La mítica Salinas Grande

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Visión aérea de las Salinas Grandes, blancas extensiones de vida en La Pampa,  Argentina.   En el universo bíblico la sal es puente de unión entre Dios y su pueblo. La diosa lituana Gajiba dominaba el fuego sagrado y, para honrarla, se lanzaba sal a las llamas. Estos solos  ejemplos ya expresan el vínculo entre la sal, lo divino y lo sagrado.  En la vasta tierra existen numerosas salinas. Salinas Grandes. Como las que existen entre las provincias de la Pampa y la provincia de Buenos Aires, en la República Argentina.

  En el siglo XIX, estas salinas fueron uno de los escenarios de la conflictiva coexistencia entre el indio y el hombre blanco. Los araucanos ejercieron desde ellas su poder sobre  las diversas comunidades de la llanura pampeana. En la época colonial, los virreyes debían solicitar permiso a los caciques para adentrarse en la región de los albos campos de sal.

  En este instante de Temakel presentamos dos aproximaciones a la sal, su sacralidad y su gravitación en un momento de la historia argentina. Respecto a lo primero, incluimos el artículo sobre la sal en el Diccionario de Símbolos de Hans Biedermann. En relación a lo segundo, ofrecemos lo expuesto sobre las Salinas Grandes en el  muy valioso libro de investigación Nuestro Paisanos los indios de Carlos Martínez Sarasola.

  En las salinas, la vida parpadea, generosa, con ojos blancos.

  Esteban Ierardo

 

 

 

EL SIMBOLISMO ANCESTRAL DE LA SAL
   Sal, un mineral  considerado imprescindible en forma de sal de cocina mencionado en el «Symposion» de Platón y también utilizado en la conservación de alimentos corruptibles. El lat. «sal» significa también ingenio, "salsus" (salado) irónicamente. Homero llama "divina" a la sal la cual se utilizaba también en sacrificios expiatorios y misterios para purificación simbólica. Ya en la antigua Roma se ponía sal en los labios de los lactantes para protegerles de peligros. Ciertos mitos sirios refieren que los hombres aprendieron de los dioses el uso de la sal; Gabija, una antigua diosa lituana, era señora del fuego sagrado y en su honor se esparcía sal en las llamas. Decíase que los demonios abominaban de la sal y todavía en leyendas relativamente recientes acerca del  "sabbat de las brujas" se dice que, en el banquete que se ofrecía, todos los manjares eran  sin sal. En la Biblia es la "sal" un medio simbólico de unión entre Dios y su pueblo («en tu ofrenda de manjares no permitas que falte la sal de la alianza con tu Dios», Levítico 2, 13 y otros),y Eliseo purifica una fuente echando sal en ella (II Libro de los Reyes 2, 19 y s.). En el Sermón de la Montaña Jesús llama  a sus discípulos la «sal de la tierra» y el padre de la iglesia Jerónimo (348-420) llama al mismo Jesucristo la sal redentora que penetra el cielo y la tierra. También es conocida una acción destructiva de la sal: los romanos, después de la destrucción de Cartago, esparcieron sal en los campos que rodeaban la ciudad, para volverlos estériles para siempre; según leemos, esto mismo hizo Abimelech en la Biblia con la conquistada ciudad de Sichem (Jueces 9, 45). En la India, el consumo de sal se consideraba afrodisíaco, y estaba prohibido a los ascetas y matrimonios jóvenes así como a los brahmanes en determinados actos sacrificiales. En el lenguaje de la alquimia, al hablar de sal no se refiere al cloruro sódico, sino al tercer principio primario junto ni azufre y mercurio, que probablemente (quizá por vez primera en Paracelso) representa la cualidad de la «palpabilidad». Sin embargo, también allí se relaciona la «sal» en otros conceptos simbólicos, por ejemplo, "sal sapientiae", sal de la sabiduría. La locución "con un granito de sal" (lat. cum grano salis) significa que hay que consumir algo sólo con prudencia. Esto se remonta a una prescripción, mencionada en Plinio, para antídotos que sólo debían consumirse con un granito de sal. "Convertirse en estatua de sal" hace referencia a la mujer de Lot en la destrucción de Sodoma y Gomorra. (*)

 

(*) Fuente: Hans Biedermann, artículo "Sal", en Diccionario de Símbolos, Barcelona, Paidós, 1993, 409-410.

 

SALINAS GRANDES, LA MITICA
   Desde su "descubrimiento" en 1770, los virreyes organizaron expediciones anuales a este rico yacimiento, que ubicado al este de la actual provincia de La Pampa en los límites con la de Buenos Aires, permitía el abastecimiento de sal a la ciudad puerto. El lugar era riquísimo en el producto, pero también pletórico en indígenas.

  Desde mucho tiempo antes, bandas de tehuelches y araucanos rodeaban las Salinas, pululando como hormigas en sus inmediaciones, gozando del mineral, adjudicándose su tenencia, e impregnado al hábitat de una potencia mítica tal, que años más tarde posibilitó que los araucanos consolidaran desde ellas su poder sobre todas las comunidades de la llanura.

  "Los virreyes, que dirigían estas operaciones, tenían que solicitar de los caciques el permiso de introducirse en su territorio, ofreciéndoles algún regalo para amansarlos.

   Estas negociaciones, que se renovaban cada año, era una de las tareas más ingratas del gobierno de Buenos Aires, cuya autoridad desconocían y ajaban esos indómitos moradores del desierto.

   Pero el Cabildo, que contaba entre sus recursos el producto de la venta exclusiva de la sal, se empeñaba en que no se desistiese de esta faena, a la que condescendía el gobierno por la oportunidad que le procuraba de observar a los indios y de explotar su territorio. 
  Para el poder de Buenos Aires el lugar era tan peligroso como la travesía hasta él. En ciertas ocasiones, cuando la necesidad del producto se hizo crítica, los españoles no retacearon recursos: en 1778 el virrey Vértiz, había enviado la más grande expedición de su época; 1.400 hombres, con 600 carretas, 12.000 bueyes y 2.600 caballos.

   El gobierno revolucionario surgido de 1810 no desconoció la importancia de las Salinas y con el fin de incentivar su explotación, encomendó al coronel Pedro Andrés García la preparación de una expedición de reconocimiento.

   El objetivo era otro: buscar aliados entre los indígenas que permitieran al nuevo gobierno tranquilizar la frontera y fomentar su poblamiento.

   Seguramente García no imaginaba por entonces que con esa misión iniciaría un camino personal sembrado por numerosos entendimientos con las comunidades indígenas, que lo llevaría a convertirse para muchos caciques en uno de los pocos interlocutores válidos entre los  "cristianos". Nacido en España en 1758, había llegado a América en 1776 con el Virrey Ceballos quedándose definitivamente en estas tierras. Activo participante en lucha contra los ingleses en 1806 y 1807, García contribuyó con los patriotas de la Revolución para defenestrar al virrey Cisneros. De ahí en adelante y por muchos años, el coronel García mantendrá innumerables tratativas con los tehuelches, araucanos y ranqueles en otras tantas campañas con la creencia de que el acercamiento cultural no sólo es beneficioso sino más importante aún, posible.

   García, con unos 80 soldados mal armados y algo más de 300 comerciantes y peones, inició la marcha hacia Salinas Grandes el 21 de octubre 1810. Integraban la columna 234 carretas, 3.000 bueyes y 500 caballos. Sorteando infinidad de obstáculos -deserciones, accidentes, tormentas, enfermedades, muertes- los expedicionarios completaron en dos meses la misión, regresando a la Guardia de Luján -su punto de partida- abarrotados de "fanegas" de sal.

   Pero ninguno de aquellos problemas habían preocupado tanto como la presencia indígena que se hizo sentir de manera ostensible desde antes de concluir  la primera semana de marcha.
   No se produjo ningún enfrentamiento, es más, se concretaron algunas alianzas importantes. Pero el costo cotidiano fue el de convivir con los grupos indígenas que, con el pretexto del intercambio comercial vigilaron muy de cerca a los enviados del gobierno revolucionario:

  "Entre tanto se aumentaba prodigiosamente el número de indios espectadores y tratantes, que ya se hallaban confundidos, peones, carretas y carreteros, con la poca tropa, siempre sobre las armas..."

  "...y se continuo la vigilancia sobre las armas, por el copioso numero de indios que se iba aumentando".

   En los veinticuatros días que duró el viaje de ida, la expedición de García fue virtualmente asediada por centenares de indígenas que acompañaron la marcha y hasta compartieron noches de libaciones, en una vigilancia mutua que tensionó a los bandos hasta límites insospechados, especialmente cuando algunos caciques en distintos momentos (por los menos siete) hicieron valer sus derechos ante los emisarios del gobierno:

    "Salí a recibir al cacique Lincon, que venía con los caciques Medina,  Cayumilla, Aucal y Gurupuento, a quienes se les atendió, haciéndoles una salva de cuatro cañonazos que aprecian mucho"... "a todos se les obsequió con mate de azúcar, se les dio yerba, tabaco, pasas, aguardiente y galleta de pronto; y después entraron en sus parlamentos muy autorizados, manifestando  que era un acto de su generosidad permitirnos el paso. Cada uno se decía principal de la tierra a vista del otro..."

   "En ese día llegó un chasqui de los caciques Ranqueles o del Monte, solicitando aguardiente, yerba y tabaco; y expresó que estos y el cacique Carrupilun estaban opuestos a la expedición, y venían con ánimo de declarar la guerra, para cuyo efecto tenían como 600 hombres armados de coletos, cotas de malla y lanzas, como a distancia de dos leguas del campamento, en unos médanos altos: que la causa entre otras era el tener entendido que veníamos a hacer poblaciones en sus terrenos y a degollarlos"...

  "... (Carripilun) dio principio a su razonamiento por la falta que se cometía contra su respeto y mando general de aquellas tierras, en no darle parte anticipadamente por el Virrey, del envío de esta expedición: que la laguna era suya, la tierra dominada por él, y ninguno, sin ser repulsado violentamente, podía ir allí: que repetía, que el era el Señor, el Virrey el Rey de todos las Pampas"...

  "...Las ideas de Carrupulin eran, de disponer las cosas para que los indios confederados asaltaren en el día hoy la expedición; y al intento se había situado en  campamento con varios caciques y sus gentes, dejando a corta distancia la indiada armada, con los caciques Neuquén, Milla, Coronado y otros".
  

   A pesar de los obstáculos interpuestos fundamentalmente por los ranqueles para que la expedición de García penetrara en el territorio indígena y se abasteciera de sal, la negociación permanente con los caciques llevó a buen puerto los objetivos. Las continuas amenazas no se concretaron en hechos. La ayuda de los "indios amigos" como Victoriano, Epumer y Quintelén contribuyó a que la situación dificultosamente mantenida en equilibrio no se interrumpiera.

Blancos reflejos de las Salinas Grandes en La Pampa.  Después de tres días de cargar presurosos las carretas, pesada y con menos temor, la expedición emprendió el regreso. Se habían realizado importantes relevamientos topográficos y culturales; se había reconocido un territorio prácticamente virgen para el nuevo gobierno y se habían escrutado  las posibilidades para un plan colonizador de largo alcance.

  La marcha de García abrió el camino a las posteriores medidas del gobierno vinculadas con la exportación de carnes saladas, pero fundamentalmente introdujo en el territorio indígena una profunda cuña de penetración, sustentada en ese entonces por algunos de sus protagonistas en el diálogo, pero utilizada por un otros para la guerra a las comunidades de la llanura. Pero desde y a partir de los asentamientos de Salinas Grandes, los "principales de la tierra" mantendrían su dominio sobre ella por muchos años más. (*)

 

 

 

(*) Fuente: Carlos Martínez Sarasola, "Salinas Grande, la mítica", en Nuestros paisanos los indios, Buenos Aires, Emecé, 1992, pp.160-163.