...

 - ¡Compadre!

  - Dios me perdone! pero tiene que ser alguno de ellos...

  - Pa’ mi que fue “el correntino”, se la tenía jurada después que el chilote* le “sacó la madre” cuando discutieron por la paga...

  - Cuentan que era trabajador pero que se ponía provocador cuando tomaba.

  - No ha de tener parientes, nadie le trae nada ni para el día de los muertos...

 - Lo enterramos atrás del basural de los Gómez ... 

  Ahora el viento vuelve por los hornos. Se queda manso como un perro golpeando con su cola las puertas o se va peinando el fleco rubio de los coirones* en los techos de los ranchos ...

 

11 
 
Apenas si el viento puede nacer fuera de tu boca, Rómulo Carballo. Como semillado de oscuros carreros, llegas de un tiempo lejos cargando tus años como un árbol llovido en medio de la tarde.

   En ti vuelven los abuelos pensativos, regresando en tu recuerdo de un tiempo joven de romerías*, de caballos y jinetes y un viento orejano rondando estribo y freno de pura espuma y plata.

   Criollo entero, corazón de blanda madera olorosa que perfuma la palabra, sabes volver como el viento, cuando una quietud honda, casi dolorosa, le pone al Río Colorado* más alazanas sus pupilas de barro y por sus orillas uncosas* vienen a mojar sus ijares caballos silenciosos, salidos de un espejismo misterioso. 

  Por tu tez castellana, hecha a la forma de tus propios sueños, vuelven las últimas historias. Aún te veo arrodillado sobre la tierra abierta descubrirle el color a la enagua de la tomatera, mientras un duende quemado de inviernos, te urgaba en la memoria antiguas travesuras, lejanas proezas, viejos amores. 

  Queda aquí tu sombra generosa de pájaros aleteándome en los ojos como un músico ciego, poniendo en mi mano –torpe carpintero- la palabra del viento repartida en lo pequeños ruidos con lo que la noche fecunda uno a uno sus muertos. 

  Apenas si el viento puede nacer fuera de tu boca, padre de mi canto. Cuando la soledad estira su neblina y se pone delgada la palabra, vuelven desde el silencio convocados por tu nombre, un tropel de alucinados fantasmas, desterrando una nueva historia para que el viento llore y el hombre cante. Llegan las voces desde lo hondo del misterio señalando a la muerte por su escondido apellido y lloran por Mata Magalllanes* cinco sangres calcinadas de olvido.      Acaso tengas que repetirle a los vientos de Talagapa* la vieja historia de una gringa que pintó de rojo la sombra dormida del calafate* que aún gime entre Chacay* y Gan Gan* su soñolencia de monte. Diles nuevamente cómo eran los hombres de entonces y qué precio tenía llegar a los ochenta sin marcas en el cuero! 

  Apenas si el viento puede nacer fuera de tu boca y de tus palabras nace el viento que me desmemoria ...  (*)

 

(*) Las MEMORIAS DEL VIENTO de Hugo COVARO fue editado, por primera vez, en Comodoro Rivadavia, Chubut, República Argentina, en 1983. Segunda edición abril de 1984 (ISBN: 950-562-521-9).

 

VOCABULARIO 
 
Acezando: Jadeando.

Awin: Vueltas que se dan de a caballo en torno al altar en las rogativas.

Bajo Caracoles: Paraje ubicado en el centro-norte de la provincia de Santa Cruz.

Bajo La Cancha: Paraje ubicado en el centro-sur de la provincia del Chubut.

 Bardas: Alturas que bordean los valles desde la precordillera hacia el mar.

Boquillas: Parte del horno de ladrillos por donde se le prende fuego.

Calafate: Arbusto patagónico de frutos comestibles.

Camaruco: Ceremonia religiosa del pueblo mapuche.

 Carcoma: Dícese de ciertos parásitos que carcomen la madera.

Cortadores: Los que tienen la tarea de “cortar” los adobes, es decir, darles forma con la adobera.

Coirón: Tipo de pajonal muy difundido por la región patagónica, que sirve de alimento al ganado.

 Cultrunera: Ejecutante del cultrúm, tambor sagrado del pueblo mapuche.

Chacay: Lugar cercano a Gan Gan. Voz mapuche que significa calafate.

 Chenque: Sepultura india.

 Chilote: Habitante de la Isla de Chiloé, Chile.

Duraznillo: Arbusto patagónico que se utiliza en la construcción de cercos.

Elchén: Uno de los nombres de Dios, entre los mapuches.

Gan Gan: Paraje ubicado al norte de la provincia del Chubut.

Kimeyhue: Voz mapuche; significa lugar lindo, hermoso.

Lenga: Arbol maderable de la precordillera andina.

Mala espina: Arbusto patagónico que se emplea como leña.

Mata Magallanes: Paraje ubicado al sur de la provincia del Chubut, a 50 Km. de Río Mayo.

 Mata negra: Pequeña planta que crece en partes del centro y sur de la provincia de Santa Cruz.

 Matuasto: Tipo de lagarto patagónico. Molle: Arbusto resinoso que da buena leña.

Mudai: Bebida sagrada del pueblo mapuche, hecha generalmente a base de trigo.

Nguillatunes: Voz mapuche; significa rogativas.

Ñamcu o ñamco: En mapuche, aguilucho pecho blanco.

Paramela: Arbusto patagónico muy fragante y resinoso.

Pastos Blancos: Paraje ubicado al S.O. de la provincia del Chubut.

 Peñi: Voz mapuche; sig. hermano.

 Picaderos: Lugares donde se encuentran restos de industrias líticas. (lascas)

Pifilca: Silbato usado en las ceremonias religiosas.

 Pilchero: Dícese del caballo auxiliar que sirve para llevar el equipaje. (pilchas)

 Piñones: Frutos del pehuén. Son comestibles.

 Pisadero: Sitio donde se “pisa” el barro para luego hacer los adobes.

 Quemú quemú: Voz mapuche; sig. arco iris.

 Quinchao: Tejido otrama hecha en forma de muro o tabique.

 Rameado: Arrastrado. (como a ramas)

 Río Colorado: Límite norte de la región patagónica.

 Romerías: Antiguas fiestas populares.

Sampales: Grupos de sampas. Arbusto ramoso que crece en lugares salitrosos.

Senguerr: Río de la provincia del Chubut, de 340 Km., tributario de los lagos Musters y Colhué Huapi.

Taiel: Voz mapuche; sig. canto sagrado.

 Talagapa: Paraje ubicado al norte de la provincia del Chubut, casi en el límite con la del Río Negro.

 Tomillo: Planta aromática de uso medicinal.

 Trutrucas: Voz mapuche; Instrumento musical parecido al erque, usado en las rogativas.

 Uncosa: Llena de uncos. Especie de juncos que crecen en lugares húmedos.

 Zorrero: Cazador de zorros.